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La nueva escritura de Claudia Peña

La premiada escritora cruceña presentará el 29 de mayo el libro de cuentos ‘Los árboles’ con la editorial El Cuervo

La premiada escritora cruceña Claudia Peña Foto: Luis Gandarillas

/ 29 de mayo de 2019 / 00:00

La muerte le llegó intempestiva a la poeta cruceña Emma Villazón a sus 32 años. Ese 19 de agosto de 2015, el hecho impactó fuertemente en la escritora cruceña Claudia Peña Claros, que desde 2009 no había publicado. 

“El destello —cuento ganador del primer lugar del XLIII Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo en 2016— surgió de una especie de azoro, lo que le pasó a Emma me dejó shockeada: fue la primera experiencia que tuve con lo intempestivo de la muerte, con lo irracional; llega tan de repente y destruye sin sentido. El destello es un intento de reflejar eso, no es una respuesta, pues no es algo que se arregla; es decir lo que una tiene entre dientes”, explica la autora.

El destello es el primero de nueve cuentos que conforman el libro Los árboles, que la autora nacida en Santa Cruz pero que radica en La Paz presentará con la editorial El Cuervo en La Paz el 29 de mayo a las 19.30 en la Sala 2 del  Espacio Simón I. Patiño (av. Ecuador, entre Rosendo Gutiérrez y Quito) y en Santa Cruz en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz el 30 de mayo a las 20.30 en el Salón Unión Europea de la Fexpocruz.

Con este libro, la escritora y comunicadora social con una maestría en Desarrollo Sustentable —que además fue ministra de Autonomías entre 2011 y 2015— deja el silencio de años y se replantea el ejercicio de la escritura. “El proceso de El destello fue muy físico. Me acuerdo de que cuando lo fui escribiendo, me di cuenta de que era la primera vez que lo hacía tras seis años. Era la prueba de que podía seguir escribiendo y los otros cuentos fueron llegando”, cuenta mientras toma pequeños sorbos de un capuchino en Rayuela, el café que emprendió junto con Verónica Mendizábal tras dejar su labor en el ministerio. Ni el trabajo como ministra ni los ajetreos del café le permitían sacarse tiempo para escribir. Por eso durante algo más de un mes decidió trabajar en Rayuela solo a medio tiempo: por las tardes se refugiaba en el segundo piso de este local en Obrajes y, con los audífonos puestos, escribió El destello y un par de cuentos más.  

Pero en ese tiempo de silencio también tuvo la oportunidad de escuchar mucho: conoció a bastante gente diferente y pudo leer a autores como Virginia Wolf. “Fui aprendiendo de las vidas de la gente y estuve leyendo mucho, esas lecturas se fueron asentando en mí. Mi ritmo era acelerado y aprendí nuevas cosas de mi propia escritura a través de la lectura y de las personas, que de alguna forma las haces personajes. Lo que una hace es una transmutación, no es que cuentes lo que te pasa, sino que revistes las cosas que te pasan, haces que el personaje cambie de sexo y les vas dando otro sentido para encontrar lo que realmente quieres decir”.

Los siete escritos, si bien son muy diferentes temáticamente, tienen varias cosas en común, como la extensión. “Siempre escribo cuentos de dos o tres páginas, pero me propuse profundizar en los personajes y que los textos no tengan menos de cinco páginas. Eso fue un verdadero reto, pues ponerse un desafío formal de este tipo te jala y te lleva a descubrir y hacer cosas que no hubieses hecho antes”.

Ya sea en el segundo piso de Rayuela, en la biblioteca de la Universidad Católica Boliviana o en su casa, su proceso creativo se manifestó de forma diferente. “No escribo como lo hacía antes, este es un libro distinto. Sigue habiendo un espíritu que se mantiene constante, pero ha cambiado el mismo acto de escribir: antes lo hacía de una sola vez y el texto salía; ahora me detengo, tomo pausas, reescribo y he llegado incluso a botar cinco páginas enteras después de escribirlas. Es diferente”.

Entre los detonantes creativos de Peña está el silencio, necesario para la concentración; pero también se abre a la música. “A veces, tengo un hilo que puede ser una historia pero no sé cómo seguirlo. De repente escucho una canción y es esa canción la que me da el ritmo de lo que quiero decir. Mientras escribo ese texto tengo que escuchar todo el tiempo esa canción para mantenerme en ese ritmo: la música lo crea, así como te despierta un sentimiento”. El ritmo también lo toma al escribir a mano, cadencia muy diferente a la de estar frente al teclado de una computadora.

Los árboles fue elegido como nombre de esta publicación, y tiene un breve apunte: es que luego de que se barajaran varios títulos tentativos se lo eligió porque era un nombre que reflejaba la complejidad y, a la vez, sencillez de la obra. Y es que otra premisa ha sido el cuidado absoluto de los detalles para que llegue al lector un trabajo meticuloso, pero sin que se note, que permita una lectura ágil que atrape. “He cuidado mucho el lenguaje, pero no en un sentido de exquisitez gramatical, sino expresiva. Busco que el lenguaje esté al servicio de lo que quiero contar, y para eso a veces tienes que romper mucho y ponerte en los zapatos del lector”, advierte.

