domingo 3 jul 2022 | Actualizado a 17:04

La estabilidad política de Israel

/ 1 de mayo de 2022 / 17:42

Cuadro de la situación política del Gobierno de Israel y las consecuencias que puede traer para el futuro.

DIBUJO LIBRE

En los últimos años, Israel experimentó cambios políticos profundos. Después de más de una década, el gobierno del primer ministro Benjamín “Bibi” Netanyahu —líder del partido Likud (La Consolidación)— llegó a su fin. Con un total de 15 años, Netanyahu fue el primer ministro que más tiempo ocupó aquel cargo (1996- 99, 2009-21). Talvez por este motivo, su término de mandato y las subsiguientes elecciones significaron una crisis política sin precedentes para Israel.

Bajo un contexto del inicio del COVID, la elaboración de una polémica ley de servicio militar obligatorio para las comunidades judías ultra ortodoxas y denuncias de corrupción en contra de Netanyahu, Israel tuvo nada menos y nada más que cuatro elecciones en dos años (abril de 2019, septiembre de 2019, marzo de 2020 y mayo de 2021).

Durante este tiempo, ante un inicial empate entre el entre el partido Likud de Netanyahu y el partido Blanco y Azul, liderado por Benny Gantz, las distintas facciones políticas del Knesset (parlamento) tuvieron muchas dificultades en formar un gobierno de coalición capaz de sacar al país del estancamiento electoral.

Al final, luego de numerosas maniobras políticas e intentos de alianzas dignas de una novela —e irónicamente gracias al apoyo del partido árabe Ra’am (Trueno) liderado por Mansour Abbas—, el Knesset pudo formar una coalición de mayoría anti-Netanyahu.

El nuevo gobierno fue formado principalmente gracias a una alianza entre Naftali Bennet del partido Yamina (Hacia la Derecha) —nombrado como primer ministro—, Yair Lapid del partido Yesh Atid (Hay Futuro) —nombrado como ministro de Relaciones Exteriores— y Benny Gantz del partido Azul y Blanco —nombrado ministro de Defensa. A menos de un año de aquel gobierno de colación, Bennet y sus ministros se enfrentan a uno de sus primeros desafíos de seguridad nacional. Desde finales de marzo de este año y en menos de dos semanas se llevaron a cabo cinco ataques contra policías y civiles israelitas. Alrededor de unas 15 personas fueron asesinadas.

Por su parte, las fuerzas del orden de Israel respondieron asesinando a alrededor de 16 palestinos involucrados en los ataques, incluidos familiares y arrestando a muchos más. Cohetes también fueron intercambiados entre la Franja de Gaza e Israel y hubo una intervención policial en la mezquita Al Aksa, debido a un altercado mientras turistas israelitas visitaban el Monte del Templo, donde 170 palestinos resultaron heridos. Estos violentos eventos se dan bajo dos peculiares contextos.

Primero, a finales de marzo tuvo lugar en Israel la “Cumbre del Negev” la cual reunió a los ministros de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos. El encuentro simbólicamente tuvo lugar en Sde Boker, lugar donde yace la tumba de David Bengurion, el primer ministro y principal fundador de Israel. El evento es uno más dentro del proceso de normalización de las relaciones entre algunos países árabes con Israel que inició con la firma de los “Acuerdos Abrahámicos” durante la presidencia de Donald Trump. Tales hechos son vistos por algunos como un abandono/ traición a la causa palestina.

Segundo, dichos incidentes también coinciden con el inicio de la festividad judía del “Pesaj” (salto) que celebra el éxodo judío de la esclavitud en Egipto y la festividad musulmana del “Ramadán” (calor abrasador) que conmemora la primera revelación sobre el “Corán” (la recitación) que recibió el profeta Mohammed del ángel Gabriel.

Ante tales escenarios, propicios para la convulsión, queda la pregunta: ¿será éste el prematuro principio del fin del gobierno de colación que tanto costo formar? Y si es así, ¿será posible que Netanyahu vuelva al poder?

(*)Álvaro Montenegro P. es politólogo, analista internacional.

Rol de judíos en Ucrania y Rusia

Los lazos históricos entre el actual Estado de Israel con Rusia y Ucrania son profundos.

