martes 26 oct 2021 | Actualizado a 15:06

Rolling Stones aún demoledores

Con un concierto de dos horas y media y una potencia apabullante Jagger, Richards, Watts y Wood demuestran que no son unos ancianitos a quienes cederles el asiento

/ 22 de febrero de 2016 / 18:19

Mick Jagger lanzó un “¡hola, vieja!” a la tercera multitud de fans que enfrentaba en Buenos Aires, y la devolución fue un rugido estruendoso. Sí, Mick y los otros Rolling Stones ya saben que esa es la forma en que se saludan sus compatriotas de la Nación Stone y, para despejar dudas prosiguió, también en español: “hay algo que quiero saber, ¿éste es el país más Stone?”. El rugido de los 60 mil fue aún más ensordecedor, y así la pregunta retórica tuvo respuesta en los tres días colmados del estadio de La Plata, en las pocas horas necesarias para vender la totalidad de las entradas y en un delirio masivo sin edad. Todo ello corrobora la certeza —evidente desde los años noventa— de que Argentina es la Nación Stone, donde los legendarios Keith Richards, Charly Watts, Ronnie Wood y Mick Jagger son héroes, próceres y majestades de un fanatismo que bordea lo religioso. Y la noche del sábado 13 de febrero se celebró un ritual.

Al llegar al estadio de La Plata el sol caía, y no así el calor despiadado, por lo que proliferaba la venta de “fernezas” (cerveza con fernet) junto a improvisados quioscos de “chori-stones” que los vecinos arman en los alrededores. Por todos lados aparecían las convocadas y los convocados, bien uniformados con todo tipo de remeras de la lengua más famosa del mundo. Muchos lucían con orgullo su ya descolorida prenda de la gira de 1995, la que trajo por primera vez a los Rolling Stones a Argentina. Desde entonces han venido otras tres veces repitiendo o aumentando la convocatoria, aunque estas últimas presentaciones se hayan cubierto con un cierto halo melancólico, como el que provoca toda despedida anticipada. “Seguramente es la última”, “ya no creo que hagan más giras”, “están muy mayores”, se escuchaba reiteradamente entre los que esperaban el arranque del show.

Sin embargo, desde el inicial Start me up los Stones dejaron claro que no son unos ancianitos a quienes cederles el asiento. Al contrario, con una potencia sonora apabullante levantaron a todos de la taquilla para mantenerlos de pie por dos horas y media. Jagger saltando, bailando y corriendo dejaba claro que 72 años no son nada, y menos aún una excusa para no seguir reinventando el rock.

Richards, con la sonrisa cínica de quien gambeteó a la muerte, brilló nuevamente con su toque único de la Fender que le cuelga hasta el suelo. La Nación Stone le debe su existencia: fue el primero en llegar en una gira solitaria y quien descubrió que en estos confines de Sudamérica estaban esperando ejércitos de fans de los Rolling.

EMOCIÓN. Richards hizo posible la primera llegada de la banda y el surgimiento de la Nación Stone, que ya tiene dos libros que relatan y tratan de explicar el fenómeno. Por esto no fue de extrañar las ovaciones frenéticas e interminables al guitarrista en las tres jornadas. Incluso se humedecieron sus ojos, algo inusual para un sobreviviente del rock que parece haber vivido todo y más de lo que un cuerpo humano puede soportar.

No fueron menores las ovaciones feroces para el inexpresivo Watts, quien aún no logra explicarse las razones de tal afecto. También fue sonada la acogida al siempre desenfadado Wood, presentado por Jagger como “el Borges de la guitarra”. La cita no es casual, Jagger es un verdadero fanático del escritor y se arrodilló ante él en París en los setenta. La Satánica Majestad del Rock no necesita presentación, y los fans lo saben. Mick es el anfitrión de la fiesta, el que maneja el show con unos gestos y movimientos que llevan a la multitud a los límites del delirio.

En una actuación sin paradas ni descansos, los Stones pusieron “todas las carnes al asador” revisando lo mejor de su arsenal de medio siglo musical, Honky Tonk Woman, Paint it black y Jumpin Jack Flash entre otras. Además de la canción elegida por los fans vía internet, siendo la triunfadora You got me rocking (Angie ganó en el concierto previo) , mientras que para el final se dejó un himno de fines de los 60: You can’t always get what you want con coro incluido. El cierre fue el mismo para las tres fechas, Satisfaction, con Jagger y la multitud revolviendo la polera al aire, en un canto popular que sobrepasó el ya saturado sonido de la amplificación. Ese sonido siguió tronando por los celulares en los buses de retorno, con todos los fans revisando si habían podido atrapar al menos parte de esa energía demoledora, de ese volcán sonoro, de esa leyenda explosiva que son los Rolling Stones antes que se rindan finalmente.

