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Wilmer, persona non grata

Un retrato del narrador que en 2012 ganó el premio de la fundación alemana Anna Seghers por su obra ‘Hablar con los perros’. Al frente, un cuento inédito

/ 6 de enero de 2013 / 04:00

Hubo una vez, hace más de diez años, un estudiante que llegó al pabellón E de la Universidad Mayor de San Andrés cubierto con una máscara del Rayo de Jalisco. Pasó la clase completa ante la mirada atolondrada del docente y de los compañeros que, literalmente, se revolcaban de risa.

El enmascarado era “el Wilmer”, el chico odiado por muchos y amado por otros, era el Milhouse que se ganó la fama de ser un waskiri a tiempo completo. Usaba lentes poto de botella, tenía el cabello rapado y en su mochila verde siempre cargaba libros gruesos como biblias. Por aquellos años era algo gordito pero muy ágil de mente. Debido a él quedan muchas personas que han perdido sus nombres y se han inmortalizado, como: Campanita, Águila Calva, Frutillita, Chico Maravilla…

Tomando una coca-cola, comiendo un donut de naranja y vestido con una polera con la cara de Micky Mouse, Wilmer recuerda aquellos años cuando él soñaba con convertirse en escritor. Es más, por eso había ingresado a Comunicación Social. “Era una carrera tan fácil que tenía todo el tiempo del mundo para leer”.

Irónicamente, la casa de estudios le entregó, este año, un reconocimiento por su paso por las aulas de la UMSA. No pensó convertirse en comunicador e ir detrás de las noticias. Asevera: “Nunca soñé con ser periodista, yo sueño con ser el anticristo”.

 Eso sí, en ningún momento pretendió ingresar a la carrera de Literatura. “Ahí sí que no hubiera escrito nada digno de publicarse y me hubiera arruinado”, comenta.

ORO. No se puede decir que lo que escribe se convierte en oro; pero casi. Su primera obra, Mundo negro, ganó el primer (y único) Premio de Primera Novela en 2000. El texto fue traducido al italiano. Seis años después su trabajo Fantasmas asesinos fue merecedor del Premio Nacional de Novela. Y, este año, su última obra Hablar con los perros obtuvo el galardón Anna Seghers, en Alemania. En resumidas cuentas, es el escritor de moda, aunque este apelativo le provoca algo parecido a las migrañas que tan frecuentemente le visitan.

Antes, cuando iba a clases con su mochila repleta de libros se hablaba mucho de él en los ambientes académicos. Wilmer recuerda que se tejía realismo mágico alrededor de su existencia. “Lo más gracioso que decían era que yo leía porque mis papás me obligaban a leer y que así me castigaban”. Por entonces, casi nadie… en realidad nadie de Comunicación iba a leer a la biblioteca por cuenta propia. Para hablar de sus relaciones sociales en aquella época, él dispara:

“Cuando te ven leer, creas anticuerpos y te odian. Hay la idea de que el más vivo es el que no lee y no estudia. Los estudiantes vienen con la idea de que el vivo aprueba sin el menor esfuerzo. Yo no me dejo y mandaba a todos a la mierda”.

No se puede decir que él marcó la vida de los demás, pero sí hubo alguien que lo impactó: fue Antonio Peredo, que le dio clases de Redacción I, II y III. “Aún ahora lo recuerdo con cariño, casi todos los días. Me acuerdo de lo que fumaba, fumaba harto”. Eran tiempos en los que don Antonio, a quien, cariñosamente, se le bautizó como Peredín 28, se empeñaba en que los alumnos amaran la lectura. Es célebre la anécdota cuando él preguntó en clases: “¿Quién era Octavio Paz?”

Uno contestó que era un jugador de la selección del 63 que ganó la Copa América jugada en Bolivia; aquella respuesta, como no podía ser de otra manera, fue “soplada” por Wilmer a aquel compañero que en la actualidad se convirtió en uno de los mejores amigos del escritor.

Por aquel tiempo, don Antonio decidió dejar de lado las clases de Redacción y obligaba a leer un libro al mes. Ante la protesta de decenas de alumnos, uno de los pocos que aplaudió la noticia fue Wilmer.

“No es que me haya enseñado o descubierto a los libros, pero me sentía cómodo hablando con alguien que había leído mucho”. Fue entonces, también, que Wilmer le entregó sus primeros cuentos, que eran violentos y cortos; aunque hoy él los califica como “boludeces”.

