Wednesday 5 Oct 2022 | Actualizado a 18:39 PM

Érase un hombre (solo) a un contrabajo pegado

La obra protagonizada por Cristian Mercado estará en el Teatro Nuna el 15 de septiembre

/ 28 de agosto de 2019 / 08:39

Uno: el contrabajo es más un estorbo que un instrumento. Es el más voluminoso, el menos manejable, el más monstruoso, el menos elegante. El camino que lleva hasta este instrumento está lleno de rodeos, casualidades y desengaños. Es el más femenino y erótico, es una mujer con caderas anchas, curvas por todo lado. Y es celoso, arruina cualquier encuentro sexual pues concita todas las miradas. Pero el contrabajo es esencial en una orquesta. Este hombre solo y atormentado tiene una relación extraña con este instrumento. En el escenario hay una percha con el frac de los conciertos de gala, un sillón, un tocadiscos, una mesa con sillas y cervezas (y un amigo imaginario que no habla –el actor Juan Pablo Jiménez–) y, por supuesto, el susodicho contrabajo, amado y odiado. ¿Estamos frente al mejor monólogo de los últimos años del teatro paceño? Interpreta Cristian Mercado, dirige Percy Jiménez.

Dos: si El perfume del alemán Patrick Süskind era un cuento para oler, El contrabajo del mismo autor bávaro (publicado en 1984) es un monólogo teatral intimista, un soliloquio, una tragicomedia para escuchar y oir hablar de Mozart, Schubert, Beethoven, Brahms, entre otros. Y por supuesto Wagner y Hitler. ¿Por qué no hay ninguna mujer compositora “famosa” de música clásica?

Tres: Mercado es ese funcionario cuarentón de una orquesta nacional (tercer atril), es un obrero, podría ser cualquier trabajador. Es un esclavo y se siente solo (y mediocre) aunque fantasee con una jovencita veinteañera que canta. ¿Es la guapa soprano también imaginaria como su cuate de chelas? El texto —una joyita— destila ironía y sutileza, autocompasión y pena, melancolía y soledad, sátira y parodia, sin perder jamás el humor (negro, por supuesto) aunque la autoestima, el talento y la felicidad no corran por sus cuerdas. Mercado es el contrabajo, está pegado a sí mismo y sus limitaciones, desde los restaurantes caros a los encantos sexuales. ¿Hubiese sido ideal un par de lecciones más de contrabajo?

Cuatro: las cervezas sirven para las pausas (¿por qué nunca notamos ni una sospecha de ligera embriaguez si toma todo el rato?) y el “amigo invisible” es el bastón (¿necesario?) para sostener un monólogo —el género más brutal— de 80 minutos. Mercado compone un personaje complejo, neurótico perdido (que no cree en el psicoanálisis ni por si acaso), odioso, altanero y soberbio, pero Mercado —con sus manos, sus paseos, sus caras— nos hace también quererlo, intentar comprenderlo (¿y hasta amarlo?). ¿Es la habitación con la señora Niemeyer de vecina su propia cabeza?

Cinco: “El solo del contrabajo” usa a la orquesta como metáfora de la sociedad (pero peor porque en la primera no hay chance de ascenso social, no hay esperanza). En ambas hay orden, hay jerarquías insalvables, hay envidias y rivalidades, hay odios (contra el director, contra el primer violín, contra las sopranos). De lo contrario reinaría la anarquía. En toda orquesta, como en toda sociedad, hay gregarios, hombres solitarios, desolados, contradictorios, necesarios, que buscan amor (carnal) desde la más alta espiritualidad que solo trae la música (léase con ironía y hasta con sarcasmo). Y no se olviden, sin ellos, sin los contrabajos, sin los fracasados, sin los marginados no se puede hacer nada. Ellos también gritan. Y sí, la Segunda (sinfonía) de Brahms es impresionante.

* El solo del contrabajo se estrenó el sábado 17 y domingo 18 en el Teatro Doña Albina del Espacio Simón I. Patiño de Sopocachi. Se presentará nuevamente el 15 de septiembre en el Teatro Nuna a las 20.00 (calle 21 de Calacoto 8509, parada PumaKatari).

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Fuertes, una buena película (o no)

La cinta boliviana, dirigida por Óscar Salazar Crespo, se inspira en hechos de la Guerra del Chaco

/ 23 de octubre de 2019 / 00:00

El cine boliviano viene de una mala racha de estrenos. La hinchada cinéfila coloca las esperanzas en tres fichas, por orden de estreno: Fuertes de Óscar Salazar Crespo, Santa Clara de Pedro Antonio Gutiérrez (un “western” beniano que llegará en noviembre) y Mi socio 2 de Paolo Agazzi (en diciembre). Ahora ha entrado en cancha la esperada película sobre la Guerra del Chaco y el club The Strongest.

Goles a favor:

Uno: Fuertes es un cruce de filme romántico (una historia de amor que roza la cursilería) y película épica de guerra con espíritu nacionalista. Apuesta por la sencillez, por la mirada hegemónica y por eso que algunos llaman “industria”. Tendrá, sin duda, una buena respuesta del gran público, ávido de reconciliarse con el cine boliviano y sus historias encaminadas a levantar la autoestima.

