Animal Político

Pragmáticos o programáticos

Reflexión sobre la distancia entre la acción pragmática y programática.

La Razón (Edición Impresa) / Franklin Pareja es politólogo

00:00 / 11 de diciembre de 2019

Nuevamente estamos inmersos en un momento electoral, cuyo escaso horizonte de tiempo genera presión en las instituciones organizativas y negociación intensa en los eventuales competidores. Los esfuerzos están enfocados en llegar al poder en las mejores condiciones posibles; sin embargo, la vivencia de momentos de alta tensión al grado de la convulsión social no son novedosos, puesto que, revisando la historia, constatamos que la circulación de élites en nuestro país no se han dado generalmente de forma natural y menos con estándares razonables de institucionalidad. Claramente el autoritarismo, la confrontación y la fragmentación son rasgos comunes en el pensamiento y praxis política de nuestro país, al grado de envilecerse y repetir cíclicamente los mismos errores. La imposibilidad de rotar el poder en el marco de procesos estables hizo evidente la decadencia del sistema político, particularmente del último periodo gubernamental (MAS), que sumado al abyecto fraude electoral, fueron elementos más que suficientes para colmar la paciencia ciudadana, la cual se movilizó espontáneamente, rebasando completamente a los actores políticos sistémicos y propiciando de forma inédita la mayor protesta social, con momentos turbulentos de gran aciago y zozobra, hasta lograr derrotar al hombre convertido en un pseudo “mito teocrático”.

En consecuencia, habremos aprendido algunas lecciones, será que las “imposturas políticas” lograron calar en el imaginario popular, creando una pedagogía política, para tornar al electorado más desconfiado y exigente, o es que una narrativa simple, pero con retórica grandilocuente cargada de audacia, que apelando a la sensibilidad y poniendo en escena una construcción iconográfica religiosa, podría ser la fórmula para encandilar y seducir a la población, ante un vacío de expectativas, frustración colectiva e indignación acumulada. Todo esto, sumado a un escenario carente de un “sistema de partidos políticos” debidamente estructurado, reflejan una debilidad crónica de la política boliviana, incapaz de ofrecer alternativas, en momentos donde son imprescindibles. Las conformaciones políticas, otrora partidos, simplemente conservan sus siglas en estado catatónico, esperando algún momento electoral para relevar su existencia de manera pretenciosa, arguyendo sus glorias del pasado, en la perspectiva de hacer coincidir sus intereses particulares (no orgánicos) con algunas figuras que por diversas circunstancias atraviesan por un momento de alta exposición y elevado perfil, pero carentes de estructura, convirtiendo las negociaciones en superficiales “tratos políticos”, más que en alianzas propiamente.

En este contexto y, ante la ausencia de estructuras políticas vigorosas, irrumpen en la palestra nuevos actores, que de la mano principalmente de representantes cívicos (Camacho-Pumari) hábilmente capitalizaron la movilización ciudadana con una línea discursiva eficaz contra el masismo/evismo, apuntando en principio a instalar un movimiento desideologizado, antagónico a la ortodoxia partidaria, desestimándola por su desprestigio y, por ende, adquiriendo una gran popularidad y adhesión personal, dado que la ciudadanía necesitaba canalizar su insatisfacción en figuras tangibles. Aparecieron en el timing perfecto y, contrariamente a sus afirmaciones iniciales durante la lucha y resistencia democrática, taxativamente dijeron que no incursionarían en la política, ahora son “cuasi” candidatos, decisión legítima, considerando que tienen todo el derecho a cambiar de opinión; no obstante, lo contradictorio es que en los momento clave, Camacho principalmente, expresaban su rechazo a las figuras políticas, como deseando separar las aguas entre cívicos y políticos para representar una opción renovada, no solamente generacional, sino política, en contraste a la partidocracia tradicional. Ahora, sorprenden sus alianzas con los casi extintos partidos sistémicos, conformando así más una colección de siglas que una base social con real densidad, evocando el pasado y renunciando a sus principales atributos de renovación. 

Qué se puede esperar de simples tratos políticos, cuyo oportunismo pragmático y cortoplacista se antepone a la gestación de verdaderos acuerdos con bases fundamentales de naturaleza programática. Si bien es cierto que el momento histórico reclama aparentemente un proyecto de unidad, la fragmentación parece emerger nuevamente y no significa necesariamente que las estrategias y movimientos tácticos que realizan sean la garantía de un proyecto viable políticamente y sostenible en el tiempo. Da la sensación de que el carácter pragmático de las construcciones políticas sin una clara definición ideológica podrían resultar en simples “aventuras” de sumas y restas peligrosas, que fácilmente generarían en el mediano plazo una nostalgia por el pasado inmediato, reavivando y promoviendo el retorno de las fuerzas aparentemente derrotadas, pero en su peor versión. Hay tiempo aún para pensar primero en el país; tienen la palabra los “políticos”.

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