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John Lennon: una biografía en cartas

La correspondencia del fundador de Los Beatles reconstruye las memorias que no tuvo tiempo de escribir

/ 10 de febrero de 2013 / 04:00

Como Mozart, John Lennon era bastante pícaro, además de escatológico. Y, por supuesto, al igual que el niño prodigio de Salzburgo, un genio…
Así se deduce de sus cartas. Si algo hacía compulsivamente John Lennon era escribir. Desde niño tomó ese hábito en gran medida impuesto por su tía Mimi, que en realidad fue su madre y su padre. Lo educó, y quiso convertir a John en un chico serio y en un caballerete agradecido.

Gracias a que mantuvo la costumbre, hoy podemos conocer grandes rasgos de su carácter y detalles de su atribulada biografía —desde las gracias que le daba a sus tías por los regalos de Navidad a las más que agresivas pullas que dirigió a Paul y Linda McCartney tras la separación de The Beatles— por medio de las epístolas, postales y notas que envió a sus íntimos. Su amigo, el escritor Hunter Davies, las ha reunido por primera vez en Las cartas de John Lennon (Libros Cúpula).

Davies pasó muchas horas al lado de John Lennon. Gozaba de su confianza y fue autor de una biografía autorizada de The Beatles. Hace poco tiempo, en previsión del 50 aniversario del grupo en 2012, convenció a Yoko Ono de que había llegado el momento de retratar a su marido por medio de sus cartas. Lo ha hecho en 250 misivas. Recorren desde la infancia en Liverpool hasta los días previos a su asesinato en Nueva York y arrojan un fiel retrato del personaje que Davies conoció. “Un genio, loco, amable, guarro, tremendo, lleno de talento, eterno buscador, infeliz, feliz, incansable buscador…”, afirma.

Su soledad, su tristeza, su rabia, su inocencia, su romanticismo, su infantilismo, sus inmadureces, sus rencores, sus amores, sus ligues, sus sueños, su verdad, su escaso apego por el dinero, su enorme generosidad, sus miserias, su ego… Todo eso se deduce de las cartas.

LENNON. Lennon descarado y Lennon desafiante. Lennon miedoso hasta en su etapa de pleno éxito y Lennon enormemente autocrítico. Lennon impaciente y Lennon sereno. Lennon apóstol y Lennon con los pies en la tierra al tiempo que toca el cielo. Lennon idealista y Lennon realista. Lennon harto, traumatizado, paranoico con las críticas y, finalmente, Lennon en paz consigo mismo.

En estas cartas se revela el empeño en arreglar sus cosas con un padre que vio desaparecer en la infancia, marino errante, fracasado, al que luego su hijo no tuvo inconveniente en mantener junto a su novia de 19 años tras el reencuentro. Pero, eso sí, sin que se enterara su tía Mimi, que lo detestaba. “Sé que va a ser un poco incómodo la primera vez que nos veamos y puede que durante unas cuantas veces, pero creo que todavía hay esperanza para nosotros…”, escribe John el 1 de septiembre de 1967. “No lo divulgues. No quiero que Mimi se vuelva loca. A la prensa quiero decir”.

Después llegaría la reconciliación en toda regla. Pese a que la idea no le hacía la menor gracia tampoco a Dot Jarlett, su ama de llaves, tuvo que ver cómo el viejo Alfred, que entonces trabajaba en la cocina de un hotel, se instalaba un mes después en el ático de su casa con su novia, Pauline.

El concepto paternidad en John Lennon siempre fue un arma de doble filo. La historia se volvió a repetir con su hijo Julián, quien al aparecer Yoko Ono se sintió abandonado: “Fue lo mismo, las relaciones nunca volvieron a mejorar. John lo rechazó, lo lamentó con el tiempo, pero nunca hizo nada para arreglarlo, sobre todo después de que naciera Sean [su segundo hijo, junto a Yoko]”, comenta Davies.

Yoko Ono fue la causa de varias rupturas y de nuevas uniones. Aquella enigmática mujer que llegaba del lejano oriente, pero había estudiado en Estados Unidos, artista underground, casi diez años mayor que él, niña ‘bien’ y criada en una casa donde llegó a haber 30 sirvientes, le robó el corazón y la cabeza a la manera de una Gala. Que la criticaran, que la despreciaran, como sintió que hicieron los McCartney, le sulfuraba.

A Linda y Paul, por ejemplo, hacia 1971, les dice: “Espero que te des cuenta de toda la mierda que tú y el resto de mis amables y desinteresados amigos han lanzado contra Yoko y contra mí desde que estamos juntos. Puede que a veces hayan sido un poco más sutiles o debería decir ‘clase media’, pero no muchas”.

La carta es conocida por los expertos como La bronca de John y surge a raíz de las pullas que McCartney le lanza en su álbum Ram. Para muchos supone la ruptura total y, en ella, Lennon trata de bajar los humos a su compañero sobre el legado y las hazañas del grupo: “No me avergüenzo de Los Beatles (fui yo quien lo empezó), excepto de la mierda que aceptamos para hacernos tan grandes. (…) ¿De verdad crees que la mayor parte del arte actual ha surgido debido a Los Beatles? No creo que estés tan loco, Paul. Por supuesto que cambiamos el mundo, pero trata de llegar hasta el fondo”.

LINDA. A Linda no le muestra el más mínimo afecto cuando recuerda cómo le sugirió que guardara silencio respecto al rumor de su separación: “Con tu mezquina y pequeña mente perversa, señora McCartney, tuviste el cuajo de pedirme que guardara silencio. Por supuesto, el aspecto del dinero es importante (para todos nosotros) sobre todo después de toda la mierda que vino de tu loca familia política”.

Y el dinero fue importante, desde luego. Ésa y otras cartas se subastaron por decenas de miles de euros en el mercado. La de la famosa bronca salió por primera vez en Christie’s en 2001 y diez años después volvió a aparecer en California. En cuanto a la amistad, el tiempo lo cura todo. Ahora, según el propio Davies y según la misma Yoko Ono confesaba en una entrevista, la viuda de Lennon y McCartney se llevan mucho mejor, aunque no sean íntimos. “Me harté de ser la bruja”, decía ella.

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20 años de erecciones

Hace dos décadas, una pastilla azul llegó a las farmacias para combatir la disfunción eréctil y revolucionó las alcobas.

