Tuesday 16 Aug 2022 | Actualizado a 12:19 PM

Freud, según Netflix

Esta especialidad del cineasta se trasunta en la serie, cuya atmósfera es siniestra y premonitoria, y en la que la sangre y el grotesco no escasean.

/ 3 de abril de 2020 / 16:38

Una de las escasas contribuciones del emporio del streaming, Netflix, a aliviar la cuarentena que hoy cumple más de un cuarto de la humanidad, ha sido el estreno de la primera temporada de la serie Freud, que dirige el austriaco Marvin Kren, experto en películas de terror. Esta especialidad del cineasta se trasunta en la serie, cuya atmósfera es siniestra y premonitoria, y en la que la sangre y el grotesco no escasean.

La serie trata de una serie de asesinatos terribles, relacionados con sesiones de espiritismo, médiums, orgías e incluso… brujas. Todo ello escenificado a fines del siglo XIX, en una Viena gris pero hermosa, en la que el joven Freud hace sus primeras incursiones en la psiquiatría y descubre conceptos/teorías, tales como “inconsciente” o “represión”, que lo harían el padre de la psicología moderna.

La breve presentación de estos descubrimientos y los títulos de los capítulos, que hacen referencia a fenómenos médicos (“histeria”, “trauma”) o a elementos del psicoanálisis (“inconsciente”, “deseo”), constituyen la única parte de la serie que tiene una relación más o menos admisible con la biografía y el aporte del verdadero Sigmund Freud. 

El resto juega con los monstruos y las tierras ignotas a las que la teoría de Freud hizo referencia y dio carta de ciudadanía científica. Me refiero, claro está, al ello, al fondo instintivo, salvaje y casi incomprensible para la razón que se agita en los seres humanos, escondido dentro de una suerte de “closet mental”, al que ha sido confinado por las prohibiciones culturales y prácticas de la vida social.

Ahora bien, decir que una serie, un filme o un libro tratan del ello, es cometer una generalidad: significa que pueden tratar de casi cualquier cosa, con tal de que esta sea morbosa y obscena. Así ocurre en efecto en la serie, sin que el pobre de Freud –el histórico– tenga nada que ver con ello.

Por eso, escuchar al director Kren diciendo que “su psicoanálisis (el de Freud) y los conceptos del ello, el yo y el súper yo no surgieron de la nada, están basados en las experiencias de un genio atormentado que conoce, de primera mano, las múltiples caras del ser humano (entrevista con Vogue)” solamente puede hacernos encoger de hombros, para luego proferir un socarrón: “¡Oh, claro!”.

Seguramente Freud, como todos, basó su teoría en sus propias experiencias, pero entre estas no estaba el esnifar grandes cantidades de cocaína (aunque fuera un usuario de esta droga, en su época de curso legal) ni el hipnotizar a las personas como si se tratara del mismísimo mago del circo.

Con esta salvedad, si se quiere biográfica, digamos de esta serie lo siguiente: que su ambientación es envolvente y estética, que las actuaciones son atractivas, que los horrores no lo son tanto, como suele suceder, y que la trama resulta intrigante, aunque también sea deshilvanada y absurda. En suma, que se trata de un producto con todas las características que buscan y aprecian los consumidores del “género negro”.

Ahora que un horror verdadero atraviesa las calles desoladas de las metrópolis del mundo, un poco de este horror de tramoya puede resultar un antídoto pasable.

Aunque habría que decir también, aun a riesgo de quedar como un pedante, que, en este tiempo de encierro, además podríamos leer los ensayos de Freud. Mencionaré Moisés y la religión monoteísta, El malestar en la cultura o La interpretación de los sueños, entre los de mayor interés para el lector profano. La psiquiatría contemporánea, sin dejar de reconocer la importancia del aporte de Freud, clasifica a aquellos de sus discípulos que continúan intentado sanar a las personas por medio de conocimientos que tienen más de un siglo, o de hacerlo con una avanzada retórica “lacaniana” y sin experimentos, dentro de la clase de los pajpakos (y, si debiera fiarse solamente de la serie de Netflix, haría lo propio con el propio Freud). En cambio, nadie discute la fama de este como escritor: el médico vienés fue uno de los grandes ensayistas de todos los tiempos.

