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La igualdad como agravio

/ 9 de julio de 2023 / 06:30

García Linera reflexiona sobre las cuestiones de la igualdad económica y su vinculación con la polarización social.

DIBUJO LIBRE

¿Porque sociedades donde los ingresos económicos han mejorado en las últimas décadas presentan altos grados de polarización política? Estados Unidos, como la mayor parte de los países de Europa, han visto modestos progresos del ingreso medio de sus habitantes, sin embargo, desde hace una década atrás, atraviesan crecientes grados de crispación política y malestar social. Como lo han mostrado varios economistas (Pikkety 2019 Deaton, 2015), la desigualdad, entendida como la proporción de los ingresos que la mayoría de las personas reciben respecto a lo que unos pocos ricos obtienen, se ha incrementado de manera abrumadora en favor de estos últimos, despertando conciencia de injusticia y frustración colectiva (Sandel, 2020).

Sin embargo, varios estudios sobre polarización en EEUU (Esteban, Ray, 2011), han verificado que en los años 90s del siglo XX, no solo hubo un incremento de la desigualdad, sino que los propios ingresos medios disminuyeron temporalmente, sin que ello hada dado lugar a antagonismos públicos. Pareciera ser que además de la injusticia redistributiva, se necesitara la experiencia de una perdida, de una usurpación, para que se genere un estado de crispación social. Puede ser la sustracción de reconocimientos, de oportunidades o de certidumbres susceptibles de desencadenar oposiciones enguerrilladas.

Los fatídicos acontecimientos políticos del 2019 en Bolivia, son una experiencia paradigmática de esta formación de polarizaciones políticas.

Desde la llegada de Evo Morales al gobierno, entre 2006-2019, cerca de un 30% la población, mayoritariamente indígena, paso de la pobreza a ingresos medios. El salario mínimo se multiplico por 5, el crecimiento económico se estabilizo en torno a un 4,5 % anual y la desigualdad paso de 0,58 a 0, 41 en la escala de Gini (UDAPE, 2019). Sin embargo, desde inicios del gobierno, sectores de clases medias tradicionales, vinculadas a profesiones liberales y la antigua administración pública se ubicaron en una irreductible oposición política al gobierno de Evo y, con el tiempo, asumiendo militantemente un antagonismo cultural a todo lo que el representaba. Pese a que en 14 años, no habían sido objeto de ninguna temida expropiación de bienes, habían mejorado gradualmente sus ingresos salariales y hasta había aumentado su capacidad de consumo y ahorro, el 2019 salieron a las calles; realizaron paros de protestas, quemaron ánforas electorales, apoyaron el nombramiento de una presidenta del Estado sin sesión congresal, legitimaron la masacre cometida por militares y policías en contra de humildes pobladores que defendían al gobierno democrático, y hasta rezaron alrededor de cuarteles militares para que los uniformados instauren una dictadura militar. La explicación de que tenían razones legales para oponerse a la repostulación de Evo, olvida que los alegatos jurídicos adquieren emotividad moral solo cuando condensan la defensa de determinados bienes materiales o inmateriales.

Hace tres años, demostramos que la base material que sustento, y sigue sosteniendo, esta politización desdemocratizadora entre las clases medias tradicionales bolivianas, es la perdida de reconocimientos, de exclusividades, de cargos y contrataciones estatales anteriormente asequibles de manera “naturalizada” por origen social, abolengo y lealtad étnica. Bienes y recursos que ahora están a disposición de muchas más personas, procedentes de orígenes sociales e identidades étnicas diferentes (naciones indígenas). Claro, la llegada de Evo al gobierno y la instauración de un Estado Plurinacional, ha significado un raudo ascenso social económico de sectores indígena populares; ha posibilitado una remoción del origen social de la totalidad de las jerarquías de la burocracia estatal que, encima, debido a las políticas de nacionalización, ahora controla cerca del 35% del PIB nacional. El Estado ha trastocado los títulos de legitimación para optar a un puesto laboral (ministerios, diputaciones, sistema de justicia, embajadas, empresas públicas, etc.) o la adjudicación de obras públicas. Si antes contaba un apellido de origen extranjero, redes de amistad endogámicas, un título de posgrado, el color de piel blanqueda (el capital étnico); ahora cuenta muchísimo más la filiación a un sindicato obrero o campesino; saber hablar aymara o quechua o moverse en las redes de lealtad étnica de las comunidades indígenas.

El ascenso económico de sectores populares e indígenas, con la consiguiente devaluación de la etnicidad criollo-mestiza para acceder a reconocimientos, contrataciones y nombramientos públicos, ha significado un avance extraordinario de la igualdad social. Y es algo que debe continuar. Pero, estos avances de justicia social y democratización económica, también han despertado odios viscerales y resentimientos morales de unas clases medias tradicionales que viven esta ampliación de derechos colectivos como una expropiación imperdonable de su estatus social, de sus privilegios de sangre y color de piel heredados de sus padres y abuelos. Para ellas, la igualdad es un agravio al orden naturalizado de la sociedad.

El ensanchamiento de las clases medias, devalúa las posiciones y el estatus de las antiguas clases medias. La depreciación del capital étnico mestizo-criollo (herencia colonial) que anteriormente garantizaba beneficios públicos y reconocimientos, instaura otros criterios de valor social asentado en las practicas mayoritarias de la población (popular, indígena), y empuja a la decadencia los antiguos parámetros de movilidad social ascendente. Se tratan de hechos inevitables del avance de la justicia y la igualdad. Pero, ineludiblemente, todo ello genera rechazos, tanto más viscerales si los antiguos privilegios de clase media se sustentaban principalmente en el linaje.

Con otras particularidades, un fenómeno parecido se ha dado en Brasil con sus clases medias frente al ascenso social, vía educación y consumo, de sectores populares (Anderson, 2019). Y, en cierta medida, el odio contra los migrantes anidado entre clases laboriosas de países del norte, puede tener las mismas raíces anti-igualitarias.

La “Gran Convergencia”

Esta vinculación entre igualdad económica y polarización social la retoma el economista B. Milanovic para estudiar los efectos de la reducción de la desigualdad en el mundo (Foreing Affairs, 14 /VI/2023). El ex jefe del departamento de investigación del Banco Mundial (B.M.), reconoce que, en las últimas décadas, al interior de cada país ha aumentado la desigualdad; pero, vista a escala global, esta ha disminuido. Para comprobar ello, introduce el concepto de “desigualdad global” para estudiar la disparidad de ingresos entre todos los ciudadanos del mundo. Tomando como cero el momento de igualdad absoluta, en la que todos los habitantes del mundo tienen los mismos ingresos, y 100, cuando una sola persona concentra todos los ingresos, comprueba que la desigualdad planetaria ha disminuido notablemente en las últimas 3 décadas de globalización.

Con una mirada de largo plazo, ve cómo es que desde los años 1820 hasta 1990, la desigualdad mundial ha tenido un crecimiento sostenido, pasando de 50 a 70 puntos. Si antes de la revolución industrial del siglo XIX, el país más rico (Inglaterra) tenía un PIB 5 veces mayor que el más pobre (Nepal), a fines del siglo XX, la diferencia entre el PIB del más rico (EEUU) y el más pobre llego a ser de 100 a 1. Pero desde fines del siglo XX hasta ahora, la desigualdad ha caído de 70 puntos a 60, fundamentalmente por el ascenso económico del país más poblado del planeta: China.

