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Al acecho de la presa

/ 14 de diciembre de 2015 / 04:00

La escritura con luz ha existido por siglos. La cámara oscura fue usada por Leonardo da Vinci, pero la fotografía ha llegado a un grado de complejidad y refinamiento tal que requiere de muchos años de estudio y, sobre todo, de práctica. La fotografía ha trazado un poderoso camino propio y no puede considerarse más un mero adorno o un frío documento, sino parte integral de todo un concepto que envuelve y da personalidad a cada mirada del creador.

“Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca, pide que tu camino sea largo, rico en experiencias, en conocimiento…”  Así canta el primer verso de Ítaca, del poeta griego Constantino Kavafis, que resulta muy apropiado para iniciar un viaje por estos dos caminos que traza el cuerpo de obra de Marcelo Pérez del Carpio. Por una parte, fotografía formas y objetos donde el equilibrio y la simetría son fundamentales y, por otra, entra en las profundidades de lo humano, donde enfoca una narrativa íntima. Transita entre comunidades rurales y grandes urbes, remirando los espacios que habitamos y dibujando abstracciones únicas.

Más allá de lo técnico, Pérez del Carpio se enfoca en el comportamiento humano documentando todo tipo de acciones o instancias. Sus imágenes activan esa cualidad de un evento registrado objetivamente y que encierra una potencialidad para testimoniar, instruir e informar sobre lo que observa. Además, busca la verdad mediante la testificación de la realidad, despertando el interés en el espectador por el simple paso del tiempo que surge de una comparación entre el mundo que le ha tocado vivir y el tiempo representado en la imagen.

A la par que Del Carpio se instala en los pliegues del interior de la realidad humana, se escapa en las líneas y formas abstractas de la arquitectura. Su interés va mucho más allá de la consigna “la forma es determinada por la función” del diseño industrial y resalta la importancia de los detalles. Y quizás, con una cierta influencia gráfica, resalta el lado abstracto donde se enfatiza más la idea de lo gráfico y estético que de lo funcional. Sus imágenes urbanas tienen un fuerte componente gráfico, donde la importancia reside en los detalles de las líneas, en la composición de los colores y en sus formas casi de un tinte minimalista.

El artista fotografía las formas geométricas de la arquitectura, resaltando la sencillez del edificio con una composición impecable, centrándose en los detalles y descontextualizando el edificio, dotando a sus fotografías  de una imagen gráfica y no tanto de una fotografía arquitectónica. Freddy Mamani Silvestre es el creador de la Arquitectura Andina de El Alto. El esplendor de esta arquitectura está en relación directa con el éxito financiero de las élites aymaras. Hay un momento en la construcción que se detiene en la arquitectura blanca, como una pausa en el proceso para dar paso al color.
Para la exposición Blanco (El Alto 215 ), Marcelo Pérez del Carpio detiene este único momento de silencio. Es un momento de estar frente a un lienzo en blanco, antes de que el edificio quede sumergido en un colorido mundo inspirado en los tejidos andinos y en la musicalidad de sus fiestas.
En Más allá de la hoja de coca (Yungas 2013), Pérez del Carpio vuelve a un lugar donde deambulaba de niño y se encuentra con un pueblo pujante donde los pobladores ya no se dedican a la agricultura tradicional, sino al cultivo de la coca. El artista recorre Challa después de muchos años, recordando su infancia y explorando un viaje íntimo que transita por senderos llenos de nuevos habitantes.

Un fotógrafo dispara verdades. Ser fotógrafo es estar al acecho de la presa, como el padre del fotoperiodismo moderno, Henri Cartier-Bresson. El obturador se convierte en el gatillo que no deja escapar el tiempo, los cambios o a la sociedad. Por eso una imagen vale más que mil palabras; ellas no engañan porque aprisionan y no dejan espacio para ocultar las verdades de la vida. En el fondo, lo que define al ser fotógrafo-artista no es el hecho de lograr imágenes más o menos elaboradas, sino aprender a mirar. Es algo que va mucho más allá de salvar el instante. La fotografía no es la visión rancia para ojos cansados, sino una investigación sobre lo que hace que algo sea una imagen. Con este cuerpo de obra Marcelo Pérez del Carpio afirma y acentúa que la fotografía es la tarea más esencial del arte.