Eso implicó sacar todo lo que no es imprescindible y a editar sus textos como nunca antes lo había hecho. En eso colaboró mucho la mirada editorial de El Cuervo, que ha estado pendiente de cada palabra. “He aprendido a darle tiempo al texto: lo corriges, esperas a que asiente y continúas el proceso”.

Bosque —el cuento— significó otro reto: es un texto sumamente descriptivo, en que la autora se propuso concentrarse, no en el lugar, sino en la acción. “Sucede todo en el monte cerrado y deseaba describir lo que genera ese ambiente, la sensación de estar perdido, de a veces perderte en el tiempo”.

La presentación de Los árboles tiene a la escritora muy contenta, pareciera que es su primera publicación, aunque entre sus obras destacan los libros de cuentos El Evangelio según Paulina (2004) y Que mamá no nos vea (2005), además de los poemarios Inútil ardor (2006) y Con el cielo a mis espaldas (2007). El humo de su café se pierde en una sonrisa expectante. “Creo que es la vez que más ilusión tengo que llegue el día de ver el libro impreso. Yo creo que las anteriores veces estaba más preocupada por el producto, pero ahora lo estoy disfrutando más”.

Una narrativa de ser adulto en ‘Los árboles’ de Claudia Peña

Alejandra Hübner – Literata

Los árboles es el título del libro de cuentos de la cruceña Claudia Peña que  la editorial El Cuervo presenta en su primera edición. El texto se compone de nueve cuentos, algunos con temáticas entrelazadas que, en general, podríamos calificar de realistas, cotidianos específicamente, aunque en todos ellos algún elemento más o menos sorpresivo irrumpe, muchas veces de manera sutil y va transformando las vidas y percepciones que tienen los personajes. Estos relatos hablan sobre los cambios que se interponen en los planes que hace la gente para sus vidas, en la dificultad inherente que implica el convertirse en un adulto decidido y seguro de sí mismo.

En efecto, salvo en el relato Lazos, que tiene como protagonistas a un grupo de perros, todos los cuentos tienen como personajes a adultos jóvenes que, lejos de tener las cosas claras, se enfrentan a la incertidumbre de su existencia, a la dificultad de tomar decisiones, aunque en la mayoría de los casos no se trata de escenarios tristes y deprimentes, al contrario, los personajes parecen moverse con una cierta nonchalance ante el desastre, el fracaso, la muerte. No parecen tener miedo ni vergüenza, además, de poner en evidencia su aparente debilidad, y digo aparente porque ninguno termina derrumbándose, de contradecir la absurda idea de que a medida que uno crece la vida se le pone clara y uno sabe quién es y qué quiere hacer.

El primer cuento, El destello, narra la historia de un hombre que está a punto de morir en medio del campo después de, podemos inferir, haber recibido tres disparos que salen de entre los árboles sin que él pueda hacer nada para evitarlos o siquiera percatarse de que eso le iba a ocurrir. El acontecimiento parece casual, no premeditado. El hombre se dirigía como todos los días a cumplir con sus obligaciones diarias y de repente se da cuenta, no de que le han disparado, sino de que está a punto de morir. El relato recuerda a aquél escrito por Horacio Quiroga en 1926, El hombre muerto, en el que un hombre se tropieza y accidentalmente se clava el machete que estaba llevando y empieza, lentamente, a morir tirado en el piso. De igual forma aquí el narrador en tercera persona nos va describiendo, no tanto los pensamientos, como las impresiones que tiene el hombre cuando está a punto de morir. Y, contrariamente a lo que uno podría imaginar, enfrentarse a una muerte inminente no hace que ninguno de los personajes se ponga a pensar en cosas trascendentales, al contrario, piensan en la naturaleza que los rodea y, como una permanente recurrencia el hombre de El destello no puede dejar de preguntarse por qué ese día salió sin botas y quién le vería los pies.

El segundo relato, Lazos, nos cuenta el trayecto de un grupo de perros, específicamente de una perra que parece estar en busca de una casa en la que ella alguna vez vivió. Leyendo el cuento recordé las palabras de un personaje de Woody Allen en la película Another Woman, en la que una mujer se pregunta si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido. De la misma manera, la perra recorre esa casa reviviendo escenas específicas, probablemente habituales, de esa vida que alguna vez tuvo, vida que ya no existe pues ella vive en la calle, hostigada por una manada de machos que la persiguen y la atacan de tanto en tanto.

