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Michela Pentimalli: El valor de la memoria

Gestora, pedagoga e historiadora, la directora del Espacio Simón I. Patiño dejará el centro tras 19 años de trabajo.

Gestora. Michela Pentimalli nació en Asti, Italia. Estudió en la Universidad de Padua. Foto: Pedro Laguna

/ 18 de diciembre de 2019 / 00:00

Si Michaela Pentimalli creyera en el destino, diría que éste fraguó a su favor. La gestora cultural, historiadora, curadora y educadora italiana llegó al país hace 40 años, tras casarse con un boliviano. Hace 19 años, cuando vivía en Cochabamba, donde daba clases en la Universidad Católica Boliviana, se cerró la Carrera de Ciencias de la Educación y se quedó sin trabajo. Una amiga le comentó que había salido una convocatoria en el periódico, pero no lo halló. Otra le contó que había llegado la delegada de la Fundación Simón I. Patiño —institución creada en 1931 por el industrial boliviano para contribuir al progreso moral e intelectual de las nuevas generaciones, y que hoy tiene sedes en La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Ginebra (Suiza)— y que podía presentar su currículum.

“El director de Ginebra conocía mi trabajo, vio una exposición que yo había curado, me concedieron una entrevista y me tomaron para dirigir el Espacio Patiño de La Paz. Fue una serie de coincidencias”, recuerda con una sonrisa. Casi dos décadas después, en enero de 2020, dejará este centro cultural y retornará a Italia.La Paz la recibió con sus montañas, su clima y sus sabores —ama el chairo, la fritanga y el anticucho—. Los desafíos eran grandes, e incluían despedir a la secretaria y a un auxiliar. “Fue terrible para mí. Me quedé con la asistencia de María Tapia y un auxiliar.

Poco a poco fuimos creciendo: se abrió el Centro de Documentación en Artes y Literaturas Latinoamericanas (CEDOAL), con los años, el Centro del Cómic y la Animación (CCA), el Centro de Acción Pedagógica (CAP) y crecimos tanto que no entrábamos en la sede del edificio Guayaquil. Entonces presenté el proyecto de la construcción de un nuevo edificio y la fundación entendió la necesidad de tener en La Paz un centro cultural de envergadura”, relata mientras recorre un pasillo del centro inaugurado en noviembre de 2018— donde se luce un retrato del arquitecto Juan Carlos Calderón, quien proyectó la estructura y falleció antes de ver concluida la obra.

El principio fue difícil, pues además de desempeñarse en su área de confort, debía administrar la institución. Pero las dificultades empezaron a disiparse cuando pudo cumplir varios sueños: “Conocer en persona a literatos, músicos, artistas a los que admiraba: César Brie, El Papirri, Maritza Wilde… Poder concertar actividades con ellos ha sido maravilloso, tuvimos experiencias humanas únicas”.

Es al legado de los artistas y pedagogos que el Espacio Simón I. Patiño le dio un merecido lugar preferencial. “Mi primera formación es de profesora y la segunda de historiadora, así que venía natural la inquietud por preservar la memoria y hacer estos homenajes en vida”. La idea de preservar la memoria no solo quedó en un archivo, sino en un esfuerzo para promover la investigación en las diferentes áreas culturales y educativas.

“Empezamos con la biblioteca. Con los años hemos recibido donaciones maravillosas, como los tomos de poesía de Rubén Vargas y hemos ampliado con el centro de información con música boliviana y una colección de vinilos”. Se resguardan también libros donados por Pedro Querejazu, Alfredo La Placa y otros. Nuevos públicos también llegaron. Comenzaron con 12 actividades al año y crecieron hasta marcar agenda semanal propia. Niños, jóvenes y público del área periurbana de La Paz y El Alto frecuentan el edificio ubicado en la Av. Ecuador, además de investigadores especializados.