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Nadie quiere hablar de racismo

El autor presenta un nuevo libro en la FIL, ‘El racismo en Bolivia’; toca un tema incómodo para los bolivianos.

/ 7 de agosto de 2022 / 16:41

SALA DE PRENSA

Pensemos en lo que ocurre cotidianamente en un barrio de la ciudad de La Paz, la zona Sur. En el día, pueden verse personas de diversos orígenes étnicos, con diferentes apariencias físicas y vestimentas, recorriendo las calles. Un observador desavisado no podría establecer si las diferentes categorías humanas observables cumplen funciones distintas o no. Pero esto se le hará evidente tarde o temprano.

Al atardecer, los miembros de uno de los grupos llegarán a las esquinas de las avenidas, tomarán vehículos, se irán rumbo a otras partes de la ciudad a pasar la noche. Lo que significa que si durante la jornada este grupo permaneció en esta área lo hizo en calidad de fuerza de trabajo, cumpliendo distintas tareas para los que vivían en el barrio.

Éstos, por su parte, constituyen un grupo étnico-racial evidentemente diferente del primero. Sus miembros llenan las oficinas, los cafés, restaurantes, bares y supermercados que proliferan en este lado de la ciudad, trabajan, consumen y se entretienen. Al caer la noche, vuelven a sus casas situadas casi siempre en la misma zona Sur.

Hemos descrito un fenómeno que ocurre en todas las urbes del mundo, pero con una peculiaridad en este caso: la diferencia entre quienes “migran” cada día al enclave urbano privilegiado y quienes lo habitan no solo es económica ni puramente educativa. Como ya vimos, es, además, una diferencia étnico-racial. Unos son “descendientes indígenas”, lo que significa que si bien se han mestizado a lo largo del tiempo, el núcleo de su identidad está aún determinado por la suma de una pigmentación, una apariencia y unas formas culturales que la sociedad tiende a despreciar. Los segundos, en cambio, son “descendientes blancos”, lo que implica que la sociedad les reconoce una diferenciación positiva. Ellos viven en la zona Sur, que es uno de los barrios más distinguidos, acomodados y lindos de la ciudad. Ellos no hacen trabajos desagradables y penosos. Ellos llevan un estilo de vida moderno, con acceso a películas, modas, franquicias y usos del tiempo libre globales.

Habiendo sido criado en esta realidad, durante mucho tiempo se me antojó la forma natural de la vida social y, por tanto, no me cuestioné la asociación entre ciertas condiciones contingentes (acomodo económico, mayor instrucción, uso del español, etc.) y un tipo de nacimiento. Tuve que salir al extranjero, a Montevideo, para recién reparar en este asunto. Recuerdo que allí me sentí impactado por la disociación entre blancura y buen pasar, así como por el hecho de que algunos trabajos serviles fueran realizados por mano de obra blanca. Aun así, tendrían que pasar muchos años antes de que lograra articular este descubrimiento en una concepción de la sociedad boliviana.

Los paceños del sur; los cochabambinos que viven en la zona Norte de su ciudad; los tarijeños, cruceños y sucrenses que lo hacen en sus respectivos “centros”, etc., forman una identidad dotada de una serie de atributos, entre los que se encuentra el no ser indígena. Igual que yo en mi niñez, han aprendido a definirse en dirección antagónica a lo indio y lo que significa (ser pobre, trabajar con las manos, desconocer los rudimentos de la cultura europea, no hablar bien el español, etc.)

Esta identidad — que se llama públicamente “mestiza” o “boliviana”, pero que se piensa a sí misma como la suma de “ser de clase media” y “ser decente (es decir, blanco)”— es muy difícil de descomponer en sus partes constitutivas. Una larga inculturación le ha dado a todos sus elementos un sello étnico-racial. La conclusión de esto es que muy raramente los miembros de este grupo buscarán diferenciarse solamente en base a su dinero, su cultura, sus tipos conspicuos de consumo, etc. Normalmente se diferenciarán también por su “blanquitud”, considerada una de las dimensiones de su existencia social.

Esto impele a los descendientes blancos a afirmar, siempre y en todo lugar, su ventaja étnico-racial. Ningún descendiente blanco hará abstracción de ésta a lo largo de su vida. Tendrá esta ventaja siempre presente, en todas las instancias y etapas de su socialización.

