Animal Político

Sandra Aliaga, una imprescindible

Sandra hizo mucho por Bolivia, y somos multitud quienes podemos dar fe de ello.

La Razón (Edición Impresa) / Claudio Rossell Arce es periodista y docente universitario

00:00 / 11 de diciembre de 2019

Ha muerto hace una semana Sandra Aliaga Bruch, una comunicadora y periodista que nunca pasó desapercibida, que dejó profunda huella y, probablemente, que no dejaba indiferente a quien tuviese el privilegio de conocerla, incluso si el resultado fuese desagrado con su libertad, su honestidad, su sinceridad. En tiempos cuando la “recuperación de la democracia” ha traído al país más sombras e incertidumbre que las que ya había, vale la pena recordar el legado de esta extraordinaria mujer.

Es probable que sus primeros destellos como profesional de la comunicación se encuentren en los medios masivos: radio e impresos. Su tesis de grado en la Universidad Católica Boliviana desarrolló un modelo de lectura crítica de los diarios La Razón y La Calle a inicios de la década de 1940, de ahí en más no solo produjo contenidos como periodista, sino sobre todo pensamiento crítico, que siempre fue característica de su participación en cuanto espacio público le tocó desempeñarse.

Siendo todavía muy joven le tocó hacerse cargo de la comunicación gubernamental durante el gobierno de Hernán Siles, cuando el país retornaba a la democracia después de la larga sucesión de golpes de Estado militares que lo afectaron entre 1964 y 1982. No ha de haber sido fácil lidiar con tanta personalidad autoritaria que todavía rondaba los pasillos del poder ni con las y los periodistas que tenían que reaprender las claves del oficio después de tantos años de mordaza, impuesta y a menudo aceptada.

Volvió a hacerlo entre 2003 y 2005, cuando acompañó al efímero gobierno de Carlos Mesa como Directora Nacional de Comunicación y tuvo la posibilidad de demostrar que la información apropiada y oportuna puede producir efectos tanto o más beneficiosos que la más articulada propaganda; la campaña diseñada e implementada con miras al referéndum sobre el gas es la más elocuente prueba de ello.

La década de 1980 la vio desarrollarse más allá de los medios de comunicación. Había mucho qué hacer y el oficio periodístico no podía serlo todo. Sus militancias en la izquierda y en el feminismo establecieron un camino que nunca abandonó: igualdad, justicia social, derechos para todos, especialmente para las mujeres, fueron propósitos que marcaron todos y cada uno de sus actos. Iluminada por maestros como Luis Ramiro Beltrán aprendió pronto que no basta con estrategias y proyectos más o menos exitosos si se carece de políticas que solidifiquen lo logrado y lo hagan durar en el tiempo; su trabajo dentro y fuera de Bolivia tuvo un gran efecto en ese sentido.

Así, se involucró con instituciones como el Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, el Centro de Información y Documentación de la Mujer, la Coordinadora de la Mujer, CIES Salud Sexual y Reproductiva, Marie Stopes International y muchas otras, nacionales e internacionales con presencia en Bolivia, para aportar con soluciones reales a los problemas que afrontan cotidianamente las mujeres víctimas de un sistema patriarcal que las quiere sumisas, deseantes, entregadas y nunca libres, sino sometidas a las reglas de la familia “tradicional”, de la maternidad, del silencio de quien se sabe subalterno.

Por eso no callaba. Hoy, cuando vemos interminables manifestaciones que buscan explicar por qué hay censura y autocensura, es imposible no recordar a esta mujer que hablaba fuerte y claro, que no tenía problema alguno en decir las verdades incómodas que muchas y muchos hubiesen preferido no escuchar: sobre la democracia, sobre el poder, los abusos grandes y pequeños que se ejecutan contra quienes son o parecen más débiles, la inaceptable dominación patriarcal; en fin, sobre todo aquello que incomoda profundamente a las personas de buena voluntad, pero que raramente inspira protesta y movilización.

Por eso investigó y escribió sobre temas tan incómodos como el aborto y el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y su reproducción; sobre el embarazo adolescente, que es más un castigo sobre las mujeres que una bendición, como algunos quisieran hacernos creer; sobre la necesidad de brindar educación a chicos y chicas para que sepan qué hacer y qué no hacer sin importar la furia de padres, madres y maestros obsesionados con el control producido a través de la ignorancia y el miedo.

Es obvio que Sandra no es la única que exhibe semejante personalidad; junto con ella hay muchos y muchas dispuestas a seguir el mismo camino, sin necesidad de echar pintura en los monumentos o hacer grandes alardes de valentía ante cámaras y micrófonos, sino con trabajo constante, que no es desinteresado ni neutral: el interés está en mejorar las condiciones de vida de las y los demás, y la inclinación es hacia quienes más necesitan de apoyo, orientación y estímulo.

Sandra nos demostró que era posible vivir una vida plena y feliz sin renunciar a esos valores que tanto se admiran en los demás, pero no siempre se practican en la vida cotidiana. Toda su familia y cientos de amigos y amigas pueden dar elocuente testimonio de que ella siempre tenía un consejo sabio y un abrazo cariñoso para quien lo necesitara.

Escribió Milan Kundera en una de sus más hermosas novelas que la inmortalidad no le está negada a los seres humanos, pues si bien todas y todos tenemos un cuerpo finito, también tenemos la oportunidad de hacer algo trascendente durante nuestra estadía en esta Tierra; la inmortalidad, pues, se produce gracias al legado que se deja al morir, a la obra que queda para el beneficio y disfrute de quienes se quedan o llegan. Sandra Aliaga hizo mucho por Bolivia, y somos multitud quienes podemos dar fe de ello. Sandra Luchó por sus ideales y convicciones toda la vida, por eso era, es, imprescindible. La echaremos de menos.

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