Sociedad

martes 28 sep 2021 | Actualizado a 06:21

La UE realiza primer ciclo de webinars sobre becas

Las sesiones serán del martes 8 de septiembre al viernes 9 de octubre y buscan difundir las listas de requisitos, alcances y duración de becas europeas y Erasmus 2021.

/ 5 de septiembre de 2020 / 10:20

El martes 8 de septiembre se inicia el primer ciclo de webinars sobre becas europeas y becas Erasmus 2021, organizado por la Unión Europea en Bolivia, con el objetivo de informar a los estudiantes y profesionales de diferentes áreas las posibilidades de estudios en el exterior.

Son siete las sesiones webinars, empezando el martes 8 y terminando el viernes 9 de octubre. La primera sesión será una introducción al ciclo. La segunda abordará el programa Erasmus+. A partir del 18 de septiembre las reuniones, llevadas a cabo cada viernes, tratarán sobre las becas de un país en específico: España, Alemania, Francia, Suecia e Italia, en ese orden, explica la delegación de la UE en Bolivia en una nota de prensa.

Cada jornada estará a cargo de conocedores de los requisitos y procedimientos de postulación a las becas. Se contará también con la presencia de antiguos becarios para contar su experiencia.

Las sesiones serán difundidas mediante la plataforma Zoom y los accesos serán compartidos por las redes sociales, por el Facebook de la UE en Bolivia (https://www.facebook.com/UEenBolivia/), y por el blog del componente de comunicación y visibilidad (www.uetrabajandojuntos.org), para todos los interesados.

(05/09/2020)

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Futbolistas de izquierda, una rareza

/ 16 de junio de 2021 / 01:38

“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos” (Sócrates de Souza, el Doctor)

Uno: los dictadores no se meten en política y les va bien. Solo mandan a matar y regalan impunidad a las bestias pardas. ¿Por qué los futbolistas deberían hacer política? ¿Por qué (casi) no hay jugadores que levanten el puño? ¿Por qué los players no dicen lo que piensan? Sostiene El Gran Woming en el prólogo del libro de Quique Peinado, Futbolistas de izquierdas que “la mayoría silenciosa de jugadores siempre recurre al resorte de supervivencia que los lleva a camuflarse con el entorno para aprovechar el privilegio de esa opción llamada apolítica. Si uno es apolítico, es de derechas. Si se define de derechas, es de derechas. Si cree que todos los políticos son iguales, es de derechas. Si reniega de la política, es de derechas. Si no es de nada, es de derechas. Como verán ustedes, ser de derechas es fácil, solo hay que dejarse llevar”.

Dos: media docena de jugadores de la selección peruana pidieron el voto para Keiko Fujimori, que hizo toda la campaña —fallida— con la camiseta de la “franja roja” puesta. Los millonarios futbolistas del hermano país “querían un Perú sin comunismo, libre”. Por eso votaron por “la democracia” y perdieron, como lo hacen casi siempre en la cancha. Ellos fueron: Pedro Gallese, Carlos Zambrano, Jeferson Farfán, André Carrillo, Paolo Hurtado, Raúl Ruidíaz, Wilmer Cartagena, Manuel Trauco, Aldo Corzo, Sergio Peña y Luis Advíncula (del Rayo Vallecano). Solo tres de sus cracks: Paolo Guerrero, Yoshimar Yotún y Renato Tapia se callaron en mil idiomas. El presidente electo, Pedro Castillo, de profesión maestro, respondió a lo Maradona: “Por respeto a este país, y por honor a esta patria, quisiera decirles que la blanquirroja no se mancha”.

Los que nos dicen que no hay que mezclar fútbol y política, también callan cuando los jugadores adinerados se alejan/olvidan sus pueblos/orígenes humildes y piden el voto con la camiseta puesta en favor de políticos corruptos y asesinos. Su entrenador, el argentino Ricardo Tigre Gareca, se hizo al loco: “Los jugadores se pueden expresar libremente”. ¡Qué lejos quedó mi tocayo del gran Marcelo Bielsa cuando se negó a saludar a Piñera tras lograr la Copa América para Chile! Cuando la “china” vaya presa, nadie se acordará de ella. Será una Jeanine más. Es más fácil dejarse llevar.