Por estas razones, los descendientes blancos no se relacionan amistosamente ni menos afectiva y sexualmente con descendientes indígenas. Que un joven del Colegio Alemán se convierta en el novio de una chica que vive y estudia en El Alto simplemente resulta imposible. No hay forma de que ambos se crucen en sus respectivas trayectorias vitales.

Los descendientes blancos no quieren descendientes indígenas en sus grupos de amigos, en sus colegios, en sus clubes sociales, en sus condominios, porque esto les haría perder su identidad prestigiosa, cuestionaría su pertenencia al grupo que forman con los descendientes blancos de cualquier otra parte. También han aprendido a ver a los descendientes indígenas como empleados y sirvientes, no como amigos, colegas y confidentes. Entonces, su presencia autónoma cerca suyo los sume, por lo menos, en la incomodidad.

De esta afirmación de un grupo respecto del otro emerge el racismo cotidiano, que se expresa de muchas maneras: derechos de admisión, desprecio a ciertos apellidos y comportamientos, separación y segregación de los hijos, designaciones inferiorizantes, etc.

La carga de la identidad indígena también es enorme. Los descendientes indígenas son inducidos a interiorizar la desvaloración que hace la sociedad de sus atributos. Los efectos de esta operación repetida masivamente a lo largo de los siglos sobre su personalidad y autoestima son incalculables. Muchas características de la personalidad del boliviano (suponiendo que tal cosa exista), tales como la desconfianza mutua o la actitud pasivoagresiva, se deben a este trauma cotidiano. Así como los descendientes blancos asocian indisolublemente sus atributos socioeconómicos positivos y su blanquitud, así los descendientes indígenas hacen una aleación irrompible entre sus carencias y su indigenidad. Ser indio, entonces, solo es motivo de orgullo y celebración en el terreno político. En la cotidianidad, la forma más extendida del racismo es la del descendiente indígena contra sí mismo y se traduce en el afán de éste de “superar” su identidad despreciada. Así, cuando adquiere atributos tradicionalmente asociados a la blanquitud, como la riqueza y la educación, busca de inmediato dejar de ser indio. Este “blanqueamiento” es profundamente alienante y, también es, claro está, racista.

Como el racismo es el resultado de las creencias de las personas acerca de sí mismas y acerca de las demás, hablar de racismo siempre es incómodo para todos, estén en un grupo u otro. Mi libro El racismo en Bolivia ya ha comenzado a generar esa incomodidad. Y es que nadie quiere hablar de racismo. Y, sin embargo, hay que hablar de él. Para librarse de un trauma, conviene comenzar por significarlo.

(*)Fernando Molina es periodista y escritor

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Mestizaje y Racismo

La identidad mestiza no es plenamente accesible para muchos bolivianos que aspiran a ella.

/ 24 de julio de 2022 / 12:00

CARA Y SELLO

Comencemos por el hecho de que todos somos mestizos desde el momento en que la Colonia impuso el catolicismo europeo como religión obligatoria en el territorio. Sin embargo, una determinación conceptual como ésta no implica una identidad, ya que ésta necesariamente debe verificarse en las interrelaciones sociales.

Digamos también que la mayoría de la población se autoidentifica ya —y una proporción aún mayor podría identificarse tras una campaña mínima— como “mestiza”. Es decir que, en el campo de la autoadscripción, la propuesta de la Revolución nacional del 52 del mestizaje universal está casi realizada.

¿Dónde reside el problema, entonces? Ni la sociedad ni el espacio público admiten que una parte de los bolivianos se identifiquen como “mestizos”, así que los sigue designando y tratando como “indios” o, a lo más, como “cholos”. El reconocimiento de la identidad mestiza que declaran ciertos sectores de la población es, para decirlo en los términos del filósofo Charles Taylor, un “reconocimiento fallido”.

Bloqueo identitario. Hace poco, la reconocida escritora alteña Quya Reyna expresó públicamente esta problemática. Ella solía identificarse como “mestiza”, dijo (y así lo hizo en el Censo 2012), hasta que le hicieron saber, en medio de los conflictos políticos de 2019, que no la reconocían como tal.

Llamaremos “racismo” a este bloqueo a la autoidentificación mestiza. Éste se verifica por medio de múltiples actos de discriminación y segregación.

