martes 21 sep 2021 | Actualizado a 01:32

¿Una guitarra para moldear el futuro?

El guitarrista clásico Zoran Vranjikan expone las cualidades de la música en la formación integral.

La música es una manera más de entender y ver el mundo Foto: zirconicusso

/ 17 de julio de 2019 / 15:53

Supongamos que vivimos en una época donde nuestros padres, profesores o líderes nos dicen que todo es fácil, instantáneo, que nada tiene consecuencias reales, que todo se puede borrar y volver a comenzar. Pretendamos por un momento que somos un niño aprendiendo a vivir, y que todo lo que nos rodea —es decir, todo lo que nos habla y nos hace aprender acerca del mundo real, aquel que probablemente una década después nos hayan convencido de que tengamos que conquistar con éxitos, gran felicidad y propósito— nos dice permanentemente que somos merecedores de este destino. Así, sin más, a un click de distancia.

¿Estaríamos envolviendo a nuestros hijos e hijas en una gran mentira o les estaríamos dando las herramientas para enfrentar, años después, la realidad?

Muchos padres encuentran un alivio al ver la felicidad de los niños y niñas al entregarles una tablet con apps diseñadas para promover la adicción a los juegos interactivos, rápidos y deslumbrantes; ofrecen a una mente virgen y ávida por información una fiesta de neuronas y conexiones.

Sin embargo, ¿qué tipo de información estamos alimentando en una mente con la capacidad infinita de ser lo que quiera ser?

El internet y la rapidez e interactividad de las apps han cambiado la manera en la que nuestro cerebro funciona: como pensamos es en gran medida sinónimo de quienes somos. El escritor estadounidense Nicholas George Carr nos cuenta en su libro Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? que las nuevas tecnologías de comunicación no solo influyen a través del mensaje, es decir, el contenido; sino que también a través del propio medio (celular, tablet, computadora, etc) y que esto terminaba influyendo importantemente, a largo plazo, nuestros actos y pensamientos.

Por otro lado, un instrumento musical es un reto integral de desarrollo motriz, porque nos hace experimentar nuestro cuerpo, despierta tempranamente un dominio y comodidad sobre nuestras capacidades motoras: nuestras manos aprenden a moverse, nuestro cuerpo se adapta a experimentar la vibración de un instrumento.

En lo sentimental, desarrolla profundos lazos internos y conexiones con Qué y Cómo sentimos, cómo reaccionamos ante los sonidos que nos provocan, como mínimo, sensaciones. En lo intelectual, la música es, entre muchas cosas, un lenguaje que posee forma, estructura, orden. Un orden abstracto que el intelecto puede empezar a moldear como se moldean los números para entender la física de lo que nos rodea, el lenguaje que describe nuestro entorno y nuestro interior, nuestras ideas; define nuestras relaciones y cómo vemos el mundo.

La música es una manera más de entender y ver el mundo, de moldear nuestro interior, de expresar sin palabras lo que en esencia somos. Nos enseña mucho más acerca de nosotros mismos que ningún artículo en Wikipedia o alguna app que nos entretenga, como si la vida fuera tan aburrida que tuviéramos que distraer inevitablemente nuestra mente para poder sobrellevarla.

Nos olvidamos de que lo realmente maravilloso de esta existencia se esconde detrás de actividades que requieren algo que parece ser despreciado cada vez más: esfuerzo y persistencia. Enseñémosle a los pequeños que la apariencia de lo fácil, de lo rápido y superficial de este maravilloso mundo digital no puede opacar la verdadera realidad, la vida que solo a través del esfuerzo y la perseverancia toma un sentido real, trasciende nuestras limitaciones, nos hace realizarnos y nos provoca ese sentimiento de asombro e infinita curiosidad (cualidad que nos ha hecho llevar nuestras posibilidades al límite) que debe haber sentido un antepasado al mirar las estrellas, al presenciar una tormenta y al ver la luz de un rayo que corta su pensamiento y propone: ¿Qué maravillas esconde estar vivos?

