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‘Me niego a entrar en el coro’

/ 17 de junio de 2012 / 06:22

Para Óscar Cerruto, la poesía era la voz disidente del coro unánime del servilismo al poder. “Me niego a entrar en el coro” — escribió en su poema “Cuya boca ardía”— “a corear / al perpetrador con sombrero / de probidad. / El abogado de la carcoma / el que dicta las
normas / y sacude en la plaza / el árbol del usufructo”.

De padre boliviano y madre inglesa, Óscar Cerruto nació en La Paz hace cien años, el 13 de junio de 1912. El centenario del natalicio de uno de los más grandes escritores bolivianos e hispanoamericanos del siglo XX transcurre, sin embargo, en silencio. Un silencio que acaso no le hubiese extrañado al autor de Cántico traspasado. Ese silencio es el precio de una palabra fila como un guijarro que supo como pocas rasgar las máscaras del poder y de sus oficiosos oficiantes.

La obra de Óscar Cerruto es breve. Escribió una novela, un libro de cuentos y recogió su poesía en un solo volumen. Breve pero suficiente.
Cada uno de esos libros ocupa un lugar definitivo en la literatura boliviana.

NOVELA. Tenía sólo 22 años cuando escribió Aluvión de fuego. Era, entonces, pese a su juventud, de cónsul de Bolivia en Arica, en plena Guerra del Chaco. Se publicó en Santiago de Chile en 1935, apenas terminó el conflicto bélico, con un entusiasta prólogo de Luis Alberto Sánchez. La aparición de esta obra —ambiciosa en su contenido y adelantada en sus técnicas y escritura— le dio un giro a la literatura boliviana.

Después de Aluvión de fuego las cosas ya no serían las mismas. Así ingresó el joven Óscar Cerruto en la arena de las letras nacionales. Aluvión de fuego fue su primer libro, pero para entonces él ya era un experimentado escritor: desde sus 14 años había frecuentado con poemas y artículos los periódicos paceños; pero no sólo eso, también había agitado sus ideas desde las páginas de la publicación socialista Bandera roja.

Esas dos vertientes —la práctica de la escritura y sus ideas sociales— convergen de cierta manera en Aluvión de fuego. Es una novela ambiciosa en la medida en que pretende ser un retrato totalizador del país. Ahí está la Guerra del Chaco; la historia ignorada de las luchas indias y campesinas —el frente interior: la guerra del Estado contra su propia población—; está también la historia del movimiento obrero: la huelga y la masacre minera.

PROFECÍA. Y están casi con carácter profético. En la escena de la masacre minera de Aluvión de fuego, una mujer vestida de rojo y con una
bandera en las manos encabeza la marcha. Años después, en 1942, en Catavi, fue también una mujer — María Barzola— con una bandera en las manos la que cayó primero bajo las balas del ejército. Esa escena la repite plásticamente Jorge Sanjinés en los primeros tramos de su película El coraje del pueblo.

Aquí, se diría, la realidad imita a la ficción, la historia repite lo que prefigura la novela. Cerruto regresó a La Paz al término de la Guerra del Chaco. Inició y abandonó la carrera de Derecho, y más adelante comenzó casi simultánemente los dos oficios con los que habría de vivir y sobrevivir hasta su muerte en 1981: el periodismo y la diplomacia.

En ambos llegó donde tenía que llegar: fue director de El Diario y embajador de Bolivia. De regresó a Chile, en Santiago conoció y trabó amistad con Vicente Huidobro y conoció a Pablo Neruda a quien lo ató un lazo de amistad hasta su muerte. En sus años en Buenos Aires fue periodista del diario Crítica, y asiduo colaborador de La Nación y amigo de Ramón Gómez de la Serna, Eduardo Mallea y Pedro Henríquez Ureña. En 1957, como director de El Diario, viajó a Argelia, entonces en plena guerra anticolonial contra Francia, y allí conoció a Albert Camus con quien después desarrolló una amistad en París. Fue uno de sus invitados a la recepción que le ofrecieron escritores e intelectuales franceses cuando recibió el Premio Nobel.
Hubo de inicio un lazo común:

