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Fitaz 2018, final feliz: el teatro es más grande que nosotros

Esta es la segunda parte de la bitácora del Festival Internacional de Teatro de La Paz. Una edición que fue de menos a más, en público y calidad, que vio la buena salud del teatro cruceño.

/ 16 de mayo de 2018 / 05:00

Día siete: Un ‘lustra’ encantador y una Evita histérica

El miércoles que parecía lunes (tras el feriado del martes trabajador) fue otro día de ventura. El Teatro Municipal vio cómo una pequeña “lustra” llamada Betún (como la obra del grupo italiano Teatro Strapatto) encantó a todos los espectadores. Al final, los dos geniales protagonistas (la italiana Cecilia Scrittore y el venezolano Vene Vieitez) invitaron a pasar por el escenario y dejar mensajes escritos en el libro que portan con ellos desde el estreno de la obra en el Festival de Avignon (Francia) hace dos años.

Entonces, el “hechizo” hizo que se formara una gran cola de pacientes minutos mientras la pareja recibía afecto, abrazos, cariño y felicitaciones por doquier. ¿Cómo operó el embrujo de Betún? Fue sin palabras, fue con máscaras, fue con una fábula de las mil y una noches. Lo peor de las personas en situación de calle es que nadie las ve, nadie las mira; no las vemos, no las miramos. “¿Por peligro?”, pregunta Vene. “Sí”, responde: “es peligroso saber que existen”.

Betún se pone la careta para quitarnos nuestra máscara hipócrita, calla y grita en silencio para despertar nuestra conciencia silenciada. El trabajo de investigación con niños de la calle en Bolivia, el diseño de luces y sonidos, el laburo corporal de ambos, las poderosas imágenes construidas, la música (un personaje más), la constante interpelación y juego con el público (una espectadora fue llevada hasta el escenario) y la sensibilidad a flor de pie son los ingredientes vitales de esta pócima mágica, en forma de máscaras, que seduce y encanta, que concibe al teatro como una herramienta social de cambio. Betún es honestidad y compromiso.

Tras esa alegría llegó otra: ver el Teatro de Cámara a rebosar. ¿Será que la clave para recuperar público es simplemente ofreciendo buenas obras? Eva Perón de Otero Moreno Teatro, bajo la dirección de Ubaldo Nállar, demostró otra vez que el mejor teatro se hace desde Santa Cruz, que el secreto son elencos fijos, temporadas, escenarios, buena materia prima actoral, textos de calidad, apoyos… y público.

La obra basada en el famoso escrito del argentino Raúl ‘Copi’ Damonte de 1970 rompe barreras (los papeles femeninos son interpretados por hombres) y pone al desnudo la decadencia del poder. Es provocación y acidez pura. Y los actores no decepcionan: el español (de Ponferrada) Marcos Vecín, los bolivianos Alejandro Amores del Río y Jorge Fabián Duabyakosky y especialmente el uruguayo-boliviano Diego Cowks sosteniendo la obra y regalando —en un “tour de force” admirable— una Evita extraña, sacada, antojadiza, despótica, miedosa, triste, histérica, como el mismísimo poder.

Día nueve: Pero algún día el sol brillará

Un niño escribe una lista de cosas maravillosas, como conjuro contra la soledad y la falta de ganas de vivir (de su madre). Quiere llegar a mil y va a llegar a un millón. Cosas maravillosas llegó al Municipal y lo llenó con un unipersonal del actor uruguayo Juan Luis Granato, bajo la dirección de Eduardo Cervieri y texto del inglés Duncan Macmillan. En el escenario, en semicírculo están 17 espectadores, al azar, interpretando diferentes roles (el padre, el veterinario, la maestra de escuela, la novia del narrador…). En la platea, también están atrincherados otros “actores” espontáneos, con sus líneas. Delante, Granato y sus grandes habilidades de comediante de “stand up”. Detrás, la historia más divertida sobre el suicidio más triste.