/ 31 de octubre de 2018 / 04:01

Nació como un fracaso. Lo que se intuía como un simple alivio fue una revolución. Así surgió el viagra. Fue un efecto secundario que se convirtió en una descarga de felicidad universal al llegar hace 20 años a las farmacias. Y a las alcobas. Cuando sus precursores, comandados por el ­premio Nobel estadounidense Robert Furchgott, buscaban remedio a las enfermedades cardiovasculares con el sildenafilo, se dieron cuenta de que apenas ­producía efectos sobre la angina de pecho, pero sí de bulto en el pene de quienes lo tomaban.

Apesadumbrados pero medio sonrientes, intuyeron que podían alargar muchos sueños…

Uno suele rehuir la entrada en los hospitales, pero el deber llama para el aniversario de los 20 años de la llegada del viagra y consultamos al doctor Javier Romero Otero, una autoridad en urología. Cuando lleva cinco minutos de conversación específica, divulgativa, directa y adornada a base de dibujos instantáneos con todo tipo de vasos sanguíneos y aparatos reproductores marcados sobre el folio en blanco, mira de reojo y tira diagnóstico:

—En los años que se ha asentado el viagra, aparte de la disfunción eréctil, ha cambiado el paradigma de otras enfermedades, como las cardiovasculares. Quienes presentan síntomas de lo primero es muy probable que en dos años o así puedan padecer problemas de corazón. Así que quienes llevan vida sedentaria y van sobrados de peso quedan sobre aviso…

Agradecida la prevención, fuera del despacho recapitulamos: ¡el viagra fue la bomba! Lo han comprado 66 millones de personas en todo el mundo, según el laboratorio Pfizer. La marca pionera se forró inicialmente: de los 100 millones de dólares previstos para el primer año pasó a 1.000. Resultó ser el primer potenciador a escala global. Luego se le unieron otras marcas con distintos efectos y fórmula —Levitra, Cialis— para elegir lo que más conviene. Incluso los genéricos en los últimos años, a un precio más asequible, junto a los timos por internet. Aunque Pfizer ahora afronte el bajón por culpa de un mercado más variado, el laboratorio pasó a la historia como pionero.

Además, con el tiempo, el medicamento mutó también hacia sus propósitos iniciales y transformó el diagnóstico de la disfunción eréctil. Lo hizo pasar del terreno de la enfermedad psicosomática al campo coronario de nuevo, porque comenzó a verse como síntoma de problemas cardiovasculares.

Si es así, ¿por qué, tal como cuenta un varón activo con 70 años —nadie quiere dar nombres a su experiencia en este reportaje, salvo los expertos—, los de su quinta aún tienen reservas para probarlo? Más si, como dice Ramón Abascal, urólogo también del hospital Central de Oviedo, “está claro que la medicina ha dado más gustos que disgustos”.

Este hombre de 70 años anduvo sin ayuda hasta los 62. “Empecé a fallar en 2012”. Por entonces tenía pareja estable, pero como monógamo propiamente no se le puede calificar. Ahora tampoco abusa, aunque lo ha probado casi todo en el campo de la disfunción, aparte del viagra: “Todos producen el mismo sofoco. Pero para relaciones estables viene mejor el cialis. Mientras que para esporádicas, el levitra”, aconseja hecho todo un oráculo. “Aunque, bueno, yo con cuatro o cinco veces a la semana voy que chuto, no soy de los que andan dando el salto del tigre”.

¿A la edad que tiene? Inevitable recordar a Luis Buñuel cuando en sus memorias confiesa que estaba deseando llegar a ciertos años para librarse de la tiranía del deseo: ¿Qué hubiera sido del maestro en la era del viagra? Misterio.

LAS PRIMERAS VENTAS

Sin embargo, con nuestro amigo septuagenario se impone la naturalidad sin aditivos doctrinarios ni traumas oscuros. Pertenece a una generación que creció preparándose para que un día la fiesta se acabara. Había que aprovechar lo máximo entre los huecos que dejaba la mala conciencia de las primeras masturbaciones con obligada penitencia de confesión, una expectativa de matrimonio y el ocaso. Él ha tratado de rebelarse contra esa hoja de ruta. Por eso, cuando conoció el invento que en octubre de 1998 se introdujo en España, lo recibió como un milagro.

Aquel primer año batió marcas pese al precio: se vendieron 1,5 millones de pastillas a 7.000 pesetas (333 bolivianos) la caja de cuatro unidades de 50 mg. Una buena acogida para un país en el que se calculaba que dos millones de hombres sufrían disfunción eréctil. Las ventas aumentaron el año siguiente a velocidad desaforada, con un incremento del 60% en los siguientes 12 meses.

“Ha cambiado la vida de mucha gente. Hablan de jóvenes suficientemente preparados, pero resulta que ahora los jubilados también nos sentimos suficientemente preparados”, comenta nuestro setentero. “A mí el viagra me ha venido muy bien. Me ha aportado mucha seguridad, por eso me resulta raro que a algunos de mi quinta les produzca reparo, sientan que si lo toman les puede dar algo. Claro que a muchos los comprendo. Cuando llevas 35 años casado, a lo mejor lo que falla es la libido, no otra cosa. Y no es que yo sea Tarzán, a ver si me entiendes. La perspectiva que te pone por delante es como la de las nuevas tecnologías. Uno no queda condenado. Con este invento, a cierta edad, tú decides cuándo parar, no tu cuerpo”.

Lo llamativo es cuando aparecen datos de consumo precoz. El remedio, que se había concebido para edades avanzadas, se extiende sin freno entre los jóvenes. Una paradoja implícita a su descubrimiento como efecto secundario.

Así como el equipo de Furchgott entendió su eficacia contra la disfunción eréctil y se olvidó de su propósito inicial, los veinteañeros y treintañeros lo utilizan como un seguro infalible ante las sorpresas inesperadas de la noche en edades donde debería instalarse la despreocupación. El viagra ha roto las fronteras de la edad, aunque este aspecto espante a los médicos, a los sexólogos, a los responsables de la salud pública. Fue también una prueba. Después pasó a ser un hecho. Ahora, entre muchos menores de 40 se ha convertido en hábito.