Dos: Fuertes es también una cinta de época. Pocas veces en el cine boliviano hemos podido ver una obra tan cuidada en lo formal y en lo técnico con el objetivo (logrado, al fin) de reconstruir el pasado, en este caso los tumultuosos años 30 del siglo XX. Es un acierto de la dirección rodearse de connotados especialistas en sus rubros. Gustavo Soto regala una fotografía mimada que pasa de las tonalidades brillantes y coloridas de la preguerra a la paleta desgastada y polvorienta del Chaco en la segunda parte bélica del filme. Pilar Groux, la productora por excelencia de nuestro cine, demuestra otra vez su trabajo avalado a nivel internacional. Serapio

Tola en la dirección de arte y Melany Zuazo en la dirección de vestuario colocan a Fuertes a la altura de películas históricas de cinematografías potentes de factura extranjera. Los efectos especiales de los enfrentamientos también son un punto alto. La banda sonora del oscarizado chileno Juan Cristóbal Meza, grabada por la Orquesta Sinfónica de Bratislava (Eslovaquia) aporta momentos de gran emotividad y grandielocuencia, propios del género, aunque por momentos la música se engolosina y abusa del espectador.

Tres: Fuertes tiene momentos altamente emotivos por su carácter épico y su potencial emotivo. Destacan dos escenas que ponen nudos en la garganta: la escena final y el discurso del presidente del club, Víctor Zalles Guerra (dos de sus hermanos murieron en los fortines y cañadas) cuando compromete la participación de todos los jugadores, dirigentes, socios y simpatizantes stronguistas al Ejército. Luigi Antezana, actor y fiel gualdinegro, se emociona y emociona.

Cuatro: Fuertes sabe cerrar (se); mérito no menor en nuestro cine donde los finales son un hándicap. Aunque, hay que decirlo, le sobran 20 minutos.

Goles en contra:

Uno: Fuertes, que se presenta como un relato de ficción “inspirado” en hechos y personajes históricos, descuida detalles de la historia. En aras de contentar y atraer a la mayor cantidad de espectadores, omite verdades.

Cuando la Guerra del Chaco estalló y The Strongest se retiró del torneo para acudir como club al frente de batalla, el campeonato de La Paz Football Association no se interrumpió, como asegura la película. Continuó, y sin los gualdinegros en cancha; el club Bolívar salió campeón en el primer título de su historia desde que jugaba al fútbol en 1927. El apodo del club no era “Tigre”, como es ahora. La denominación de “tigres” fue acuñada una década después, en los años 40. Juan Lechín Oquendo no era jugador stronguista (aún), antes de la guerra era parte del equipo de la fábrica Said&Yarur por el origen palestino de su padre (Lezín) y los dueños de la empresa que confeccionó los uniformes del Ejército boliviano. El capitán del team no era José Rosendo Bullaín (que había dejado, por cierto The Strongest para jugar en Huracán de Viacha por imperativos militares), sino Renato “Choco” Sainz (retratado en la película bastante más moreno de lo que era).

La lista de inexactitudes históricas es larga aunque ésta no afecta a la verosimilitud del filme. Lo que sí molesta es el sesgo clasista. The Strongest nunca fue un club elitista de la clase alta y adinerada de la sociedad paceña, como es retratado en el filme. Estaba formado por la incipiente clase media profesional y trabajadora. Fuertes presenta una ciudad de La Paz (rodada en Sucre, por cierto) irreal, colonial, carente del sustrato popular que siempre alimentó a la urbe y al club del oro y el negro. El extremo cuidado en lo técnico es abandonado a su suerte en el empaque histórico-sociológico del filme. Una pena, la labor se quedó a medias.

Dos: Fuertes tiene un gran reparto, disparejo a ratos, que tropieza especialmente en su pareja protagonista. El director hizo la apuesta riesgosa de elegir como protagonista masculino (Christian Martínez es Mariano) a un exjugador juvenil de fútbol, no a un actor. Con esta elección, la película gana en las escenas futboleras (“bien jugadas”) pero pierde en peso actoral. Elegir como protagonista femenina (Claudia Arce es Matilde) a una expresentadora de televisión sin apenas carrera interpretativa es menos entendible. La interpretación de Fernando Arze —en el rol de José Rosendo Bullaín, caído en combate en Cañada Strongest en mayo de 1934— está raramente contenida, cuando esta vez no tocaba y hace extrañar un mayor trabajo de interiorización en el personaje.

Tres: la ausencia de la música popular de la época es otra falencia. Es un pecado capital (producto de una pobre investigación histórica) que no suene la mítica Cacharpaya del soldado del maestro  Alberto Ruiz Lavadenz. Los soldados stronguistas no cantaban —como en la peli— tonadas de tribuna o adaptaciones de melodías religiosas sino letras como “Negra zamba, por qué tienes que llorar / negra linda, tu llanto debes calmar. Si el Chaco es boliviano / nadie nos puede quitar.

Uka jinchu q’añu patapila / lawampi churtañani pek’e pata / alis nuquñani Chacu pata / Ukat mantañani utaparu patapila lapakumu”. Por cierto, los soldados paraguayos hablan en guaraní mientras el quechua, aymara y el propio guaraní están ausentes en nuestras filas, otro “descuido” (in)consciente.

Cuatro: la historia bélica deja sabor a poco. La gigantesca y heroica batalla de Cañada Strongest es reducida a una caricaturesca escaramuza. La historia de amor cojea por falta de química, por desprolija, por balbuceante. La dirección de actores brilla por su ausencia y da por resultado a un elenco abandonado a su suerte, en el que cada uno rema a su propio ritmo.

