Monday 28 Nov 2022 | Actualizado a 15:40 PM

El orgasmo es un ‘macguffin’

El mayor pecado de la cinta es la falta de ritmo y narración. ‘Las malcogidas’ parte con una buena idea pero se queda ahí.

/ 8 de octubre de 2017 / 04:00

La campaña mediática previa al estreno de Las malcogidas jugó en contra de la película de Denisse Arancibia Flores. Suele pasar: crear una expectativa alta sobre una comedia con “humor ácido e inteligente”, sobre un “escándalo” (desde el título) no es lo más recomendable cuando sabes que tienes entre manos una comedia errática. ¿Es Las malcogidas una comedia? ¿Es un musical? ¿Es un drama pesimista con la marcha fuera del país de un homosexual víctima de palizas en la ciudad? ¿Es el filme más pretencioso que se haya estrenado en nuestras salas en años al hablarnos de manera elevada del cuestionamiento de roles sexuales y el lugar de la mujer boliviana en nuestra sociedad? No se sabe. Las malcogidas es una “Bridget Jones” a la paceña: está la gorda que se enamora del lindo flaco, falta todo lo demás.

Foto: Las malcogidas

El mayor pecado de Las malcogidas es la falta de ritmo y narración. Las malcogidas parte con una buena idea pero se queda ahí (la historia da para un cortometraje, lo demás está inflado). La dirección de actores brilla por su ausencia, los diálogos no están bien trabajados y el guion amaga pero no da. Las malcogidas tiene aparentemente un final feliz predecible desde el minuto uno pero acaba mal. La historia paralela de Karmen con K (Bernardo Arancibia Flores es lo único rescatable de un metraje excesivamente largo) se come poco a poco la trama principal sin que la directora, la actriz principal y el guion se den cuenta. Las malcogidas es un drama mal contado que no tiene final feliz; es una huida hacia adelante y el orgasmo anhelado y logrado, un “macguffin” (que por supuesto no es ningún combo de McDonald’s).

El tratamiento del sexo (otra vez mojigato), el retrato estereotipado y forzado del transexual buena onda y artista, la apuesta por lo grotesco y “almodovariano” para supuestamente escandalizar y la pésima elección del elenco (hay personajes que simplemente dan vergüenza ajena como la actriz Scarlet Bolívar que “interpreta” a la chica del rockerito) coloca a Las malcogidas en esa larga lista de películas caracterizadas por los males que trajo el facilismo digital. ¿Tenemos actores y actrices de cine en Bolivia? ¿Es lo mismo hacer teatro que cine? ¿Alcanza con el buenismo? Más preguntas reiterativas de la última década que no encuentran aún respuestas.

Foto: Las malcogidas

¿Algo rescatable? Sí, tres, a pesar de los pesares. El buen trabajo de Bernardo Arancibia (el único que se tomó en serio esta película de risa), la música y banda sonora de Juan Andrés Palacios y las apariciones de una veterana entrañable como doña Rosa Ríos, haciendo de doña Rosa Ríos.

¿De verdad creemos que “comedias” como ésta y otras que se han estrenado con indudable “éxito” de público están devolviendo nuestra confianza y apuesta por nuestro cine boliviano? ¿No son acaso intentos burdos de aterrizar con sello boliviano la gastada fórmula de las comedias de mucha pipoca y poco seso “made in Hollywood” para el gran público? Denisse Arancibia ya intentó en su “ópera prima” tratar de trasladar el éxito taquillero de las películas de terror y suspenso gringas a nuestra “realidad”. Ahora llega la “comedia” musical, otro género a explorar y explotar (mal).

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La sangre nueva de la Verde ilusiona

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:37

Introducción: la era Costas de la gestión Costa arranca la noche anterior al inicio del Mundial de Qatar 2022. El rival se llama Perú y el partido comienza a una hora extraña, las 22.10 de un sábado a la noche. Terminará en domingo.

La próxima Copa del Mundo, a celebrarse en Estados Unidos-México-Canadá en 2026, pasará de 32 equipos a 48; Sudamérica tendrá dos cupos y medio más. Es la oportunidad de oro para volver a un Mundial, al mismo país, treinta y dos años después. Gustavo Costas ha elegido su dibujo favorito: el clásico 4-4-2. Viscarra es el arquero, ante la ausencia de Lampe. Los carrileros son changos: Medina y el flamante fichaje stronguIsta, Roca. La dupla de centrales es inédita: Jusino y José Sagredo. En el medio, Justiniano es el cinco con Villamil de mixto; Villarroel va por derecha y Ramiro Vaca de diez, como enganche. La dupla de ataque es para Miranda y el eterno Marcelo Martins.

