Sunday 26 May 2024 | Actualizado a 22:40 PM

El desplazamiento del camachismo

/ 12 de mayo de 2024 / 06:58

Una entrevista a profundidad con el abogado y conocedor de la política cruceña, Vladimir Peña.

El Punto sobre la i

Tras un tumultuoso ingreso en la política, que logró sus puntos más altos con el derrocamiento de Evo Morales en 2019 y la elección de Luis Fernando Camacho como gobernador cruceño en 2021, la potencia del camachismo hoy aparece disminuida. Atrás quedaron las jornadas de movilización que apelaban a la épica de una cruzada regionalista, con sobrados tintes religiosos y cargados de emotividad.

La última elección en la Asamblea Legislativa Departamental (ALD) de Santa Cruz evidenció el paso de Creemos, la agrupación liderada por Luis Fernando Camacho, de ser la fuerza política dominante en el espacio cruceño a su establecimiento como una minoría aislada. El pasado viernes 3 de mayo, el asambleísta Antonio Talamás (Creemos) fue elegido como presidente del ente legislativo, en reemplazo de Zvonko Matkovic, con 21 votos a favor, cuatro en contra y uno nulo. La elección fue realizada por plancha, de forma tal que el sector camachista del oficialismo departamental quedó fuera de la directiva.

Se trata del episodio sintomático más reciente del declive del camachismo, que sobrevive sin un norte claro. Con todo, expresa el momento actual de un largo, intenso y apasionante proceso. Conversamos al respecto con Vladimir Peña, abogado, analista político y amplio conocedor de la realidad cruceña. Desde el lugar que ocupó en la Gobernación cruceña, como secretario de Gobierno, tuvo un lugar privilegiado para comprender las estructuras del poder local y a sus protagonistas.

¿Cómo llega el camachismo a este momento donde aparece debilitado?

Habrá que ir por una parte al origen de Creemos y ver si como tal es un proyecto político, más allá de la tipología organizativa. Es verdad que se creó al fragor de la revuelta ciudadana en 2019, que tuvo mucho apoyo, pero considero que ese apoyo estaba asentado esencialmente y casi únicamente en el liderazgo de Luis Fernando Camacho. Ahora, tres años han sido suficientes para comprobar que era un liderazgo insustancial en términos de cultura política. Más allá de la situación de la detención, abstrayéndonos de todas esas circunstancias, creo que la administración de la Gobernación ejemplifica que ni el liderazgo ni el proyecto estaban capacitados para dirigir una institución tan importante como el Gobierno Autónomo Departamental de Santa Cruz.

Entonces, esta desintegración que se está viendo en Cremos hoy, precisamente tiene que ver con el liderazgo de Camacho y también con su poca cohesión como organización política. Creemos supeditó su futuro al liderazgo de Camacho y no supo responder a diferentes crisis. No hubo nadie que ponga un alto a los excesos del líder, desde congelar al vicegobernador, hasta tomar la determinación de dirigir la Gobernación desde la cárcel. ¿Por qué? Porque el gran error de Camacho es pensar en sí mismo. Sólo pensó en sí mismo y no pensó en Santa Cruz.

Cuando uno mira hasta ahora las discusiones de la gente de Creemos, es entre ellos. Lo que pasa con lo de las comisiones en estos días en la ALD o lo que abrió la discusión sobre el tema del vicegobernador: es un tema de desconfianza, de supuestas traiciones. Nunca se hacen en cargo de sus decisiones. Cuando subieron el decreto departamental 373, dijeron que no lo habían aprobado, después que sí, luego que no lo habían firmado, apareció firmado. Toda una cadena de explicaciones que al final devela el manejo que han tenido.

Sin ánimo de ser determinante en esto, considero que lo que hemos visto en estos tres años de mandato es suficiente para darnos cuenta de que estamos en un proceso involutivo en el desarrollo de nuestra autonomía.

¿Cómo se puede valorar el desempeño de gestión pública en la Gobernación durante el periodo actual?

Hay un gran déficit. Si bien probablemente ante los ojos ciudadanos, por la agenda mediática, puede atraer el fraccionamiento, el enfrentamiento entre grupos de Creemos, tanto en la Asamblea Legislativa Plurinacional como ahora en la propia Gobernación y la ALD, creo que el mayor problema y el gran déficit ha estado en la gestión. Si uno lee el programa de gobierno de Creemos y analiza su administración, no se encuentra el objetivo. Lo poco que han hecho ha sido seguir algunas líneas de la administración anterior. Lo que han intentado hacer como algo nuevo, les ha salido mal.

Cuando uno revisa, dijeron que ellos van a cambiar la política respecto a los avasallamientos y todo lo que tiene que ver con la tierra. Hicieron un par de intentos para constituir la Comisión Agraria Parlamentaria y luego no hicieron absolutamente nada. En términos de desarrollo provincial, las provincias están avanzadas. En términos de salud, no han sido capaces de implementar el hospital de Montero. Y así uno puede seguir mostrando ejemplos, pero la conclusión es la misma: una gestión muy deficiente y en términos políticos sin horizonte, sin rumbo. Dijeron que iban a profundizar la autonomía para pasar a un federalismo. Lo cierto es que ni profundización de la autonomía, hemos ido para atrás, y de federalismo ni una hoja.

¿Cómo queda la discursividad camachista, esta apelación al regionalismo?

Dos reflexiones sobre eso. La primera, si algo bueno se puede extraer de la presencia del camachismo, es que el camino de la radicalidad no conduce a ningún lado. Puede ser que en un momento de efervescencia la espuma suba, pero tiene límites y después vuelve a bajar. Pero, no alcanza para salir de Santa Cruz. Considero que es ya ahora un discurso agotado y que la gente comprende que no lleva a ninguna parte. Por eso inclusive el viraje del propio Comité Cívico. Temo que los que se han anclado en el discurso cruceñista lo han mal utilizado y lo han malgastado; y no han sabido encontrar un nuevo relato. Y por eso, ante la carencia de una nueva propuesta, vuelven a lo mismo. Ven que eso no lleva a ninguna parte, pero por otro lado tampoco encuentran un discurso nuevo y menos uno que pueda ser homologable con todo el país.

Ahora, también considero que la crisis va a ir mucho más allá del camachismo. Creo que esta crisis hace ver que probablemente estamos en un cambio de época también en Santa Cruz. La autonomía tiene que ser eso. Nuestra autonomía tiene que hacernos ver que nuestra institución (la Gobernación), no tiene que supeditarse a un sistema tradicional de poder. Que la autonomía tiene que dar la posibilidad a que haya competición electoral entre diferentes proyectos políticos que pretenden dirigir Santa Cruz y no canalizarlos todos a un solo cauce; que es lo que ha definido, de alguna manera, las elecciones en el último tiempo, bajo el nombre de unidad o cualquier otra cosa.

El debate que se abre es si nuestra autonomía se ensancha para competir democráticamente o si se utiliza, como utilizó Camacho, el discurso del antimasismo precisamente para evitar que haya un sistema electoral competitivo.

¿Qué porvenir puede tener el estilo de hacer política del camachismo, cuya impronta más notoria fue la confrontación?

También es muy parecido en eso a la radicalidad del evismo. Al final se torna disruptivo, talvez también en eso se asemejan. Pero está claro, independientemente del camachismo o el masismo, o una facción de este último, que los radicalismos tienen límites. No estoy muy de acuerdo con esto de generalizar en la polarización, sino en la radicalización. Los extremismos tienen límite. Puede ser que en algún momento te hagan ganar votos, puede ser que te den instituciones, pero cuando tienes que asumir y administrarlas como tal, pues bueno, ahí se acaba el discurso y hay que actuar.

Ya vemos que para muestra basta un botón, como se dice. Querían las instituciones, pero ahora, por ejemplo, con la brigada parlamentaria cruceña no saben qué hacer. Entonces, ¿para qué querían las instituciones? Así, es verdad que se puede ser radical en la forma, pero sin ningún planteamiento.

Y al final eso termina siendo humo, viene el viento y lo disipa. Si no, miremos lo que pasó con el federalismo. Camacho, en los casi dos años que estuvo ejerciendo la titularidad se sostuvo a puros golpes de efecto. Cuando salió el tema de ley de legitimación de ganancias ilícitas y luego los gremialistas y otros movimientos se apoderaron y le doblaron la mano al Gobierno, rápidamente Camacho se planteó el tema de federalismo, sin haber escrito media hoja. Entonces, eran los golpes de efecto, precisamente por esta radicalidad.