Albert Camus había sido amigo y admirador de Adolfo Costa Du Rels. En 1958 apareció su libro de cuentosCerco de penumbras. La crítica lo
reconoce como un parteaguas en la narrativa boliviana. Con esta obra, Cerruto rompió con una larga tradición realista e introdujo, a través del género fantástico, una línea de escritura que pone por delante la construcción de mundos de ficción autónomos y regidos por sus propias leyes. Cerco de penumbras se publicó el mismo año que la novela Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, otra obra clave en el desarrollo de la literatura boliviana.

En 2000, Plural Editores, en su colección Letras fundacionales, puso en circulación la edición definitiva de este libro de Cerruto, prologada y anotada por Luis H. Antezana.

Sus dos primeros libros de poemas aparecieron casi simultáneamente Cerco de penumbras: Cifra de las rosas y siete cantares (1957) y Patria de sal cautiva (1958). En el primero, Cerruto es todavía deudor de una estética que proviene en última instancia del Modernismo. En el segundo, en cambio, ya aparece el Cerruto del verbo afilado y certero que da testimonio de los avatares del tiempo y de la historia. A este libro pertenecen poemas fundamentales como Los dioses oriundos y Altiplano.

POESÍA. Con motivo de las celebraciones de los 150 años de la independencia de Bolivia, en la Biblioteca del Sesquicentenario, apareció Cántico traspasado (1975). En este volumen, Cerruto con una alta conciencia crítica recoge y reordena su obra poética.

Es uno de los libros definitivos de la literatura boliviana del siglo XX. “Palabra en el tiempo como la de
Antonio Machado —escribió Eduardo Mitre en un ensayo sobre la poesía de Cerruto—, la poética cerrutiana no se propone la configuración de mundos
meramente estéticos o imaginarios sino que, lejos de ello, quiere ser testimonio personal y colectivo, nacional
y universal, de la condición humana”.

Y también: “El verbo de Cerruto irrumpe desde los círculos y pasillos del poder que el poeta frecuentó en su asidua carrera diplomática. Tal vez por
eso no encarne una verdadera marginalidad pero sí una discrepancia en cuanto denuncia la naturaleza espuria del poder basado en la opresión, la persecución y el miedo”.

CLÁSICO.Cerruto es el escritor clásico de la literatura boliviana. No en el sentido más usual de esa palabra, en el que un autor clásico equivale a un autor consagrado o elevado por la cultura de un país a la condición de símbolo. (En estos casos, paradójicamente, ese reconocimiento unánime de un autor suele eximir su lectura.) No, Cerruto es clásico por la manera cómo concebía el ejercicio de la literatura.

“Me pregunta usted por qué escribo —le dijo a Alfonso Gumucio Dagrón en una entrevista recogida en el libro Provocaciones (1977)—. Pues yo mismo no lo sé. En todo caso, no lo hago por ninguna razón grandilocuente, no como respuesta a una ‘necesidad interior’ ni por obediencia a un credo. Escribo por dar forma de expresión a un sentimiento y porque me gusta escribir (cuando escribo). Ese sentimiento, por supuesto, no nace del aire; surge de una realidad dramática, de la visión de un mundo imperfecto. Explicar esa realidad es una de las tareas del escritor; hacerlo de la mejor manera posible puede ser una forma de cuestionarla, de negarla en el sentido bíblico”.

Escribir para él era, entonces, “dar forma de expresión a un sentimiento”. Esa conciencia de la forma, que no es otra cosa que una actitud de exigencia frente a las palabras, es acaso lo que define a una escritura clásica. Pero Cerruto sabía además que las palabras no son transparentes, son fatalmente parte de ese “mundo imperfecto”. De ahí que la búsqueda de la forma no era para él sólo una estética sino, sobre todo, una ética, es decir una posición frente al mundo. Óscar Cerruto murió en La Paz en 1981.

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El MNA abrirá una muestra en homenaje a Eduardo Espinoza

Exposición. Se llama ‘Arte y compromiso social’.