Tres: hace un año el delantero del Real Betis Balompié de Sevilla, Borja Iglesias, se pintó la uñas de negro para solidarizarse con la lucha antirracista en Estados Unidos y el movimiento “Black Lives Matter”. La cascada de insultos homófobos que recibió provocaron una respuesta filosófica de parte del jugador gallego: “Te das cuenta con esto que no estamos bien”. Cuando hace dos semanas, le preguntaron en televisión si había más futbolistas de izquierdas que de derechas, dijo: “El jugador medio tiende a ir hacia una derecha no muy extrema porque valoran mucho el tema económico”. Los jugadores no entienden que se juega, no para ganar sino para que no te olviden. Tienen miedo a la crítica y al paredón de las redes sociales. Es difícil salir del armario, por eso no tenemos jugadores ni rojos, ni maricones. Hay pavor a la estigmatización, a exponerse, a que no te perdonen por tu rebeldía. Los players son vendidos como cromos, como esclavos modernos. Y muchos no se dan cuenta, como decía Sócrates, que “los futbolistas son artistas y por tanto son los únicos trabajadores que tienen más poder que los jefes”.

Cuatro: varios jugadores de equipos de primera en Bolivia —cuyos nombres prefiero olvidar— participaron activamente de la “(contra)revolución de los pititas”. Postearon fotos sonrientes en los bloqueos y por primera vez manifestaron sus simpatías políticas, saliendo de su zona de confort. Otros, sin embargo, sufrieron represalias, agresiones callejeras y amenazas por internet por haber expresado sintonía con el expresidente Evo Morales. Así le pasó a Luis Héctor Cristaldo, argentino naturalizado boliviano e integrante de la selección que clasificó al Mundial Estados Unidos 1994, cuando fue a comprar gaseosa a la caserita de la esquina de su barrio en Santa Cruz. Hace miles de años, los jugadores iban caminando a la cancha, agarraban transporte colectivo y se mezclaban con la hinchada. Era una fiesta popular. Ahora llegan en sus vagonetas con vidrios polarizados y patean en defensa propia contra el “comunismo”. Es una fiesta para unos pocos. ¿Por qué (casi) no hay futbolistas de izquierdas en Bolivia? Por una cuestión de clase. O simplemente por esa manía nuestra de dejarnos llevar, de no tomar partido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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El fútbol no es la vida

/ 2 de junio de 2021 / 02:07

El fútbol/negocio de hoy en día ha sido secuestrado/prostituido por el gran capital. Y solo los hinchas resisten, como Astérix y Obélix, contra los “romanos” del siglo XXI, contra esta deriva imparable. La Copa América, más conocida como “Cepa América”, tiene que jugarse sí o sí, según la patética Conmebol. No importa que ningún país sudamericano esté en condiciones de organizar el torneo, no importa que los contagios y las variantes del virus se extiendan, junto a las muertes, como reguero de pólvora por toda la patria grande. El fútbol moderno ha sido cooptado por bastardos intereses, por personajes ajenos, por países antidemocráticos como las monarquías absolutistas del Golfo Pérsico que usan la pelota para lavar su sucia imagen de vulneración de derechos humanos. Me puedes decir nostálgico, radical y cosas peores pero es necesario recuperar la esencia del deporte más hermoso del mundo, sepultada ahora bajo una montaña gigantesca de petro-dólares/euros. Estas son cinco razones (o más) para aborrecer el fútbol de hoy en día:

Uno: el “show” debe continuar siempre. Se han jugado en las últimas semanas partidos con gases lacrimógenos en la cancha. La represión salvaje del uribista presidente de Colombia, mister Duque, ha provocado decenas de asesinados. Mientras eso acontecía, el fútbol seguía a contracorriente del sentido común. Se han jugado partidos con más de 20 contagiados en un mismo equipo y con un futbolista de campo haciendo de arquero. El presidente de Brasil, acorralado por el enojo popular en las calles, quiere albergar una Copa América con el único fin de levantar en las encuestas. Si hoy se votara en el gigante brasileño, el nuevo mandatario sería Lula da Silva. A falta de dos semanas para el inicio del torneo de selecciones más antiguo del planeta, no sabemos si la Copa se va a celebrar (hay más de 300 millones de dólares en juego) y si arranca, no sabemos si va a poder finalizar.