PROYECTO. Museo de Papel es una plataforma de difusión que visibiliza a jóvenes creadores bolivianos de diferentes disciplinas artísticas que, más allá del dominio de la técnica, ofrecen una reflexión poética sobre la creación artística. Este museo no exhibe en un espacio físico, ni atesora, consagra o jerarquiza obras; es un dispositivo que amplía la mirada hacia un horizonte mestizo donde conviven lenguas, temporalidades y culturas. Museo de Papel es un proyecto de la Fundación Cinenómada para las Artes. Cuenta con el apoyo del Centro Cultural de España en La Paz, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el periódico La Razón.

Marcelo Péres del Carpio

Desde las raíces de la profesión mi mirada se ha forjado siempre en el diseño, composición, perspectiva y equilibrio de las formas y los objetos.
Me gusta la simetría, pero también el caos. Practico la fotografía de arquitectura y experimento a menudo con las formas, pero además tengo una fuerte vocación hacia lo periodístico. Me interesa la vida de las personas dentro de sus contextos y realidades. Para hallar diferencias o similitudes, abordo una historia o proyecto de lo macro a lo micro dentro de una línea de tiempo y/o dentro de un marco histórico, situándome en esas dos vertientes: lo artístico y la información. En lo plástico me adentro en las formas, la luz y el dominio de la técnica. En lo documental, más allá de lo técnico me enfoco en el comportamiento humano desde una narrativa objetiva e íntima para responder las interrogantes más básicas como: el qué, cómo, cuándo, para qué y por qué ocurren las cosas. Mi tarea es la de generar preguntas en los medios, no respuestas. Arte, técnica y contenido. La fotografía debe tener contenido. Si no, es solo arte. Una cosa es complementaria a la otra. Es como mi propio Arts & Crafts periodístico.

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Un huerto secreto en medio del bosque

La artista María Riveros abrió la muestra ‘La botánica es una ilusión’, que permanecerá hasta el 29 de julio en el Museo Nacional de Arte.

/ 4 de julio de 2018 / 04:00

Hace unos años seguí hasta un pueblo lejano a una artista cuyo deseo era ser flor. Se regaba con agua todos los días y esperaba al sol para tomarlo gota a gota en un embudo de plástico, viaje que me confirma que el arte te puede llevar a lugares insospechados y acercarte a la espiritualidad de la humanidad y del universo.

Si bien el hecho de caminar es su actividad artística principal, la forma de vinculación de María Riveros con el territorio ha sido fundamentalmente construido de manera efímera, como una perfecta biotectura, en bosques y prados; sea levantando cúmulos, tejiendo hojas y ramas, o simplemente dibujando con barro o carbón. Los materiales utilizados son los que el lugar le da en cada ocasión —tierra, piedra y madera— pero son trascendidos al integrarlos en dispositivos de comunicación entre tierra y atmósfera, entre hombre y paisaje.

María crea máquinas para volar economizando recursos, pero con precisión y eficacia. Su escritura y collage parecen salidos de mundos que florecen en los pliegues de las cosas, desde debajo de la mesa o entre los ladrillos de adobe de su casa. Frascos de mermeladas están habitados por pequeños y adorables personajes sacados de un bestiario tan real como ficticio. La artista confecciona su propia ropa con la que atrapa insectos combinando imágenes cosidas a máquina e hilvanadas con papeles traslúcidos y textos que tejen un álbum íntimo traído de otro tiempo, pero con una frescura contemporánea.

Su cuerpo de obra muestra la fragilidad de un momento capturando fragmentos de tiempo; a través de diversas técnicas como la fotografía, la escultura, el dibujo, la instalación y objetos sonoros, con los que expresa su percepción sensorial y la fantasía de todos los días que los convierte en un acto mágico. Estas obras están hechas de materiales que están a la mano; son ordinarios, naturales y sencillos. Las alusiones a la naturaleza y a la esencia de la humanidad constituyen la mayor parte del paisaje de sus creaciones con las que revive momentos fugaces de la vida misma.

