Sociedad

jueves 27 ene 2022 | Actualizado a 15:01

Hay abundante oferta de pescado en El Tejar y con precios regulados

Compradores de pescado infringen normas sanitarias y asisten al centro de abasto sin barbijos, ni guantes.

/ 9 de abril de 2020 / 20:20

Por la celebración de Semana Santa, el pasaje Valentín Navarro —en la zona El Tejar— se llena de compradores, aunque éstos no respetan la distancia entre personas en las filas, ni utilizaban barbijos y guantes para evitar el contagio del nuevo coronavirus.

En un recorrido por la feria, La Razón constató que había abundante oferta de trucha, sábalo, ispi y pejerrey con precios que oscilaban entre Bs 12 y Bs 20 por libra de esta carne. Para ello, Juana P. —una de las comerciantes de esta vía— llegó a las 04.00 con el fin de obtener los productos que llegaron de Taraco y Copacabana, principalmente.

De acuerdo con las tradiciones católicas, se debe evitar comer carnes rojas durante el Miércoles de Ceniza, el primer viernes de Cuaresma y el Viernes Santo. Por esa tradición, centenares de creyentes llenaron esta vía del oeste paceño en busca de pescados. Jhon P., por ejemplo, caminó hora y media desde la zona de Kantutani con el objetivo de comprar tres libras de trucha, y empleó un poco más de una hora para volver a su casa.

Funcionarios del Servicio Departamental de Salud (Sedes) La Paz pasaron por los puestos para que las vendedoras utilicen gorros, barbijos y guantes, como medidas de prevención sanitaria, más aún cuando el mundo sufre por la pandemia del nuevo coronavirus.

En cambio, muchos compradores no respetaron las medidas de seguridad, pues no mantuvieron las distancias de al menos un metro en las filas, no tenían guantes y en muchos casos no llevaban barbijos. Tampoco hubo control municipal.

En las calles adyacentes también había gran flujo de personas, que aprovecharon para adquirir frutas y pasank’allas, que tradicionalmente se consumen en esta fiesta católica. Según las comerciantes de pescados consultadas por este medio, mañana no saldrán a vender porque se tiene que respetar la cuarentena total, aunque el sábado volverán a ofrecer la carne que llega especialmente del lago Titicaca

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El trópico de Cochabamba comienza la cosecha de la fruta perfumada

Mediante el respaldo del PAR II, los productores quieren mejorar la calidad y cantidad de piñas para conseguir mejores oportunidades de vida

/ 27 de septiembre de 2021 / 08:04

Diversos artículos periodísticos coinciden en que Brasil y Paraguay son los territorios donde se origina la piña, también llamada ananá. El nombre de piña se debe a Cristóbal Colón, quien cuando llegó a la isla de Guadalupe (en el sur del Caribe), en 1493, creyó haber hallado una clase de fruto de pino. En cambio, “ananá” proviene del guaraní, y significa perfumado. Es decir que se trata del fruto perfumado.

En la actualidad, los principales productores son China, Estados Unidos, Brasil, Tailandia, Filipinas, Costa Rica y México. Los productores cochabambinos quieren ingresar en esta lista privilegiada.

En la actualidad, la piña es cultivada en cinco municipios del trópico cochabambino: Entre Ríos, Puerto Villarroel, Chimoré, Shinahota y Villa Tunari. En el departamento de Santa Cruz se produce en Yapacaní y Guarayos, y en menor cantidad en el municipio paceño de Palos Blancos, indica Gróver García, ingeniero agrónomo especializado en piñas.

“El productor debe trabajar entre 15 y 18 meses para obtener un fruto en cada planta. Realmente es muy costoso”, asevera el experto, quien también tiene su plantación en estos terrenos fértiles.

Bertha es consciente de este sacrificio, pero también sabe de los resultados. Por esa razón se levantó a las dos de la mañana para preparar un espeso caldo de pata, que dará a sus trabajadores a las cinco de la mañana, cuando empiece la cosecha de las frutas perfumadas.

Es necesario empezar temprano, ya que al mediodía se llega fácilmente a los 40 grados de temperatura. Después del desayuno suculento, Bertha y sus empleados cosecharán al menos 2.500 piñas, que serán comercializadas a todo el país.

