Sociedad

lunes 6 dic 2021 | Actualizado a 00:42

Nobel de la Paz para el PMA: No puede haber una paz duradera mientras niños pasen hambre

La representante del Programa Mundial de Alimentos en Bolivia, Ana María Salhuana, habla sobre el Premio Nobel de la Paz otorgado este viernes a la entidad internacional y advierte de los riesgos que trae el COVID-19 para un mundo sin hambre.

Ana María Salhuana, representante del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Bolivia. Foto: PMA

/ 9 de octubre de 2020 / 20:19

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) recibió este viernes el Premio Nobel de La Paz. Entre las 88 agencias distribuidas por el mundo, Bolivia es una de ellas. En una entrevista con La Razón Digital, Ana María Salhuana, representante del PMA en Bolivia, habla sobre el significo de este reconocimiento, las labores de la entidad y sus desafíos. Señala que por la pandemia del COVID-19, se espera que América Latina y el Caribe tenga un aumento de 269% en el número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria severa.

— ¿Cómo reciben, como institución, el Nobel de la Paz otorgado este viernes? Según su opinión, ¿cuáles son los logros que el Nobel tomó en cuenta para la otorgación de este reconocimiento?

Nos sentimos profundamente honrados de que el Premio Nobel de la Paz haya sido otorgado al Programa Mundial de Alimentos. Esto es un reconocimiento al trabajo del personal del Programa que arriesga su vida todos los días para llevar alimentos y asistencia a más de 100 millones de niños, niñas, mujeres y hombres que padecen hambre en todo el mundo. Si bien nos sentimos muy felices, reconocemos que para lograr estos resultados hemos trabajado con un equipo inmenso, el equipo, el liderazgo dentro de la institución y el valioso aporte de organizaciones no gubernamentales y donantes en el mundo.

¿En qué ámbitos trabaja el Programa Mundial de Alimentos en Bolivia?

El Programa Mundial de Alimentos trabaja hace más de 50 años en Bolivia en la primera línea de la crisis y los desastres naturales, salvando vidas en situaciones de emergencias y cambiándolas, creando oportunidades de desarrollo sostenible. Parte de nuestro trabajo es apoyar distribuyendo cupones de efectivo para que las familias puedan realizar compras de alimentos y productos de primera necesidad en comercios locales. También trabajamos realizando investigaciones sobre seguridad alimentaria y nutrición para orientar los esfuerzos del país y la cooperación en las necesidades de las y los bolivianos. Por otro lado, trabajamos en proyectos de nutrición para reducir los altos índices de malnutrición. Actualmente seis de cada 10 personas en el país sufren sobrepeso y obesidad. 

¿Cómo se expresa esta labor en nuestro continente?

Nuestros análisis iniciales nos han dado a entender que actualmente en Latinoamérica hay 44 millones de personas en riesgo, producto de la crisis de la pandemia. Nos preocupa que en un mundo en el que el hambre está creciendo los recursos y esfuerzos no sean suficientes. Nosotros trabajamos en base a donaciones 100% voluntarias, por las cuales estamos infinitamente agradecidos. Sin la cooperación de nuestros valiosos donantes no podríamos haber cambiado tantas vidas. Sin embargo, es urgente seguir trabajando por conseguir recursos económicos y humanos para acabar con el hambre. No podemos quedarnos de brazos cruzados ante esta situación. No puede haber una paz duradera mientras niños pasen hambre. A pesar de este problema, no podemos dejar de reconocer el esfuerzo de nuestro personal técnico que lleva con éxito el trabajo en el campo, mientras que nuestro cuerpo directivo hace todos los esfuerzos necesarios para asegurar la continuidad de nuestro trabajo.

¿Cuáles son los desafíos del tema de alimentos en y después de la pandemia?

Ante la crisis de la emergencia sanitaria del COVID-19, el equipo no ha parado ni un día por llegar a los más vulnerables. Hemos repartido apoyo a miles de personas con diversas vulnerabilidades, enfermedades crónicas, adultos mayores y hogares de niños. A pesar de los enormes desafíos, en los primeros seis meses de 2020, el Programa Mundial de Alimentos pudo continuar con sus operaciones humanitarias y llegar a 85 millones de personas en el mundo.