Y lo más relevante del articulo son los efectos de esta asiatización de la riqueza en las jerarquías y consumos globales. Comprueba que las clases medias y populares de las economías occidentales, que durante un siglo ocuparon la posición media alta y alta de los ingresos mundiales, ahora están retrocediendo. Por ejemplo, un ciudadano pobre de Norteamérica que en 1988 ocupaba el percentil 74 de los ingresos mundiales, el 2018 ocupa el percentil 67. De la misma manera, un italiano, de ingresos medios, ha visto caer su posición 20 puntos en el mismo periodo. Y en general se trata de un declive de los sectores medios y pobres de los países occidentales ricos en el rango global. En contraparte, un ciudadano medio chino, que en 1988 ocupaba el percentil 35, ha alcanzado el percentil global 70 en 2018. En general, las clases medias y bajas de “occidente” están siendo gradualmente desplazadas en su jerarquía mundial y en el acceso a bienes globales (eventos culturales, vacaciones, innovaciones tecnológicas, etc.), por una nueva clase media global proveniente de los países asiáticos. Y a medida que ciertos consumos globales ya se están volviendo inaccesibles para estas clases populares y medias occidentales, la sensación de “perdida” se acrecienta, con la consiguiente polarización social.

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Milanovic considera que, por ahora, los más ricos globales, que son un 80% occidentales y japoneses, no han sido afectados de manera sustancial. Sin embargo, es probable que, de mantenerse las tasas de crecimiento de China, y de crecimiento mediocre de EEUU y Europa, en los siguientes 20 años, el porcentaje de ricos globales chinos igualara a la de los norteamericanos; en tanto que las clases populares y medias occidentales perderán aún más rápido sus posiciones jerárquicas en la riqueza global, reflejando el “cambio en el orden económico mundial”. Las variaciones geográficas en el PIB mundial, son por demás elocuentes de este proceso: Entre el año 2010 y 2020, EEUU cayo de una participación del 30%, al 25%. En tanto que China paso del 3,7 % al 17, 3 % (B.M., 2023).

Tenemos entonces, en el caso de Bolivia y del mundo considerado en su conjunto, que experiencias de mejora de ingresos económicos en “clases” medias, pero retroceso en sus jerarquías y antiguos privilegios debido a políticas de igualdad, producen sensaciones de “perdida” y desquiciamiento del orden moral de la sociedad por intrusión de sectores “igualados”. Sobre esta base vendrá luego el crecimiento del antagonismo pasional hacia los “otros” (los migrantes, los indígenas, las mujeres, los “comunistas”, etc.). Es la reacción a la decadencia de su poder y estatus. El miedo al “gran reemplazo” que nubla la razón de no pocos votantes de las sociedades occidentales ricas (EEUU, Europa), quizá no tenga que ver solo con la creencia de que los latinos, los africanos o los musulmanes sustituyan a las poblaciones “blancas”. Sino con el horror y resentimiento que les despierta el saber de su inexorable desplazamiento en los privilegios globales que los “occidentales” disfrutaron durante los últimos 200 años de colonialismos imperiales. Y es que, como lo señala Tooze (2023), ahora ya “solo son pasajeros de un tren conducido por otros”.

(*)Álvaro García Linera es exvicepresidente de Bolivia

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/ 26 de noviembre de 2023 / 06:15

DIBUJO LIBRE

No se trata de un concepto extraído de los rancios archivos del populismo latinoamericano de mediados del siglo XX. Es el título de un amplio reporte especial de la revista The Economist del mes de octubre del 2023, referido a la nueva tendencia económica que está desplazando al libre mercado a escala global.

Hace un año atrás, esta prestigioso y conservador semanario que sirve de brújula para todos los seguidores del liberalismo económico, ya había lanzado la alerta acerca de los riesgos “fin de la globalización” promovida por la fragmentación geopolítica de los mercados. Hoy, más a la defensiva, denuncia la “tendencia alarmante” al crecimiento de un conjunto de medidas que están adoptando los gobiernos del mundo; de una corriente de opinión empresarial y académica ascendente, favorables al proteccionismo nacional de las industrias, la aplicación de subvenciones a la actividad económica, la elevación del gasto público y la regulación de los mercados. Todas ello agrupadas bajo el denominativo de “nacionalismo económico” o “homeland economics”.

Pero no solo es el The Economist que detecta este cambio de época. Durante el último año, el influyente periódico norteamericano The New York Times, ha entregado numerosos estudios y opiniones sobre el regreso de las llamadas “políticas industriales” (industrial policy), otro nombre con el que se denomina a el conjunto de intervenciones estatales para apoyar la actividad manufacturera, por medio de exenciones tributarias, subsidios, créditos blandos, garantías públicas, contrataciones estatales y, llegado el caso, nacionalizaciones. Uno de los animadores de este debate, es el premio nobel de economía Paul Krugman que, en apasionados artículos en defensa de las políticas de subsidios del presidente Joe Biden, afirma sin complejos que, si ello llevara a una proliferación de nacionalismo económicos en todo el planeta, entonces, bienvenido sea ese proteccionismo. Projet Syndicate, que agrupa a más de 500 medios de comunicación del mundo en la que escriben reconocidos académicos de las más prestigiosas universidades, en los últimos meses ha recogido la intensidad del debate referido al tema. La prestigiosa universidad norteamericana Massachusetts Institute of Technology (MIT) acaba de publicar un libro referido a la historia de las “políticas industriales”, en tanto que el reconocido profesor de Harvard, Dani Rodrik, desde meses atrás viene recomendando como aplicar de manera “correcta” ese nacionalismo económico.

Y es que este neoproteccionismo industrial no es solo una nueva moda académica, sino una tectónica transformación de las estructuras económicas del orden global que está en marcha debajo de nuestros pies. Veamos:

Adiós a los mercados “libres”.

Un mercado global autorregulado fue la gran utopía neoliberal de las últimas décadas. El fin de la “guerra fría”, la incorporación de China a la OMC y la expansión de cadenas de valor que integraban al mundo entero en función de la eficiencia y oportunidades, alentaron ese gran sueño. Pero era solo una ilusión. Los mercados son incapaces de cohesionar a las sociedades, lo que a la larga lleva a la polarización política. Los mercados son incapaces de equilibrar producción con finanzas, lo que a la larga lleva a la desindustrialización de los opulentos, y a la pérdida de su liderazgo global. Esto es lo que precisamente está pasando ahora en “el llamado occidente” y, en particular, en EEUU.

Por ello, era previsible que EEUU y Europa algún rato busquen, desesperadamente, detener su ocaso imperial frente a un “asiatismo” industrioso ascendente. Ese momento ha llegado. El primer giro histórico lo lanzo EEUU el 2018 al embarcarse en una guerra de aranceles a las importaciones chinas, imponiéndoles el pago de hasta un 25% de impuestos sobre su valor total. En contraparte, China ha hecho lo mismo con las importaciones norteamericanas. Con ello, las dos más importantes potencias económicas del planeta, han enterrado el libre comercio.

La Unión Europea, no se ha quedado atrás. Desde enero del 2022, ha reducido su compra de gas a Rusia, desde un 45% del total de su consumo, a un 13% (Comisión Europea, 2023); incluyendo en este recorte la voladura del gasoducto de abastecimiento Nord Stream 2. Y esa reducción nada ha tenido que ver con las “eficiencias” del mercado, sino con motivos geopolíticos. El gas ruso, que durante décadas sostuvo energía barata de los europeos y la pujante industria alemana, costaba cerca de $us 6 el MBTU. El 2022, tuvieron que pagar $us 45 el MBTU a otros proveedores amigos, incluidos los EEUU. La eficiencia de los mercados se ha arrodillado ante el “mercado de amigos”.