/ 6 de abril de 2015 / 05:30

El Museo Nacional de Arte (MNA) rendirá homenaje al pintor Eduardo Espinoza Soto con una retrospectiva de su obra titulada Arte y compromiso social. La exposición se abrirá el miércoles 8 de abril a las 19.00.

“La década de los sesenta y setenta, en Latinoamérica y especialmente en Bolivia, fueron devastadoras para las expresiones artísticas”, dice sobre este homenaje Édgar Arandia Quiroga, artista plástico y director del MNA.

“Sucesivas dictaduras militares, desde el golpe de Barrientos en 1964 hasta la consolidación de la dictadura de Banzer en 1971, tiñeron de sangre y luto a quienes no comulgaban con sus ideas”, continúa Arandia. “En medio de ese escenario, ser un pintor comprometido con una ideología, asumir la misma y no claudicar era casi suicida. Era como entregarse al sacrificio, no había retorno.”

“Eduardo Espinoza —concluye el Director del MNA— fue uno de esos maestros de la pintura boliviana que no concebía una acción discursiva solo con digresiones estéticas, sino que la convicción debía ser llevada más allá, a la práctica con los trabajadores, con las clases oprimidas; no solo reflejarlos en sus lienzos, sino estar ahí. Su obra es un testimonio de aquellos años, y nos sorprende descubrir que nunca, pese a las circunstancias desfavorables, desterró el aura poética en sus obras; por ahí se siente que estaba rondando la esperanza, como una gran mariposa que esperaba volar en mejores cielos que aquellos”.

Eduardo Espinoza Soto nació en Cochabamba en 1927. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Hernando Siles, dirigida por entonces por Cecilio Guzmán de Rojas, de la que luego fue director (1961-1964) y docente.

También estudió en la Escuela Normal Simón Bolívar de La Paz, donde conoció, entre sus maestros, a Roberto Prudencio, quien lo motivó a seguir la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).

La retrospectiva de Espinoza Soto montada por el MNA (Comercio esq. Socabaya) recorre diversos momentos de la creación del pintor. En una buena parte de su trabajo domina lo que el crítico de arte Armando Soriano calificó como “abstraccionismo moderado de insinuaciones figurativas”.

La exhibición estará abierta hasta el domingo 3 de mayo.

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El MNA abrirá una muestra en homenaje a Eduardo Espinoza

Exposición. Se llama ‘Arte y compromiso social’.

/ 6 de abril de 2015 / 05:30

El Museo Nacional de Arte (MNA) rendirá homenaje al pintor Eduardo Espinoza Soto con una retrospectiva de su obra titulada Arte y compromiso social. La exposición se abrirá el miércoles 8 de abril a las 19.00.

“La década de los sesenta y setenta, en Latinoamérica y especialmente en Bolivia, fueron devastadoras para las expresiones artísticas”, dice sobre este homenaje Édgar Arandia Quiroga, artista plástico y director del MNA.

“Sucesivas dictaduras militares, desde el golpe de Barrientos en 1964 hasta la consolidación de la dictadura de Banzer en 1971, tiñeron de sangre y luto a quienes no comulgaban con sus ideas”, continúa Arandia. “En medio de ese escenario, ser un pintor comprometido con una ideología, asumir la misma y no claudicar era casi suicida. Era como entregarse al sacrificio, no había retorno.”

“Eduardo Espinoza —concluye el Director del MNA— fue uno de esos maestros de la pintura boliviana que no concebía una acción discursiva solo con digresiones estéticas, sino que la convicción debía ser llevada más allá, a la práctica con los trabajadores, con las clases oprimidas; no solo reflejarlos en sus lienzos, sino estar ahí. Su obra es un testimonio de aquellos años, y nos sorprende descubrir que nunca, pese a las circunstancias desfavorables, desterró el aura poética en sus obras; por ahí se siente que estaba rondando la esperanza, como una gran mariposa que esperaba volar en mejores cielos que aquellos”.

