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‘Anomalía’: ni siquiera eso

La película del boliviano Sergio Vargas Paz se estrena esta semana en las salas del país.

/ 9 de octubre de 2019 / 00:00

Introducción: el mercado del cine está cambiando a pasos agigantados. La televisión por cable y especialmente las distintas plataformas de streaming llegaron para quedarse. Hollywood hace ahora películas altamente comerciales, accesibles y rentables, es decir hace sagas, remakes, secuelas, franquicias, infantiles, terror… Netflix, Amazon y el resto del streaming arriesgan más y se la juegan por el cine de autor y el cine independiente. Dejaron de convivir en las salas oscuras estos dos tipos de cine.Nos botaron a punta de pipocazos. Porca miseria.

La creación de contenidos para mercados globales marca hoy la agenda. El capitalismo neoliberal apostó por la deslocalización y el cine no quedó al margen. Sale más barato (la reducción de costos y la maximización de las ganancias está en el centro de todo) rodar una película en Sudamérica —con parámetros técnicos de calidad— que en cualquier otro lugar. Como también pasó en la literatura y el desembarco de los grandes sellos editoriales, el denominador común es la estandarización, los acentos neutros, las historias “globales”, los contenidos y géneros que no molestan, no se atreven.

En el camino, perdemos sabor local, autenticidad, perdemos diversidad. Nada de eso importa: el público nacional es una pata insignificante de la mesa. La gran torta prioriza las ventas internacionales. Una película ya no recupera ni el 10% en la taquilla local. Obtiene su devolución a nivel global cuando se vende a una aerolínea, a un cable, a una plataforma de streaming con millones de clientes en medio mundo. La coproducción es el modelo señalado de estos proveedores de servicio de contenido.

Nudo: Anomalía marca un antes y un después en el cine boliviano. Llega fuera del modo tradicional de producción de cine en Bolivia: de la mano de un canal de televisión (PAT). Es una buena noticia que las televisoras —que ganan mucho y ofrecen poco— apuesten por el cine. No es tan buena noticia que hagan telefilmes para estrenar en sala oscura. Anomalía es también la primera apuesta por insertarse dentro de esta “nueva” industria global. Por eso, el productor es más importante que el director (el paceño Sergio Vargas Paz, licenciado en marketing y comercio exterior, dato no menor, y con estudios de cine en Colombia). El productor de Anomalía es el colombiano Felipe Morell, que trabaja en el sector audiovisual de la creación de contenidos para mercados globales.

Anomalía ha sido rodada en Cochabamba con un elenco de argentinas (Beatriz Spelzini y Flor Antonucci), colombianos (Julián Trujillo y Juan Pablo Barragán), españolas (Mercedes Salazar y Patricia García) y una tropa boliviana (Ricardo Gumucio, Elisabeth Salazar, Paola Salinas y Camila Rocha). Y en el filme, el “sueño” de muchos se ha cumplido: en Cochabamba no hay “qochalas”. La “historia” es un cruce  de géneros: un poco de ciencia ficción, unas gotas de drama y una pincelada de romance. Para temblar por partida triple. ¿Es la coproducción Anomalía una película del cine boliviano? No, ni siquiera eso.

Desenlace: para vender Anomalía en el mercado local antes de exportar, estos visionarios modernos han apelado al viejo y desgastado truco de lo nacional, luego de hacer una exhaustiva investigación de mercado. “Tienes que ver Anomalía porque es nuestra. Hay que consumir cine nacional, no importa si es bueno o malo, nadie nace siendo bueno, aprendamos en el camino y construyamos entre todos”, ha dicho el director Vargas Paz.

Para vendernos, la película comete otro error de principiante: se presenta como “la primera película futurista”. No, ni siquiera eso. Parece que alguien no vio El triángulo del lago de Mauricio Calderón, reivindicada en el último Festival de Cine Radical como película esotérica. El estribillo de “la primera” ya cansa y espanta. Lo escuchamos antes: la primera película boliviana gore, la primera película potosina, la primera de terror, la primera comedia erótica y un largo etc.