Junto con ello, en marzo del 2023, la UE ha aprobado una ley de “defensa comercial contra las coacciones económicas”, que permite elevar aranceles y restringir participación en licitaciones a países que realicen “presiones económicas indebidas”, es decir China. La sinfónica del siglo XXI ya no acompaña odas al libre comercio sino a la seguridad nacional.

Que luego se restrinja el ingreso a Huawei al mercado europeo, que se prohíba la venta de tierras agrícolas a chinos o que, en agosto, el presidente Biden emita órdenes ejecutivas para prohibir exportaciones e inversiones norteamericanas en China en el área de semiconductores, inteligencia artificial, etcétera, es la nueva realidad de los mercados subordinados a los estados.

Este nuevo espíritu global lo cartografía perfectamente el FMI al momento de lamentar el incremento, a escala geométrica, de las restricciones al libre comercio mundial, que de 250 medidas marginales y en países marginales el año 2005, han pasado a 2500 el 2022; principalmente en los países económicamente más avanzados (Globalización a tope, junio, 2023).

Todo ello está provocando una reorganización geográfica de la división del trabajo o, como suele llamarse ahora, de las “cadenas de valor”. La Organización Mundial del Comercio (OMC) reporta que desde el 2009 esa articulación global de los procesos productivos ya no ha continuado expandiéndose y, desde entonces, ha comenzado a retraerse paulatinamente (WTO, Global value chain… 2022). Las palabras de moda entre los CEOs del mundo son ahora “nearshoring”, “friendshoring” o, en los clásicos eufemismos de la presidenta de la Unión Europea, Von der Leyen, “reducir riesgos”.

Guerra de subvenciones.

En la última década, la estantería globalista, anteriormente ya agrietada por el progresismo latinoamericano, comienza a desmoronarse. El sagrado mandamiento respecto a que los estados deben ser austeros y reducir al minino los gastos, es ahora una insensatez contra fáctica. El 2008, a raíz de la crisis de las hipotecas subprime que arrastro al mundo a una crisis financiera, las economías avanzadas tuvier o n q u e movilizar el equivalente al 1,5 % de su PIB para contener la caída de las acciones bancarias y de las bolas de valores. El 2020, ante el “gran encierro” frente al Covid-19, el esfuerzo fiscal extraordinario llego al 18% del PIB, inundando la sociedad de emisión monetaria para pagar salarios, solventar deudas empresariales, sostener las acciones de las empresas e implementar ayudas sociales (FMI, monitor fiscal, 2021). El endeudamiento público mundial, que durante los años “dorados” del neoliberalismo acato una rigurosa disciplina fiscal con una deuda pública baja, alrededor del 50 % del PIB, en la última década ha saltado hasta el 80%, y en EEUU al 110 % (Kansas City Fed, 2023). Por su parte, el gasto público, que durante 30 años se mantuvo en torno al 24% respecto al PIB, en los últimos años ha saltado al 34% (Banco Mundial, 2023). El elevado endeudamiento público, no es ni una pasajera enfermedad económica ni un patrimonio latinoamericano. Es la nueva normalidad global.

Y para la pesadilla de los liberales, no solo hay un nuevo Estado gastador, sino además ahora industrialista y generador de mercados. El presidente norteamericano Biden, desde el 2022, ha movilizado cerca de $us 400.000 millones para subvencionar la fabricación de autos eléctricos, tecnologías verdes y microchips en EEUU, con tecnología de EEUU y trabajadores en EEUU (Ley IRA, Ley Chips). “Consuma americano” es el nuevo lema proteccionista. Europa no se queda atrás. Según el Observatorio económico Brugel, entre el 2022 hasta julio del 2023, los gobiernos han tenido que subvencionar a sus ciudadanos con 651.000 millones de euros el precio final de la energía eléctrica. Para Alemania, esto ha alcanzado al 5% de su PIB anual. En el viejo lenguaje liberal, una ineficiencia pasmosa. Pero en estos tiempos, los intereses de la guerra contra Rusia están por encima de las delicatesen del mercado.

Además de todo ello, desde el 2019, las subvenciones estatales a la industria de la Unión Europea, de manera directa mediante transferencias y reducciones tributarias; y de manera indirecta mediante préstamos y garantías, suman anualmente el 3,2 % del PIB (OCDE, junio 2023). En casos más osados, los estados han nacionalizado la generación de la electricidad (Francia), o la distribución del gas (Alemania). Por su parte, la India y Corea del Sur acaban de aprobar generosos incentivos estatales a la producción de determinados productos Y en la China, está en marcha su plan para que el 2025, el 70% de las materias primas básicas de sus manufacturas sean nacionales (Harvard Review, otoño 2018). De menos de 34 intervenciones de “políticas industriales” en el mundo el 2010, se ha pasado a 1.568 el 2022 ( Juhasz, Rodrik, agosto 2023)

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El orden global está cambiando rápidamente y las ideologías dominantes también. De la antigua gubernamentalidad sostenida en el libre mercado, el globalismo, el Estado mínimo y el solitario emprendedurismo, estamos transitando a una legitimidad política aun difusa, pero en la que parecen comenzar a destacar otras bases de anclaje, como el industrialismo local, la autonomía tecnológica y la competitividad en mercados segmentados (Thurbon, 2023).

Ciertamente, todo ello no impide que por acá o por allá, renazca con violento furor, el melancólico apego a los imaginados años gloriosos del libre comercio. Son fósiles políticos que no por ello son inofensivos y meramente carnavalescos. Estos defensores del libre mercado que, como se lamenta el The Economist, ahora son tratados como “una reliquia colonial” en extinción, han provocado mucho dolor social en su aventura, como en Brasil, y lo seguirá haciendo, como en Argentina. Lo curioso es que Latinoamérica, que vanguardizó este regreso a políticas proteccionistas, sea también donde se engendren las versiones más pervertidas y crueles de este anacronismo liberal.

Esto no significa que se impondrá el nacionalismo económico. El tiempo de incertidumbre aun continuara por una década o más. Pero, este proteccionismo que ahora comienza a expandirse es distinto al que prevaleció en los años 40’s del siglo XX. Las subvenciones estatales ya no apuntalan tanto a un Estado productor, sino a un sector privado que necesita de la protección y guía estatal para prosperar. Igualmente, la nueva “sustitución de importaciones”, que nos recuerda a la antigua consigna de la CEPAL, ahora es selectiva, en áreas estratégicas ordenadas por criterios políticomilitares; en tanto que el resto de las importaciones que se mantendrán, buscan ser relocalizadas a otros mercados más cercanos o políticamente aliados. Pareciera ser que estamos ante el nacimiento de un nuevo modelo hibrido, anfibio, que combina proteccionismo y libre cambio, según necesidades nacionales.

(*)Álvaro García Linera es exvicepresidente de Bolivia

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/ 18 de junio de 2023 / 06:41

El punto sobre la i

Hubo un tiempo que el patrimonio de las lecturas terminales del capitalismo la poseía el marxismo. Durante las primeras décadas del siglo XX, la crisis del liberalismo decimonónico, la primera guerra mundial, la revolución soviética y el quiebre de las bolsas de 1929, alimentaron un extraordinario debate económico acerca de la inminente debacle de la moderna sociedad burguesa. Para la gran revolucionaria Rosa Luxemburgo, (La acumulación del Capital, 1913), la saturación de los nuevos mercados ocupados por el comercio y la producción capitalista anunciaba su inminente derrumbe. Aunque claro, no logro ver que el mercantilismo pudo densificar los consumos en los mercados existentes, y ocupar nuevos espacios “exteriores” como las sociedades agrarias o la unidad doméstica urbana.