Aparte del mercado nacional, las principales exportaciones se encuentran en Argentina (257.559 dólares en ventas), Chile (75.709 dólares) y Estados Unidos (2.120 dólares). Plácido Condori, jefe nacional de Sanidad Vegetal del Senasag (Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria), informó que las ventas a Argentina disminuyeron por el uso “inadecuado” de agroquímicos, según una nota de El Financiero, de LA RAZÓN, publicada el 29 de agosto de 2021.

“Los productores no estábamos bien organizados. Desde hace tres años que hemos vuelto a juntarnos en los cinco municipios”, cuenta Juan Lamas, presidente de la Asociación de Piñeros del Trópico de Cochabamba.

Como toda actividad productiva, el nuevo coronavirus perjudicó sobremanera a los piñeros, en especial porque disminuyeron mercados importantes en el ámbito local como internacional. “El principal problema es la falta de asistencia técnica y los residuos tóxicos”, dice Lamas.

Ante este panorama, el Proyecto de Alianzas Rurales (PAR II) —dependiente del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras— llegó al corazón de Bolivia para ayudar a incrementar el rendimiento de producción y elevar la calidad de la fruta, con el objetivo de que las familias beneficiadas obtengan más ingresos económicos.

Dentro de las plantaciones de doña Bertha el calor se incrementa cuanto más se acerca el sol, más aún con el esfuerzo físico; pero poco a poco los surcos van quedándose sin la fruta de forma cilíndrica y de aroma intenso.

Como la labor es intensa, es necesario descansar un poco cada cierto tiempo, sentarse y masticar algunas hojas de coca, que ayudan a mitigar el cansancio. Después hay que internarse otra vez a la plantación para sacar la piña.

“Como PAR II estamos apoyando con sistemas de riego tecnificado para asegurar la producción y dar eficiencia al uso de agua”, informa Guido Chirinos, oficial de alianzas del PAR II, quien añade que, con una inversión superior a los dos millones de bolivianos, se está colaborando a 210 productores.

“Primero nos querían dar asistencia técnica nada más, pero la gente no estaba de acuerdo y hemos pedido insumos. Ahora nos están ayudando con eso”, cuenta Marcio Sánchez, productor en Entre Ríos.

El avance del sol es indicativo de que hay que apurarse en la cosecha, pues el calor se convierte en la principal dificultad para terminar el trabajo. Cuando por fin las piñas están apiladas, un camión llega hasta la plantación para recogerlas y llevarlas, esta vez, a los mercados del país.

LA GRÁFICA

Una planta de acopio y embalaje de piñas

El camión que transporta la fruta

Para combatir el cansancio, sirven las hojas de coca

Cosecha de piña

Desde la madrugada comienza la cosecha de piña en el trópico cochabambino

En el trópico cochabambino se producen 80.000 toneladas de piña cada año. “La superficie se está incrementando. Es por eso que necesitamos buscar nuevos mercados y aumentar los volúmenes de exportación para no saturar el mercado nacional”, expone García.

En esto está cuadyuvando el PAR II, primero con asistencia técnica y también con la entrega de equipos, como motofumigadoras y desbrozadoras, en reemplazo de machetes y mochilas fumigadoras, que alargaban el tiempo de trabajo.

Hasta hace poco resultaba impensable hablar de riego, debido a que el trópico es una zona húmeda, pero debido al cambio climático, los productores recibieron tanques para agua que optimizarán el riego de las plantas. “Con el PAR queremos hacer todo: investigar, incrementar el rendimiento y dar asistencia técnica, porque el productor pide respuestas y quiere innovar”, agrega García.

Con el camión cerca, los trabajadores recogen cuatro piñas en las manos y las llevan a la parte trasera del vehículo, para que quienes están arriba las acomoden de manera ordenada. Es otra labor cansadora, aunque son conscientes de que están a punto de terminar y que recibirán como premio un abundante picante de pollo, también cocinado por doña Bertha.

Una parte de la producción irá a los mercados, mientras que otra parte será trasladada a la empaquetadora Gualberto Villarroel, en el municipio de Entre Ríos, donde más de 40 agricultores, miembros de la Asociación de Productores Agropecuarios Gualberto Villarroel (Apragvi), dejan las piñas para que sean procesadas y sean vendidas en el país, pero principalmente en el exterior.