Dos: el “show” debe dar más plata para los mismos; el proceso de concentración y especulación capitalista no tiene fin. El intento de organizar una Súper Liga cerrada en Europa únicamente con los equipos más adinerados (eliminando la meritocracia) ha sido de momento aparcado. Las marchas, especialmente de las hinchadas inglesas “custodias” de la idiosincrasia popular del fútbol, han detenido esta última idea clasista/demencial. La avaricia de los grandes clubes —en manos de gobiernos/dictaduras (como Qatar, próximo organizador del Mundial gracias a las coimas) o personajes millonarios producto de corrupciones y privatizaciones— está matando el fútbol.

Tres: nos hemos acostumbrado —sin casi protestar— a situaciones surrealistas. No sabemos qué día/hora juegan nuestros equipos. ¿Importamos los y las hinchas? No. La pandemia ha llegado para demostrar que se puede jugar sin público. Si la mafia/rosca pudiese prescindir de los mismísimos futbolistas (trabajadores privilegiados pero trabajadores al fin y al cabo), lo haría sin dudar. Nos hemos habituado a camisetas ensuciadas con docena de publicidades, a camisetas originales que se venden en Europa por 100 euros cada una, a dorsales exóticos con el 99 en la espalda, a botines/peinados/tatuajes estrafalarios, a segundas equipaciones insultantes.

Vemos hinchas apasionados por jugadores (y no equipos), vemos programas deportivos/ televisivos donde casi nunca se habla de fútbol, donde tener al abogado más pendejo es más importante que fichar a un futbolista/técnico diferente que eleve el nivel.

Cuatro: nos hemos olvidado de la pelota. Y nos quieren largar perversamente de las canchas donde estábamos juntos para sentarnos a todos en el sofá, solitos. Ni siquiera nos hace ruido cuando el último fichaje sin sentido besa el escudo de tu club, después de haber pasado por 12 equipos diferentes. En este camino al precipicio, también hemos enterrado el sentido de pertenencia/fidelidad.

Cinco: el fútbol que amamos, que nos enamoró, murió en los años 90 con la llegada de la televisión y la publicidad. Hemos llegado a tolerar que se hable de una final de Copa del Mundo entre Nike y Adidas; hemos aguantado que se mate la identidad, la secreta pócima que nos vuelve locos y locas por nuestros colores porque creemos que los jugadores son uno más de los nuestros. Hemos permitido que al deporte del pueblo lleguen paracaidistas que buscan/ olfatean la plata fácil/rápida. Sabemos que nunca les gustó la pelota. El fútbol no es la vida pero los hinchas la daríamos por recuperar aquella autenticidad/paraíso perdido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Un asesino y una víctima

/ 19 de mayo de 2021 / 01:07

El hombre que habla en la concentración pro-Palestina en la Plaza del Estudiante se llama Aymán. Su apellido es más complicado: Altaramsi. Me costó varios años aprendérmelo y decirlo de corrido. La primera vez que vi llorar al doctor Aymán fue en la radio. Lord Anthony colocó una canción en castellano y árabe titulada Yo quisiera. En el tema de Karla y Samir se habla de lágrimas, venganza y esperanza, “frente a los ojos del olvido”. Venganza por los cientos de niños y niñas asesinados bajo las bombas de Israel; esperanza por el retorno y la paz: sentimientos agridulces en medio de los campos de olivo.

“Volveré a mi casa / cuando volveré yo a mi tierra / donde nací, donde crecí / donde viví mis más preciados momentos. / Yo quisiera caminar libre por la franja de Gaza / yo quisiera ir a rezar a la mezquita de Al Aqsa. / Yo quisiera visitar mi familia y mi hogar / Yo quisiera contemplar las calles de la Tierra Santa”, dice la canción que habla de volver a pisar las avenidas de Al Quds (Jerusalén, en árabe) nuevamente.

El doctor Aymán Altaramsi nació en Gaza y nunca pudo visitar la capital, nunca pudo rezar en la mezquita de la Cúpula Dorada, lugar sagrado para el Islam. Israel prohíbe que los ciudadanos de la franja, el lugar más densamente poblado del mundo (dos millones de personas en apenas 40 kilómetros por diez) viajen a Jerusalén, la ciudad de las tres religiones monoteístas.