Aquella amistad perduró años, tanto así que hasta antes de su muerte don Antonio le mandaba saludos con amigos comunes. Se refería a él como “Vilmer”. Al recordar a su docente, el narrador dice: “Era un ser bondadoso y no supimos aprovecharlo, no supimos explotarlo como él quería. Era modesto y nos exigía, pero nosotros por incapacidad y flojera no supimos complacerlo”.

“A mí me da cosas lo que escribía antes, algo como vergüenza”, comenta, y deja ver su antebrazo derecho en la mesa: allí lleva un tatuaje de un ser satánico que asegura que es el Diablo. Cuando dice “antes” se refiere a aquellos cuentos que daba a leer a don Antonio y, especialmente, de su primer libro, Trabajos forzados, que lo escribió con cinco amigos.

El libro fue financiado por los autores, que pagaron mil bolivianos cada uno, y la idea era recuperar el dinero con las ventas. Entonces también se hablaba del fin del mundo (a fines de 1999 y comienzos de 2000) y un prologador inventado le dio el golpe marketinero al libro, aunque no se vendieron los mil ejemplares impresos y Wilmer tiene varios en su casa. Aquella publicación fue posible, no está demás decirlo, gracias a Manuel Vargas y a la editorial La Ratita. Hoy, en palabras de Urrelo, cualquiera puede publicar y “eso también es bueno”.

VIOLENCIA. Las primeras narraciones de Wilmer son violentas. Hay sangre, personajes salidos de los cómics, mucho de MTV, sangre y ciudades modernas con asesinos a sueldo bautizados como Lee Song. Mundo negro es una extensión de los cuentos de Urrelo. “Con Mundo negro (2000) me di cuenta de que estaba por buen camino; no quiero decir que sea una gran novela, pero me ha convencido de que podía escribir textos largos”.

Su novela Fantasmas asesinos no sólo ganó el premio nacional sino que le sirvió para “titularse” como escritor. En tanto que Hablar con los perros le reveló que para ser escritor hay que sufrir, al menos en su caso. “Escribir es una tortura, es un dolor físico y mental”. Pero cuando se le pregunta por qué se dedica a algo que lo martiriza, dice: “Como la canción, me asusta pero me gusta. Escribir es un tormento, pasión será el fútbol”.

Wilmer no conoce Capinota (poblado cochabambino célebre por la chicha y por ser el lugar de nacimiento de Los Kjarkas), pero ahí fue declarado “persona non grata”. Todo ocurrió cuando el jurado del que formaba parte dictó el fallo del Premio Nacional de Novela que benefició a Claudio Ferrufino, en 2011. El jurado decidió que la mayoría de las obras estaban, por decir lo menos, mal escritas.

El escritor capinoteño Luis Minaya Montaño envió una obra y destrozó en un blog de Capinota a Wilmer. Otros escritores también se sumaron a la protesta y el narrador de Hablar con los perros quedó en la hoguera literaria. “En este mundo de los escritores también hay una canalla literaria que es bajísima y que ataca duro”. Y lo dice él, el mismo muchacho que un día caminaba con un palo por la universidad porque, a veces, las críticas que le llovían iban acompañadas de insultos y de amenazas violentas.

No le importan las críticas, porque aprendió a vivir con ellas. Estaba de columnista y decidió dejarlo, porque siempre llegaba un editor bien educado y hablándole dulcemente le pedía que cambie algunas palabras. Él no lo aceptó… no lo aceptará, aunque lo declaren “persona non grata”.

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El sueño escrito de Mauricio Rodríguez

El escritor boliviano fue seleccionado en el concurso ‘Se busca talento’ del periódico El País de Madrid

/ 4 de agosto de 2013 / 04:00

A simple vista, Mauricio Rodríguez parece un estudiante de secundaria sin mochila ni uniforme. Es delgado, moreno, de rostro alargado y usa lentes que le dan un aire de intelectual. Con su cuento Jilaña fue seleccionado, entre más de 2.000 participantes, por el concurso “Se busca talento” convocado por el periódico El País de Madrid. La historia que cuenta en Jilaña (madurar, en aymara) es la de un viaje por el altiplano de un joven que busca u olvida el amor, mientras llegan ecos de la convulsión social en La Paz. El certamen de El País busca saber cómo los artistas seleccionados  “desarrollan sus proyectos, su técnica, qué les inspira, cuáles son sus inquietudes y sueños y cómo ven el panorama actual en la disciplina a la que se dedican’”. El reconocimiento ya le abrió puertas a Mauricio Rodríguez —autor del libro de cuentos Días de otoño (2010)—. Por ejemplo, le escribieron de Alemania para conocer su obra y ofrecerle los servicios de un agente literario que se dedique a promocionarlo.