Es 1987 y ese niño tiene siete años y su madre no quiere vivir más. Entonces el niño comienza a escribir una lista de todas las cosas maravillosas de este mundo, esas cosas por las que vale la pena vivir. La mamá las lee y corrige la ortografía. El niño crece y la lista, también. Conoce a una chica (una de las espectadoras arriba sobre el escenario) y se casan. Llega la rutina, llegan las discusiones. La lista tampoco hace milagros. Y los suicidios (especialmente de gente famosa) comienzan a ser contagiosos. Es el “efecto Werther”. Entonces, el actor repasa las trece reglas (para los medios) para evitar esos contagios y sigue con su lista, que no hace milagros.

A estas alturas, la obra es regocijante, hilarante y estremecedora por igual; con la participación de todo el “elenco”, divierte y te hace pensar (la dupla perfecta del teatro). Con el padre y sus vinilos de “soul”, la lista crece y crece, desde los helados de la infancia y un piano en la cocina hasta dormir con la persona que amas y el sexo (9.999). Otra más en la lista: escuchar discos y apreciar sus tapas, leer las historias de la contra y no saltarte canciones como hacemos ahora.

El hijo de una madre depresiva o en riesgo de suicidio también hereda esa tentación, ese stress, a través de cambios químicos en su cerebro. ¿De dónde sacan entonces las ganas de vivir?, ¿por qué hay tanto genio torturado y suicidado?, ¿es mejor ser mediocre?, ¿somos felices cuando somos niños?, ¿de mayores podemos permitirnos estar siempre felices?

Al niño ya adulto, la lista de cosas maravillosas le hace ver el mundo diferente, le salva. A su madre, no. La línea última de la lista, la número un millón dice así: escuchar un disco por primera vez, bajar la púa, sentarse a escuchar en tu cuarto, leer los comentarios de la contraportada. Entonces suena Into each life some rain must fall (en cada vida debe caer algo de lluvia) de Ella Fitzgerald. Telón. La platea aplaude y festeja, se pone de pie, abraza a Granato (una de sus cosas maravillosas) y la canción sigue: “pero algún día el sol brillará”. Voy a comenzar mi propia lista, parece que funciona. Una: ver los teatros llenos de público, con dos por uno, con lo que sea, con obras lindas que te hagan pensar, repensar, reír, enmudecerte, entristecerte, alegrarte.

Minutos después, en el Teatro de Cámara, otro unipersonal, otra sobre soledades. La obra se llama La mujer del don y la pone en escena, desde el Paraguay, la actriz argentina Carmen Briano, bajo la dirección y texto de Guillermo Hermida. Es el monólogo de una bruja feliz, una vidente que hereda el talento de su madre y de su abuela, una bruja poderosa, magnética. En el escenario, casi nada: un círculo de sal y adentro, una silla y velas encendidas para asustar a doña soledad que jamás te suelta la mano. La bruja crece, vive, goza, viaja, se enamora, se frustra y se da cuenta de que la mayor de las soledades es esa que se siente y se palpa cuando una está rodeada de mucha gente. La condenada soledad sabe esperar, es una buena contrincante. La bruja ha llorado y ha sufrido en lenta agonía, en coreografía piadosa para darse cuenta de que con su don de sanar, curar y aliviar llegó también la bendita y constante soledad, para quedarse, para ser su fiel compañera de vida.

Día diez: Las Kory Warmis y ‘Piti’ Campos, grandes y nuestras

La connotada actriz de cine y teatro Erika Andia dirige (también) teatro de mujeres. Va por su segundo grupo. El último se hace llamar las Kory Warmis (mujeres de oro). Estrenaron el año pasado su segunda obra (Deja vu) en la Casa de la Cultura y luego iniciaron un recorrido por los barrios paceños. El “premio” llegó en el Fitaz: subirse al Teatro Municipal en el último sábado del festival (que no es poco).

Las Kory Warmis son una docena de mujeres alteñas y paceñas (algunas, gremialistas de pollera) que hacen teatro por pura afición (algunas, después de cerrar el puestito y escapar a los ensayos); un teatro necesario y cuando éste lo es, no hay nada más necesario.

Deja vu es la respuesta brillante a esa sempiterna polémica entre teatro popular y teatro “contemporáneo”. Erika Andia, colaborada en esta segunda obra por Freddy Chipana, ha resuelto el entuerto: las “mujeres de oro” juegan, van y vienen, entran y salen, se divierten y conciencian, desdramatizan esos absurdos abismos, tejen.