K. Kautsky, (Teoría de las Crisis, 1901), padre de la socialdemocracia europea, anunciaba que el desacople entre producción y consumo mundial, la llamada sobreproducción, era el síntoma decisivo de la imposibilidad de la continuidad histórica del capitalismo. Sin embargo, la devastación material que conllevaron las guerras, y las propias depresiones económicas, jugaron el papel de “destrucción creativa” schumpeteriana que volvió a acoplar producción con consumo. H. Grossman (La ley de la Acumulación…, 1929), gran economista polaco, creía que la sobreacumulación de capital, debido a las constantes innovaciones tecnológicas que desplazaban el trabajo humano, reducían la cantidad de trabajo impago apropiado por los empresarios, en relación a los montos de inversión realizados, lo que, a la larga, llevaría a un colapso del sistema en su conjunto. Sin embargo, como viene aconteciendo a lo largo de décadas, esta tendencia decreciente de la tasa de ganancia, está acompañada también de un crecimiento sostenido de la masa de ganancia absorbida por la inversión que dinamiza la inversión. P. Mattick, otro gran economista marxista radicado en EEUU, consideraba que la sobresaturación de capital a escala mundial, más la competencia inter empresarial, llevarían a una “crisis mortal del capitalismo” al constreñir el nivel de los ingresos de las clases laboriosas (The Permanent Crisis, 1933). Pero no tomo en cuenta que la mejora de la productividad laboral general, eleva los ingresos de las clases menesterosas, en tanto que, el trabajo barato de las sociedades periféricas y el trabajo doméstico gratuito, ayudaron a sostener lo que U. Brand denomina el “modo de vida imperial” del capitalismo desarrollado.

Independientemente de que, con el tiempo, varios de los postulados de estas reflexiones fueron superados por la propia realidad, el gran aporte de esta polémica radico en poner la atención en la recurrente manifestación de límites en el desarrollo histórico de la sociedad capitalista. Si bien todos estos autores, incorporaban el factor decisivo de las luchas sociales para derribar el orden económico, consideraban que la eficacia de esas luchas necesitaba unas condiciones de posibilidad material que permitieran el derrumbe del capitalismo existente y su sustitución por otra organización económica de la sociedad.

Los trente glorieuses que emergieron después de la segunda guerra mundial (1945-1975) y que dieron los mayores índices de expansión económica y bienestar social a Europa y EEUU, aplacaron el debate sobre el derrumbe. La implosión del llamado “socialismo real” en 1989 y el triunfo inapelable del capitalismo de libre empresa en los años posteriores, cerraron temporalmente cualquier referencia en torno a los límites del capitalismo. De hecho, desde entonces podía presentarse como el insuperable final del camino del progreso humano. Pero la celebración del “fin de la historia” no duro mucho.

Primero, fueron las alarmas sobre las barreras naturales a esta forma de producir fundada en la ganancia permanente. Los efectos dramáticos en el medio ambiente, o que Marx llama la fractura del “intercambio metabólico” entre naturaleza y ser humano, comenzaron a ser expuestos, no solo con el inminente riesgo apocalíptico del trastrocamiento del clima, la biodiversidad y la vida terrestre, sino también con los limites materiales naturales a una continua expansión de la producción y la acumulación capitalista. Sugirió así un nuevo catastrofismo, ahora centrado, no tanto en las barreras a la acumulación empresarial, como en el agotamiento de los componentes materiales que permiten la producción y la acumulación burguesa. No es ya la organización social capitalista la que manifiesta sus propias fronteras (de acumulación, de desigualdad, de luchas sociales, etc.), sino la naturaleza la que es el límite de la ganancia ilimitada.

Cada nuevo informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, es más aterrador que el anterior, en tanto que el Reloj Climático señala que estamos a “segundos” de rebasar los 1,5 ºC de temperatura por encima de la era preindustrial, lo que llevara a una vorágine de desastrosos e irreversibles efectos medioambientales y biológicos en el mundo. Sin embargo, por ahora, este neo colapsismo ambiental, ha dado lugar a un fatalismo impotente que no logra visualizar un orden económico-social diferente al capitalismo existente. Se plantea atenuar su desarrollo, direccionarlo o, en el mejor de los casos des-desarrollarlo (Latouche, 2023), dejando de lado que, si algo caracteriza precisamente al capitalismo, es la tendencia a la acumulación perpetua, por encima del bienestar humano, del medioambiente o de la propia vida biológica.

Una contraparte temprana de este catastrofismo ambiental, es el desplome inducido, llamado aceleracionismo (Srnicek, Fisher); que propone exacerbar aún más la expansión capitalista a fin que sus fuerzas prometeicas, disolventes y de autoorganización, estallen creando condiciones para una otra sociedad.

Pero lo verdaderamente llamativo del último tiempo, es el catastrofismo analítico de las instituciones y “tanques pensantes” del propio capitalismo global. Eufóricas durante décadas con el imaginado triunfo definitivo del libre mercado, el FMI, Banco Mundial, BIS, Rand Corporation, World Economic Forum, McKensey, etc., en los últimos meses han pasado de un pesimismo temporal a un pesimismo catastrofista.

El FMI, ese portaaviones político, acorazado de dinero y datos econométricos, que durante décadas se encargó de encuadrar a América Latina y Europa del este en el ineluctable destino “final” de la humanidad, el libre-mercado, ahora se lamenta del “desmoronamiento” del orden planetario liberal y predice que la “fragmentación geoeconómica” en marcha traerá una contracción de hasta un 7% del PIB mundial en los siguientes años (Geoeconomic Fragmentation…, enero de 2023). Por su parte, el Banco Mundial, esa caballería global del “consenso de Washington”, ahora se detiene atónito ante el futuro incierto y augura una venidera “década perdida “con la caída de un tercio del crecimiento global respecto a los primeros 10 años del siglo XXI” (Global Economic Prospects, junio 2023).

Y el que más sorprende sobre el porvenir del capitalismo, es el McKinsey Global Institute. Considerado como la empresa de consultoría más famosa e influyente del mundo, y que ha formado a la mayor cantidad de CEOs de grandes empresas, acaba de realizar un análisis crítico y calamitoso del porvenir del capitalismo mundial capaz de disputar umbrales de fatalismo a las más enjundiosas versiones catastrofistas del marxismo del siglo XX. Comienza su estudio señalando que, en los últimos 40 años, el capitalismo global se ha desplegado por medio de una anomalía peligrosa: que el crecimiento del valor de los activos (acciones, bienes raíces) y de la deuda (estatal, empresarial, personal), fue más rápido que el crecimiento del PIB. Es decir, el valor en papeles se desacoplo del valor real de la economía. Por cada 1 dólar de activo real, el activo ficticio creció 1,3 veces. Desde 1993 hasta el 2021, dice el documento, el capital no persiguió inversiones productivas, sino la riqueza de papeles: el valor de los bienes raíces creció 33% por encima del PIB. Los activos 100%; la deuda 90%, y los depósitos un 124% (The Future of Wealth and Growth…, mayo de 2023)

Para aumentar los males endémicos, la inversión productiva ha disminuido como porcentaje del PIB. En la UE, 55% más baja que entre 1995-2008. Y en Estados Unidos, 40% menos. Por su parte, la productividad ha reducido su tasa de crecimiento. Si entre 1980 al 2000 aumento un 1,8% anual, entre el 2000-2021 tan solo un 0,8%. La esperanza de que la digitalización y la I+D revolucione la productividad ha fracasado por la ausencia de “habilidades necesarias” en la fuerza laboral y, sobre todo, porque son tecnologías de ciclos de vida cortos que “pueden absorber ahorros solo por periodos muy limitados” antes de volverse obsoletas o transferir conocimiento a los competidores. Esta ralentización de la productividad del capitalismo tardío, antiguo baluarte de su superioridad histórica, no es un problema pasajero: es un límite estructural del propio capitalismo. Se ha creado así un círculo vicioso: aumenta la participación de los grandes dueños en la riqueza global; disminuye la participación de los trabajadores que reduce el consumo proporcional y crece el valor “en papel” de los activos debido al ahorro de los ricos. Se trata de un problema de sobreproducción con efectos de desvió especulativo de la riqueza que suscribiría el propio Marx (El Capital, Tomo III).

