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Las células madre se suman a la lucha para corregir el labio leporino

El método solo la aplica a recién nacidos, siempre que se hayan conservado las células del cordón umbilical y no se hayan sometido a procedimientos quirúrgicos previos 

/ 7 de marzo de 2014 / 22:06

 

 

Cada vez son más los «milagros científicos» protagonizados por las células madre que nos descubren impensados avances contra todo tipo de problemas de salud, una lista a la que se ha sumado el labio leporino, gracias a una técnica desarrollada por pioneros científicos argentinos.

La fisura de labio y paladar -conocida como labio leporino- es una malformación maxilofacial que se presenta en personas que nacen con una falta de tejidos, fundamentalmente óseos.

Los doctores argentinos Guillermo Trigo y Gustavo Moviglia, de la Universidad Maimónides, de Buenos Aires, han sido los primeros en investigar con éxito la posibilidad de recuperar los tejidos ausentes a través de células madre.

«La fisura labio alveolo palatina es bastante común. Se calcula, según las estadísticas, que un nacimiento de cada 1.200-1.300 nace con esta fisura en la cara», explicó a Efe Trigo.

Esta malformación no supone solo un problema estético sino que afecta también a las funciones faciales, al derivar en problemas para hablar, para deglutir y para respirar, entre otros.

Los tratamientos tradicionales para corregir el labio leporino constan de varios procedimientos quirúrgicos complejos que completan los tejidos que faltan con injertos de hueso sacados de otras partes del cuerpo, generalmente de la cabeza o la cadera.

Trigo y Moviglia no solo han logrado reducir el número de operaciones, sino que, además, la utilización de las células madre del cordón umbilical permite una cicatrización y una recuperación natural del hueso con resultados mucho mejores a los de los habituales injertos.

«Estamos sustituyendo las cirugías que se hacían habitualmente con ingeniería de tejidos», apuntó Trigo, quien abordó en su tesis doctoral la posibilidad de usar células madres para tratar las malformaciones maxilofaciales en niños.

«En 2007 hicimos el primer caso», apuntó Trigo, quien explicó que aquel primer paciente era el hijo de un cirujano cuyo padre «tenía tanta confianza en el método» que les pidió que le operaran y le colocaran las células madre.

Los resultados no solo fueron buenos sino que dejaron sorprendidos a los propios médicos, quienes decidieron proseguir esta línea de investigación.

En los últimos años, se han aplicado las células madre a nueve pacientes, todos ellos en Argentina, pero Trigo y Moviglia buscan ahora difundir el procedimiento internacionalmente a través de convenios con otros centros de investigación, como la fundación estadounidense Smile, especializada en malformaciones faciales congénitas.

No todos los casos de labio leporino son susceptibles de ser tratados con este método, ya que de momento los investigadores solo la aplican a recién nacidos, siempre que se hayan conservado las células del cordón umbilical y no se hayan sometido a procedimientos quirúrgicos previos.

«Usamos una técnica precoz de un cirujano francés, que opera primero el paladar a los cuatro meses y a los seis meses el labio. Dentro de los seis primeros meses de vida se termina prácticamente con toda la cirugía primaria. A esa técnica le agregamos la ingeniería de tejidos», detalló Trigo.

«La importancia reside en que es muy difícil reponer hueso cuando el niño tiene menos de un año y medio, porque poner un injerto en ese momento implicaría generar una fuerza tan grande que le deformaría, el paladar. Se espera muchas veces a los cinco años por este problema», apuntó Moviglia.

Con las células madre es el propio paciente el que va generando el hueso de forma «natural y espontánea» desde bebé, con lo que no queda recuerdo del proceso ni huella psicológica por haber nacido con esta malformación, según precisó el especialista.

Moviglia señaló también que este es un avance «fabuloso» y que los primeros sorprendidos de los resultados fueron ellos mismos.

El especialista insiste en que hay que crear conciencia social de los beneficios de preservar las células madre del cordón umbilical de todos los recién nacidos, tanto para el tratar lesiones congénitas como para curar futuras enfermedades, ya que se ha demostrado que pueden conservar su viabilidad al menos durante 20 años.