— ¿Qué significa para ti ser reconocido por el periódico El País de Madrid como un nuevo talento literario?

— Sentí una satisfacción grande porque tenía fe a ese cuento que antes salió ganador en un concurso de la Organización de las Naciones Unidas y tuve que reducirlo a su mínima expresión para enviarlo al concurso. Lo que me sorprendió es que me seleccionaron sólo con un cuento porque otros artistas enviaron un stand o un poemario o un libro y yo sólo envié un texto. Creo que es un aliciente el hecho de ser reconocido fuera del país aunque no era mi idea para este año. Durante este año pensé trabajar y leer bastante, mi trabajo es leer más y escribir menos porque cuando escribes necesitas muchas lecturas. Dos días después del premio, desde Alemania me enviaron un email con una oferta para representarme. En Bolivia no hay agentes literarios y pensar en eso es difícil porque acá uno, con sus medios, debe desenvolverse solo. Uno debe vivir teniendo un trabajo secundario.

— Entonces, ¿qué harás?

— Los alemanes que me hablaron eran representantes de José Saramago y sólo por el cuento me dicen que uno de ellos quiere ser agente mío. Me piden que envíe algunos textos y si es posible con el tiempo quieren una novela. Estoy recopilando textos más maduros para enviarlos porque lo que sucede es que tengo etapas de mi vida. Al principio, mis escritos eran una parodia porque eran textos poco elaborados. Cuanto más lees más te das cuenta de ello. Jilaña es el punto clave de ruptura del Mauricio que experimentaba y que buscaba una voz. Ahora ya sé tejer, porque el texto es un tejido.

— Hace un tiempo hablabas de errores en los escritores bolivianos. ¿A qué te referías con aquello?

— Ellos no leen, no practican como dice Wilmer Urrelo. Tienen poca musculatura que mostrar y eso se nota en sus descripciones y narraciones, se hacen llamar los posmodernos. Tengo muchos amigos en la carrera de Literatura que escriben y dicen algo así como “mi vida es muy triste”. Son textos “emos” que no tienen sentido y sólo quieren mostrar un momento de su vida. Ése es el gran problema.

— ¿Agarrarte con escritores no es desdeñar otro trabajo?

— Ellos tienen su campo y no puedo desdeñar lo que hace la mayoría de los escritores. Pero no hay la gran novela en Bolivia. Adolfo Cárdenas con Periférica Boulevard hace un intento, pero es modernista y eso se debió hacer años antes. Se dio la obra recién en los años 90, estamos atrasados. Jaime Saenz es gran poeta paceño y boliviano, pero como prosista no es bueno, con él se llega hasta el tercer capítulo y la prosa va menguando.

— ¿Y Paz Soldán que escribe desde Estados Unidos?

— Es un escritor con textos donde hay elementos que se ciernen completamente, no están totalmente maduros. Por ejemplo en su novela Norte trata la vida en la frontera y sus personajes no cuajan. Su anterior novela, aquella que habla de asesinatos, es de tinte bolañesco, pero los personajes no cuajan, no ha tejido bien. Mario Vargas Llosa dice que en la novela se debe ser verosímil o hacer lo que hace Gabriel García Márquez, que lo inverosímil lo hace verosímil. En algunas de las novelas de Edmundo Paz Soldán los personajes no son de carne y hueso, son personajes de papel. Para mí, Claudio Ferrufino es un gran escritor que no vive en La Paz, la mayoría de su trabajo lo ha escrito en Estados Unidos. Su libro El exilio voluntario es una gran novela.

— Hasta ahora únicamente has escrito cuentos…

— El problema de los textos largos es que requieren de una mayor cantidad de trabajo. Para hacer un cuento necesitas diez horas de trabajo diario, pero para la novela se necesitan veinte horas. A Wilmer Urrelo le sacaron el apéndice luego de terminar su novela sobre la Guerra del Chaco (Hablar con los perros). El problema es que un escritor tiene que ganarse la vida y al mismo tiempo escribir. Me quedaría con Wilmer Urrelo como el gran escritor en la actualidad.