Mediante la prestación de servicios logísticos comunes a la respuesta humanitaria y sanitaria, el Programa Mundial de Alimentos sirvió de columna vertebral de la respuesta mundial del COVID-19. Ha permitido a otras organizaciones continuar trabajando a través de una red de centros, enlaces aéreos de pasajeros y carga y servicios de evacuación médica que permiten un flujo constante de carga, y trabajadores humanitarios y de salud hacia el frente de la pandemia.

Aunque los conflictos y la inseguridad siguen siendo los principales impulsores del hambre, la dimensión adicional del COVID-19 está exacerbando la capacidad de las comunidades afectadas para hacerle frente. Se espera que América Latina y el Caribe tenga un aumento de 269% en el número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria severa, lo que elevaría el total a 16 millones de personas que no saben de dónde vendrá su próxima comida en los próximos meses, frente a los 4,3 millones en 2019.

Estamos preocupados ante un mundo que avanza en la dirección equivocada: el hambre va en aumento. Es urgente llamar la atención sobre la problemática del hambre y todos sus rostros, no nos olvidemos que la malnutrición es otra cara del mismo problema. Es perentorio ampliar nuestro apoyo en especial ahora que la pandemia a exacerbado las desigualdades y nos ha demostrado que aún no podemos descansar. Como organización seguiremos apoyando a los países que lo requieran hasta obtener el premio más anhelado: un mundo con hambre cero.

(09/10/2020)

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Somos una fotocopia idéntica

/ 17 de noviembre de 2021 / 01:23

En las novelas de Gabriel Mamani Magne (GMM), hay perros y gatos. También hay humor y agudeza, mota y fútbol, fotosíntesis y monolitos. Su estilo narrativo es como un contragolpe: vértigo y remate final con frases como ésta: “Bolivia es un intento fallido de no ser Bolivia”. GMM ha publicado tres novelas: Tan cerca de la luna (Premio Nacional de Literatura Infantil, 2012), Seúl; Sao Paulo (Premio Nacional de Novela, 2019) y El rehén (Dum Dum editora, 2021).

En la obra de Mamani Magne hace frío y calor, se ve porno salvaje en el celular, se escucha K-pop (“a los bolivianos les gusta esa música porque es más fácil parecerse a sus ídolos”) y se leen los tatuajes de los minibuses, esos “haikus” de la parte trasera. Este es el que más me gusta: “Mientras llega el indicado, a disfrutar con el equivocado”. El tema de GMM es el cuerpo; el deseo, los cuerpos deseados.

Los perros son de dos clases: los de “Abajo” (La Paz) y los de El Alto. Nota mental: los perros salvajes de Milluni son otra cosa. Los paceños son tímidos, boca nomás. Los perros alteños son dementes, hasta los personajes de GMM huyen de ellos. Pero todos cuidan el barrio mejor que esos monigotes que cuelgan de los postes. Entre los personajes de GMM y esos perros apenas hay diferencias: ambos van y vienen, ambos buscan desesperadamente sexo y comida, ambos se ponen al sol todos los días de la semana, ambos han sido o serán pateados. Al protagonista de Seúl…, el más chango de la saga de los Pacsi, el suboficial Sucre le dice “la perra más perra de toda la Fuerza Aérea”. El can de El rehén se llama “Pato”. Somos una metafísica popular tras otra, hasta el infinito.

El mundo narrativo de Mamani Magne es violento y prejuicioso, como somos todos (“según Dino, los collas heredamos junto a la piel, la disposición para la borrachera y un radar comerciante”). El estilo es fragmentario y punzante, la pluma es redentora. Y el lector tiene la impresión de que el “gran” libro de Gabriel todavía no ha llegado. Ha publicado este año El rehén que es una obra menor al lado de su novela ganadora. Da la impresión de que su última novela breve ha sido editada para que la promesa de las letras bolivianas fiche por la editorial Dum Dum (de Liliana Colanzi), antes de ser captado/ cooptado por otro club/sello.

En las novelas de GMM los personajes se van de putas, como rito de iniciación machista y se habla de política sin tapujos, sin apenas patrones heredados (“la pandilla indianista de Dino a mí me suena a un club de autoayuda aunque no me importaría fingir que creo en esa biblia llamada La Revolución India siempre y cuando eso haga sonreír a la churca a la que he echado el ojo”). También se venden libros en el piso, ora frente al monoblock de la UMSA, ora en la Ceja. Se baja y se baja. Los temas de Mamani Magne son el padre, la patria y la familia.