/ 29 de mayo de 2022 / 13:56

DIBUJO LIBRE

Los lazos históricos entre el actual país de Israel con Rusia y Ucrania son profundos. Muchos de los principales personajes en la creación de Israel en 1948 y su posterior desarrollo poseían nacionalidad ucraniana, rusa, polaca y bielorrusa. Algunos ejemplos son el fundador de Israel David Ben Gurion (nació en la actual Polonia), el fundador del partido Likud y ex primer ministro Menachem Begin (nacido en Brest, actual Bielorrusia), el ex primer ministro Shimon Peres (nacido en Vishneva, actual Bielorrusia), el padre del expresidente Benjamin Netanyahu, Benzion Netanyahu (nacido como Benzion Mileikowsky en Varsovia, Polonia), o el fundador de la organización paramilitar sionista Irgun Ze’ev Jabotinskye (nacido como Vladimir Yevgenyevich Zhabotinsk en Odesa, Imperio Ruso). ¿A qué se debe esto?

PASADO. Catalina la Grande, Emperatriz de Rusia (1762-96), al anexar gran parte de la fallida Mancomunidad de Polonia y Lituania (1569-1795), también se quedó con una gran cantidad de judíos que vivían en aquellos territorios. Ante la nueva adquisición demográfica, el Imperio Ruso creó una zona específica para su asentamiento, conocida como The Pale Of Settlement (Zona de Asentamiento). Esta zona llegó a albergar en su tiempo a la población judía más grande en el mundo (5 millones, 40% de total de judíos) y abarcaba los estados actuales del Latvia, parte de Polonia, Bielorrusia, Moldova, Ucrania y el este de Rusia.

De acuerdo con el experto en historia judía Henry Abramson —autor del libro Ucranianos y Judíos en Tiempos Revolucionarios: 1917-1920 (1999)—, los judíos de aquella época tendían a identificarse más con la nacionalidad rusa, “pues eran la población con el poder dominante y es peligroso para las minorías el identificarse con una población sin poder”.

No obstante, con la caída del Imperio Ruso en 1917, aquello comenzó a cambiar. Por primera vez en su historia, los judíos de Ucrania empezaron a verse a sí mismos más como ucranianos que como rusos y colaboraron en los esfuerzos para la creación de una Ucrania independiente: “un país que estuviera fundado en principios más europeos. No como un estado étnico, pero más como un estado basado en ciudadanía”, expresa Abramson. Durante ese breve periodo se estableció un Ministerio de Asuntos Judíos en Ucrania, se declaró al yiddish como una lengua nacional y se emitió una moda con caracteres también en ese idioma.

Aquello no duró, pues la recientemente conformada Unión Soviética tomó el control. Sin embargo, ya a finales del siglo XIX, con la caída del muro de Berlín, tanto judíos como ucranianos encontraban una segunda oportunidad para su proyecto nacional.

Siguiendo con Henry Abramson, varios de los estados que nacieron como consecuencia de la caída de la Unión Soviética —principalmente Ucrania, pero también Polonia y los países bálticos— “experimentaron en dar derechos comunales a los judíos en intercambio por su ayuda en la construcción de sus respectivas soberanías”. De esta manera continuó la alianza entre ucranianos y judíos en la construcción de un estado soberano y “los judíos ucranianos empezaron a desarrollar, por primera vez en su historia, una identidad ucraniana”.

PRESENTE. El 31 de marzo de 2019, bajo el contexto de las elecciones ucranianas ese año, el expresidente y también candidato por un segundo término, Petro Poroshenko, hablando a su contrincante Volodímir Zelenski, remarcó: “El destino quiso ponerme junto a la marioneta de Kolomoyski en la segunda ronda de las elecciones. No soy tímido en decir esto” .

Poroshenko estaba hablando del billonario ucraniano Ihor Kolomoyski, una de las personas más ricas de Ucrania. Kolomoyski es el propetario mayorista de 1+1 Media Group, el conglomerado de medios de difusión que emitió la serie de televisión El Servidor del Pueblo, donde el actual presidente de Ucrania, Zelenski, actuaba también en el papel de presidente de Ucrania. Kolomoyski posee ciudadanía en Chipre e Israel y fue gobernador de una provincia.

Tanto Kolomoyski como Zelenski — y la mayoría del gabinete presidencial— son judíos.

Tomando en cuenta el pasado histórico expuesto en líneas anteriores no es de extrañar que aquel hecho tenga algo que ver con la ferviente oposición del Gobierno ucraniano a la influencia o dominio ruso. También se entiende por qué Israel trató de actuar como mediador en el conflicto entre Rusia y Ucrania.

La pregunta es ¿cómo afectarán estas dinámicas las relaciones entre Israel y Rusia?

En una entrevista, el Ministro de Relaciones Exteriores ruso, Segei Lavrov, refiriéndose a la aparente contradicción del apoyo de Zelenski —quien es judío— a facciones nazis declaró:

“Tal vez esté en lo incorrecto, pero Adolf Hitler tenía sangre judía también. Esto significa absolutamente nada. Las personas sabias judías dicen que los más ardientes anti-semitas comúnmente son judíos”.