El tercer relato y probablemente el más curioso y casi fantástico, Niño, cuenta la historia de un hombre que tiene a un niñito colgando de su camisa, no habla pero se aferra a su ropa con implacable tenacidad y es imposible para el hombre escaparse de él, que es justamente lo que quiere hacer. En varias ocasiones considera incluso cortarle un agujero a la camisa para poder librarse de esa pequeña y gran carga a la vez. Eventualmente cree que lo más sensato es ir a la policía y hacerles conocer la situación, hecho del que se arrepiente estando ahí pues, quién, y sobre todo unos policías ineficientes, podría creer que uno se despierta un día con un niño desconocido y mudo pegado a la camisa, solo en un cuento de Kafka.

Cosas, el título de la cuarta narración tiene un aire similar al cuento anterior, una mujer y sus hijos descubren que su casa está infestada de cucarachas y así ella empieza a pensar no solo en la dificultad de pasarse la vida limpiando y ordenando sino también en la cantidad de pertenencias que una persona, sobre todo con niños, puede acumular en su vida. Aquí, tenemos, por ejemplo, lo que se mencionaba a un principio acerca de una adultez no resuelta pues el principal problema de la mujer no parecen ser las esquivas criaturas que aparecen de un lado y de otro, sino su madre, que intenta hacerle y rehacerle la vida, juzgando todas sus decisiones y apareciendo, como las cucarachas, en los momentos menos deseados.

Los dos cuentos que siguen, Bicicleta y Cuarto, tienen temáticas y personajes similares. En ambos casos tenemos como protagonistas a dos mujeres evidentemente insatisfechas en sus relaciones de pareja, mujeres que, a su manera, tienen que lidiar con hombres vulgares, agresivos o simple y llanamente decepcionantes. Por sucesos en principio desafortunados, las dos protagonistas lograrán salir del tedio de sus vidas cotidianas encontrando pastos más verdes (aunque no literalmente).

Mundo, que es el séptimo cuento, sale ligeramente de la temática de los cuentos previos, pues si bien relata el fin de una relación amorosa lo hace también retratando la ciudad de Santa Cruz, hasta ahora relativamente ausente en su aspecto urbano, relatando un acontecimiento marcado por la intolerancia, la violencia y el racismo. Se trata de un grupo de personas que atacan y golpean a una chola en plena calle y a la vista de todos, sin que alguien haga algo para impedirlo excepto una anciana que grita y a la que nadie presta atención.

Los dos últimos cuentos, El dios y Bosque, son los cuentos que menos trama tienen en el sentido de que parecen ser más descripciones sobre la relación que tiene dos personajes mujeres con la naturaleza, una relación misteriosa, a momentos triste y a momentos reconfortante.

Pero el hecho de haber descrito aquí cada uno de los cuentos no es para que nuestros lectores puedan fingir haber leído el libro sino para incitarlos a leerlo por ustedes mismos, es un libro fácil de leer que nos plantea varias preguntas que muchas veces no nos hacemos cuando nos volvemos adultos.

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Delicias veganas desde Tik Tok

Paola Banegas Lordemann es una chef que conquista las redes sociales hablando de veganismo, la comunidad LGBTQI y feminismo

Por Miguel Vargas

/ 18 de abril de 2021 / 18:26

Un video que permanece 30 segundos en la pantalla del teléfono móvil le toma a Paola Banegas Lordemann cerca de dos horas de trabajo. Ella coloca la cámara, las luces, prepara el sonido y desde la intimidad de su casa o de la pastelería Lecker Brot —que está bajo su dirección— se conecta con los 35.3K seguidores que tiene en su cuenta de Tik Tok. “No son tantos en comparación con otras cuentas de éxito, pero tengo la dicha de tener seguidores de calidad que buscan en específico los contenidos que les proporciono”, explica la chef y tiktoker de 33 años.

En la cuentas @paolordemann de Tik Tok e IG @yapitavegana de Instagram los contenidos principalmente giran en torno a la vida vegana, con recetas, anécdotas y consejos, así como la defensa de los derechos de la comunidad LGBTQI y la lucha feminista. 

“Siempre me ha gustado relacionarme con el arte y la creación y creo que la gastronomía es una profesión bastante artística y noble, pues se crea una conexión especial entre la persona que cocina y el alimento que transforma, lo que se transmite en el resultado final. La gente come el cariño, la propia energía. Cocinar se hace con el alma”, explica.

Omnívora de crianza, intentó acercarse al veganismo a sus 15 años sin mucho éxito y volvió a intentar a los 21. Con mayor información sobre nutrición y con formación en cocina, el camino estaba allanado.

“A mis 28 años tenía una pareja vegana y ella me hizo concientizar más hacia el respeto por la vida de los animales. Empecé a informarme más y me di cuenta de que la explotación animal no iba con mis convicciones. Cada animal tiene sus características únicas. No me siento superior por ser humana ni superior a otros humanos por no comer animales. Respeto a los que comen carne, y quien quiere aprender otra vía, todo bien”.