“Hoy cualquier buen camello contemporáneo que se precie ofrece viagra como mercancía junto a otros productos”. Lo comenta un catalán de 40 años con trabajo nocturno que comenzó a probarlo a los 31. “Me lo ofreció gratis un familiar que era visitador médico”, confiesa. Aquello tenía visos de parecer un test de mercado premeditado. Él empezó en plan lúdico con el levitra. “Era mucho más agresivo que el cialis, con el que estoy ahora. Viene bien para las primeras citas, cuando no conoces a la persona. Por una cuestión psicológica. A la segunda o tercera puede que ya no te haga falta. Lo que más me gusta es la erección continuada, en plan extended version, y que puedes liberar tu cabeza de la presión. Elimina el pudor, te hace sentir más viril”.

Aunque también, en lo que afecta al levitra, dice, hay que andar con ojo. “Los efectos no deben llevar a engaño ni a que crean que eres un superhéroe. Al fin y al cabo, es una forma de doparse que te hace muchas veces sentirte confundido. ¿Es esto real?, te preguntas. Y no sabes responderte bien”. Por si acaso, nuestro trabajador nocturno confiesa poco a la otra parte si se mete la dosis o no. “Aunque cuando ya vas cogiendo confianza lo puedes llegar a comentar: ‘Esta noche, pastillita, ya verás’. Como una forma de amor incluso, de generosidad compartida y complicidad dentro del juego de pareja”.

No es lo que algún médico le ha dicho a otro hombre que quiere compartir su experiencia con 64 años: “Un urólogo me contó que al recetarlo en consulta contrastaba la sonrisa de ellos con la cara de terror de ellas, calibrando quizá cierto exceso de pasión”. Él lo probó hace siete años porque los efectos secundarios de otro medicamento le producían bajón. “Fue poco tiempo, pero muy útil. Soluciona el problema cuando se presenta. Ahora, desde luego, puede producir un priapismo sospechoso. La mujer con la que estaba entonces lo detectó. Pero he de decir que venían a ser erecciones nada molestas. Un descubrimiento, vamos. Para mí, el viagra ha sido un pequeño hito que ha hecho feliz a mucha gente. Te metes algo para poder llegar a más lugares y conocer otras cotas. De hecho, supongo que también habrá dado pie a muchas infidelidades, aprovechando las ganas”.

LAS PREFERENCIAS SEXUALES

Infidelidad, maldita palabra. O viceversa. Casi integral, específica e identitaria dentro del mundo gay. Como tal se define quien nos ofrece el siguiente testimonio: 58 años y jamás osó acostarse con una mujer. “Como dicen mis amigos norteamericanos, soy un gay gold star”. Por no dar, no debió ni consentirle un beso a su única novia cuando ambos tenían 21 años: “Le dije: ‘Mira, no. Me gustan los hombres”. Y eso no se estilaba mucho en el pueblo norteño donde creció. Quizá por eso no le costó apenas adaptarse al ritmo de la capital. “Los gais, ya sabes: primero follar y luego ya, si eso, hablamos”. El sexo es el centro. Y en su caso, la penetración activa es fundamental. La única opción. “En eso pesa la infancia en el pueblo. Es cuestión de educación. Nos sentimos más machos. Nosotros la necesitamos; un pasivo, no lo creo. En mi generación esa distinción era importante. Ahora no tanto. Son mucho más versátiles”.

Comenzó a tomarlas gracias a la recomendación de un psicólogo. “Los homosexuales de mi quinta somos algo neuróticos. Todo se encadena. La inestabilidad lleva al alcohol y de ahí a la disfunción. Comencé a tomar las pastillas y me producían náuseas, dolor de cabeza. Llegan los problemas de orgullo. Y, claro, también si se lo comentas a tu pareja, él puede pensar que puede ser un problema suyo, que no te excita o atrae lo suficiente. Al contrario también. Si tienes un amante más joven y casado con una mujer, como es mi caso, no se lo digo. ¿Dónde queda la autoestima?”.

Para él, la diferencia entre tomar y no tomar afecta. Prefiere seguir disfrutando del juego. “No someterme todavía a la eutanasia sexual, como dice un amigo. Pero tampoco me frustraría perder el deseo. Dejé de fumar, dejé de beber y ya no practico sexo tanto como practicaba. El tiempo lo lleno cocinando o yendo al cine”.

También parece cierto que en el mundo gay el efecto de una pastilla nunca se desaprovecha. “La urgencia la resolvemos sí o sí. Sabes que entras a las cinco en una sauna y puedes salir a las nueve de la noche. Siempre encuentras algo. Por no hablar de las aplicaciones. Yo no soy muy aficionado porque están acabando con los sitios de ambiente. Pero para un apretón sirven”.

Puede que dentro del mundo gay se hable tanto de sexo como de sexualidad. Ana Flora Álvarez, terapeuta sexual, sabe que entre los heterosexuales no ocurre. “Sobre todo, entre los hombres. Nosotras sí tratamos la sexualidad. Si supieran que la mayoría de las mujeres somos clitorianas antes que coitales, necesitarían menos viagra y lo reemplazarían por más trabajo de boca y manos”. También tiene reproches para ellas: “La masturbación no se da con la frecuencia ideal en las mujeres. Si no conocemos bien nuestro cuerpo y nuestros puntos erógenos, tampoco podremos transmitírselo a ellos”. Se cansa de advertirlo en sus terapias de grupo o reuniones de tupper sex, con todo tipo de artilugios propicios para la fantasía táctil.

Para fantasías, como Estefanía, pocas. Lleva 20 de sus 51 años ejerciendo en la calle por el centro de Madrid. Su clientela oscila entre los veinteañeros y los octogenarios. En el bolso mete cada mañana preservativos y viagra. “La consigo porque me la procura un farmacéutico a cambio de un servicio”. Lleva mucha rabia encima. Desde niña: “Yo que no quería hacer el amor salvo con la persona que realmente quisiera, mira dónde he acabado”. En el oficio, dos hijos muertos y enterrados lejos y otro al que mantener. “No hace nada en la vida, pero si no le mando dinero y no me quiere hablar, yo ni duermo”. Así sobrevive ella amargada, pese a que muchas veces, más que sexo, lo que procura es psicología: “Lo del viagra muchas veces es cabeza. Los jóvenes van a lo que van, pero con las personas mayores hay que tener paciencia. Contratan el servicio, se toman la pastilla, se dan una vuelta y regresan. Muchos tienen esposa, por no contar casi todos, que yo les digo: ‘Si usted tiene su mujer, ¿a qué se viene acá?’. Me dicen que por morbo, así que yo les finjo. En la calle hay hombres que no le dan importancia a la belleza, sino al trato”. También abundan peligros: “Algunos viejos que con el viagra exigen hacerlo a pelo (sin utilizar condón) porque creen que sienten más profundo. Yo jamás trabajo así. Es para darles un cuascazo”.