— Hace unos días hablaste de la ausencia de una gran novela boliviana

— La gran Novela de Bolivia, así con mayúscula, es complicada. No sé si la pueda hacer porque hasta ahora únicamente hice cuentos de corto aliento. Para un cuento yo trabajo unos seis meses. Hace diez años trabajo en una novela, pero aun así conseguir la voz cuesta muchísimo. Ahora estoy tras una novela para niños. Lo ideal es escribir todo el tiempo, pero cuando tienes todas las comodidades no escribes bien y esto se ve en las grandes biografías de los escritores. El mismo Kafka trabajaba todo el tiempo y no publicaba sus libros, sus amigos lo hacían por él.

— ¿Estudiaste la carrera de Comunicación Social para tener un oficio rentable y la de Literatura para ser escritor?

— Estudié Comunicación Social porque me faltaba conocer la realidad y estaba casi en una burbuja. Leía y resolvía ejercicios de matemáticas, pero nada más. Nosotros, los periodistas, sabemos lo que es la realidad del país, las marchas, los bloqueos, el Evo Morales, sabemos de historias de la calle como la de la casera que tiene cáncer y que no puede salir a vender. El gran problema de los escritores es que viven encerrados en una burbuja. Lo que me tocó vivir en la carrera de Literatura es parte de esa burbuja. La única realidad son fiestas, libros, rock, intertextualidad y nada más; en cambio, cuando sabes de periodismo conoces la realidad. Me he dedicado al periodismo cultural pero también hago periodismo social. Mis reportajes son de un aspecto social, escribo historias periféricas, de pueblos olvidados de Bolivia.

Jilaña

Mauricio Rodríguez – escritor

Fue en Huari. Lo buscaron toda la noche pero ningún paisano lo encontró. Lloró de miedo. No del miedo que todos tenemos ante la oscuridad. Lloró al descubrir el horror que te invade al darte cuenta de que estás perdido desde hace mucho tiempo. Desde que naciste. Desde que sabes que nada tiene remedio. Luego está el beso del diablo. De eso jamás me quiso hablar. Cada vez que estaba borracho me contaba la misma historia. Me decía que bebía como el diablo le había enseñado. El caso es que compuso cien morenadas porque fue templado.

—También robó cincuenta composiciones a su tío —dijo el platillero riéndose por lo bajo.
En todo el camino hacia Ayamayo los músicos cantaron morenadas que trataban de la soledad. De la soledad y el amor. De la soledad y el engaño. De la soledad y el alcohol Caimán. De la soledad y de mujeres extraviadas o raptadas en el altiplano. Pensé en Alejandra con algo de desesperación.

Incertidumbre. Tristeza. Sentí náuseas. Me sentí errar entre muchos senderos que no tenían final, lleno del polvo de la carretera que cubría mi garganta. Mira a tu izquierda, dijo don Emilio. ¿Ves ese pueblo? ¡Carajo! Yo era joven cuando se inundó. Recuerdo el agua como un espejo que reflejaba todo.

Recuerdo los techos oxidados donde esperaba la gente. ¿Qué esperaba? ¿Ayuda? ¿Piedad? ¿Caridad? Nada de eso. Esperaba como esperaron sus abuelos en la sequía, como esperaron sus padres luego de la granizada que destrozó las cosechas. Pero llegaron unos evangelizadores en una barca. Acogieron a la gente en ella. Hablaron de ayuda, piedad, caridad. Y se llevaron a los más jóvenes. ¡Fueron salvados! En agradecimiento cambiaron de

nombre al pueblo por el de la barca: Belén. La inundación pasó. Los jóvenes sólo regresaron para recoger sus cosas. Se despidieron de sus abuelos, de sus padres. De su tierra. Se fueron. Yo también me fui con ellos.

—Ahora es un pueblo de viejos. Ya desaparecerá.

Sol, tierra seca, polvareda: Angostura. Jiska Pampa. Chata. Challavito. Chuiña. Machaca. Colliri. Tirata. Chorocasi. Catuyo. Quisipata. Estancia Rosa Pata.
Cerca de Andamarca el radiador del minibús se averió. Mierda, se está saliendo el agua, dijo don Emilio. Hoy no llegamos a ningún otro lado. El viento helado paspaba nuestros rostros, golpeaba con fuerza las paredes desconchadas de las viviendas, hacía crepitar los techos de paja. El sol apenas iluminaba con un amarillo enfermizo. Empujamos el minibús hasta la plaza central. Los pobladores eran sombras envueltas en bayetas de tierra.

