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Gonzalo Rojas: El retorno del padre pródigo

La poesía del chileno Gonzalo Rojas (1916-2011) recorre esta entrega de la serie de comentarios que el poeta y crítico boliviano Eduardo Mitre viene haciendo en estas páginas sobre el tema del regreso —a la patria, al hogar, al lar— en la obra de algunos poetas hispanoamericanos.

/ 8 de diciembre de 2013 / 04:00

Gonzalo Rojas en una entrevista, citando a Baudelaire, afirmaba: “La verdadera patria del poeta es su infancia” (1) . Y allí se transporta el poeta chileno en el poema Carbón para aguardar el retorno de su padre: minero muerto a causa del trabajo en las minas. El poema se inicia con el regreso del poeta ya adulto a Lebu, su pueblo, por una geografía harto simbólica, descrita por el propio Rojas en la entrevista: “Es un puerto de mar y es un puerto de río al mismo tiempo, porque el río se mete hasta el pueblo mismo, pero ahí también están el océano y los cerros. Esas minas estaban debajo del mar, habían sido excavadas debajo del mar”. Dos versos de la segunda estrofa iluminan como un relámpago la escena del inminente retorno del padre presentido por el hijo: “Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado”. Y el padre, atravesando el mismo río Lota (y el Leteo), llega a la puerta de la casa donde le esperan su esposa y su hijo. Sobre el telón de fondo de la lluvia se proyecta su figura “debajo de su poncho de Castilla”; retrato portentoso, casi mítico, el cual me evoca la figura de Don Segundo Sombra en la novela homónima de Ricardo Güiraldes.

A continuación, el niño, tras identificarse, invita al padre a pasar a la casa construida hace tiempo por su progenitor: “Adelante: Te he venido a esperar, soy el séptimo de tus hijos”. Y le siguen estos versos que completan la historia y acrecientan su dramatismo: “No importa que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años / que hayamos enterrado a tu mujer en agosto”. El hijo insiste en su ansioso ruego: “—Pasa, no estés ahí / mirándome, sin verme, debajo de la lluvia”.

Y el poema concluye, sin desenlace, pues el padre permanece montado en su caballo sin ver al hijo (aunque, en rigor, no sabemos si lo ve o no), pues entre ambos se interpone, como un velo entre este mundo y el trasmundo, la lluvia que no cesa, la cual sigue cayendo como al principio del poema.    
Reconocida por el propio poeta es la repercusión que la poesía de César Vallejo tuvo en su obra. Emociona aquí constatar que la imagen del caballo, presente en el anteriormente comentado poema LVI de Trilce, relaciona a ambos poetas en el final de sus sendos poemas. Igualmente sorprendente es el paralelismo en dos otras imágenes: las madres y las lámparas que ellas portan. Así, en el poema de Vallejo:

El poyo en que mamá alumbró
al hermano mayor, para que ensille
lomos que había yo montado en pelo…

Y en el poema de Gonzalo Rojas:

Madre, ya va a llegar: abramos
el portón, dame esa luz,
yo quiero recibirlo…

En Materia de testamento, poema que da título a uno de sus libros, Rojas reúne a su padre minero con, digámoslo así, su mentor literario, para respectiva y retrospectivamente legarles: “A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar. /…/ a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio”. Pero basta con que el lector recorra en la lectura (ese otro caballo) el poema aquí transcrito, para que lleguen o vuelvan José Antonio y Gonzalo Rojas, y, con ellos o al rato, el autor de Trilce, de modo que mejor poner la mesa con el servicio para tres.

NOTA

Jacobo Sefamí: De la imaginación poética. Conversaciones con Gonzalo Rojas. Olga Orozco, Álvaro Mutis y José Kozer. Caracas: Monte Ávila, 1996, pp. 13-82.

Carbón

Gonzalo Rojas (1916-2011)

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir

mi Lebu en dos mitades de fragancia,         

lo escucho,

lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un

beso de niño como entonces,

cuando el viento y la lluvia me

mecían, lo siento

como una arteria más

entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado.