Eduardo Espinoza Soto nació en Cochabamba en 1927. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Hernando Siles, dirigida por entonces por Cecilio Guzmán de Rojas, de la que luego fue director (1961-1964) y docente.

También estudió en la Escuela Normal Simón Bolívar de La Paz, donde conoció, entre sus maestros, a Roberto Prudencio, quien lo motivó a seguir la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).

La retrospectiva de Espinoza Soto montada por el MNA (Comercio esq. Socabaya) recorre diversos momentos de la creación del pintor. En una buena parte de su trabajo domina lo que el crítico de arte Armando Soriano calificó como “abstraccionismo moderado de insinuaciones figurativas”.

La exhibición estará abierta hasta el domingo 3 de mayo.

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Zavaleta es sobre todo un escritor

Un recorrido por la obra y la personalidad intelectual de René Zavaleta Mercado a través de su ‘Obra completa’, proyecto editorial a punto de culminar con la publicación del tercer tomo.

/ 25 de marzo de 2015 / 15:19

En breve aparecerá el tercer tomo de la Obra completa de René Zavaleta Mercado (1935-1984), uno de los proyectos editoriales más ambiciosos y complejos de los últimos tiempos. Con el tiempo, Zavaleta Mercado se ha constituido en un referente inevitable del pensamiento político y del análisis sociohistórico. Su influencia parece ser cada vez mayor.  Sobre ese proyecto editorial y sobre los perfiles intelectuales de Zavaleta que emergen del recorrido amplio por su obra, dialogamos con Mauricio Souza Crespo, editor de la Obra completa.

—Con la inminente aparición del tercer tomo culmina la publicación de la Obra completa de René Zavaleta Mercado editada por Plural. ¿Cuál es el contenido del tercer tomo?

—Con este tercer tomo, la Obra completa de René Zavaleta  Mercado publicada por Plural va a llegar a las 2.800 páginas. Este tercer tomo tiene 1.300 páginas en formato mayor, y por ese hecho hemos dividido el tercer tomo en dos volúmenes que reúnen todo lo que no son los libros o ensayos de cierto aliento publicados y reunidos anteriormente.

En el primer volumen del tercer tomo se reúne todo su trabajo de prensa, como periodista que cubría determinados temas para diversos medios como La Nación de Bolivia, La Mañana de Uruguay o El Día de México, pero además su trabajo como comentarista político, como opinador en otras palabras, especializado en algunos temas o zonas, como Uruguay, Argentina y Chile. Son países a los que  regresa una y otra vez, lo que permite establecer ciertas conexiones en su obra en general. Por ejemplo, Zavaleta escribe sobre Chile en 1960 y 1961, su interés continúa cuando sale exiliado a ese país en 1964 y termina escribiendo El poder dual, que es también, un libro sobre Chile. Hay una cierta continuidad en la obra de Zavaleta que se puede rastrear a través del periodismo.

Los textos están organizados por los medios en los que fueron publicados.  El volumen comienza con sus primeras colaboraciones, cuando era un adolescente en la revista Khana, en El Diario y en Última Hora. Continúa con sus trabajos, prácticamente de planta, en La Nación, en La Mañana, en El Día, en Excélsior, en Uno más Uno, en el semanario Marcha y en la revista Proceso. En cierto sentido, es también su historia laboral como periodista.

El periodismo fue un oficio que lo acompañó toda su vida. En alguna entrevista, Zavaleta reclama que pese a su dedicación al periodismo, nunca se lo reconoció como periodista. Posiblemente es el  periodista político más importante de la segunda mitad del siglo XX. Sus análisis son fabulosos, tiene el mismo nivel que su obra como ensayista.

El volumen dos del tercer tomo recopila de las entrevistas a Zavaleta, su poesía y una serie de materiales variados. Están, por ejemplo,  los llamados ‘inéditos’, que en algunos casos son primeras versiones de algunos trabajos y en otros son escritos realmente inéditos, a veces apuntes para conferencias, muy bien escritos y por ello se sostiene como textos, en otros casos apuntes para programas de cursos y también sus intervenciones parlamentarias. En 1962 fue diputado por Oruro y realizó varias interpelaciones a ministros del MNR junto a Augusto Céspedes. También se recogen documentos, manifiestos y algunas cartas.