Uno puede ver en Javier Milei, por ejemplo, una radicalidad. Uno puede compartir más o menos su idea o estar totalmente en contra, pero tiene un sustento, por lo menos. La radicalidad del camachismo era superflua y al final eso se vuelve en contra. Al final eso es favorecer a tu oponente. En este caso, el MAS. Si tu radicalidad es simplemente discursiva, bronca, áspera, delirante, y no tienes cómo sustentarla, pues eso, más temprano que tarde, termina diluyéndose. De alguna manera, eso es lo que le ha pasado al camachismo.

Hubo un momento de inflexión en la política cruceña con el paro de los 36 días en 2022. ¿Cómo ha jugado esto en perspectiva?

Fue una causa buena que fue estropeada por malas decisiones y porque esencialmente Camacho pensó que podía repetir la épica de los 21 días y el rector de la Universidad Gabriel René Moreno, que era el coordinador, no tuvo la suficiente energía ni valor para detener a Camacho.

Cuando uno mira los 36 días en retrospectiva, pues Camacho ahí amenazó al propio rector, Vicente Cuéllar, que claramente tenía otra posición. Lo hizo en la propia universidad, con aquello de la muerte civil. Camacho tuvo la oportunidad de resolver esto la primera semana, pero pensó que podía derrotar al gobierno y eligió el camino que mejor sabe. Obviamente, su fuerza estaba en la calle. Pensó que podía nuevamente agitar a Santa Cruz, que podía hacer una resistencia más dura al gobierno. Le fallaron los cálculos o no previó una situación de que la gente ya no quería seguir con esa forma. Camacho subestimó a Santa Cruz, pensó que era dar una orden y automáticamente resistir otra vez.

Está claro que, mientras las cámaras y los medios de comunicación mostraban a los que salían a bloquear las calles y avenidas de Santa Cruz, no había tantas cámaras para mostrar a la gente que se quedaba con mucha rabia e impotencia en casa. Y eso es lo que pasó. Al final, el paro de los 36 días le jugó en contra porque Camacho jugó a doblarle la mano al Gobierno y la gente ya no le respondió de la misma manera porque era absurdo.

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Fue un absurdo el paro. La causa era positiva, pero las formas se equivocaron. Terminaron malgastando dos los institutos de la forma de lucha de Santa Cruz que han sido tradicionales, sí, pero también efectivas en su momento: el cabildo y el paro cívico. Al final, en el cabildo no sabían qué determinaciones asumir, porque claramente estaban con mucha improvisación. Y por otra parte, en el tema del paro cívico, se confecciona algo que los cruceños, los bolivianos, rechazan en su mayoría: el bloqueo, el abuso, el atropello, el impedirle al otro que pueda transitar. Los 36 días terminaron pasándole un alto costo por los excesos.

Además, la economía ya no era la misma la gente lo sufrió. Santa Cruz quedó herida, quedó desquebrajada, porque entre vecinos se terminaron enfrentando ya en las últimas semanas. Nadie se ha dedicado a reparar esos daños, esas heridas que todavía quedaron socialmente en Santa Cruz.

¿Cómo se podría caracterizar la situación actual del camachismo y sus perspectivas?

Están pasando por malas horas. La gente tiene muy claro que no han tenido capacidad de gestionar, de construir un proyecto político, menos actuar de forma colectiva en todos los espacios de representación democrática que les confiaron los cruceños; los han malogrado y su papel es paupérrimo en términos de oposición al gobierno de MAS. La radicalidad, de alguna manera, termina favoreciendo al oficialismo porque la gente piensa que, si esa es la alternativa, complicado elegir.

En Santa Cruz, considero, se van a reducir. No veo un proyecto político a nivel nacional, porque a estas alturas ya han renunciado a esa posibilidad. No han hecho un partido, una organización de carácter nacional, más allá de las cuestiones de siglas. Su principal aliado, Marco Pumari, fue el primero en graficar lo que era Camacho y más allá del resultado en 2020, la situación ha ido a peor.

Ahora, ¿se van a anclar en Santa Cruz? Sí. Y sí, se van a anclar recurriendo al discurso de víctimas. Apelarán al victimismo, que es lo que les queda, por la detención arbitraria e ilegal contra Camacho. Desde ahí van a tratar de resurgir. Van a tratar de denostar al gobernador en ejercicio, Mario Aguilera, por su alianza con el MAS, para de alguna manera cubrir sus propias falencias. Van a ir contra la administración actual de la Gobernación para justificar que el camino de las radicalidades es la única vía para Santa Cruz. Entonces, desde su perspectiva, la cuestión va a ser elegir entre los funcionales, que van a representar en Aguilera y el establecimiento cruceño que lo apoya, y ellos, que van a tratar de retomar lo disruptivo. ¿Cuánto de Santa Cruz puede seguir este discurso? Yo me temo que la gente está cansada, pero también va a exigir de la posibilidad de que surjan nuevas alternativas y nuevos discursos, nuevos relatos. Hay una nueva etapa, pero el camachismo todavía tiene armas para seguir peleando.

¿Cómo queda la política cruceña?

Se había generado una expectativa en el país respecto de las potencialidades de Santa Cruz, inclusive antes del camachismo. En eso ayudó de forma determinante el proyecto político de Demócratas, pero fundamentalmente pienso que esa expectativa se generó a partir de la cantidad poblacional de Santa Cruz. Lo que ya es una realidad y que seguramente el censo lo va a reconocer formalmente para las cuestiones históricas del país, que Santa Cruz se convierte en el departamento más poblado. En 70 años este departamento pasó de ser el quinto al primero en cantidad de habitantes. Adicionalmente a eso, la capacidad económica de Santa Cruz, la generación de oportunidades, la migración, la composición de esta nueva Santa Cruz del siglo XXI, mucho más heterogénea, con ciertas complejidades también, propias de las sociedades multiculturales; y que no ha sabido encontrar una élite que pueda gestionarla adecuadamente.

Pese a todo, la gente miraba con expectativa que desde Santa Cruz se pueda gestar un proyecto político alternativo al MAS. El camachismo aportó a esta idea de la resistencia en 2019, pero la gente ve ahora que la misma tenía pies de barro cuando mira al camachismo. Lo que más me pesa es que la gente tiende a verse decepcionada por la falta de construcción de alternativas. En términos políticos, son dos cosas elementales: resistir y construir alternativas. Santa Cruz tenía o tiene potenciales para las dos. La resistencia está comprobada, aunque ahora estamos en horas bajas por todo lo que ha sucedido.

Más allá de que sea Camacho o no, que era impensable en otro tiempo que el gobernador de Santa Cruz termine preso en una cárcel de La Paz. Eso a nadie se le hubiera ocurrido. Pero bueno, los hechos son así.

Pero, cuando tenemos, creo, el declive del Gobierno del MAS, ya casi definitivo; cuando el MAS muestra su peor versión o su versión original, sin fachada; cuando hay una serie de acusaciones entre evistas y arcistas, es que hay un proyecto agotado. Hemos pasado del proceso de cambio al proceso de decadencia. La gente exige alternativas y ahí Santa Cruz tendría que estar liderando un proyecto para todo el país. Y este es el déficit, y esta es la gran pérdida, más allá inclusive de la Gobernación, de nuestra autonomía.

(*)Pablo Deheza es editor de Animal Político

El ascenso del conservadurismo radical

Las derechas extremas se expanden por el mundo y se prevé que amplíen su presencia con las próximas elecciones europeas de junio.

La extrema derecha crece en el mundo y camina a fortalecerse en las elecciones europeas de junio próximo

Por Pablo Deheza

/ 26 de mayo de 2024 / 06:57

El Punto sobre la i

La política mundial dio un giro a partir de la década de 2010, dejando en el retrovisor las certidumbres que ofrecían las viejas ideologías del Siglo XX. Nuevos movimientos se vienen conformando desde todas partes del espectro político. Destacan en ese panorama, de manera particular, los conservadurismos radicales o nuevas derechas, que hoy pululan por el mundo y se marchan a paso de parada rumbo a las próximas elecciones europeas.