Arce, a contra ruta del espíritu de la película, llegó a decir en la “premiere” el pasado lunes en La Paz que “los bolivianos, para no variar, perdimos la Guerra del Chaco”. Otra vez el lamento de la derrota contra el que pretende luchar el filme de Salazar. Alguien debió explicarle a la ex Miss Bolivia que tenemos gas y petróleo porque vencimos en la toma de Boquerón, en las cañadas y especialmente en la última gran batalla de la guerra, la de Villa Montes. Recordarle, en fin, que los bolivianos y bolivianas somos Fuertes.

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Yo no me caso

‘Amor’, la nueva obra de teatro de Denisse Arancibia, se presentó en funciones llenas en Casa Grito

/ 10 de julio de 2019 / 00:00

Uno: Amor es la última obra teatral de Denisse Arancibia Flores (se estrenó el pasado fin de semana en Casa Grito). Y se pinta como una de las mejores del año.

Bien pudiera llamarse “Yo no me caso”. Si fuera un ensayo sesudo y aburrido se titularía “Persecución y vituperio del matrimonio”. La primera imagen de Amor impacta: una novia gigante de tres metros esconde bajo su vestido blanco a todos los invitados de su boda. “Amor” es una parodia, una comedia romántica con humor ácido, con buenas canciones, el estilo de la casa Denisse. Es la historia de “Julia”, una mujer que ronca, habla de dormida, sueña con el diablo, es sonámbula y le gusta que le amarren a la cama. “Julia” no quiere casarse con Ricky. No le gusta compartir el control remoto. No quiere hacer el amor con la misma persona por el resto de su vida. No quiere tener hijos. A “Julia” le da miedo todo. ¿Cómo se llama el miedo a casarse? Gamofobia se llama. A “Julia” la marcha nupcial le parece triste. Va a ser una novia fugitiva a pesar de las “comadrejas” que le rodean: su madre, su suegra, su padre robot, sus amigas, el cura que cobra por hora, los 300 invitados que nadie conoce, todos fingiendo extrema felicidad. “Julia” no se llama Julia ni se apellida “Púdrete”. Julia solo quiere llorar y ahogarlos a todos. Larga pausa silenciosa y hermosa. Todas han muerto ahogadas. Julia es libre.

Dos: el elenco fijo de Teatro Grito tiene una ventaja. Los actores y actrices se conocen, han trabajado juntos y eso se nota sobre las tablas. Del laburo permanente y constante, surge la magia, el talento, las buenas vibraciones, las obras que merece la pena recomendar. Julia, la novia, es Alejandra del Carpio Andrade que logra a ratos transmitir todos los miedos, todas las ataduras en el papel más complicado de la obra. Su mejor “amigui” es Mariel Camacho Ovando, más suelta, más desenfadada, más ajustada a su rol. ¿No sería mejor cambiar de papeles? El cura es Bernardo Arancibia, otra vez (y van…) lo mejor del elenco. El sacerdote es el villano, es la fiel representación del poder celestial sobre la tierra y sobre todas las mujeres. Es el que dicta el decálogo obediente del buen matrimonio (concertado). Amor es anticlerical, como dios (en minúsculas, por favor) manda. Carmencita Guillén Ortúzar y los progenitores (René Sutura Mamani junto al padre robot Michael Apaza Apaza) acompañan a la perfección con la aparición de Leo Mora (como abuela y como Ricky) como grata sorpresa. El rol de Ricky merece un capítulo aparte: el novio es una chaqueta colgada, es solo una voz a lo lejos, es el amor a la fuerza, es el que dice “sí, acepto” por Julia. Su ausencia-presencia sobrevuela la obra para terminar surgiendo como máscara, como kusillo, como espectro cruel.

Tres: ¿por qué nadie pregunta a Julia si quiere casarse? Ella es la única que hace esa interrogante: “Ricky, de verdad, ¿te quieres casar? Pero Julia no es una víctima. Y Denisse Arancibia no cae en lo facilón, en el retrato victimista. Aunque si “puede aprovechar” para despachar y recordar cuentas pendientes: el exagerado prestigio del amor, la manipulación del deseo y lo conflictivo del matrimonio, esa sacrosanta institución anacrónica. El matrimonio fue en el pasado trascendente y necesario: cuestión de patrimonio, transacción de compraventa, alianza de intereses en provecho de la prole. Era la antigua “sabiduría” del matrimonio. ¿Qué sentido tiene en pleno y efímero siglo XXI este pacto a largo plazo? Es la pregunta que nos lanza la obra. Y luego llegan otras: ¿siguen de la mano a estas alturas ese tridente diabólico llamado amor, sexo y matrimonio? ¿Acaso lo rutinario y ritual no es el casamiento sino el divorcio? ¿No sería bueno buscar nuevas fórmulas más apropiadas de convivencia? Y la peor de todas: ¿por qué la mayoría de las personas se sigue/nos seguimos casando? ¿Estamos condenados a la fatalidad?

Cuatro: una pregunta más. El 95% del público que va a ver (Des)Amor (y la gran mayoría de obras teatrales en La Paz y en toda Bolivia) es femenino. ¿Dónde, carajo, están/estamos los hombres? El teatro también es una trinchera, una barricada en estos tiempos de cólera antipatriarcal. Esa es la respuesta a mi estúpida pregunta.