Ingresaban con rapidez a sus viviendas, algunos encendían lámparas a kerosene. Cuando anocheció buscamos alojamiento por el intenso frío. Ningún poblador nos abrió sus puertas. Estamos esperando una reunión, nos decían por las aberturas de las ventanas. Tomaremos decisiones. En La Paz dos de nuestros hermanos murieron. Los militares los mataron. Los pocos pobladores que caminaban en las calles de tierra arrastraban cajas de madera hacia la plaza. Golpeamos, con cierta desesperación, la puerta de una iglesia. Un arqueólogo español llamado Aníbal nos abrió. Cojeaba. Era manco, también tuerto. Esto no es mío, dijo, sólo restauro pinturas coloniales. Pero os dejo pasar la noche con tal de que hagamos jaleo. Con una caja de cerveza os acepto lo que queráis.

—Este pueblo está muerto, ¡hostias!

Los músicos tocaron hasta el amanecer. Bebimos. Nos emborrachamos. Aníbal me contó que en la Guerra Civil su hermano era un rebelde. Intentó escapar por una sierra pero los militares lo encontraron, lo prendieron, dijo. En La Muiña pararon para comer en una taberna y lo ataron a una argolla que se utilizaba para amarrar al ganado. Después se dirigieron por un macizo en dirección a Montecubeiro, que había sido declarada zona de guerra. Ascendí a escondidas detrás de ellos. Los militares subían alegres haciéndose chanzas, cantando zarzuelas, coplas, como si la guerra hubiese sido parte de la escenografía de papel de una obra escrita por chavales, dirigida por chavales, actuada por chavales, ¡me cago en la leche!, llegaron hasta la punta de aquel cerro y empujaron a mi hermano al suelo, lo desvistieron, lo voltearon, y su rostro miraba al sol, joder, cantaban con una inocencia que jamás vi, que jamás volví a ver. Luego le cortaron los testículos, le quitaron los ojos, le cortaron la lengua. Siguieron cantando. Y lo remataron a palos y a tiros de escopeta.

—Fue en septiembre de 1936.

Salí tambaleándome de la iglesia, antes del alba. Miré que algunos pobladores se reunían en la plaza. Oí que marcharían a La Paz. La revolución, decían a gritos. ¡Libertad para nosotros! Reventaron unos petardos. Y se hicieron lejanos entre el ventarrón. Luego quise llorar como jamás había llorado, pero nada salió. Pensé en dejarlo todo. No regresar a casa. No ir en busca de Alejandra. Y caminé sin mirar atrás, perdiéndome por algún sendero del altiplano.

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Wilmer, persona non grata

Un retrato del narrador que en 2012 ganó el premio de la fundación alemana Anna Seghers por su obra ‘Hablar con los perros’. Al frente, un cuento inédito

/ 6 de enero de 2013 / 04:00

Hubo una vez, hace más de diez años, un estudiante que llegó al pabellón E de la Universidad Mayor de San Andrés cubierto con una máscara del Rayo de Jalisco. Pasó la clase completa ante la mirada atolondrada del docente y de los compañeros que, literalmente, se revolcaban de risa.

El enmascarado era “el Wilmer”, el chico odiado por muchos y amado por otros, era el Milhouse que se ganó la fama de ser un waskiri a tiempo completo. Usaba lentes poto de botella, tenía el cabello rapado y en su mochila verde siempre cargaba libros gruesos como biblias. Por aquellos años era algo gordito pero muy ágil de mente. Debido a él quedan muchas personas que han perdido sus nombres y se han inmortalizado, como: Campanita, Águila Calva, Frutillita, Chico Maravilla…

Tomando una coca-cola, comiendo un donut de naranja y vestido con una polera con la cara de Micky Mouse, Wilmer recuerda aquellos años cuando él soñaba con convertirse en escritor. Es más, por eso había ingresado a Comunicación Social. “Era una carrera tan fácil que tenía todo el tiempo del mundo para leer”.