Cuando estuve en Palestina en los años 90, me alojé en un modesto hostal de la parte árabe de Jerusalén y sus aromas especiales. Desde el quinto y destartalado piso se veía la magnética cúpula y todas las mañanas, a las cinco de la “matina”, se escuchaba al imán por megáfono llamando a la primera oración del día. A partir de esa hora, uno ya no podía dormir por el calor pegajoso de agosto. Los minibuses que salían desde la Puerta de Damasco hacia Ramallah o Hebrón (Al Halil, en árabe) me harán recuerdo años después a los minibuses bolivianos. Los voceadores, también.

Viajar por tierra por la Cisjordania ocupada era/es una agonía. Los constantes controles del Ejército israelí tienen como única función humillar al palestino en su propia tierra. Las “intifadas” (levantamiento, en árabe) eran y son la única respuesta, el orgullo y la dignidad en forma de piedra. Cuando en Ramallah, cerca de la Mukata de Arafat, me compré una pequeña bandera de Palestina, mi compañero de viaje, un cuate canario que sabía hablar árabe y hebreo, me dijo que estaba loco. Tenía miedo a que me requisaran la bandera en uno de los check pointmilitares. El miedo es la victoria del usurpador, del abusivo, del genocida.

Cualquier persona en el mundo puede visitar Jerusalén y la Tierra Santa menos los palestinos de Gaza. Ellos no pueden, son todos “terroristas”. Cuando el doctor Aymán Altaramsi, licenciado en Medicina en Sucre y cabeza visible de la comunidad musulmana de La Paz, estuvo en el programa Contextos Salvajes de Red Patria Nueva y lloró, el Estado infanticida/terrorista de Israel llevaba ya varias semanas bombardeando la Franja. En total, murieron más de 2.000 civiles palestinos. Dicen que Israel —“el pueblo elegido”— tiene el derecho de defenderse de los misiles caseros de Hamás pero destruyen edificios enteros matando a mujeres y niños inocentes con la excusa de que éstos son usados como escudos humanos para ocultar sedes y armamento de la resistencia. La verdad es la primera víctima.

Lo que vemos cada cierto tiempo en la región geopolíticamente más importante del mundo, no es un conflicto, no es una guerra, no es un enfrentamiento. Es la aplicación de una política sistemática de ocupación de tierras árabes, es el cálculo premeditado para hacer desaparecer al pueblo palestino (la “solución cero”). Es la violación permanente del derecho internacional que ha condenado una y otra vez al sistema de apartheid israelí, al más puro estilo de la Sudáfrica racista. Todo con la aquiescencia de EEUU, monta tanto/tanto monta.

¿Por qué el mundo calla? ¿Por qué los niños de Gaza juegan con los ángeles y las mariposas como escribía el poeta más grande de Palestina? “Cadáveres anónimos / ningún olvido los reúne / ningún recuerdo los separa / olvidados en la hierba invernal / sobre la vía pública / entre dos largos relatos de bravura y sufrimiento. ‘¡Yo soy la víctima!’. ‘No, ¡yo soy la única víctima!’. Ellos nos replicaron: / ‘Una víctima no mata a otra. / Y en esta historia hay un asesino y una víctima’” (del poemario No pidas perdón de Mahmud Darwish).

El hombre que habló en la concentración en la Plaza del Estudiante de ayer martes agradeció la solidaridad de Bolivia hacia el pueblo palestino: ambos sabemos de guerra y robo, ambos todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos.

Ricardo Bajo es periodista y director del periódico mensual Le Monde Diplomatiqueedición Bolivia. Twitter: @RicardoBajo

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Puedes asesinar

/ 5 de mayo de 2021 / 03:04

¿Se puede hacer una película política entretenida sin caer en lo planfletario? Se puede. ¿Se puede retratar una historia de traición sin caer en el maniqueísmo del bueno y el malo? Se puede. ¿Es contradictoria la maternidad y el compromiso social? ¿Dónde quedan las familias de los revolucionarios mientras éstos y éstas intentan cambiar el mundo? ¿Se puede hablar en un filme del pasado para charlar del presente sin resbalar en lo caricaturesco? ¿Puede Estados Unidos autoproclamarse como la mayor democracia del mundo y asesinar/encarcelar sistemáticamente a sus líderes políticos negros/indios/molestosos? Perdón por la pregunta retórica. El-Hajj Malik El-Shabazz, nacido como Malcolm Little y conocido como Malcolm X fue asesinado en 1965 a la edad de 40 años; a Martin Luther King lo balearon en 1968 con 39 años; y a Fred Hampton, vicepresidente del Partido de las Panteras Negras (BPP), lo masacraron con apenas 21 añitos. La sombra del director del FBI,J. Edgar Hoover siempre fue alargada.