Como decía Walter Benjamin, detrás de cada fascismo hay una revolución fallida. No se ha cumplido ni la promesa liberal ni la socialista y lo que se observa es la reacción frente a esto.

No se trata meramente de grupos agitados en las calles. Líderes de extrema derecha están al mando de países como Italia, Hungría, Argentina, India, Países Bajos, entre otros. Trump se apresta a volver a la Casa Blanca, frente a un alicaído Biden.

Según Michael C. Williams, internacionalista y coautor del libro “World of the right: radical conservatism and global order” (Mundo de la derecha: conservadurismo radical y orden mundial, 2024), “la derecha contemporánea es nacionalista, es local, pero también es global. Y es global tanto conceptual como organizativamente”.

En criterio del académico, para comprender el fenómeno, primero que nada, hay que despejar algunos prejuicios que se tienen frente a estos grupos. “Se tiene la idea que, de algún modo, todo esto es sólo una cuestión de tecnología, internet, la era digital y todo ese tipo de cosas. Sin duda, pero eso no es suficiente. La segunda es que todo esto es sólo económico. Esto es, la narrativa de que los grandes sucios se están levantando contra sus señores supremos, en una especie de repetición de horcas medievales y gente portando antorchas. El tercer prejuicio que tenemos que superar es, y este es el que más se da en la universidad, lamentablemente, que la derecha es estúpida. Que estos son básicamente un grupo de vagabundos que deambulan haciendo cosas terribles. El problema con esto es que, si bien esos tres elementos capturan ciertas cosas sobre la derecha contemporánea, en realidad no capturan gran parte de lo que está sucediendo, lo cual creemos que es mucho más complicado y, de hecho, en un nivel, es mucho más sofisticado”.

“Es un proyecto que lleva ya unos 50 años en marcha. Intentamos rastrearlo a través de un dato que probablemente no se esperaría. Se trata de un marxista italiano fallecido hace mucho tiempo llamado Antonio Gramsci”.

Williams explica la idea gramsciana de que “el poder político nunca fue simplemente una cuestión de coerción. Siempre fue una combinación de coerción y consentimiento. Y que en este proceso de producción del consentimiento la cultura era vital. Por tanto, cualquier orden hegemónico dependía de una comprensión del mundo que se había naturalizado. Y lo que era crucial, por lo tanto, para cualquier orden contrahegemónico era comprender la naturaleza de su enemigo, para poder crear una estrategia contrahegemónica; un mundo intelectual y un conjunto de instituciones contrahegemónicas. Esto es lo que, allá por los años 1970, el pensador francés de extrema derecha Dominique Venner llamó un gramscianismo de derecha. Y eso es lo que intentamos rastrear aquí y la forma en que se ha globalizado”.

“Un argumento es, efectivamente, que este gramscianismo de la derecha depende de un argumento central sobre la política contemporánea, la vida social y, de hecho, la globalización. Y es que el mundo en el que vivimos es un mundo dominado por el gerencialismo. ¿Qué entendemos por gerencialismo? El gerencialismo es una idea antigua. Proviene de la izquierda de la década de 1920 y de la izquierda antiestalinista, pero en realidad es más adoptado por miembros de la derecha estadounidense como James Burnham en la década de 1950. Y es la idea de que el siglo XX es el siglo del gobierno de los expertos, que cada vez más, el mundo está dominado por una clase de expertos, técnicos”.

“Una de las cosas cruciales en la globalización de la derecha es la forma en que ha podido trazar lo que Gramsci llamó equivalencias, entre posiciones en todo el mundo frente a esta nueva clase gerencial global. Y es esta oposición a ellos la que realmente proporciona uno de los fundamentos conceptuales centrales de la derecha contemporánea y uno de los principales dispositivos de movilización”.

Rita Abrahamsen es igualmente internacionalista y coautora del citado libro. Ella indica que, “en términos del proyecto civilizacional, lo que podríamos decir es que lo que cree la derecha radical es que el mundo está formado por diferentes culturas o diferentes civilizaciones. Y ese es realmente el verdadero valor del mundo: sus civilizaciones, sus culturas. Y lo que ha hecho el liberalismo global es aplanar y arruinar todo eso. Por eso quiere y busca un mundo más civilizado. Las civilizaciones son entonces inconmensurables, son incompatibles, pero ninguna es universal, ninguna es superior. Todos son iguales pero diferentes. Y esto les permite hacer alianzas, esas equivalencias transversales de Gramsci, les permite hacer alianzas con personas que también sienten que sus culturas están siendo destruidas o arruinadas por el universalismo liberal”.

“Sobre la multipolaridad, lo que ellos creen no es la multipolaridad de unidades similares y una especie de equilibrio de poder. Se trata de una multipolaridad de estados civilizacionales o regiones civilizacionales. Así tendríamos un mundo formado por diferentes culturas, diferentes civilizaciones que cooperarían cuando fuera necesario. Pero no avanzaríamos hacia un mundo en el que todos acabarían suscribiéndose a la misma cultura o los mismos valores”.

Es evidente la intención que tienen con esto las nuevas derechas: cada quien en su región, sin grandes flujos migratorios que pongan en cuestión las narrativas nacionalistas donde anclan sus repertorios.

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Lo señalado por los dos académicos estudiosos del tema de los conservadurismos radicales o extremas derechas emergentes permite hacerse una idea del estado de la cuestión. Ahora bien, ¿qué pasa con estos movimientos en nuestro país? Claramente, hay actores que intentan representar esto en Bolivia, aunque actualmente con una audiencia limitada.

Llevamos nuestra consulta al respecto al politólogo tarijeño Carlos Saavedra. Desde su perspectiva, “en el caso boliviano, el proyecto que se impuso a la derecha tradicional y representó la corriente de nueva extrema derecha que se posicionó a nivel regional fue aquel liderado por Luis Fernando Camacho”.

“El camachismo en su momento tuvo una virtud y un gran defecto. Como virtud tuvo la capacidad de simbolizar el espíritu de rebeldía ante el error histórico político de Evo Morales de repostularse el 2019 a pesar de su derrota el 21 de febrero del 2016. Camacho, con la gorra atrás, andando en moto, liderando masas con un fuerte simbolismo religioso que lo mostró como casi mesiánico tuvo la capacidad de tomar las banderas de la rebeldía y hacer clic con los jóvenes que no se sentían representados en la derecha conservadora boliviana”.

“Uno de los grandes defectos políticos que tuvo el camachismo fue que su sentimiento nacionalista fue muy regional; Camacho como líder político logró representar la Santa Cruz tradicional, que era la que detentaba la hegemonía política local, pero jamás fue capaz de trascender el espacio territorial del cruceñismo para abrazar el sentimiento nacionalista boliviano. Esa mirada muy localista de la política le impidió a Camacho constituir un proyecto de poder nacional que haga frente al MAS y desplace a las derechas conservadoras y tradicionales”.

El politólogo añade que “Camacho no tuvo la capacidad de articular, de verdad con los movimientos de rebeldía de nueva derecha en los distintos departamentos del país para hacer de su liderazgo y de su proyecto político un movimiento nacional”.

“En el escenario política actual, pareciera que el espacio de una nueva derecha 2.0 está vacío y son las expresiones tradicionales las que intentan ocupar, por el momento sin éxito ese espacio que el camachismo dejó”, concluye Saavedra.

(*)Pablo Deheza es editor de Animal Político

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Sin sentido del momento histórico

Postfacio del libro“Las limitaciones históricas y políticas del Proceso de Cambio, ¿Fin de ciclo?” de José Manuel Llorenti Rocha.

/ 26 de mayo de 2024 / 06:49

El Punto Sobre la i

“ Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

Castro Ruz, Fidel; diario Granma, 01 de mayo de 2001

Crítica y autocrítica es lo que ha plasmado José Daniel Llorenti Rocha en “Las limitaciones históricas y políticas del Proceso de Cambio, ¿Fin de ciclo?”, un ejercicio infrecuente en los inorgánicos partidos políticos de Bolivia, y que en el Movimiento al Socialismo – Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (MAS–IPSP), resulta más complejo y entreverado, dada su composición de fuerza política conformada por mayorías nacionales caracterizadas por un sindicalismo multiforme, en primer lugar campesino e indígena.