—¿Qué es lo que queda pendiente de publicación?

—Lo que falta es la correspondencia de Zavaleta Mercado.  A la larga será un trabajo que demandará tiempo y el rastreo del material. La correspondencia requiere otro tipo de trabajo editorial y tomar otro tipo decisiones: qué se publica y qué no se publica, qué se considera privado y qué no.

— La Obra completa de Zavaleta Mercado es, sin duda, uno de los proyectos editoriales más ambiciosos de los últimos tiempos. ¿Cuál fue su experiencia como editor de este proyecto?

— Como hecho editorial ha sido una gran experiencia de cinco años de trabajo permanente con varios períodos de gran intensidad. Fue un proceso en el que ayudó mucha gente. El papel del editor fue sobre todo el de coordinador. En justicia, éste debería haber sido el trabajo de un equipo editorial de especialistas. Pero en este caso fue el trabajo de un editor que acudió a la generosidad de mucha gente, incluyendo la familia de Zavaleta Mercado que tiene un archivo más o menos organizado.

Cada tomo, además, que tiene su propia coherencia, supuso ciertos desafíos editoriales específicos. Por ejemplo, el primer tomo que abarca al Zavaleta nacionalista-revolucionario, que es el Zavaleta más combativo, y por lo tanto  el menos académico, es un escritor que siempre interviene con sus libros en determinadas coyunturas.  Esos textos requirieron cierto grado de edición porque algunas publicaciones originales no eran muy buenas.

En cambio, el segundo tomo es el Zavaleta clásico, el más reconocido por sus ensayos principales, como Las formaciones aparentes en Marx, del que hay varias versiones, o Las masas en noviembre y  Lo nacional popular en Bolivia. El principal desafío editorial fue completar  el aparato de citas de Lo nacional popular en Bolivia que, como se sabe, es un libro póstumo y no terminado.

El tercer tomo fue, en términos editoriales, de lejos el más complejo porque  supuso la recopilación de cientos de piezas dispersas. Cuando salga el libro, la crítica seguramente va a reparar no en lo que se logró recopilar, sino en lo que falta. En la nota editorial que va a acompañar el tomo se dice que es un tomo en construcción, que lo que aparece es lo mejor que hemos podido hacer con mucho trabajo y mucho esfuerzo y con la colaboración de mucha gente. En muchos casos supuso la determinación si algunos textos son de Zavaleta o no, porque mucho de su periodismo no era firmado. También publicaba bajo pseudónimo. En Marcha de Montevideo, por ejemplo, publicó una serie de textos sobre Chile firmados como Belisario Molina. Usó un pseudónimo porque en ese momento era el primer secretario de la Embajada de Bolivia en Chile y como tal no podía opinar con su nombre sobre la política interna y externa de Chile.

En este tomo hay un trabajo muy detallado para determinar, por ejemplo, si los inéditos son realmente inéditos y no partes de otros trabajos. Es un trabajo mucho más detallado. Significó también más edición porque las publicaciones en periódicos y revistas suelen tener mucho más errores, sobre todo en una escritura difícil como la de Zavaleta. Ni su vocabulario ni su sintaxis son las de un periodismo estándar. Zavaleta no tiene registros. No escribe fácil para los periódicos y difícil en sus ensayos. Es siempre la misma escritura exigente, compleja, que espera muchas cosas del lector.

Como experiencia de editor ha sido una experiencia inusual. Después de dedicarle tantos años, uno podría agotarse con la escritura, con el universo, con las recurrencias ideológicas, etc., del autor.  En este caso no ha sucedido eso. Zavaleta no me ha cansado en absoluto, sigo disfrutando la lectura y relectura de sus textos.

— Quizás eso ocurre porque Zavaleta es, ante todo, un escritor.

— Es un gran escritor. Pese a que hay ciertos acercamientos renovadores a la literatura boliviana,  me parece increíble que esos acercamientos renovadores no consideren a escritores como Zavaleta como tales. Para mí es el mayor prosista de ensayo de la segunda mitad del siglo XX.