Fue así que comenzó su vida de chef vegana en el restaurante Lupito, junto con Luisa “Lupita” España. Como Paola estudió cocina siendo omnívora, logró un paladar bastante educado que le permitió poder recrear platillos tradicionales bolivianos sin tener que usar carne.

“La primera receta vegana que creamos fue la de lomito de champiñones salteados, funcionó muy bien. Hicimos anticucho vegano, fricasé… vas jugando con los elementos que tienes a mano”, agrega.

Luego empezó a incursionar en las redes sociales: Facebook, Instagram… y llegó el Tik Tok, la red más vilipendiada, acusada de ser superficial. “En Tik Tok uno busca lo que encuentra, el contenido depende de lo que busques”, cuenta feliz mientras muestra una foto en que luce un cubrebocas con las palabras “come pasto”.

Y es que así como surgieron los fanáticos, también aparecieron los haters, aquellos que ingresan a las redes sociales para expresar su odio. Y a los veganos los suelen atacar bastante diciendo que no promueven una vida nutritiva, que solo comen pasto o que hacen recetas con “carnes” vegetarianas porque en realidad aman comer animales.

“Lo que muchos no entienden es que la gente no deja de comer carne porque no le haya gustado. A veces paso por la pollería y me antojo del aroma, pero más puede mi cerebro que mi placer. Esa es la razón por la que tratamos de imitar el sabor de la carne. Es lógico. Es como las personas diabéticas, que usan edulcorantes sintéticos”.

SABORES. Banegas trabaja en la pastelería Lecker Brot, en la Av. Argentina 2137 frente a la plaza San Martín. Y en calle 2 de Los Pinos 502. Foto: Alex Lens

Tras Lupito, Banegas pensó en abrir un restaurante latino vegano en Alemania, pero por infortunios familiares se quedó en La Paz y a cargo de la pastelería que dejó su mamá, su más grande inspiración, Lecker Brot. “Ahora tengo el reto de que la pastelería se adapte al veganismo. Vamos avanzando paso a paso”.

Mientras, está concentrada en hacer crecer sus páginas de Tik Tok e Instagram y convertirse en lo que considera que es una verdadera “influencer”: ofrecer alternativas que permitan un cambio positivo en las personas.

Activismo LGBTQI, veganismo y feminismo son sus pilares y por ellos también ha recibido ataques. “Una vez amenazaron con rayar las paredes de la pastelería por un contenido feminista. Así son las redes sociales, te expones a que la gente te ataque de forma personal”. Es hora de mostrar su nueva creación, el sándwich de chola vegano. Así que, solita, suelta los nervios y empieza a grabar.

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URBANO: Arte para salir de la pandemia

Una exposición colectiva ofrece miradas distintas en la galería Altamira, que se ha convertido en un espacio para respirar cultura

OBRAS. En la muestra se incluyen obras de Ejti Stih,

Por Miguel Vargas

/ 14 de abril de 2021 / 13:13

Si hay una puerta para renovar el alma en tiempos tan difíciles como la pandemia, es el arte. Así lo han comprendido Ariel Mustafá y Daniela Espinoza, de la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel), que inician su calendario de exposiciones con una muestra colectiva que reúna a artistas de distintas técnicas para pensar las ciudades.

Urbanoes el nombre de esta exposición con obras de más de una decena de obras de autores bolivianos. Permanecerá abierta hasta el 27 de abril de 10.30 a 13.00 y de 15.30 a 20.00. Aunque sobra decirlo, tiene las medidas de bioseguridad para cuidarnos.

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

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La Tere, infinita

María Teresa Dal Pero nació en Ferrara, Italia, pero sentó raíz en Bolivia. Si bien dejó el mundo terrenal el 2 de marzo, su legado de arte no tiene fin

María Teresa Dal Pero

Por Miguel Vargas

/ 10 de marzo de 2021 / 17:23

Pollito fue un último personaje de María Teresa Dal Pero que impactó en los escenarios de La Paz. Lo vio morir inocente un público totalmente consternado en Rebelión en la granja, una versión de la compañía Octáfono, dirigida por Wara Cajías, basada en la célebre obra de George Orwell. Pollito, Pollito… el sobrenombre se quedó en el imaginario y mucha gente la llamaba así. Pero para quienes más la conocían y amaban era simplemente La Tere. Así como a Pollito, puede que la muerte física le haya llegado a La Tere el 2 de marzo en su natal Italia, pero en Bolivia, como siempre, su sonrisa pervive en los corazones.