¿Y por qué se va? “He llegado a un momento en que quiero volver a Italia, donde tengo dos hijas y una nieta. No todo es trabajar. Eso sí, dejo parte de mi corazón: un hijo y dos nietos. Aquí me he sentido plenamente realizada como profesional, he podido cumplir sueños, no podría pedir más”.

Ya empezaron las despedidas. “Extrañaré pasear por Sopocachi, por el Montículo, viajar en teleférico. Cuando llegué hubo un choque de culturas, pero logré adaptarme”. Piensa un momento y agrega: “Lo que me golpeó mucho fue la discriminación y tengo que decir, con mucho dolor, que ahora que me estoy yendo, después de lo que ha pasado con el país, que sigue habiendo racismo y discriminación. Espero que en algún momento, con la educación, se logre superar esto”.

Michela deja Bolivia, pero eventualmente volverá. Su amor por esta tierra es tan grande que ya teje nuevos proyectos para desarrollar en el país.

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La Tere, infinita

María Teresa Dal Pero nació en Ferrara, Italia, pero sentó raíz en Bolivia. Si bien dejó el mundo terrenal el 2 de marzo, su legado de arte no tiene fin

María Teresa Dal Pero

Por Miguel Vargas

/ 10 de marzo de 2021 / 17:23

Pollito fue un último personaje de María Teresa Dal Pero que impactó en los escenarios de La Paz. Lo vio morir inocente un público totalmente consternado en Rebelión en la granja, una versión de la compañía Octáfono, dirigida por Wara Cajías, basada en la célebre obra de George Orwell. Pollito, Pollito… el sobrenombre se quedó en el imaginario y mucha gente la llamaba así. Pero para quienes más la conocían y amaban era simplemente La Tere. Así como a Pollito, puede que la muerte física le haya llegado a La Tere el 2 de marzo en su natal Italia, pero en Bolivia, como siempre, su sonrisa pervive en los corazones.

Cumplió los 55 años de edad, y a pesar de que estuvo aquejada por el cáncer, no dejó de trabajar nunca: escribió tres obras más antes de partir. Nacida en Ferrara en 1966, estudió teatro en Bolognia. Llegó a Bolivia en 1992 para crear: formó parte del Teatro de Los Andes y de ahí asumió distintos proyectos. Trabajó con Diego Aramburo, Eduardo Calla, Wara Cajías y Percy Jiménez, entre otros, siempre con personajes inolvidables. Teresa podía ser un niño mágico en Momo o la diosa Hera en La Ilíada, podía ser una madre asesina en La Escala Humana o servir de espejo de su amiga Soledad Ardaya, en Bonitas.

Con compañeros de tablas, y bajo la batuta de Christian Mercado, formó parte de Reverso, un proyecto de rock teatral en el que su voz estallaba en escena, para beneplácito del público. También integró el grupo vocal Vozabierta junto a Piti Campos, Julia Peredo, Sibah y Mariana Requena. Escucharla siempre fue un privilegio. Generosa, compartía sus saberes con todos. El proyecto Wayruru, ganador de varios premios, fue una iniciativa de Shirley Torres, Yumi Tapia Higa y Dal Pero, en que a través de la danza contemporánea llegaron a capacitar a jóvenes de escasos recursos que estaban dispuestos a expresar su cotidianidad con arte.

El teatro era la vida de La Tere. En bambalinas de Shakespeare de Charcas, de Percy Jiménez, ella y Patricia García actuaban y reían en su propia obra, imaginaria, personal, mientras esperaban su turno. Es que la vida era el mejor escenario. Pero lo que todos recuerdan —como se puede leer en estas páginas— es que su corazón se expresaba con una sonrisa.