Números musicales, sketches, morenadas, gags visuales, coros griegos, ruecas, un cuidado texto y humor junto a recursos y metáforas “modernas” (marca de la casa Chipana, apelando siempre a las poderosas imágenes) seducen con rigor y corazón. Y emocionan con un mensaje de esperanza frente a la violencia naturalizada (contra el débil, contra el otro), ese ovillo de lana que nos enreda y duele. Larga vida a la familia de las Kory Warmis que tantas veces se cayeron, que tantas veces se levantaron.

A continuación, como en una especie de antiguo programa doble, Mercedes ‘Piti’ Campos (la misma que interpretara a Juana Azurduy en la última película del maestro Jorge Sanjinés (Juana Azurduy) se apoderó del Teatro Municipal de Cámara con Animales domésticos, un monólogo brutal. La obra, estrenada en Sucre, subió en mayo de 2017 al espacio alternativo El Desnivel del barrio paceño de Sopocachi, ganó cuatro premios en los Raúl Salmón y llegó al Fitaz por méritos propios.

Animales domésticos te golpea mientras te hace preguntas: ¿de qué te quejas?, ¿qué más quieres?, ¿vas a llorar otra vez, mierda?, ¿todavía te ríes, idiota? Te cuestiona, con incomodidad, como debe ser el teatro imprescindible: ¿qué soñabas cuando eras niña? Y también te responde: no me acuerdo de lo que soñaba; debí haberme ido hace tiempo, deberíamos dejar de sufrir. Animales domésticos trae palabras que no queremos escuchar: vieja, gorda, “perdón-amor”.

El resfrío es como el amor, se contagia pero también se desvanece, ¿qué hacer cuando desaparece?, ¿cuándo el tanto amor se transforma en tanto miedo? Las cajas se caen; los bonitos recuerdos, también. ‘Piti’ Campos se desdobla, ahora es el perro apaleado, ahora aúlla de dolor, ahora ya es otro “animal doméstico”.

Bajo la dirección de Andrea Riera y Alice Guimarães y el asesoramiento escenográfico de Gonzalo Callejas (el “toque” del Teatro de los Andes se palpa), es un grito contra la violencia machista, contra el silencio que huele mal, contra los idiotas que están por todas partes y se ríen de tanto miedo, de tanto dolor, de tanta cicatriz.

Día once: El teatro es más grande

El Fitaz 2018 terminó en noche de domingo con la entrega de los estañados Kusillos de La Paz: el nacional para Michela Pentimalli del Espacio Patiño y el internacional para el argentino Raúl Sansita (director del Festival Internacional de Teatro del Mercosur). Y se bajó el telón tras el justo y merecido homenaje a Paolo Nalli, el productor del Teatro de los Andes. Alice Guimarães reivindicó la creación colectiva y el teatro político y revolucionario. “Y que el teatro sea siempre más grande que nosotros”, añadió la actriz del elenco de Yotala.

Antes, la última obra en el Teatro Municipal había dejado el mejor sabor de boca posible: Thátch del grupo Armatrux es una tragicomedia musical (piano y violín en vivo) con dos viejos artistas (Rafo y Rufo: los hermanos Rogério y Cristiano Araújo), recordando sus mejores años, recordando quizás que todos estamos muertos, como ellos.

Los brasileños de Belo Horizonte, bajo la dirección de Eid Ribeiro, nos llevaron de viaje por el cine mudo y el mejor circo, por los anhelados espectáculos de variedades, incluida la magnética Siboney, el transformista Eduardo Machado. Cinco bastones, seis sombreros, pañuelos de colores, marionetas, perros, lanzadores de cuchillos, cigarrillos y escatología: Rafo y Rufo son Vladimir y Estragón, son puro teatro, puro absurdo, humor negro del bueno; son Keaton y los hermanos Marx, surrealismo de ayer. ¿Qué nos quisieron decir? Nada. O quizás lo que tú hayas querido imaginarte. Por eso, el teatro es más grande que nosotros.

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’98 segundos sin sombra’, entre lo surreal y lo bello

Una reseña del más reciente filme de Juan Pablo Richter, realizada por el escritor Adrián Nieve.

