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El año aciago de 1816

Fragmento de la novela ‘La sombra del Tambor’ publicada por editorial El País

Yungas. Chulumani en los Yungas paceños hacia 1830, según un grabado de Alcide D’Orbigny. La zona fue uno de los escenarios de la guerrilla del Tambor Vargas.

/ 17 de junio de 2012 / 04:00

No me anima otro propósito que el de honrar la memoria de mi comandante Eusebio Lira y de la gloriosa División de los Valles. Con Lira comenzó para mí esta historia y con su muerte y la mía debió haber acabado; pero me esperaba el aciago destino de sobrevivirle muchos años. ¿Para qué?, me digo: para contarlo.

Los hechos se dieron a fines de 1815, pero las consecuencias se prolongaron todo 1816 y determinaron la muerte de Lira, de quien fui su tambor fiel.

Yo diría que todo comenzó el 1º de noviembre, cuando levantamos campo en Inquisivi para aproximarnos a Irupana. Hablo de la gloriosa División de los Valles, en la cual Lira era uno de los jefes y el coronel José Miguel Lanza el comandante supremo. Este Lanza tendría un propósito secreto, una idea que quizás acariciaba desde hacía tiempo, porque era oriundo de esa doctrina; y no se daba la oportunidad hasta que sobrevino la derrota del general Rondeau en la batalla de Sipe Sipe, donde Lanza salvó el pellejo para internarse en los valles. Todavía no lo sabíamos, pero esa derrota marcaría el fin de las expediciones auxiliares del ejército de Belgrano a estos pagos, desguarnecidos desde entonces de todo apoyo que no fuera nuestro esfuerzo y la participación constante de los indios.

Irupana era una plaza muy bien resguardada por la cantidad de hacendados realistas que cultivaban y vendían coca; los Lanza eran de ese linaje. ¿Cómo podía conmover a la Patria para que se arriesgara a tomar una plaza tan bien defendida? Lanza consideraría a Eusebio Lira más próximo al conjunto de la tropa porque le ofreció saqueo libre si lográbamos tomar ese pueblo que le había costado cientos de muertos a la Patria desde los tiempos de Murillo, en 1809, por el encono con el que su población abrazaba el partido del Rey.

Era un desafío mayor, porque el clima benigno y la abundancia de recursos convertían a Irupana en una especie de cuartel general de las fuerzas del Rey. Lira debió sopesar la magnitud del desafío, y quizá sintió temor, pero acabaría por convencerse pensando en el saqueo. No era hombre codicioso ni velaba por tener fortuna, pero amaba a su tropa y seguramente anticipaba nuestros rostros de regocijo ante el tamaño del botín.

El 11 de noviembre, Lanza mandó un emisario al comandante realista Esteban Cárdenas para que entregase el pueblo y toda su tropa a la Patria. Le recordó su origen americano y lo mal que hacía en enfrentarse a sus paisanos. El emisario se descolgó al pueblo como a las cuatro de la mañana, desde Cañamina, donde habíamos avanzado a la tropa, pero Cárdenas lo puso en prisión y apostó sus hombres en el camino de acceso  a Irupana: una compañía en Esquicani, otra por el rumbo de la hacienda de la Vega y 200 hombres en las puertas de la hacienda, donde cavaron trincheras y levantaron una palizada de troncos.

Lanza y Lira trazaron el plan de batalla: Lira se internaría al monte para ganar la retaguardia del enemigo y Lanza atacaría de frente. A las 5 de la mañana del 17 de noviembre se produjo la acción de armas. Lanza ordenó que el capitán Mariano Santiestevan y sus cazadores a caballo cruzaran el río y ganaran el ala derecha del enemigo. En total eran unos 150 entre infantes y caballería cívica y otro tanto de indios. El ala izquierda debía ser tomada por el alférez de caballería, Andrés Rodríguez, y el capitán de indios, Miguel Mamani, con 60 hombres cada uno, 20 con armas de fuego. Las fuerzas realistas advirtieron la maniobra, tocaron diana y salieron de sus trincheras con tal denuedo que obligaron a nuestros cazadores a volver a cruzar el río; pero Lanza tenía sus fuerzas intactas y sólo esperaba la aparición de Lira por la retaguardia, pues en realidad los cazadores cumplían una maniobra distractiva. Como que entre 7 y 8 de la mañana aparecieron los hombres de Lira y dispararon un tiro de seña. Los realistas creyeron que eran sus refuerzos enviados de Irupana o desde la hacienda de la Vega, pero se desengañaron porque el ataque de Lira fue letal. Fiero fue el ataque de Lira, con enorme sacrificio para llegar a las goteras de Irupana, luchando casa por casa, cuerpo a cuerpo; y a mediodía el combate no acababa de resolverse, pero Lira ordenó de pronto que dejáramos de disparar, y entonces, en medio de la densa humareda, sentimos que el enemigo había abandonado la plaza y subía por la loma en busca de un refugio donde volver a reunirse. Qué había ocurrido, que el comandante realista salió de Irupana en busca de sus hombres apostados en la hacienda de la Vega y los encontró en desbande. Quiso darles el alto pidiendo reunión pero no pudo hacer nada y tuvo que retirarse cuesta arriba, ya sin mula y corriendo monte adentro.