A finales del siglo pasado, la Embajada de Estados Unidos en La Paz auspiciaba estrenos de grandes películas. Una de ellas fue Amistad (1997) de Steven Spielberg. La premiere en el cine 16 de Julio llenó las 900 butacas de la sala. La embajadora Donna Hrinak, que fue después vicepresidenta de Boeing y actualmente trabaja para una gran compañía de cruceros, aplaudía aquella feliz historia de esclavos/tíos Tom. ¿Se pueden organizar en los grandes barcos de la Royal Caribbean fiestas de disfraces con ridículos “cowboys” sobre cubiertas? Se puede.

Lo que no pueden hacer ahora los sucesores de doña Donna es montar premieres de películas como Judas y el mesías negro. El filme de Shaba King, alumno aventajado en la Universidad de Nueva York del profesor Spike Lee, retrata el aniquilamiento por parte del FBI de los militantes más significativos de las Panteras Negras, consideradas por el mismísimo Hoover como «la mayor amenaza interna para la seguridad de Estados Unidos».

En una de las secuencias de la “peli”, el director del FBI, interpretado como un personaje siniestro por Martin Sheen, pregunta a su agente Mitchell, encargado de infiltrar a las “panteras”, qué opinaría si su hija pequeña llevase un negro a casa en un futuro. La respuesta nos traslada del pasado al presente: estaría en juego/amenazada la supervivencia de la raza blanca.

En otra escena memorable, el chairman de las Panteras Negras en Chicago, el marxista leninista Fred Hampton, irrumpe en una reunión de racistas blancos con la bandera sudista/ secesionista de fondo, la misma que enarbolaron los asaltantes del Congreso de Estados Unidos, azuzados por Trump. Charla con ellos y comprende la opresión/explotación de los white trash. El Partido de las Panteras Negras —como la Unión Patriótica en Colombia— no fue masacrado porque el FBI temía matrimonios mixtos sino por el mensaje político/interracial que irradiaban en los barrios pobres; por lo peligroso que era en los años 60 y 70 (como ahora) el nacionalismo antiimperialista, los discursos de liberación personal, el feminismo y el antiautoritarismo. Y por las citas frecuentes al Che Guevara y los puños en alto enguantados en cuero negro (como su poder) de los atletas John Carlos y Tommie Smith en el gesto más revolucionario de la historia de los Juegos Olímpicos.

Judas y el mesías negro —una feroz crítica al terrorismo de Estado alejada de un biopic complaciente— ha pasado sin pena ni gloria por los cines bolivianos a pesar del Oscar ganado por Daniel Kaluuya y su potente interpretación del asesinado líder del “Black Power”. Por cierto, ¿por qué la Academia de Hollywood lo postuló a mejor actor secundario cuando su rol era de protagonista? Debe ser otra movida sucia de Hoover desde los infiernos.

Judas y el mesías negro es un intenso thriller a lo Scorsese con montaje electrizante; es un drama histórico para recordar a los faltos de memoria las formas de actuar de las cloacas y el “Estado Profundo” gringo contra los que sueñan/luchan por un mundo mejor, sin tanto odio, sin tanto racismo, sin tanto miedo.

Puedes asesinar a un libertador, pero no puedes matar una liberación. Puedes asesinar a un revolucionario, pero no puedes matar a la revolución. Y puedes asesinar a un luchador por la libertad, pero no puedes asesinar la libertad, Fred Hampton.    