Cada martes o miércoles, la correa de transporte entra en funcionamiento en la empresa perteneciente a los productores. El camión se estaciona cerca de la fábrica para depositar las piñas en unas colchonetas que mitigan el impacto y conservan bien la fruta.

Luego, el producto pasa por un proceso de desinfección, para luego ser secado con unas turbinas y, después, es empaquetado de acuerdo con el tamaño de cada fruta. Cada semana generan al menos mil cajas con fruta. “Agradecemos al PAR II, pero requerimos que nos sigan apoyando (…) Queremos reactivar la exportación, incrementar las áreas de producción, industrialización y tener más utilidades”, dice Lamas.

“Al que madruga Dios le ayuda”, señala el refrán. Doña Bertha y los otros productores de la región lo saben y por esa razón es que comenzaron a cosechar, con la seguridad de que el aroma de las piñas traerá días dulces a sus familias.

Fotos: Salvador Saavedra y José Rojas

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La Grosería: la celebración es todos los días

Ubicado en la calle Sagárnaga, este local ofrece freak shakes, una combinación de malteada, torta, crema, jarabe y dulces; además de cervezas artesanales

/ 9 de mayo de 2021 / 19:59

Abrazados por una música apacible, Laura se acerca a la mesa con una bandeja. En ella hay dos freak shakes, cada uno con malteada, torta, crema de leche, chocolate derretido y dulces como decoración. Da miedo.

¿Es posible terminar este postre sin morir en el intento? ¿Esta crónica puede comenzar con una historia triste? A pesar de llevar el barbijo de bioseguridad, Laura Mita (35 años) refleja alegría en su mirada. Después de dejar las supermalteadas, se sienta y empieza a contar que ella y su pareja y socio, Franklin de las Muñecas, son ingenieros medioambientalistas.

Todo iba bien en la carrera de ambos hasta que, en 2016, falleció Juan Carlos Mita, el padre de Laura. Para ella fue como si el mundo se terminara, pues compartían muchas actividades, en especial el cariño por los “fierros”, es decir los automóviles y las motocicletas.

Foto: Salvador Saavedra

A partir de ese momento se dio una pausa en el área medioambiental y entró en una etapa de depresión. “Necesito que vuelvas a ser la de antes. ¿Qué quieres hacer?”, preguntó un angustiado Franklin. Entonces resurgió la otra pasión de Laura: la repostería. El horno, la harina y los demás ingredientes la retrotraen a su infancia. “Mi mamá (Susana Alanoca) siempre ha cocinado para festejar algo. Entonces, para mí, la cocina es una celebración”, cuenta Laura.

Ante esa situación, Franklin le preguntó a Laura qué le volvería a animar, ella respondió: “Quiero abrir una pastelería”. Así nació La Grosería, a finales de 2017, en un pequeño espacio de la avenida Sánchez Lima, en Sopocachi.

Foto: Salvador Saavedra

Muy pronto consiguieron el éxito, gracias a los freak shakes, una mezcla de malteada con torta, sobrecargada con crema y golosinas, con un decorado que encandila y al mismo tiempo asusta al paladar. Con el enorme vaso en la mesa, cuesta decidirse por dónde empezar. Como indica el dicho, a nadie le amarga un dulce, más aún cuando se trata de una de las especialidades de Laura. Hay que empezar por sorber la malteada, una bebida dulce y fría a la vez, que refresca y genera una sonrisa de satisfacción.

Para los emprendedores, los tiempos de crisis se transforman en oportunidades. Eso pasó con La Grosería, porque, debido a la pandemia del nuevo coronavirus, tuvieron que cerrar el local de Sopocachi.

Foto: Salvador Saavedra

Al poco tiempo, a Laura y Franklin se les presentó una oportunidad inmejorable: ocupar una casa amplia en la calle Sagárnaga, dentro de la zona turística de la urbe paceña. De esa manera, La Grosería volvió con sus dulces tentaciones en abril de 2020.