Pero no es considerado como escritor, como tampoco es considerado escritor Gabriel René Moreno, que sigue siendo una provincia de historiadores pese a que es un gran escritor. No en vano era el ídolo de Zavaleta, que le copia muchas cosas, muchos giros y cierta forma de análisis. Como ocurre con los grandes escritores, se puede ser crítico con algunas posturas políticas de René Moreno, pero sus textos están siempre por encima de sus ideas. Sus mejores textos están muy por encima de su racismo, por ejemplo.

— ¿Qué perfil o perfiles intelectuales de René Zavaleta Mercado surgen a partir de la edición de su Obra completa?

— En general, un perfil que es inusual en nuestra cultura, que es el perfil de un intelectual que realmente se toma en serio a sí mismo. Parece fácil, pero que un intelectual se tome en serio a sí mismo no es frecuente.

Hay transformaciones en el transcurso de su vida y su obra, sin duda, pero ese tomarse en serio es una constante. Hay un momento, en un Zavaleta muy temprano, en que ya escribe como escribe. Y eso es trabajo, no es solo talento, que lo tiene por cierto casi precozmente. Pero la escritura demanda trabajo, muchas lecturas, y tomarse en serio la escritura, cosas que no son tan frecuentes como uno quisiera en la cultura boliviana.

En segundo lugar, sus transformaciones como analista y como ensayista no son tan marcadas si pensamos que los textos que escribe Zavaleta Mercado son de diferente naturaleza también por circunstancias históricas. Por ejemplo, Desarrollo de la conciencia nacional que es el gran libro de su etapa nacionalista, en que maneja categorías como nación y antinación, es a la vez una especie de defensa del proceso que acabó con el golpe de Barrientos a Paz Estenssoro el 4 de noviembre de 1964, un gobierno del que Zavaleta formó parte. A consecuencia del golpe, Zavaleta salió al exilio. Ese libro podría considerarse una intervención militante desde el exilio, según un procedimiento que Zavaleta siempre defiende,  que no hay periodismo, sino periodismo militante. En alguna parte se queja o se burla de lo que llama ‘la literalidad de los periodistas’ o sea su pretensión de objetividad. Él nunca escribe un periodismo que no sea combativo. Y su combatividad varía según la circunstancia.

El Zavaleta académico, el más distante y analítico,  es también resultado de una circunstancia de escritura. Es el Zavaleta inscrito en un universo académico. En esa producción académica hay momentos de análisis, de manejo de categorías y abstracciones que, sin embargo, a veces se quiebran por intervenciones más militantes, más combativas. Por ejemplo, en Las masas en noviembre, en medio de un análisis de gran densidad teórica y abstracta, de pronto quiebra esa prosa para decir: Bolivia es la patria de la injusticia social, es un país donde unos mueren como perros para que otros coman como cerdos. Esa variación de registro es la patentización  de una combatividad que nunca desaparece, que siempre está presente en su obra.

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La Poesía de Sergio Suárez

Sergio Suárez Figueroa publicó en vida cuatro libros de poemas y otros textos poéticos en periódicos y revistas. Todo ese material ha sido reunido y ordenado por Rodolfo Ortiz y Alan Castro Riveros en un solo volumen. 

/ 23 de marzo de 2015 / 04:00

Sergio Suárez Figueroa publicó en vida cuatro libros de poemas y otros textos poéticos en periódicos y revistas. Todo ese material ha sido reunido y ordenado por Rodolfo Ortiz y Alan Castro Riveros en un solo volumen.  

El volumen, titulado Poesía completa, ha sido editado por La Mariposa Mundial, en su colección Papeles de Antaño y Plural Editores. El libro será presentado por sus compiladores el jueves 26 a las 20.00 en La Chopería (Av. Ecuador, entrada al Montículo).  