Es un olor a caballo mojado. Es un

olor

a caballo mojado. Es Juan Antonio

Rojas sobre un caballo atravesando

un río.

No hay novedad. La noche torrencial

se derrumba

como mina inundada, y un rayo la

estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el

portón,

dame esa luz, yo quiero recibirlo

antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino

para que se reponga, y me estreche

en un beso,

y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene

embarrado, enrabiado contra la

desventura, furioso

contra la explotación, muerto de

hambre, allí viene

debajo de su poncho de Castilla.

Adelante:

te he venido a esperar, yo soy el

séptimo

de tus hijos. No importa

que hayan pasado tantas estrellas

por el cielo de estos años,

que hayamos enterrado a tu mujer             

en un terrible agosto,

porque tú y ella estáis multiplicados.           

     No

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa

de roble, que tú mismo construiste.

No importa que la noche nos haya                     

sido negra

por igual a los dos.

—Pasa, no estés ahí

mirándome, sin verme, debajo de la                 

lluvia.

(Del relámpago, 1981)

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Olga Orozco: La intercesora del hijo pródigo

El poeta y crítico boliviano Eduardo Mitre, residente en Estados Unidos, retorna a estas páginas con sus comentarios y presentación de poemas hispanoamericanos que tratan el tema del regreso. Quincenalmente publicaremos esta segunda serie de cuatro entregas. De inicio, tiene la voz la poeta argentina Olga Orozco.

/ 24 de agosto de 2014 / 04:00

Esa puerta no se abre a ningún retorno”, escribe Olga Orozco en su  poema titulado Detrás de aquella puerta. A través de ella, se oye a una  suerte de Penélope herida, resentida, por el desamor, las veleidades y la prolongada ausencia de Ulises, a cuyo retorno ella se opone, endureciendo y multiplicando sus negativas. La queja y el rechazo no se agotan en lo personal sino que implican una impugnación del héroe, de la violencia y la usurpación que revelarían su cara verdadera: la codicia: “No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas”. Un tono de rechazo enérgico recorre todo el poema: “Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta. Si consigues pasar, encontrarás detrás, / una tras otra, las puertas que elegiste”, dicen los versos finales. Tal vehemencia pasional nos recuerda a  la de Gabriela Mistral.  

Dos otros poemas de Orozco se refieren de manera desde sus títulos a la experiencia del retorno, y no ya en alusión a los personajes homéricos, sino más bien en una suerte de variaciones del Hijo pródigo del evangelio de San Lucas. En ambos poemas, titulados La víspera del pródigo y El pródigo, pertenecientes a su libro Las muertes (1952) se escucha el mismo tono recio tan propio de la autora. En el primero, parece oírse la voz del hermano que permanece en el hogar, lamentando la ausencia del hermano ausente, en tanto que en el segundo, algo más extenso y denso, comporta una trama más compleja y no pocas variaciones y aun inversiones del texto canónico de San Lucas.  

La primera variación es la más radical: no es el padre amoroso que aguarda y acoge con los brazos abiertos el inminente retorno del hijo, sino un padre lleno de reproches y condenas. En cambio, la figura del hermano, en coincidencia con la parábola, se muestra envidioso al verse amenazado en sus intereses. El poema comporta toda una trama y el desarrollo circular de un cuento ejemplar. Al comienzo, el hijo pródigo escucha una voz que le promete la fortuna o la gloria en otras tierras, impulsándole  a partir del hogar: “Levántate. Es la hora en que serás eterno”. Tras la partida, al cabo de poco tiempo,  sus crecientes penurias y su paulatina caída en la miseria incuban la nostalgia del hogar, y su decisión de volver a su seno cuando, como una llamada del pasado: “un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostros lo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas monedas. Es el antiguo amor”.  

¿Quién es ese rostro, ese antiguo amor? ¿El de la madre o el de la novia? En rigor, no lo sabemos, aunque podemos inclinarnos por la figura materna. En cualquier caso, es  una voz intercesora que aboga para que no se malogre el regreso del desventurado con el reproche por su ausencia ni el  fracaso al que le ha llevado su abandono o fuga del hogar: “No vino por condena, no le obliguéis a expiar en el orgullo”, interviene esa voz protectora que apela finalmente a Dios: “No haya más juez que Tú / Dios implacable y justo”.