La gráfica

Foto: ANUAR ELÍAS, TEATRO DE LOS ANDES, VOZABIERTA

DESPEDIDA. De forma simultánea se armaron altares en Yotala (Sucre) y la Casa Mágica (La Paz) para un hasta luego a la amada compañera

POLIFACÉTICA. María Teresa Dal Pero se dedicó al arte: el teatro, la danza y el canto fueron parte de su vida. En este último apartado integró Reverso y Vozabierta

Foto: ANUAR ELÍAS, TEATRO DE LOS ANDES, VOZABIERTA

Foto: Archivo

María Teresa Dal Pero (La Tere)

Texto: Alice Guimaraes, Teatro de Los Andes

Llegué por primera vez al Teatro de Los Andes en 1997 para participar en un taller de 15 días. En esas épocas todavía no nos comunicábamos por mail, lo hacíamos por teléfono o fax. Cuando llamé solicitando participar del seminario me contestó una “María Teresa” y con ella fue el primer contacto con el grupo. Cuando llegué a la sede del Teatro en Yotala, también me recibió María Teresa, una chica rubiecita, menudita, simpática y sonriente. Pronto nos dimos cuenta de que, por esas coincidencias del mundo del teatro, teníamos amigos y, de un cierto modo, experiencias en común.

María Fernanda Coelho, una amiga brasilera y María Teresa Dal Pero fueron compañeras en uno de los seminarios de Iben Nagel Rasmussen en el Odin Teatret. En la época, Fernanda me comentó que era la primera vez que hacía el seminario, la mayoría de los otros actores ya lo habían hecho varias veces, era un grupo un poco cerrado y ella se sentía un poco incómoda. Por suerte hacía parte del grupo el brasilero Carlos Simioni (también mi amigo) y una tal María Teresa, italiana, muy simpática, divertida, amable y con quien Fernanda se ha sentido a gusto y, de una cierta forma, le ha “salvado la vida” en ese seminario. Bueno, aquí estaba la tal María Teresa. Yo participé en un seminario de Iben en Brasil, así que también teníamos una experiencia teatral en común.

Luego, en 1998, vine definitivamente a Bolivia, al Teatro de Los Andes. Y Teresa fue maestra, compañera, amiga. Era una actriz excepcional porque, más allá de su técnica o maestría en el oficio, tenía una estrella adentro, algo inefable, la capacidad de hacer más grande que ella misma el trabajo artístico que realizaba. El teatro y la música hacían parte de ella, de manera verdadera. Siempre ha buscado, experimentado y arriesgado en su vida artística, una vida con coherencia ética, con principios y calidad humana.

Con ella viví años intensos de aprendizaje, de hacer teatro en el sentido más profundo e intenso que se pueda concebir. La Ilíada fue una obra que marcó mi historia artística en un antes y después. Una obra única, en un momento particular del grupo y con un compromiso personal de cada uno de los que hicimos parte del Teatro de Los Andes en ese momento. La presencia de Teresa no se limitaba a su actuación en la obra, era también una guía, una investigadora e instigadora del trabajo excepcional que se ha realizado. Así que agradezco profundamente poder haber compartido, aprendido y disfrutado de su presencia. El Teatro de Los Andes está hecho de las huellas que dejaron todos que por aquí pasaron y las huellas que dejó Teresa son profundas y están como nunca presentes en lo que hoy en día somos.

Dejó oficialmente el Teatro de Los Andes en 2007, sin embargo ha estado siempre muy cercana a nosotros personal y artísticamente. En diciembre de 2010 y enero de 2011 fue con nosotros de gira a la India. Participamos de un montaje dirigido por el maestro Elías Cohen en un Festival en Kerala, luego compartimos una “gira turística” por el Rajasthan. Dormimos bajo las estrellas en el desierto de Thar luego de dos horas arriba de un camello. Experiencias artísticas y humanas compartidas, vivencias increíbles e irrepetibles, recuerdos eternos.