María Riveros vive en el verdadero tiempo del arte. La sinceridad y honestidad de su obra no solo está en su contenido artístico y corporalidad, sino en ese riesgo necesario que se toma cuando se sabe de qué se está hablando. En sus obras juega con un tiempo donde las manecillas del reloj parecen demoradas. No hay imagen sin imaginación; es una equivocación querer hacer de la imaginación una pura y simple facultad de desrealización. La Botánica es una ilusión —del arte de demorarse—, es una propuesta imaginaria del cultivo de zanahorias y tomates (como objetivo de supervivencia) no es fija ni rápida y se desarrolla en un tiempo que pesa, que huele, que se demora; de esta forma el bosque deja de ser un hecho objetivo para transformarse en un hecho de abandono.

María atrapa momentos en los que revela extrañas apariciones de  fragmentos de realidad con las que descubrimos zonas donde lo cotidiano se funde con lo imaginario. Los sonidos que utiliza se borran en la percepción, ahuyentados por el gran silencio que nace del recogimiento. La suspensión que provocan las obras son capaces de invitar al espectador a encontrarse consigo mismo. La felicidad no es el fin del camino sino el camino en sí o, en el más puro pensamiento hegeliano, son el sufrimiento y la ausencia esa máquina de felicidad.

La artista acciona su práctica y la integra a un frondoso bosque donde sus intervenciones cobran vida en una naturaleza que se encarga de hacerlas desaparecer para adueñarse de los elementos que le fueron arrebatados y reintegrarlos a su primitivo origen. En este mágico mundo son los pájaros, las hojas, las luciérnagas y las estrellas sus únicos cómplices.

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Un huerto secreto en medio del bosque

La artista María Riveros abrió la muestra ‘La botánica es una ilusión’, que permanecerá hasta el 29 de julio en el Museo Nacional de Arte.

/ 4 de julio de 2018 / 04:00

Hace unos años seguí hasta un pueblo lejano a una artista cuyo deseo era ser flor. Se regaba con agua todos los días y esperaba al sol para tomarlo gota a gota en un embudo de plástico, viaje que me confirma que el arte te puede llevar a lugares insospechados y acercarte a la espiritualidad de la humanidad y del universo.

Si bien el hecho de caminar es su actividad artística principal, la forma de vinculación de María Riveros con el territorio ha sido fundamentalmente construido de manera efímera, como una perfecta biotectura, en bosques y prados; sea levantando cúmulos, tejiendo hojas y ramas, o simplemente dibujando con barro o carbón. Los materiales utilizados son los que el lugar le da en cada ocasión —tierra, piedra y madera— pero son trascendidos al integrarlos en dispositivos de comunicación entre tierra y atmósfera, entre hombre y paisaje.

María crea máquinas para volar economizando recursos, pero con precisión y eficacia. Su escritura y collage parecen salidos de mundos que florecen en los pliegues de las cosas, desde debajo de la mesa o entre los ladrillos de adobe de su casa. Frascos de mermeladas están habitados por pequeños y adorables personajes sacados de un bestiario tan real como ficticio. La artista confecciona su propia ropa con la que atrapa insectos combinando imágenes cosidas a máquina e hilvanadas con papeles traslúcidos y textos que tejen un álbum íntimo traído de otro tiempo, pero con una frescura contemporánea.

Su cuerpo de obra muestra la fragilidad de un momento capturando fragmentos de tiempo; a través de diversas técnicas como la fotografía, la escultura, el dibujo, la instalación y objetos sonoros, con los que expresa su percepción sensorial y la fantasía de todos los días que los convierte en un acto mágico. Estas obras están hechas de materiales que están a la mano; son ordinarios, naturales y sencillos. Las alusiones a la naturaleza y a la esencia de la humanidad constituyen la mayor parte del paisaje de sus creaciones con las que revive momentos fugaces de la vida misma.

