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La espera. El dramático éxodo boliviano desde Santiago

/ 13 de mayo de 2020 / 18:54

“Tengo miedo de dormir en la calle, siento pena de mí mismo al estar en esta situación”.

Mario, 21 años, procedente de Potosí, conversa con la grabadora, mientras mantengo la distancia.

Qué difícil es mantener la distancia. Todos los inviernos desde que tengo uso de razón me enfermo. La gente quiere ver lo que uno hace, sienten extrañeza de los distintos ángulos en que tomo las fotos.

Converso con un señor de 65 años aproximadamente. Cada vez converso menos. Está arriba de una manta de cuadros, viste camisa blanca y lleva un pañuelo rojo en el bolsillo delantero. Se muestra amable, me cuenta que nunca esperó encontrarse en una situación así, pero está contento de quedar boca arriba y como único testigo presencial de la torre en la madrugada.

De a poco un grupo que retraté en la primera jornada comienza a inquietarse con mi presencia, me preguntan dónde trabajo, que por qué los observo tanto y por qué no estoy tomando fotos. Algunos piensan que estoy actuando, en mi cabeza pienso “qué locura exponerse al virus, cruzar todo Santiago para ir a hacer una performance afuera del consulado”.

Los jóvenes discuten sobre quién va a cargar primero su teléfono abajo del faro, mientras los adultos observan con dulzura este acto. Visto desde afuera, es una tribu que se encuentra alineada.

“Tengo ganas de olvidar Chile”, me repite una y otra vez Ulises antes de tomar su bolso y perderse por el parque.

Trascender. El dramático éxodo boliviano desde Santiago

Todos estos rostros representan un número, eternas hileras de seres humanos que se desplazan perdiendo su identidad. Físicamente se encuentran inmóviles, están ordenados cronológicamente. Algunos sobreexpuestos, fuera de foco, fuera de tanto. Quemados fotográficamente.

— (Año 2015). Viaje recreacional a Bolivia, me encuentro varado en El Alto, atravesando fuertes lluvias en La Paz. Desinteresadamente una pareja de artistas me recibe en su casa, me quedo hasta que pase el temporal.

— (Año 2017) Decido ir a estudiar la psiquis humana en Perú, mi mejor amigo en esa instancia termina siendo un boliviano.

Etimológicamente, “trascender” significa pasar de un ámbito a otro, atravesando el límite que nos separa.

En algún punto de nuestras vidas nos sentimos abandonados, los más instruidos hablan de carencias en la infancia.

— Según fuentes de un diario local chileno, publicado el domingo 10 de mayo, cerca de 885 compatriotas bolivianos abandonaron el país durante la pandemia.

— Domingo 24 de mayo: He vuelto a buscarlos como tantas veces lo hice en el último mes: no hay carpas, no hay huellas ni rastros de estas personas. La idea de tomar el bus y continuar hacia Iquique se va esfumando con la neblina de aquella noche. Esta vez no hay un cierre, cada disparo se adjunta como archivo en el computador. Espero que puedan trascender como cada línea de mi mano.

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Los otros. El dramático éxodo boliviano desde Santiago

La pandemia la encontró recogiendo manzanas en alguna localidad al sur de Chile.

La fotografía crea un registro de tu paso por la vida. Mi sombra busca cegarla, contenerla. Su madre empuña la mano, los ojos se vuelven testigos y van dejando huellas del dolor transitado. Constantemente se repite la palabra RESIGNACIÓN.

Muchos duermen, otros escriben. Los escucho hablar en mis sueños. Hay una fotografía que tomo y que llama poderosamente mi atención: son al menos seis personas observando la cámara. Para escribir así tengo que fracturar mi relación, inconscientemente cada vez se torna más auto-destructivo.

Aquella fotografía me recuerda a las películas viejas, esas que hablan de hambruna, miseria, de gente que se pasa toda la vida buscando una oportunidad, una que nunca llega. En 45 minutos más entra la mitad de Chile en cuarentena, esa palabra que tantas veces escucho y todavía no entiendo qué es. Tengo frío. La música tapa mis oídos, mi relato se entrelaza con mis vivencias. Algunos se cuestionan, otros se culpan.

Marta, 47 años, departamento de Cochabamba. La pandemia la encontró recogiendo manzanas en alguna localidad al sur de Chile. Hoy, todos los medios internacionales destacan el retorno de las protestas causadas por el hambre.

Yo solo pienso en volver a abrir los ojos y que todo esto se transforme en recuerdo.

Manuel Castillo Jiménez / Especial para La Razón desde Santiago de Chile

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Cerrar la puerta por dentro

El dramático éxodo boliviano desde Santiago.

Cuando pienso en Bolivia inusitadamente aparecen en mi memoria imágenes de Damian Ayma Zepita. Cuando prendí el televisor y vi que había un éxodo masivo de bolivianos/as tratando de volver a su país me pareció de un surrealismo mágico.

Crucé la torre más alta de Sudamérica; el ego fálico de cemento con ventanales que construyó un alemán erradicado en Chile hace más de 50 años. A la orilla de este sector, un grupo de aproximadamente 40 personas yacían en el pasto, cubriendo sus cuerpos con mantas, observando los Andes y esperando una respuesta de una reja de 3 metros, teñida de rojo, amarillo y verde que no abre hace aproximadamente un mes.

Los esfuerzos de coterráneos de ellos afincados en este país, se tornan insuficientes, pero de una humildad y compañerismo que emocionan hasta el más duro de los corazones. Intento que baje mi euforia y trato de hilar una historia, pero la mascarilla empaña mi visión. Pido hora al día siguiente a la parroquia Scalabrini, les cuento que estoy haciendo un reportaje, escucho en el altavoz de un joven que en la noche van a darle albergue y comida en ese lugar.

Solamente puedo estar en la calle hasta las 22.00 producto del toque de queda. Entro en el lugar, de a poco comienzo a conectar con el dolor, a veces creo que estoy en un barco que no deja de moverse, siento náuseas. Quiero ser parte de ellos…

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