En El Alto uno tiene derecho al horizonte, miras y miras y todo es plano, pampa, altiplano. En La Paz uno se siente rodeado, mires donde mires siempre estará el cerro, para bien o para mal; una montaña eterna, cortante/ inquietante, de mil colores/matices. Pareciera que los personajes de GMM no pueden escapar de ella. ¿O no quieren? Acaso la vida no es más que eso: un intento de fuga hacia adelante, una búsqueda de la identidad perdida, de la otredad no deseada. El tema es también la migración (forzosa o no).

Mamani Magne, stronguista y del Corinthians (como el que esto escribe gracias a la garra y al Doctor Sócrates), nos habla de padres invasores, de madres ausentes que manejan “carris”, de miradas de odio/sexo sutil, de pertenencia aymara, de novias que se llaman Vida (la hermana menor de mi primera chica en Bolivia también se llamaba así) y de personajes que quieren tener plata para leer libros y ser escritores (linda ternurita).

En el final de Seúl…, GMM se pregunta sobre la identidad nacional. Y se responde en clave íntima/poética: “somos los cuerpos que hemos acariciado”. También deja un espacio en blanco para la respuesta de lectores y lectoras. Entonces, uno escribe, garabatea apenas. Por ejemplo esto: somos un bucle melancólico, una guerra civil y un arrepentimiento. Somos odio y miedo, un país de “Pimpinela”: somos todos hermanos pero actuamos como si fuésemos todos enemigos irreconciliables en este teatro/ escenario llamado Bolivia. Lo último que apunto antes de cerrar el buen libro es esta frase: somos una fotocopia idéntica.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Futbolistas de izquierda, una rareza

/ 16 de junio de 2021 / 01:38

“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos” (Sócrates de Souza, el Doctor)

Uno: los dictadores no se meten en política y les va bien. Solo mandan a matar y regalan impunidad a las bestias pardas. ¿Por qué los futbolistas deberían hacer política? ¿Por qué (casi) no hay jugadores que levanten el puño? ¿Por qué los players no dicen lo que piensan? Sostiene El Gran Woming en el prólogo del libro de Quique Peinado, Futbolistas de izquierdas que “la mayoría silenciosa de jugadores siempre recurre al resorte de supervivencia que los lleva a camuflarse con el entorno para aprovechar el privilegio de esa opción llamada apolítica. Si uno es apolítico, es de derechas. Si se define de derechas, es de derechas. Si cree que todos los políticos son iguales, es de derechas. Si reniega de la política, es de derechas. Si no es de nada, es de derechas. Como verán ustedes, ser de derechas es fácil, solo hay que dejarse llevar”.

Dos: media docena de jugadores de la selección peruana pidieron el voto para Keiko Fujimori, que hizo toda la campaña —fallida— con la camiseta de la “franja roja” puesta. Los millonarios futbolistas del hermano país “querían un Perú sin comunismo, libre”. Por eso votaron por “la democracia” y perdieron, como lo hacen casi siempre en la cancha. Ellos fueron: Pedro Gallese, Carlos Zambrano, Jeferson Farfán, André Carrillo, Paolo Hurtado, Raúl Ruidíaz, Wilmer Cartagena, Manuel Trauco, Aldo Corzo, Sergio Peña y Luis Advíncula (del Rayo Vallecano). Solo tres de sus cracks: Paolo Guerrero, Yoshimar Yotún y Renato Tapia se callaron en mil idiomas. El presidente electo, Pedro Castillo, de profesión maestro, respondió a lo Maradona: “Por respeto a este país, y por honor a esta patria, quisiera decirles que la blanquirroja no se mancha”.

Los que nos dicen que no hay que mezclar fútbol y política, también callan cuando los jugadores adinerados se alejan/olvidan sus pueblos/orígenes humildes y piden el voto con la camiseta puesta en favor de políticos corruptos y asesinos. Su entrenador, el argentino Ricardo Tigre Gareca, se hizo al loco: “Los jugadores se pueden expresar libremente”. ¡Qué lejos quedó mi tocayo del gran Marcelo Bielsa cuando se negó a saludar a Piñera tras lograr la Copa América para Chile! Cuando la “china” vaya presa, nadie se acordará de ella. Será una Jeanine más. Es más fácil dejarse llevar.