María Riveros vive en el verdadero tiempo del arte. La sinceridad y honestidad de su obra no solo está en su contenido artístico y corporalidad, sino en ese riesgo necesario que se toma cuando se sabe de qué se está hablando. En sus obras juega con un tiempo donde las manecillas del reloj parecen demoradas. No hay imagen sin imaginación; es una equivocación querer hacer de la imaginación una pura y simple facultad de desrealización. La Botánica es una ilusión —del arte de demorarse—, es una propuesta imaginaria del cultivo de zanahorias y tomates (como objetivo de supervivencia) no es fija ni rápida y se desarrolla en un tiempo que pesa, que huele, que se demora; de esta forma el bosque deja de ser un hecho objetivo para transformarse en un hecho de abandono.

María atrapa momentos en los que revela extrañas apariciones de  fragmentos de realidad con las que descubrimos zonas donde lo cotidiano se funde con lo imaginario. Los sonidos que utiliza se borran en la percepción, ahuyentados por el gran silencio que nace del recogimiento. La suspensión que provocan las obras son capaces de invitar al espectador a encontrarse consigo mismo. La felicidad no es el fin del camino sino el camino en sí o, en el más puro pensamiento hegeliano, son el sufrimiento y la ausencia esa máquina de felicidad.

La artista acciona su práctica y la integra a un frondoso bosque donde sus intervenciones cobran vida en una naturaleza que se encarga de hacerlas desaparecer para adueñarse de los elementos que le fueron arrebatados y reintegrarlos a su primitivo origen. En este mágico mundo son los pájaros, las hojas, las luciérnagas y las estrellas sus únicos cómplices.

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El cuerpo como campo de batalla

/ 2 de mayo de 2016 / 04:00

Las formas que adopta el arte del performance corporal son inagotables. Los artistas han encontrado en el cuerpo un instrumento versátil con que celebrar la sexualidad, canalizar traumas o derrumbar estereotipos de género y raza. Es aquí donde la fotografía no es un instrumento sino un acompañante.

Las imágenes de Angelo nos relacionan con los complejos estados emocionales del ser humano. Desde sus primeras fotografías, esta joven artista utiliza su propio cuerpo para crear autorretratos performáticos que abarcan el catálogo de miedos ilógicos que son parte y dominan casi todos los aspectos de nuestras vidas: sentimientos compulsivos, creencias irracionales, ansiedades extrañas y pensamientos no deseados.

Se podría decir que los autorretratos obsesivos construyen un elaborado conjunto que representa algún aspecto de la psicología humana o una manifestación física de un estado emocional. Angelo abusa de su propio cuerpo con el objetivo de poner al descubierto su neurosis y sus miedos. Estas obras corporales son acontecimientos íntimos, ritos solitarios representados en la habitación de la artista, que de alguna manera comparte un carácter efímero. En ese sentido, la cámara resulta ser un instrumento indispensable. Los momentos únicos, transitorios e irrepetibles adquieren formas permanentes en las fotografías que forman parte de un aspecto integrante de su obra más que un mero instrumento de registro. Exquisofrenia es una serie que expresa pensamientos no deseados,  suspendidos amenazadoramente en los rincones más secretos de una casa aparentemente vacía pero llena de celebraciones viscerales, animales y sexuales. El cuerpo se maneja como un arma que ilumina y subvierte prácticas culturales represivas. En los ensayos Diazepam de Andrómeda y en Pastilla de Quetidín una vez al día, se plantea una manifestación física y universalmente comprensible de un estado emocional individual. Al poner su cuerpo frente a la cámara, la artista provoca un intenso escrutinio del yo con la esperanza de obtener una nueva perspectiva sobre la existencia de uno mismo y de la humanidad.

El cuerpo también está inmerso en realidades políticas y sociales. Es un campo donde se libra la batalla entre el individuo y la sociedad, pero también un espacio para ponerse a prueba y descubrirse. El cuerpo como material artístico sigue siendo fértil y accesible y por ello, el arte corporal es una disciplina eficaz para reflejar nuestra humanidad compartida.