Ya sea un gore shake (malteada con galleta, muffin, crema, una minirrosquilla y jarabe), un shake it up (malteada, dulces, cupcake, crema, minirrosquilla y crema) o un the lady in red, los fuertes sabores se apoderan del paladar y se convierten en una grosería.

¿Y Franklin? Por cariño a Laura, también eligió alejarse de su trabajo medioambiental para dedicar su tiempo a La Grosería. Ahora se encarga de la administración, pero también se especializó en cervezas artesanales.

ARTE. Divertidas pinturas murales y un ambiente acogedor acompañan los freak shakes y las cervezas en La Grosería, ubicada en la calle Sagárnaga. Foto: Salvador Saavedra

“Cuando empezamos pensé que había como 15 cervecerías. Al conocer cada vez más, me di cuenta de que en Bolivia hay más de 80 marcas”. Una de las paredes del lugar está adornada con cientos de bebidas hechas a base de cebada, lúpulo y agua.

No se trata de un sabor, sino de una variedad de sabores, colores y aromas, que van desde un stout —con una intensidad de café— hasta sabores frutales, como maracuyá. Como buen conocedor de esta bebida, Franklin está atento a guiar y ayudar a elegir la cerveza ideal para cada visitante.

“Estamos felices de contar siempre con el apoyo de nuestras familias, del apoyo incondicional de nuestros amigos y de la gente con la que trabajamos”, dice Laura, con una alegría que trasciende el barbijo.

No solo se vive de postres

La Grosería tiene un menú amplio de postres y cervezas artesanales, pero no solo se vive de postres, así es que hay otras opciones, como jugos, milanesa napolitana, costilla a la barbacoa, pizzas, hamburguesas, desayunos variados y otros manjares.

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El bar de malteadas abre de martes a domingo, entre las 10.00 y 21.00. Para hacer reservas o consultas, llamar a los teléfonos 67009254 y 67005864, en el muro La Grosería, en Facebook.

CUIDADO DE EDICIÓN: ESCRITECA

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Pocollita, el paraíso está cerca

Ubicada entre El Alto y Achocalla, Pocollita es una comunidad escondida en un largo cañadón, donde hay miradores naturales y una riqueza sin igual de aves y plantas medicinales

/ 3 de mayo de 2021 / 09:11

Poco a poco pierden las fuerzas, no quieren comer y así se van al otro mundo. Se mueren”.

Mientras cuenta las leyendas que existen en este cañadón escondido,  Gregorio Quispe mastica algunas hojas de coca sin dejar de sonreír y sin que su historia pierda interés. En ese momento está sentado en un rincón del Cuarto Oscuro, donde no se tiene que caminar de noche pero se puede disfrutar de día, en una ruta paradisíaca entre El Alto y Achocalla.

La referencia más fácil para ubicar el inicio de la ruta es la Estación Terrena de Amachuma, que se puede ver desde cualquier parte de la urbe alteña. Visto de lejos da la sensación de que, además de la estructura que dirige el satélite Túpac Katari, no existe nada más que tierra inhóspita. Estamos equivocados.

También nos equivocamos al pensar que El Alto carece de atractivos, pues alberga al menos 18 sitios turísticos, desde la feria 16 de Julio, pasando por el nevado Huayna Potosí, hasta otros hermosos sitios naturales. Uno de ellos es Amachuma, que lleva hasta Pocollita, un pueblo escondido en Achocalla. El inicio está en la última parada de la Línea Morada del Teleférico, en la avenida 6 de Marzo, que lleva hacia el departamento de Oruro. Después de 10 minutos de recorrido en vehículo se avistan las enormes antenas de la estación terrena. Entonces, la emoción aumenta al saber que la caminata comenzará dentro de poco.

El coche se detiene en Amachuma, una comunidad del Distrito 10 alteño, cuyos pobladores se dedican a la agricultura y a la ganadería. Ahí, la planicie está cortada por una quebrada, que hace de este terreno un enorme mirador de la Cordillera Real.

El viento es más intenso de lo acostumbrado, aunque no deja de ser agradable, más aún tomando en cuenta que hay cielo despejado y sol intenso. Desde ahí comienza la aventura: el guía solicita caminar con calma y guardar silencio, porque hay que ver vizcachas (Lagidium viscacia).