Cumplió los 55 años de edad, y a pesar de que estuvo aquejada por el cáncer, no dejó de trabajar nunca: escribió tres obras más antes de partir. Nacida en Ferrara en 1966, estudió teatro en Bolognia. Llegó a Bolivia en 1992 para crear: formó parte del Teatro de Los Andes y de ahí asumió distintos proyectos. Trabajó con Diego Aramburo, Eduardo Calla, Wara Cajías y Percy Jiménez, entre otros, siempre con personajes inolvidables. Teresa podía ser un niño mágico en Momo o la diosa Hera en La Ilíada, podía ser una madre asesina en La Escala Humana o servir de espejo de su amiga Soledad Ardaya, en Bonitas.

Con compañeros de tablas, y bajo la batuta de Christian Mercado, formó parte de Reverso, un proyecto de rock teatral en el que su voz estallaba en escena, para beneplácito del público. También integró el grupo vocal Vozabierta junto a Piti Campos, Julia Peredo, Sibah y Mariana Requena. Escucharla siempre fue un privilegio. Generosa, compartía sus saberes con todos. El proyecto Wayruru, ganador de varios premios, fue una iniciativa de Shirley Torres, Yumi Tapia Higa y Dal Pero, en que a través de la danza contemporánea llegaron a capacitar a jóvenes de escasos recursos que estaban dispuestos a expresar su cotidianidad con arte.

El teatro era la vida de La Tere. En bambalinas de Shakespeare de Charcas, de Percy Jiménez, ella y Patricia García actuaban y reían en su propia obra, imaginaria, personal, mientras esperaban su turno. Es que la vida era el mejor escenario. Pero lo que todos recuerdan —como se puede leer en estas páginas— es que su corazón se expresaba con una sonrisa.

La gráfica

Foto: ANUAR ELÍAS, TEATRO DE LOS ANDES, VOZABIERTA

DESPEDIDA. De forma simultánea se armaron altares en Yotala (Sucre) y la Casa Mágica (La Paz) para un hasta luego a la amada compañera

POLIFACÉTICA. María Teresa Dal Pero se dedicó al arte: el teatro, la danza y el canto fueron parte de su vida. En este último apartado integró Reverso y Vozabierta

Foto: ANUAR ELÍAS, TEATRO DE LOS ANDES, VOZABIERTA

Foto: Archivo

María Teresa Dal Pero (La Tere)

Texto: Alice Guimaraes, Teatro de Los Andes

Llegué por primera vez al Teatro de Los Andes en 1997 para participar en un taller de 15 días. En esas épocas todavía no nos comunicábamos por mail, lo hacíamos por teléfono o fax. Cuando llamé solicitando participar del seminario me contestó una “María Teresa” y con ella fue el primer contacto con el grupo. Cuando llegué a la sede del Teatro en Yotala, también me recibió María Teresa, una chica rubiecita, menudita, simpática y sonriente. Pronto nos dimos cuenta de que, por esas coincidencias del mundo del teatro, teníamos amigos y, de un cierto modo, experiencias en común.

María Fernanda Coelho, una amiga brasilera y María Teresa Dal Pero fueron compañeras en uno de los seminarios de Iben Nagel Rasmussen en el Odin Teatret. En la época, Fernanda me comentó que era la primera vez que hacía el seminario, la mayoría de los otros actores ya lo habían hecho varias veces, era un grupo un poco cerrado y ella se sentía un poco incómoda. Por suerte hacía parte del grupo el brasilero Carlos Simioni (también mi amigo) y una tal María Teresa, italiana, muy simpática, divertida, amable y con quien Fernanda se ha sentido a gusto y, de una cierta forma, le ha “salvado la vida” en ese seminario. Bueno, aquí estaba la tal María Teresa. Yo participé en un seminario de Iben en Brasil, así que también teníamos una experiencia teatral en común.

Luego, en 1998, vine definitivamente a Bolivia, al Teatro de Los Andes. Y Teresa fue maestra, compañera, amiga. Era una actriz excepcional porque, más allá de su técnica o maestría en el oficio, tenía una estrella adentro, algo inefable, la capacidad de hacer más grande que ella misma el trabajo artístico que realizaba. El teatro y la música hacían parte de ella, de manera verdadera. Siempre ha buscado, experimentado y arriesgado en su vida artística, una vida con coherencia ética, con principios y calidad humana.

Con ella viví años intensos de aprendizaje, de hacer teatro en el sentido más profundo e intenso que se pueda concebir. La Ilíada fue una obra que marcó mi historia artística en un antes y después. Una obra única, en un momento particular del grupo y con un compromiso personal de cada uno de los que hicimos parte del Teatro de Los Andes en ese momento. La presencia de Teresa no se limitaba a su actuación en la obra, era también una guía, una investigadora e instigadora del trabajo excepcional que se ha realizado. Así que agradezco profundamente poder haber compartido, aprendido y disfrutado de su presencia. El Teatro de Los Andes está hecho de las huellas que dejaron todos que por aquí pasaron y las huellas que dejó Teresa son profundas y están como nunca presentes en lo que hoy en día somos.