La cuestión psicológica se presenta en cada una de las fotografías de Angelo, pero depende del espectador el lidiar con el espacio en su propia mente y traer su propia estructura psicológica. Tampoco es el amor propio lo que motiva los oníricos autorretratos; por el contrario, los retratos revelan el miedo a que su cuerpo no sea más que una aparición o un objeto de deseo fetichista. Las batallas de Angelo se balancean entre los extremos de lo imposible, intentando liberar lo real de lo irreal y ponderando si llegará el momento en que el espíritu humano encuentre buen acomodo en la carne.

Fin del PROYECTO. Museo de Papel completa con este artículo su segundo ciclo en Tendencias. Con él ha visibilizado a jóvenes creadores bolivianos de diferentes disciplinas artísticas que, más allá del dominio de la técnica, ofrecen una reflexión poética sobre la creación artística. Ha sido un museo que no ha exhibido en un espacio físico ni ha atesorado, consagrado o jerarquizado obras; se ha convertido en un dispositivo para ampliar la mirada hacia un horizonte mestizo donde conviven lenguas, temporalidades y culturas. Museo de Papel es un proyecto de la Fundación Cinenómada para las Artes. Cuenta con el apoyo del Centro Cultural de España en La Paz, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el periódico La Razón.

Alcira Angelo

La fotografía es el ‘Ajayu de Alcira’. Vivo alucinando, y la fotografía es la forma más hermosa para poder expresar mis sentimientos, estados emocionales, vivencias, mi poesía. Empecé a disparar en el invierno de 2013. En ese entonces tenía 16 años, la fotografía de cine captó mi atención y me deslicé en las plazas, capturando trucos de skaters. Seguí deslizándome hasta llegar a los conciertos, mis ojos no paraban de disparar, hasta que por fin aterricé en un Nirvana. Fue el 9 de marzo de 2015 a las 18.45 cuando mi ajayu pidió salir y pasear desnudo por los campos desolados, abrazar miles de árboles, sentir las rocas, viajar a la galaxia más lejana y alucinar en mi habitación. Desde esta fecha empecé con los autorretratos. La verdad, no sé si es mi ajayu, es ARAWAKI, o es mi cerebro, pero ahí están… son las fuentes principales para desarrollar cada pieza mía, partes de mí, crearlas con cada pixel, diafragma, obturación, balance de blancos… Actualmente me encuentro disparando, más partes de mí, realizando fotografías de estados emocionales que transcurren en mi vida.

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Escribir con luz

/ 18 de abril de 2016 / 04:00

Shashin es la palabra japonesa que nombra la fotografía; la misma se compone de dos ideogramas, “sha”, que significa reproducir o reflejar, y “shin”, que significa verdad. Para la mentalidad japonesa, el proceso mismo consiste en capturar la esencia de algo cuyo resultado debe siempre contener algún elemento de verdad.  La fotografía japonesa es el fruto de múltiples reacciones que van desde la empatía a la desconfianza. De este proceso de reproducción de verdades nos habla Álvaro Gumucio, en cuyo trabajo es posible entender una asombrosa diversidad que evidencia expresiones de sentimientos, de incomprensión y ambigüedad hacia la realidad y el mundo, en lugar de intentar descifrarlo y analizarlo objetivamente.

Su obra es la mirada de alguien que busca sin cesar situaciones cotidianas que son presentadas con una estética potente y misteriosa. Sus series son narrativamente claras aunque no hay un guion que nos permita analizar la historia que presenta; son disparos certeros hechos por un francotirador que cambia de lugar por instinto, sin seguir un rumbo fijo. Sus imágenes cuentan narrativas visuales que producen la curiosidad y el interés de ver más allá de la propia imagen y adquieren planteamientos estéticos que son parte de su forma de ver y de crear.