(*)Álvaro Montenegro P. es politólogo, especializado en Medio Oriente.

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Rusia, Telurocracia y Talasocracia

Información acerca del ‘Rasputín’ (grandes medios) que habría convencido a Vladimir Putin a invadir Ucrania.

/ 10 de abril de 2022 / 17:32

SALA DE PRENSA

En los últimos meses, debido a la atención que se da a Ucrania y Rusia, respetables medios de prensa occidentales empezaron a publicar artículos con los siguientes llamativos títulos: “Conozca a Alexander Dugin, autor del mortal libreto de Putin” (Washington Post), “Alexander Dugin: un ruso fascista que convenció a Putin de invadir” (Independet Australia), “El místico neo-nazi de Putin ‘Rasputín’ inspiró la invasión de Ucrania y quiere que Rusia domine toda Europa” (The Sun).

Más allá de la falta de profesionalismo en aquellos escritos, algo es verdad, efectivamente: Alexander Dugin es considerado como el “principal ideólogo” de Rusia. Así lo afirma Michael Millerman, uno de los expertos sobre Dugin en Occidente y traductor de muchos de sus libros al inglés.

Nacido en Moscú hace 60 años dentro de una familia militar con un padre ausente, Dugin no logró graduarse del Instituto de Aviación de aquella capital, aunque sí completó sus estudios en filosofía a nivel maestría y ciencias políticas a nivel doctorado. De gran habilidad intelectual, declarado anticomunista, siempre interesado en el mundo de lo oculto y lo místico, en 1997 publicaría, entre sus más de treinta, uno de sus más afamados trabajos: Fundamentos geopolíticos: el futuro geopolítico de Rusia. El libro, considerado el “destino manifiesto” ruso, tuvo gran influencia dentro de los círculos militares, policiales y diplomáticos rusos y presuntamente fue usado como manual en el Estado Mayor de aquel país.

Quince años después, en 2012, Dugin publicaría La Última Guerra de la Isla Mundial: La Geopolítica de la Rusia Contemporánea. Este libro introduce dos originales conceptos, los cuales pasan casi desapercibidos para las tradicionales escuelas de relaciones internacionales del realismo, liberalismo y constructivismo. Para Dugin la hishistoria de la geopolítica rusa —y del mundo— puede entenderse en base a la distinción entre las Telurocracias (del latín tellus, tierra, y del griego kratos, poder) propias de las “civilizaciones de la tierra” y las Talasocracias (del griego thalassa, mar, y kratos, poder) propias de las “civilizaciones del mar”.

Dugin considera a la actual Federación Rusa la heredera geopolítica de las previas estructuras sociales que ocuparon el “Corazón Continental”, es decir, los territorios de Siberia, Europa Oriental y Asia Central. Estos pueblos fueron las tribus eslavas orientales “Rus de Kiev” (siglos IX-XII), el Kanato Túrquico Mongol de la “Horda Dorada” (XIII-XVI), el Zarato Moscovita (XVI-XVIII), el Imperio Ruso (XVIIIXX) y la Unión Soviética (XX).

Por lo tanto, Dugin argumenta que “la geopolítica de Rusia es por definición la geopolítica del Corazón Continental; la geopolítica de la tierra. Se debe ver al mundo desde la posición de la Civilización de la tierra”.

No obstante, Rusia no siempre adoptó su rol natural de Telurocracia. Para Dugin, el último emperador Nicolás II (1895-1917), los partidos burgueses, el Ejército Blanco durante la guerra civil rusa (1917- 1923) y, en parte, el partido de los Social-Revolucionarios de Izquierda (a quienes denomina como los “masones de la Duma”) trataban de posicionar a Moscú en el bando de los estados Talasocráticos como lo son Inglaterra y Francia. Por otro lado, los bolcheviques y el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos favorecían una Telurocracia y, por tanto, consistentemente siguieron una política de cooperación con Alemania, Turquía y otros Estados centro europeos.

En una concepción casi filosófica, Dugin argumenta que más allá de diferencias ideológicas del tipo capitalismo versus comunismo o de izquierda versus derecha, Rusia, al ser una Telurocracia por excelencia, está condenada al conflicto con las Talasocracias; encarnadas antes por el Imperio Británico y actualmente por Estados Unidos y países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): “Este duelo se desarrolla a partir de ese entonces, desde el siglo XVIII hasta ahora, la lógica geopolítica de la historia universal, la gran guerra de continentes”, escribe.

(*) Analista internacional especializado en Medio Oriente. Es autor del libro A Role Theory Analysis of Turkey – Bolivia Relations (2021).