Dejó oficialmente el Teatro de Los Andes en 2007, sin embargo ha estado siempre muy cercana a nosotros personal y artísticamente. En diciembre de 2010 y enero de 2011 fue con nosotros de gira a la India. Participamos de un montaje dirigido por el maestro Elías Cohen en un Festival en Kerala, luego compartimos una “gira turística” por el Rajasthan. Dormimos bajo las estrellas en el desierto de Thar luego de dos horas arriba de un camello. Experiencias artísticas y humanas compartidas, vivencias increíbles e irrepetibles, recuerdos eternos.

Comparto un pequeño poema que le ha dedicado Dario Torres, sencillo como La Tere, pero creo que la traduce en pocas palabras:

Un sol que baila en escena, agua dulce que brilla en los ojos

Mi pecho es caja de resonancia, de su voz que endulza los tiempos

A La Tere, una risa estridente, y toda la ternura para una mujer que baila en una cueva del lobo y que me regaló mis primeros ojos redondos al descubrir la escena, y que ahora son ojos que ríen, bailan, siempre agradecidos, por esa magia que invitaba a bailar con ella.

Mientras habitamos tu ausencia

Texto: soledad Ardaya y Vozabierta: Piti Campos, Sibah, Julia Peredo y Mariana Requena

— La capacidad de encontrar la disonancia en la cotidianidad y hacer de eso la mejor excusa para la risa plena.

— La escucha entregada al más mínimo relato. — La profunda honestidad de una voz de arrullo y de tormenta. — La obstinación, el empeño, la garra: la libertad.

— Un cuerpo que traza el espacio para narrarse visceralmente.

— Fiel a la idea de la actriz como traductora de su tiempo.

— Maestra desde el hacer juntos, el respeto y la contemplación.

— Pintora de sus días con los colores que resonaban en su alma.

— Respetuosa del tiempo del otro y de su propio tiempo.

— Entregada al asombro.

— Rockera de tutú.

— Provocadora de otras miradas para trascender lo obvio.

— Creadora de personajes entrañables que desnudaban nuestra humanidad.

— Generadora de un lenguaje propio que trascendía las fronteras.

— Buscadora de una espiritualidad honesta ajena a toda solemnidad.

— Amante de una tierra a la que abrazó.

—  Eso y lo inefable eres tú.

— Despiertas Teresa como todos los días, Juan, tu perro rojizo al lado tuyo, listo para correr contigo por las rieles de un tren abandonado. Corres para empaparte del viento, del sol y la mañana. Corres con tu cuerpo vivo, tu cuerpo que luego se convertirá en otros cuerpos. Respiras profundamente el aire ligero.

— Las mañanas las dedicas a poner el cuerpo, la voz para germinar la próxima creación con la que nos tocarás los sentidos.

— Los atardeceres te arropas para serenarte con algún libro que te cuente otra historia, que te dispare el pensamiento, un libro que suceda en ti.

— En las noches cantas con una voz de otros tiempos, con un cuerpo que baila para seguir despertando, amando, jugando. Te acuestas con ceremonia íntima sabiéndote lista para empezar el nuevo día con otras búsquedas y otras entregas.

—Un personaje tuyo nos dice al oído: “No siempre recibimos lo que queremos, pero podemos estar seguros de decidir lo que necesitamos”.

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Gil Imaná: El maestro visionario que entregó su arte al país

El 28 de enero murió el artista nacido en Sucre. Antes de partir al encuentro de su amada Inés Córdova, dejó un legado que resume su visión y su vida

ARTISTA. Alumno de Juan Rimsa, dedicó su vida, junto con su esposa Inés Córdova, al arte. Murió a los 87 años

Por Adrián Paredes y Miguel Vargas

/ 3 de febrero de 2021 / 11:19

Dame unos 10 minutitos”, pide José Bedoya, historiador del arte boliviano del siglo XX. Es media mañana del jueves 28 de enero de 2020. El exdirector del Museo Nacional de Arte (MNA) recién se ha enterado de la muerte de su amigo personal y colega Gil Imaná Garrón, uno de los más grandes pintores de la historia boliviana.

Media hora más tarde se escucha su voz más tranquila y centrada. Hay tantas cosas positivas que decir sobre el pintor nacido en Sucre el 16 de julio de 1933 y reconocido con el Cóndor de los Andes en 2014, que no sabe por dónde empezar.

Todo un niño prodigio, Imaná siempre tuvo la facultad de expresarse a través del dibujo, pero no sería hasta sus 14 años que, al ser reclutado para un taller especial del maestro de pintura lituano Juan Rimsa, comenzaría su carrera como artista.

“Su padre y madre tenían también una sensibilidad extraordinaria y mucha amplitud de mente pues, en ese tiempo, que dos hijos te digan vamos a ser artistas era medio complicado”, comienza Bedoya.

Quizás el momento fuerte todavía no ha pasado. El gestor cultural recuerda en aluvión muchas cosas a la vez y las va contando, pero algo que siempre prima es la certeza de que Gil Imaná era un espíritu abierto, grande y noble.