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‘Miles de ojos’ de Maximiliano Barrientos: Fragmentos de un vértigo lector

La poeta y literata Mónica Velásquez escribe una reseña literaria de la nueva novela del autor cruceño Maximiliano Barrientos, publicada por Editorial El Cuervo.

Por Mónica Velásquez Guzmán / Poeta y literata

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:20

  1. Ansiedad clasificatoria

Ante lo que nos desconcierta, buscamos desesperados un anclaje, un referente conocido. Así, pensamos, el monstruo lo será menos y nosotros poseeremos algo de él nada menor: su nombre. Ante la nueva obra de Maximiliano Barrientos, los ojos (esta vez lectores) rastrean en la memoria a qué se parece «esto». Entonces, categorías como lo “weird” o “raro”, “lo inusual” (Carmen Alemany), lo “ciborg” (Haraway), entre algunas posibles, nos dan cierto alivio circunstancial. Y es que ninguna categoría estaría errada, pues, advierto: hay cuerpos unidos o prolongados o devorados en-tre las máquinas (automóviles específicamente); hay partes de motores que se desarrollan vegetalmente; hay ritos tribales que auguran que se pueden atravesar umbrales por medio de suicidios-ofrendas; hay mafias que te siguen a donde quiera que vayas; hay familias destrozadas anclando el trauma en su memoria; hay delirio, mucho, onírico, derramándose desde los sueños hasta las páginas. Ninguna, sin embargo, agota o aquieta la propuesta escritural de este extraño libro (felizmente).

Más clásicamente, podría describirse: obra-cuerpo en prosa; tres partes y un epílogo; tres choferes asignados para un suicidio-ofrenda; un árbol que podría ser umbral para otra dimensión. Tres protagonistas; historias cada vez más delirantes. Y usted, ¿qué está leyendo? (haga lo que haga, no dejará de repetir la pregunta. Renuncie a los desenlaces)

2. Asuntos de percepción

Si En el cuerpo una voz (Barrientos, 2017) la voz del otro era audible y enloquecedora, en esta ocasión, las voces se multiplican y continúan tomando, invadiendo y hasta gobernando las mentes de los personajes. Pero, además, algo se desplaza hacia los ojos, unos omnipresentes ojos que nos escudriñan, aunque, tal vez, seamos parte de ellos; orgánicamente, estemos dentro.

3. Angustia simbólica: el auto, el árbol, el pez

Desde el epígrafe de Marinetti y la alusión al futurismo vuelve la fuerza del significante “máquina”, su potencia. En la obra que nos ocupa los pistones son enterrados en el desierto para impedir que el mal eche a andar, o a correr, para ser más precisos. Luego estos pistones del motor original son conectados mediante cables a rostros humanos heridos y energéticamente disueltos o fusionados, éstos devienen un posible portal, o su fracaso.

Cabe recordar que, entre los símbolos del imaginario terrenal, Bachelard se había detenido en mirar al árbol, ese elemento comunicador, intermediario entre la tierra y el cielo; ser anclado en tierra por sus raíces y fluctuante en el aire por sus ramas. Símbolo del conocimiento y portador de las genealogías, en esta escritura se planta para recibir o rechazar ofrendas de suicidas o elegidos que a él se dirigen con el propósito de fusionarse con él o pasar al otro lado, ¿de qué?

Desde el cristianismo, el símbolo del pez también había sido trabajado. Lo ofrendado desde el mar para el hambre espiritual de la humanidad, quizá tenga alguna resonancia. Pero en el mundo desquiciado de la novela, el pez-madre es el primer asesino: “Mi madre no es mi madre, nunca lo fue, es la primera asesina, le digo a mi hermano, es el pez que surcó los cielos antes de que alguien pusiera nombre a las cosas. (…) soy uno de sus miles de ojos, estoy en el vientre del pez, en el vientre de mi madre” (267-8).