Tres: hace un año el delantero del Real Betis Balompié de Sevilla, Borja Iglesias, se pintó la uñas de negro para solidarizarse con la lucha antirracista en Estados Unidos y el movimiento “Black Lives Matter”. La cascada de insultos homófobos que recibió provocaron una respuesta filosófica de parte del jugador gallego: “Te das cuenta con esto que no estamos bien”. Cuando hace dos semanas, le preguntaron en televisión si había más futbolistas de izquierdas que de derechas, dijo: “El jugador medio tiende a ir hacia una derecha no muy extrema porque valoran mucho el tema económico”. Los jugadores no entienden que se juega, no para ganar sino para que no te olviden. Tienen miedo a la crítica y al paredón de las redes sociales. Es difícil salir del armario, por eso no tenemos jugadores ni rojos, ni maricones. Hay pavor a la estigmatización, a exponerse, a que no te perdonen por tu rebeldía. Los players son vendidos como cromos, como esclavos modernos. Y muchos no se dan cuenta, como decía Sócrates, que “los futbolistas son artistas y por tanto son los únicos trabajadores que tienen más poder que los jefes”.

Cuatro: varios jugadores de equipos de primera en Bolivia —cuyos nombres prefiero olvidar— participaron activamente de la “(contra)revolución de los pititas”. Postearon fotos sonrientes en los bloqueos y por primera vez manifestaron sus simpatías políticas, saliendo de su zona de confort. Otros, sin embargo, sufrieron represalias, agresiones callejeras y amenazas por internet por haber expresado sintonía con el expresidente Evo Morales. Así le pasó a Luis Héctor Cristaldo, argentino naturalizado boliviano e integrante de la selección que clasificó al Mundial Estados Unidos 1994, cuando fue a comprar gaseosa a la caserita de la esquina de su barrio en Santa Cruz. Hace miles de años, los jugadores iban caminando a la cancha, agarraban transporte colectivo y se mezclaban con la hinchada. Era una fiesta popular. Ahora llegan en sus vagonetas con vidrios polarizados y patean en defensa propia contra el “comunismo”. Es una fiesta para unos pocos. ¿Por qué (casi) no hay futbolistas de izquierdas en Bolivia? Por una cuestión de clase. O simplemente por esa manía nuestra de dejarnos llevar, de no tomar partido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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El fútbol no es la vida

/ 2 de junio de 2021 / 02:07

El fútbol/negocio de hoy en día ha sido secuestrado/prostituido por el gran capital. Y solo los hinchas resisten, como Astérix y Obélix, contra los “romanos” del siglo XXI, contra esta deriva imparable. La Copa América, más conocida como “Cepa América”, tiene que jugarse sí o sí, según la patética Conmebol. No importa que ningún país sudamericano esté en condiciones de organizar el torneo, no importa que los contagios y las variantes del virus se extiendan, junto a las muertes, como reguero de pólvora por toda la patria grande. El fútbol moderno ha sido cooptado por bastardos intereses, por personajes ajenos, por países antidemocráticos como las monarquías absolutistas del Golfo Pérsico que usan la pelota para lavar su sucia imagen de vulneración de derechos humanos. Me puedes decir nostálgico, radical y cosas peores pero es necesario recuperar la esencia del deporte más hermoso del mundo, sepultada ahora bajo una montaña gigantesca de petro-dólares/euros. Estas son cinco razones (o más) para aborrecer el fútbol de hoy en día:

Uno: el “show” debe continuar siempre. Se han jugado en las últimas semanas partidos con gases lacrimógenos en la cancha. La represión salvaje del uribista presidente de Colombia, mister Duque, ha provocado decenas de asesinados. Mientras eso acontecía, el fútbol seguía a contracorriente del sentido común. Se han jugado partidos con más de 20 contagiados en un mismo equipo y con un futbolista de campo haciendo de arquero. El presidente de Brasil, acorralado por el enojo popular en las calles, quiere albergar una Copa América con el único fin de levantar en las encuestas. Si hoy se votara en el gigante brasileño, el nuevo mandatario sería Lula da Silva. A falta de dos semanas para el inicio del torneo de selecciones más antiguo del planeta, no sabemos si la Copa se va a celebrar (hay más de 300 millones de dólares en juego) y si arranca, no sabemos si va a poder finalizar.