Irónicamente, la casa de estudios le entregó, este año, un reconocimiento por su paso por las aulas de la UMSA. No pensó convertirse en comunicador e ir detrás de las noticias. Asevera: “Nunca soñé con ser periodista, yo sueño con ser el anticristo”.

 Eso sí, en ningún momento pretendió ingresar a la carrera de Literatura. “Ahí sí que no hubiera escrito nada digno de publicarse y me hubiera arruinado”, comenta.

ORO. No se puede decir que lo que escribe se convierte en oro; pero casi. Su primera obra, Mundo negro, ganó el primer (y único) Premio de Primera Novela en 2000. El texto fue traducido al italiano. Seis años después su trabajo Fantasmas asesinos fue merecedor del Premio Nacional de Novela. Y, este año, su última obra Hablar con los perros obtuvo el galardón Anna Seghers, en Alemania. En resumidas cuentas, es el escritor de moda, aunque este apelativo le provoca algo parecido a las migrañas que tan frecuentemente le visitan.

Antes, cuando iba a clases con su mochila repleta de libros se hablaba mucho de él en los ambientes académicos. Wilmer recuerda que se tejía realismo mágico alrededor de su existencia. “Lo más gracioso que decían era que yo leía porque mis papás me obligaban a leer y que así me castigaban”. Por entonces, casi nadie… en realidad nadie de Comunicación iba a leer a la biblioteca por cuenta propia. Para hablar de sus relaciones sociales en aquella época, él dispara:

“Cuando te ven leer, creas anticuerpos y te odian. Hay la idea de que el más vivo es el que no lee y no estudia. Los estudiantes vienen con la idea de que el vivo aprueba sin el menor esfuerzo. Yo no me dejo y mandaba a todos a la mierda”.

No se puede decir que él marcó la vida de los demás, pero sí hubo alguien que lo impactó: fue Antonio Peredo, que le dio clases de Redacción I, II y III. “Aún ahora lo recuerdo con cariño, casi todos los días. Me acuerdo de lo que fumaba, fumaba harto”. Eran tiempos en los que don Antonio, a quien, cariñosamente, se le bautizó como Peredín 28, se empeñaba en que los alumnos amaran la lectura. Es célebre la anécdota cuando él preguntó en clases: “¿Quién era Octavio Paz?”

Uno contestó que era un jugador de la selección del 63 que ganó la Copa América jugada en Bolivia; aquella respuesta, como no podía ser de otra manera, fue “soplada” por Wilmer a aquel compañero que en la actualidad se convirtió en uno de los mejores amigos del escritor.

Por aquel tiempo, don Antonio decidió dejar de lado las clases de Redacción y obligaba a leer un libro al mes. Ante la protesta de decenas de alumnos, uno de los pocos que aplaudió la noticia fue Wilmer.

“No es que me haya enseñado o descubierto a los libros, pero me sentía cómodo hablando con alguien que había leído mucho”. Fue entonces, también, que Wilmer le entregó sus primeros cuentos, que eran violentos y cortos; aunque hoy él los califica como “boludeces”.

Aquella amistad perduró años, tanto así que hasta antes de su muerte don Antonio le mandaba saludos con amigos comunes. Se refería a él como “Vilmer”. Al recordar a su docente, el narrador dice: “Era un ser bondadoso y no supimos aprovecharlo, no supimos explotarlo como él quería. Era modesto y nos exigía, pero nosotros por incapacidad y flojera no supimos complacerlo”.

“A mí me da cosas lo que escribía antes, algo como vergüenza”, comenta, y deja ver su antebrazo derecho en la mesa: allí lleva un tatuaje de un ser satánico que asegura que es el Diablo. Cuando dice “antes” se refiere a aquellos cuentos que daba a leer a don Antonio y, especialmente, de su primer libro, Trabajos forzados, que lo escribió con cinco amigos.

El libro fue financiado por los autores, que pagaron mil bolivianos cada uno, y la idea era recuperar el dinero con las ventas. Entonces también se hablaba del fin del mundo (a fines de 1999 y comienzos de 2000) y un prologador inventado le dio el golpe marketinero al libro, aunque no se vendieron los mil ejemplares impresos y Wilmer tiene varios en su casa. Aquella publicación fue posible, no está demás decirlo, gracias a Manuel Vargas y a la editorial La Ratita. Hoy, en palabras de Urrelo, cualquiera puede publicar y “eso también es bueno”.