4. ¿Fusiones y mutantes?

Cerca de la enorme producción de ciencia ficción o de lo neofantástico, no importan esta vez los nombres, la obra nos plantea una compleja interrelación entre motores, humanos, cuerpos y vegetación… ¿Qué sentido ordena tal universo? Al parecer, la velocidad. “la velocidad va a liberar al sueño, dijo. (…) “mi cuerpo se fundía con el metal del auto. Podía ver los desplazamientos, experimentaba las uniones (…) ¿a dónde regresaste? A la velocidad absoluta, dijo. El último estado de la materia, cuando se purifica” (82). ¿Por qué la velocidad y el sueño son anhelados, qué revelan, qué sugieren en este momento global, extratemporal pero situado en Bolivia? Los mutantes lo saben, los sobrevivientes del fin, los fusionados con la materia, los ¿purificados por ella?: “Murieron al instante, consumidos por el fuego, a él le sucedió algo distinto: quedó adherido al auto, su cuerpo hizo simbiosis con el acero y el cromo, sus venas se fusionaron con los cables del motor. Se convirtió en una anomalía” (181). Destrozar los límites que diferencian lo humano de lo material; lo maquinario de lo natural, lo significativo de lo irrelevante… a eso apunta un universo anclado en la idea de transformación, allí donde acaba, al parecer, lo singular.

5. Las tribus vuelven a creer

Aunque desde el descreimiento, alguien advierta a la tercera protagonista de la obra, que es ignorancia, superstición y mentira lo que subyace al mandato de su tribu para ofrendarse al árbol y, con ello, restituir el cerebro de su padre a su descanso eterno; fecundar la tribu y dotarles de abundancia (viejos deseos humanos), Eli decide cruzar su periplo como tantos otros llamados al heroísmo. Su cuerpo será violentado y su mente acogerá más de una revelación. Sin embargo y como ya pasaba en En el cuerpo una voz, aparece de nuevo una muy precaria tribu, carnal en sus procedimientos, cruel en sus mandatos, delirante en sus procesos… ¿De qué nos habla esta “comunidad”, de un imposible “nosotros” que no logra en unirse más allá de sus urgencias ancestrales?, ¿de la repetición de mitos que, lejos de articular, sacrifican?

6. Los metaleros vuelven a cantarle a Satán

Otra de las dimensiones cuya coexistencia con lo anterior sin duda perturba, y no por efectos espirituales sino por su disonancia con los otros niveles textuales, es la alusión y asistencia a un concierto de black metal en Samaipata (¡!), donde una legendaria banda tocará hasta que, en su pacto con el oscuro, reclute al segundo protagonista, otro enviado que fracasa en su misión de abrir el portal. Los guiños a un culto urbano, al rampante racismo, a la coexistencia de modernidad y ritualidad hacen de este nivel de la obra tal vez el más extraño. ¿Será la invocación al mal solo el prejuicio ante aquellos cuya ropa y sonido perturba la paz de la aldea? ¿Será el ruido solo otro nombre para lo veloz?

7. ¿Se trataría de Santa Cruz?

La ciudad de las comparsas, fraternidades, que devienen mafias corporativas; la ciudad habitada de desenfrenos automovilísticos que presumen en las calles su perfidia y poder, o seducen; la de migrantes collas aquejados por el odio racial; ¿cuál es la Santa Cruz criticada y retratada desde los intersticios de la obra?

8. ¿Asunto de acelerar?

“En la velocidad había algo puro, un sonido. La voz era una respiración convertida en significado” (81). No se trata solamente de una crítica al capitalismo furioso y la técnica desatada; también, debajo del juicio a la modernidad, algo la celebra, le da motor y rugido hasta ¿la muerte? Tal vez no sea electivo el modo ni la rapidez con que uno se ofrende o se disuelva entre otras materias; tal vez la disolución del sujeto en aquello que lo devasta sea una de las metáforas más despiadadas en nuestra literatura actual, para darnos a pensar si lo que aparentemente libera no está también por aniquilar la subjetividad (lado político de la novela que, por ahora, solo anuncio).