Nudo: la primera parte es mala, de poco fútbol. Son dos selecciones en formación, con técnicos nuevos (Juan Reynoso es el peruano). Costas está más metido en el partido que algunos de sus jugadores. Grita y pide que sus volantes encaren. Justiniano se para entre los centrales para dar salida diáfana a la pelota, así también los laterales quedan altos, dispuestos a hacer daño por afuera. Diego Medina va a ser el mismo que asombra en Always Ready: de ida y vuelta, de constantes y rápidas trepadas. Cuando Roberto Carlos Fernández se recupere, las bandas serán fundamentales para el desempeño ofensivo de la verde. El que interviene poco es Ramiro Vaca: el hombre del fútbol belga (por ahora) conserva su toque de primera y sus pelotas filtradas pero -pegado al costado izquierdo- se pierde.

Desenlace: Carmelo Algarañaz sustituye en el descanso a un perdido Bruno Miranda. Cuando el equipo de Costas muestra más orden, llega el gol de Perú gracias a un pase de su mejor hombre, Cuevas. La entrada de Miguelito Terceros (por un inoperante Villarroel, también fuera de sitio) colabora para tener más fútbol. El amistoso sirve para probar un doble cinco inédito: Saucedo hace pareja con Enoumbá que se coloca como volante de contención, una vieja posición para el camerunés. Henry Vaca va a tener también diez minutos (por Ramiro) para desbordar desde la posición de extremo zurdo. En el descuento, con pelota parada, se roza el empate.

Post-scriptum: el Perú-Bolivia de Arequipa ha servido para poder vislumbrar, apenas, la idea de juego de Costas. Con los anteriores técnicos no supimos nunca a que jugábamos. El argentino apunta a conformar un equipo sólido y ordenado atrás; a salir por banda; a presionar arriba la salida del rival. Costas es plenamente consciente que la clasificación pasa por sumar afuera y hacerse inexpugnable en La Paz. Para eso la clave es la creencia absoluta en la sangre nueva de la verde: los Terceros, Medina, Vaca, Villamil… Solo así se podrá soñar con esa clasificación a “nuestro” mundial, el de Estados Unidos.

(20/11/2022)

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Fuertes, una buena película (o no)

La cinta boliviana, dirigida por Óscar Salazar Crespo, se inspira en hechos de la Guerra del Chaco

/ 23 de octubre de 2019 / 00:00

El cine boliviano viene de una mala racha de estrenos. La hinchada cinéfila coloca las esperanzas en tres fichas, por orden de estreno: Fuertes de Óscar Salazar Crespo, Santa Clara de Pedro Antonio Gutiérrez (un “western” beniano que llegará en noviembre) y Mi socio 2 de Paolo Agazzi (en diciembre). Ahora ha entrado en cancha la esperada película sobre la Guerra del Chaco y el club The Strongest.

Goles a favor:

Uno: Fuertes es un cruce de filme romántico (una historia de amor que roza la cursilería) y película épica de guerra con espíritu nacionalista. Apuesta por la sencillez, por la mirada hegemónica y por eso que algunos llaman “industria”. Tendrá, sin duda, una buena respuesta del gran público, ávido de reconciliarse con el cine boliviano y sus historias encaminadas a levantar la autoestima.

Dos: Fuertes es también una cinta de época. Pocas veces en el cine boliviano hemos podido ver una obra tan cuidada en lo formal y en lo técnico con el objetivo (logrado, al fin) de reconstruir el pasado, en este caso los tumultuosos años 30 del siglo XX. Es un acierto de la dirección rodearse de connotados especialistas en sus rubros. Gustavo Soto regala una fotografía mimada que pasa de las tonalidades brillantes y coloridas de la preguerra a la paleta desgastada y polvorienta del Chaco en la segunda parte bélica del filme. Pilar Groux, la productora por excelencia de nuestro cine, demuestra otra vez su trabajo avalado a nivel internacional. Serapio

Tola en la dirección de arte y Melany Zuazo en la dirección de vestuario colocan a Fuertes a la altura de películas históricas de cinematografías potentes de factura extranjera. Los efectos especiales de los enfrentamientos también son un punto alto. La banda sonora del oscarizado chileno Juan Cristóbal Meza, grabada por la Orquesta Sinfónica de Bratislava (Eslovaquia) aporta momentos de gran emotividad y grandielocuencia, propios del género, aunque por momentos la música se engolosina y abusa del espectador.