Post-scriptum: la “historia” que cuenta “Anomalía” también la hemos visto antes: cero riesgo. La manipulación de los recuerdos (la posibilidad científica de borrarlos y crearlos) puede dar mucho juego dramático y narrativo. Puede. Me acuerdo (entre otras) de Inception de Nolan o Eterno resplandor de una mente sin recuerdos con Jim Carrey o la de Amenábar con posterior versión gringa (Vanilla sky). El homenaje a Star Wars con la princesa Leia da risa y vergüenza ajena. Como ese “tributo” hay unos cuantos más, a cada cual más zafio. La sutileza no es el fuerte de un director impecable en lo técnico, como la película. A estas alturas, esto no alcanza. ¿Dónde está el guion y la dirección de actores?

Anomalía, el telefilme que apuesta por el mercado global, carece de identidad (su mayor pecado al apostar por un no lugar) y no logra transmitir emoción (ni conflicto) alguno. Es fría (como los colores con los que imagina el futuro), plana (aburre de principio a fin), estereotipada (el “científico” tiene pinta y cara de loco), no sabe cerrar, es desprolija en el ecléctico elenco (hay algunas actrices que recitan el guion telenovelero) y apenas alcanza para ser un cortometraje. La respuesta tímida en la premiere (aplaudimos por hábito y costumbre) es una señal. El otro ruido fueron los ronquidos del amigo que estaba en la última fila, a mi lado. No todo el mundo sufre con Anomalía. Dice el director que si te gusta la recomiendes a los amigos y si no te gusta a tus enemigos. No, ni siquiera eso. Tu enemigo favorito no merece una siesta plácida, roncando a raudales.

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Memoria de un derrumbe

Darío Torres dirige ‘La última horquilla’, la nueva obra de la compañía de Sucre Teatro La Cueva.

/ 16 de octubre de 2019 / 00:00

Mi casa se cae. Mi padre parte y se va. Mi perro, mi “Flaco”, ha muerto. La madre está enferma. El cerro sigue cayendo. Es La Paz del cielo. Cicí es una niña con la última horquilla en su pelo alborotado. Cicí está, como siempre, en las nubes. Espera y (des)espera junto a su amiga. Lelé solo llega cuando la recuerdan. Lelé no es una palabra, es un recuerdo. Primer recuerdo: Cicí tiene cinco añitos cuando adoptan al “Flaco”. Por aquel entonces, la abuelita todavía está viva. Segundo recuerdo: es verano caluroso y Cicí se va de viaje con su novio, hacen dedo y el viejo camionero abusará de ella.

A veces, los recuerdos no se quieren ir. Tercer recuerdo: unas cosquillas, un plato, un sabor, un olor, una canción, una foto pueden tener el poder mágico de transportarte al pasado. ¿Puedes vivir con un recuerdo y no darte cuenta? ¿Dónde viven los recuerdos? ¿Qué hace un recuerdo cuando no lo están recordando? Cuarto: Lelé es un recuerdo de Cicí, ambas chicas se ustean y van al teatro. Ahora son espectadoras de “Godot”.

No se cuenta una historia, no se dice la verdad, solo se espera. Ellas también esperan algo, ellas también recuerdan, luego existen. Cinco: Cicí y Lelé bailan, juegan entre las nubes, se ríen y se olvidan de todo, planean y no terminan de caer (en cuenta). ¿Por qué las personas que caen no aprenden a volar? ¿Cómo mueren los recuerdos? Sexto: Cicí vuelve a la infancia feliz, está en un columpio, en un parque infantil del barrio que luego se derrumbará. La madre no está enferma todavía, la madre empuja el columpio hasta las nubes, donde ahora vive Cicí. ¿Tienen precio los recuerdos?

La última horquilla de Darío Torres Urquidi, uno de los mejores exponentes del emergente teatro boliviano, se estrenó en La Paz el pasado viernes 4 y sábado 5 de octubre. Fue en el teatro Doña Albina del Espacio Patiño en mi barrio, Sopocachi, muy cerca del último deslizamiento en San Jorge-Kantutani. Por fin, tenemos en la ciudad un señor teatro, cómodo, coqueto, funcional, sin olor a pizza ni ruido de botellas y vasos de cristal con vino. Por fin, nuestras espaldas maltratadas no sufren, por fin no hacemos malabarismos.