9. El lenguaje, siempre girando

Progresivamente, la obra también se acelera y su lenguaje deviene cada vez más delirante, sobrepasa el pacto de lo ficcional y hace sentir la pulsación de la materia, desbordada, acelerada, a punto de romperse en la respiración agitada de la página… Tal vez ya no sea posible enunciar los significados; tal vez ya ningún mandato restablezca ni orden, ni armonía, ni abundancia colectiva. No importa cuántos cuerpos sean ofrendados, la velocidad los digiere en su hambre y el sueño los transforma antes de que los volvamos significado. Sin catastrofismo, pero lúcido respecto del cambio de época, el narrador anuncia: “no va a quedar nada, solo una velocidad sin límites, que borra y se impone como un lenguaje que en vez de nombrar libera de significado a la cosa antes de pulverizarla…” (268). ¿Liberarnos del sentido o aniquilarnos en el vértigo? Miles de ojos es una luz y una opacidad. Ante ella la lectura se triza en pedazos y solo queda en la mesa, junto a los lentes de cerca, la pregunta por cuán rápido podrá armarse un antídoto ante nuestra insignificancia… (cuidado con la trampa del alivio).

Mónica Velásquez Guzmán es poeta, investigadora, crítica literaria y docente universitaria. Ha publicado obras como El viento de los náufragos (2005) e Hija de Medea (2008). En 2007 recibió el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal.

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La cumbia boliviana de ‘El rehén’

Una reseña de la novela 'El rehén' de Gabriel Mamani Magne.

Por Valeria Arias Jaldin

/ 10 de septiembre de 2021 / 16:36

Gabriel Mamani en El rehén, su más reciente nouvelle, logra hábilmente conducirnos en un minibús hacia las afueras de La Paz, donde es infaltable cumbia de la buena, alcohol y, como aquí todo es chévere, también un chofer. Este chofer finge el secuestro de sus hijos para vengarse de su mujer, quien ha abandonado su hogar y se ha independizado para convertirse también en conductora de minibús. Pareciera que el destino final fuera narrarnos un falso secuestro, sin embargo, el escritor es bien trameador y decide llevarnos por distintos derroteros hasta por fin gritar: ¡servidos!

«¡Esquina bajo maestrito!» La primera parada importante se realiza en el bar. Es el alcohol ese elemento líquido a través del que nuestro novelista nos transporta de manera inconsciente a ese espacio recurrente en el imaginario boliviano: el bar, pero además a las borracheras de nuestros padres, elementos de violencia, ya por generaciones normalizadas en la sociedad boliviana. Luego el escritor acelera para llevarnos rauda y velozmente a la borrachera de los papás y describir sus frágiles masculinidades, que tras una ruptura amorosa no encuentran mejor psicólogo que la botella de cerveza, que según el Mamani es “sabia”.

Si bien en casi todos los anteriores escritos de Gabriel, los perros y sus belfos son elementos inevitables al dibujar el paisaje para sus personajes, en El rehén, la gata Chikorita, símbolo egipcio de la feminidad, adquiere protagonismo. Ella devela la relación entre la niñez y las mascotas, quienes quizás sean una suerte de tótems, ese único refugio emocional y de sanación al que se accede fácilmente a esa edad en la que notamos que los padres están resolviendo “sus temas” y nos abandonan.

Somos en realidad todos rehenes del abandono materno y paterno, y soñamos con, simplemente, salir a gritarlo al mundo, en forma de poesía, novela o reseña. En ese abandono parental suceden una serie de vicisitudes con precios altos —»¡sueltitos por favor!»— y variadas letras chicas, hábilmente maniobrados por nuestro laureado Premio Nacional de Novela.