Un hermoso símbolo que eslabona las dos partes de la trama radica en la llave que el hijo prodigo entierra a la puerta de su casa en el momento de la partida, y que desentierra en el regreso para ingresar en ella. Pero, una vez más tenemos aquí la narración del regreso que se interrumpe, dejando al hijo a la puerta, en el umbral del retorno, y al  lector en el suspenso, como en un cuento fantástico o realista a la manera de Borges.

El Pródigo

Olga Orozco (1920-1999)

Aquí hay un tibio lecho de perdón y condenas
—injurias del amor—
para la insomne rebeldía del Pródigo.
Sí. Otra vez como antaño alguien se sobrecoge cuando la soledad asciende con un canto radiante por los muros,
y el aliento remoto de lo desconocido le recorre la piel lo mismo que la cresta de una ola salvaje.
“Levántate. Es la hora en que serás eterno.”
Y otra vez como antaño alguien corta sin lágrimas unas ajadas cintas que lo ataban al cuadro familiar
y sepulta una llave bajo el ácido musgo del olvido.
Detrás queda una casa en donde su memoria será sombra y relámpago.
Él probará otros frutos más amargos que el llanto de la madre,
arderá en otras fiebres cuyas cóleras ciegas aniquilen la maldición del padre,
despertará entre harapos más brillantes que el codicioso imperio del hermano.
¿Hay algún sitio aún donde la libertad levante para él su desafío?
Allí está su respuesta: una furiosa ley sin paz y sin amparo.
Pero noche tras noche,
mientras la sed, el hambre y el deseo dormitan junto al fuego como errantes mendigos que soñaran una fábula espléndida,
otras escenas vuelven tras el cristal brumoso de su llanto
y un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostros
lo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas monedas.
Es el antiguo amor.
El elegido ahora cuando el Pródigo torna a rescatar la llave de la casa.
Ha pagado su precio con el mismo sudario de un gran sueño.
¡Oh redes, duras redes que intentáis contener el viento de setiembre:
permitidle pasar!
No vino por perdón: no le obliguéis a expiar con el orgullo.
No vino por condena: no le obliguéis a amar con indulgencia.
Otra vez como antaño solo vino con un ramo de ofrendas a cambio de otros dones.
No haya más juez que tú,
Dios implacable y justo.

(Las muertes, 1952)

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Octavio Campero Echazú: El retorno del migrante

Cuarteto del retorno. Termina aquí la serie de lecturas de poemas de autores hispanoamericanos sobre el tema del retorno con las que el poeta y crítico Eduardo Mitre ha honrado generosamente estas páginas. Como despedida, la mirada de Mitre se centra esta vez en cuatro autores que expresan la excelencia de la poesía boliviana.

/ 22 de diciembre de 2013 / 04:00

“Porque van diez años”, de Octavio Campero Echazú, es con razón un poema ineludible en las antologías de poesía boliviana, a más de ser una cifra de esa alianza entre la copla tarijeña o chapaca y la poesía que distingue tanto a su obra como a la  posterior de su coterráneo Óscar Alfaro. El poema de Campero Echazú testimonia la experiencia del regreso en una  voz personal con claras resonancias colectivas. Esa voz es la de uno de los innumerables inmigrantes del sur boliviano, probable pero no exclusivamente un “bracero” que retorna de la Argentina a su pueblo después de una larga ausencia. El regreso es irónicamente un ingreso en el exilio, en el ostracismo, debido al desconocimiento de la colectividad que se cierne sobre él: “la gente me mira con ojos de ausencia”, imagen ésta que lo retrata, casi cinematográficamente, desplazándose por un callejón de miradas, como si pisara otra vez tierra extraña.