Dos: el “show” debe dar más plata para los mismos; el proceso de concentración y especulación capitalista no tiene fin. El intento de organizar una Súper Liga cerrada en Europa únicamente con los equipos más adinerados (eliminando la meritocracia) ha sido de momento aparcado. Las marchas, especialmente de las hinchadas inglesas “custodias” de la idiosincrasia popular del fútbol, han detenido esta última idea clasista/demencial. La avaricia de los grandes clubes —en manos de gobiernos/dictaduras (como Qatar, próximo organizador del Mundial gracias a las coimas) o personajes millonarios producto de corrupciones y privatizaciones— está matando el fútbol.

Tres: nos hemos acostumbrado —sin casi protestar— a situaciones surrealistas. No sabemos qué día/hora juegan nuestros equipos. ¿Importamos los y las hinchas? No. La pandemia ha llegado para demostrar que se puede jugar sin público. Si la mafia/rosca pudiese prescindir de los mismísimos futbolistas (trabajadores privilegiados pero trabajadores al fin y al cabo), lo haría sin dudar. Nos hemos habituado a camisetas ensuciadas con docena de publicidades, a camisetas originales que se venden en Europa por 100 euros cada una, a dorsales exóticos con el 99 en la espalda, a botines/peinados/tatuajes estrafalarios, a segundas equipaciones insultantes.

Vemos hinchas apasionados por jugadores (y no equipos), vemos programas deportivos/ televisivos donde casi nunca se habla de fútbol, donde tener al abogado más pendejo es más importante que fichar a un futbolista/técnico diferente que eleve el nivel.

Cuatro: nos hemos olvidado de la pelota. Y nos quieren largar perversamente de las canchas donde estábamos juntos para sentarnos a todos en el sofá, solitos. Ni siquiera nos hace ruido cuando el último fichaje sin sentido besa el escudo de tu club, después de haber pasado por 12 equipos diferentes. En este camino al precipicio, también hemos enterrado el sentido de pertenencia/fidelidad.

Cinco: el fútbol que amamos, que nos enamoró, murió en los años 90 con la llegada de la televisión y la publicidad. Hemos llegado a tolerar que se hable de una final de Copa del Mundo entre Nike y Adidas; hemos aguantado que se mate la identidad, la secreta pócima que nos vuelve locos y locas por nuestros colores porque creemos que los jugadores son uno más de los nuestros. Hemos permitido que al deporte del pueblo lleguen paracaidistas que buscan/ olfatean la plata fácil/rápida. Sabemos que nunca les gustó la pelota. El fútbol no es la vida pero los hinchas la daríamos por recuperar aquella autenticidad/paraíso perdido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Un asesino y una víctima

/ 19 de mayo de 2021 / 01:07

El hombre que habla en la concentración pro-Palestina en la Plaza del Estudiante se llama Aymán. Su apellido es más complicado: Altaramsi. Me costó varios años aprendérmelo y decirlo de corrido. La primera vez que vi llorar al doctor Aymán fue en la radio. Lord Anthony colocó una canción en castellano y árabe titulada Yo quisiera. En el tema de Karla y Samir se habla de lágrimas, venganza y esperanza, “frente a los ojos del olvido”. Venganza por los cientos de niños y niñas asesinados bajo las bombas de Israel; esperanza por el retorno y la paz: sentimientos agridulces en medio de los campos de olivo.

“Volveré a mi casa / cuando volveré yo a mi tierra / donde nací, donde crecí / donde viví mis más preciados momentos. / Yo quisiera caminar libre por la franja de Gaza / yo quisiera ir a rezar a la mezquita de Al Aqsa. / Yo quisiera visitar mi familia y mi hogar / Yo quisiera contemplar las calles de la Tierra Santa”, dice la canción que habla de volver a pisar las avenidas de Al Quds (Jerusalén, en árabe) nuevamente.