Así empezó el legendario grupo Anteo del que formó parte junto con Lorgio Vaca y Walter Solón. Todo comenzó en una cama de hospital a la que estaba forzado Solón, en situación muy delicada, tras un accidente aéreo. “Sin prácticamente conocerlo, estos artistas conformaron un grupo que iban a visitarlo y apoyarlo constantemente”, relata Bedoya. Aquel grupo marcó un segundo espacio para la conformación de la personalidad artística de Imaná: la posibilidad del mural y su íntima relación con las clases trabajadoras.

Poco después llegaría el tercer espacio de desarrollo artístico de Imaná, un detalle trascendental: el amor por Inés Córdova, con quien conformó una pareja entregada al arte. Ella trabajaba en cerámica, él aprendió a expresar su pintura en ese material. “Inés Córdova es un nombre inseparable de Gil Imaná. Seguramente Dios y su Inés lo estaban esperando con los brazos abiertos”, agrega Bedoya.

El entrevistado guarda un breve silencio y luego suelta lo que había pensado: Imaná estaba delicado desde hace rato. “Había prácticamente perdido la vista, pero, aun así, con esa limitación, él siguió dibujando e hizo un par de exposiciones de dibujos prácticamente de memoria”.

La familia lo cuidó hasta los últimos momentos de la madrugada, cuando murió de causas naturales a sus 87 años.

Un regalo para Bolivia

Una primera llamada es rechazada. Con mucha amabilidad, el músico Cergio Prudencio, viceministro de Interculturalidad del Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización, informa en un mensaje que en ese momento está en una reunión. Pero cuando se entera del motivo de la llamada pide también unos minutos hasta poder estar disponible.

“Me siento muy orgulloso de poder decir que durante mi presidencia en la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB) se consolidó a plenitud la donación de don Gil Imaná que, por voluntad plena, fue realizada en favor de la fundación. Incluyendo cerca de 7.000 bienes culturales y un inmueble ubicado en la calle Aspiazu, esquina 20 de Octubre, con el fin de hacer allá el museo ImanáCórdova”, declara con formalidad.

Minutos antes, José Bedoya había dicho que aquella donación fue, para Imaná, el acto final de amor a la patria y a sus ideales. La colección, que incluye obras propias y ajenas que fue adquiriendo con los años, fue parte vital de su investigación para generar su estética característica.

Prudencio, por su parte, habla de todo el movimiento que trajo esa colección. Entre gestiones y papeleos, el viceministro llegó a conocer muy bien a un Imaná que, pese a ya estar prácticamente ciego, todavía conservaba una memoria prodigiosa.

Bedoya también rememoró lo útil que fue esa cualidad durante la época de la donación: él nada más tenía que describirle a Imaná unos cuantos detalles de las pinturas para que, a falta de vista, él las pudiese recordar con exactitud.

Esta donación implicó un desprendimiento y una visión muy importante, destaca Prudencio. “Él estaba muy consciente de que, ante semejante magnitud de obra, lo que correspondía era que el Estado se encargue de gestionarla, administrarla y difundirla. Lo hizo en un momento en que la gestión gozaba de muy buena estructura y posibilidad de atender la donación. No fue fácil, aun habiendo la voluntad de don Gil y la disposición clara de transferirle a la fundación, había temas jurídicos pendientes. La titulación de la casa no estaba consolidada, la catalogación no estaba concluida, lo cual concluimos junto al Ministerio de Culturas”. Sin embargo, no se pudo cumplir la voluntad última del artista: que esa casa sea una casa museo. El músico señala que esto les corresponde a las nuevas autoridades de la FCBCB.

“Era un hombre extraordinariamente sensible, cosa que se demuestra en su obra. Una sensibilidad con el ser humano, con el paisaje, con la fuerza telúrica, con las causas sociales. Era muy culto, muy cultivado, muy leído, con quien era exquisito conversar sobre diferentes temas del arte, la cultura y la filosofía”, recuerda. Hay un silencio. “Ay, me toca una fibra”, dice mientras se le quiebra la voz. “Su ternura, sí, él era un hombre muy tierno”.

Termina la llamada con este quiebre honesto, breve, significativo y casi tan descorazonador como el del artista cruceño Lorgio Vaca, el último miembro vivo del grupo Anteo quien, horas después, en un tono tranquilo, resignado y de respiración tan acompasada como invisible, expresa también su dolor. “Para mí es… no tengo palabras para describir mi sentimiento porque Gil es mi hermano del alma y… en fin… no sé qué decir.” No es necesario verlo para sentir cada uno de esas palabras.