Comparto un pequeño poema que le ha dedicado Dario Torres, sencillo como La Tere, pero creo que la traduce en pocas palabras:

Un sol que baila en escena, agua dulce que brilla en los ojos

Mi pecho es caja de resonancia, de su voz que endulza los tiempos

A La Tere, una risa estridente, y toda la ternura para una mujer que baila en una cueva del lobo y que me regaló mis primeros ojos redondos al descubrir la escena, y que ahora son ojos que ríen, bailan, siempre agradecidos, por esa magia que invitaba a bailar con ella.

Mientras habitamos tu ausencia

Texto: soledad Ardaya y Vozabierta: Piti Campos, Sibah, Julia Peredo y Mariana Requena

— La capacidad de encontrar la disonancia en la cotidianidad y hacer de eso la mejor excusa para la risa plena.

— La escucha entregada al más mínimo relato. — La profunda honestidad de una voz de arrullo y de tormenta. — La obstinación, el empeño, la garra: la libertad.

— Un cuerpo que traza el espacio para narrarse visceralmente.

— Fiel a la idea de la actriz como traductora de su tiempo.

— Maestra desde el hacer juntos, el respeto y la contemplación.

— Pintora de sus días con los colores que resonaban en su alma.

— Respetuosa del tiempo del otro y de su propio tiempo.

— Entregada al asombro.

— Rockera de tutú.

— Provocadora de otras miradas para trascender lo obvio.

— Creadora de personajes entrañables que desnudaban nuestra humanidad.

— Generadora de un lenguaje propio que trascendía las fronteras.

— Buscadora de una espiritualidad honesta ajena a toda solemnidad.

— Amante de una tierra a la que abrazó.

—  Eso y lo inefable eres tú.

— Despiertas Teresa como todos los días, Juan, tu perro rojizo al lado tuyo, listo para correr contigo por las rieles de un tren abandonado. Corres para empaparte del viento, del sol y la mañana. Corres con tu cuerpo vivo, tu cuerpo que luego se convertirá en otros cuerpos. Respiras profundamente el aire ligero.

— Las mañanas las dedicas a poner el cuerpo, la voz para germinar la próxima creación con la que nos tocarás los sentidos.

— Los atardeceres te arropas para serenarte con algún libro que te cuente otra historia, que te dispare el pensamiento, un libro que suceda en ti.

— En las noches cantas con una voz de otros tiempos, con un cuerpo que baila para seguir despertando, amando, jugando. Te acuestas con ceremonia íntima sabiéndote lista para empezar el nuevo día con otras búsquedas y otras entregas.

—Un personaje tuyo nos dice al oído: “No siempre recibimos lo que queremos, pero podemos estar seguros de decidir lo que necesitamos”.

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Gil Imaná: El maestro visionario que entregó su arte al país

El 28 de enero murió el artista nacido en Sucre. Antes de partir al encuentro de su amada Inés Córdova, dejó un legado que resume su visión y su vida

ARTISTA. Alumno de Juan Rimsa, dedicó su vida, junto con su esposa Inés Córdova, al arte. Murió a los 87 años

Por Adrián Paredes y Miguel Vargas

/ 3 de febrero de 2021 / 11:19

Dame unos 10 minutitos”, pide José Bedoya, historiador del arte boliviano del siglo XX. Es media mañana del jueves 28 de enero de 2020. El exdirector del Museo Nacional de Arte (MNA) recién se ha enterado de la muerte de su amigo personal y colega Gil Imaná Garrón, uno de los más grandes pintores de la historia boliviana.

Media hora más tarde se escucha su voz más tranquila y centrada. Hay tantas cosas positivas que decir sobre el pintor nacido en Sucre el 16 de julio de 1933 y reconocido con el Cóndor de los Andes en 2014, que no sabe por dónde empezar.

Todo un niño prodigio, Imaná siempre tuvo la facultad de expresarse a través del dibujo, pero no sería hasta sus 14 años que, al ser reclutado para un taller especial del maestro de pintura lituano Juan Rimsa, comenzaría su carrera como artista.