El doctor Aymán Altaramsi nació en Gaza y nunca pudo visitar la capital, nunca pudo rezar en la mezquita de la Cúpula Dorada, lugar sagrado para el Islam. Israel prohíbe que los ciudadanos de la franja, el lugar más densamente poblado del mundo (dos millones de personas en apenas 40 kilómetros por diez) viajen a Jerusalén, la ciudad de las tres religiones monoteístas.

Cuando estuve en Palestina en los años 90, me alojé en un modesto hostal de la parte árabe de Jerusalén y sus aromas especiales. Desde el quinto y destartalado piso se veía la magnética cúpula y todas las mañanas, a las cinco de la “matina”, se escuchaba al imán por megáfono llamando a la primera oración del día. A partir de esa hora, uno ya no podía dormir por el calor pegajoso de agosto. Los minibuses que salían desde la Puerta de Damasco hacia Ramallah o Hebrón (Al Halil, en árabe) me harán recuerdo años después a los minibuses bolivianos. Los voceadores, también.

Viajar por tierra por la Cisjordania ocupada era/es una agonía. Los constantes controles del Ejército israelí tienen como única función humillar al palestino en su propia tierra. Las “intifadas” (levantamiento, en árabe) eran y son la única respuesta, el orgullo y la dignidad en forma de piedra. Cuando en Ramallah, cerca de la Mukata de Arafat, me compré una pequeña bandera de Palestina, mi compañero de viaje, un cuate canario que sabía hablar árabe y hebreo, me dijo que estaba loco. Tenía miedo a que me requisaran la bandera en uno de los check pointmilitares. El miedo es la victoria del usurpador, del abusivo, del genocida.

Cualquier persona en el mundo puede visitar Jerusalén y la Tierra Santa menos los palestinos de Gaza. Ellos no pueden, son todos “terroristas”. Cuando el doctor Aymán Altaramsi, licenciado en Medicina en Sucre y cabeza visible de la comunidad musulmana de La Paz, estuvo en el programa Contextos Salvajes de Red Patria Nueva y lloró, el Estado infanticida/terrorista de Israel llevaba ya varias semanas bombardeando la Franja. En total, murieron más de 2.000 civiles palestinos. Dicen que Israel —“el pueblo elegido”— tiene el derecho de defenderse de los misiles caseros de Hamás pero destruyen edificios enteros matando a mujeres y niños inocentes con la excusa de que éstos son usados como escudos humanos para ocultar sedes y armamento de la resistencia. La verdad es la primera víctima.

Lo que vemos cada cierto tiempo en la región geopolíticamente más importante del mundo, no es un conflicto, no es una guerra, no es un enfrentamiento. Es la aplicación de una política sistemática de ocupación de tierras árabes, es el cálculo premeditado para hacer desaparecer al pueblo palestino (la “solución cero”). Es la violación permanente del derecho internacional que ha condenado una y otra vez al sistema de apartheid israelí, al más puro estilo de la Sudáfrica racista. Todo con la aquiescencia de EEUU, monta tanto/tanto monta.

¿Por qué el mundo calla? ¿Por qué los niños de Gaza juegan con los ángeles y las mariposas como escribía el poeta más grande de Palestina? “Cadáveres anónimos / ningún olvido los reúne / ningún recuerdo los separa / olvidados en la hierba invernal / sobre la vía pública / entre dos largos relatos de bravura y sufrimiento. ‘¡Yo soy la víctima!’. ‘No, ¡yo soy la única víctima!’. Ellos nos replicaron: / ‘Una víctima no mata a otra. / Y en esta historia hay un asesino y una víctima’” (del poemario No pidas perdón de Mahmud Darwish).

El hombre que habló en la concentración en la Plaza del Estudiante de ayer martes agradeció la solidaridad de Bolivia hacia el pueblo palestino: ambos sabemos de guerra y robo, ambos todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos.