La homogeneidad de los paisajes rurales y urbanos de Gumucio sería prácticamente imposible de conseguir con el uso del color. Solo así pueden encajar dos escenarios tan distintos como un solitario cielo estrellado del Chaco boliviano y el bullicioso enjambre de gente en la ciudad de Cochabamba. El acierto del artista es la elección del blanco y negro, y su dominio de los matices de gris recuerda a Ansel Adams por la sencillez de las formas en sus paisajes naturales y urbanos. Pero donde más evidente se hace el acertado uso del monocromatismo es en las escenas rurales de formato apaisado. La atmósfera que crean la oscuridad de la noche, los caminos casi sin marcar y las pocas personas y casas que aparecen transfieren atemporalidad a cada fotografía. Los cuidados encuadres transmiten una sensación de silencio, calma y melancolía casi inalcanzables en color.

La unidad de la música de los astros con la música de la lluvia, el florecimiento de la agricultura y la íntima relación entre lo humano, lo divino y la naturaleza suceden en el  mundo que Gumucio nos incita a habitar. Sus imágenes alucinadas nos invitan a viajar a un mundo donde las propuestas son ilimitadas e imprevisibles; donde las imágenes de la poesía evocan un lugar e invocan un nombre que le pertenece íntimamente: caminar en un espacio—tiempo singular. Es una relación entrañable del habitante y su lugar de origen, desde el regreso de Ulises a Ítaca, o al Dublín de Ulises, hasta las profundidades del Chaco boliviano donde nos lleva Elio Ortiz en su novela Irande ara Tenondegua jaikue kuñatai oiko vae.

En Imperio de los signos Roland Barthes señala que la cultura japonesa ganó su libertad al liberarse de los signos que contiene. De alguna manera esto también puede decirse de las fotografías de Gumucio: no son una conclusión, sino un perpetuo cuestionamiento. El movimiento y el sonido de sus imágenes sencillamente suceden en un lugar y en un momento dado, como el mismo arte del Haiku.

PROYECTO. Museo de Papel es una plataforma de difusión que visibiliza a jóvenes creadores bolivianos de diferentes disciplinas artísticas que, más allá del dominio de la técnica, ofrecen una reflexión poética sobre la creación artística. Este museo no exhibe en un espacio físico ni atesora, consagra o jerarquiza obras; es un dispositivo que amplía la mirada hacia un horizonte mestizo donde conviven lenguas, temporalidades y culturas. Museo de Papel es un proyecto de la Fundación Cinenómada para las Artes. Cuenta con el apoyo del Centro Cultural de España en La Paz, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el periódico La Razón.

Álvaro Gumucio

La calle atemporal

Como fotógrafo priorizo el instante al resultado, lo visceral en lugar de lo prolijo. Considero que la calle me proporciona la mayor dosis de poesía.
Es el lugar donde se mezcla un universo de percepciones e interpretaciones. Cuando compongo una fotografía me acomodo a una realidad ya existente, agudizando la mirada para cazar el momento irónico que realza el aspecto más errante de lo cotidiano. Uso en general blanco y negro para atemporalizar la obra incluso cuando el tiempo y espacio pertenecen a mi actualidad.

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Entre el arte y la naturaleza

/ 4 de abril de 2016 / 04:00

El arte como reflexión sobre la propia vida es la frase que mejor caracteriza el trabajo de Daniela Lorini, una artista con formación en arquitectura. Sus obras son el resultado de ejercicios orientados al dominio espacial y a la recolección de objetos y elementos cotidianos. Durante este proceso, Lorini lleva a cabo acciones que integran situaciones y escenas con elementos conocidos, en una búsqueda que la conduce a la instalación.

El objetivo fundamental de esta artista es desligarse del concepto de representación simbólica. La prolongación de sus acciones en el tiempo le permite generar momentos de intensa reflexión sobre las capacidades y alcances de sus obras. Lorini no solo acude a la instalación o al objeto como medio expresivo, sino que su práctica involucra procedimientos cercanos al dibujo, al pirograbado, al tallado, a la pintura y la escultura. Con estos medios traza una figura de connotaciones visuales que manipula y dispone en el espacio. El contenido de su obra sugiere interpretaciones en torno a la problemática ambiental, suscitando la conciencia. Lorini utiliza materiales naturales como hojas, ramas y los combina con elementos como bolsas de plástico, pedazos de madera y contenedores de vidrio que le permiten jugar con las temporalidades y experimentar el entorno de manera más intensa y consciente.