Tres: Fuertes tiene momentos altamente emotivos por su carácter épico y su potencial emotivo. Destacan dos escenas que ponen nudos en la garganta: la escena final y el discurso del presidente del club, Víctor Zalles Guerra (dos de sus hermanos murieron en los fortines y cañadas) cuando compromete la participación de todos los jugadores, dirigentes, socios y simpatizantes stronguistas al Ejército. Luigi Antezana, actor y fiel gualdinegro, se emociona y emociona.

Cuatro: Fuertes sabe cerrar (se); mérito no menor en nuestro cine donde los finales son un hándicap. Aunque, hay que decirlo, le sobran 20 minutos.

Goles en contra:

Uno: Fuertes, que se presenta como un relato de ficción “inspirado” en hechos y personajes históricos, descuida detalles de la historia. En aras de contentar y atraer a la mayor cantidad de espectadores, omite verdades.

Cuando la Guerra del Chaco estalló y The Strongest se retiró del torneo para acudir como club al frente de batalla, el campeonato de La Paz Football Association no se interrumpió, como asegura la película. Continuó, y sin los gualdinegros en cancha; el club Bolívar salió campeón en el primer título de su historia desde que jugaba al fútbol en 1927. El apodo del club no era “Tigre”, como es ahora. La denominación de “tigres” fue acuñada una década después, en los años 40. Juan Lechín Oquendo no era jugador stronguista (aún), antes de la guerra era parte del equipo de la fábrica Said&Yarur por el origen palestino de su padre (Lezín) y los dueños de la empresa que confeccionó los uniformes del Ejército boliviano. El capitán del team no era José Rosendo Bullaín (que había dejado, por cierto The Strongest para jugar en Huracán de Viacha por imperativos militares), sino Renato “Choco” Sainz (retratado en la película bastante más moreno de lo que era).

La lista de inexactitudes históricas es larga aunque ésta no afecta a la verosimilitud del filme. Lo que sí molesta es el sesgo clasista. The Strongest nunca fue un club elitista de la clase alta y adinerada de la sociedad paceña, como es retratado en el filme. Estaba formado por la incipiente clase media profesional y trabajadora. Fuertes presenta una ciudad de La Paz (rodada en Sucre, por cierto) irreal, colonial, carente del sustrato popular que siempre alimentó a la urbe y al club del oro y el negro. El extremo cuidado en lo técnico es abandonado a su suerte en el empaque histórico-sociológico del filme. Una pena, la labor se quedó a medias.

Dos: Fuertes tiene un gran reparto, disparejo a ratos, que tropieza especialmente en su pareja protagonista. El director hizo la apuesta riesgosa de elegir como protagonista masculino (Christian Martínez es Mariano) a un exjugador juvenil de fútbol, no a un actor. Con esta elección, la película gana en las escenas futboleras (“bien jugadas”) pero pierde en peso actoral. Elegir como protagonista femenina (Claudia Arce es Matilde) a una expresentadora de televisión sin apenas carrera interpretativa es menos entendible. La interpretación de Fernando Arze —en el rol de José Rosendo Bullaín, caído en combate en Cañada Strongest en mayo de 1934— está raramente contenida, cuando esta vez no tocaba y hace extrañar un mayor trabajo de interiorización en el personaje.

Tres: la ausencia de la música popular de la época es otra falencia. Es un pecado capital (producto de una pobre investigación histórica) que no suene la mítica Cacharpaya del soldado del maestro  Alberto Ruiz Lavadenz. Los soldados stronguistas no cantaban —como en la peli— tonadas de tribuna o adaptaciones de melodías religiosas sino letras como “Negra zamba, por qué tienes que llorar / negra linda, tu llanto debes calmar. Si el Chaco es boliviano / nadie nos puede quitar.