/ 25 de noviembre de 2021 / 13:51

Pocas veces reconocemos lo rara que es la vida. Pero Genoveva Bravo, la protagonista del filme 98 segundos sin sombra (98sss), lo sabe bien. Y no solo lo reconoce, sino que lo analiza, segundo a segundo, en este efectivo filme dirigido por Juan Pablo Richter.

Encarnada por la actriz Irán Zeitún, Genoveva es una chica de 16 años que trata de sobrevivir a las monjas de su colegio, a sus hostiles compañeras de curso, a sus padres sin esperanza y al narcotráfico en “Culo del Mundo”, su pueblo en el oriente boliviano.

Como personaje, Genoveva —originalmente creada por la escritora Giovanna Riveros para la novela homónima en la que se basa esta película—, es el mayor acierto del filme, pero no él único. 98 segundos sin sombra, además de mucha actitud, tiene varias cosas por decir, entre lo que sucede en el pueblo de Genoveva y todas las ideas que pasan por la cabeza de la adolescente.

Y lo visual. El filme tiene una calidad cinematográfica muy fresca, casi surreal, una que ayuda a ilustrar el mundo interno de Genoveva y que intenta mostrarnos las cosas de una forma no lineal. Más interesante, más sentimental.

Porque la historia de 98sss es intensa, es triste, pero también es tierna de una manera muy peculiar. Esto, obviamente, se nota más en la novela de Riveros, en la que tenemos acceso ilimitado a los pensamientos de Genoveva, mientras que en el filme hay solo un par de recursos que nos permiten acceder a la riqueza de los mismos.

Sin embargo, una comparación entre novela y película sería más que injusta. Richter creó una buena adaptación, nos trajo la esencia de Genoveva, ese maravilloso personaje literario, y la permitió ser ella misma en una película cuyos escollos son muy pequeños.

Porque a lo mejor habría sido mejor si el filme se animaba a romper más de frente la cuarta pared. Quizás así esas ideas tan potentes de la novela de Rivero se sentirían menos forzadas cada que Genoveva las mete en las charlas, al menos al inicio del filme, cuando recién te estás acostumbrando al ambiente de la película.

Pero, repito, son cosas muy pequeñas que no le ganan al simple y llano hecho de que 98sss se anima a ser rara: entre tierna y violenta, entre graciosa y triste, entre relacionable y surreal. Un buen filme que vale cada segundo y centavo de ir al cine.

Adrián Paredes (1989), mejor conocido por su seudónimo Adrián Nieve, es escritor y periodista. Estuvo en el programa de radio La Cabina Azul y en los de televisión Revista Gorila, Cinema Trailer y Maga Cine. Ha publicado la novela «El Camino Amarillo de Drogothy» (2016, Gran Elefante Editorial) y «Hayley» (2018, 3600 Editorial). En 2022, publicará la novela «Morbo» (Parc Editores).

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Mujeres ‘Ornamento’

Una reseña de 'Ornamento' la novela del galardonado autor colombiano Juan Cárdenas, publicada para Bolivia por Dum Dum Editora.

/ 11 de noviembre de 2021 / 18:39

“Es una droga peligrosa porque te da lo que necesitas”

Juan Cárdenas

A través de su novela Ornamento (Dum Dum, 2019), el escritor colombiano Juan Cárdenas, nos deleita con una prosa adictiva, tan adictiva cómo la droga que se desarrolla en un laboratorio, qué si bien se deja en claro que está situado en Colombia, me figuro que bien podríamos ubicarlo en un hipotético chapare boliviano. Esta droga a diferencia de muchas promete ser democrática por el precio y lo novedoso es que sólo tiene efecto en las féminas, razón por la que se tienen como personajes principales a mujeres, mujeres obra de arte, mujeres ornamento.

En ese efecto ornamental, las mujeres son conejillas de indias, son mujeres trofeo, mujeres objeto del deseo que sólo sirven para ser amantes o eventuales parejas sexuales, mujeres que atraviesan crisis artísticas existenciales, mujeres drogadictas, mujeres escultura, mujeres enganchadas a la sustancia que saquean la ciudad, mujeres que comprometen su integridad física para complacer los cánones macho de la belleza, mujeres que sufren abuso sexual pero no denuncian y aprenden a convivir con su abusador, mujeres madres que refuerzan la disimulada sumisión machista/femenina, que perpetúan el maltrato y la explotación. En esta tenebrosa realidad devenida en propuesta literaria, Cárdenas nos muestra varias caras del odio al principio cósmico de lo femenino.     