Rodolfo Ortiz —director de la revista y editorial La Mariposa Mundial— comenta que la inquietud de reunir la poesía de Sergio Suárez Figueroa, nacido en El Cerro, Uruguay, en 1924 y muerto en La Paz en 1968, tiene por lo menos una década. Ortiz se encargó ya de rescatar y difundir la obra poética de Suárez Figueroa en las páginas de la revista La Mariposa Mundial. Al proyecto de reunir toda su poesía se sumó Alan Castro Riveros.

“El rescate de la obra poética de Sergio Suárez Figueroa —dice Ortiz— se remonta al año 2000, cuando La Mariposa Mundial sacó la separata El tránsito infernal y el peregrino, publicación que representa no solo el inicio de una aventura, sino también la convicción de una misteriosa lealtad.

Deseo resaltar aquí que el año 2010, dados los memorables encuentros que suelen alimentar las historias literarias de este tipo, un entrañable amigo y escritor, Alan Castro Riveros, se incorporó a este trabajo de manera incondicional y fervorosa”.

El proyecto ha sido culminado. El volumen Poesía completa reúne los cuatro libros que Suárez Figueroa publicó en vida: Los rostros mecánicos en 1958, Bajo la grave niebla del pánico en 1961, Siete umbrales descienden hasta Job en 1962 y El tránsito infernal y el peregrino en 1967, un año antes de su muerte.   

Suárez Figueroa es también conocido como un original dramaturgo, publicó varias obras de teatro, entre ellas La peste negra, cuya primera impresión salió como separata de la revista Logos en 1967 y, anteriormente,  El arpa en el abismo (1963), con un prólogo del también escritor teatral Gastón Suárez.

Obra. Una parte significativa de la obra de Suárez Figueroa quedó dispersa en revistas, periódicos y antologías. Allí publicó ensayos, artículos sobre arte y literatura, entrevistas, notas culturales, un cuento y poemas, algunos de los cuales serían recogidos con ligeros cambios en sus libros.

Todos los poemas dispersos, debidamente identificados y fechados por Ortiz y Castro, aparecen en el volumen de su Poesía completa.

La poesía de Sergio Suárez Figueroa está marcada por un sentimiento y una estética de la extrañeza. Este rasgo la acerca al ámbito del surrealismo —corriente con la que tradicionalmente la crítica boliviana ha asociado su trabajo poético—. La estética de la extrañeza y de las asociaciones inesperadas y sorprendentes relaciona la escritura de Suárez Figueroa con las de Ávila Jiménez y de Jaime Saenz.

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‘Ascenso’ en el MNA, performance de Paola Oña

“Ascenso es un homenaje a mi madre, que era costurera —dice la artista—, pero al mismo tiempo es un homenaje a los oficios aprendidos”.

/ 16 de marzo de 2015 / 04:03

Con esta performance, Paola Oña ganó el segundo premio del concurso de arte joven ExpresArte 2013-2014. Volverá a presentarla el miércoles 18, a las 19.30 (hora puntual), en el Museo Nacional de Arte (MNA).

“Ascenso es un homenaje a mi madre, que era costurera —dice la artista—, pero al mismo tiempo es un homenaje a los oficios aprendidos”. Y algunos oficios aprendidos de Paola Oña son, junto a las artes visuales, el teatro y el diseño de vestuario.

Por eso en esta performance un vestido blanco ocupa el lugar central. “En escena —explica la artista— tengo un vestido blanco de algodón, el cual se va tiñendo durante la acción.

Mientras tanto, un audio habla de la capilaridad, ese fenómeno por el cual los líquidos suben, por el cual las plantas se nutren desafiando la gravedad. En este caso, los tintes van subiendo y tiñen el vestido”.

El premio que ganó Oña con esta obra consiste en una residencia artística de un mes en Sorojchi Tambo para la preparación de un nuevo trabajo bajo la curaduría del artista Joaquín Sánchez. Esa residencia se inició el 11 de marzo.

“Ascenso —insiste Oña— es también un homenaje al crecimiento personal, es un homenaje al hecho de que cada quien toma de la tierra, del ambiente y de la sociedad aquello de lo cual quiere nutrirse”.

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