Con mucho sigilo, cada uno de los visitantes avanza en cuclillas, con el viento y las pisadas en el pasto seco como único sonido. El premio llega al instante, pues a unos 20 metros se vislumbra la figura de un par de estos roedores de cola ancha.

Hay que mirar con detenimiento cada rincón de esta quebrada, debido a que las vizcachas se mimetizan con el lugar. Un pequeño movimiento hace dar cuenta de que no solo hay dos ejemplares, sino otros más, que, en este día de suerte, pareciera que esperan ser fotografiados.

Para algunos, este espectáculo natural sería suficiente para completar una ruta turística, pero apenas es el comienzo, tomando en cuenta que hay que descender desde los 3.900 msnm de Amachuma hasta los 3.600 de Pocollita.

Desde ahí se observa una quebrada que parece perderse en el horizonte. El guía extiende el brazo y señala al final para informar que allá, a lo lejos, culmina la ruta. Antes del descenso, el guía se detiene en el inicio del recorrido, donde reúne a los caminantes para ch’allar con alcohol, con el fin de que los achachilas nos dejen ingresar a este territorio misterioso. De manera paralela, cada uno escoge cuatro hojas de coca, las junta con ambas manos y sopla a los cuatro puntos cardinales, para solicitar la protección del Illimani, Huayna Potosí, el lago Titicaca y el Sajama, los seres telúricos que protegerán esta aventura.

En menos de cinco minutos de caminata, el viento intenso ha desaparecido y un calor seco pero agradable se apodera del cuerpo mientras los ojos no dejan de moverse de un lado a otro para admirar el paisaje, un extenso cañadón de formaciones que terminan en pico y que se formaron en miles de años, ya sea por las lluvias, el sol o el viento, o por los tres fenómenos juntos. En miles de años.

En esta caminata es preciso mirar a todos lados, porque el intenso aroma a plantas invita a observar el suelo y preguntar qué variedades existen —desde los interesantes zapatitos hasta q’oa—, mientras que en el cielo se disfruta el vuelo constante de alkamaris o Marías (Phalcoboenus megalopterus), kili kilis (Falco sparverius), alguna dormilona nuquirroja (Muscisaxicola rufivertex) o gallinazos (Cathartes aura). Un espectáculo por donde se dirija la vista. El premio, al final de la ruta, son los colibríes.

 ¿Qué significa Pocollita? Este territorio seco, que forma parte del valle interandino, alberga gran cantidad de puq’i (voz aymara pronunciada como poq’e), tierra fina que servía para limpiar ollas de aluminio.

A partir de ahí, otro elemento natural acompaña, hasta el final, el recorrido. Se trata del río Milliri, que, según la explicación del guía, es una vertiente que viene desde el lago Titicaca.

La caminata continúa por senderos angostos, pero se compensa con las aves que se ven en el cielo y con las formaciones que hay en el cañadón, con cuevas que parecen llevar a algún lugar misterioso.

Después de unas horas de paseo agradable se llega a Pocollita, una comunidad perteneciente al municipio de Achocalla, donde viven casi 70 personas. Los caminantes descansan en el patio de una de las casas de adobe y techo de calamina, adonde Modesta Choque llega con un aguayo y un balde.

Mientras se desarrolla una charla amena, Modesta sirve sopa de triguillo, ideal para empezar a reponer las energías. “No caminamos de noche porque es oscuro y podemos caer en uno de los barrancos”, dice la mujer de blusa floreada, pollera café, sombrero claro y sonrisa sincera.

“Todo lo que están comiendo los producimos aquí”, afirma con orgullo y tiene razón, ya que en estas tierras se cultiva papa, cebolla, repollo, lechuga, haba, cebada, avena, trigo, arveja y quinua.

Un ejemplo de ello está en un atado pequeño que cada visitante recibe después de tomar su sopa. Al abrirlo, cada uno ve con sorpresa que se trata de un fiambre compuesto por haba, papa, chuño, queso y tortilla, acompañado por un platillo de llajua que desaparece en pocos minutos.

Tras un breve descanso y la observación de colibríes, el itinerario lleva más abajo, a un cañadón estrecho, donde habitan los sajras (demonios). Don Gregorio llega antes de entrar al estrecho espacio.