¿Frente a este desastre, que opciones hay al frente? El instituto más deseado por todos los graduados en ramas económicas de las universidades más prestigiosas del mundo, ve 4 opciones, cada cual más problemática que la anterior. La primera, mantener lo mismo que ahora; crecimiento ficticio, PIB aumentando por debajo del 1%, demanda débil, bajo aumento de la productividad, mayor desigualdad. En resumen, volver al estancamiento secular.

La segunda, políticas de defensa nacional (nacionalismo económico): aumento de la inversión pública, crecimiento moderado del salario y el consumo, inflación por encima del 4%, disminución de valor de las acciones y bienes raíces, aumento de la deuda y contracción de la riqueza de los hogares en un 8,5%.

La tercera, de recesión prolongada: política fiscal austera, ajuste fiscal duro y contención de la inflación, tasas de interés altas, caída de los valores de los activos, crisis de liquidez, crisis mundial de deuda, demanda débil, zoombificacion de empresas; PIB crece 1 punto menos que la década anterior, caída del valor real de acciones y bienes raíces en un 30% o más.

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Por último, productivismo en base al aumento de la inversión en nuevas tecnologías: crecimiento del PIB de 1% por encima de la década anterior, inflación controlada, políticas publicas industriales, valor de bienes inmuebles se estancan y caen en relación al PIB, nueva ola de economías emergentes. Esta última opción, la menos conflictiva, se asemeja mucho a la señalada hace más de 100 años atrás por Luxemburgo, solo que ella ya vio la saturación de ese camino. Y en cuanto a la productividad, no hay una ruta para remontar los limites estructurales que el mismo Instituto menciona respecto a las tecnologías de rauda obsolescencia.

En síntesis, los corifeos del capitalismo han extraviado el optimismo histórico. No solo nos muestran con datos un modelo de desarrollo neoliberal desfalleciente, sino también un capitalismo estructuralmente cansado, fisurado, carente de horizonte esperanzador capaz de lanzar al mundo a una nueva etapa de prosperidad. Casi como una bestia irracional que se devora a si misma. Por ello, no cabe duda que, en estos tiempos de incertidumbre pesimista, habría que volver a desempolvar y enriquecer los previsores debates marxistas sobre las condiciones del “derrumbe” capitalista.

(*)Álvaro García Linera exvicepresidente de Bolivia

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El FMI y sus huérfanos ideológicos

Hay un desquiciamiento cognitivo en los hijos ideológicos del FMI, su mundo plano se está hundiendo y no entienden por qué.

Hoy día resulta que de ese gran principio supremo ordenador del capitalismo tardío, el ‘libre mercado’, ya no queda nada más que la nostalgia

/ 30 de abril de 2023 / 07:00

DIBUJO LIBRE

Hubo un tiempo en que las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre cómo reorganizar la economía eran leídas, defendidas y ejecutadas como si se tratara de un mandato divino. Eran los años 90 del siglo pasado, cuando cada estudio del curso de la economía mundial o convenio alcanzado con tal o cual país, no solo emanaba un enjundioso optimismo histórico con lo que se estaba proponiendo, sino que, además, venía acompañado de una apodíctica y eficiente difusión piramidal que iba de ministros de Economía a parlamentarios; de asesores económicos de gobiernos a reconocidos empresarios locales; de prestigiosas universidades a comentaristas de televisión y periódicos; de académicos a tertulianos de café, que se relamían los labios con cada frase, con cada dato, con cada sugerencia de este organismo internacional.

Eran los tiempos del “gran consenso social” tejido por una profusa red molecular de opinión pública dedicada a consentir que los sacrificios colectivos de la pérdida de derechos, de la expropiación de bienes públicos y del abandono estatal, iban a redimirse con un brillante éxito individual de volverse empresario, accionista o director de empresa. Privatizar todo, desproteger todo y dejar que el libre mercado se encargue del resto eran los credos fundadores de un nuevo mundo de emprendedores, al que inmediatamente los clérigos de esta religión acompañaban, en medio de responsos e incienso, con frasecitas huecas como “achicar el Estado para agrandar la nación”, “país de ganadores”, “distribución por goteo” o “fin de la historia”.

Pero, al despuntar el siglo XXI todo comenzó a fracturarse. La pobreza, escondida debajo del tapete del “emprendedurismo” saltó por los aires. Las desigualdades brutales quebraron consensos y el libre mercado corría a arrodillarse ante el Estado para demandar rescates financieros o subvenciones: primero, ante la crisis de las hipotecas subprime; luego, ante el gran encierro del COVID-19; después, ante el poderío productivo de China; luego, ante la elevación de los precios de los combustibles; después, ante los quiebres bancarios; luego, ante el cambio climático…

Y ahora resulta que de ese gran principio supremo ordenador del capitalismo tardío, el “libre mercado”, ya no queda nada más que la nostalgia. En 2020, el Estado ha salvado a las empresas y a las bolsas de valores de las grandes economías del norte. El comercio mundial y los capitales transfronterizos han ralentizado estructuralmente su crecimiento; las subvenciones a la energía, los alimentos y al consumo han desplazado a la libre oferta y demanda. La “seguridad nacional” o el expansionismo geopolítico han asesinado a la ley de la oferta y demanda para definir los precios de los combustibles, de las redes de telecomunicaciones, de los microprocesadores o de la transición energética. Europeos y norteamericanos premian con dinero público a los empresarios que retraen sus cadenas de valor a cada país y castigan la eficiencia de la externalización de los costos. El globalismo está siendo sustituido por el nacionalismo económico y la geopolítica.

Esto lo sabe el FMI. Y lo lamenta infinitamente. En un reciente estudio (Fragmentation geoeconomic and the future of multilateralism), hace un recuento de este catastrófico retroceso del libre mercado. Muestra cómo después de un largo flujo globalista que va de 1980 a 2010, se ha entrado en un reflujo que puede durar décadas.

Para ello brinda datos del retraimiento del comercio mundial de bienes, servicios y finanzas, con respecto al PIB, de 45% a 33%. Del incremento mundial, hasta en 400%, de medidas restrictivas y proteccionistas.