Mamani vueltea y se estaciona presuroso para presentarnos un quiebre en los personajes paceños. Desde tiempos inmemorables hemos distinguido dos destinos marcados por roles de género: la caserita y el maestrito. La mamá, una mujer, al parangón de Lilith, se revela y desobedece esta construcción social, abandona el hogar con todo e hijos. Se empodera y se vuelve una mujer que hubiera sido digna de portar la letra escarlata en el medioevo. Considero que, sobre elegir ser mujer y no madre, es necesario escribir más. ¿Es nuestro autor feminista, quizás sin saberlo? Al menos su personaje, de manera omnipresente, lo es.

Todo el día cumbia, «bajan pasarela, jefe detrás de nosotros viene el tres cuarenta» —parafraseando a Atajo—. El ruido mental es hábilmente callado por la cumbia a todo volumen, ese género inventado para bailar mientras las letras nos cala en el alma. Entre las soluciones que hemos encontrado los latinos a nuestros problemas está el super combo del espíritu dionisiaco: alcohol + cumbia, que deriva en una tragedia griega por causa o culpa del deseo, uno de los temas favoritos de Gabriel.

La voz del niño narrador, niño que se convierte en el padre de su hermano menor cuidándolo en una especie de karma de siameses. Quizás ese sea el tránsito más duro de la niñez, quemando la etapa de la adolescencia. Ya veinte años después se resuelve al por fin adolecer sobre las hojas de papel cuando ya se es un relator con licencias de adulto.

El rehén es esa cumbia boliviana que suena lejana, pero que reconocemos al primer acorde, ese ritmo que nos muestra en su sencilla lírica un espejo de la sociedad contemporánea boliviana de manera cruda y escorpiana.

Valeria S. Arias Jaldin es paceña de Uyuni. Ñusta y egresada de Turismo de la UMSA. Historiadora a medias. Directora de Dreammakers Bolivia DMC. Feminista. Astróloga autodidacta y tarotista. Fotógrafa y catadora de atardeceres. Oveja aurinegra. Coautora del libro “Entrada Universitaria Folklorica” ( 2009, IEB) junto al Dr. Fernando Cajias, retornó a las letras gracias a la pandemia. Aspira a ser políglota, mientras aprende quechua de su abuela.

El rehén (Editorial Dum Dum) de Gabriel Mamani Magne tendrá una presentación en la FIL La Paz 2021 el viernes 24 de septiembre en la Sala Óscar Alfaro.

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Antología de pérdidas: rostros, objetos e imaginarios que mueren o matan

Una reseña del este libro de cuentos publicado por la editorial Yerba Mala Cartonera.

Gabriela Carrasco (ganadora concurso 'Crispín Portugal')

Por Marcio Aguilar Jurado

/ 9 de septiembre de 2021 / 18:26

Yerba Mala Cartonera suma un nuevo libro a su catálogo, la antología de los cuentos ganadores del Concurso Crispín Portugal.

La lectura de este libro revela al lector el altísimo mérito de cada uno de los cuentos y la unidad que todos consiguen al formar la antología. Quien lea los relatos descubrirá la buena construcción de personajes, objetos, memorias y escenarios que tienen como tópicos comunes la muerte, el sufrimiento y la pérdida. El mundo de estos cuentos está lleno de huecos por donde se escapa la vida; y a los personajes, a veces, les queda el consuelo de abrigarse con la piel de sus difuntos.

Tal el caso de Cocodrilos, de Gabriela Carrasco. En este relato, los niños de una familia rural le toman cariño a las crías de una cabra. Pero el abuelo, hombre vernáculo, no está dispuesto a tolerar esos vínculos emotivos. Cuando tiene la oportunidad, el abuelo mata a las crías para cumplir con el alimento de todos los días, y al ver la angustia de sus nietos les dice: “solo los cocodrilos lloran después de comer a su presa”, y les entrega a cada uno el cuero de los animales muertos para que puedan abrigarse en el invierno.