Leyendo con dedicación y subrayados el texto de Llorenti, se concluye que a contracorriente del lúcido derrotero que propone Fidel Castro para hacer de una revolución, instrumento indestructible, nos encontramos en un momento de sin sentido del momento histórico.

Pareciera que hasta ahora la gran mayoría de la militancia masista no hubiera asumido conciencia acerca de la dimensión de lo que significó ganarles a los partidos del establishment oligárquico con su propio instrumento, el voto, ese que ya se utilizaba en Esparta a.C. y se convirtió en el mecanismo para organizar políticamente las sociedades europeas desde mediados del siglo XIX. Así, el MAS–IPSP se convirtió en el nuevo paradigma de la política boliviana sin disparar un solo tiro para derribar a la derecha con su propio instrumento legitimador del orden democrático. Desde 2005, ganó elecciones con el 53,7% primero, con el 67,43% en el referéndum que de revocatorio al binomio Morales – García Linera se convirtió en ratificatorio (2008), a continuación (2009) con el 61,43% (puesta en vigencia de la Constitución Política del Estado Plurinacional), en elecciones presidenciales de 2009 con el 64,22%, y en las de 2014 con el 61,36%. El promedio de estos cinco actos eleccionarios y plebiscitarios es apabullante: 61,62%.

El MAS–IPSP hizo del voto el primer instrumento revolucionario y transformador que debiera exigirnos una profunda y detallada investigación sobre la demografía electoral del país, produciendo un resultado eleccionario conceptual en el que llegaba primero al gobierno, para una posterior toma del poder con capacidad de edificar hegemonía política. Después de 180 años de vida republicana, una vez determinado con lucidez el sujeto histórico indígena originario campesino, se rompieron las cadenas mentales que llevaron a indias e indios a votar por sí mismos, a pensar en autogobernarse sin los complejos y los temores producidos por siglos a partir de la supremacía blanca y racista, considerando las características de líder carismático que reunía Evo Morales.

Luego de convertido el voto en instrumento para el inicio de la construcción del Proceso de Cambio, y ateniéndonos a la muy interesante formulación del autor de este libro (de próxima aparición), acerca de la etapización de lo que se llama Revolución democrática y cultural, se produjo una segunda gran decisión que terminó por consolidar el perfil ideológico político del MAS-IPSP con la expulsión de Philip Goldberg, embajador de los Estados Unidos de América (2008), acusado de respaldar una conspiración cívico prefectural con epicentro en la entonces llamada Media Luna (Santa Cruz, Beni, Tarija y Pando), produciendo la decisión más antiimperialista que haya conocido nuestra historia. Superado el temor a usar el voto para plantarles cara a los blancoides neoliberales, se logró también superar el miedo al amo del Norte, a ese que nos hicieron creer durante todo el siglo XX que sin su ayuda y su tutelaje, sin su cooperación para el desarrollo y sus condicionamientos para meterles mano a nuestros recursos naturales como se les pegara la gana, Bolivia estaba condenada a languidecer hasta desaparecer. Transcurridos 16 años de la salida del Virrey norteamericano, las relaciones bilaterales continúan sin embajadores, a la cabeza de Encargados de Negocios.

En apenas tres años, el MAS-IPSP resignificó el uso del voto, cumplió con la llamada Agenda de Octubre determinada en 2003 luego del derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada , con la nacionalización de las empresas estratégicas del Estado (multiplicando la renta hidrocarburífera hasta llegar al récord de $us 15 mil millones de reservas internacionales en 2014) y la fundación de un Estado fuerte y distinto a través de la puesta en vigencia de una nueva constitución aprobada por voto popular, con características de plurinacionalidad como expresión definitiva de ciudadanización de la diversidad étnica de pueblos y naciones originarias, encajonados hasta entonces en una forzada mestización producida desde la revolución de 1952 para que todos nos creyéramos la fábula de una igualdad que sólo servía a la hora de favorecer con el voto a la pequeña burguesía política organizada a través del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), más tarde coludido con las dictaduras militares que dominaron la mitad de los 60 y casi toda la década de los 70.

El MAS–IPSP había logrado convencer de su proyecto a una parte de las clases medias urbanas, que por su naturaleza económica y social han carecido siempre de proyecto histórico. Con ese cualitativo porcentaje de clasemedieros, renovó entre 2005 y 2014 la confianza para seguir gobernando, luego de haberse dado el lujo, inclusive, de derrotar militarmente a las fuerzas empresariales reaccionarias del agroexportador y ganadero departamento de Santa Cruz, con el descabezamiento de los conspiradores parapetados en el Comité Cívico Pro Santa Cruz, la Cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo (CAINCO) y la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO).

Obtenidos los dos tercios para dominar numéricamente la Asamblea Legislativa Plurinacional, el MAS-IPSP, más precisamente el entorno que se había ganado la confianza del presidente Morales, incentivó un diálogo con las fuerzas empresariales cruceñas para generar acuerdos pragmáticos relacionados con intereses económicos que los alejaran de cualquier activismo político opositor. De esta manera, y con la comodidad de manejar vertical y horizontalmente al parlamento, dio lugar a que ese entorno se convirtiera en más gravitante que las organizaciones sociales que forman parte del llamado Pacto de Unidad, y que constituyen el Sentido Común del Proceso de Cambio o de la Revolución Democrática y Cultural. Como en tiempos de la Unidad Democrática y Popular (UDP) con la presidencia de Hernán Siles Zuazo (1982 – 1985), rodeado de un entorno que hacía y deshacía (Félix Rospigliosi, Mario Velarde Dorado, Tamara Sánchez Peña), Evo Morales comenzó a moverse en arenas donde se gestaba lo que en este libro se aborda como Culto a la Personalidad, y que para nuestra historia emancipatoria latinoamericana se denomina caudillismo, lo que significó un encaminamiento hacia un progresivo extravío en que el Sujeto Histórico, colectivo por esencia desde las identidades comunitarias, terminó convirtiéndose en sinónimo de un líder que por sus cualidades carismáticas fue mutando en mesiánico por obra y gracia de ese entorno que primero se convenció a si mismo que Evo Morales era irremplazable o insustituible. Había llegado a apoderarse de todas esas mentes, el pánico a la derrota (electoral) y fue así que a dos años de obtenido un tercer triunfo electoral (2005, 2009, 2014) se decidió llamar a un referéndum fijado para el 21 de febrero de 2016 en el que se preguntaría si se validaba la posibilidad de una nueva postulación en las siguientes elecciones presidenciales. El resultado se constituyó en la primera derrota de Evo Morales en las urnas desde que asumiera el gobierno, una década atrás.

Asumido el No a la repostulación con la que se producía la primera señal de ruptura de la confianza de la clase media “apolítica” con Evo Morales, esa que le permitió ganar por mayoría absoluta a partir de 2005, tuvieron que transcurrir veinte meses (de febrero de 2016 a noviembre de 2017) para que a través de una burda maniobra ejecutada por el Tribunal Constitucional, quedara habilitado como candidato a las elecciones de 2019, invocando su postulación como un derecho humano erróneamente sustentando en el Pacto de San José, – -argumento desestimado cuatro años después por la Corte Interamericana de Derechos Humanos—.

Si el voto popular de 2005 se había constituido en un instrumento de liberación nacional, ahora Evo Morales se había atrevido a depreciar la importancia estratégica e histórica de ese mismo voto en la vida ciudadana, desconociendo el referéndum del 21F de 2016, esto es, desconociendo la decisión soberana del voto para correr hacia una candidatura que aceleró un desgaste que desembocó en su derrocamiento exactamente dos años después, luego de caminar penosamente hacia una campaña electoral dinamitada por acciones orquestadas por la derecha a través de la llamada “Revolución de colores”, a partir de la deslegitimación que significaba haber desconocido de manera inaceptable una decisión ciudadana producida en las urnas.

Como si no hubiera sido suficiente equivocar el camino imponiendo una candidatura viciada de nulidad, en pleno proceso electoral (octubre, 2019) fue suficiente un imperdonable error táctico suspendiendo la publicación de la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) de la elección en la que Evo Morales ganaba pero sin llegar al 50% de los votos, lo que dio lugar a que se ejecutara el tiro de gracia acusándolo de fraude con la activa participación internacional de la OEA y las calles inflamadas de indignación, ocupadas por las clases medias a las que dos años antes se les había robado el voto.