Habla de encuestas que revelan el sustancial aumento de la desconfianza social con la globalización (50%) y el crecimiento de la demanda de medidas proyectivas (33%). El estudio también proporciona datos sobre el terremoto en los imaginarios colectivos que está acompañando todo esto al comprobar cómo es que las palabras de “seguridad nacional”, “nearshoring” o “deslocalización” están sustituyendo de manera abrumadora el viejo léxico mercantilista en las instituciones internacionales, entre empresarios y directivos de empresas. Para rematar este panorama adverso, el último informe de abril sobre la economía mundial (World Economic Outlook) muestra cómo es que la inversión extranjera directa de haber alcanzado 5% con respecto al PIB el 2008, ha caído a menos de 2% en 2022. Para ensombrecer el efecto de estos hechos, los informes también señalan que estas “desgracias” traerán una posible caída del PIB mundial del orden de 2 a 7% en los siguientes años. Pero, a pesar de esto, no le queda más que admitir que lejos de tratarse de un recodo en el camino que será enderezado por un inmediato y triunfal regreso del libre mercado, esta “slowglobalization” es un hecho estructural y de largo aliento.

Decir estas cosas a una institución que durante décadas fue el oráculo del triunfo inevitable del libre mercado, no es fácil. Acarrea traumas internos, frustraciones existenciales y una catarata de contradicciones casi paranoicas.

Esto ya se hizo manifiesto el 2020, cuando al finalizar el “gran encierro” ante la pandemia, el FMI recomendó a los gobiernos de los países subir los impuestos a los ricos y aumentar la inversión pública, tanto en protección social como en capital (World Economic Outlook, 2020); exactamente todo lo contrario de lo que había exigido los 40 años previos. Más desconcertante aún es comparar las anteriores imposiciones a los países en “vías de desarrollo” (que levanten barreras arancelarias, abran sus mercados y acepten un mundo sin “perjudiciales” fronteras), con la nueva teoría fondomonetarista del semáforo de “compromisos diferenciales” (Outlook, 2023) en el que cada país podrá optar, de manera “pragmática”, por acuerdos comerciales sin restricciones allá donde existen acuerdos globales (semáforo en verde); acuerdos regionales, donde no hay alineamiento extendido de preferencias (semáforo en amarillo); y, medidas protectoras unilaterales, donde cada gobierno opta por sus propios intereses internos (semáforo en rojo).

Pero donde esta inversión lógica del mundo llega a groseras antinomias es cuando, en el mismo documento, se ofrecen dos caminos antagónicos para un mismo problema. Frente a la crisis de la deuda soberana, que en los últimos 5 años se ha disparado en todo el mundo, el FMI exige, por una parte, la “consolidación fiscal”, eufemismo para reducir la inversión pública, contraer gastos sociales y despedir personal, como lo intenta imponer en Argentina. Pero, por otra, dedica todo un capítulo para demostrar que por experiencia histórica comparada en 33 economías de mercado emergentes y 21 economías desarrolladas, entre 1980 y 2019, los casos de contracción fiscal no han generado una reducción significativa del endeudamiento. Y, por el contrario, los datos fácticos muestran que la inflación moderada reduce el valor nominal de la deuda y, la expansión del gasto fiscal dirigida a aumentar el PIB mediante un “choque positivo de oferta y demanda” reducen notablemente los índices del endeudamiento público hasta en un tercio. Ciertamente esto es una obviedad. Solo haciendo crecer la economía y los ingresos que tiene el Estado, se puede reducir los porcentajes de deuda y pagar los créditos; más aún en un mundo en que hay un repliegue estructural de la inversión extranjera, que está optando por refugiarse en los países económicamente más fuertes, por las altas tasas de interés que otorgan y la incertidumbre económica que ha corroído cualquier atisbo de confianza en el porvenir.

Milton Friedman, guía espiritual de los tiempos neoliberales, recomendaba saber “cuando la marea está cambiando” para poder volver efectiva una doctrina económica. Se refería a tener sensibilidad para comprender los cambios en la opinión pública, en la atmósfera intelectual y en la gente común. Él lo supo percibir en los años 70, cuando el armazón keynesiano se desmoronaba y, junto con otros, pudieron irradiar el nuevo credo económico. Pero está claro que sus acólitos del FMI no lo están haciendo con suficiente perspicacia.

Pero donde el desquiciamiento cognitivo es mucho mayor, es en los hijos ideológicos de los organismos internacionales del orden globalista. Portadores de un entusiasmo liberal que compensa un recortado talento, todo el ejército de “analistas económicos”, consultores, profesores, políticos y promotores del libre mercado que bebían del dogma derramado desde el FMI o el BM, han quedado descocados. Su mundo plano se está hundiendo y no entienden por qué.

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Unos han optado por el estupor paralizante. Se sienten traicionados por una realidad que no se adecuó a sus profecías y les cambió las preguntas a sus respuestas. El resultado es el desconcierto ante una sociedad que ha extraviado su rumbo.

Otros han devenido en espectros llorosos de un orden económico que se está desvaneciendo junto con sus certidumbres y, ante la evidencia, no queda más que aferrarse a los recuerdos melancólicos de unos compromisos para los que la historia aún no estaba preparada.

Y, finalmente, están los hijos zombis. Se trata de criaturas despiadadas nacidas y alimentadas por un tiempo histórico, unos paradigmas y unas circunstancias económicas que hoy ya no existen más. El consenso y optimismo globalista que les infundía vida ha muerto al igual que ellos. Pero aún no se han dado cuenta o no lo aceptan; y deambulan furiosos fagocitando las hilachas corrompidas del viejo orden arrastrado por la inercia y el viento. A diferencia del espectro, que solo vagabundea por los rincones de las conciencias patéticas, el zombi es violento y destructor. Como ya no busca seducir con el libre mercado sino imponer y sancionar a sus detractores, se propone “dinamitar” las reglas económicas; compite por la rapidez de “terapias de shock” y, hasta hay quienes resucitan chapuceras propuestas de “vouchers” educativos. Son iliberales dispuestos a defender un liberalismo a palos.

Con todo, representan la memoria fósil de un fracaso que condujo a los estallidos continentales de 2001-2003. Con la agravante de que, a diferencia de entonces, prometen no ser “blandos” y poner en regla a los revoltosos, es decir, más desastres en espiral. Quizá a eso se refería Antonio Gramsci cuando hablaba de las expresiones morbosas o monstruosas de una hegemonía desfalleciente propia de un “interregno”.

(*)Álvaro García L. es investigador social, exvicepresidente

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¿Libre comercio? ‘al infierno con eso’

Un nuevo tipo de proteccionismo molecular comienza a apoderarse de parte de las políticas públicas planetarias.

/ 26 de febrero de 2023 / 08:06

DIBUJO LIBRE

El presidente norteamericano Joe Biden es un católico confeso. Asiste regularmente a los oficios religiosos de su congregación y, como todo presidente de Estados Unidos, ha jurado a su cargo colocando su mano en la biblia. Por eso, se puede decir que sabe de la carga moral negativa que tiene entre los suyos la palabra “infierno”. Es lo execrable por antonomasia; lo que hay que rechazar sin apelación. De lo que hay que huir en cada acto personal.

Y ese es el calificativo que ha decidido utilizar para rechazar los reclamos de libre comercio por parte de sus socios europeos. El 27 de enero de 2023, en una reunión con sindicatos en Springfield ha declarado: “Señoras y señores, estamos siendo criticados internacionalmente por centrarme demasiado en América. Al infierno con eso. La cadena de suministro va a comenzar aquí… no termina con nosotros”. En la simpleza del párrafo, hay todo un programa de política económica. Claro, durante los últimos 40 años, bajo el lema de “eficiencia”, las cadenas de suministros de la producción de bienes se descentraron de las grandes potencias (excepto Alemania), para iniciarse y prolongarse allí donde los salarios eran más bajos, los derechos laborales inexistentes y los impuestos mínimos. Esto llevó a que se “mundializaran” los eslabones de las actividades productivas, convirtiendo a Estados Unidos y Europa en un gran supermercado de consumo final de productos elaborados en China, India, México, Singapur, Taiwán, etc. Fueron los “años dorados” del libre comercio y las “ventajas comparativas”.