Post-scriptum: la segunda temporada de Amor está programada para el 3, 4, 10 y 11 de agosto en Casa Grito. Y la tercera, la vencida, para el 4, 5 y 6 de octubre. Tienes siete oportunidades más, sin ahogarse, sin llorar.

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‘El robo’: el futuro está aquí

El filme de César Andrade fue producido por la Comisión Especial de Investigación de la Capitalización y Privatización de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

/ 24 de abril de 2019 / 04:00

Las dos imágenes más poderosas que se quedan en la retina después de ver el documental El robo (estreno mañana lunes en la Cinemateca, 19.00, gratis) son éstas: unos señores de guante blanco se llevan en cinco segundos bolsos y bolsos repletos de dólares de las bóvedas del Banco Central de Bolivia antes de la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada. Es la mañana del 16 de octubre de 2003. La otra imagen es un desafío: don Carlos Mesa habla mirando de frente a la cámara tras un escritorio y se dirige a don Evo Morales para decirle que es muy cómodo bloquear, que lo difícil es gobernar. “Venga a gobernar”, añade. Ya saben lo que pasó después.

El robo: cuando las leyes se escribían en inglés, del mexicano César Andrade (con montaje y guion de Pablo Valdés V. Boullosa y la producción de Karina Herrera), arranca con tres preguntas inquietantes: ¿cómo pasó? ¿cómo lo hicieron? ¿cómo un puñado de empresarios y políticos neoliberales vendió todo un país? Para Bolivia fue una gran tragedia, resumida en una cifra espeluznante: 21.500 millones de dólares.

La historia del documental (producto de la Comisión Especial de Investigación de la Capitalización y Privatización de la Asamblea Legislativa Plurinacional) comienza en 1985 con una nación estancada y un “mesías”: Víctor Paz y la democracia pactada y la repartija del poder en cuotas. “Bolivia se nos muere” fue la frase lapidaria que todavía hoy resuena como karma en el cementerio de los muertos vivientes. La patria estaba al borde del abismo y ellos dieron dos pasos al frente (para robárselo todo), como diría El Papirri.

Las imágenes de archivo de las manifestaciones multitudinarias de los mineros, de los relocalizados, los soldados en Patacamaya listos para reprimir la Marcha por la vida y el cerco militar en Kalamarca nos trasladan a un pasado lejano y cercano, cercano y lejano. Los infaltables drones nos devuelven a un presente diferente.

El robo juega con el tiempo, con los sabores (del agrio al dulce y viceversa). Te lleva desde la oscuridad y el pesimismo conformista del pasado hacia la esperanza del futuro.

La derrota de aquella marcha trajo la mayor privatización imaginable. Las empresas gringas contratadas para maquillar, engañar y manipular van a recomendar no usar la maldita palabra. Se hablará entonces de “reordenamiento de las empresas públicas”. Los señores y señoras del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional son (auto)elegidos “ministros” para “rediseñar” nuestra economía. Los eufemismos pasan a formar parte de nuestros nueve mandamientos: alguien borra el “no robarás”. Las 10 reglas del Consenso de Washington nos meten en la boca del lobo. La fórmula ya ha funcionado a las mil maravillas en el Chile de Pinochet Ugarte. Bolivia va a ser el segundo “conejillo de Indias”.

La enajenación arranca con Jaime Paz Zamora y su doble fórmula: privatización (venta directa de pequeñas y medianas empresas); y capitalización (supuesta inversión en empresas públicas). Samuel Doria Medina, en un arranque inédito de originalidad y creatividad, bautiza al monstruo de las mil cabezas: “técnica Bonsái”. Y hace una promesa al Club de París: “en dos años no habrá una empresa pública en Bolivia”. Acabar con la pobreza matando a los pobres.

El documental enumera la larga lista de caídos en combate: El Puente (Tarija), Fancesa (Chuquisaca), Línea Aérea Imperial LAI (Potosí), Semapa (Cochabamba), Hilancruz (Santa Cruz, costaba 70 millones de dólares y la vendieron a precio de gallina muerta, 4 millones), Fábrica de Cerámica Roja (Pando), Empresa Nacional de la Castaña (Beni), Fábrica Nacional de Vidrio Plano (El Alto)… Ni la terminal de buses con su hotel en Oruro se salvaron. Tarija perdió 13 empresas, Santa Cruz 12, Beni 8, La Paz y Oruro 6, Cochabamba y Chuquisaca 5, Pando 4 y Potosí, una, la citada línea aérea (vendieron dos aviones comprados en 12 millones de dólares en apenas 600.000).

El parte de guerra no tuvo fin, como la tristeza. Fue la leche. Goni regaló la PIL de Cochabamba a una gran empresa peruana en 8 millones y las consecuencias afectaron a miles de pequeños productores de leche por todo el país, arruinados por la llegada de leche en polvo desde Perú. Los spots seguían bombardeando eufemismos, mentiras, fake news. No había memes ni redes sociales. “El futuro está aquí”, repetían como mantra mentiroso un presidente tras otro: Víctor Paz, Jaime Paz, Sánchez de Lozada, Banzer, Quiroga, Sánchez de Lozada, Mesa.