(*)Álvaro Montenegro P. es politólogo (*)

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Brzezinski, Eurasia, Rusia y Ucrania

El dominio de Eurasia, de la ‘Isla Mundo’, otra perspectiva del conflicto ruso-ucraniano.

/ 27 de marzo de 2022 / 18:39

SALA DE PRENSA

Zibgniew Brzezinski fue uno de los personajes más influyentes en la política exterior estadounidense. Oriundo de Polonia, Brzezinski sirvió como consejero de Seguridad Nacional (1977-81) durante el gobierno de Jimmy Carter. En 1974, poco antes de ocupar aquel puesto, Brzezeniski también cumplió un rol muy importante en la creación de la “Comisión Trilateral”: una organización internacional no gubernamental dedicada a facilitar las relaciones entre Estados Unidos, Europa Occidental y Japón — de la cual David Rockefeller fue su primer presidente. Pero esa es otra historia.

En 1977, Brzezinski publicaría uno de sus más reconocidos trabajos: El Gran Tablero Mundial: La Supremacía Estadounidense y sus Imperativos Geoestratégicos. Siguiendo la teoría de la “Isla Mundo” del británico Halford Mackinder —a quien muchos consideran el padre de la geopolítica moderna— el libro tiene por objetivo el desarrollo de una comprensiva e integrada geoestrategia de Estados Unidos hacia Eurasia.

Tanto para Mackinder como para Brzezinski, desde que los continentes empezaron a interactuar políticamente hace alrededor de 500 años, Eurasia ha sido “el centro de poder mundial”.

Aquella vastísima región —que, como su nombre lo indica, incluye Europa, Asia y Medio Oriente— en el tiempo en que Brzezinski escribió el libro, albergaba 75% de la población y 60% del PIB mundial, como también tres cuartos de los recursos energéticos conocidos en el mundo.

El siguiente famoso aforismo de Mackinder resume su pensamiento: “Quien controle Europa del Este domina el Corazón Continental; Quien controle el Corazón Continental domina la Isla Mundo; Quien control la Isla Mundo domina al Mundo”.

Efectivamente, el control de Eurasia casi automáticamente supone la subordinación de África y tanto las Américas como Oceanía quedan como periferias del centro.

En la historia reciente, fue el Imperio Zarista y luego la Unión Soviética los que lograron controlar casi en su totalidad el “Corazón Continental”; es decir Siberia, Europa Oriental y Asia Central.

No obstante, como apunta Brzezinski, la última década del siglo XX fue testigo de “un cambio tectónico en los asuntos mundiales”. Por primera vez en la historia, un país noeuroasiático emergió como primera potencia mundial.

Para mantener tal primacía de Estados Unidos en Eurasia y, por tanto, a nivel mundial, Brzezinski argumenta que es imperativo que ningún oponente euroasiático capaz de dominar Eurasia y, por tanto, desafiar a Estados Unidos, emerja. Éste escribe:

“Todos los retadores políticos y/o económicos potenciales a la primacía estadounidense son euroasiáticos. Acumulativamente, el poder de Eurasia eclipsa ampliamente al de Estados Unidos. Afortunadamente para Estados Unidos, Eurasia es demasiado grande para ser políticamente una”.

Ya hace poco más de 40 años, cuando se publicó el libro, Brzezinski señaló que era necesario evitar que Rusia forme una alianza con “el actor principal del este” (China o Japón).

También postuló que sin Ucrania Rusia deja de ser un Imperio euroasiático y solamente podrá aspirar a ser un imperio asiático. No obstante, si es que Rusia volvería a ganar el control de Ucrania, “con sus 52 millones (*) de habitantes y grandes recursos, como también su acceso al Mar Negro, Rusia automáticamente gana de nuevo los medios para convertirse en un poderoso poder imperial, abarcando Europa y Asia”, Brzezinski advierte.

En los últimos años, las proyecciones de Brzezinski fueron volviéndose realidad. El progresivo acercamiento de Rusia y China —particularmente dos de sus conjuntos proyectos: la Ruta de la Seda y la Organización Económica de Shangai— representaron la emergencia de un nuevo axis euroasiático capaz de desafiar la primacía de Estados Unidos en la región.

Por otra parte, el actual conflicto en Ucrania es un importante capítulo más de la más grande batalla por el principal premio geopolítico a nivel mundial: el Corazón Continental y la Isla Mundo.

(*) Según El Portal datosmacro.com, para 2020 Rusia tenía 146.171.000 habitantes. (N.E.).

(*)Álvaro Montenegro P es politólogo, especializado en Medio Oriente

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