Por tanto, la identidad mestiza no es plenamente accesible para muchos bolivianos que aspiran a ella (hay una porción igual que no tiene tal aspiración).

Por esta razón, ya desde los años 90 en Bolivia se decidió sustituir este proyecto universalizante y homogeneizador del mestizaje, que había fracasado, por otras políticas que facilitaran un efectivo reconocimiento de todos los sectores poblacionales.

Marcadores del mestizaje. ¿Qué falla en el reconocimiento mestizo en Bolivia? Que exige a los aspirantes a esta identidad no ser indios. Dicho de otra manera, no permite que sean plenos mestizos quienes cuentan con marcadores tales como un color oscuro de piel, una apariencia corporal determinada, una lengua nativa; ni quienes laboran en actividades humildes y físicas.

En cambio, los marcadores que sí se consideran propios del mestizaje son los opuestos, en particular el manejo del castellano. Esto se debe a que aquí, históricamente, el mestizaje ha sido un medio de blanqueamiento biológico y cultural. A su vez, esto se debe a que la Colonia impuso la superioridad absoluta y extendida de lo blanco sobre lo indio.

¿Cómo se verifica el no reconocimiento? En la vida cotidiana y en la esfera pública no se trata ni acepta de la misma manera a quienes poseen los marcadores indígenas y se objeta que se autodesignen como “mestizos”, en caso de que lo hagan. En cambio, se intenta “reindigenizarlos”, como nos contó Quya que le había sucedido.

Mestizaje = blanquearse. Para lograr el ambicionado reconocimiento, los aspirantes a mestizos están obligados a abandonar sus marcadores indígenas (como su dominio de las lenguas nativas, su ruralidad, su vestimenta de “cholas” y “cholos”, sus barrios populares en las urbes) y, en un plazo de generaciones, adquirir los requisitos que la sociedad les exige para reconocerlos como mestizos. Este proceso se llama “blanqueamiento” y su resultado es un orden étnico-racial policromático, con muchísimas categorías diferentes a lo largo de una escala étnico-racial que tiene lo indio abajo y lo blanco arriba.

Pero ésta no es una transformación inocente. Al contrario, es racista porque establece la primacía de la “blanquitud” (que no debe entenderse solamente en sentido biológico, sino como la suma de un fenotipo, un idioma y una cultura eurocentrista). Y es racista porque solo concede una blanquitud de segunda, es decir, un reconocimiento con desventajas de larga duración para los “blanqueados” respecto de los mestizos tradicionales.

Reconocimiento plurinacional. Para evitar el reconocimiento fallido del mestizaje, que se debe al carácter monocultural y blanco-centrista del mestizaje boliviano, desde los 90 se han propuesto medios de reconocimiento LA RAZÓN e6 La Paz, domingo 24 de julio de 2022 multicultural y multirracial. Éstos han cuajado finalmente en el Estado Plurinacional, que reconoce a los indígenas como tales indígenas y no como mestizos inviables (como todo reconocimiento, éste también transforma a quienes hace visibles, pero no exige a éstos que se blanqueen). Este reconocimiento no impide que sufran racismo en la vida cotidiana, pero revalora los marcadores indígenas de modo que dejen de ser inferiores a los marcadores blancos.

El Estado Plurinacional no ofrece a los indígenas un reconocimiento perfecto, como se encarga de señalar el indianismo, pero sí les da un mejor reconocimiento que el mestizaje universal. Por esta razón, los indígenas se han apropiado de dicho Estado, como se vio en la crisis de 2019. Esta adhesión potenció al Movimiento Al Socialismo, que es el único partido identificado con el Estado Plurinacional, pero va más allá de eso: se trata de una reacción frente al racismo implícito del proyecto de la República mestiza y la legislación “indiferente a la identidad”.

Esto no significa que quienes defienden este proyecto en contra del Estado Plurinacional sean racistas en términos personales. Sin embargo, al adoptar esta posición están contribuyendo a reproducir la estructura racista tradicional, que genera un reconocimiento fallido de los indígenas incluso cuando estos aspiran a “superar su condición india” (como señaló Quya). Y que es racista por el solo hecho de hacer necesaria esta “superación” para lograr una ciudadanía igualitaria.

(*)Fernando Molina es periodista y escritor.

