I
Si ven que baja la lluvia crecida en la cordillera
advertirán que en zig zag se allega a la sementera
donde un viento enamorado se le apareja festivo.
Quiere la lluvia zafarse de ese bailarín furtivo
y se adentra en una chacra, el viento no se resigna
busca ser comparsa viva… y la lluvia se persigna.
El sol se les mete en medio y como en la leyenda aimara
se abre la fiesta en el aire y es pasante la antawara.
 
En esta imagen se engarza la condición del Danzante
que va por la geografía de su patria rutilante.
Cuando el boliviano danza parece que su alma tiene
lo que el picaflor goloso que en el aire se detiene.
En el cósmico escenario oro y azul de los Andes
la fiesta del pueblo empieza, la gente se pone grandes
alegrías y ajustados disfraces para alzar vuelo
por un perfil de la crisis y por encima del duelo.
                                
II
 El Danzante peregrino va por pueblitos y lomas,
amontona sus nostalgias, les da vuelo de palomas
y al  paso de Llamerada que va ensayando la gente
se aproxima a la plazuela para olisquear el ambiente.
Liviano, oscilante, tierno, se toma un buen sucumbé‚
se proyecta en un Kaluyo diciéndose ¿y ahora qué?
 
Por la calle del orgullo suenan bandas y matracas,
el Danzante ve venir multitud de Waca Wacas
—la antítesis del toreo que mana sangre en la arena—.
Todo se alumbra en la tarde, madrina de la verbena.
                                 
Ahí vienen Suri Sikuris con sus penachos de plumas
de ñandú, de suri andino. Mira Ch’utas en las brumas
de la multitud creciente, observa a los Cazadores
y Choquelas, le da risa el aire de los Doctores
coloniales, Auki-aukis, lenta vejez sin secreto
de la vanidad y donde vaga el amor sin objeto.
                               
III
Como una red misteriosa le inmovilizan dos ojos
de Carnavalito airoso y el Danzante con sonrojos
se dice:  si es un mandato que sea, pues, yo sí creo
que el erotismo es un ángel endiablado en el deseo.
La Cueca entonces envuelve a un hombre y a una mujer
que en una vuelta y su quimba se deciden florecer.
No quiere comprometerse y se ayunta sin más rito
que la que auspicia el fragor de un último Bailecito.
 
Aplacadas las pasiones de ese encuentro imprevisible,
los dos firman un adiós con su sello de imposible
y aunque el insomnio le muerde al alba se va el Danzante
con un resquemor a cuestas y un olvido por delante.
                                   
IV
Atraviesa el altiplano y un Huayño de aire redondo
le empuja a tierras solares. Serpenteando llega al fondo
del valle donde el destino se remece en la Wallunk’a,
oye un Takipayanacu y sabe que siempre es nunca.
Una Pandilla ck’ochala despliega su picardía 
destilada en las cien coplas inventadas cada día.
                                   
Sur del sur, surrealismo, chapaqueando vence al sueño
y el color de su nostalgia toma un tono tarijeño
de sauce llorón, la caja de los Chunchos de San Roque
gira en la Rueda Chapaca con erkes y caña al toque.
Quebracho rojo y donaire para bailar Chacorera
con la chura yacuibeña siluteando la  frontera.
Dije bien que es chacorera porque se acrece en el Chaco,
llanura dulce del sur con vino y violín chapaco.
 
IV
Va por toda Chuquisaca  marcando el paso cinteño
con charangos de Serrano y el P’ujllay tarabuqueño.
Hay que ver, alma en suspenso,  zapatear a las mujeres
replicadas  por los hombres, porque si no estás no eres.
 
Se eleva por la gradiente y en la altura potosina
los Lari-huayños ventean candor y gracia ladina.
En la fiesta del Ch’utillo el Danzante tapuquillo
baila con la parsimonia  de los mitayos del frío
y asume que bailar Tincu es darle paz a la guerra,
bronca laime-jucumani que se aplaca bajo tierra.
 
V
Cuando el boliviano baila la verdad se hace leyenda
y el mito es fiel referencia  para que la Historia entienda
que el subdesarrollo arrastra con su cadena pesada
la soledumbre del negro en trac-trac de Morenada,
esa  danza de vencidos —cuatro pasos a la muerte,
cuatro pasos a la vida…— libertad que no he de verte.
 
Sabe el Danzante que todo tiene un comienzo acabado,
pero al final de la fiesta, ¿quién le quita lo bailado?
                                       
VI
Por una ladera verde baja hasta tierra caliente
donde el amor y las flores son mordidas por el diente
de la selva. Un Taquirari le inunda de luz, caramba,
y la vida pega un grito, a lo macho: ¡Arriba, camba!
 
Sigue de largo en el llano, le deslumbra la floresta
de la Chovena y los Tobas y la airosa Chopefiesta.
Los Macheteros benianos exhiben su don de gentes,
patria plurinacional, tiempo y espacio latentes…
 
Duerme en la orilla del río, sueña la coreografía
grácil de la fauna y flora fractal de la Amazonía.
 
VII
El Danzante vuelve al mapa y señala el Occidente.
Enfila su vivaz paso hacia arriba y de repente
se inaugura un horizonte celeste, pleno de pascuas,
mira que del fuego salen saltando sobre las ascuas
de su pecado  los Diablos, que se toman por asalto
el Carnaval de febrero dispersado en el asfalto.
 
El bailarín San Miguel complica su aire de gloria 
con la gracia de los osos y el Cóndor de la victoria.
Baila la Entrada en la lluvia:  Llovizna si es Llamerada,
cuando nieva es una Saya y si graniza, Diablada.
El viento semeja un huayño expansivo y vertical,
es brisa en la  Kullawada, ventarrón si es Caporal.
 
VIII
El Danzante ve de lejos los ojos de esa mujer
que baila de China Súpay al lado de Lucifer.
Por no amarrarse al pasado se desata en una Saya
al conjuro de una banda de bronces de toda laya.
Caporal salta que vuela alrededor de su centro.                       
Y eso es todo, bolivianos, porque entre ustedes me encuentro.