Uka jinchu q’añu patapila / lawampi churtañani pek’e pata / alis nuquñani Chacu pata / Ukat mantañani utaparu patapila lapakumu”. Por cierto, los soldados paraguayos hablan en guaraní mientras el quechua, aymara y el propio guaraní están ausentes en nuestras filas, otro “descuido” (in)consciente.

Cuatro: la historia bélica deja sabor a poco. La gigantesca y heroica batalla de Cañada Strongest es reducida a una caricaturesca escaramuza. La historia de amor cojea por falta de química, por desprolija, por balbuceante. La dirección de actores brilla por su ausencia y da por resultado a un elenco abandonado a su suerte, en el que cada uno rema a su propio ritmo.

Arce, a contra ruta del espíritu de la película, llegó a decir en la “premiere” el pasado lunes en La Paz que “los bolivianos, para no variar, perdimos la Guerra del Chaco”. Otra vez el lamento de la derrota contra el que pretende luchar el filme de Salazar. Alguien debió explicarle a la ex Miss Bolivia que tenemos gas y petróleo porque vencimos en la toma de Boquerón, en las cañadas y especialmente en la última gran batalla de la guerra, la de Villa Montes. Recordarle, en fin, que los bolivianos y bolivianas somos Fuertes.

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Érase un hombre (solo) a un contrabajo pegado

La obra protagonizada por Cristian Mercado estará en el Teatro Nuna el 15 de septiembre

/ 28 de agosto de 2019 / 08:39

Uno: el contrabajo es más un estorbo que un instrumento. Es el más voluminoso, el menos manejable, el más monstruoso, el menos elegante. El camino que lleva hasta este instrumento está lleno de rodeos, casualidades y desengaños. Es el más femenino y erótico, es una mujer con caderas anchas, curvas por todo lado. Y es celoso, arruina cualquier encuentro sexual pues concita todas las miradas. Pero el contrabajo es esencial en una orquesta. Este hombre solo y atormentado tiene una relación extraña con este instrumento. En el escenario hay una percha con el frac de los conciertos de gala, un sillón, un tocadiscos, una mesa con sillas y cervezas (y un amigo imaginario que no habla –el actor Juan Pablo Jiménez–) y, por supuesto, el susodicho contrabajo, amado y odiado. ¿Estamos frente al mejor monólogo de los últimos años del teatro paceño? Interpreta Cristian Mercado, dirige Percy Jiménez.

Dos: si El perfume del alemán Patrick Süskind era un cuento para oler, El contrabajo del mismo autor bávaro (publicado en 1984) es un monólogo teatral intimista, un soliloquio, una tragicomedia para escuchar y oir hablar de Mozart, Schubert, Beethoven, Brahms, entre otros. Y por supuesto Wagner y Hitler. ¿Por qué no hay ninguna mujer compositora “famosa” de música clásica?

Tres: Mercado es ese funcionario cuarentón de una orquesta nacional (tercer atril), es un obrero, podría ser cualquier trabajador. Es un esclavo y se siente solo (y mediocre) aunque fantasee con una jovencita veinteañera que canta. ¿Es la guapa soprano también imaginaria como su cuate de chelas? El texto —una joyita— destila ironía y sutileza, autocompasión y pena, melancolía y soledad, sátira y parodia, sin perder jamás el humor (negro, por supuesto) aunque la autoestima, el talento y la felicidad no corran por sus cuerdas. Mercado es el contrabajo, está pegado a sí mismo y sus limitaciones, desde los restaurantes caros a los encantos sexuales. ¿Hubiese sido ideal un par de lecciones más de contrabajo?

Cuatro: las cervezas sirven para las pausas (¿por qué nunca notamos ni una sospecha de ligera embriaguez si toma todo el rato?) y el “amigo invisible” es el bastón (¿necesario?) para sostener un monólogo —el género más brutal— de 80 minutos. Mercado compone un personaje complejo, neurótico perdido (que no cree en el psicoanálisis ni por si acaso), odioso, altanero y soberbio, pero Mercado —con sus manos, sus paseos, sus caras— nos hace también quererlo, intentar comprenderlo (¿y hasta amarlo?). ¿Es la habitación con la señora Niemeyer de vecina su propia cabeza?