A partir de entonces, con un año de gobierno erigido anticonstitucionalmente, a través de un golpe de Estado cívico-policial-militar, empezó a gestarse la pérdida del sentido del momento histórico con un Evo Morales fastidiado por no poder ser nuevamente candidato para las elecciones que se llevarían a cabo en 2020, aceptando a regañadientes al binomio Arce – Choquehuanca por él mismo impuesto, convirtiéndose en jefe de campaña desde Buenos Aires, ciudad de la que retornó desde el exilio para convertirse a muy pocos meses de asumido el gobierno por el otra vez triunfante MAS-IPSP (55.10% de la votación) en el principal detractor de la presidencia a la cabeza de quienes habían sido sus ministros (Economía y Relaciones Exteriores) con mayor tiempo en el ejercicio de sus cargos.

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La maquinaria electoral que el bloque popular había sabido utilizar entre 2005 y 2014 con el cualitativo aporte porcentual de las clases medias urbanas, se convirtió en el artefacto democrático perforado por esa conducta en la que convergen la superlativización de un personaje público en la política: culto a la personalidad, caudillismo, mesianismo.

El momento administrativo-burocrático del MAS-IPSP en esta cuarta presidencia, ya no a la cabeza de Evo Morales, marcaría lo que Llorenti caracteriza como Fin de Ciclo. Pasado el tiempo de la épica transformadora, nos encontramos ahora en un tiempo de transición que en el contexto internacional tiene a las fuerzas políticas de la extrema derecha queriendo comerse el mundo, para aplastar de una buena vez y para siempre, las ambiciones de justicia social sin admitir matices de las distintas tonalidades de izquierda que abarcan lo nacional popular hasta un socialismo más radical, que por cierto, está cada vez más lejos de ser realidad en estos tiempos de tecno política en que las grandes decisiones-digitaciones del poder económico transnacional pasan por la mensajería socio digital.

Los errores estratégicos y los pasos tácticos en falso nos informan que este ciclo del MASIPSP ha concluido. La división y el enfrentamiento, generadores de incertidumbre cotidiana, no nos permiten vislumbrar por ahora si habrá tiempo- espacio para su reinvención.

 (*)Julio Peñaloza Bretel es periodista

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La derrota de occidente

El antropólogo francés Emmanuel Todd, reflexiona sobre la guerra en Ucrania y sus implicaciones.

/ 26 de mayo de 2024 / 06:25

El Punto Sobre la i

Emmanuel Todd es un historiador, antropólogo, demógrafo, sociólogo y politólogo francés, reconocido por haber predicho el fin de la Unión Soviética. En su obra “La caída final: Ensayo sobre la descomposición de la esfera soviética” (1976), analizó la mortalidad infantil, las tasas de suicidio, la productividad económica y otros indicadores, lo que le llevó a concluir que la situación de la unión rusa pronto culminaría en el colapso.

Recientemente ha publicado La Défaite de l’Occident (Gallimard, 384 páginas, 2024), donde aplica la misma metodología para entender y comparar el estado de las cosas en Rusia, Ucrania y Occidente. Concluye que Rusia tendrá éxito en sus objetivos bélicos y que Occidente se dirige a la derrota, menos debido a la guerra que como resultado de su propia autodestrucción.

Todd sostiene que, en febrero de 2022, cuando Rusia se lanzó a la ofensiva en Ucrania, el país estaba preparado para el conflicto. Primero porque Rusia venía fortaleciendo su capacidad militar y económica, luego de las sanciones por la anexión de Crimea en 2014. Segundo, porque los datos demográficos muestran que contaba con los recursos humanos necesarios, dado que, para 2027, la cantidad de hombres elegibles para el servicio militar se reducirá.

Más aun, Todd toma nota de un indicador particularmente significativo, que es la mortalidad infantil. Rusia registraba un 19 por mil en 2000, lo que bajó 4,4 por mil en 2020. Esto incluso está por debajo de la tasa estadounidense, de 5,4.

En su reciente libro, el autor francés apunta diez sorpresas que ve dejando la guerra en Ucrania, hasta ahora.

“La primera fue el estallido de la propia guerra en Europa, una verdadera guerra entre dos Estados, un acontecimiento sin precedentes para un continente que se creía asentado en una paz perpetua”, sostiene.

La segunda, son los dos adversarios que reúne esta guerra: Estados Unidos y Rusia. Esto, pese a que, durante más de una década, Estados Unidos había designado a China como su principal enemigo.

El antropólogo afirma que la tercera sorpresa fue la intensa resistencia militar de ucraniana, algo que no esperaban los propios rusos. “Ucrania había sido equipada con misiles antitanques Javelin por parte de la OTAN y contaba, desde el comienzo de la guerra, con sistemas de observación y orientación estadounidenses, pero la feroz resistencia de un país en descomposición plantea un problema histórico. Lo que nadie podría haber previsto es que encontraría en la guerra una razón para vivir, una justificación para su propia existencia”.

La cuarta sorpresa fue la resiliencia económica de Rusia. En Occidente se dijo que las sanciones, en particular la exclusión de los bancos rusos del sistema de comercio interbancario Swift, pondrían al país de rodillas. Esto no ocurrió.

“Quinta sorpresa: el colapso de toda la voluntad europea. Europa era inicialmente la pareja franco-alemana que, desde la crisis de 2007-2008, había adquirido ciertamente la apariencia de un matrimonio patriarcal, con una Alemania como un marido dominante que ya no escucha lo que le dice su pareja. Pero incluso bajo la hegemonía alemana, se pensaba que Europa conservaba cierta autonomía. Sin embargo, a pesar de cierta desgana inicial al otro lado del Rin, incluida la vacilación del canciller Olaf Scholz, la Unión Europea abandonó muy rápidamente cualquier deseo de defender sus propios intereses; se ha aislado de su socio energético y (más generalmente) comercial ruso, sancionándose cada vez con más dureza. Alemania aceptó sin vacilar el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, que aseguraban en parte su suministro energético… pero también vimos a la Francia de Emmanuel Macron vaporizarse en la escena internacional, mientras Polonia se convertía en el principal agente de Washington en la Unión Europea, reemplazando en este papel al Reino Unido, que había quedado fuera de la Unión gracias al Brexit. En el continente, en general, el eje París-Berlín ha sido sustituido por un eje Londres- Varsovia-Kiev gestionado desde Washington. Esta evanescencia de Europa como actor geopolítico autónomo resulta desconcertante si recordamos que, hace apenas veinte años, la oposición conjunta de Alemania y Francia a la guerra de Irak dio lugar a conferencias de prensa conjuntas del canciller Schröder, el presidente Chirac y el presidente Putin”.

“La sexta sorpresa de la guerra fue el surgimiento del Reino Unido como un misil antirruso y una mosca en el ungüento de la OTAN. Retransmitido por la prensa occidental, su Ministerio de Defensa (MoD) apareció inmediatamente como uno de los comentaristas más entusiastas del conflicto”.

Todd asevera que la séptima sorpresa es que Noruega y Dinamarca se develan como relevos militares muy importantes de los Estados Unidos, mientras que Finlandia y Suecia, al unirse a la OTAN, revelan un nuevo interés por la guerra.

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En criterio del pensador francés, la octava sorpresa y la más sorprendente “provino de Estados Unidos, la potencia militar dominante. Tras un lento aumento, la preocupación se expresó oficialmente en junio de 2023 en numerosos informes y artículos cuya fuente original era el Pentágono: la industria militar estadounidense es deficiente; la superpotencia mundial es incapaz de garantizar el suministro de proyectiles –o cualquier otra cosa– a su protegido ucraniano. Se trata de un fenómeno completamente extraordinario cuando sabemos que en vísperas de la guerra el producto interior bruto (PIB) combinado de Rusia y Bielorrusia representaba el 3,3% del PIB occidental (Estados Unidos, Canadá, Europa, Japón, Corea). Este 3,3% capaz de producir más armas que el mundo occidental plantea un doble problema: por un lado, para el ejército ucraniano que pierde la guerra, por falta de recursos materiales; luego a la ciencia reina de Occidente, la economía política, cuyo carácter –nos atrevemos a decir– falso se revela así al mundo. El concepto de producto interno bruto está obsoleto y ahora debemos reflexionar sobre la relación de la economía política neoliberal con la realidad”.