En el cuento En la caja del recuerdo, de la misma autora, un abuelo comparte con su nieta la memoria de una muerte mientras revisa fotografías de su madre y de su familia.  El abuelo cuenta: una vez “cayó una piedra en la cabeza de mi padre… [vi que] estaba tendido en el suelo… [y] no puedo explicarme por qué decidí recoger la piedra y guardarla”; como en Chaco, de Liliana Colanzi.

Otro relato que cala en la tragedia es El pueblo, de Rodrigo Villegas. La primera oración de la obra dice: “Un niño se perdió en el pueblo”. Y luego, el relato se extiende en la búsqueda absurda, en el enigma, en el para qué seguir; porque el protagonista, padre del niño, confiesa: “yo también soy un niño perdido”.

Eso no es todo. Hay más ausencias, más huecos, más grietas. Cuando la tragedia no comienza en los humanos, comienza en sus objetos. En el cuento Rosa, de Lucía Rothe, encontramos un altar que, colocado en el patio de una casa sostiene la estabilidad de una familia. Claro que no solo es el altar, son los rezos, las ofrendas, la fe y el cuidado de cada objeto puesto ahí. La protagonista de este cuento, en un momento determinado, interrumpe sin querer la estabilidad: por un descuido rompe un plato fijado en el altar. Y por las grietas del plato roto comienzan a filtrarse las vidas de la familia. El abuelo muere, la madre se hunde en angustia y la hija se destila en su llanto.

Y si no desaparece un cuerpo o un objeto, la memoria de pérdidas persigue al personaje mientras dura su vida, como en el cuento Anhelo, de Mauricio Muñoz. El autor nos dice del protagonista: “Su padre desapareció cuando él era un bebé y cuentan que su abuelo murió a punto de ser papá”. En el relato, el hombre recuerda estas verdades hirientes que corren en su genealogía mientras vive la tensión de un anhelo: la paternidad. Este hombre quiere ser padre, pero cómo, si toda su estirpe no supo serlo. Con Anhelo descubrimos que no solo hay muertes físicas, materiales o simbólicas, sino hasta de imaginarios. Este relato invita a pensar que, muchas veces, la paternidad es solo un sueño.

Este libro cartonero es eso, la muerte llena de rostros, de objetos, de símbolos y de imaginarios sociales. Quien pueda leerlo disfrutará el espectáculo de un derrumbe, o se derrumbará igual. Y aunque haya faltado mencionar a algunos autores y cuentos, todos son parte de mismo mundo lleno de huecos.

Marcio Aguilar Jurado nació en Tarija. Vive en la ciudad de El Alto. Estudió Sociología. Ganó el primer lugar del Concurso Municipal de Literatura Infantil «Yolanda Bedregal. Historias Chiquitas y Chuk’utas», en las ediciones 2015 y 2018. El 2019 y el 2020 obtuvo menciones de honor en el Concurso de Cuento «Franz Tamayo». El 2021 ganó el primer lugar del concurso nacional de cuento corto Si tus ojos vieran mi historia, organizado por el Banco Mundial. Es coeditor de la Revista Sociopatía y parte del colectivo Periférica Cultural.

La antología de cuentos Crispín Portugal estará disponible en la FIL La Paz 2021.

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‘Corema’: 10 cuentos reveladores

Una reseña del este libro de cuentos publicado por la editorial Yerba Mala Cartonera.

La autora de 'Corema', Claudia Michel.

Por Francisca Gaete Trautmann

/ 9 de septiembre de 2021 / 18:18

Yerba Mala Cartonera acaba de publicar el libro de Claudia Flores llamado Corema donde podemos apreciar y leer diez cuentos que evocan sensaciones de olvido, arrepentimiento, cariño, melancolía e incertidumbre. Eso es lo que hace que estos relatos sean entretenidos, admirables o también aprender cosas nuevas de situaciones o de otras personas que viven circunstancias que pueden ser el pan de cada día. Algo cotidiano.