“Su padre y madre tenían también una sensibilidad extraordinaria y mucha amplitud de mente pues, en ese tiempo, que dos hijos te digan vamos a ser artistas era medio complicado”, comienza Bedoya.

Quizás el momento fuerte todavía no ha pasado. El gestor cultural recuerda en aluvión muchas cosas a la vez y las va contando, pero algo que siempre prima es la certeza de que Gil Imaná era un espíritu abierto, grande y noble.

Así empezó el legendario grupo Anteo del que formó parte junto con Lorgio Vaca y Walter Solón. Todo comenzó en una cama de hospital a la que estaba forzado Solón, en situación muy delicada, tras un accidente aéreo. “Sin prácticamente conocerlo, estos artistas conformaron un grupo que iban a visitarlo y apoyarlo constantemente”, relata Bedoya. Aquel grupo marcó un segundo espacio para la conformación de la personalidad artística de Imaná: la posibilidad del mural y su íntima relación con las clases trabajadoras.

Poco después llegaría el tercer espacio de desarrollo artístico de Imaná, un detalle trascendental: el amor por Inés Córdova, con quien conformó una pareja entregada al arte. Ella trabajaba en cerámica, él aprendió a expresar su pintura en ese material. “Inés Córdova es un nombre inseparable de Gil Imaná. Seguramente Dios y su Inés lo estaban esperando con los brazos abiertos”, agrega Bedoya.

El entrevistado guarda un breve silencio y luego suelta lo que había pensado: Imaná estaba delicado desde hace rato. “Había prácticamente perdido la vista, pero, aun así, con esa limitación, él siguió dibujando e hizo un par de exposiciones de dibujos prácticamente de memoria”.

La familia lo cuidó hasta los últimos momentos de la madrugada, cuando murió de causas naturales a sus 87 años.

Un regalo para Bolivia

Una primera llamada es rechazada. Con mucha amabilidad, el músico Cergio Prudencio, viceministro de Interculturalidad del Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización, informa en un mensaje que en ese momento está en una reunión. Pero cuando se entera del motivo de la llamada pide también unos minutos hasta poder estar disponible.

“Me siento muy orgulloso de poder decir que durante mi presidencia en la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB) se consolidó a plenitud la donación de don Gil Imaná que, por voluntad plena, fue realizada en favor de la fundación. Incluyendo cerca de 7.000 bienes culturales y un inmueble ubicado en la calle Aspiazu, esquina 20 de Octubre, con el fin de hacer allá el museo ImanáCórdova”, declara con formalidad.

Minutos antes, José Bedoya había dicho que aquella donación fue, para Imaná, el acto final de amor a la patria y a sus ideales. La colección, que incluye obras propias y ajenas que fue adquiriendo con los años, fue parte vital de su investigación para generar su estética característica.

Prudencio, por su parte, habla de todo el movimiento que trajo esa colección. Entre gestiones y papeleos, el viceministro llegó a conocer muy bien a un Imaná que, pese a ya estar prácticamente ciego, todavía conservaba una memoria prodigiosa.

Bedoya también rememoró lo útil que fue esa cualidad durante la época de la donación: él nada más tenía que describirle a Imaná unos cuantos detalles de las pinturas para que, a falta de vista, él las pudiese recordar con exactitud.

Esta donación implicó un desprendimiento y una visión muy importante, destaca Prudencio. “Él estaba muy consciente de que, ante semejante magnitud de obra, lo que correspondía era que el Estado se encargue de gestionarla, administrarla y difundirla. Lo hizo en un momento en que la gestión gozaba de muy buena estructura y posibilidad de atender la donación. No fue fácil, aun habiendo la voluntad de don Gil y la disposición clara de transferirle a la fundación, había temas jurídicos pendientes. La titulación de la casa no estaba consolidada, la catalogación no estaba concluida, lo cual concluimos junto al Ministerio de Culturas”. Sin embargo, no se pudo cumplir la voluntad última del artista: que esa casa sea una casa museo. El músico señala que esto les corresponde a las nuevas autoridades de la FCBCB.