“Novena sorpresa, la soledad ideológica de Occidente y su desconocimiento de su propio aislamiento. Acostumbrados a decretar los valores que el mundo debe suscribir, los occidentales esperaban, sincera y estúpidamente, que todo el planeta compartiría su indignación contra Rusia. Estaban desilusionados. Una vez superado el primer shock de la guerra, vimos en casi todas partes la aparición de un apoyo cada vez menos discreto a Rusia. Era de esperar que China, designada por los estadounidenses como el próximo adversario de su lista, no apoyara a la OTAN. Sin embargo, cabe señalar que, a ambos lados del Atlántico, los comentaristas, cegados por su narcisismo ideológico, han logrado durante más de un año considerar seriamente que China tal vez no apoye Rusia. La negativa de la India a involucrarse fue aún más decepcionante, sin duda, en última instancia, porque la India es la democracia más grande del mundo, y esto es un poco un desastre para el campo de las ‘democracias liberales’».

“La décima y última sorpresa está a punto de materializarse. Es la derrota de Occidente. Nos sorprenderá tal afirmación cuando la guerra no haya terminado. Pero esta derrota es una certeza porque Occidente se destruye a sí mismo en lugar de ser atacado por Rusia”.

Todd concluye esta parte de su libro indicando que “estamos en la era de la globalización completa, en ambos sentidos de la palabra: máxima y completa. Intentemos tener una visión geopolítica: Rusia, en realidad, no es el principal problema. Demasiado vasto para una población en disminución, sería incapaz de tomar el control del planeta y no tiene ningún deseo de hacerlo; es un poder normal cuya evolución no es misteriosa. Ninguna crisis rusa desestabiliza el equilibrio global. Se trata, en efecto, de una crisis terminal occidental y, más concretamente, estadounidense, que pone en peligro el equilibrio del planeta. Sus oleadas más periféricas chocaron contra un topo de resistencia rusa, contra un Estado- nación clásico y conservador”.

 (*)Pablo Deheza es editor de Animal Político

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El costo económico de la guerra moderna

Los enfrentamientos bélicos no se deciden exclusivamente en el campo de batalla, sino también en los talleres industriales.

Ataque de Rusia en Ucrania (Foto de Anatolii STEPANOV / AFP)

/ 26 de mayo de 2024 / 06:16

Dibujo Libre

Es peligroso dejar la guerra moderna, con su complicada interacción entre industria, economía y geopolítica, en manos de los generales. El reemplazo de Sergei Shoigu como ministro de Defensa de Rusia por Andrei Belousov, economista y tecnócrata, resalta la importancia de alinear los recursos, el complejo industrial, las cadenas de suministro y el combate económico de una nación con las estrategias militares.

La guerra requiere enormes cantidades de equipo, municiones y mano de obra. El éxito de los aliados en las dos guerras mundiales del siglo XX se basó en capacidades industriales superiores. Actualmente, las potencias occidentales están luchando por igualar a Rusia y China en la producción de armamento para sus estados clientes. Estados Unidos y sus aliados han rebajado la categoría de la fabricación pesada, esencial para armamento, en favor de bienes y servicios de consumo. En contraste, sus oponentes han priorizado la fabricación militar y el mantenimiento de inventarios para conflictos armados. Los ecosistemas industriales occidentales, frecuentemente ahora privatizados, carecen de la capacidad necesaria y de la capacidad de respuesta.

La economía determina la capacidad de sostener el conflicto.

Ucrania e Israel, equipados con Occidente, poseen una potencia de fuego convencional superior. Pero la guerra asimétrica y la improvisación de baja tecnología utilizando drones y misiles baratos pueden alterar el equilibrio, especialmente calibrando cuidadosamente la escalada de hostilidades.

Israel gastó aproximadamente $us 1.400 millones en municiones y combustible (alrededor del 6% de su presupuesto anual de defensa) para rechazar el ataque coreografiado de Irán, que costó quizás $us 30 millones. Los hutíes en Yemen han interrumpido las rutas de transporte utilizando drones baratos. Los costos con el tiempo pueden acumularse. La operación 911 de Al-Queda, que costó menos de $us 500.000, resultó en pérdidas de billones cuando se considera el costo del mayor gasto en defensa y seguridad. 

El síndrome de los «niños con juguetes» impulsa una fe conmovedora en las costosas armas de alta tecnología. Los aviones F35, difíciles de mantener y operar, cuestan alrededor de $us 150 millones. Los sistemas Patriot Air Defense cuestan más de $us mil millones y cada misil interceptor cuesta entre 6 y 10 millones de dólares adicionales. Los tanques de batalla pesados cuestan entre 6 y 10 millones de dólares cada uno. Las rondas de artillería individuales cuestan entre $us 3.000 y $us 5.000. Las armas occidentales suelen costar el doble que sus equivalentes rusas y chinas. Muchos han demostrado ser ineficaces en condiciones reales de batalla a medida que el enemigo ajusta sus tácticas.

Grandes cantidades de armas tontas y de bajo costo pueden obligar a fuerzas mejor equipadas a gastar recursos sustanciales para obtener ganancias militares limitadas. El objetivo es debilitar económicamente al enemigo y prolongar el conflicto contra oponentes con un apetito limitado por guerras largas. Como entendió Stalin, la cantidad tiene una cualidad propia.

Degradar la capacidad de su adversario para financiar acciones militares es esencial. El ataque ruso a la infraestructura industrial y agrícola, combinado con el desplazamiento de mano de obra, ha reducido la producción ucraniana entre un 30% y un 35%. El costo de la reconstrucción ronda los $us 500 mil millones. Ucrania necesitará reestructurar su deuda internacional de $us 20.000 millones para evitar una cesación de pagos.

La destrucción de la empobrecida Gaza, que depende de la ayuda humanitaria, no tiene sentido económico excepto para expulsar a los residentes y allanar el camino, en última instancia, para los asentamientos judíos. En contraste, la economía de Israel se ha contraído, quizás un 20%. La pérdida de mano de obra palestina barata ha paralizado la construcción y la agricultura. El llamado a reservistas para el servicio militar y la fuga de talentos han perturbado sus industrias. Las escaramuzas en la frontera norte han requerido la evacuación de alrededor de 60.000 israelíes, lo que ha generado trastornos económicos y costos de reubicación. El costo de más de $us 50 mil millones hasta la fecha (10% del PIB) del conflicto ha aumentado sustancialmente la deuda de Israel y su calificación crediticia ha sido rebajada.

Ucrania e Israel dependen de patrocinadores occidentales. Estados Unidos, la OTAN y sus aliados han proporcionado a Ucrania más de $us 175 mil millones en ayuda militar, financiera y humanitaria, financiada principalmente con préstamos gubernamentales. Muchos países europeos incumplen los límites de déficit y deuda establecidos por la UE. Desde su fundación, Israel, a pesar de sus altos ingresos, ha sido el mayor receptor acumulado de ayuda exterior estadounidense: $us 300.000 millones (ajustados a la inflación) en asistencia económica y militar total, así como en garantías de préstamos. A pesar de las declaraciones de labios para afuera sobre la libertad y la culpa por el holocausto, los donantes no pueden permitirse este flujo de ayuda. El apoyo también está en riesgo debido a las leyes nacionales que prohíben la asistencia militar a naciones que violan los derechos humanos.

La utilización de la economía como arma es algo común. Pero las sanciones a Rusia han sido ineficaces porque muchos países han ayudado a eludirlas gracias a fuertes incentivos financieros e ideológicos. Décadas de aislamiento y cautela por parte de Occidente significan que Rusia y China son autarquías sustancialmente autosuficientes con una dependencia limitada de las cadenas de suministro externas, especialmente de materias primas esenciales. Las economías globalmente integradas, como Israel, son más vulnerables a la reducción de la inversión extranjera y a las sanciones comerciales, como descubrió el apartheid en Sudáfrica.

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Los intentos de debilitar económicamente a un enemigo pueden resultar contraproducentes. La producción de armas de Estados Unidos ahora está limitada por el suministro de titanio y tierras raras de sus enemigos. Después de haber tratado de restringir la producción energética rusa, Occidente se encuentra tratando de contener los precios.