De la Patria murieron 3 y cayeron 7 heridos; el enemigo tuvo 9 muertos y 8 heridos, entre ellos un viejo que era suegro de un oficial nuestro, como que las familias daban carne de cañón a los dos bandos. Se ganó 130 bocas de fuego y tomamos Irupana; pero entonces el Párroco sacó al Señor en procesión resguardado por un palio. Lanza y Lira enviaron al subteniente Pedro Graneros con 6 jinetes a pedirle con el mayor respeto al cura que no hiciera semejantes aparatos, como que volvió a refugiarse con todo y procesión en su iglesia.

Era ya más del mediodía cuando ocupamos Irupana. La costumbre era perseguir al enemigo y rematarlo, pero la Patria quería cobrarse el precio de la toma del pueblo, y entonces Lira, sudoroso y con la cara tiznada, según lo recuerdo, alzó su sable y ya estaba a punto de ordenarme que tocara a saqueo, cuando se oyó la voz chillona de Lanza, que sonaba urgente.

—¡Lira! —gritó—. ¡Venga inmediatamente!

Lira lo miró con estupor y se enfrentó a Lanza; éste parecía que lanzaba llamas por los ojos.

—¡Queda terminantemente prohibido el saqueo! ¿Me escucha bien? ¡Y cualquier forma de vejación a la gente de Irupana!

Una vergüenza delante de todo el mundo lo desautorizó y prohibió el saqueo bajo pena de fusilamiento. Nunca vi mayor sorpresa ni confusión en el rostro de Lira, que se congestionó al borde de la apoplejía. Conociéndolo como lo conocía, temí en algún momento por la vida de Lanza, pues por una provocación infinitamente menor, Lira era capaz de degollar a sus ofensores. Pero no entiendo cómo se contuvo, dio media vuelta, buscó su cabalgadura y se fue de Irupana morado de bochorno pero en el más completo silencio.

Yo lo seguí, naturalmente, y lo escolté velando su furioso andar, hasta que en una encrucijada del camino volvió su cabalgadura y pronunció la orden como un chasquido de fusil.

—¡No me sigas! —me gritó, y allí me quedé, mirando cómo se alejaba para vadear la quebrada y cómo subía a la cumbre de Sihuas y luego a la de Calahaliri, donde solía descansar.

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¡Ánimo, querido Coco Manto!

El periodista Jorge Mansilla está delicado de salud y es a través de las letras que un buen amigo le envía energías.

Jorge Mansilla 'Coco Manto'

/ 3 de abril de 2019 / 04:00

Se me hizo costumbre ir algunos sábados muy temprano a desayunar con Jorge Mansilla ahora que lo tenía en Cochabamba, y saborear los frijoles, el huevo frito, las tortillas y el buen café que honran la comida mexicana y salían de manos de Martita, la esposa de Coco. Nos embarcábamos en sabrosa plática junto a su hijo Pablo, plática de nunca acabar. Otras veces lo veía a Coco en el café del Prado, atribulado por un disco que se llama Clamor por la vuelta al mar. Doce oleadas sonoras del amartelo boliviano, con textos de él y música de Marco Lavayén, Rolando Malpartida y Julio Alberto Mercado, con el afán infatigable de Gastón Núñez, periodista.

Financiar el disco lo preocupaba demasiado; viajaba a La Paz y así pudo no solo grabarlo sino entregarlo en la Casa Grande del Pueblo días antes del fallo de La Haya.