A la constatación del vacío dejado por la muerte de la madre y la pérdida de su casa, se suma el rechazo de una joven (“ánfora de greda”) a bailar con él, negándole la reincorporación a la ronda del baile, a la rueda de la colectividad. En una estrofa se vierte el lamento y el remordimiento del paria por la pérdida amorosa debida a su lejana partida: “¡Y pensar que pude… trenzarme a sus largos cabellos / color de tormenta / y aventar el trigo de sus sensaciones / en rosadas eras!” Versos admirables, melancólicamente eróticos. Destaco la imagen “largos cabellos color de tormenta”, digna de una regia tradición poética moderna sobre el mismo motivo: “Y al torcer los cabellos apagaste el infierno” (Rubén Darío). “La cabellera que se ata hace el día / La cabellera al desatarse hace la noche” (Huidobro”);  y una de las canónicas de

Baudelaire: “Fuertes trenzas, sed el oleaje que me arrebate” (fortes tresses, soyez la houle qui m’enlève), tan semejante a la que, suelta en  la intimidad de la entrega amorosa, el emigrante tardíamente desea.

El poema comienza y concluye con los mismos versos, trazando un círculo que  no se abre sino en el interrogante tan dramático como vigente frente a los millares de emigrantes que retornan a su patria. 

PORQUE VAN DIEZ AÑOS

OCTAVIO CAMPERO ECHAZú (1900-1970)

Porque van diez años

que dejé mi tierra,

ya nadie me quiere

conocer siquiera.

Es cierto, he cambiado,

mi madre está muerta,

la casa vendida, y el molle coplero

de notas de pájaros —convertido en leña.

Porque van diez años

que dejé mi tierra,

las gentes me miran

con ojos de ausencia. 

Ayer una moza del campo

—ánfora de greda

colmada de soles y lluvias,

olor de la tierra,

amancaya rosa, que invertida es una

lírica pollera— 

no quiso conmigo

bailar a la rueda,

porque van diez años

que dejé mi tierra.

¡Pensar que yo pude colgarle zarcillos

de dulces tonadas de Sella;

enflorar con rosas y risas

la flor de su oreja;

trenzarme a sus largos cabellos

color de tormenta

y aventar el trigo de sus sensaciones

en rosadas eras!…

Pero aquella moza,

fragante y huidiza como agua de acequia,

se me fue con otro…

—¡malhaya mi sed de querencia!

porque van diez años

que dejé mi tierra.

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Octavio Campero Echazú: El retorno del migrante

Cuarteto del retorno. Termina aquí la serie de lecturas de poemas de autores hispanoamericanos sobre el tema del retorno con las que el poeta y crítico Eduardo Mitre ha honrado generosamente estas páginas. Como despedida, la mirada de Mitre se centra esta vez en cuatro autores que expresan la excelencia de la poesía boliviana.

/ 22 de diciembre de 2013 / 04:00

“Porque van diez años”, de Octavio Campero Echazú, es con razón un poema ineludible en las antologías de poesía boliviana, a más de ser una cifra de esa alianza entre la copla tarijeña o chapaca y la poesía que distingue tanto a su obra como a la  posterior de su coterráneo Óscar Alfaro. El poema de Campero Echazú testimonia la experiencia del regreso en una  voz personal con claras resonancias colectivas. Esa voz es la de uno de los innumerables inmigrantes del sur boliviano, probable pero no exclusivamente un “bracero” que retorna de la Argentina a su pueblo después de una larga ausencia. El regreso es irónicamente un ingreso en el exilio, en el ostracismo, debido al desconocimiento de la colectividad que se cierne sobre él: “la gente me mira con ojos de ausencia”, imagen ésta que lo retrata, casi cinematográficamente, desplazándose por un callejón de miradas, como si pisara otra vez tierra extraña.