La segunda fase de la enajenación atacó a las grandes empresas, el gran motín en un pentágono: Entel, Ende, Enfe, Yacimientos y el LAB (su valor alcanzaba los 120 millones de dólares, fue rematada en 23 millones). Vinto valía 41 millones de dólares, se vendió en 14. Entre 1985 y 2005 fueron privatizadas y capitalizadas 362 empresas del Estado. Otras muchas fueron cerradas.

Hasta que se perdió el miedo, hasta que el pueblo cochabambino se dio cuenta de que no estaban solos. Era la Bolivia donde si no pagabas dos facturas de agua, te remataban la casa. El documental El robo, conducido por un personaje interpretado por la joven actriz Raiza Ortiz, nos lleva de la mano a través de paisajes desoladores, desiertos, saqueos, redes… mientras la indignación y la bronca se apoderan del espectador: ¿Cómo pasó, cómo lo hicieron?. Y tú te preguntas la peor de todas: ¿cómo y por qué lo permitimos?

Entonces, el “león dormido” (el fotoperiodista Pata Quintana dixit) despertó definitivamente en La Paz y El Alto. Y la historia infame del saqueo terminó. Entre las cenizas, los nombres y apellidos se repetían como mantra: los mismos empresarios y políticos, los mismos parientes. Los Kuljis, los Revollo, los Doria, los Garafulic, los Ardaya, los Cárdenas, los Salazar, los Ossío Sanjinés, los Kempff… los dueños y señores de todo, de las radios, de las televisiones, de los periódicos, de los cuerpos, de los espíritus, de las conciencias.

El robo —de una factura técnica impecable y un enfoque dirigido expresamente a la juventud— arranca con esas tres preguntas mencionadas y cierra con dos interrogantes más: ¿cuánto perdimos realmente? ¿cuál es el precio de un país? La lección sobre nuestro pasado está sobre la mesa. Ahora hay que trabajar la memoria, proyectarla hacia el futuro. No cometer los mismos errores, contar este cuento macabro e infame a las nuevas generaciones, de Bolivia y de toda América Latina. Quisieron borrar la historia, quisieron envenenar la memoria colectiva. No pudieron. Solo tuvieron razón en una cosa: el futuro está aquí.

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‘Muralla’:el arco será tu cruz

La opera prima de Gory Patiño relata el descenso a los abismos de un exarquero de San José.

/ 20 de septiembre de 2018 / 03:40

Uno: Cuando ya todo parecía perdido, cuando el espectador había dado la espalda al cine nacional, llega la opera prima de Rodrigo “Gory” Patiño y es la mejor película boliviana en años. Y no exagero. Coco “Muralla” Rivera (un Fernando Arze soberbio) es un viejo arquero de San José reconvertido en minibusero de las laderas paceñas que por cuestiones del destino es parte de los afanes del infierno. El “santo” necesita atajar el último penal. Pero ahora es cuestión de vida o muerte, es matar o morir, es su redención. Tiene una estrellita brillando en el cielo y una carga pesada a sus espaldas. Expulsado de la gloria, es un alma buena y atormentada. Necesita una limpia (en la Linares) y un milagro (de yatiri). Nadie parece lo que es en este thriller policial, negrísimo, apasionante, cruel, conmovedor. El cine boliviano encontró su redención. Y le dicen Muralla.

Dos: Coco “Muralla” Rivera es un ángel caído y un antihéroe en una sociedad corrompida y ambigua. Recibe balonazos y golpes desde el minuto uno al noventa. Es víctima y victimario en el simple arte de matar y —cual melancólico detective clásico— se siente culpable y busca su expiación. El género negro (en literatura y cine) es herramienta ideal de denuncia. El crimen, como espejo de nosotros mismos. Esta “Muralla” retrata nuestra sociedad confusa, sin valores, sin justicia, anestesiada ante el drama del tráfico de personas y cosas (y bestias) peores. De escenario, la ciudad hostil, las alturas y los bajos fondos de La Paz (maravillosamente retratada con imágenes potentes, bellas e impactantes; sin concesiones ni miserabilismos).

Tres: Muralla, la película, tiene una factura técnica impecable: un guion preciso (de Camila Urioste, Fernanda Rossi, Patiño y Arze), un montaje ágil (de German “Monki” Monje) y un trío actoral de lujo. El citado protagonista, en su mejor rol, es acompañado magistralmente por un avejentado Cristian Mercado, alias “Cacho”, hincha de River, y por un Pablo Echarri, el reconocido actor argentino, que aparece a la hora del metraje para poner lo suyo. Tiene también una larga y prolija lista de secundarios que no desentonan: Hugo Pozo, Alejandro Molina, Freddy Chipana, Juan Carlos Aduviri, Mariana Vargas, Mauricio Toledo, Erika Andia….

Cuatro: Muralla, la película, trae una dirección de arte (Carlos Piñeiro) y una música sublime (Juan Carlos Auza) junto a una fotografía (Gustavo Soto) que combina a la perfección luces y sombras, como en las grandes obras maestras del género, herederas del expresionismo alemán. Te hace sentir que ha sido rodada en blanco y negro. Te acerca y te aleja de la historia, con la cámara como un protagonista más, desde unos primerísimos primeros planos agobiantes hasta unas panorámicas impactantes para volar y darte un respiro por los cielos paceños.