(*) Sergio Calero es cominicador.

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La reina sin su majestad

Los varios intentos de reconstruir Queen tras la muerte de Freddie Mercury nunca llegaron a cuajar

Sustituto. Bryan May y Adam Lambert comparten escenario en su última gira. Foto: yimg.com

/ 5 de diciembre de 2016 / 16:18

Cuando falleció Freddie Mercury hace 25 años resultaba obvio que era también el final de Queen. Era impensable el reemplazo, y dar continuidad al grupo sin su voz, su principal compositor y su incomparable frontman. Los tres miembros restantes pensaron lo mismo y, sin embargo, Queen no terminó su historia aquel triste 24 de noviembre de 1991, sino que ese día se inició una saga sin fecha de caducidad. Durante la entrega de los Britt Awards en diciembre de ese año el trío Brian May, Roger Taylor y John Deacon anunció “la despedida más grande de la historia a Freddie” con un monumental concierto. Sin siquiera contar con la lista de invitados en seis horas se vendieron más de 70.000 entradas.

El concierto homenaje a Freddie Mercury para el conocimiento del sida se realizó el 20 de abril de 1992 con el estadio de Wembley copado y una audiencia televisiva de 500 millones de personas. Acudieron Elton John, Gun’s and Roses, David Bowie, Metallica, Robert Plant, Def Leppard, George Michael y una diva admirada de Freddie: Lisa Minelli, entre muchos otros. Se habló de la posibilidad de una gira con George Michael que afortunadamente no cuajó, y el evento dejó 20 millones de euros para la fundación Mercury Phoenix Trust para la lucha contra el sida.

Pero tras el gigantesco evento, Brian, Roger y John se encontraron en un vacío que llevó a cada uno por su lado a severas depresiones. Mientras que los otros dos frenaron toda actividad, Brian May sintió que hacer música era el único modo de tener la cabeza ocupada: lanzó un disco propio y sin pretensiones de estrella salió de gira como telonero de Joe Cocker y Gun’s and Roses.

El baterista y cantante Roger Taylor, tras un año desaparecido, volvió con un disco rabioso contra los neonazis. Y frente a la demanda de material de Queen, Roger se juntó con el bajista John Deacon para trabajar en las cintas que habían grabado con Freddie antes de su muerte. Pero no fue fácil por la carga emotiva, y el proyecto se estancó. Al terminar sus giras May se hizo cargo y, como él mismo dijo, se comió dos años de su vida. Finalmente en noviembre de 1995 se editó Made in heaven con las últimas cintas que grabó Mercury y la instrumentación trabajada posteriormente por los otros tres. El disco alcanzó el número uno en el Reino Unido y vendió más de 20 millones de copias en el mundo.

Se dijo que con este disco terminaba la historia de Queen, y los mismos integrantes lo pensaron. Como alargando la despedida aceptaron la invitación del coreógrafo Maurice Béjart y aparecieron junto a Elton John al final de una obra. Sería la última vez que los restantes Queen compartirían un escenario.

Esta despedida, lejos de terminar la leyenda, atizó la demanda de material de Queen y el sello EMI anunció la edición de una nueva recopilación de éxitos. May, que trabajaba un nuevo disco solista, sintió que su canción No one but you tenía todos los ingredientes del viejo Queen y los otros dos coincidieron que valía la pena grabarla para el recopilatorio Rocks de 1997. Este disco reafirmó en el bajista John Deacon la imposibilidad de seguir como Queen sin Freddie, y se alejó de la música y del mundo público.

Taylor intentó continuar su carrera con un fallido disco. También May retomó su carrera solista pero se encontró con la muerte nuevamente cuando su baterista, el renombrado Cozy Powell, falleció en un accidente. Igual que antes, Brian se refugió en la vida agitada de las giras, pero la depresión lo llevó a una clínica de rehabilitación. Tras un tratamiento y, sobre todo, con una nueva relación, Brian pudo continuar. En noviembre de 2000 se casó. Roger Taylor fue padrino y parece que al calor de la celebración ambos coincidieron en revivir el grupo.

En 2001, para el filme Destino de Caballero, Brian y Roger realizaron una nueva versión del clásico We are the Champions, con Robbie Williams en la voz, pero sin la química necesaria para darle continuidad. Un año después se estrenó el cuestionado pero exitoso musical We will rock you, donde Roger y Brian hacían alguna aparición. Pero si hubo un evento determinante fue el de Sudáfrica, cuando acudieron a la invitación de Nelson Mandela para un megafestival contra el sida, con tal acogida que sintieron la necesidad de retomar los escenarios. Pero, ¿con quién?