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La arqueología se acerca al enigma de los hornos indígenas andinos

Los hornos "huayrachina" son pequeños cilindros con agujeros que permitían a los indígenas de la región entre el sur de Bolivia y el norte de Argentina fundir metales muy puros con muy poco combustible.

/ 11 de junio de 2014 / 15:51

¿Cómo un pequeño horno cilíndrico de arcilla puede alcanzar hasta mil grados de temperatura? ¿Por qué funcionan en los Andes y en Francia no? Estos y otros enigmas de la metalurgia indígena andina que han permanecido siglos sin respuesta están a punto de ser resueltos por arqueólogos argentinos.

Los hornos «huayrachina», de los cuales se han encontrado restos arqueológicos que datan del primer milenio de nuestra era, son pequeños cilindros con agujeros que permitían a los indígenas de la región entre el sur de Bolivia y el norte de Argentina fundir metales muy puros con muy poco combustible.

«Cuando llegan los españoles a la región, el Potosí (Bolivia) se descubre oficialmente en 1945, y los europeos no conocían la tecnología para tratar el mineral que había aquí en los Andes», explica a Efe Pablo Cruz, director del Instituto Interdisciplinario Tilcara, ubicado en la provincia argentina de Jujuy (norte).

«Una de las claves de lo que fue un centro económico durante el periodo colonial, junto con la minería, era la metalurgia, de la cual no teníamos muchas informaciones, más allá de lo que señalaban las fuentes y los restos arqueológicos, que no podemos comprender en su totalidad», señala Cruz.

«Huayra» hace referencia al viento, mientras que «china» significa mujer, en lengua quechua, aunque los investigadores aún no han logrado identificar el porqué de esta segunda parte del nombre.

El director del Instituto se embarcó en la investigación de los hornos «huayrachina» hace casi una década y los estudió en Francia, junto con otros expertos en tecnología indígena.

Allí, sin embargo, no consiguieron extraer el metal en los hornos. No fue hasta este mismo año, cuando los primeros experimentos realizados en la localidad argentina de Tilcara aportaron por fin nueva luz sobre el enigma del funcionamiento de estos hornos.

«Es como una chimenea que tiene varios orificios por los cuales circula el viento. Lo que hemos podido probar es que se necesita mucho viento, a partir de 10 metros por segundo de ventilación natural, y estamos tratando de desentrañar cómo entra en juego la altura, la presión atmosférica», detalló el responsable del proyecto.

Los hornos de viento eran portátiles y permitían a los indígenas fundir unos tres kilos de metal con apenas 6 kilogramos de cartón, casi el mismo combustible que se gasta un argentino en preparar el típico asado familiar del domingo, según han probado en Tilcara.

Esta tecnología fue empleada en los grandes centros de población de la región del Potosí y el norte de Argentina durante siglos, incluso después de la llegada de los colonizadores, hasta la introducción de la amalgama con mercurio.

«Según señalan los cronistas españoles, no se trataba únicamente de útiles o herramientas para procesar el mineral, sino que para los pueblos indígenas las ‘huayras’ eran objetos de culto. Adoraban las ‘huayras’, como también los minerales. Eso se explica por el lado mágico que tiene todo el proceso de fundición», apunta Cruz.

«Son como pequeños volcanes que no solo destellan luces de todas las tonalidades y olores sino que también tienen un bramido muy especial, como si estuvieran vivos», agrega.

A raíz de los éxitos con los hornos «huayrachina», el Instituto Interdesciplinario de Tilcara ha decidido comenzar una plataforma experimental sobre la tecnología indígena con el fuego, que involucrará no solamente las técnicas metalúrgicas sino también otras disciplinas como la cerámica, utilizadas por los antiguos pobladores de la región.

Además, «hay varios otros tipos de hornos en los que estamos trabajando», como los de reverbero (llamados «toccochinbo»), explica Cruz.

Las investigaciones han despertado el interés de las comunidades indígenas que aún habitan en la zona, como los Mama Qolla Ayllu, pero también la curiosidad de los físicos y expertos en metalurgia, intrigados por las altas temperaturas que alcanzan estos rústicos y misteriosos hornos.

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