Cinco: Muralla trae puchos y alcoholes; billares y cementerios; palizas y venganzas; ángeles y demonios; gasolina y fuego. La película de Patiño llega con una potente carga de imaginería religiosa para acentuar la redención. Las imágenes del “Tata” Santiago, de San Expedito (el de las causas urgentes y necesarias) y del arcángel Miguel, luchando, a espadazo limpio, contra sus sucios demonios, como el mismísimo arquero “santo”, conforman una atmósfera cuidada, con todos los tonos del negro para contar una historia singular, la más oscura de todas, el descenso a los infiernos, escaleras abajo (último fotograma).

Seis: decía el crítico estadounidense Roger Ebert que los grandes personajes del “film noir” son más débiles de lo que creemos. Muralla, el papel de Fernando Arze Echalar, es uno de ellos. Fracasa en su matrimonio, fracasa a la hora de salvar a su pequeño hijo que espera un trasplante, fracasa a la hora de recuperar a la niña secuestrada, fracasa y traiciona a su mejor amigo y solo para volver a fracasar en su último penal. Es la figura del antihéroe signado por el destino trágico, en Grecia sería el Hades en Bolivia, los achachilas. La figura misteriosa del aparapita —inevitable la referencia a la metáfora de Jaime Saenz— es un logro más del filme, aportando identidad (hacía rato que una película no respiraba y transpiraba tanta paceñidad, tanta bolivianeidad).

 El género exige finales tristes y sobradas dosis de fatalidad, violencia, miedo, misterio y crímenes. Muralla tiene todo eso y más. Y como pasa con nuestros héroes —la mayoría ex jugadores olvidados y fracasados—, esta ficción verdadera no regala tampoco un mentiroso happy end. Sin sangre, no hay redención. “Muralla”, el arco será tu cruz.

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Fitaz 2018, el teatro es para repensarse

Lo mejor de los seis primeros días llegó de Costa Rica y su mar salado. El desembarco cruceño (siete obras en total) tuvo a ‘Chancho’, ‘Fresa y chocolate’ y ‘En cuatro’ como sus mejores buques insignia. La falta de un público masivo como en otras ediciones pone sobre el tapete la necesidad de un debate sobre las nuevos hábitos de consumo cultural.

/ 9 de mayo de 2018 / 04:00

DÍA 1

‘Agua/Wasser’ frente a ‘Chancho’

El Fitaz 2018 empieza mal o muy mal, según tu capacidad de enojo. Esa es la pésima noticia; la buena, a partir de ese momento todo va a mejorar. Hace años hubo una larga polémica sobre las primeras coproducciones cinematográficas entre España y los países de América Latina. Una ponía la plata, imponía actores y actrices; otros colocaban el resto, paisajes, tramas, sabores, “exotismo”. ¿Los resultados? Engendros. La obra que inauguró el Fitaz, único día que se llenó el Teatro Municipal (vienen las autoridades y se reparten invitaciones) se llama Agua/Wasser, del elenco alemán Teatro Marabu: una coproducción a tres bandas; una ONG preocupada por el exceso, la falta y la contaminación del agua, la Alcaldía de La Paz y la alemana de Bonn.

Once actores y actrices (seis bolivianos y cinco alemanes), bajo la “dirección” de una de ellas, Tina Jücker, son los responsables de un mar de despropósitos y confusiones, de una torre de Babel que trajo burla en un intento fallido de mezclar mensaje pseudoecologista y humor; coreografías ridículas y sarcasmos; crítica y vergüenza ajena. El estreno de un festival de teatro internacional no se merece este “show”. Una señora me dice a la salida: “¿Estos chicos se enteraron de que tuvimos en Cochabamba una ‘guerra del agua’ y asesinaron a gente por protestar contra su privatización?”.

Más bien que, después, en el Municipal de Cámara, se me pasa el enojo con Chancho, una obra que no tiene recetas, una obra que pregunta, te hace repensar(te). El teatro es ese vehículo que te lleva y te trae interrogantes de difícil respuesta; es el martillo que te taladra ideas y sentimientos que se quedan contigo después de varias horas y algunas jornadas. Chakana Teatro (Santa Cruz) llegó con una obra escrita, dirigida y protagonizada por Ariel Muñoz: arte con idiosincrasia boliviana.

Chancho crea potentes imágenes y es anticlerical y anticolonial. Denuncia esas otras “formas creativas de colonialismo” (Angélica “Lidell” González dixit). ¿Las coproducciones mal hechas también lo son? ¿Es la religión, es la necesidad de creer, más allá del polvo, otra cadena invisible? Chancho es antipatriarcal: podemos ver y sentir —desde la escucha y la presencia— la potencia y fortaleza de la mujer (quechua) que viene de lejos; mujeres matriarcales, ricas, profundas, generadoras de esperanza, lucha y vida ante la figura paterna ausente.

DÍA 2

Una boda de papel y la alegría de César Vallejo

Chile y Perú subieron al escenario del Fitaz el viernes 27 de abril. Y el festival poco a poco levanta tras el fiasco del estreno. La compañía chilena-española La llave de papel llegó al Teatro Municipal con Delirios de papel, una obra irregular con ocho sketches donde priman las poderosas imágenes armadas en una gigantesca hoja de papel en blanco, como gran pantalla de cine. Los cuatro actores intentan construir un mundo de juegos, mágico y poético, con las herramientas del teatro físico y visual (sin apenas palabras), con las armas de la tragedia, con las del circo, de los títeres, del bufón, del “clown”.