La trama tiene un médico narrador y protagonista que podría ser una mezcla de científico loco de películas de serie B con un genio elaborador de drogas a lo Walter White de Breaking Bad en versión sudaca; por otra parte, las pacientes, y en particular la número 4, es quien despierta el interés y obsesión del médico, para luego ser parte de un triángulo poliamoroso incluida la esposa de este. El doctor deambula entre la figura de lealtad a su mujer representada por los perros y la lujuria que simbolizan los monos. Por otro lado, la paciente número 4, es una mujer autodidacta, que nos revela que detrás de la belleza física puede existir astucia e inteligencia, que detrás de las carencias económicas no existen excusas para no ser lúcida y procurar educación. Sin embargo, la 4 es presa de sus propios traumas, de su propio ídolo/madre y no logra trascender esas cadenas inconscientes colectivas de su propia feminidad. Al parecer existe una idolatría por las mujeres así, las cabronas, las sicarias al mejor estilo de Rosario Tijeras.

En Ornamento, no existen nombres, el escritor logra hábilmente prescindir de ellos. El arte, la arquitectura, atisbos de horror y un acertado humor para descostillarse de la risa, hacen de este viaje casi onírico, una novela densa que te interpela, te perturba y te eleva en un éxtasis narcótico hacia una realidad en la que se alucina con entregarles, de una buena vez, la posibilidad de sentir placer a las mujeres.   

Valeria S. Arias Jaldin es paceña de Uyuni. Ñusta y egresada de Turismo de la UMSA. Historiadora a medias. Directora de Dreammakers Bolivia DMC. Feminista. Astróloga autodidacta y tarotista. Fotógrafa y catadora de atardeceres. Oveja aurinegra. Coautora del libro “Entrada Universitaria Folklorica” ( 2009, IEB) junto al Dr. Fernando Cajias, retornó a las letras gracias a la pandemia. Aspira a ser políglota, mientras aprende quechua de su abuela.

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Alex Vella: ‘Lo único importante es que mi escritura sea verdadera, sea lo que sea sobre lo que escriba’

Una entrevista con Alex Vella Gera, autor de la novela 'Troyano', publicada por Editorial El Cuervo en Bolivia.

/ 3 de noviembre de 2021 / 10:07

—Troyano retrata a Ġianni Muscatt, un personaje complejo, muy maltés pero a la vez universal. ¿Cuál fue la motivación para abordar un personaje así?

—Ganni Muscat vive dentro mío. Es una parte mía con la que lucho por coexistir. Traerlo a la existencia mediante la escritura quizás fue mi forma de purgarme de él. Pero aunque es en gran medida una mezcla de mi conciencia interior, nació por circunstancias del mundo real. Cuando me juzgaron por obscenidad entre 2010 y 2012, fui atacado de manera bastante irracional por las generaciones más antiguas de escritores malteses, incluidos los que se destacaron en los años 60 y 70 y que eran conocidos como enfants terribles, artistas que por entonces desafiaban las costumbres sociales en sus obras, pero cuando yo emprendí mi propia rebelión contra la hipocresía literaria me tildaron de obscene, advenedizo y fraudulento. Muscat es mi intento de entrar en sus psiques, de ser ellos. No atacarlos, sino darles una voz sesgada por mis prejuicios sobre ellos. Entonces Ganni Muscat es el reaccionario dentro mío, al que temo, desprecio pero con el que también simpatizo e incluso amo, y al que veo vivo en otras personas, maltesas y de otras nacionalidades de todo el mundo, expresado en toda su plenitud. Me refiero, por supuesto, al reaccionario moderno, a los intolerantes hastiados que ahora viven peligrosamente, votando por individuos claramente corruptos que sienten que pueden detener la marea del cambio hacia una sociedad más abierta e inclusiva, no porque esta sociedad pueda construirse sobre un terreno ideológico inestable e injusto por su propia naturaleza y  a los ricos, sino simplemente porque las guerras culturales son el único campo de batalla que ven.