A la constatación del vacío dejado por la muerte de la madre y la pérdida de su casa, se suma el rechazo de una joven (“ánfora de greda”) a bailar con él, negándole la reincorporación a la ronda del baile, a la rueda de la colectividad. En una estrofa se vierte el lamento y el remordimiento del paria por la pérdida amorosa debida a su lejana partida: “¡Y pensar que pude… trenzarme a sus largos cabellos / color de tormenta / y aventar el trigo de sus sensaciones / en rosadas eras!” Versos admirables, melancólicamente eróticos. Destaco la imagen “largos cabellos color de tormenta”, digna de una regia tradición poética moderna sobre el mismo motivo: “Y al torcer los cabellos apagaste el infierno” (Rubén Darío). “La cabellera que se ata hace el día / La cabellera al desatarse hace la noche” (Huidobro”);  y una de las canónicas de

Baudelaire: “Fuertes trenzas, sed el oleaje que me arrebate” (fortes tresses, soyez la houle qui m’enlève), tan semejante a la que, suelta en  la intimidad de la entrega amorosa, el emigrante tardíamente desea.

El poema comienza y concluye con los mismos versos, trazando un círculo que  no se abre sino en el interrogante tan dramático como vigente frente a los millares de emigrantes que retornan a su patria. 

PORQUE VAN DIEZ AÑOS

OCTAVIO CAMPERO ECHAZú (1900-1970)

Porque van diez años

que dejé mi tierra,

ya nadie me quiere

conocer siquiera.

Es cierto, he cambiado,

mi madre está muerta,

la casa vendida, y el molle coplero

de notas de pájaros —convertido en leña.

Porque van diez años

que dejé mi tierra,

las gentes me miran

con ojos de ausencia. 

Ayer una moza del campo

—ánfora de greda

colmada de soles y lluvias,

olor de la tierra,

amancaya rosa, que invertida es una

lírica pollera— 

no quiso conmigo

bailar a la rueda,

porque van diez años

que dejé mi tierra.

¡Pensar que yo pude colgarle zarcillos

de dulces tonadas de Sella;

enflorar con rosas y risas

la flor de su oreja;

trenzarme a sus largos cabellos

color de tormenta

y aventar el trigo de sus sensaciones

en rosadas eras!…

Pero aquella moza,

fragante y huidiza como agua de acequia,

se me fue con otro…

—¡malhaya mi sed de querencia!

porque van diez años

que dejé mi tierra.

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Gonzalo Rojas: El retorno del padre pródigo

La poesía del chileno Gonzalo Rojas (1916-2011) recorre esta entrega de la serie de comentarios que el poeta y crítico boliviano Eduardo Mitre viene haciendo en estas páginas sobre el tema del regreso —a la patria, al hogar, al lar— en la obra de algunos poetas hispanoamericanos.

/ 8 de diciembre de 2013 / 04:00

Gonzalo Rojas en una entrevista, citando a Baudelaire, afirmaba: “La verdadera patria del poeta es su infancia” (1) . Y allí se transporta el poeta chileno en el poema Carbón para aguardar el retorno de su padre: minero muerto a causa del trabajo en las minas. El poema se inicia con el regreso del poeta ya adulto a Lebu, su pueblo, por una geografía harto simbólica, descrita por el propio Rojas en la entrevista: “Es un puerto de mar y es un puerto de río al mismo tiempo, porque el río se mete hasta el pueblo mismo, pero ahí también están el océano y los cerros. Esas minas estaban debajo del mar, habían sido excavadas debajo del mar”. Dos versos de la segunda estrofa iluminan como un relámpago la escena del inminente retorno del padre presentido por el hijo: “Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado”. Y el padre, atravesando el mismo río Lota (y el Leteo), llega a la puerta de la casa donde le esperan su esposa y su hijo. Sobre el telón de fondo de la lluvia se proyecta su figura “debajo de su poncho de Castilla”; retrato portentoso, casi mítico, el cual me evoca la figura de Don Segundo Sombra en la novela homónima de Ricardo Güiraldes.

A continuación, el niño, tras identificarse, invita al padre a pasar a la casa construida hace tiempo por su progenitor: “Adelante: Te he venido a esperar, soy el séptimo de tus hijos”. Y le siguen estos versos que completan la historia y acrecientan su dramatismo: “No importa que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años / que hayamos enterrado a tu mujer en agosto”. El hijo insiste en su ansioso ruego: “—Pasa, no estés ahí / mirándome, sin verme, debajo de la lluvia”.