Pero ahora esa ideología globalista se muestra decrépita y cansada; el crecimiento económico de las grandes potencias occidentales está en declive. Sus clases medias y laboriosas han visto por décadas estancados sus ingresos. La glotonería de su población, sustentada en la importación de productos baratos, ha entumecido su sistema productivo y ha permitido el ascenso de potencias orientales dispuestas a disputar el liderazgo mundial. Y, lo peor, el desafecto de sus electores con los relatos cosmopolitas se ha vuelto directamente proporcional a la grosera desigualdad que golpea sus bolsillos. El humor colectivo ha cambiado. El optimismo histórico ha dado paso al enojo, la decepción y la incertidumbre.

El fenómeno Trump y su banda de asaltantes de parlamentos fueron un síntoma que ha golpeado el orgullo de una nación que se creía la protectora universal de la democracia. Y Biden lo sabe perfectamente. Por ello la invocación al hogar de satán, anteriormente reservada para condenar a comunistas y musulmanes radicales, ahora él la usa para defenderse de sus “aliados” globalifílicos. No es otro síntoma de senilidad. Es el proyecto de un nuevo modelo de organizar la economía.

A mediados de 2022, la administración Biden aprobó dos leyes contra la inflación y el cambio climático que moviliza 465.000 millones de dólares en subvenciones para la industria local. Se trata de las leyes Reduction inflation Act (IRA), y la Chips and Cience Act (CHIPS) que subsidian, la primera, con 52.000 millones de dólares a los empresarios que instalen en suelo norteamericano fábricas de microprocesadores (FABS); y la segunda, que subvenciona con 7.500 dólares a cada comprador estadounidense de vehículos eléctricos fabricados en y con componentes hechos en Estados Unidos.

Debido a ello, en un artículo en Project Syndicate del 22 de diciembre, Anne Kruger, exejecutiva en jefe del Banco Mundial, se lamentaba del ya inevitable “colapso del sistema de comercio internacional” por esta desatada guerra de impuestos y subvenciones; primero entre Estados Unidos y China, y ahora entre Estados Unidos y Europa. Y no es para menos, pues el 8 de diciembre de 2022, el representante de Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), Adam Hodge, rechazó las conclusiones a las que llegó dicha institución en torno al reclamo de China contra las barreras arancelarias erigidas por el Estado norteamericano a sus exportaciones de aluminio y acero. Y el razonamiento fue inequívoco en cuanto a las premisas del nuevo tiempo: “La administración Biden se compromete a resguardar la seguridad nacional de los Estados Unidos al garantizar la viabilidad de largo plazo de nuestra industria del acero y el aluminio, y no tenemos la intención de eliminar los aranceles”.

Qué lejos han quedado las frasecitas de “eficiencia de costos”, “ventajas comparativas” o “cero barreras arancelarias” con las que se mundializaron las cadenas de valor. Hoy, la “seguridad nacional”, “nuestras industrias”, “friendshoring”, “subvenciones”, “soberanía energética”, etc., son las nuevas banderas de un neoproteccionismo emergente en las decisiones de las potencias capitalistas. A decir del apesadumbrado editorial del The Economist del 12 de enero de 2023, “la ganancia nacional ha regresado”. No es el fin de la globalización, sino su ralentización, fragmentación geopolítica y supeditación a las exigencias del mercado interno.

Quien ha conceptualizado de manera pragmática los perfiles de este nuevo “consenso de Washington”, es el premio nobel Paul Krugman. En su artículo del 12 de diciembre último en el New York Times, sin esconder su alegría escribía “Biden está cambiando silenciosamente los cimientos básicos del orden económico mundial” al subsidiar la producción nacional de semiconductores, de energía limpia y al limitar el acceso de China a tecnología avanzada. Afirma sin complejos que se trata de un nuevo tipo de “nacionalismo económico”, lo cual no le preocupa. Es más, ante la pregunta que él mismo se hace de si todas estas medidas pueden llevar a que “crezca el proteccionismo en el mundo”, se responde: Sí. Podía haber dicho “sí y qué”, o en sintonía bíblica con el presidente Biden “sí y qué diablos”, pero quizá sus pruritos académicos se lo impidieron. Pero el énfasis normativo es el mismo. El espíritu proteccionista ha iniciado su nuevo ciclo.

El World Economic Forum de Davos de enero de 2023, donde se reunieron líderes empresariales, élites políticas e intelectuales mainstream, no ha podido eludir la conmoción de estos nuevos vientos. Pat Gelsinger, presidente ejecutivo de Intel, el mayor fabricante de microprocesadores del mundo, admitía que para la industria “fue un error” ser dependiente de Asia. A su turno, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, en su intervención del 19 de enero reconocía que la globalización fue complaciente con los “ganadores” pero no hizo lo suficiente por los “perdedores”, que son la mayoría; y ahora, “el apoyo público a una economía global interconectada se ha debilitado”.

Aunque con más lentitud e hipocresía, Europa comienza a bailar el mismo ritmo proteccionista. Primero fueron la retirada del Reino Unido de la Unión Europea y el veto de algunos países a la tecnología China 5G. Luego, en 2022, la manipulación del mercado de gas, al desplazar el más barato, el ruso, por mayor producción local de carbón, energía nuclear y más gas norteamericano, mucho más caro. La geopolítica de contención de Rusia y China está por encima de la “mano invisible” del mercado. Luego, Francia nacionaliza la mayor empresa energética de Europa; España pone tope a las tarifas eléctricas, Alemania dispone 200.000 millones de euros para subvencionar el precio del gas a su población, y el ex primer ministro Gordon Brown, conocido socialdemócrata globalista, llama a nacionalizar el sistema de generación eléctrica de Gran Bretaña. Finalmente, el 17 de enero de 2023, la audiencia de Davos será aprovechada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para sentenciar que Europa también va a fomentar su “propia industria de energía limpia”. Incluso habló de la posibilidad de un nuevo paquete de “fondos soberanos” para proteger a sus inversores. Hay desesperación por impedir un éxodo de industrias europeas tras las subvenciones norteamericanas. Como lo sentenciaba Larry Flink, director de Blackrock, el mayor fondo de inversiones del mundo, estamos presenciando “el fin de la globalización que vivimos las últimas tres décadas”.

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Hace 79 años, y a raíz de los efectos del liberalismo decimonónico que condujeron a la depresión de 1930 y al fascismo, Karl Polanyi, en su obra La Gran Transformación reflexionó sobre este péndulo entre proteccionismo y librecambio en la dinámica de la sociedad moderna. La denominó el “doble movimiento” que llevaba a que la continua expansión del mercado, que a la larga destruía el tejido social, fuera contrarrestada por un movimiento contrario de defensa de la propia producción, la naturaleza y la sociedad.

Ya sea que se trate de la fase descendente de una “onda larga” Kondratiev, de procesos cíclicos entre mercado autorregulado contrarrestado por la defensa de la sociedad o una demonización presidencial, lo cierto es que un nuevo tipo de proteccionismo molecular comienza a apoderarse de parte de las políticas públicas planetarias. Lo cómico en estos tiempos de inflexión histórica es ver a los fósiles criollos del liberalismo latinoamericano repetir con fe cuasi religiosa el deshilachado mantra neoliberal del “Estado mínimo”, “austeridad pública”, privatización y libre mercado. Son patéticos espectros melancólicos de un mundo “que el viento se llevó”. Y que, si por alguna tragedia social regresa temporalmente, solo lo podrá hacer cabalgando el odio y la violencia infernal.