Coco se había jubilado (por fin) tras 25 años de trabajar en el diario Excélsior, de México, y gozaba del clima templado de mi tierra. Tiene tres marcapasos, dos no quieren funcionar, pero un buen día se internó en la Clínica Belga en terapia intensiva porque había sufrido al parecer dos derrames cerebrales. La cuenta supera los 20.000 dólares y estamos haciendo esfuerzos por contribuir a sus atribulados hijos Mariel y Pablo y a su esposa Martita, que afrontaron el desafío. Coco tiene un pequeño departamento, pero no es hombre de ahorros. Como nació seguramente se irá al Más Alá, pero ese apuro y fanatismo por el trabajo y por quienes trabajan no lo abandonarán nunca. Debía gozar de una jubilación apacible, pero eso es negar la naturaleza de un hombre a quien le dediqué un verso de Neruda acomodado al personaje: Nosotros, los de entonces, siempre fuimos los mismos. Porque Coco nació en un distrito minero, afinó la voz en una emisora minera, fundó Cascabel del Humor Político junto a Pepe Luque, trabajó en el Semanario Aquí, fue exiliado dos veces y fue responsable de noticias del exterior en el Excélsior; pero nunca abandonó la poesía, asistió a varios talleres y, al cabo, mereció el Premio Nacional mexicano de poesía.

Conocer a Coco es una invitación a leer una frase de Thomas Mann: “Existen extraños lugares, así como existen extraños cerebros, extrañas regiones del espíritu, lugares elevados y miserables”. Vi hace poco una elegía al pueblo donde Coco nació y uno no se explica cómo este sitio abandonado de una extraña región pudo parir un extraño cerebro que se hizo conocer en México, país al cual también dedicó unas estampas en verso memorables. Coco era de familia sucrense; su hermano mayor vivía en un barrio minero de la Laguna Alalay donde lo alojó. Tuvo la pésima idea de morirse y de dejarle un dolor profundo, porque Coco decía que él lo había cuidado desde pequeño. Pero Coco se reveló tal cual en México, más que un país un planeta que se anticipa a lo que ocurre en Bolivia pero permite apreciarnos con una lupa de 120 millones de habitantes.

En su largo exilio, el departamento de Coco en El Altillo, un populoso condominio mexicano, era sitio de referencia y reunión para el poblado exilio latinoamericano. Muchos personajes latinos y bolivianos pasaron o se reunieron por allí. La casa de Coco siempre fue más que la Embajada boliviana, porque era hogar de gente valiosa e inteligente, que gozaba de ese humor exquisito y ese constante y cotidiano juego de palabras que arrancaba risas y sonrisas de sus contertulios. Entre ellos, un partenaire ideal para Coco fue Ricardo Pérez Alcalá y con él se enfrascaba en un diálogo sabroso y chispeante, en el cual no se sabía quién era autor de qué genialidad. Eso me pasó con el título de uno de mis libros: Todos los cominos conducen aroma, que atribuí a Ricardo pero al parecer era de Coco. A ellos no les importaba y no se iban a pelear por la autoría.

Coco soportó la muerte de su joven hija y tenía sus cenizas en su departamento; pero le aconsejaron que la enterrara, porque eso lo iba a llenar de tristeza. Raro hablar de ese sentimiento en alguien tan dotado de ingenio y buen humor, pero en el fondo Coco siempre tuvo un poso de tristeza, que le provocaba solidaridad con los necesitados. Se burlaba de las letras tremendas que deprimen a los trabajadores bolivianos y cantaba riendo: “Han matado a mi padre, por qué será”, y gritaba: “Alegría, alegría”. Me hacía recuerdo a Luis Gutiérrez, a quien lo sorprendí una vez tomando sol, le pregunté qué hacía y me contestó: “Aquí endulzando la oca”, frase digna de Coco.

Coco se enfermó y una nube gris se posó en su casita, él que siempre fue el sol de su familia y de sus amigos. Coco era un maquinador de palabras. Nada lo definía mejor que esos versos de Octavio Paz: Dales la vuelta, cógelas del rabo, (chillen, putas), que se refería a las palabras. Cada día nos sorprendía con un juego que alimentaba sus numerosos aforismos que publicó en su libro Mantología y también en Breverías. Mucho nos alegramos de que fuera nombrado Embajador en México, pero eran días aciagos y el gobierno quiso congelarlo; sin embargo, el PRD había ganado el Departamento del Distrito Federal (DDF), que es como la alcaldía de esa gran ciudad, y a ella se aferró Coco para hacer su labor diplomática. Varios años no descansó en cumplir su labor. En todo momento se lo vio infatigable, pese al congelamiento del gobierno mexicano. Por eso el presidente Evo, que lo nombró Embajador, fue el primero en lamentar en Twitter el estado de salud de Coco.

No recibe visitas ya más de un mes y hay que entenderlo. Entenderlo, alentarlo y esperar que recobre su condición de sol y luz de su hogar y de sus amigos. Coco tiene una hermosa familia que se caracteriza por la devoción y la solidaridad que le tienen y tratamos de compartir los numerosos amigos que lo rodeamos.

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