Y el poema concluye, sin desenlace, pues el padre permanece montado en su caballo sin ver al hijo (aunque, en rigor, no sabemos si lo ve o no), pues entre ambos se interpone, como un velo entre este mundo y el trasmundo, la lluvia que no cesa, la cual sigue cayendo como al principio del poema.    
Reconocida por el propio poeta es la repercusión que la poesía de César Vallejo tuvo en su obra. Emociona aquí constatar que la imagen del caballo, presente en el anteriormente comentado poema LVI de Trilce, relaciona a ambos poetas en el final de sus sendos poemas. Igualmente sorprendente es el paralelismo en dos otras imágenes: las madres y las lámparas que ellas portan. Así, en el poema de Vallejo:

El poyo en que mamá alumbró
al hermano mayor, para que ensille
lomos que había yo montado en pelo…

Y en el poema de Gonzalo Rojas:

Madre, ya va a llegar: abramos
el portón, dame esa luz,
yo quiero recibirlo…

En Materia de testamento, poema que da título a uno de sus libros, Rojas reúne a su padre minero con, digámoslo así, su mentor literario, para respectiva y retrospectivamente legarles: “A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar. /…/ a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio”. Pero basta con que el lector recorra en la lectura (ese otro caballo) el poema aquí transcrito, para que lleguen o vuelvan José Antonio y Gonzalo Rojas, y, con ellos o al rato, el autor de Trilce, de modo que mejor poner la mesa con el servicio para tres.

NOTA

Jacobo Sefamí: De la imaginación poética. Conversaciones con Gonzalo Rojas. Olga Orozco, Álvaro Mutis y José Kozer. Caracas: Monte Ávila, 1996, pp. 13-82.

Carbón

Gonzalo Rojas (1916-2011)

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir

mi Lebu en dos mitades de fragancia,         

lo escucho,

lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un

beso de niño como entonces,

cuando el viento y la lluvia me

mecían, lo siento

como una arteria más

entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado.

Es un olor a caballo mojado. Es un

olor

a caballo mojado. Es Juan Antonio

Rojas sobre un caballo atravesando

un río.

No hay novedad. La noche torrencial

se derrumba

como mina inundada, y un rayo la

estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el

portón,

dame esa luz, yo quiero recibirlo

antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino

para que se reponga, y me estreche

en un beso,

y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene

embarrado, enrabiado contra la

desventura, furioso

contra la explotación, muerto de

hambre, allí viene

debajo de su poncho de Castilla.

Adelante:

te he venido a esperar, yo soy el

séptimo

de tus hijos. No importa

que hayan pasado tantas estrellas

por el cielo de estos años,

que hayamos enterrado a tu mujer             

en un terrible agosto,

porque tú y ella estáis multiplicados.           

     No

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa

de roble, que tú mismo construiste.

No importa que la noche nos haya                     

sido negra

por igual a los dos.

—Pasa, no estés ahí

mirándome, sin verme, debajo de la                 

lluvia.

(Del relámpago, 1981)

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Octavio Paz: La vuelta al presente

/ 24 de noviembre de 2013 / 04:00

En Piedra de sol (1957), de Octavio Paz, hay “un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre”.  El movimiento de ese  río, presente al principio y al final del poema, bien puede ser  una cifra fiel de la escritura de Paz, la cual fluye del presente al  pasado y viceversa, al dictado de la mirada como al de la memoria. De sus varios  poemas que expresan la experiencia  del retorno,  “Vuelta” (1), escrito en 1971, tras el regreso del poeta a su patria, da título al libro que agrupa otros poemas temática y cronológicamente aledaños: “Petrificada petrificante”, “A mitad de esta frase” y,  sobre todo, “Nocturno de San Idelfonso” —admirable reflexión crítica y autocrítica. Pero, a diferencia de estos poemas, en los cuales el poeta se halla en un interior,  inclinado sobre la página, “Vuelta” traza un recorrido por distintos espacios y tiempos de su ciudad.  Refiriéndose al poema,  en carta a Julián de los Ríos, Paz decía: “Bueno, yo también después de muchos años de ausencia, regresé a México a la ciudad en que nací, pero no me encontré con un México arrasado por la guerra civil, sino degradado por el progreso a la moderna, el lucro de los capitalistas, la megalomanía de los gobiernos y la sórdida fantasía de la clase media” (2). La referencia a El retorno maléfico, de Ramón López Velarde, se corresponde con el epígrafe de tres versos  que precede al poema.

