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Agota Kristof: Cuando la literatura nos salva la vida

Una revisión de la obra de la escritora húngara (1935-2011), autora de ‘El gran cuaderno’ y ‘La analfabeta’.

Agota Kristof Foto: staticflickr.com

/ 16 de octubre de 2019 / 00:00

Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa. Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar”.

Así define Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 1935 – Neuchâtel, Suiza, 2011) su pasión precoz por la lectura en las primeras líneas de la novela autobiográfica La analfabeta (2006, Ediciones Obelisco, traducción de Juli Peradejordi). La escritora húngara se consagró como una de las mejores novelistas de la literatura occidental con la publicación de su primer libro en francés El gran cuaderno en 1986 —Premio Libro Europeo 1987—, cuando tenía 51 años. Le siguieron La mentira (1987) y La tercera prueba (1991). Esta exitosa trilogía se ha compilado y reeditado recientemente en español como Claus y Lucas (2019, Ediciones del Asteroide, traducción de Ana Herrera y Roser Berdagué). También en español se publicó la novela breve Ayer (2009, El Aleph Ediciones, traducción de Ana Herrera).

Agota Kristof vivió una vida marcada por experiencias muy intensas y traumáticas: guerra, totalitarismo y exilio. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, y con el fracaso de la revolución húngara contra la ocupación soviética en 1956, más de 200.000 personas se vieron obligadas a huir del país, entre ellas la escritora. Con solo 21 años decidió abandonar Hungría y se fue caminando con su marido y cargando a su bebé de cuatro meses en brazos. Llegó a Suiza, donde se exiliaría en un pueblo pequeño llamado Neuchâtel.

No regresó a su país natal y en su condición de refugiada se cuestionó el sentido de pertenencia a su país: “Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero, sobre todo, ese día, ese día a finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo”. Asimismo, y como ella narra en La analfabeta, tampoco le gustaba ni se integró en la sociedad suiza. Tanto es así que dedica todo un capítulo titulado El desierto para describir el desierto social y cultural en Neuchâtel: “Esperábamos algo al llegar aquí. No sabíamos qué esperábamos, pero ciertamente no era esto: jornadas tristes de trabajo, veladas silenciadas, esta vida solidificada, sin cambios, sin sorpresas, sin esperanza”. Aunque no se adaptó a Suiza, Kristof llegó a aprender con mucho esfuerzo la lengua francesa con la ayuda de su hija, y tras 30 años viviendo allí, adquirió la seguridad suficiente para publicar su primer libro en dicha lengua.

En Suiza, Agota Kristof vivía en silencio una vida anodina y monótona. Durante su estancia en el país trabajaba en una fábrica de relojes en Neuchâtel. “Para escribir poemas, la fábrica está muy bien. El trabajo es monótono, se puede pensar en otras cosas y las máquinas tienen un ritmo regular que ayuda a contar los versos. En mi cajón, tengo una hoja de papel y lápiz. Cuando el poema toma forma, lo anoto. Por la noche, lo paso a limpio en una libreta”.

A pesar del éxito rotundo que alcanzó con El gran cuaderno y de ser candidata al Premio Nobel en varias ocasiones, Agota Kristof no se consideraba escritora. De hecho, la autora fue seguramente una de las personas con menos ego literario. Para ella el proceso literario era un acto orgánico e indispensable para sobrevivir. Vertiendo tramas y personajes muy parecidos a su realidad, la escritora hacía catarsis del sufrimiento padecido en su vida. Los temas de sus obras nacen del pesimismo y del nihilismo de la época: la pérdida de identidad, la crueldad y violencia por la supervivencia, el punto de vista de la guerra desde la óptica infantil, la pobreza de la posguerra, el hambre, etc. Todo ello lo vuelca en el papel con una prosa escueta y un vocabulario austero que desemboca en el relato de lo más esencial.

Además de dejarnos el testimonio de otra de las muchas vidas truncadas a causa de la guerra, Agota Kristof nos regala uno de los legados más preciados que podemos obtener gracias a la literatura: que pueda salvarnos la vida.

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Ngũgĩ wa Thiong’o, férrea defensa de las culturas

Escritor y activista africano, promueve la descolonización y halla en las lenguas un vehículo para la liberación.