Delirios de papel cae en la trampa del efectismo, se enamora del truco sorprendente. Y termina con una boda de papel en la que toda la platea participa en un cierre surrealista de una obra que amaga y no golpea, en un carrusel pretencioso que da vueltas sobre sí mismo, que no llega a ningún lugar, que se repite, a ratos con un humor chabacano (a estas alturas lo de “un lugar calentito para tu pajarito” solo irrita). ¿El papel lo aguanta todo?

En el Teatro de Cámara fue el turno del actor peruano Fernando Fernández Castillo con una selección de poemas teatralizados de César Vallejo —la puesta en escena César Abraham, considerando en frío—, bajo la dirección de Mario Delgado. De la obra poética del peruano más universal, se conoce la tristeza perenne, el dolor hondo e inevitable, la muerte en un hospital vacío.

Fernández, con su cuerpo, con su voz, con una coreografía mínima, con una mesa, una silla, una taza y unos zapatos vacantes, reinventa al poeta, sin aspavientos. Y lo hace con humildes aderezos, con una marinera, con un bailecito, con un huayñito zapateado y un pañuelo, como en el norte del Perú. Vallejo también es presencia de vida, también es dicha y corazón apasionado.

DÍA 3

De Santiago (Chile) a La Habana, pasando por Santa Cruz

El día tres del Fitaz nos llevó de Santiago (de Chile) a La Habana, pasando por Santa Cruz. En el Teatro Municipal la noche del sábado fue de la Escuela Nacional de Teatro con una obra multipremiada del español Fermín Cabal, dirigida por Marcos Malavia. Los alumnos de la escuela, sita en Santa Cruz, nos llevaron hasta el chileno centro de torturas de Tejas Verdes, campo de concentración de Pinochet en los duros años 70. Los gritos de los oprimidos están en todas partes pero para sobrevivir optamos por no escuchar(los).

Tejas verdes es una reflexión (revisada) sobre las torturas (especialmente la sufrida por las mujeres luchadoras), sobre el perdón (¿solo las víctimas pueden perdonar?). En un mundo donde el único “hombre increíble” es Kalimán, la obra vuelve a preguntar(nos): ¿llegará la hora donde los tiranos llorarán sangre? ¿cómo sobrevivimos al horror?

El jovencísimo elenco estudiantil se ve sobrepasado por la obra y solo la buena puesta en escena (especialmente la puerta dantesca del “infierno”), las imágenes evocadoras y la potencia del texto salvan. Sin moralinas, sin “mensaje”, sin rodeos, sin reduccionismos baratos, Tejas verdes subió al Municipal horas antes de la muerte en La Paz del último dictador, García Meza. Los desaparecidos vuelven en el teatro y el tirano obtiene, por fin, lo que se merece: nuestro olvido eterno. Mientras, todas las “Colorinas” de este mundo (símbolo del coraje de las mujeres) gritan todavía: el recuerdo nos hace más fuertes.

El perdón y la reconciliación también sobrevolaron el Nuna, también con acentos cruceños travestidos en tonalidades cubanas. Fresa y Chocolate, del director argentino Leonardo Gavriloff, se estrenó hace dos años en Santa Cruz y tardó demasiado (nunca es tarde) en llegar a La Paz. Necesitamos un puente aéreo teatral (con parada en Cochabamba) para vernos, para disfrutar de los talentosos actores cruceños (Marco Chávez otra vez está impecable y Guillermo Sicodowska borda lo sublime) y viceversa, necesitamos retroalimentarnos. La adaptación libre de la película de Titón Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío (1993) con guion de Senel Paz está hoy más vigente que nunca: no hay nada más fuerte que un abrazo (de libertad), no hay nada más sincero que un cuerpo desnudo, un alma despojada de prejuicios. El helado cruceño llegó para subir la temperatura en las frías y lluviosas noches paceñas del Fitaz.

DÍA 4

Del amor y el deseo incontenible al sexo

Sueño de una noche de verano llegó al Municipal el último domingo de abril, en otoño paceño, en noche fría. La apuesta de la Santa Cruz Shakespeare Company, dirigida por Ubaldo Nállar, no asume riesgos y opta por un montaje fiel (y simplista) del texto del inglés con la única variante de la adaptación del mundo de los dioses atenienses a las deidades de la rica cultura guaraní. La suma audiovisual —proyectando obviedades como columnas atenienses o el bosque encantado— resta.

Sin derroches, la escenografía escoge el lado austero, sin despliegues. El resto lo pone la comedia más divertida y fascinante de Shakespeare con sus enredos, sus fantasías, sus parejas cruzadas, su humor festivo, su loca y atávica pasión, su metateatro. Hubiese sido deseable —tal vez— que el lenguaje isabelino fuera “traducido” al castellano de Santa Cruz para acercar(nos) más. Hubiese sido ideal que el extenso elenco no muestre un nivel tan desparejado. Hubiese visto más riesgos asumidos.

De Santa Cruz también llegó (son siete en total las obras cruceñas en este Fitaz paceño) al Teatro de Cámara la misma noche Nosotros, de Malena Orías. Un “total” de 19 espectadores, sí diez y nueve, disfrutaron de este “nuevo” género, el teatro de papel en versión erótica. Un pequeño divertimento de apenas media hora con figuras de papel en una ratonera de iniciación lúdica al sexo, bajo la atenta mirada del ojo que todo lo ve. “Desnudarse es vestirnos de nuestros más íntimos deseos”, dice ella. “Siento tu fuego”, contesta él, por fin solos, mientras suena el bolero electrónico de Ravel con violonchelo en vivo. Es verdad que el amor y la locura son los motores que mueven la vida. Es verdad también que Nosotros sabe a (muy) poco.