“Era un hombre extraordinariamente sensible, cosa que se demuestra en su obra. Una sensibilidad con el ser humano, con el paisaje, con la fuerza telúrica, con las causas sociales. Era muy culto, muy cultivado, muy leído, con quien era exquisito conversar sobre diferentes temas del arte, la cultura y la filosofía”, recuerda. Hay un silencio. “Ay, me toca una fibra”, dice mientras se le quiebra la voz. “Su ternura, sí, él era un hombre muy tierno”.

Termina la llamada con este quiebre honesto, breve, significativo y casi tan descorazonador como el del artista cruceño Lorgio Vaca, el último miembro vivo del grupo Anteo quien, horas después, en un tono tranquilo, resignado y de respiración tan acompasada como invisible, expresa también su dolor. “Para mí es… no tengo palabras para describir mi sentimiento porque Gil es mi hermano del alma y… en fin… no sé qué decir.” No es necesario verlo para sentir cada uno de esas palabras.

Adiós a Gil Imaná 

Con Lorgio Vaca, miembros del grupo Anteo

Junto con su esposa Inés Córdova, al arte. Murió a los 87 años

El dibujo ‘La partida’ cerró la última exposición retrospectiva en vida que se hizo de la obra de Imaná

Placa conmemorativa en la casa de la Calle Aspiazu

El artista con algunas de sus piezas emblemáticas. Con más de 100 exposiciones individuales, representó a Bolivia en Francia, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, entre otros.

Reconocimientos para el artista

El artista con algunas de sus piezas emblemáticas. Con más de 100 exposiciones individuales, representó a Bolivia en Francia, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, entre otros.

Reconocimientos para el artista

El artista con algunas de sus piezas emblemáticas. Con más de 100 exposiciones individuales, representó a Bolivia en Francia, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, entre otros.

Un camino de despedida

No faltaron los homenajes en vida para los ganadores del Premio Nacional de Cultura 2004. “El momento más gratificante en mi trayectoria como director del Museo Nacional de Arte fue conocer a Gil Imaná, tener el honor, junto a la jefa de la unidad de museo, Karen Brigido, y con el apoyo del equipo del museo, de realizar la muestra Inés Córdova Gil Imaná – Homenaje a un amor”, relata el exdirector del MNA Max Hinderer Cruz.

“Tuve el honor de acompañar a don Gil por las salas de exposición a visitar la muestra instalada, era el 30 de agosto de 2019, apenas unos momentos antes de la inauguración de lo que fue la última gran retrospectiva de su obra en forma de homenaje. Escuchar sus palabras, profundas, conmovedoras, emocionantes”.

La pieza final, que concluía el recorrido, era un dibujo al carbón, La Partida, que Gil Imaná dibujó tras la partida de Inés: un dibujo hecho cuando el artista no solo había perdido al amor de su vida, sino la vista. “Dibujó con la maestría de una vida acumulada en sus puños, con la pasión eterna grabada en su memoria, dibujando directamente desde el corazón. La obra muestra el anhelado reencuentro de estas dos almas gemelas, Inés y Gil, reunidos, atravesando el Lago hacia el más allá”.

Ese reencuentro con Inés es el consuelo que amilana un poco el dolor de los que lo conocieron en su arte, su generosidad y su grandeza. Descanse en paz, maestro.