Ricardo Bajo es periodista y director del periódico mensual Le Monde Diplomatiqueedición Bolivia. Twitter: @RicardoBajo

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Puedes asesinar

/ 5 de mayo de 2021 / 03:04

¿Se puede hacer una película política entretenida sin caer en lo planfletario? Se puede. ¿Se puede retratar una historia de traición sin caer en el maniqueísmo del bueno y el malo? Se puede. ¿Es contradictoria la maternidad y el compromiso social? ¿Dónde quedan las familias de los revolucionarios mientras éstos y éstas intentan cambiar el mundo? ¿Se puede hablar en un filme del pasado para charlar del presente sin resbalar en lo caricaturesco? ¿Puede Estados Unidos autoproclamarse como la mayor democracia del mundo y asesinar/encarcelar sistemáticamente a sus líderes políticos negros/indios/molestosos? Perdón por la pregunta retórica. El-Hajj Malik El-Shabazz, nacido como Malcolm Little y conocido como Malcolm X fue asesinado en 1965 a la edad de 40 años; a Martin Luther King lo balearon en 1968 con 39 años; y a Fred Hampton, vicepresidente del Partido de las Panteras Negras (BPP), lo masacraron con apenas 21 añitos. La sombra del director del FBI,J. Edgar Hoover siempre fue alargada.

A finales del siglo pasado, la Embajada de Estados Unidos en La Paz auspiciaba estrenos de grandes películas. Una de ellas fue Amistad (1997) de Steven Spielberg. La premiere en el cine 16 de Julio llenó las 900 butacas de la sala. La embajadora Donna Hrinak, que fue después vicepresidenta de Boeing y actualmente trabaja para una gran compañía de cruceros, aplaudía aquella feliz historia de esclavos/tíos Tom. ¿Se pueden organizar en los grandes barcos de la Royal Caribbean fiestas de disfraces con ridículos “cowboys” sobre cubiertas? Se puede.

Lo que no pueden hacer ahora los sucesores de doña Donna es montar premieres de películas como Judas y el mesías negro. El filme de Shaba King, alumno aventajado en la Universidad de Nueva York del profesor Spike Lee, retrata el aniquilamiento por parte del FBI de los militantes más significativos de las Panteras Negras, consideradas por el mismísimo Hoover como «la mayor amenaza interna para la seguridad de Estados Unidos».

En una de las secuencias de la “peli”, el director del FBI, interpretado como un personaje siniestro por Martin Sheen, pregunta a su agente Mitchell, encargado de infiltrar a las “panteras”, qué opinaría si su hija pequeña llevase un negro a casa en un futuro. La respuesta nos traslada del pasado al presente: estaría en juego/amenazada la supervivencia de la raza blanca.

En otra escena memorable, el chairman de las Panteras Negras en Chicago, el marxista leninista Fred Hampton, irrumpe en una reunión de racistas blancos con la bandera sudista/ secesionista de fondo, la misma que enarbolaron los asaltantes del Congreso de Estados Unidos, azuzados por Trump. Charla con ellos y comprende la opresión/explotación de los white trash. El Partido de las Panteras Negras —como la Unión Patriótica en Colombia— no fue masacrado porque el FBI temía matrimonios mixtos sino por el mensaje político/interracial que irradiaban en los barrios pobres; por lo peligroso que era en los años 60 y 70 (como ahora) el nacionalismo antiimperialista, los discursos de liberación personal, el feminismo y el antiautoritarismo. Y por las citas frecuentes al Che Guevara y los puños en alto enguantados en cuero negro (como su poder) de los atletas John Carlos y Tommie Smith en el gesto más revolucionario de la historia de los Juegos Olímpicos.

Judas y el mesías negro —una feroz crítica al terrorismo de Estado alejada de un biopic complaciente— ha pasado sin pena ni gloria por los cines bolivianos a pesar del Oscar ganado por Daniel Kaluuya y su potente interpretación del asesinado líder del “Black Power”. Por cierto, ¿por qué la Academia de Hollywood lo postuló a mejor actor secundario cuando su rol era de protagonista? Debe ser otra movida sucia de Hoover desde los infiernos.

Judas y el mesías negro es un intenso thriller a lo Scorsese con montaje electrizante; es un drama histórico para recordar a los faltos de memoria las formas de actuar de las cloacas y el “Estado Profundo” gringo contra los que sueñan/luchan por un mundo mejor, sin tanto odio, sin tanto racismo, sin tanto miedo.

Puedes asesinar a un libertador, pero no puedes matar una liberación. Puedes asesinar a un revolucionario, pero no puedes matar a la revolución. Y puedes asesinar a un luchador por la libertad, pero no puedes asesinar la libertad, Fred Hampton.    

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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