Corema presenta cuentos detallistas, descripciones simples y perfectas. Cada uno de estos relatos abordan temáticas disímiles, entregando mensajes diferentes, pero que a la larga buscan un fin común que es buscar tocar el alma con sus palabras y cautivarnos con cada idea que Claudia recuerda en sus cuentos. Fortalece el corazón y aumenta el suspenso.

Estos cuentos son especiales, únicos que deja pensando, que habitan en uno algo, un no sé qué. Ppor ejemplo, dejan con gustito a duda, a amor, extrañeza entre otras cosas.

Si vamos desglosando cada uno de estos cuentos escritos por Claudia Flores podemos ver un lado humano y podemos percibir como la naturaleza juega un rol fundamental como lo es en Ruta O donde la protagonista a pesar de toda la adversidad sale adelante.

Los finales son casi siempre inesperados, insólitos y dejan pensando en este o deseando una continuación del cuento. Puede ser que el final abierto sea un sello de ella. Uno se pregunta qué le pasará a tal personaje en esa circunstancia siendo eso algo muy bueno y va abriendo la mente y las ideas.

Estos son cuentos que perfectamente pueden pasar en la realidad, más que nada por esos sentimientos que emergen en los personajes. Son puros, verdaderos que causan cercanía.

¿Qué fue lo que más me llamó la atención? Fueron sus distintos personajes que le dieron voz y cuerpo a los protagonistas inexistentes y que pudieron dar rienda suelta, y así, poder personificar el rol entregado en cada cuento.

Hay ciertas citas que llamaron la atención siendo estas representativas de Corema, que le dan fuerza. Por ejemplo, tenemos esta sacada de la página 23: “Pero si algo sabía ella era como estar en una fiesta sin ser vista”. O de ternura como en: “No hay abuelitas en esa aplicación, ¿no?”, (página 32).

Este trabajo es precioso, con una delicadeza muy exquisita y cada cuento significa anhelos, sueños, dolor o encanto que Claudia refleja muy bien a la hora de escribir. Muy buena la selección.

Francisca Gaete Trautmann (1985, Santiago Chile) es periodista, reseña libros en la revista virtual Lector. Ha asistido a varios talleres de literatura, ama leer, escuchar música, una buena conversación y una rica taza de café.

Corema estará disponible en la FIL La Paz 2021.

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‘De kenchas, perdularios y otros malvivientes’, la novela de nuestra cultura chupística

Una reseña de esta novela boliviana, publicada por editorial El Cuervo.

Por Valeria Arias Jaldin

/ 6 de septiembre de 2021 / 13:16

—Advertencia: no lea esta reseña, si no quiere que se le abra la tripa—-  

—¿Le meteremos un cachito?
—Jugaremos alalay nomás, no cacho maldito.
—¡Nos serviremos, pero pues, antes, querido amigo-a lector-a, un singanito!
—¡Salud! ¡Seco!
—Ya, pero, ¡lo que se lee (sobre la novela De kenchas, perdularios y otros malvivientes) se anota!
—¿Nombre del equipo?
—Los Defensores del Cacho.

2 valientes (manos) Decidieron iniciar una jugada por demás peligrosa y arriesgada en la literatura boliviana. Apostar al humor en todas sus facetas.

Una novela que rompe los esquemas narrativos tradicionales, apelando a la tradición más solemne de la bolivianidad: el cacho.

Los hermanos Loayza logran magníficamente, a manos cambiadas, producir un nerdgasmo lingüístico, quizás el lector se encuentre abrumado con el lenguaje rebuscado y barroco, sin embargo la gracia de la prosa subsana los posibles escollos. 

1 tonto Nuestro héroe, el Hinosencio, inicia su viaje migrando del campo a la ciudad cargando dos valiosas posesiones: la Ciencia y su mano virgen.

3 al tren El tren narrativo logra en sus tres partes recuperar y honrar el patrimonio oral e intangible del cacho y conducirnos hacia su más legendario campeonato.