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‘Habitando vacíos’, las puntadas de Erika Ewel

La artista regresa con una exposición de textiles con materiales hallados en su casa durante la pandemia. La muestra estará en Puro hasta el 25 de enero

Exposición "Habitando vacíos"

Por Miguel Vargas

/ 27 de enero de 2021 / 08:18

Aguja e hilo. La artista visual Erika Ewel revisa la pandemia desde la intimidad de su casa, desde los rincones de la memoria, evocando sensaciones a partir de los textiles. Es capaz de bordar los retazos de las vivencias en el encierro desde la fuerza de la presencia, desde estar presente con el cuerpo mismo como mapa y observando desde un espacio doméstico que se transforma con los días. Habitando vacíos es la exposición que se exhibe en Puro Galería — Enrique Peñaranda 1034, San Miguel— hasta el 25 de enero, de 11.00 a 19.00.

Las obras han sido producidas desde marzo de 2020. La artista utilizó elementos que tenía disponibles en casa. “La primera pieza fue Cruz andina, hecha con retazos de tela de pollera que tenía en bolsas, elemento que usé anteriormente. Con estos fui jugando monocromáticamente”, explica Ewel.

El viaje por los rincones textiles continuó en el hallazgo de unas servilletas antiguas que la artista oxidó y bordó. Luego vio un mantel antiguo que le regaló un amigo y decidió retratarse en pandemia, con sus miedos. La pieza se llama Mi yo.

“Después ataqué a un forro de colchón viejo de mi hija y tracé mi barrio visto desde Google Earth. Y bordé lo que yo veo: el horizonte, los eucaliptos, la luz dorada de los cerros en el invierno y también incluí unos monstruos marinos”, relata.

Erika Ewel borda retazos de la pandemia  

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

En el encierro también ordenó la casa y halló un diccionario antiguo de su madre. “Comencé a jugar con las palabras y crear mis propio diccionario”. Así vio la luz Escritos. También cambió su almohada vieja y sobre ella bordó los corazones de las dos Fridas conectados. Luego encontró más tapetes antiguos y en ellos dibujó La mano poderosa. El laberinto apareció porque le aquejó una laberintitis y una exposición de arte colonial en el Museo Nacional de Arte la llevó a plasmar el pie sangriento de Cristo con un clavo.

“Ataqué a unos pañuelos viejos: tan masculinos, tan a desuso y tan personales. En uno de ellos tracé mi Cruz del Sur con sus Tres Marías”. Y las corbatas antiguas de su esposo se fueron transformando en nidos de distintos colores, un símbolo de esa casa sólida que él construyó, ese hogar en el que estuvieron encerrados o no. Ese espacio donde la familia se siente segura y desde donde se puede observar el mundo en tiempos de pandemia.

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El teatro sale a la calle

La Compañía Impresentable estrenó una pieza breve basada en la sonoridad y teatralidad para llegar a la gente encerrada por la pandemia

Teatro en la calle

Por Francia Oblitas y Miguel Vargas

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:12

La Compañía Impresentable, consciente de que la pandemia tenía encerrada a la gente, sailó a las calles con una propuesta para ser vista y oída desde los balcones, las ventanas y los puestos de venta: Alturas para cuatro megáfonos peregrinos. Los actores Bernardo Arancibia, Mariana Requena, Francia Oblitas y Adalid Cotjiri recorrieron con su arte los mercados y vías populares en la obra dirigida por Óscar García.

La idea partió del uso de aerófonos: bocinas, flautas, tarcas y megáfonos. Los actores dan vida a cuatro seres que, cual peregrinos, recorrieron distintas zonas de la ciudad. Están vestidos con los trajes de bioseguridad, elementos apropiados en nuestra cotidianidad, explica Francia Oblitas, integrante del grupo y autora de los textos. Un dibujo de García es la línea, el hilo que une a estos peregrinos, todos diversos, pero en la búsqueda de un camino en común.

Es una obra móvil que contó con el financiamiento del fondo municipal Focuart, y que invita a los vecinos a asomarse hacia la calle para apreciar la propuesta. En estas páginas, las fotografías de Nicole Paredes —que forma parte del equipo con Daniel Mauricio y Martina Villegas (video) y Os Gutiérrez (diseño gráfico) — están acompañadas por fragmentos del texto escrito por Oblitas.