Cinco: “El solo del contrabajo” usa a la orquesta como metáfora de la sociedad (pero peor porque en la primera no hay chance de ascenso social, no hay esperanza). En ambas hay orden, hay jerarquías insalvables, hay envidias y rivalidades, hay odios (contra el director, contra el primer violín, contra las sopranos). De lo contrario reinaría la anarquía. En toda orquesta, como en toda sociedad, hay gregarios, hombres solitarios, desolados, contradictorios, necesarios, que buscan amor (carnal) desde la más alta espiritualidad que solo trae la música (léase con ironía y hasta con sarcasmo). Y no se olviden, sin ellos, sin los contrabajos, sin los fracasados, sin los marginados no se puede hacer nada. Ellos también gritan. Y sí, la Segunda (sinfonía) de Brahms es impresionante.

* El solo del contrabajo se estrenó el sábado 17 y domingo 18 en el Teatro Doña Albina del Espacio Simón I. Patiño de Sopocachi. Se presentará nuevamente el 15 de septiembre en el Teatro Nuna a las 20.00 (calle 21 de Calacoto 8509, parada PumaKatari).

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Yo no me caso

‘Amor’, la nueva obra de teatro de Denisse Arancibia, se presentó en funciones llenas en Casa Grito

/ 10 de julio de 2019 / 00:00

Uno: Amor es la última obra teatral de Denisse Arancibia Flores (se estrenó el pasado fin de semana en Casa Grito). Y se pinta como una de las mejores del año.

Bien pudiera llamarse “Yo no me caso”. Si fuera un ensayo sesudo y aburrido se titularía “Persecución y vituperio del matrimonio”. La primera imagen de Amor impacta: una novia gigante de tres metros esconde bajo su vestido blanco a todos los invitados de su boda. “Amor” es una parodia, una comedia romántica con humor ácido, con buenas canciones, el estilo de la casa Denisse. Es la historia de “Julia”, una mujer que ronca, habla de dormida, sueña con el diablo, es sonámbula y le gusta que le amarren a la cama. “Julia” no quiere casarse con Ricky. No le gusta compartir el control remoto. No quiere hacer el amor con la misma persona por el resto de su vida. No quiere tener hijos. A “Julia” le da miedo todo. ¿Cómo se llama el miedo a casarse? Gamofobia se llama. A “Julia” la marcha nupcial le parece triste. Va a ser una novia fugitiva a pesar de las “comadrejas” que le rodean: su madre, su suegra, su padre robot, sus amigas, el cura que cobra por hora, los 300 invitados que nadie conoce, todos fingiendo extrema felicidad. “Julia” no se llama Julia ni se apellida “Púdrete”. Julia solo quiere llorar y ahogarlos a todos. Larga pausa silenciosa y hermosa. Todas han muerto ahogadas. Julia es libre.

Dos: el elenco fijo de Teatro Grito tiene una ventaja. Los actores y actrices se conocen, han trabajado juntos y eso se nota sobre las tablas. Del laburo permanente y constante, surge la magia, el talento, las buenas vibraciones, las obras que merece la pena recomendar. Julia, la novia, es Alejandra del Carpio Andrade que logra a ratos transmitir todos los miedos, todas las ataduras en el papel más complicado de la obra. Su mejor “amigui” es Mariel Camacho Ovando, más suelta, más desenfadada, más ajustada a su rol. ¿No sería mejor cambiar de papeles? El cura es Bernardo Arancibia, otra vez (y van…) lo mejor del elenco. El sacerdote es el villano, es la fiel representación del poder celestial sobre la tierra y sobre todas las mujeres. Es el que dicta el decálogo obediente del buen matrimonio (concertado). Amor es anticlerical, como dios (en minúsculas, por favor) manda. Carmencita Guillén Ortúzar y los progenitores (René Sutura Mamani junto al padre robot Michael Apaza Apaza) acompañan a la perfección con la aparición de Leo Mora (como abuela y como Ricky) como grata sorpresa. El rol de Ricky merece un capítulo aparte: el novio es una chaqueta colgada, es solo una voz a lo lejos, es el amor a la fuerza, es el que dice “sí, acepto” por Julia. Su ausencia-presencia sobrevuela la obra para terminar surgiendo como máscara, como kusillo, como espectro cruel.