—¿Cómo ves la tensión que asedia a Ġianni, la tensión entre lo global y las tradiciones maltesas? ¿Y cómo se enfrenta un escritor maltés con la tradición universal?

—El espíritu reaccionario de Ganni no es único. Existe en Malta y en todas partes. Entonces, aunque es un personaje muy maltés, si se le quitan ciertas peculiaridades que pueden ser exclusivas del reaccionario habitante de una pequeña nación insular en el Mediterráneo, no estaría fuera de lugar en otros países. Lo que quizás explique el éxito que ha tenido Troyano en varios países de América Latina. Sin embargo, hay que decir que sus tendencias reaccionarias son en parte el resultado de la influencia extranjera en su país. La introducción de la legislación sobre el divorcio en Malta hace menos de 10 años, por ejemplo, fue vista por los conservadores como la infiltración de ideas liberales extranjeras en lo que alguna vez fue una nación católica pura. La batalla que se avecina por el aborto (todavía ilegal en Malta) será aún más intensa. De modo que hay dos fuerzas en acción dentro de Ganni Muscat. La que lo define en oposición a una cosmovisión ajena que está corrompiendo a su nación, y otra que lo une con los reaccionarios del mundo.

La segunda parte de la pregunta requiere una respuesta aparte. A nivel universal, escribir como maltés puede ser un desafío, porque lo local, con todas sus especificidades, me llama a respetarlo y a escribir exclusivamente para el lector maltés. Malta es tan pequeña que esto puede crear su propio conjunto de problemas para el escritor, porque lo universal puede perder frente a lo particular. Sin embargo, no contemplo este problema, porque para mí lo único importante es que mi escritura sea verdadera, sea lo que sea sobre lo que escriba. Y por verdad quiero decir que provenga de un lugar auténtico dentro de mí. Eso por sí solo es un desafío y si los resultados, cuando tienen éxito,incluyen lo universal en lo particular, entonces mi éxito es doble y los lectores de Bolivia y Malta me entienden.

—Trabajas como traductor y vives fuera de Malta ¿Cómo ha influido en tu obra esta distancia?

—He vivido fuera de Malta la mayor parte de mi vida adulta. Primero en Londres, luego en Praga, luego en Luxemburgo y ahora en Bruselas. La distancia no solo ha influido en mi trabajo, sino también profundamente en cada aspecto en mi propia vida. No enumeraré todas las influencias que la distancia ha tenido sobre mí, pero diré esto: no siento que pertenezca a ningún lado, y mientras vivía en Malta esa falta de pertenencia era igual de fuerte. Pero fue solo con una distancia geográfica real y concreta que esa falta se hizo clara para mí y de ser un simple aspecto de mi identidad, se convirtió en mucho más que eso, un espacio psíquico en el que crear mi propia Malta, mi propio país, para servir como una lente a través de la cual observar (y escribir sobre) la verdadera Malta concreta a la que no pertenezco. Pueden preguntar, ¿por qué sigo escribiendo sobre Malta cuando no siento que pertenezco? Porque Malta es mis raíz, soy yo, así que, en cierto modo, no pertenezco a mí mismo, y mi camino como escritor es aceptar esto, crear contextos literarios y explorar esta carencia y, al hacerlo, pertenecer, si no a mis raíces, al menos al sentido de lo que significan para mí.

—Hace algunos años fuiste censurado en tu país y acusado de obscenidad y blasfemias, ¿qué ha significado esta experiencia en tu carrera como escritor y en tu perspectiva como ciudadano?

—Como ya expliqué anteriormente, el juicio por obscenidad fue la chispa que desató el fuego que se convirtió en Ganni Muscat y Troyano. Pero también me afectó de otras formas, naturalmente. Para el lector maltés en general, me dio una identidad, una identidad que mis acusadores sin duda no habían deseado que tuviera, es decir, como un héroe, un luchador por la libertad, un alma valiente. Todos estos son solo parcialmente ciertos. En muchos sentidos, el juicio por obscenidad fue un error, un accidente, algo en lo que entré a ciegas, no conscientemente. Pero sucedió y me convirtió durante un par de años en un participante pleno de la vida política del país. Me llevó a realizar acciones muy públicas de protesta contra el gobierno, que de alguna manera solidificaron mi sentido de ciudadanía, lo cual es un tanto irónico porque ciertamente soy uno de los que describiría como desencantado de la política local. Me comprometió y me dio el sentido del deber de estar comprometido. Ese sentido del deber ahora se está desvaneciendo, y no estoy seguro de si debería estar agradecido por eso o disgustado conmigo mismo por permitir que se desvanezca.