Con una chompa deportiva que tiene el escudo del Gremio brasileño, pantalón plomo y abarcas bien utilizadas, una gorra negra, un saquillo atado a la cintura y un hacha, el anfitrión comienza por hablar del Cuarto Oscuro (Chamak’uta), un lugar estrecho adonde apenas llegan los rayos del sol.

Según cuenta, por ahí suele aparece un sajra con forma de ave, que vuela para hallar a una persona enferma, con el fin de llevarse su ajayu. “Poco a poco pierden las fuerzas, no quieren comer y así se van al otro mundo. Se mueren”, asegura.

Camina despacio y sin dejar de contar leyendas, como que, a las seis de la tarde, este espacio se oscurece completamente, por lo que es necesario encender una linterna. “Este lugar es un sajrani. Los tíos vivían aquí, los tíos malos, las aves malas. Cuando la gente pasaba por aquí, borracha o para dormir, se levantaba enferma”. De acuerdo con su explicación, las personas ebrias que pasan por el Cuarto Oscuro alucinan con un edificio grande, donde una bella mujer los espera para descansar. Al día siguiente, la víctima despierta en un hueco de tierra, de donde se levanta con mucho cansancio.

“En ese momento puede lamentarse, porque está sin ganas, con el cuerpo dañado, sin ajayu. Se puede enfermar poco a poco”, dice Gregorio, quien recomienda que de inmediato se debe visitar a un yatiri para sacrificar un animal, para cambiar su mala suerte y salvar la vida.

Ahí también, algunos músicos dejan afinar sus guitarras o mandolinas con el sirinu. Resulta que en las noches apoyan sus instrumentos musicales en uno de los rincones. Entonces esperan a que el viento (sajta) interprete bellas canciones.

En ese momento, los músicos lanzan una lata para espantar al espíritu. Cuando vuelven, “la guitarra o mandolina de por sí llora, es bien lindo”. Este pacto tiene una condición: el músico puede tocar sus mejores canciones, pero no puede embriagarse, porque se le aparecerá una mujer bella, que lo llevará al Cuarto Oscuro para quedarse con su ajayu.

Es momento de retornar porque la oscuridad se apodera de este lugar, pese a que afuera hay un sol intenso. La caminata de subida es más corta, ya que un vehículo aguarda cerca de la casa de doña Modesta, que espera sonriente a que más gente conozca este rincón alejado de la vorágine de las ciudades, donde las aves vuelan sin temor, tal vez porque hay sajras que cuidan este paraíso del valle interandino.

LA GRÁFICA

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Al llegar, los comunarios esperan con un atado con el fiabre. Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

● Para disfrutar de la experiencia de Pocollita, la agencia Turismo El Alto ofrece el paquete de un día completo, que incluye la observación de vizcachas, fotografías en al menos cuatro miradores, avistamiento de aves y explicación de la flora, almuerzo tradicional, visita al Cuarto Oscuro (Ch’amakuta), con todas las medidas de seguridad y de bioseguridad, k’oa a la Pachamama y recuerdos de la visita.

● El punto de partida es la avenida 6 de Marzo, entre las calles 1 y 2 (frente a Infocal), a las ocho de la mañana. El retorno está programado para las cinco de la tarde.

● El paquete, que está disponible todos los fines de semana, tiene un precio promocional de 99 bolivianos, por tratarse de una novedad turística de El Alto y Achocalla.

● Para reservaciones o preguntas, llamar a los teléfonos 69940021 y 78770103, o en la oficina central, ubicada en la calle Montevideo Nº 188, casi esquina Capitán Ravelo (a dos cuadras de la UMSA).

FOTOS: DIEGO DEL CARPIO, MARIELA MEDINA Y MAURICIO AGUILAR

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La Paz a.c. (antes del coronavirus)

Cables, k’epiris, muñecos para espantar ladrones, grafitis, soledades y noches muestran algunos rasgos que caracterizaban a la urbe antes de la pandemia

/ 19 de junio de 2020 / 13:43

¿Cómo era La Paz antes de la llegada del coronavirus? El colectivo Foto Espacio Bolivia la describe a través de Fotonarrando, un proyecto artístico que nació para mostrar aspectos cotidianos de la ciudad y que cuenta historias con tan solo ver las fotografías.