RENACER EN LA CAMA

Para pocos trotes anda este nuevo invitado a compartir sus experiencias con 65 años. Accede con gusto, porque presume de ser un experto provisto de 10 dedos y lengua. En su caso, el exceso de alcohol y drogas le llevaron demasiado pronto a tener problemas: “Con 45 años me di cuenta de que no me respondía bien ese amigo con quien tan maravillosamente me había entendido siempre: mi pene”. Un psiquiatra le dio el remedio. “El deseo no había desaparecido; las ganas, menos”. Pero el efecto tampoco fue tan deslumbrante como para otros: “Me dio confianza, pero el sexo, a veces, pasaba sin pena ni gloria”. Lo tomaba a hurtadillas. En alguna ocasión, precipitadamente. “Entonces me veía abocado al bendito onanismo. Otras funcionaba como un enorme afrodisiaco. Ahora ando retirado; si vuelvo a encontrar pareja, recurriré de nuevo a ello y dejaré mi vida de ermitaño”.

Si no fuera porque esta mujer de 52 años residente en Cataluña empujó a su pareja hacia el viagra, también él llevaría quizás una existencia de retiro. Pero ella siempre confió en el poder de la pastilla para prolongar sus relaciones, aunque tuviera sus decepciones: “Al abrir el maletero del coche de mi exmarido, descubrí bajo la alfombrilla esa que cubre la rueda de repuesto un paquete de viagra. Si lo utilizó conmigo, no lo noté. Puede que fuera con otras…”. Aun así, no le tomó manía al medicamento. Al contrario, una vez divorciada y metida en otra relación, decidió utilizarla como regalo. “Mi pareja me invitó a un fin de semana romántico en las montañas. Era un poco chapado a la antigua. Yo no tenía ni idea de si lo había utilizado o no, el caso es que a mí él me encantaba y estaba decidida a disfrutar de su compañía”.

Fue a la farmacia y se asesoró. La noche pedía cena íntima y descorche de vino. “Te traigo un detalle, ábrelo”. Había envuelto el paquete casi con lazo. “¿Qué es?”, preguntó él. “Lo que llaman el éxtasis de la vida”, respondió ella. Se lo explicó con tacto, por si acaso se sentía ofendido en su virilidad, y él aceptó. Cuando llevaban una copa de vino y se disponían a servirse la segunda, él frenó. El alcohol estaba contraindicado para los efectos. Así que agua. Bailaron… “Entonces yo noté que aquello hacía efecto”, comenta ella, “por el roce”. Aun así, yo me di cuenta de que la cara le cambiaba de color. Siguieron, pero al entrar la madrugada el tono rojillo de los calores era morado: “Como el del vino tinto. ¡Coño! Me asusté. ¡Ay, Dios…!”. Para colmo, se le había inflamado un testículo.

Pero no entraron en pánico. Se fue al baño, leyó los efectos secundarios y se calmó. No le hizo ni caso a los síntomas. La experiencia había merecido la pena: “Había roto su apatía y descubierto una especie de fuego interior que permanecía apagado. Le salió el hombre”, comenta ella. Ni discutieron la conveniencia de seguir o no seguir tomándola. Aquello rompió un tabú en él y abrió un mundo para esta mujer madura que, con un divorcio a cuestas, tiene toda una segunda vida de plenitud por delante.

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20 años de erecciones

Hace dos décadas, una pastilla azul llegó a las farmacias para combatir la disfunción eréctil y revolucionó las alcobas.

/ 31 de octubre de 2018 / 04:01

Nació como un fracaso. Lo que se intuía como un simple alivio fue una revolución. Así surgió el viagra. Fue un efecto secundario que se convirtió en una descarga de felicidad universal al llegar hace 20 años a las farmacias. Y a las alcobas. Cuando sus precursores, comandados por el ­premio Nobel estadounidense Robert Furchgott, buscaban remedio a las enfermedades cardiovasculares con el sildenafilo, se dieron cuenta de que apenas ­producía efectos sobre la angina de pecho, pero sí de bulto en el pene de quienes lo tomaban.

Apesadumbrados pero medio sonrientes, intuyeron que podían alargar muchos sueños…

Uno suele rehuir la entrada en los hospitales, pero el deber llama para el aniversario de los 20 años de la llegada del viagra y consultamos al doctor Javier Romero Otero, una autoridad en urología. Cuando lleva cinco minutos de conversación específica, divulgativa, directa y adornada a base de dibujos instantáneos con todo tipo de vasos sanguíneos y aparatos reproductores marcados sobre el folio en blanco, mira de reojo y tira diagnóstico:

—En los años que se ha asentado el viagra, aparte de la disfunción eréctil, ha cambiado el paradigma de otras enfermedades, como las cardiovasculares. Quienes presentan síntomas de lo primero es muy probable que en dos años o así puedan padecer problemas de corazón. Así que quienes llevan vida sedentaria y van sobrados de peso quedan sobre aviso…

Agradecida la prevención, fuera del despacho recapitulamos: ¡el viagra fue la bomba! Lo han comprado 66 millones de personas en todo el mundo, según el laboratorio Pfizer. La marca pionera se forró inicialmente: de los 100 millones de dólares previstos para el primer año pasó a 1.000. Resultó ser el primer potenciador a escala global. Luego se le unieron otras marcas con distintos efectos y fórmula —Levitra, Cialis— para elegir lo que más conviene. Incluso los genéricos en los últimos años, a un precio más asequible, junto a los timos por internet. Aunque Pfizer ahora afronte el bajón por culpa de un mercado más variado, el laboratorio pasó a la historia como pionero.

Además, con el tiempo, el medicamento mutó también hacia sus propósitos iniciales y transformó el diagnóstico de la disfunción eréctil. Lo hizo pasar del terreno de la enfermedad psicosomática al campo coronario de nuevo, porque comenzó a verse como síntoma de problemas cardiovasculares.