Adiós a Gil Imaná 

Con Lorgio Vaca, miembros del grupo Anteo

Junto con su esposa Inés Córdova, al arte. Murió a los 87 años

El dibujo ‘La partida’ cerró la última exposición retrospectiva en vida que se hizo de la obra de Imaná

Placa conmemorativa en la casa de la Calle Aspiazu

El artista con algunas de sus piezas emblemáticas. Con más de 100 exposiciones individuales, representó a Bolivia en Francia, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, entre otros.

Reconocimientos para el artista

El artista con algunas de sus piezas emblemáticas. Con más de 100 exposiciones individuales, representó a Bolivia en Francia, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, entre otros.

Reconocimientos para el artista

El artista con algunas de sus piezas emblemáticas. Con más de 100 exposiciones individuales, representó a Bolivia en Francia, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, entre otros.

Un camino de despedida

No faltaron los homenajes en vida para los ganadores del Premio Nacional de Cultura 2004. “El momento más gratificante en mi trayectoria como director del Museo Nacional de Arte fue conocer a Gil Imaná, tener el honor, junto a la jefa de la unidad de museo, Karen Brigido, y con el apoyo del equipo del museo, de realizar la muestra Inés Córdova Gil Imaná – Homenaje a un amor”, relata el exdirector del MNA Max Hinderer Cruz.

“Tuve el honor de acompañar a don Gil por las salas de exposición a visitar la muestra instalada, era el 30 de agosto de 2019, apenas unos momentos antes de la inauguración de lo que fue la última gran retrospectiva de su obra en forma de homenaje. Escuchar sus palabras, profundas, conmovedoras, emocionantes”.

La pieza final, que concluía el recorrido, era un dibujo al carbón, La Partida, que Gil Imaná dibujó tras la partida de Inés: un dibujo hecho cuando el artista no solo había perdido al amor de su vida, sino la vista. “Dibujó con la maestría de una vida acumulada en sus puños, con la pasión eterna grabada en su memoria, dibujando directamente desde el corazón. La obra muestra el anhelado reencuentro de estas dos almas gemelas, Inés y Gil, reunidos, atravesando el Lago hacia el más allá”.

Ese reencuentro con Inés es el consuelo que amilana un poco el dolor de los que lo conocieron en su arte, su generosidad y su grandeza. Descanse en paz, maestro.

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‘Habitando vacíos’, las puntadas de Erika Ewel

La artista regresa con una exposición de textiles con materiales hallados en su casa durante la pandemia. La muestra estará en Puro hasta el 25 de enero

Exposición "Habitando vacíos"

Por Miguel Vargas

/ 27 de enero de 2021 / 08:18

Aguja e hilo. La artista visual Erika Ewel revisa la pandemia desde la intimidad de su casa, desde los rincones de la memoria, evocando sensaciones a partir de los textiles. Es capaz de bordar los retazos de las vivencias en el encierro desde la fuerza de la presencia, desde estar presente con el cuerpo mismo como mapa y observando desde un espacio doméstico que se transforma con los días. Habitando vacíos es la exposición que se exhibe en Puro Galería — Enrique Peñaranda 1034, San Miguel— hasta el 25 de enero, de 11.00 a 19.00.

Las obras han sido producidas desde marzo de 2020. La artista utilizó elementos que tenía disponibles en casa. “La primera pieza fue Cruz andina, hecha con retazos de tela de pollera que tenía en bolsas, elemento que usé anteriormente. Con estos fui jugando monocromáticamente”, explica Ewel.

El viaje por los rincones textiles continuó en el hallazgo de unas servilletas antiguas que la artista oxidó y bordó. Luego vio un mantel antiguo que le regaló un amigo y decidió retratarse en pandemia, con sus miedos. La pieza se llama Mi yo.

“Después ataqué a un forro de colchón viejo de mi hija y tracé mi barrio visto desde Google Earth. Y bordé lo que yo veo: el horizonte, los eucaliptos, la luz dorada de los cerros en el invierno y también incluí unos monstruos marinos”, relata.

Erika Ewel borda retazos de la pandemia  

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

En el encierro también ordenó la casa y halló un diccionario antiguo de su madre. “Comencé a jugar con las palabras y crear mis propio diccionario”. Así vio la luz Escritos. También cambió su almohada vieja y sobre ella bordó los corazones de las dos Fridas conectados. Luego encontró más tapetes antiguos y en ellos dibujó La mano poderosa. El laberinto apareció porque le aquejó una laberintitis y una exposición de arte colonial en el Museo Nacional de Arte la llevó a plasmar el pie sangriento de Cristo con un clavo.

“Ataqué a unos pañuelos viejos: tan masculinos, tan a desuso y tan personales. En uno de ellos tracé mi Cruz del Sur con sus Tres Marías”. Y las corbatas antiguas de su esposo se fueron transformando en nidos de distintos colores, un símbolo de esa casa sólida que él construyó, ese hogar en el que estuvieron encerrados o no. Ese espacio donde la familia se siente segura y desde donde se puede observar el mundo en tiempos de pandemia.

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