La solución vino cuando Brian participó en el 50 aniversario de la guitarra Fender en 2004, y allí compartió con Paul Rodgers, excantante de Free y Bad Company. La química fue inmediata y Brian no dudó en mandar la cinta a Roger, quien también quedó cautivado con la posibilidad de rearmar Queen con Paul Rodgers. Deacon no quiso participar y se limitó a darles su bendición.

Fue en un evento benéfico en Sudáfrica donde debutó Queen con Paul Rodgers en marzo de 2005, y un mes después iniciaron una gira de 26 conciertos con un cierre masivo en el Hyde Park de Londres. El registro de la gira se editó como Return of the Champions. Luego quisieron ir más allá y grabar todas las ideas surgidas en la carretera. Así, en 2008 lanzaron The Cosmos Rocks (disco dedicado a Freddie) con irregulares resultados, un respetable quinto lugar en el Reino Unido y suficiente impulso para una nueva gira por todo el mundo. Pero ahí se frenaron. Si bien Paul Rodgers no incomodó como sustituto tampoco entusiasmó, y tras la gira, en mayo de 2009, se anunció el final de la aventura.

El dúo May-Taylor ya no habría de soltar prenda, y después de un par de proyectos solistas nuevamente pusieron el nombre Queen en el escenario en  2011 con el finalista del American Idol, Adam Lambert en el rol de Freddie. Si bien han tenido masiva respuesta en sus presentaciones también les han llovido críticas y repudios por desvirtuar el sello Queen. Haciendo caso omiso a esas voces han estado de gira hasta hace unos meses, cuando Brian suspendió fechas debido a “una enfermedad persistente”.

Todos estos proyectos de Brian, Roger y alguno con John bajo el nombre Queen surgieron sin planes ni plazos. Todos tuvieron gran acogida del público y al mismo tiempo cuestionamientos por tratar de sustituir a Freddie. Pero en justicia, los cuatro eran Queen con igualdad de condiciones y con el derecho de usar el nombre. Freddie, en una entrevista lo había anticipado: “Si yo no estuviera me reemplazarían de inmediato” y luego añadió con sabia ironía: “Pero no sería fácil, ¿verdad?”.

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Los varios intentos de reconstruir Queen tras la muerte de Freddie Mercury nunca llegaron a cuajar

/ 5 de diciembre de 2016 / 16:18

Cuando falleció Freddie Mercury hace 25 años resultaba obvio que era también el final de Queen. Era impensable el reemplazo, y dar continuidad al grupo sin su voz, su principal compositor y su incomparable frontman. Los tres miembros restantes pensaron lo mismo y, sin embargo, Queen no terminó su historia aquel triste 24 de noviembre de 1991, sino que ese día se inició una saga sin fecha de caducidad. Durante la entrega de los Britt Awards en diciembre de ese año el trío Brian May, Roger Taylor y John Deacon anunció “la despedida más grande de la historia a Freddie” con un monumental concierto. Sin siquiera contar con la lista de invitados en seis horas se vendieron más de 70.000 entradas.

El concierto homenaje a Freddie Mercury para el conocimiento del sida se realizó el 20 de abril de 1992 con el estadio de Wembley copado y una audiencia televisiva de 500 millones de personas. Acudieron Elton John, Gun’s and Roses, David Bowie, Metallica, Robert Plant, Def Leppard, George Michael y una diva admirada de Freddie: Lisa Minelli, entre muchos otros. Se habló de la posibilidad de una gira con George Michael que afortunadamente no cuajó, y el evento dejó 20 millones de euros para la fundación Mercury Phoenix Trust para la lucha contra el sida.

Pero tras el gigantesco evento, Brian, Roger y John se encontraron en un vacío que llevó a cada uno por su lado a severas depresiones. Mientras que los otros dos frenaron toda actividad, Brian May sintió que hacer música era el único modo de tener la cabeza ocupada: lanzó un disco propio y sin pretensiones de estrella salió de gira como telonero de Joe Cocker y Gun’s and Roses.

El baterista y cantante Roger Taylor, tras un año desaparecido, volvió con un disco rabioso contra los neonazis. Y frente a la demanda de material de Queen, Roger se juntó con el bajista John Deacon para trabajar en las cintas que habían grabado con Freddie antes de su muerte. Pero no fue fácil por la carga emotiva, y el proyecto se estancó. Al terminar sus giras May se hizo cargo y, como él mismo dijo, se comió dos años de su vida. Finalmente en noviembre de 1995 se editó Made in heaven con las últimas cintas que grabó Mercury y la instrumentación trabajada posteriormente por los otros tres. El disco alcanzó el número uno en el Reino Unido y vendió más de 20 millones de copias en el mundo.