Como escritor, en el sentido más estricto del término, es decir, en el acto real de escribir con todo lo que conlleva, el juicio por obscenidad y todas sus ramificaciones tuvieron un solo efecto en mí, y fue negativo. Me hizo muy consciente de mis lectores. Esa burbuja de aislamiento que sostuvo mi escritura desde la adolescencia en adelante se rompió y me ha llevado casi una década volver a encerrarme en ella.

—¿En qué proyectos trabajas ahora?

—Hay dos novelas en proceso. Son criaturas largas y complejas que tardaré un tiempo en domar. Pero necesito que sigan siendo salvajes y quiero llevarlos a un territorio desconocido. Mi afán por publicar está bastante ausente por ahora, y eso es algo bueno. Hay muchas voces y distracciones, demasiadas. No quiero simplemente añadir algo a la cacofonía. En cierto modo, visualizo mi escritura ahora como una última voluntad y testamento, algo que dejar atrás a medida que se acerca el infinito, pero estoy (con suerte) lejos de mi lecho de muerte, así que no puedo decir qué significa eso exactamente.

Alex Vella ha obtenido el Premio nacional del libro maltés en dos ocasiones por sus novelas Las serpientes han vuelto a ser venenosas y Troyano. En 2009 fue acusado de obscenidad en su país y el caso llevó a una revisión de las leyes de censura de Malta. Troyano es su primera obra traducida al español.

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‘Dune’: La asfixia de lo monotonal

Una reseña del filme 'Dune' de Denis Villeneuve, escrita por el periodista y novelista Adrián Nieve.

/ 22 de octubre de 2021 / 07:43

Una buena película sabe manejar su tono de tal forma que sus momentos clave sean poderosos. Una muy buena película puede cambiar de tono sin que siquiera lo notemos, sin que dejemos de fluir con la historia. Dune de Denis Villeneuve no logra nada de eso y termina siendo una experiencia tan monotonal que asfixia.

Todo está centrado en Paul Atreides, el personaje de Timothée Chalamet, cuya familia toma control de un planeta desértico rico en especia, un bien de alto valor capitalista para un imperio que comprende varios planetas. Paul deberá enfilarse hacia su destino mientras la compleja política intergaláctica asedia el bienestar de su familia.

Es un gran espectáculo visual y una inventiva construcción de mundos, pero eso solo actúa como un truco de magia que distrae del gran problema: Dune te cuenta toda su historia en un solo tono, uno tan formal que aburre. Y no hay problema con que una película sea solemne, pero si solo es eso, entonces nada de lo que se dice importa. Todo el drama político, la tristeza de lo inevitable y la espiritualidad que caracterizan a la historia de Paul Atreides se pierden.

Ojo. No estoy diciendo que deberían llenarla de chistes o que debería ser más ligera. No solo no es el estilo de Villeneuve (director de excelentes películas como Arrival), sino que ya también convertirían a Dune en otro filme más del montón. Pero sí sería ideal que se encuentre una forma de escapar a ese “tomarse muy en serio” que no se lleva bien con la fantasía que, al fin y al cabo, es la historia escrita por el autor estadounidense Frank Herbert.

La gran prueba de ello es que Josh Brolin y Javier Bardem son de lo mejor del filme, pues en la construcción de sus personajes saben imprimir una violencia tan notoria, que hasta se convierten en respiros a lo monotonal. Jason Momoa lo intenta y casi lo logra. Dave Bautista también lo intenta, pero no lo logra. Y tengo el presentimiento que Oscar Isaac lo habría logrado si hacían de él el protagonista de esta cinta. El resto de los personajes no dejan huella, o solo importan mientras aparecen en pantalla.

Y la música del compositor Hans Zimmer… tan obvia, trillada y ruidosa que se siente como otro par de manos apretándote la garganta para reforzar ese sentimiento de asfixia en los 155 minutos que dura la película.