Sin embargo, los versos  iniciales del poema de Paz contrastan con los epigráficos, ya que plasman más bien  un paisaje citadino que fluye animado por el trabajo alegre de las presencias captadas en su oficio: “Silba el carpintero” / “silba el nevero”; visión, pues,  de una realidad luminosa y en equilibrio entre el espacio natural y el urbano simbolizado en los fresnos y la plazuela. Y es que lo primero que Paz escribe a su retorno es el recuerdo de Mixcoac, el barrio de su infancia, no el del presente.  Por eso, su vuelta al mismo: “Estoy en Mixcoac / En el buzón se pudren las cartas”, marca  un corte tajante, pues,  tras asumirse el carácter especular del recuerdo y de la memoria (“balcón sobre el vacío”), el regreso traza un  recorrido sombrío, abisal, petrificante. El regreso es un descenso falto de aire, bajo un sol agobiante que, muy distinto del “imparcial y  benéfico” que destella en la primera estrofa  de Un himno entre ruinas (3), se desploma sobre una población hormigueante, fantasmal, sujeta a una muerte fortuita:

Así, una conciencia cada vez más fragmentada transita o deambula  por  galerías de espejos y  escaparates en los que  descaradamente  se exhiben, “sentados en un trono de miradas”, objetos suntuosos, en contraste con la miseria de “baldíos / campamentos de nómadas urbanos”. Paz reitera su crítica a un capitalismo cuyo imperio monetario se impone como un estigma en el cuerpo citadino: “Marcaron a la ciudad / en cada puerta / en cada frente / el signo $”. Señalo al paso la  correspondencia de estos  versos con los de William Blake en su poema Londres (1794): “Y en cada rostro que me mira advierto, / Marcas de impotencia, de congoja” (“And mark in every face I meet, / Marks of weakness, marks of woe”).  Y, como en el poema de Blake, en el de Paz el erotismo, mejor dicho: el cuerpo femenino,  reducido a mercancía,  se presenta en contigüidad  con la muerte: “Pompas Fúnebres / putas: /  pilares de la noche vana” (4).  Las palabras en cursiva son un endecasílabo del segundo de los cinco sonetos  que conforman la serie  Crepúsculos de la ciudad, de  Calamidades y milagros (1942). De este modo, el regreso señala una repetición existencial, contextual y textual en una tierra baldía que no ofrece sino  un espacio ya visto, ya vivido y ya (des) escrito. De ahí el carácter circular, moralmente infernal, del retorno: “Estamos rodeados / He vuelto adonde empecé”.  No encuentro mejor comentario a las líneas finales: “No el pasado / el presente es intocable”, y al espíritu predominante en el poema, que el haikú del poeta japonés Kobayashi Issa (1763–1827), traducido por el propio  poeta mexicano (5):

Mi pueblo: todo
lo que me sale al paso
se vuelve zarza.

No obstante, poco antes de las dos últimos líneas que rechazan una realidad espinosa, en un impulso similar al de Neruda en Regresó el caminante, Paz se dirige a su interioridad: “Camino hacia mí mismo / hacia la plazuela”  donde otra vez “silba el viento entre los fresnos”. De este modo, el poema completa un círculo y una  vuelta al Mixcoac de la infancia.. En el fondo,  el regreso  no es  un círculo que se cierra, sino la llegada a un punto de reconciliación con el camino recorrido —ganancia y pérdida— y con el carácter irreversible del tiempo. En otras palabras: una vía de ascesis. Y aquí no me resisto a señalar una analogía con Huidobro, quien en  El paso del retorno escribe: “Lo he perdido todo y todo lo he ganado”; y Paz en el poema  que comentamos: “Todo es ganancia / si todo es pérdida”.  Vía del desprendimiento, la cual  de ningún modo implica un confortable retiro del mundo: “Pero yo no quiero / una ermita intelectual / en San Ángel o en  Coyoacán”, aclara Paz,  tras citar a Wang Wei, poeta chino del siglo octavo.