Hasta hace un tiempo —cavila Mauricio Aguilar Machicado, director de Foto Espacio Bolivia—, era poco frecuente encontrar series fotográficas que tienen el fin de mostrar desde vivencias, pasando por elementos poco conocidos, hasta hacer denuncias en la ciudad. Ese fue el inicio para convocar a fotógrafos aficionados a que se unieran a Fotonarratón.

Túnel. La soledad se refleja en la propuesta de Luis Antonio Calani, llamada Por las noches.

“Fue una experiencia bonita para mí como para los participantes, porque podían mostrar inquietudes, problemas, denuncias y cosas que les llamaban la atención en su cotidiano”, cuenta el líder del colectivo.
Durante un mes, Jaime Ramallo, Andrea Ulloa, Lila Calderón, Jhonny Maydana, Luis Calani, Ricardo Vásquez, Luis Fernández, Rachel Lena, Lourdes Samo y Mauricio Aguilar se reunieron para dialogar, ver videos y fotografías documentales, y escuchar a especialistas como Leo Calisaya —quien conversó sobre su experiencia en el arte pictórico— y Julio Ajata —quien habló sobre la relación entre la cosmovisión andina y el arte—, en uno de los proyectos más grandes de Foto Espacio Bolivia.

El resultado de ello y de las largas caminatas por la urbe paceña fueron series como El doble muro de la vida, de Andrea Ulloa, que muestra un mundo paralelo a través de las ventanas de edificios y casas, además de espejos de negocios. Por su parte, Jaime Ramallo, en su serie de imágenes, muestra el colorido aguayo en la cotidianidad de las calles.

Manos. Relatos entre sus dedos es la serie que propone Lila Calderón.

A través del blanco y negro, Lila Calderón presenta historias guardadas en los surcos de las manos, “memorias misteriosas de ésta y una vida más si pudieran”. Luis Calani —en la serie Por las noches, la soledad desespera— lleva por lugares solitarios y oscuros de plazas, túneles y calles, donde germinan las meditaciones, algunas oraciones y “revoluciones del pensamiento”.

“Los muñecos de trapo colgados en los postes surgen en un contexto de inseguridad. No solo se presenta en El Alto, como se suele atribuir, sino que también están presentes en la ciudad de La Paz. Para advertir estos muñecos le invitamos a que levante su mirada hacia los postes de la ciudad y notará que esos barrios con muñecos presentan una buena organización barrial”, describe Ricardo Vásquez en la serie acerca de los muñecos colgados.

Advertencia. El ensayo fotográfico Muñecos colgados de Ricardo Vásquez muestra a estos elementos de amenaza a los delincuentes.

Por su parte, Luis Fernández buscó en la ciudad el amor de su gente, por lo que expone imágenes del Puente de las Américas, el Parque Urbano Central (PUC) y el Montículo, donde se evidencian expresiones de cariño entre parejas.

La alemana Rachel Lena encontró en los cables que atraviesan las calles un motivo para crear imágenes artísticas y abstractas. “Para mí, esos cables, según una perspectiva diferente, muestran lo creativo. Quiero que camines con una vista diferente en tu ciudad”, sostiene.

Lourdes Samo hace una crítica que tal vez valga para antes y después de la pandemia, un mal que viene ligado al desarrollo de la sociedad: la basura. En su composición, muestra la acumulación desordenada de los desechos y la pasividad de la gente ante este problema.

“Son amigos de la noche y la madrugada; y sin importar la estación en la que nos encontremos, ellos siempre estarán ahí, brindando sus servicios, transportando cargas que ni un caballo puede llevar y mucha gente no valora sus esfuerzos”. Jhonny Maydana caminó por las vías comerciales para mostrar el trabajo de los k’epiris, las personas que cargan en sus espaldas toda clase de bultos.

Espejos. En Mi mundo paralelo, Andrea Ulloa trabaja con los reflejos para mostrar diferentes perspectivas de la ciudad.

Cables. En Líneas de La Paz, la alemana Rachel Lena crea composiciones artísticas.