Ngũgĩ wa Thiong’o, escritor y activista africano. Foto: wikipedia.org

/ 11 de septiembre de 2019 / 00:00

Ngũgĩ wa Thiong’o (Kamirithu, Kenia, 1938) es uno de los intelectuales de origen africano más reconocidos internacionalmente. Escritor, activista y profesor de inglés y literatura comparada en la Universidad de Irvine, California. Lleva casi cuarenta años exiliado de África: en Inglaterra desde 1982 a 1989 y en Estados Unidos desde 1989 hasta la actualidad. Se vio obligado a dejar su tierra natal tras ser perseguido por sus ideas demócratas y apoyo a los derechos humanos en Kenia, así como por su enfrentamiento contra la corrupción de los gobiernos del este de África. Se le considera representante del realismo mágico africano y también eterno candidato al Premio Nobel. Ngũgĩ dedica, a los 81 años de edad, toda su energía y experiencia a extender su pensamiento y visión en los cuales analiza de forma impecable el colonialismo e imperialismo, así como las lacras de los Estados poscoloniales, ligados al capitalismo globalizado y neocolonialista. Asimismo, se esfuerza por sensibilizar sobre los derechos lingüísticos universales, la necesidad de producción literaria en lenguas africanas y las repercusiones del uso de las lenguas coloniales en el proceso de colonización cultural y vital. Todo ello desde un espíritu constructivista y esperanzador en búsqueda del equilibrio, criticando y destruyendo a su vez cualquier ápice en el intento de construcción de jerarquías.

De las obras de Ngũgĩ, la editorial Rayo Verde ha publicado Sueños en tiempos de guerra – memorias de infancia (2016), Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales (2017) y La revolución vertical (2019), esta última traducida del kikuyu (la lengua materna de Ngũgĩ) a más de 80 lenguas del mundo. Además, editorial DeBolsillo ha publicado sus obras: Descolonizar la mente y El brujo del cuervo en 2015; El diablo en la cruz, Un grano de trigo y Reforzar los cimientos, durante 2017.

Según el autor, para que todos aquellos pueblos que han sido oprimidos bajo el yugo del colonizador se liberen, se debe “desplazar el centro” (título de una de sus obras capitales). Es necesario que dicho desplazamiento ocurra en dos direcciones; la primera, entre naciones: desde la supuesta posición privilegiada como centro del universo que Europa y Occidente han definido para sí mismos hacia las múltiples esferas en todas las culturas del mundo. Estas reflexiones que nos transmite Ngũgĩ sobre el colonialismo europeo del siglo XX y del poscolonialismo son absolutamente replicables a neocolonialismos de nueva cuña que se desarrollan y reproducen en otras latitudes, como pueden ser China y la Nueva Ruta de la Seda o el neocolonialismo norteamericano. La segunda dirección se ubica dentro de las naciones. En el seno de todas ellas, el centro está localizado en la clase dominante: las minorías masculinas burguesas eurocentristas. Solo si se llega a desplazar el centro en ambos sentidos se podrá contribuir a la liberación de las culturas mundiales de las paredes restrictivas del nacionalismo, religión, raza, clase y género.

Según afirma Ngũgĩ: “Todos podemos llegar a las estrellas, pero para conseguirlo no necesitamos hacer escala en Europa”.

Por otra parte, el escritor pone especial atención a la preservación y uso de las lenguas mal llamadas minoritarias o marginales. Esas lenguas que cobijan a las culturas y que sobreviven bajo la opresión constante de otras lenguas dominantes. Con cada lengua que se pierde, se pierde además una cantidad de conocimiento humano del que ni llegamos a ser conscientes, y del cual depende la supervivencia de culturas enteras. Lo afirma con esta analogía: “El plurilingüismo es el oxígeno para la cultura mientras que el monolingüismo la mata; es su monóxido de carbono”.  

Para Ngũgĩ hay dos tipos de lenguas: las que marginan y las marginadas. Debemos defender y utilizar las lenguas marginadas. La premisa del escritor lleva implícita la voluntad de universalizar las lenguas marginadas, de hacerlas llegar a todo el mundo y de recuperar el espacio y el poder perdidos. “No hay ninguna lengua más capaz que otra de producir la universalidad propia de la literatura”. Por ello, y desde su experiencia en su tierra, alienta a escritores e intelectuales africanos a volver a escribir al zulú, al suajili, al lingala, etc.

Defiende su lengua materna; el kikuyu, en la que escribe todas sus obras desde 1977, cuando estrenó su pieza de teatro Ngaahika ndeenda (me casaré cuando quiera), por la que fue encarcelado durante un año en un penal de máxima seguridad.

Ngũgĩ wa Thiong'o: valiente, directo y conciliador. Nos aporta aires nuevos para empoderarnos, luchar para reconocer y preservar nuestras lenguas como tesoros y, por ende, nuestras culturas. Darles el lugar que se merecen y disipar la efervescencia y los brotes nacionalistas xenófobos y racistas que se extienden a nivel mundial en la actualidad.

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