La última horquilla del Teatro La Cueva llega con un gran texto y eso es mucho decir para la dramaturgia nacional, tan (mal)acostumbrada a refugiarse en buenos textos foráneos. La memoria oculta, la búsqueda de la verdad y la fragilidad flotan a lo largo de la obra, sobrevolando las tragedias repetidas de los derrumbes en las laderas paceñas. En 2004, el Teatro de los Andes (todavía bajo la dirección de César Brie) montó En un sol amarillo sobre el terremoto de Aiquile en 1998 (en aquella  Bolivia tan lejana, bajo la presidencia de Banzer). Brie venía a decirnos que los temblores duraban unos segundos y los sismos y sus réplicas de muerte, burla y corrupción, años, demasiados años. Torres retoma con maneras e historias propias ese gran legado (que tanta mala copia ha dejado) para hacer también memoria, memoria de otra tragedia, recuerdo de un deslizamiento en una ciudad donde las casas viven en permanente equilibrio. La Paz es un gran castillo de naipes. ¿Quién dijo maravilla?

Cicí y Lelé buscan entre los escombros. Y encuentran una cuchara, un unicornio de peluche, una zapatilla de andar por casa. Las nubes también son escombros. Siguen buscando y se topan con bolsas de leche y con la cabeza de una señora muerta. Hoy, Cicí no quiere recordar más. ¿Robar recuerdos, cambiarlos, es igual que mentir? Tal vez, Lelé sea un recuerdo falso. Tal vez, el papá Alejandro no haya abandonado a la familia. Tal vez, el “Flaco” haya escapado del derrumbe y siga vivo recorriendo la ciudad como un perro negro y callejero. Tal vez, Cicí ha estado esperando a la verdad que siempre duele. Tal vez, ya —sin la última horquilla, sin recuerdos y sin aquella inocencia— no crea más en ella. La verdad, que siempre sale a tomar el sol, se jodió para siempre.

La última horquilla llega con la actuación de una gran pareja de actrices: Cicí es Cintia Elena Cortez y Lelé es Alejandra Quiroz. Entre ambas hay un trabajo y una química brutal.  Ambas se baten en gran duelo actoral: a ratos con ternura y dulzura, a ratos con juegos e inocencia, a ratos con durezas y emociones que atraviesan la cuarta pared para contagiar, para hacer reir, para hacer pensar, sufrir y sentir. La escenografía es de Gonzalo Callejas, el capo de la puesta en escena del Teatro de los Andes. Bastan unas nubes, bastan unas imágenes que se quedan en la memoria para lograr el objetivo. El resto lo hace una banda sonora a cargo de Quimbando (Chelo Arias, Mauricio Canedo y Arpad Debreczeni) junto a la producción musical de José Carlos Auza, un especialista en crear ambientes sonoros que dan siempre la chance de viajar, esta vez más allá de las nubes. El teatro político no es ya grandielocuencia panfletaria, ni pretenciosidad didáctica, ahora viene en pequeñas cápsulas de memoria con minúsculas historias intimistas que saben llegar al corazón y a la cabeza. A veces es mejor no conocer el final, a veces los recuerdos no se quieren ir. La última horquilla es la sorpresa teatral del año.

* La próxima presentación de ‘La última horquilla’ será el miércoles 23 de octubre en la inauguración de La Sombrerería en Sucre. Esta obra ha sido beneficiada por el PIU (Programa de Intervenciones Urbanas), dependiente del Ministerio de Planificación del Desarrollo, y el Fondo Concursable Municipal de Promoción al Desarrollo, Salvaguarda y Difusión de las Culturas y las Artes (Focuart).

FICHA TÉCNICA Y REPARTO

Obra: La Última Horquilla

Escrita y dirigida: Darío Torres Urquidi

Reparto: Alejandra Quiroz y Cintia Cortez

Música: Quimbando (Marcelo Arias, Mauricio Canedo, Arpad Debreczeni)

Producción musical: José Carlos Auza

Escenografía: Gonzalo Callejas

Fotografía: Vassil Anastasov

Diseño de luces: Miguelangel Estellanos

Diseño Gráfico: Daniela Peterito Salas

Diseño de Vestuario: Nayana Paton

Colaboración: Kike Gorena

Diseño gráfico para redes: Daniel Moreno

Producción: Teatro La Cueva

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