DÍA 5

El mar y… felices los cuatro (cornudos)

Y  al quinto día, en lunes, el Fitaz resucitó. El Teatro Municipal vio la mejor obra hasta ahora sobre esas tablas, las mismas que escucharon por primera vez el himno nacional, allá por 1845. La obra se llama Al otro lado del mar, de la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica, bajo la dirección de Claudia Barrionuevo. La platea se transforma en una playa en el “peor lugar del mundo” y el escenario, en un muelle con barca y… una oficina de registro civil.

El actor Leynar Gómez (Limón en la segunda temporada de Narcos de Netflix) es un “indocumentado” que necesita una partida de nacimiento, no ha “nacido” todavía. No tiene nombre y se va a llamar Pescador Del Mar. Y la actriz Ivonne Brenes es Dorotea, una burócrata. Ambos sufren de soledad en Muelle Escondido, un sitio que no aparece en los mapas, ambos quedarán unidos por el mar que es mucho más que un mar. ¿Por qué no pueden ser “normales”?

Los “ticos” llegaron para demostrar una vez más qué tan vital es sostener el teatro con un buen texto (gran libreto poético y hondo de la salvadoreña Jorgelina Cerritos, ganador del prestigioso premio literario Casa de las Américas, en  2010); qué tan necesario es contar con actores y actrices de tomo y lomo; qué tanto suman los recursos escénicos “simples” cuando ellos también dicen y cuentan; qué tanto se puede jugar con el tiempo y el espacio.

En un pedazo de mar también se puede encontrar la paz… y la identidad de cada uno. El mar es una metáfora: es lo que esperamos, es lo que soñamos, es la compañía; es lo que queremos ser (sin nombre, apellido ni domicilio); es allí donde solo mandan las estrellas, los vientos y las mareas. Y bien lo sabemos en Bolivia.

Minutos después, con el excelente sabor salado en la boca, la dicha continúa con otra buena obra llegada de Santa Cruz en el Teatro Municipal de Cámara. Sin dudas, la ciudad de los anillos cosecha lo sembrado: buen teatro, buenos elencos. Tocaba reírse con En cuatro, del grupo Ditirambo de Porfirio Azogue con texto de Óscar Barbery Suárez. Y de eso se encargó especialmente Roberto Chichi Kim que hace de “Chino” en una comedia inteligente de enredo, de infidelidades, de amistades a prueba de engaños y mentiras.

Chichi se roba el show y es definitivamente la sorpresa más grata del Festival, un descubrimiento actoral, un talento puro, una capacidad actoral innata, un histrión de cuerpo entero. Y Carlos Ureña, otra apuesta segura, acompaña, junto a Viviana Cuéllar y Carolina Soliz, felices los cuatros, felices los espectadores con este cuarteto de cornudos y su terapia. Pero ojo: verse uno en el espejo puede ser inquietante, quitarse las máscaras puede llegar a ser perturbador.

DÍA 6

Ella baila sola y dos hombres en crisis

El martes 1 de mayo es el turno de Brasil. La obra se llama Mujer sin fin, unipersonal de Andréia Nhur, del grupo Khatarsis Teatro. La catarsis la tuvo que hacer el público (el que aguantó toda la hora y no se fue antes de tiempo). Nhur ofrece su coreografía mínima, canta (bien), recita (mal), usa su cuerpo torpemente y habla en varios idiomas sin traducción (francés, inglés, portugués…) en un intento fallido de discutir la construcción cultural y religiosa de la mujer. Las referencias inexplicables a Emma Bovary y Lady Macbeth fueron un misterio absoluto, como toda la supuesta “performance”. ¿Alguien ve las obras antes? ¿Existe curaduría? ¿Era el Municipal el escenario ideal para ese esperpento?

Las preguntas continuaron en el teatro Nuna de la zona Sur. Ella, de la argentina Comedia Cordobesa, es una reflexión sobre la violencia machista contra la mujer, desde las (nuevas) masculinidades. Dos hombres —al desnudo físico y moral— charlan, lloran, discuten y se pelean por la misma mujer (ausente/presente) en un sauna, con el calor asfixiante en toda la sala como un personaje más. ¿Debemos pensarnos los hombres como monstruos capaces de matar a la mujer que tenemos a nuestro lado? ¿Debemos deconstruir nuestra masculinidad? ¿Hay que recordar que somos el bando opresor?

Son las cuestiones que plantea el texto de Susana Torres Molina, bajo la dirección de Gonzalo Tolosa. Los actores Adrián Azaceta y Beto Bernuéz ponen el cuerpo a las balas, sacan sus trapitos al sol y mienten con la verdad para saber dónde te puede llevar el deseo, la adicción animal, los celos, el terror a la soledad, las relaciones tóxicas, los golpes, los miedos. Ella (la gran protagonista), independiente, sexual y poderosa, los habita; sin ella, la vida no la quieren. ¿Por qué la(s) asesinamos entonces? Ella no tiene la respuesta, tiene algo mejor: da que pensar, repensar(te).

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