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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Tres dolores para un Oscar

/ 21 de abril de 2021 / 01:13

Los cines lucen desiertos. Los dueños de las multisalas pierden plata cada semana pero mantienen las funciones como una luz de esperanza. Tres grandes películas han llegado a nuestras pantallas oscuras en medio de la clandestinidad y el miedo. Los y las trabajadoras de los cines están más amables que nunca con los pocos que nos animamos. El aire se renueva cada función pero en la sala estamos los de siempre. He visto tres grandes películas con el dolor de leit motiv. En cada función de noche, no había más de cuatro espectadores, todos en una punta diferente, tratando de no estornudar.

Uno, Nomadland (Tierra de nómadas): dicen que Frances Louise McDormand repite personajes y modales. ¿A quién le importa? Yo estoy enamorado de ella desde que la vi en la brillante/primera película de los hermanos Coen, Blood simple (1984). Los personajes en aquella joyita del cine negro —perdedores por naturaleza— no pueden huir. En Nomadland, MacDormand no para de escapar y sabe que todos nos encontraremos (a nosotros mismos) en el camino. La carretera es la verdadera protagonista. Fuera del mundo consumista, también hay vida y redención. El tono documental mezclado con la ficción (el neorrealismo italiano siempre vuelve en época de crisis) nos trae el modus vivendi de miles de personas mayores en Estados Unidos, abandonados a su suerte tras la crisis estructural capitalista de 2008: son los nómadas, es la otra cara del sueño norteamericano. Frances compone su papel más hermético, más asceta, más esperanzador, bajo la dirección de otra mujer, ChloeìZhao que mete la cámara en su furgoneta. En una cartelera repleta de películas para adolescentes, Nomadland nos regala una obra crepuscular sobre la dignidad, sobre los abrazos compartidos en los momentos más difíciles, sobre lo efímero, sobre la belleza de las pequeñas cosas. Caminar o morir es el lema de las autoproclamadas Badland bitches. La redención está en la ruta. El tiempo no duerme el dolor —ante la pérdida de personas y lugares— pero sí lo adormece.

Dos, The father (El padre): dicen que Anthony Hopkins es el más grande actor vivo. Y es cierto. Con sus 83 años, el galés nos ofrece una película dura, desconcertante y compleja sobre el olvido que seremos. Jamás la demencia senil había sido retratada desde la primera persona, desde la vejez del Alzheimer y sus dolorosas consecuencias para el círculo familiar (la actriz Olivia Colman merece también el Oscar a mejor actriz secundaria). Con un envoltorio teatral de salidas y entradas en escena, el director francés Florian Zeller mete su cámara dentro de la cabeza del personaje principal y traslada la confusión a la platea. La vida, caída ya todas las hojas, solo tiene sentido en una vieja manía, en un chiste repetido hasta la saciedad. Vivir y aprovechar el hoy es el lema. El dolor no existe más allá de la muerte.

Tres, Promising Young woman: dicen que la venganza —producto del dolor infinito— es un plato que se sirve frío. Y es verdad. La película dirigida por la inglesa Emerald Fennell nos habla de forma inquietante sobre sexo, consentimiento expreso, violación, trauma y valentía. Y sobre el papel de las víctimas, la culpa y la justificación del agresor. En la tradición de las rape and revenge movies, la protagonista (interpretada genialmente por una inexpresiva/herida Carey Mulligan, en un rol alejado de las típicas “mujeres fatales”) exhibe una fortaleza sin igual que rima siempre con crudeza. Con guiños a Nastassja Kinski en Paris, Texas de Wim Wenders o al Tarantino de Kill Bill, a esta Caperucita Roja no se la va a comer más el lobo. Promising Young woman es una película que refleja/marca una época y Hollywood —al calor del movimiento Me too— la elegirá este domingo como el filme del año. La pregunta inicial de la “peli” sigue dando vueltas en el espectador abandonada la sala oscura: ¿cuántos de nosotros nos aprovecharíamos de una mujer borracha para violarla si nos garantizan impunidad?

Son tres dolores para un Oscar. Un dolor convertido en gran maestro para una mujer libre, en un medio para despertarse ante un mundo en crisis; un dolor —el más cruel— sufrido en silencio por un padre en su ocaso; y un dolor que no puede soportar otra mujer ante el asesinato/violación de su amiga. Decía Dante Alighieri que “quien sabe de dolor, todo lo sabe”. 

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.Twitter: @RicardoBajo

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