Se dijo que con este disco terminaba la historia de Queen, y los mismos integrantes lo pensaron. Como alargando la despedida aceptaron la invitación del coreógrafo Maurice Béjart y aparecieron junto a Elton John al final de una obra. Sería la última vez que los restantes Queen compartirían un escenario.

Esta despedida, lejos de terminar la leyenda, atizó la demanda de material de Queen y el sello EMI anunció la edición de una nueva recopilación de éxitos. May, que trabajaba un nuevo disco solista, sintió que su canción No one but you tenía todos los ingredientes del viejo Queen y los otros dos coincidieron que valía la pena grabarla para el recopilatorio Rocks de 1997. Este disco reafirmó en el bajista John Deacon la imposibilidad de seguir como Queen sin Freddie, y se alejó de la música y del mundo público.

Taylor intentó continuar su carrera con un fallido disco. También May retomó su carrera solista pero se encontró con la muerte nuevamente cuando su baterista, el renombrado Cozy Powell, falleció en un accidente. Igual que antes, Brian se refugió en la vida agitada de las giras, pero la depresión lo llevó a una clínica de rehabilitación. Tras un tratamiento y, sobre todo, con una nueva relación, Brian pudo continuar. En noviembre de 2000 se casó. Roger Taylor fue padrino y parece que al calor de la celebración ambos coincidieron en revivir el grupo.

En 2001, para el filme Destino de Caballero, Brian y Roger realizaron una nueva versión del clásico We are the Champions, con Robbie Williams en la voz, pero sin la química necesaria para darle continuidad. Un año después se estrenó el cuestionado pero exitoso musical We will rock you, donde Roger y Brian hacían alguna aparición. Pero si hubo un evento determinante fue el de Sudáfrica, cuando acudieron a la invitación de Nelson Mandela para un megafestival contra el sida, con tal acogida que sintieron la necesidad de retomar los escenarios. Pero, ¿con quién?

La solución vino cuando Brian participó en el 50 aniversario de la guitarra Fender en 2004, y allí compartió con Paul Rodgers, excantante de Free y Bad Company. La química fue inmediata y Brian no dudó en mandar la cinta a Roger, quien también quedó cautivado con la posibilidad de rearmar Queen con Paul Rodgers. Deacon no quiso participar y se limitó a darles su bendición.

Fue en un evento benéfico en Sudáfrica donde debutó Queen con Paul Rodgers en marzo de 2005, y un mes después iniciaron una gira de 26 conciertos con un cierre masivo en el Hyde Park de Londres. El registro de la gira se editó como Return of the Champions. Luego quisieron ir más allá y grabar todas las ideas surgidas en la carretera. Así, en 2008 lanzaron The Cosmos Rocks (disco dedicado a Freddie) con irregulares resultados, un respetable quinto lugar en el Reino Unido y suficiente impulso para una nueva gira por todo el mundo. Pero ahí se frenaron. Si bien Paul Rodgers no incomodó como sustituto tampoco entusiasmó, y tras la gira, en mayo de 2009, se anunció el final de la aventura.

El dúo May-Taylor ya no habría de soltar prenda, y después de un par de proyectos solistas nuevamente pusieron el nombre Queen en el escenario en  2011 con el finalista del American Idol, Adam Lambert en el rol de Freddie. Si bien han tenido masiva respuesta en sus presentaciones también les han llovido críticas y repudios por desvirtuar el sello Queen. Haciendo caso omiso a esas voces han estado de gira hasta hace unos meses, cuando Brian suspendió fechas debido a “una enfermedad persistente”.

Todos estos proyectos de Brian, Roger y alguno con John bajo el nombre Queen surgieron sin planes ni plazos. Todos tuvieron gran acogida del público y al mismo tiempo cuestionamientos por tratar de sustituir a Freddie. Pero en justicia, los cuatro eran Queen con igualdad de condiciones y con el derecho de usar el nombre. Freddie, en una entrevista lo había anticipado: “Si yo no estuviera me reemplazarían de inmediato” y luego añadió con sabia ironía: “Pero no sería fácil, ¿verdad?”.