Si es así, ¿por qué, tal como cuenta un varón activo con 70 años —nadie quiere dar nombres a su experiencia en este reportaje, salvo los expertos—, los de su quinta aún tienen reservas para probarlo? Más si, como dice Ramón Abascal, urólogo también del hospital Central de Oviedo, “está claro que la medicina ha dado más gustos que disgustos”.

Este hombre de 70 años anduvo sin ayuda hasta los 62. “Empecé a fallar en 2012”. Por entonces tenía pareja estable, pero como monógamo propiamente no se le puede calificar. Ahora tampoco abusa, aunque lo ha probado casi todo en el campo de la disfunción, aparte del viagra: “Todos producen el mismo sofoco. Pero para relaciones estables viene mejor el cialis. Mientras que para esporádicas, el levitra”, aconseja hecho todo un oráculo. “Aunque, bueno, yo con cuatro o cinco veces a la semana voy que chuto, no soy de los que andan dando el salto del tigre”.

¿A la edad que tiene? Inevitable recordar a Luis Buñuel cuando en sus memorias confiesa que estaba deseando llegar a ciertos años para librarse de la tiranía del deseo: ¿Qué hubiera sido del maestro en la era del viagra? Misterio.

LAS PRIMERAS VENTAS

Sin embargo, con nuestro amigo septuagenario se impone la naturalidad sin aditivos doctrinarios ni traumas oscuros. Pertenece a una generación que creció preparándose para que un día la fiesta se acabara. Había que aprovechar lo máximo entre los huecos que dejaba la mala conciencia de las primeras masturbaciones con obligada penitencia de confesión, una expectativa de matrimonio y el ocaso. Él ha tratado de rebelarse contra esa hoja de ruta. Por eso, cuando conoció el invento que en octubre de 1998 se introdujo en España, lo recibió como un milagro.

Aquel primer año batió marcas pese al precio: se vendieron 1,5 millones de pastillas a 7.000 pesetas (333 bolivianos) la caja de cuatro unidades de 50 mg. Una buena acogida para un país en el que se calculaba que dos millones de hombres sufrían disfunción eréctil. Las ventas aumentaron el año siguiente a velocidad desaforada, con un incremento del 60% en los siguientes 12 meses.

“Ha cambiado la vida de mucha gente. Hablan de jóvenes suficientemente preparados, pero resulta que ahora los jubilados también nos sentimos suficientemente preparados”, comenta nuestro setentero. “A mí el viagra me ha venido muy bien. Me ha aportado mucha seguridad, por eso me resulta raro que a algunos de mi quinta les produzca reparo, sientan que si lo toman les puede dar algo. Claro que a muchos los comprendo. Cuando llevas 35 años casado, a lo mejor lo que falla es la libido, no otra cosa. Y no es que yo sea Tarzán, a ver si me entiendes. La perspectiva que te pone por delante es como la de las nuevas tecnologías. Uno no queda condenado. Con este invento, a cierta edad, tú decides cuándo parar, no tu cuerpo”.

Lo llamativo es cuando aparecen datos de consumo precoz. El remedio, que se había concebido para edades avanzadas, se extiende sin freno entre los jóvenes. Una paradoja implícita a su descubrimiento como efecto secundario.

Así como el equipo de Furchgott entendió su eficacia contra la disfunción eréctil y se olvidó de su propósito inicial, los veinteañeros y treintañeros lo utilizan como un seguro infalible ante las sorpresas inesperadas de la noche en edades donde debería instalarse la despreocupación. El viagra ha roto las fronteras de la edad, aunque este aspecto espante a los médicos, a los sexólogos, a los responsables de la salud pública. Fue también una prueba. Después pasó a ser un hecho. Ahora, entre muchos menores de 40 se ha convertido en hábito.

“Hoy cualquier buen camello contemporáneo que se precie ofrece viagra como mercancía junto a otros productos”. Lo comenta un catalán de 40 años con trabajo nocturno que comenzó a probarlo a los 31. “Me lo ofreció gratis un familiar que era visitador médico”, confiesa. Aquello tenía visos de parecer un test de mercado premeditado. Él empezó en plan lúdico con el levitra. “Era mucho más agresivo que el cialis, con el que estoy ahora. Viene bien para las primeras citas, cuando no conoces a la persona. Por una cuestión psicológica. A la segunda o tercera puede que ya no te haga falta. Lo que más me gusta es la erección continuada, en plan extended version, y que puedes liberar tu cabeza de la presión. Elimina el pudor, te hace sentir más viril”.

Aunque también, en lo que afecta al levitra, dice, hay que andar con ojo. “Los efectos no deben llevar a engaño ni a que crean que eres un superhéroe. Al fin y al cabo, es una forma de doparse que te hace muchas veces sentirte confundido. ¿Es esto real?, te preguntas. Y no sabes responderte bien”. Por si acaso, nuestro trabajador nocturno confiesa poco a la otra parte si se mete la dosis o no. “Aunque cuando ya vas cogiendo confianza lo puedes llegar a comentar: ‘Esta noche, pastillita, ya verás’. Como una forma de amor incluso, de generosidad compartida y complicidad dentro del juego de pareja”.

No es lo que algún médico le ha dicho a otro hombre que quiere compartir su experiencia con 64 años: “Un urólogo me contó que al recetarlo en consulta contrastaba la sonrisa de ellos con la cara de terror de ellas, calibrando quizá cierto exceso de pasión”. Él lo probó hace siete años porque los efectos secundarios de otro medicamento le producían bajón. “Fue poco tiempo, pero muy útil. Soluciona el problema cuando se presenta. Ahora, desde luego, puede producir un priapismo sospechoso. La mujer con la que estaba entonces lo detectó. Pero he de decir que venían a ser erecciones nada molestas. Un descubrimiento, vamos. Para mí, el viagra ha sido un pequeño hito que ha hecho feliz a mucha gente. Te metes algo para poder llegar a más lugares y conocer otras cotas. De hecho, supongo que también habrá dado pie a muchas infidelidades, aprovechando las ganas”.