VIOLENCIA. Las primeras narraciones de Wilmer son violentas. Hay sangre, personajes salidos de los cómics, mucho de MTV, sangre y ciudades modernas con asesinos a sueldo bautizados como Lee Song. Mundo negro es una extensión de los cuentos de Urrelo. “Con Mundo negro (2000) me di cuenta de que estaba por buen camino; no quiero decir que sea una gran novela, pero me ha convencido de que podía escribir textos largos”.

Su novela Fantasmas asesinos no sólo ganó el premio nacional sino que le sirvió para “titularse” como escritor. En tanto que Hablar con los perros le reveló que para ser escritor hay que sufrir, al menos en su caso. “Escribir es una tortura, es un dolor físico y mental”. Pero cuando se le pregunta por qué se dedica a algo que lo martiriza, dice: “Como la canción, me asusta pero me gusta. Escribir es un tormento, pasión será el fútbol”.

Wilmer no conoce Capinota (poblado cochabambino célebre por la chicha y por ser el lugar de nacimiento de Los Kjarkas), pero ahí fue declarado “persona non grata”. Todo ocurrió cuando el jurado del que formaba parte dictó el fallo del Premio Nacional de Novela que benefició a Claudio Ferrufino, en 2011. El jurado decidió que la mayoría de las obras estaban, por decir lo menos, mal escritas.

El escritor capinoteño Luis Minaya Montaño envió una obra y destrozó en un blog de Capinota a Wilmer. Otros escritores también se sumaron a la protesta y el narrador de Hablar con los perros quedó en la hoguera literaria. “En este mundo de los escritores también hay una canalla literaria que es bajísima y que ataca duro”. Y lo dice él, el mismo muchacho que un día caminaba con un palo por la universidad porque, a veces, las críticas que le llovían iban acompañadas de insultos y de amenazas violentas.

No le importan las críticas, porque aprendió a vivir con ellas. Estaba de columnista y decidió dejarlo, porque siempre llegaba un editor bien educado y hablándole dulcemente le pedía que cambie algunas palabras. Él no lo aceptó… no lo aceptará, aunque lo declaren “persona non grata”.

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‘Existen cuentos que me dan vueltas la cabeza durante muchos años’

Edmundo Paz Soldán. El escritor cochabambino habla sobre los problemas y soluciones que tiene a la hora de narrar. A pesar de que él se hizo conocer como cuentista, confiesa que detrás de cada narración hay un trabajo de relojería que puede durar hasta seis años. Su último libro, Billie Ruth, es, en cierta medida, un viaje que inicia su recorrido en el estilo narrativo de la literatura latinoamericana y finaliza en lo que él denomina la tradición estadounidense.

/ 30 de diciembre de 2012 / 04:00

—¿Dónde te sientes mejor en la novela o en el cuento?

—Es una pregunta fácil de hacer, pero difícil de responder. Ahora que lo pienso, cuando tengo una idea para una novela, lo que me tranquiliza es saber que tengo dos o tres años para explorar ese mundo y en ese sentido me siento muy cómodo explorando. Me encanta perderme y estar meses escribiendo una nueva versión. “Cómodo” es una palabra tramposa porque igual la paso mal, pero creo que me gusta pasarla mal.

En cambio, con el cuento es difícil, es una cosa mucho más condensada y yo tiendo a escribir mis cuentos en una primera versión, trato de escribir como si lo leyera, de una sentada. Cuando escribo la primera versión de un cuento me puedo tardar dos días porque todo es muy condensado. Pero revisarlo hasta quedarme satisfecho con ese cuento puede tomarme hasta seis años.

Este libro (Billie Ruth) contiene 15 cuentos, pero escritos en 14 años porque el último libro que publiqué con cuentos fue Amores imperfectos. En esos 14 años he publicado antologías como Imágenes del incendio, Dochera y otros. Antologías en las que incluí algunos cuentos que están acá (en Billie Ruth), pero eran versiones que en este libro están revisadas.

Quería incluir algo nuevo porque son cuentos que me seguían dando vueltas en la cabeza y, por eso, este libro tardó tanto en publicarse. En ese sentido, el cuento es para mí mucho más complicado, a pesar que mi primera práctica ha sido con el cuento, pero me cuesta mucho soltarlo y tener una versión definitiva quizás porque es un texto escueto y no tiene que haber una palabra demás. Encontrar esa condensación es difícil.