Como muestra la guerra de Gaza, la economía y la geopolítica pueden cruzarse y generar consecuencias impredecibles a largo plazo para los no combatientes, tanto cercanos como lejanos.

La inestabilidad regional ha reducido el turismo y el tráfico a través del Canal de Suez. Arabia Saudita ha experimentado dificultades para atraer inversión extranjera en el preciado megaproyecto NEOM del Príncipe Heredero. Un éxodo de palestinos hacia Egipto y Jordania desestabilizaría sus economías.

Los países afectados quieren una solución urgente. Estados Unidos ha presionado para que Arabia Saudita normalice las relaciones con Israel, reduciendo la amenaza a Israel proveniente de un frente árabe unido. Arabia Saudita podría conseguir un pacto de defensa con Estados Unidos y apoyo a sus ambiciones nucleares. Mejoraría el acceso saudí a la inversión extranjera y a la tecnología israelí, además de compensar la influencia regional de Irán.

El verdadero imperativo tácito es la protección de las monarquías árabes no electas y su riqueza estacionada en Occidente. Dado que más del 90 % de su población apoya la causa palestina, una percepción de traición corre el riesgo de una nueva «Primavera Árabe». Con las crecientes tensiones internas que requieren cada vez más contramedidas estatales represivas en el Golfo, Egipto y Jordania, el conflicto civil y la caída de estos regímenes hereditarios impopulares no son inconcebibles.

Tal inestabilidad plantea serios riesgos para la economía global. Los estados del Golfo poseen el 30% y el 21% de las reservas mundiales de petróleo y gas natural, respectivamente. Los precios de la energía se verían afectados especialmente si se utilizaran como armas como en los años 1970. Afectaría la ruta comercial del Canal de Suez. Desde el inicio de la guerra de Gaza, el costo de transportar un contenedor desde China a Europa se ha cuadruplicado de $us 1.000 dólares a $us 4.000 y ha sumado hasta dos semanas de tiempo de viaje.

Pero si los Estados árabes se unen contra Israel, entonces también es posible una escalada del conflicto con resultados similares. Las acciones terroristas por parte de actores no estatales contra objetivos occidentales son un riesgo siempre presente.

Como Sun-Tzu describió en El arte de la guerra, quienes deseen luchar primero deben comprender el costo.

 (*)Satyajit Das es consultor y escritor australiano

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El embrollo opositor

Una entrevista con el reconocido periodista y escritor, Fernando Molina, sobre cómo se origina y configura en el tiempo la situación actual en la vereda de los contrarios al partido de gobierno.

Por Pablo Deheza

/ 19 de mayo de 2024 / 06:55

El Punto Sobre la i

Una reciente encuesta del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), da cuenta de un escenario poco esperanzador en la vereda opositora. Ante la pregunta sobre quién es el dirigente más capacitado para derrotar al MAS en las venideras elecciones presidenciales de 2025, 33,9% pidió un candidato nuevo y un 20,1% no se identificó con los actuales liderazgos más visibles. El alcalde cochabambino, Manfred Reyes Villa, es quien mejor se desempeña, con un 14,8% de respaldo.

A todas luces, esto habla de un panorama fragmentado y difuso en la vereda de los contrarios al partido de gobierno. Cabe preguntarse a qué se debe esto y cómo se fueron configurando las cosas para llegar a esta situación. En realidad, lo que hoy aparece es el resultado de una acumulación histórica. Dicho de otro modo, el embrollo actual no surge de la nada.

Conversamos al respecto con el reconocido periodista y escritor, Fernando Molina. Es autor de diversos libros, ensayos y artículos sobre el devenir de la sociedad y la política en el país, lo que permite un recorrido amplio en el tiempo, intentando identificar los diversos momentos que han dado origen al presente.

¿Cómo se puede valorar hoy, siete décadas después, el impacto de la Revolución Nacional de 1952 en la política boliviana?

Con la reforma agraria y el voto universal, la Revolución Nacional creó lo que podemos llamar “el pueblo boliviano” como sujeto y referente de la política del país. No fue una invención menor. En otras latitudes, la constitución de una comunidad política en principio igualitaria constituyó la base del Estado Nación y de la democracia republicana. En Bolivia, permitió acercarse a estos objetivos, pero de manera imperfecta, porque el nuestro es un país poscolonial y, por tanto, está crucificado por el racismo estructural. De modo que la noción de “pueblo boliviano”, como todas las importaciones liberales de nuestra historia, se aclimató mal entre nosotros. Mientras un descendiente blanco no pueda reconocer a un descendiente indígena como alguien con el que pueda casarse o ser íntimo amigo, no puede decirse que haya un verdadero “pueblo boliviano”. Por esta razón histórica, el poder en Bolivia es otra cosa que un poder de clase. A esto se refería René Zavaleta con su “paradoja señorial”. La revolución burguesa del 52 fue cooptada por un bloque social formado por la clase media blanca y los residuos de la vieja clase dominante o “rosca”. Antes de 1952, la élite estaba formada por terratenientes semi-feudales y mineros semi-burgueses. En ambos casos, la argamasa que unificaba internamente a estos bloques dominantes era la similitud étnico-racial y su oposición a un “Otro” que era el mundo indígena. Un “Otro” que sirve de referente antinómico de la identidad de estas élites: las clases señoriales constituyen su ser sobre la convicción existencial de que no son indígenas. Por el otro lado, los descendientes indígenas encuentran en el mundo de los descendientes blancos un “otro” sin mayúsculas, que se les presenta como un obstáculo, pero que al mismo tiempo desean. Como vemos en la última película de Jorge Sanjinés, Los viejos soldados, los mecanismos de la Revolución Nacional, como el Control Obrero, no solo sirvieron para que los indios se educaran y enriquecieran, sino también para que se blanquearan. El poder en Bolivia siempre ha sido un medio de blanqueamiento, tal es la “paradoja señorial”.

Esta es la herencia que nos ha dejado la gran catástrofe colonial, que, por decirlo en términos psicoanalíticos, obligó a todos los habitantes de este territorio, desde 1535 hasta ahora, a internalizar el discurso del “Amo Español”, el cual nos ha dado valor en la medida en que nos parecemos a unos remotos antecesores que en su mayoría abandonaron el país a principios del siglo XIX y, al mismo tiempo, ha escarnecido y ha vejado nuestra indianidad. El discurso del “Amo Español” sigue siendo el que nos produce y reproduce a todos, tanto a descendientes blancos que sienten su fenotipo como un privilegio, aunque no verbalicen este sentimiento, como a descendientes indígenas desesperados de “ser como el otro” y que, por tanto, adoptan posiciones racistas contra sí mismos.

¿Cómo cambia, o no o en qué, la clase dirigente tradicional, la de acervo señorial, luego de la Revolución Nacional y durante las dictaduras militares?

El 52 fue el momento constitutivo de una nueva estructura social. Una estructura que concretaba de manera singular las contradicciones originarias del país, entre ellas las contradicciones étnico-raciales. La nueva élite se beneficiaba del capitalismo de Estado; este constituía su horizonte de visibilidad. También se beneficiaba de un complejo ideológico que sumaba el nacionalismo revolucionario y la ideología del mestizaje.

La hegemonía de este complejo ideológico fue poderosa. Sin embargo, ni las sociedades ni los poderes son completamente estables nunca. Ciertos sectores anticomunistas y supremacistas blancos, sobre todo de Santa Cruz (Falange), se sintieron afectados por los cambios, no se adaptaron a la Revolución y la socavaron. El Estado del 52 también fue atacado desde la izquierda porque no supo resolver la cuestión de la dependencia.

Barrientos y Banzer fueron la respuesta anticomunista del nacionalismo revolucionario a la radicalización cristiano-marxista de los jóvenes en los 60. Ambos dictadores dijeron que buscarían la restauración, y era verdad, pero en los hechos no pudieron escapar a la sombra del Estado del 52, es decir, al desarrollismo con capitalismo de Estado. Era, además, lo que correspondía con la orientación mundial en la posguerra hasta la crisis de la deuda de los 80.