LAS PREFERENCIAS SEXUALES

Infidelidad, maldita palabra. O viceversa. Casi integral, específica e identitaria dentro del mundo gay. Como tal se define quien nos ofrece el siguiente testimonio: 58 años y jamás osó acostarse con una mujer. “Como dicen mis amigos norteamericanos, soy un gay gold star”. Por no dar, no debió ni consentirle un beso a su única novia cuando ambos tenían 21 años: “Le dije: ‘Mira, no. Me gustan los hombres”. Y eso no se estilaba mucho en el pueblo norteño donde creció. Quizá por eso no le costó apenas adaptarse al ritmo de la capital. “Los gais, ya sabes: primero follar y luego ya, si eso, hablamos”. El sexo es el centro. Y en su caso, la penetración activa es fundamental. La única opción. “En eso pesa la infancia en el pueblo. Es cuestión de educación. Nos sentimos más machos. Nosotros la necesitamos; un pasivo, no lo creo. En mi generación esa distinción era importante. Ahora no tanto. Son mucho más versátiles”.

Comenzó a tomarlas gracias a la recomendación de un psicólogo. “Los homosexuales de mi quinta somos algo neuróticos. Todo se encadena. La inestabilidad lleva al alcohol y de ahí a la disfunción. Comencé a tomar las pastillas y me producían náuseas, dolor de cabeza. Llegan los problemas de orgullo. Y, claro, también si se lo comentas a tu pareja, él puede pensar que puede ser un problema suyo, que no te excita o atrae lo suficiente. Al contrario también. Si tienes un amante más joven y casado con una mujer, como es mi caso, no se lo digo. ¿Dónde queda la autoestima?”.

Para él, la diferencia entre tomar y no tomar afecta. Prefiere seguir disfrutando del juego. “No someterme todavía a la eutanasia sexual, como dice un amigo. Pero tampoco me frustraría perder el deseo. Dejé de fumar, dejé de beber y ya no practico sexo tanto como practicaba. El tiempo lo lleno cocinando o yendo al cine”.

También parece cierto que en el mundo gay el efecto de una pastilla nunca se desaprovecha. “La urgencia la resolvemos sí o sí. Sabes que entras a las cinco en una sauna y puedes salir a las nueve de la noche. Siempre encuentras algo. Por no hablar de las aplicaciones. Yo no soy muy aficionado porque están acabando con los sitios de ambiente. Pero para un apretón sirven”.

Puede que dentro del mundo gay se hable tanto de sexo como de sexualidad. Ana Flora Álvarez, terapeuta sexual, sabe que entre los heterosexuales no ocurre. “Sobre todo, entre los hombres. Nosotras sí tratamos la sexualidad. Si supieran que la mayoría de las mujeres somos clitorianas antes que coitales, necesitarían menos viagra y lo reemplazarían por más trabajo de boca y manos”. También tiene reproches para ellas: “La masturbación no se da con la frecuencia ideal en las mujeres. Si no conocemos bien nuestro cuerpo y nuestros puntos erógenos, tampoco podremos transmitírselo a ellos”. Se cansa de advertirlo en sus terapias de grupo o reuniones de tupper sex, con todo tipo de artilugios propicios para la fantasía táctil.

Para fantasías, como Estefanía, pocas. Lleva 20 de sus 51 años ejerciendo en la calle por el centro de Madrid. Su clientela oscila entre los veinteañeros y los octogenarios. En el bolso mete cada mañana preservativos y viagra. “La consigo porque me la procura un farmacéutico a cambio de un servicio”. Lleva mucha rabia encima. Desde niña: “Yo que no quería hacer el amor salvo con la persona que realmente quisiera, mira dónde he acabado”. En el oficio, dos hijos muertos y enterrados lejos y otro al que mantener. “No hace nada en la vida, pero si no le mando dinero y no me quiere hablar, yo ni duermo”. Así sobrevive ella amargada, pese a que muchas veces, más que sexo, lo que procura es psicología: “Lo del viagra muchas veces es cabeza. Los jóvenes van a lo que van, pero con las personas mayores hay que tener paciencia. Contratan el servicio, se toman la pastilla, se dan una vuelta y regresan. Muchos tienen esposa, por no contar casi todos, que yo les digo: ‘Si usted tiene su mujer, ¿a qué se viene acá?’. Me dicen que por morbo, así que yo les finjo. En la calle hay hombres que no le dan importancia a la belleza, sino al trato”. También abundan peligros: “Algunos viejos que con el viagra exigen hacerlo a pelo (sin utilizar condón) porque creen que sienten más profundo. Yo jamás trabajo así. Es para darles un cuascazo”.

RENACER EN LA CAMA

Para pocos trotes anda este nuevo invitado a compartir sus experiencias con 65 años. Accede con gusto, porque presume de ser un experto provisto de 10 dedos y lengua. En su caso, el exceso de alcohol y drogas le llevaron demasiado pronto a tener problemas: “Con 45 años me di cuenta de que no me respondía bien ese amigo con quien tan maravillosamente me había entendido siempre: mi pene”. Un psiquiatra le dio el remedio. “El deseo no había desaparecido; las ganas, menos”. Pero el efecto tampoco fue tan deslumbrante como para otros: “Me dio confianza, pero el sexo, a veces, pasaba sin pena ni gloria”. Lo tomaba a hurtadillas. En alguna ocasión, precipitadamente. “Entonces me veía abocado al bendito onanismo. Otras funcionaba como un enorme afrodisiaco. Ahora ando retirado; si vuelvo a encontrar pareja, recurriré de nuevo a ello y dejaré mi vida de ermitaño”.

Si no fuera porque esta mujer de 52 años residente en Cataluña empujó a su pareja hacia el viagra, también él llevaría quizás una existencia de retiro. Pero ella siempre confió en el poder de la pastilla para prolongar sus relaciones, aunque tuviera sus decepciones: “Al abrir el maletero del coche de mi exmarido, descubrí bajo la alfombrilla esa que cubre la rueda de repuesto un paquete de viagra. Si lo utilizó conmigo, no lo noté. Puede que fuera con otras…”. Aun así, no le tomó manía al medicamento. Al contrario, una vez divorciada y metida en otra relación, decidió utilizarla como regalo. “Mi pareja me invitó a un fin de semana romántico en las montañas. Era un poco chapado a la antigua. Yo no tenía ni idea de si lo había utilizado o no, el caso es que a mí él me encantaba y estaba decidida a disfrutar de su compañía”.