La artista reflexiona sobre nuestra relación con el medio ambiente y nuestra función de consumidores del hábitat natural. Su obra no solo propone una reflexión sobre el desgaste del medio ambiente, sino también un análisis sobre el comportamiento del ser humano en relación con el avance tecnológico. Puntualmente, señala la ausencia de una simbiosis real y concreta que permita una convivencia armónica.

El trabajo de Lorini puede definirse como un híbrido entre arquitectura y escultura, instalación y objeto, con una morfología ramificada con materiales naturales y biomiméticos. Un diálogo entre lo aparentemente inerte y la comunidad, con elementos en proceso de renaturalización.

Sus instalaciones manifiestan una obsesión: recolecta objetos que encuentra en su camino y los dispone en el espacio creando nuevas fricciones. Sus montajes prolongan ritmos que se mueven con la respiración orgánica y se agitan para envolver a sus exploradores humanos. Sus piezas proponen una comunicación más amplia entre el ser humano y los objetos de su entorno.

En láminas cóncavas, 700 botellas de vidrio recicladas dispuestas en óvalos irradian un crecimiento continuo, como una ciudad que ebulle en un torbellino de colores copiados de su entorno. En la danza del bosque, quinientos retazos de madera inspirados en la flora y fauna se contorsionan a un ritmo común e hipnótico. Plongée dans l’abîme es un gran tejido construido con fragmentos de cuero de chivo que crecen como pompas de jabón, sugiriendo formas y relieves acuáticos donde la estructura microscópica recuerda los poros de un paisaje sumergido.

Las propuestas no se quedan en la superficie de copiar el diseño de la naturaleza sino que exponen nuevos sistemas y construcciones, que funcionan como posibilidades para que la arquitectura tome nuevas direcciones. El cambio entre el macro y el micro, entre los objetos enteros y fragmentos de objetos yuxtapuestos, genera instalaciones que oscilan en escala y construyen infinitos planos que generan encuentros poéticos con materiales mundanos. Esto a su vez crea una tensión para invocar ideales de convivencia con la naturaleza.

Lorini plantea el arte como medio de sensibilización ambiental y del uso responsable de los recursos naturales, para conseguir un mundo mejor para las generaciones futuras. En cada obra nos recuerda el pensamiento aristotélico de que la naturaleza nunca hace nada sin motivo.

PROYECTO. Museo de Papel es una plataforma de difusión que visibiliza a jóvenes creadores bolivianos de diferentes disciplinas artísticas que, más allá del dominio de la técnica, ofrecen una reflexión poética sobre la creación artística. Este museo no exhibe en un espacio físico, ni atesora, consagra o jerarquiza obras; es un dispositivo que amplía la mirada hacia un horizonte mestizo donde conviven lenguas, temporalidades y culturas. Museo de Papel es un proyecto de la Fundación Cinenómada para las Artes. Cuenta con el apoyo del Centro Cultural de España en La Paz, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el periódico La Razón.

Texturas, formas y espacio

Daniela Lorini

Por muchos años mi obra ha ido abordando temas de ecología y biodiversidad, lo que me condujo a trabajar el arte ambiental, buscando provocar una reflexión sobre los problemas ecológicos y de la sociedad actual, utilizando materiales orgánicos y/o reciclados que tengan menos impacto con la naturaleza. Experimento las texturas del pirograbado y los bajos relieves del tallado, desarrollando la tridimensionalidad sobre soportes bidimensionales.

Mis estudios de arquitectura me condujeron a interesarme de igual manera en el espacio, trabajando instalaciones de gran escala que tienen mayor impacto, permitiéndome jugar con la tridimensionalidad y la espacialidad, la luz, el objeto en sí y la forma.

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