(*) Álvaro García L. es matemático, investigador, exvicepresidente

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Barroquismo Europeo

El envejecimiento y los achaques llegaron muy rápido a un continente que se sentía superior al resto de los mortales.

/ 30 de octubre de 2022 / 05:32

DIBUJO LIBRE

Cambiar presidentes cada año en medio de escándalos circenses, castigar a los que denuncian con pruebas la corrupción de autoridades, censurar medios de comunicación o regalar armas amparados en las banderas del pacifismo, podrían ser tópicos de algunos países tercermundistas. Pero no. No son cosas que solo suceden en la “jungla”, sino también en el llamado “jardín” europeo, según las hilarantes declaraciones del alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell.

Claro, en 6 años Inglaterra ha tenido a 5 primeros ministros, compitiendo con la Bolivia neoliberal de inicios del siglo XXI que, en su momento de declive, llegó a tener 5 presidentes en 5 años. Igualmente, la presidenta de la Comunidad Madrid eclipsa con sus entuertos familiares la corrupción de Dos Santos en Angola, con la diferencia de que al menos allí no se proscribió al denunciante de los actos dolosos, como sí lo hicieron con el dirigente del partido político español PP, Pablo Casado. Y si de “realismo mágico” se trata, los verdes alemanes son insuperables al aprobar el envío de tanques y armas de guerra para matar seres humanos, en cumplimiento de su férreo compromiso para proteger el “medioambiente”.

Vista a distancia, la política de las viejas élites europeas es una extravagante puesta en escena diaria. Uno puede distraerse con unas vistosas exequias que paralizan a un país durante una semana, en honor a una señora cuya virtud era tomar puntualmente el té. Otro día, en el parlamento europeo, una guerra convierte instantáneamente la energía nuclear, de abominable peligro para la humanidad, en ecológicamente sustentable. Poco después, en Italia, triunfa espectacularmente una candidata que reivindica sin complejos a Benito Mussolini, uno de los fundadores del fascismo que llevó a la muerte a 60 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial. No bien uno está acabando de digerir este desvarío político, al día siguiente se entera de que la primera ministra inglesa, emulando a la “dama de hierro” de los 80, anuncia el recorte de los impuestos a los ricos, para desdecirse a los tres días y terminar como una dama de hojalata, renunciando y anulando esos recortes impositivos. En el noticiero de la mañana, los funcionarios del Consejo Europeo hablan de las virtudes de la economía de mercado. En la noche, imponen a sus ciudadanos un incremento del 100 o 200% en el costo de la energía domiciliaria, por ir en contrarruta de esa misma economía de mercado. No solo tienen que comerse su retórica sobre el “libre comercio”, pues ello significaría comprar gas barato a Rusia, que ahora es su nuevo “enemigo sistémico”; mostrando que la geopolítica expansiva es un “valor” occidental más fuerte que la libertad de mercado. Sino que, además, lo hacen sin consultar a nadie, sin haber sido elegidos por ningún ciudadano que ahora tendrá que pagar con sus bolsillos los aprestos guerreristas de sus élites.

Si de cantinfladas se trata, los burócratas de Bruselas llevan la delantera. Decretan la muerte de la nación causante de nativismos obsoletos, para luego atrincherarse en un nacionalismo de vacunas, y de insumos médicos, apenas la pandemia toca sus fronteras. Pontifican sobre la austeridad fiscal cuando hay que mejorar los ingresos de los trabajadores, pero disponen de euros “sin límite” para salvar los mercados tras el “gran confinamiento” de 2020. Son “globalistas” o “soberanistas”, “frugales” o “subvencionadores”, “medioambientalistas” o “extractivistas”, “pacifistas” o “belicistas”, según cómo cambian las presiones sociales. Toda la elegante estantería de “reglas” de mercado con las que fanfarronearon durante décadas, se ha caído en medio de una catarata de incongruencias diarias.

Y el racionamiento, esa palabra preferida para descalificar las economías de los llamados “populistas” latinoamericanos, ahora toca las puertas de cada hogar europeo. No importa con qué eufemismo lo intenten edulcorar: ahorro, gasto racional, etc. Lo cierto es que no habrá suficiente gas para las industrias, ni suficiente energía para la calefacción de las familias, ni la suficiente iluminación de los centros comerciales para deslumbrar a los turistas. Si todo esto no fuera suficiente, los mismos burócratas europeístas que, con aires de superioridad, reprochan a China y Nicaragua la censura que aplican a medios de comunicación, son los que prohíben la emisión europea de las redes informativas rusas RT y Sputnik. Los buenos modales de la opulencia y el cosmopolitismo han sido trastocados por una grotesca competencia de folclorismos.

El envejecimiento y los achaques han llegado muy rápido a un continente que se sentía superior al resto de los mortales. Ni sus poses de imperios de geriátrico pueden esconder la descomposición barroca de sus élites políticas dominantes. Al final, solo serán el enmohecido telón de fondo de una disputa de los verdaderos grandes, Estados Unidos y China, cuyo destino definirá el espíritu de época de este nuevo siglo. No es el colapso de la “civilización” ni el fin de “occidente”. Eso sería un exceso para unas oligarquías carentes de esplendor. Es su provincialización. Y ello hay que asumirlo con decoro y sin enfeudamientos perversos. Al fin y al cabo, no hace mucho tiempo, millones de familias europeas también abandonaron sus patrias ensangrentadas, y no hubo puertos latinoamericanos ni africanos con alambres de púas dispuestos para ensartar sus cuerpos. Y nunca se sabe cuándo los vientos del flujo migratorio volverán a cambiar de sentido.

Ciertamente, no es que al resto del mundo no europeo le vaya de maravilla. Todos los países, sin excepción, están atravesando un periodo de retrocesos históricos, inestabilidades y deterioro social sin precedentes. Son los síntomas globales del abatimiento de un largo ciclo histórico, de una época de poderío empresarial sin límites que duró 40 años, y que, ahora, muestra las miserias de su ocaso. Que esta descomposición económica y moral sea más llevadera con dinero y el tensionamiento de resortes imperiales, es evidente en Estados Unidos y Europa. Pero su degradación es inexorable. Trump, Orban, Meloni, los neofascismos y supremacismos blancos que crecen al interior de la política norteamericana y europea son la expresión morbosa de un tiempo histórico que desfallece y que, de momento, no tiene sustituto creíble.

Este momento liminal de la historia de las sociedades que desgarra su cohesión y templanza, se ha repetido cíclicamente en los últimos 100 años con una periodicidad de 40 a 50 años. Sucedió en la década de los 70 e inicios de los 80 del siglo XX, cuando desfallecía el Estado de Bienestar y dio lugar al neoliberalismo. Y también al momento del declive del liberalismo decimonónico, en los años 20, que fue sustituido por el Estado de Bienestar. Nadie sabe aún cómo será el nuevo ciclo de acumulación económica y de legitimación política que se impondrá en el mundo para garantizar otros 40 años de estabilidad social. Ojalá que venga de la mano de las expectativas de las clases menesterosas. Y esperemos que no esté precedida de guerras mundiales devastadoras que, como lo sabemos, siempre se han originado en Europa, a galope de élites depravadas y ensimismadas, como las que hoy intentan asomar las orejas en el pórtico de la historia.

(*)Álvaro García L. es matemático, exvicepresidente del Estado

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