Fue a la farmacia y se asesoró. La noche pedía cena íntima y descorche de vino. “Te traigo un detalle, ábrelo”. Había envuelto el paquete casi con lazo. “¿Qué es?”, preguntó él. “Lo que llaman el éxtasis de la vida”, respondió ella. Se lo explicó con tacto, por si acaso se sentía ofendido en su virilidad, y él aceptó. Cuando llevaban una copa de vino y se disponían a servirse la segunda, él frenó. El alcohol estaba contraindicado para los efectos. Así que agua. Bailaron… “Entonces yo noté que aquello hacía efecto”, comenta ella, “por el roce”. Aun así, yo me di cuenta de que la cara le cambiaba de color. Siguieron, pero al entrar la madrugada el tono rojillo de los calores era morado: “Como el del vino tinto. ¡Coño! Me asusté. ¡Ay, Dios…!”. Para colmo, se le había inflamado un testículo.

Pero no entraron en pánico. Se fue al baño, leyó los efectos secundarios y se calmó. No le hizo ni caso a los síntomas. La experiencia había merecido la pena: “Había roto su apatía y descubierto una especie de fuego interior que permanecía apagado. Le salió el hombre”, comenta ella. Ni discutieron la conveniencia de seguir o no seguir tomándola. Aquello rompió un tabú en él y abrió un mundo para esta mujer madura que, con un divorcio a cuestas, tiene toda una segunda vida de plenitud por delante.

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La escritura en el periodismo

El reportero Martín Caparrós arma en ‘Lacrónica’ un manual en el que desgrana su ejercicio de la profesión

/ 25 de enero de 2016 / 13:43

Comenzó manchando mesas con los cafés y los cables de agencia que repartía entre veteranos. Lo hacía en medio de redacciones donde se esnifaba tinta a contrapelo con los relojes, la siempre incómoda actualidad y un saldo estimulante de nicotina, donde también cabían otras sustancias. Ha terminado cum laude, como una firma de referencia dentro de la denominada nueva crónica latinoamericana.

En medio, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) ha recorrido el mundo como “cazador de principios”. No solo éticos, morales o deontológicos sobre el oficio en el que acabó casi sin querer, por inercia, sino desvelando sus sueños de audacia nómada en busca de un buen comienzo para sus notas. Ahora, este periodista curtido entre publicaciones en las que lo mismo cultivaba la nota deportiva que el banquete gastronómico, da buena cuenta de sus insomnios construyendo frases para sus puzles hechos de piezas de realidad en un libro que se titula Lacrónica. Así, todo junto.

Lo que quiso ser una antología de varios artículos se ha convertido, a modo de autobiografía periodística, en un manual con alergia a los textos académicos, fundamental para quien quiera dedicarse a esto de contar el mundo. “Hace 14 o 15 años que imparto talleres en la Fundación Nuevo Periodismo (creada por Gabriel García Márquez) y eso me urgía de tanto en tanto a pensar en lo que hago y cómo lo hago. Con el libro me sentí obligado a reunirlo todo de una vez y así es como conformé esta especie de legado de las pelotas”, afirma.

No le gusta la palabra “manual”, que le lleva a “pensar en maestras antipáticas y tardes escondidas”. Pero el caso es que le ha salido uno donde pone en solfa la muchas veces sobrepasada doctrina de alcanfor salida de las universidades, de esas aulas vencidas por la realidad del oficio donde todavía algunos se atreven a hablar de objetividad y pirámides invertidas: “Lo primero no existe; ya a la hora de elegir contar una historia y no otra aplicas la subjetividad. En cuanto a la pirámide invertida, denota mediocridad, falta de ambición”. Esa coartada se inventó, opina Caparrós, “para no lectores”. La aplica quien, metiendo todo lo que importa en el primer párrafo, se rinde a la evidencia de que en lugar de 30 líneas solo aprovechará seis. “Yo me muestro un poco más orgulloso: quiero que lean todo lo que escribo, no solo una parte”.

Lejos del absurdo académico, a veces tediosamente implantado también en algunas redacciones donde se mira de reojo cualquier coqueteo con la creatividad, Caparrós habla de estructuras, de arranques, de impresiones cogidas al vuelo, de reflexión previa a lo redactado, de buscar en la poesía para combatir toda burocratización del lenguaje y no renunciar así a lo preciso, de su relación amor-odio con las palabras, de identidad…

“Ser argentino, como todo el mundo sabe, supone salir de 14 errores y varias equivocaciones. Nos dota de una mirada distinta de la que ofrecen otros países conformados por siglos de historia”. Caparrós supo que eso era ventajoso: “Nos regala una falta de prejuicios producto de las tradiciones, alejada de los nacionalismos. Éstos no son formas de mirar, sino de cerrar los ojos”. Bien abiertos los mantiene Caparrós. Y así es como —desde una tabla de gimnasia del genocida Videla a los templos del horror donde se mercantilizan cuerpos infantiles en Asia, los campos de batalla ya perdidos de las guerrillas, las peroratas revolucionarias en una La Habana fidelísima o los retos del desconcertante interior de Argentina— este insaciable contador con cráneo de nácar y bigotes de húsar sigue recorriendo el mundo en mitad de una continua huida hacia adelante.

No entiende la distinción entre escritor y periodista, valga la redundancia: “Pasé tiempo explicando que entre escribir ficción o no ficción solo existe una diferencia: para la última se supone que pasaste un tiempo previo reuniendo un material que en el caso de lo primero has ido recopilando toda la vida”. Para Caparrós, se trata de un pacto de lectura: “Nada más, con la única obligación de buscar una mejor manera de contar el mundo”.

Y para ello ya no existe una escala de importancia basada en las famosas W del periodismo americano: What, When, Where, Why… (Qué, cuándo, dónde, por qué…). “Lo más importante, lo que nos diferencia ahora, que ya contamos con la información inmediata sobre todo lo que queramos, es el cómo”. Cómo se articula y estructura el relato, cómo arranca y termina, en qué cantidad se despliegan adjetivos, con qué agilidad se dota al texto de verbos… “Todo eso es lo que va a marcar la diferencia”, indica.

Y sirve para cualquier género. No solo para lo que se ha dado en llamar la nueva crónica latinoamericana sin tener en cuenta el elemento que define esa forma: una denodada lucha contra el tiempo. “Lo adoptamos para recuperar un término que en Argentina contaba con reminiscencias un tanto sucias. El cronista era el último en el escalafón, el chico que salía a la calle, traía la información y luego se la daba a un periodista que acababa redactándola. Tenía una resonancia lumpen y queríamos dotarla de prestigio, irla limpiando”. Con el tiempo, según él, se volvió solemne. Por eso la juntó y le salió un palabro: Lacrónica. Mejor así, ¿no?.