—Algunas de tus novelas parecen escritas como cuentos. Por ejemplo, Los vivos y los muertos…

—Igual pasa con Norte. Lo que pasa es que planteo cada capítulo casi como si fuera un cuento, entonces puede ser que, sin querer, haya seguido escribiendo cuento mientras estaba escribiendo novela. Quizás en Los vivos y los muertos se nota más porque son diez personajes y cada uno tiene su propio monólogo, su propia historia. Por ejemplo, la novela que estoy escribiendo ahora (Iris) tiene cinco partes y cada una tiene 80 páginas. Esta novela la he planteado como una nouvelle, una novela corta. El asunto es que las cinco partes engranen como una novela.

—Al comienzo, en Billie Ruth hay pantallazos e historias parecidas a tus primeros trabajos…

—El libro para mí es como un viaje. Cuando comencé estaba muy metido en la tradición latinoamericana del cuento, onda (Jorge Luis) Borges o (Julio) Cortázar con el final que es un juego de artificio, un golpe de efecto. En ese entonces no me interesaba tanto la profundidad psicológica de los personajes, entonces esa era la tradición latinoamericana.

Luego, cuando me fui a Estados Unidos y comencé a leer, no comprendía bien la tradición norteamericana. Leía a (Ernst) Hemingway y sentía que le faltaba una página a sus cuentos y que éstos terminaban abruptamente y no tenían juegos de artificio porque eran más de profundidad psicológica, de situación, pero no había ese final latinoamericano.

En este libro hay un intento de fusionar esas tradiciones, al comienzo los cuentos son más de la tradición latinoamericana, son cuentos más cortos. Los que van hacia el final del libro son cuentos más largos, éstos responden más a una tradición norteamericana, son más de personajes.
La idea es que el libro (Billie Ruth) fusione esas tradiciones. En ese sentido he tenido un viaje. Si lo lees de principio a fin hay un viaje que empieza desde mis primeros cuentos.

—¿Es una forma de conocer una maduración en tu narración?

—Creo que hay un cambio en mi concepción del cuento. La idea es tratar de no perder lo que ya tenía antes, con lo que comencé en mis primeros cuentos, e incorporar a eso otro tipo de desarrollo que es, sobre todo, el trabajo con el personaje. Si lo lees salteado (Billie Ruth) quizás no te des cuenta de eso, pero si lo lees en orden cronológico la idea es que se vaya creando ese efecto que haya un cambio y que tú mismo no te vayas dando cuenta y que el libro vaya cambiando hacia otra cosa.

—En tus cuentos hay muchos guiños con la música, el cine…

—Me gusta dialogar con la literatura, el cine, los cómics, la música. En muchos casos son textos que nacen a partir de otros textos. Casa tomada es una fusión de una canción de la letra de Ryan Adams que me hizo recuerdo a Casa tomada (de Julio Cortázar) y traté de fusionar esas dos influencias.

En el cuento Los otros tiene que ver con el imaginario de Phillip Dick, onda fantástica y ciencia ficción. Quizás es el único cuento que tiene onda fantástica, de ciencia ficción. La idea es que no desentone, ése era el desafío. Tengo una variedad de textos en extensión, registro y ojalá que el libro se pueda leer como unidad no como un juntado de cuentos.

Me interesa mucho como desafío los libros de cuentos. Hablo de libros como el Llano en llamas (de Juan Rulfo) o Ficciones (Jorge Luis Borges) que entregan todo casi como novela, pero en realidad es un libro de cuentos. Libros en los que se va creando una atmósfera. Eso intenté hacer.

—¿Cuál es la propuesta de tu próxima obra: Iris?

—Me interesa muchísimo dialogar con los géneros populares. En la novela Norte me interesó dialogar con el género policial y ahora hay un diálogo con la ciencia ficción. Para mí, en este momento, la ciencia ficción y la novela policial son dos géneros centrales. Esto lo digo por dos cosas fundamentales: la novela policial nos dice mucho de la corrupción actual en nuestras sociedades. La ciencia ficción nos dice mucho de nuestras ansiedades y proyecta tendencias.

No entiendo la ciencia ficción ni me interesa escribir qué va a pasar en los próximos 50 años. Este libro de ciencia ficción nos puede hablar de nuestras ansiedades del presente. Es decir, la biotecnología, la manipulación genética, la clonación, los hackers y los virus que son ansiedades actuales.

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