Tres: ¿por qué nadie pregunta a Julia si quiere casarse? Ella es la única que hace esa interrogante: “Ricky, de verdad, ¿te quieres casar? Pero Julia no es una víctima. Y Denisse Arancibia no cae en lo facilón, en el retrato victimista. Aunque si “puede aprovechar” para despachar y recordar cuentas pendientes: el exagerado prestigio del amor, la manipulación del deseo y lo conflictivo del matrimonio, esa sacrosanta institución anacrónica. El matrimonio fue en el pasado trascendente y necesario: cuestión de patrimonio, transacción de compraventa, alianza de intereses en provecho de la prole. Era la antigua “sabiduría” del matrimonio. ¿Qué sentido tiene en pleno y efímero siglo XXI este pacto a largo plazo? Es la pregunta que nos lanza la obra. Y luego llegan otras: ¿siguen de la mano a estas alturas ese tridente diabólico llamado amor, sexo y matrimonio? ¿Acaso lo rutinario y ritual no es el casamiento sino el divorcio? ¿No sería bueno buscar nuevas fórmulas más apropiadas de convivencia? Y la peor de todas: ¿por qué la mayoría de las personas se sigue/nos seguimos casando? ¿Estamos condenados a la fatalidad?

Cuatro: una pregunta más. El 95% del público que va a ver (Des)Amor (y la gran mayoría de obras teatrales en La Paz y en toda Bolivia) es femenino. ¿Dónde, carajo, están/estamos los hombres? El teatro también es una trinchera, una barricada en estos tiempos de cólera antipatriarcal. Esa es la respuesta a mi estúpida pregunta.

Post-scriptum: la segunda temporada de Amor está programada para el 3, 4, 10 y 11 de agosto en Casa Grito. Y la tercera, la vencida, para el 4, 5 y 6 de octubre. Tienes siete oportunidades más, sin ahogarse, sin llorar.

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‘El robo’: el futuro está aquí

El filme de César Andrade fue producido por la Comisión Especial de Investigación de la Capitalización y Privatización de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

/ 24 de abril de 2019 / 04:00

Las dos imágenes más poderosas que se quedan en la retina después de ver el documental El robo (estreno mañana lunes en la Cinemateca, 19.00, gratis) son éstas: unos señores de guante blanco se llevan en cinco segundos bolsos y bolsos repletos de dólares de las bóvedas del Banco Central de Bolivia antes de la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada. Es la mañana del 16 de octubre de 2003. La otra imagen es un desafío: don Carlos Mesa habla mirando de frente a la cámara tras un escritorio y se dirige a don Evo Morales para decirle que es muy cómodo bloquear, que lo difícil es gobernar. “Venga a gobernar”, añade. Ya saben lo que pasó después.

El robo: cuando las leyes se escribían en inglés, del mexicano César Andrade (con montaje y guion de Pablo Valdés V. Boullosa y la producción de Karina Herrera), arranca con tres preguntas inquietantes: ¿cómo pasó? ¿cómo lo hicieron? ¿cómo un puñado de empresarios y políticos neoliberales vendió todo un país? Para Bolivia fue una gran tragedia, resumida en una cifra espeluznante: 21.500 millones de dólares.

La historia del documental (producto de la Comisión Especial de Investigación de la Capitalización y Privatización de la Asamblea Legislativa Plurinacional) comienza en 1985 con una nación estancada y un “mesías”: Víctor Paz y la democracia pactada y la repartija del poder en cuotas. “Bolivia se nos muere” fue la frase lapidaria que todavía hoy resuena como karma en el cementerio de los muertos vivientes. La patria estaba al borde del abismo y ellos dieron dos pasos al frente (para robárselo todo), como diría El Papirri.

Las imágenes de archivo de las manifestaciones multitudinarias de los mineros, de los relocalizados, los soldados en Patacamaya listos para reprimir la Marcha por la vida y el cerco militar en Kalamarca nos trasladan a un pasado lejano y cercano, cercano y lejano. Los infaltables drones nos devuelven a un presente diferente.

El robo juega con el tiempo, con los sabores (del agrio al dulce y viceversa). Te lleva desde la oscuridad y el pesimismo conformista del pasado hacia la esperanza del futuro.

La derrota de aquella marcha trajo la mayor privatización imaginable. Las empresas gringas contratadas para maquillar, engañar y manipular van a recomendar no usar la maldita palabra. Se hablará entonces de “reordenamiento de las empresas públicas”. Los señores y señoras del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional son (auto)elegidos “ministros” para “rediseñar” nuestra economía. Los eufemismos pasan a formar parte de nuestros nueve mandamientos: alguien borra el “no robarás”. Las 10 reglas del Consenso de Washington nos meten en la boca del lobo. La fórmula ya ha funcionado a las mil maravillas en el Chile de Pinochet Ugarte. Bolivia va a ser el segundo “conejillo de Indias”.