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Secretos que esconde Onetti

Vargas Llosa alaba los enfoques narrativos y la organización del tiempo del escritor uruguayo

/ 24 de mayo de 2015 / 04:00

Si hay algo que va a veces más allá del Vargas Llosa escritor, es el Mario lector. Y éste es un apasionado del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, al que dedicó una conferencia en Madrid. “En todos los cuentos de Onetti se esconde un secreto”, aseguraba el premio Nobel ante dos salas llenas, una que lo disfrutó en vivo y, la otra, por medio de pantalla. “Y ese secreto escondido no se puede contar. En esas supresiones radica muchas veces el éxito de una narración”. Bien lo saben los escritores como ellos, que no desprecian al lector, que le dan herramientas para estudiar los secretos y para construir a su lado mundos propios, conclusiones divergentes.

Onetti, con el empeño por mantener esos secretos, quizás buscará conducir a sus seguidores hacia el lado oscuro de una manera radicalmente moderna, en telepatía directa desde la recóndita Uruguay de los años 30 y 40 a la Francia de los existencialistas. “En un libro como El pozo, su primera obra, existen muchísimas similitudes con El extranjero, de Albert Camus. Pero esto es asombroso, porque en la época en que lo escribió no pudo haberlo leído”, comentaba Vargas Llosa.

influencias. A Camus, no, pero Onetti sí leyó al estadounidense William Faulkner o al francés Louis-Ferdinand Céline. Del primero, como lo hizo todo el boom latinoamericano posterior, “sacamos la construcción de los puntos de vista, los enfoques narrativos o la organización del tiempo que necesitábamos para contar nuestra realidad. De Céline, muchas veces extraemos lo que yo denomino su estilo crapuloso. Onetti insultaba, ridiculizaba por medio del narrador a sus personajes. Es lo mismo que hace Céline. Pero, dentro de esa crueldad con la que los tratan, ambos escritores ahondan en una profunda verdad que a veces no queremos ver y que nos atañe a nosotros”.

Despistes. La conferencia retrató a Onetti como un hombre parco, muy huraño, un espectador vocacional que fue compañero de viaje de un joven Vargas Llosa por Estados Unidos. “En ese viaje a San Francisco, donde nos encontramos con el poeta Allen Gingsberg, que nos llevó en plena época hippy a conocer jóvenes que consumían peyote y LSD, Onetti observaba aquello callado y, estoy convencido, seguro que le parecía una payasada, de la que algo iba a sacar”.

Más tarde, el escritor uruguayo recomendaba lecturas penosas a los jóvenes que le pedían consejo, asegura Vargas Llosa. Lo hacía para ver si estos chicos se daban cuenta de lo malas que eran. No solo a ellos, a Onetti le gustaba despistar con maldades y sarcasmos. “Una vez le comentó al periodista y escritor Ramón Chao, cuando fue a hacerle una entrevista: ‘Ya sé por qué se ríe usted al verme, porque solo me queda este diente. No es que el resto los haya perdido, es que se los he prestado a Vargas Llosa”.

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Secretos que esconde Onetti

Vargas Llosa alaba los enfoques narrativos y la organización del tiempo del escritor uruguayo

/ 24 de mayo de 2015 / 04:00

Si hay algo que va a veces más allá del Vargas Llosa escritor, es el Mario lector. Y éste es un apasionado del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, al que dedicó una conferencia en Madrid. “En todos los cuentos de Onetti se esconde un secreto”, aseguraba el premio Nobel ante dos salas llenas, una que lo disfrutó en vivo y, la otra, por medio de pantalla. “Y ese secreto escondido no se puede contar. En esas supresiones radica muchas veces el éxito de una narración”. Bien lo saben los escritores como ellos, que no desprecian al lector, que le dan herramientas para estudiar los secretos y para construir a su lado mundos propios, conclusiones divergentes.

Onetti, con el empeño por mantener esos secretos, quizás buscará conducir a sus seguidores hacia el lado oscuro de una manera radicalmente moderna, en telepatía directa desde la recóndita Uruguay de los años 30 y 40 a la Francia de los existencialistas. “En un libro como El pozo, su primera obra, existen muchísimas similitudes con El extranjero, de Albert Camus. Pero esto es asombroso, porque en la época en que lo escribió no pudo haberlo leído”, comentaba Vargas Llosa.

influencias. A Camus, no, pero Onetti sí leyó al estadounidense William Faulkner o al francés Louis-Ferdinand Céline. Del primero, como lo hizo todo el boom latinoamericano posterior, “sacamos la construcción de los puntos de vista, los enfoques narrativos o la organización del tiempo que necesitábamos para contar nuestra realidad. De Céline, muchas veces extraemos lo que yo denomino su estilo crapuloso. Onetti insultaba, ridiculizaba por medio del narrador a sus personajes. Es lo mismo que hace Céline. Pero, dentro de esa crueldad con la que los tratan, ambos escritores ahondan en una profunda verdad que a veces no queremos ver y que nos atañe a nosotros”.

Despistes. La conferencia retrató a Onetti como un hombre parco, muy huraño, un espectador vocacional que fue compañero de viaje de un joven Vargas Llosa por Estados Unidos. “En ese viaje a San Francisco, donde nos encontramos con el poeta Allen Gingsberg, que nos llevó en plena época hippy a conocer jóvenes que consumían peyote y LSD, Onetti observaba aquello callado y, estoy convencido, seguro que le parecía una payasada, de la que algo iba a sacar”.

Más tarde, el escritor uruguayo recomendaba lecturas penosas a los jóvenes que le pedían consejo, asegura Vargas Llosa. Lo hacía para ver si estos chicos se daban cuenta de lo malas que eran. No solo a ellos, a Onetti le gustaba despistar con maldades y sarcasmos. “Una vez le comentó al periodista y escritor Ramón Chao, cuando fue a hacerle una entrevista: ‘Ya sé por qué se ríe usted al verme, porque solo me queda este diente. No es que el resto los haya perdido, es que se los he prestado a Vargas Llosa”.

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