En la lucha contra las dictaduras militares apareció una nueva ideología tan poderosa como el nacionalismo revolucionario, la ideología democrática, asentada la lucha de los movimientos sociales bolivianos por las libertades civiles.

¿Qué tan importante es lo que sucedió entre 1982 y 1986, desde la llegada de Hernán Siles Suazo al poder hasta la aplicación de la Nueva Política Económica con Víctor Paz Estenssoro?

Muy buena pregunta. La historiografía no ha comprendido la importancia de este momento, que es el de quiebre del Estado del 52. La hiperinflación fue un terremoto que sacudió de tal manera a los bolivianos que los llevó a abandonar, temporalmente, la ideología nacionalista-revolucionaria que, desde los años 30 del siglo XX, se había ido decantando como la forma específicamente boliviana de modernización.

Sin la hiperinflación, el proyecto neoliberal no hubiera podido despegar, mucho menos alcanzar la forma radical que tuvo en el gonismo. Se debe entender como una ruptura epistemológica.

Gonzalo Sánchez de Lozada condensaba la paradoja señorial en sí mismo: por un lado, hijo de un jerarca de la Revolución, Enrique, y, por el otro lado, nieto de un patricio del liberalismo rosquero, Daniel Sánchez Bustamante. Y, en tercer término, sucesor de Simón Patiño. Solo él pudo ejecutar la restauración prometida por Barrientos y Banzer: pasó de la ideología antipatiñista y nacionalista de su padre (y de su partido) y ejecutó en cambio el librecambismo crudo y proyanqui de su abuelo.

Con ello, ¿qué quedó de la Revolución? Los discursos y libros pendejos de Guillermo Bedregal y los esquizofrénicos actos de homenaje que hacía el MNR cada 9 de abril. Goni obtenía cierto voto campesino, pero odiaba lo que debía hacer (bañarse en mixtura) para conseguirlo, como confesó en Our Brand is Crisis.

La hiperinflación y Goni mataron a la Revolución Nacional. No sabíamos entonces que retornaría de entre los muertos. Por otra parte, la hiperinflación causó una derrota histórica, de 20 años, de la izquierda boliviana.

¿Cómo se puede caracterizar la relación entre la clase dirigente del ciclo neoliberal, o de la democracia pactada, con las clases populares e indígenas?

El neoliberalismo fue una ola mundial que encandiló a la elite, que se deshizo del Estado del 52 para perseguir la nueva panacea. Por su fiebre privatista y trasnacional, la élite neoliberal perdería a la larga el poder, no sin antes dejar a los sectores nacionalista- revolucionarios duros completamente en manos de la izquierda extraparlamentaria.

En esta encrucijada, el MIR (incluyendo a su ala MBL) se extravió. Su papel histórico debiera haber sido constituir una alternativa de izquierda democrática al neoliberalismo. No olvidemos que dirigía a muchos sectores populares, aunque siempre mediándolos con una representación de la clase media tradicional o blanca. Quizá esto fue lo que hizo imposible que este partido se resistiera a la moda neoliberal, que parecía beneficiar a esta clase media por la ligazón que esta tenía con la “globalización”. Lo cierto es que el MIR la siguió y con ello se destruyó a sí mismo, al mismo tiempo que dejaba el campo de la izquierda completamente libre para el MAS.

¿Cómo queda la relación entre las clases a favor y en contra del MAS luego del derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada?

Se cumplió la profecía de Zavaleta en Las masas en noviembre: los plebeyos llegaron al poder por sí mismos, pero también llegaron, nunca debe olvidarse, llevando a cuestas el discurso del “Amo Español” y con el deseo de satisfacer el “goce” que les había sido negado durante toda la historia republicana. Una fuerza que busca el goce no puede más que sumergirse sin resistencia en el flujo extractivista y desarrollista de la sociedad contemporánea. El discurso del “vivir bien” fue la cobertura consciente del inconsciente gozante. Así, el goce identitario (ser indígena se convirtió en un mecanismo de acceso al poder), el goce del mando político (la reelección) y el goce del nuevorriquismo se articularon al goce extractivista.

¿Hubo intentos desde la vereda de las actuales oposiciones tradicionales para acercarse nuevamente a las clases populares e indígenas o cómo es que vienen actuando?

En 2018 escribí un artículo titulado “La sociología del mesismo”, en el que mostraba que el partido del expresidente Carlos Mesa era “demasiado blanco” y no interpelaba a los descendientes indígenas, muchos de ellos ya en la clase media y en proceso inicial de blanqueamiento, pese a que estos ya se estaban decepcionando de Evo Morales. Me condenaron por “traición de clase”. Dos años después, Mesa explicó su derrota en las elecciones de octubre de 2020 con un argumento muy parecido: solo había obtenido los votos de la clase media tradicional, etc.

El gobierno de Jeanine Añez tuvo la oportunidad de aprovechar la desarticulación del bloque de poder masista en 2019, para conseguir sectores indígenas y sindicales que la respaldaran, pero desperdició este chance porque siguió a rajatabla los humores radicalizados de la clase media tradicional, que querían “sentar la mano” a los indígenas.

En cuanto a lo positivo, el más impresionante logro de una oposición de corte popular fue el triunfo de Soledad Chapetón en El Alto en 2015. Varios alcaldes y gobernadores actuales también han sabido tejer redes políticas en los sectores subalternos. Según las encuestas, un político que tiene atractivo para los descendientes indígenas de la clase media ascendente es Samuel Doria Medina y su propuesta de emprendimientos populares.

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Estas experiencias son raras porque hay un bloqueo de partida. Muchos sectores de oposición no han aceptado que el MAS ha sido resultado del neoliberalismo y que no será con neoliberalismo que lograrán vencer al MAS. Por otra parte, no han comprendido que deben apartarse de la tendencia de la élite criolla/mestiza a proyectar su identidad étnico-racial como la única universal boliviana. En mi opinión, estos dos pasos causarían un automático debilitamiento del monopolio que ejerce el MAS en la representación a los sectores indígenas y populares.

En la perspectiva de cierta oposición, hacer el esfuerzo de salir de la zona de confort no vale la pena, porque no le va a dar votos en las próximas elecciones. Esta percepción se agrava ahora que se han puesto de moda los valores de ultraderecha y cuando ciertos sectores del electorado son supremacistas blancos.

Para mí esta cuestión va mucho más allá de los cálculos electorales (aunque también los incluya). Un sistema político sin segregación de los indígenas en el “gueto MAS” y sin instrumentalización de los indígenas por los demás partidos sería un paso hacia una sociedad no racista y, por tanto, más democrática.

¿Cómo impacta el gobierno de Jeanine Añez en la vereda de las oposiciones tradicionales?

Fue una grave derrota, porque desperdició la oportunidad objetiva que se presentó de vencer al MAS. Recién ahora la oposición (la que no participó en este gobierno) se está recuperando de esta derrota. Si no hubieran estallado la crisis económica y la división del MAS, su recuperación habría tardado más.

A partir de todo lo anterior, ¿Cuál es la situación actual de las oposiciones tradicionales? ¿Cuáles son las principales causas que permiten explicar su dispersión y ausencia visible de propuestas para el colectivo nacional?

Las oposiciones están fragmentadas porque están fuera del poder desde hace mucho. Esto no ha permitido que emerja un caudillo fuerte que pueda articularlas. Pero si uno de los líderes opositores llegara al gobierno el próximo año, la cosa cambiaría por completo. Así es el sistema político boliviano: caudillista y rentista.

En cuanto al discurso, la oposición sí tiene uno: superar la crisis actual del modelo estatista. Este discurso puede darse con diferentes variantes: puede ser utópico, a lo Añez o a lo Antonio Sarabia, y ofrecer una restauración neoliberal. En ese caso probablemente falle en democracia si no se da una “ruptura epistemológica” y surgen condiciones sociales tan extremas como las de la hiperinflación de los 80.

Al llegar al poder, los plebeyos han obtenido unos niveles de acceso al goce que no van a perder fácilmente. Por eso un hipotético discurso opositor exitoso no solo debería apoyarse en el cansancio y la envidia que existen tras tantos años de poder masista; también tendría que demostrar que va a incorporar a los grupos populares e indígenas ya empoderados dentro un “pueblo boliviano” más igualitario.

 (*)Pablo Deheza es editor de Animal Político

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