A eso se suma un final anticlimático, un “continuará” que no usa esa palabra, pero que te deja con la sensación de una película que tenía mucho que decir, pero que al final dijo muy poco. En definitiva, Dune de Denis Villeneuve es una experiencia visual y de mucha imaginación que fascinará a quienes han leído obsesivamente la novela desde que se publicó en 1965. Es un filme que en sí es un logro a nivel de realización, producción y fidelidad en la adaptación de un libro tan complejo como es la novela de Herbert. Pero ni siquiera los lectores acérrimos podrán obviar la monotonalidad de una película a la que le falta alma, chispa, fuego, caos, o como se quiera llamarlo.

Eso sí, falta la segunda parte que no redimirá a esta primera entrega, pero que puede ser una mejor película por si misma.

Adrián Paredes (1989), mejor conocido por su seudónimo Adrián Nieve, es escritor y periodista. Estuvo en el programa de radio La Cabina Azul y en los de televisión Revista Gorila, Cinema Trailer y Maga Cine. Ha publicado la novela «El Camino Amarillo de Drogothy» (2016, Gran Elefante Editorial) y «Hayley» (2018, 3600 Editorial). En 2021, publicará la novela «Morbo» (Parc Editores).

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‘Kajillionaire’: El mundo está lleno de gente horrible

Una reseña de la película de 2020 'Kajillionaire' de Miranda July, con las actuaciones de Evan Rachel Wood, Gina Rodríguez. Richard Jenkins y Debra Winger.

/ 21 de octubre de 2021 / 07:17

. Hagan una pausa para pensarlo: el mundo está lleno de gente horrible. Nombres y rostros vienen a sus mentes porque, en lo objetivo o lo subjetivo, es una de esas cosas que tarde o temprano hay que aceptar.

Y esta peli dirigida por Miranda July es una forma de aceptarlo. Sin mostrar nada escandaloso, sin deleitarse en el morbo de lo cruel, Kajillionaire te trae la historia de Old Dolio, una chica de 26 años que junto a su padre y su madre se dedican a hacer estafas de poca monta que apenas les traen billetes para malgastar en sus paranoicas vidas de aves de rapiña.

Los padres, más allá de miserables, avaros y egoístas, tratan a su hija como basura, sin un solo gesto de cariño, demasiado perdidos en buscar la carroña para seguir sosteniendo su casi surrealista estilo de vida.

Lo bello de un filme como este es que conocemos a Old Dolio, interpretada por Evan Rachel Wood, en un momento de cambio, la vemos tratar de mirar más allá del mundo que conoce para comenzar a cuestionar su vida, sus costumbres, su adicción a una relación con unos padres para los que no es más que un instrumento en sus estafas.

De hecho, a nivel visual, la película no es, lo que se dice, un triunfo. Tiene lo suyo, sí, con colores apagados, momentos en que las luces resaltan a los personajes y tonos pastel que luego contrastan con momentos apagados. Y eso es porque el corazón de la película está en las interpretaciones de sus personajes. Tanto así que uno de los momentos más fuertes lo vivimos a oscuras, apenas notando unos puntitos, como si estuviéramos viendo el universo mientras un importante diálogo entre Wood y la actriz Gina Rodríguez nos muestra todo lo que necesitamos ver.

A ratos incómoda, a ratos tierna, casi constantemente muy triste, Kajillionaire está llena de personajes reaccionando horriblemente a situaciones intensas que nos ayudan, como espectadores, a encontrarle cierta belleza a la vida. Y al lograrlo se vuelve una película muy sentimental, que quizá no convenza a algunos, pero que por su ejecución y actuación merece que le den una oportunidad o dos.

Adrián Paredes (1989), mejor conocido por su seudónimo Adrián Nieve, es escritor y periodista. Estuvo en el programa de radio La Cabina Azul y en los de televisión Revista Gorila, Cinema Trailer y Maga Cine. Ha publicado la novela «El Camino Amarillo de Drogothy» (2016, Gran Elefante Editorial) y «Hayley» (2018, 3600 Editorial). En 2021, publicará la novela «Morbo» (Parc Editores).

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