La trama esta llena de sarcasmos e ironías que se entrelazan y empalman con una urdimbre de eventos fortuitos por demás hilarantes. Aquí se vino a reír.

4 a la cuadra para grande es Hasta que revienta, ¿revienta?

Deben pegarle una vez al cubilete para descubrirlo.

5 quinas en las esquinas La prohibición del singani y el juego de dados, son los artífices perfectos para incluir en la narración robos, asesinatos y hasta un tiro con su respectivo volteo en la ciudad.

Las muertes son por demás memorables y en situaciones sin par. El que se duerme y no vomita es quizás el más afortunado.

6 a las negras/chocas ¿Cuáles? Si bien no existen personajes femeninos, solo menciones y apariciones, la sexualidad no pierde protagonismo entre sus machos y bien dotados personajes. Una ninfa y un sátiro, logran desbordar candela gracias al uso y abuso del licor prohibido.

Los orgasmos son también pequeñas muertes dicen. Y sin duda alguna la colección más grande de porno nacional no morirá, al quedar plasmada en esta historia.

Grande(s) Son las escenas dedicadas a la iniciación en el alcohol de nuestro héroe, las etapas de la borrachera adquieren una suerte de ritualidad, hasta con un Jilakata iniciático advirtiendo sobre el kencherio.

Si los personajes no están ebrios, es porque están de chaki. Los Loayza consiguen genialmente que el chaki se convierta en un personaje, mi favorito, descrito de manera casi poética con todo y sus elementos líquidos, muy alejados del decoro.

Que boliviano no ha experimentado el dulce flagelo del singani, la dádiva del chispazo y las desmesuras del chakal. Y sobrevivido para repetir.

Bien servida Ya esta y un poco mareada la que anota, van a disculpar que desde su corazón de sal, agradezca que el Quirito y el conde Vladi, me hayan permitido durante la cuarentena viajar mentalmente a esas noches de cacho maldito en mi bar favorito de Uyuni: “La llamita”. Donde entre paceños, cochalas, potosinos, chapacos, sorateños, tupiceños y hasta algún coreano perdido pudimos hablar fluidamente el lenguaje cachero, al calor del chuflay y las risas. Atención porque esta novela puede teletransportarte a tiempos borrosos pero mejores, están advertidos.

Escacha Debo confesar que siempre me ha resultado el tiro menos afortunado.

Y quizás de manera mañuda acompañada de muchísimo ingenio, los Loayza, logran parir una escalera de varios personajes, que se van mejorando uno a uno en lo pintorescos y memorables. Todos dignos de pertenecer al paseo de la fama del hampa boliviano. Todos tenemos un cuate cachero y borracho, y si no lo tienes es porque eres tú.

Full entretenida, no se me ocurre más, así que: sobre borre.

Póker Palabra en inglés que hemos nacionalizado para nuestro pasatiempo más nacional. Así como un cura de nacionalidad indefinida al borde del arrepentimiento, un gallego contrabandista y un australiano catarro y de gran marsupia; quienes han convertido el juego de poliedros y el fino licor destilado de uva verde moscatel, en uno de sus motivos para quedarse habitando este espacio andino.

¡Paaaaalo! Porqué la escritora de la presente reseña no ha participado en ninguno de los ya famosos campeonatos de cacho organizados por los cuasi mellizos Loayza y Editorial El Cuervo.

Valeria S. Arias Jaldin es paceña de Uyuni. Ñusta y egresada de Turismo de la UMSA. Historiadora a medias. Dueña de Dreammakers Bolivia DMC. Feminista. Astróloga autodidacta y tarotista. Fotógrafa y catadora de atardeceres. Oveja aurinegra. Coautora del libro “Entrada Universitaria Folklorica” ( 2009, IEB) junto al Dr. Fernando Cajias, retornó a las letras gracias a la pandemia. Aspira a ser políglota, mientras aprende quechua de su abuela.

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