Artistas llevan teatro y música a las calles

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

El llamado

— Salga a su ventana, salga a su terraza, salga a su balcón, a la puertita de su casa.

— Salga señora, salga señor, saaaaal, saaaal…. saaaaal yodada, sal yodadaaaa … cocinada, sazonada, antojada.

— “Saaal a la ventana, ponte ahí cómodo y con confianza, como si estuvieras en tu casa.

— “Atento barrio para escuchar esta sonata, esta dulce serenata”.

El encuentro

— Me dieron árboles de la selva que nacieron como yo, savia pura del bosque, patas libres y alón.

— Me dieron granos, semillas y hojas de cedrón son la sangre que se pierde por cada ambición.

La despedida

— Aunque hubiéramos compartido nuestros bienes y hecho amigos, si no somos capaces de reconocer al vecino, no hemos llegado a ningún sitio.

— Aunque hubiera cargado mi mochila, esperado por cada peregrino y leído cada libro, si no tengo memoria de la tierra en la que habito, no he llegado a ningún sitio.

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El dulce que une a la familia

Ximena Prudencio y su hija Catalina Jordán han conseguido que los alfajores sean un delicioso vínculo de amor

Socias. Ximena Prudencio Bilbao y su hija Catalina Jordán Prudencio trabajan juntas con los alfajores, los muyus, de Muxsa

Por Miguel Vargas

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:16

A mi abuelita le encantaba el dulce. Si ella estuviese con vida, seguramente habría disfrutado mucho de estos alfajores”, recuerda Catalina Jordán Prudencio, chef de profesión y una apasionada por la pastelería. Durante la pandemia, mientras apoyaba a sus dos hijos en las clases en línea y desarrollaba sus actividades, encontró en su mamá —Ximena Prudencio Bilbao— una cómplice perfecta para concretar un emprendimiento lleno de sabor y basado en esta debilidad por los postres. Muxsa, “dulce” en quechua, es el nombre de la marca que han creado juntas, en una búsqueda del alfajor perfecto gracias a la técnica de Catalina y la pasión por los productos artesanales de Ximena.

Foto: Gabriela Prudencio

“En la cuarentena hemos hecho varias pruebas. De ahí surgió la idea. A mi abuela le gustaban mucho los alfajores y nos decidimos y tomamos unas clases. Acto seguido, nos lanzamos a experimentar y seguimos trabajando hasta perfeccionarlos. Los hicimos probar a familiares y amigos cercanos y, cuando estuvo listo, lo lanzamos al público”, agrega Catalina.

El producto estrella es el alfajor de manjar bañado en chocolate negro —el muyu, “redondo” en quechua— pero también hacen mermeladas caseras y pronto presentarán más sabores de alfajores. El empaque y las bolsas también son artesanales y se hacen también a mano. “Nos interesa rescatar las palabras en nuestros idiomas nativos, por eso tenemos un diccionario con términos en quechua, como la wayaqa, que es la bolsa hecha a mano o tukuy, que significa: ‘agotado’”.

Foto: Gabriela Prudencio

“Mi mamá es mi mejor amiga —dice Catalina—. Siempre nos hemos brindado mucho apoyo. Por eso trabajar juntas es importante, somos un equipo, ella es súper organizada y me jala a ser más organizada a mí. Nos repartimos tareas y cada una sabe en qué enfocarse”.

Una tercera Prudencio se ha sumado al equipo: la imagen y el trabajo en redes sociales está a cargo de Gabriela Prudencio Kaune, arquitecta de profesión, y con una sensibilidad especial para el desarrollo de imagen.

Ellas son las “Muxsas Prudencio” y de vender los alfajores a parientes y amigos, han visto crecer a un público demandante gracias al boca a boca y las redes sociales. ¿Y cuál es su ingrediente secreto? “El amor”, sonríen.

Foto: Gabriela Prudencio

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