Antes de concluir este comentario, recordemos el hermoso verso con el que Paz culmina Un himno entre ruinas, otro de sus ya clásicos poemas: “Palabras que son flores que son frutos que son actos”.  Junto a su obra poética y crítica, una  de las mayores del  siglo XX, otros dos actos suyos propiciaron frutos para el arte, la literatura y el pensamiento latinoamericanos: la revista Plural, fundada por el poeta  tras su regreso  a México en 1971, y cinco años  después,  la revista Vuelta. Ambas, como toda su gran obra: lugares de confluencias.

Notas

1. Cito los poemas de Paz por la edición: Obras completas, tomo VIII.   Barcelona: Círculo de lectores, 2003.
2. Solo a dos voces. México DF.,  Fondo de Cultura Económica, 1973, p. 151.
3. Cabe recordar que el mismo poema, precisamente en los espacios capitalinos (Londres, Nueva York, Moscú)  aparece sobre ellos “un sol famélico”.
4. Extrañamente, como en el El paso del regreso de Vicente Huidobro, la presencia de la mujer como sujeto erótico, amoroso, igualmente decisiva en la visión poética de Paz, no se halla presente en Vuelta, pero sí en Nocturno de San Idelfonso.
5. En Versiones y diversiones, sus admirables y numerosas traducciones, incluidas atinadamente como parte de su obra poética.

        Camino sin avanzar
estoy rodeado de ciudad
            Me falta aire
me falta cuerpo
        me faltan
la piedra que es almohada y losa
la yerba que es nube y agua
Se apaga el ánima
              Mediodía
puño de luz que golpea y golpea
Caer en una oficina
                 o sobre el asfalto
ir a parar a un hospital
                      la pena de morir así
no vale la pena
        Miro hacia atrás
ese pasante
        ya no es sino bruma

VUELTA (fragmentos)

Octavio Paz (1914 – 1998)

        A José Alvarado

    Mejor será no regresar al pueblo,
    al edén subvertido que se calla
    en la mutilación de la metralla.
    RAMÓN LÓPEZ VELARDE

Voces al doblar la esquina
            voces
entre los dedos del sol
            sombra y luz
casi líquidas
        Silba el carpintero
silba el nevero
        silban
tres fresnos en la plazuela
            Crece
se eleva el invisible
follaje de los sonidos
            Tiempo
tendido a secar en las azoteas
Estoy en Mixcoac
        En los buzones
se pudren las cartas
        Sobre la cal del muro
la mancha de la buganvilla
               aplastada por el sol
escrita por el sol
               morada caligrafía pasional

Camino hacia atrás
        hacia lo que dejé
o me dejó
    …………..
               He vuelto adonde empecé
¿Gané o perdí?
    (Preguntas,
¿qué leyes rigen “éxito” y “fracaso”?
Flotan los cantos de los pescadores
ante la orilla inmóvil
           Wang Wei al Prefecto Chang
desde su cabaña en el lago
                 Pero yo no quiero
una ermita intelectual
en San Ángel o en Coyoacán)
                  Todo es ganancia
si todo es pérdida
                 Camino hacia mí mismo
hacia la plazuela
               El espacio está adentro
no es un edén subvertido
                    es un latido de tiempo
Los lugares son confluencias
                       aleteo de presencias
es un espacio instantáneo
                                Silba el viento
entre los fresnos
        surtidores
luz y sombra casi líquidas
            voces de agua
brillan fluyen se pierden
        me dejan en las manos
un manojo de reflejos
                         Camino sin avanzar
Nunca llegamos
            Nunca estamos en donde estamos
No el pasado
        el presente es intocable

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