La enajenación arranca con Jaime Paz Zamora y su doble fórmula: privatización (venta directa de pequeñas y medianas empresas); y capitalización (supuesta inversión en empresas públicas). Samuel Doria Medina, en un arranque inédito de originalidad y creatividad, bautiza al monstruo de las mil cabezas: “técnica Bonsái”. Y hace una promesa al Club de París: “en dos años no habrá una empresa pública en Bolivia”. Acabar con la pobreza matando a los pobres.

El documental enumera la larga lista de caídos en combate: El Puente (Tarija), Fancesa (Chuquisaca), Línea Aérea Imperial LAI (Potosí), Semapa (Cochabamba), Hilancruz (Santa Cruz, costaba 70 millones de dólares y la vendieron a precio de gallina muerta, 4 millones), Fábrica de Cerámica Roja (Pando), Empresa Nacional de la Castaña (Beni), Fábrica Nacional de Vidrio Plano (El Alto)… Ni la terminal de buses con su hotel en Oruro se salvaron. Tarija perdió 13 empresas, Santa Cruz 12, Beni 8, La Paz y Oruro 6, Cochabamba y Chuquisaca 5, Pando 4 y Potosí, una, la citada línea aérea (vendieron dos aviones comprados en 12 millones de dólares en apenas 600.000).

El parte de guerra no tuvo fin, como la tristeza. Fue la leche. Goni regaló la PIL de Cochabamba a una gran empresa peruana en 8 millones y las consecuencias afectaron a miles de pequeños productores de leche por todo el país, arruinados por la llegada de leche en polvo desde Perú. Los spots seguían bombardeando eufemismos, mentiras, fake news. No había memes ni redes sociales. “El futuro está aquí”, repetían como mantra mentiroso un presidente tras otro: Víctor Paz, Jaime Paz, Sánchez de Lozada, Banzer, Quiroga, Sánchez de Lozada, Mesa.

La segunda fase de la enajenación atacó a las grandes empresas, el gran motín en un pentágono: Entel, Ende, Enfe, Yacimientos y el LAB (su valor alcanzaba los 120 millones de dólares, fue rematada en 23 millones). Vinto valía 41 millones de dólares, se vendió en 14. Entre 1985 y 2005 fueron privatizadas y capitalizadas 362 empresas del Estado. Otras muchas fueron cerradas.

Hasta que se perdió el miedo, hasta que el pueblo cochabambino se dio cuenta de que no estaban solos. Era la Bolivia donde si no pagabas dos facturas de agua, te remataban la casa. El documental El robo, conducido por un personaje interpretado por la joven actriz Raiza Ortiz, nos lleva de la mano a través de paisajes desoladores, desiertos, saqueos, redes… mientras la indignación y la bronca se apoderan del espectador: ¿Cómo pasó, cómo lo hicieron?. Y tú te preguntas la peor de todas: ¿cómo y por qué lo permitimos?

Entonces, el “león dormido” (el fotoperiodista Pata Quintana dixit) despertó definitivamente en La Paz y El Alto. Y la historia infame del saqueo terminó. Entre las cenizas, los nombres y apellidos se repetían como mantra: los mismos empresarios y políticos, los mismos parientes. Los Kuljis, los Revollo, los Doria, los Garafulic, los Ardaya, los Cárdenas, los Salazar, los Ossío Sanjinés, los Kempff… los dueños y señores de todo, de las radios, de las televisiones, de los periódicos, de los cuerpos, de los espíritus, de las conciencias.

El robo —de una factura técnica impecable y un enfoque dirigido expresamente a la juventud— arranca con esas tres preguntas mencionadas y cierra con dos interrogantes más: ¿cuánto perdimos realmente? ¿cuál es el precio de un país? La lección sobre nuestro pasado está sobre la mesa. Ahora hay que trabajar la memoria, proyectarla hacia el futuro. No cometer los mismos errores, contar este cuento macabro e infame a las nuevas generaciones, de Bolivia y de toda América Latina. Quisieron borrar la historia, quisieron envenenar la memoria colectiva. No pudieron. Solo tuvieron razón en una cosa: el futuro está aquí.

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