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Rolling Stones aún demoledores

Con un concierto de dos horas y media y una potencia apabullante Jagger, Richards, Watts y Wood demuestran que no son unos ancianitos a quienes cederles el asiento

Rolling Stones. La legendaria banda sigue causando furor. Foto: AFP

/ 22 de febrero de 2016 / 18:19

Mick Jagger lanzó un “¡hola, vieja!” a la tercera multitud de fans que enfrentaba en Buenos Aires, y la devolución fue un rugido estruendoso. Sí, Mick y los otros Rolling Stones ya saben que esa es la forma en que se saludan sus compatriotas de la Nación Stone y, para despejar dudas prosiguió, también en español: “hay algo que quiero saber, ¿éste es el país más Stone?”. El rugido de los 60 mil fue aún más ensordecedor, y así la pregunta retórica tuvo respuesta en los tres días colmados del estadio de La Plata, en las pocas horas necesarias para vender la totalidad de las entradas y en un delirio masivo sin edad. Todo ello corrobora la certeza —evidente desde los años noventa— de que Argentina es la Nación Stone, donde los legendarios Keith Richards, Charly Watts, Ronnie Wood y Mick Jagger son héroes, próceres y majestades de un fanatismo que bordea lo religioso. Y la noche del sábado 13 de febrero se celebró un ritual.

Al llegar al estadio de La Plata el sol caía, y no así el calor despiadado, por lo que proliferaba la venta de “fernezas” (cerveza con fernet) junto a improvisados quioscos de “chori-stones” que los vecinos arman en los alrededores. Por todos lados aparecían las convocadas y los convocados, bien uniformados con todo tipo de remeras de la lengua más famosa del mundo. Muchos lucían con orgullo su ya descolorida prenda de la gira de 1995, la que trajo por primera vez a los Rolling Stones a Argentina. Desde entonces han venido otras tres veces repitiendo o aumentando la convocatoria, aunque estas últimas presentaciones se hayan cubierto con un cierto halo melancólico, como el que provoca toda despedida anticipada. “Seguramente es la última”, “ya no creo que hagan más giras”, “están muy mayores”, se escuchaba reiteradamente entre los que esperaban el arranque del show.

Sin embargo, desde el inicial Start me up los Stones dejaron claro que no son unos ancianitos a quienes cederles el asiento. Al contrario, con una potencia sonora apabullante levantaron a todos de la taquilla para mantenerlos de pie por dos horas y media. Jagger saltando, bailando y corriendo dejaba claro que 72 años no son nada, y menos aún una excusa para no seguir reinventando el rock.

Richards, con la sonrisa cínica de quien gambeteó a la muerte, brilló nuevamente con su toque único de la Fender que le cuelga hasta el suelo. La Nación Stone le debe su existencia: fue el primero en llegar en una gira solitaria y quien descubrió que en estos confines de Sudamérica estaban esperando ejércitos de fans de los Rolling.

EMOCIÓN. Richards hizo posible la primera llegada de la banda y el surgimiento de la Nación Stone, que ya tiene dos libros que relatan y tratan de explicar el fenómeno. Por esto no fue de extrañar las ovaciones frenéticas e interminables al guitarrista en las tres jornadas. Incluso se humedecieron sus ojos, algo inusual para un sobreviviente del rock que parece haber vivido todo y más de lo que un cuerpo humano puede soportar.

No fueron menores las ovaciones feroces para el inexpresivo Watts, quien aún no logra explicarse las razones de tal afecto. También fue sonada la acogida al siempre desenfadado Wood, presentado por Jagger como “el Borges de la guitarra”. La cita no es casual, Jagger es un verdadero fanático del escritor y se arrodilló ante él en París en los setenta. La Satánica Majestad del Rock no necesita presentación, y los fans lo saben. Mick es el anfitrión de la fiesta, el que maneja el show con unos gestos y movimientos que llevan a la multitud a los límites del delirio.

En una actuación sin paradas ni descansos, los Stones pusieron “todas las carnes al asador” revisando lo mejor de su arsenal de medio siglo musical, Honky Tonk Woman, Paint it black y Jumpin Jack Flash entre otras. Además de la canción elegida por los fans vía internet, siendo la triunfadora You got me rocking (Angie ganó en el concierto previo) , mientras que para el final se dejó un himno de fines de los 60: You can’t always get what you want con coro incluido. El cierre fue el mismo para las tres fechas, Satisfaction, con Jagger y la multitud revolviendo la polera al aire, en un canto popular que sobrepasó el ya saturado sonido de la amplificación. Ese sonido siguió tronando por los celulares en los buses de retorno, con todos los fans revisando si habían podido atrapar al menos parte de esa energía demoledora, de ese volcán sonoro, de esa leyenda explosiva que son los Rolling Stones antes que se rindan finalmente.

(*) Sergio Calero es cominicador.

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