Finalmente, Mauricio Aguilar se encargó de captar con su cámara los grafitis en las paredes, acompañados por personas que parecen haberse dejado vencer por la adversidad. Las imágenes son de 2018, pero pueden haber sido registradas meses antes de que llegara el coronavirus, así como pueden volver a repetirse cuando vuelva la “normalidad”. A través de este proyecto, Foto Espacio Bolivia muestra a una La Paz con muchas deficiencias, fuerte arraigo cultural, con leyendas, soledades y grafitis, pero, sobre todo, con un aura que la hace singular.

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Ojos de esperanza

Comprometido con la conservación, Marcelo Arze, experto en turismo sostenible, se concentra en las miradas de ejemplares de la fauna boliviana

/ 10 de junio de 2020 / 05:57

Cuando ves un jaguar en el Parque Nacional Kaa-Iya, caminando tranquilo, libre y sin miedo al ser humano, puedes entender que tenemos un lugar único, sabes que ver a estos animales es una experiencia que pocas veces puedes tener en la vida, y empiezas a apreciar más la naturaleza, empiezas a agradecer por estar haciendo esta labor (de hacer tomar conciencia sobre la importancia de la fauna) y ojalá otra gente se contagiara”. Marcelo Arze García, consultor de turismo sostenible, quiere mostrar —a través de este mosaico de imágenes— un poco de las razones por las que está apasionado por la fauna boliviana, más aún en una fecha como hoy, cuando se recuerda el Día Mundial del Medio Ambiente.

Su pasión se remonta a la infancia, cuando salía con su padre (el oftalmólogo Marcelo Arze Chopitea) a cazar o pescar, aunque con límites, porque solo se permitía atraparlos como alimento. “A pesar de que no sabíamos que este pez es una especie introducida, sembrábamos truchas para después pescarlas. No se trataba solamente de sacarlas sin devolver”, recuerda.

Eran finales de la década de los años 1970, cuando el movimiento ambiental todavía no era tan fuerte. Eran tiempos cuando en Ulla Ulla —que en la actualidad forma parte del Área Natural de Manejo Integrado Apolobamba, en La Paz— habían desaparecido las vicuñas debido a la caza furtiva. “Ahora es impensable pasar por Apolobamba sin ver tropas de vicuñas, y esto sucedió porque empezamos a cuidarlas”, destaca.

Su padre le enseñó que en la naturaleza existen ciclos, que se tienen que respetar las vedas y que se deben conocer los bioindicadores para conocer la alimentación y hábitos de los animales. Tiempo después ambos dejaron de cazar y, al contrario, Marcelo hijo decidió dedicarse a la administración turística, porque “soy un apasionado de la naturaleza, me encanta la fotografía y amo a mi país”.

“22 de mayo, Día Internacional de la Diversidad Biológica y cumpleaños de la persona que a su manera me enseñó a apreciarla, entenderla y respetarla. Un abrazo hasta el infinito, pa’, y hasta que nos reencontremos en alguna aventura. Unos ojos dedicados a tu pasión”. En su muro de Facebook, Marcelo dedicó un post con imágenes de los ojos de los animales que ha fotografiado en este tiempo, como una manera de dedicarlo a su padre y, también, para mostrar las maravillas que resguardan nuestros campos.

“No es un trabajo, es un compromiso y una pasión, es algo que te va envolviendo y te compromete a cada vez más. A medida que más conoces la biodiversidad, realmente aprecias lo que estás viendo, porque no solo es apreciar un paisaje o un animal, es disfrutar, por ejemplo, del vuelo de una águila arpía en el Parque Nacional Madidi (La Paz), porque sabes que se encuentra en un ecosistema bien conservado”, afirma.

La misión ahora de Marcelo es generar un compromiso más fuerte por parte de las personas para cuidar la naturaleza y que nuestros descendientes tengan la posibilidad de disfrutar cada una de las miradas de la biodiversidad boliviana.

Por eso, como experto en turismo sostenible, expone la mirada de una parte de la fauna boliviana, para concienciar de la importancia de la biodiversidad. Como cada una de estas miradas de la fauna boliviana es única: ¿puede el lector identificar al animal que pertenece?

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