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El MAS ya no baila solo al ritmo de EVO

Parte de una provocativa reseña sobre el actual gobierno del MAS publicada por el periodista boliviano en Nueva Sociedad.

/ 26 de junio de 2022 / 16:37

DIBUJO LIBRE

Tras haber retornado al país en olor de multitudes, en noviembre de 2020, Evo Morales se puso a la tarea de recuperar su centralidad. Con grandes resistencias, nunca antes vistas, definió las listas de los candidatos a alcaldías y gobernaciones para las elecciones de marzo de 2021. Ajustó cuentas con los caudillos regionales más díscolos: ahuyentó a la popular Eva Copa, expresidenta del Senado por el Movimiento Al Socialismo (MAS) durante el gobierno de Jeanine Áñez, y la empujó a postular a la Alcaldía de El Alto por otro partido (aun así, Copa arrasó en las elecciones), y hace poco expulsó del MAS a Rolando Cuéllar, dirigente del Bloque Oriente en la normalmente adversa región de Santa Cruz, porque no cesaba de antagonizar con él. Sin embargo, Morales no ha podido recuperar todas las posiciones y prerrogativas que tenía en el pasado por el sencillo hecho de la victoria del MAS en las elecciones de octubre de 2020, que si bien él necesitaba desesperadamente para que dejaran de perseguirlo y poder volver al país, entregó al mismo tiempo el poder más significativo de un país presidencialista como Bolivia, el Poder Ejecutivo, a dos personas que no eran él —y una de ellas, declarada adversaria suya—.

Por otra parte, el atractivo electoral y político de Morales ya no es el mismo; ha quedado “desportillado” por los años de ejercicio casi absoluto del poder, las acusaciones de todo tipo que la oposición ha hecho en su contra y, sobre todo, por su obstinación en ocupar el sitial más alto de la política nacional sin límite de tiempo. Aparece en las encuestas con una menor popularidad e intención de voto que Arce y solo algo mejor que los dirigentes opositores.

Este hecho, la imposibilidad de que el poder vuelva completamente a sus manos, es la causa principal de las fisuras en el MAS. El expresidente ya ha dejado ver, sin embargo, que pretende volver al poder en 2025. Choquehuanca sabe que esta posibilidad sellaría su ocaso político, así que trabaja en contra de ella y trata de acumular fuerzas propias. Arce, por su parte, procura guardar un equilibrio entre los contendientes, ya que los necesita a ambos para que su gestión sea exitosa: una rebelión de Choquehuanca o un ataque frontal de Morales contra su gobierno, que todavía tiene más de tres años por delante, serían muy complicados para el Presidente. La oposición tendría entonces una oportunidad de oro para debilitarlo o algo peor: desplazarlo del poder, lo que no ha logrado hacer, por la vía electoral, desde 2005. A la inversa, malquistarse con Arce mientras éste sea Presidente significaría para los otros dos dirigentes dejar de participar, así sea parcialmente, en el gobierno, algo que prefieren diferir hasta el momento decisivo, que todavía no ha llegado.

La investidura presidencial ha convertido a Arce, si se quiere automáticamente, en un caudillo. Las organizaciones y bloques del MAS lo requieren para obtener empleos en el gobierno, que son el principal objeto de deseo de los políticos bolivianos (no solo del MAS: en estos meses se ha descubierto, de hecho, una enorme red de tráfico de puestos públicos en la alcaldía más grande del país, la de Santa Cruz de la Sierra, que nunca ha sido conducida por ese partido). Arce se acostumbró a “negar a Evo” en la campaña electoral, cuando los expertos del marketing político le pidieron no hablar de él. Tampoco lo mencionó en el discurso de aceptación de su cargo ante el Parlamento. Luego del retorno de Morales al país, comenzó a encontrarse con él, pero aclarando que los asuntos gubernamentales serían de su exclusiva responsabilidad. No incorporó a su equipo a los miembros del antiguo entorno evista, ni siquiera tras bambalinas. No obedeció la solicitud pública de Morales de cambiar algunos ministros. No ha despedido a los funcionarios choquehuanquistas que, contrastando con el talante calculador de su jefe, han atacado públicamente a Morales. Se sabe que el mandatario se molestó cuando el expresidente y jefe del MAS organizó la Marcha por la Patria, una caminata multitudinaria y épica para defender a su gobierno de los ataques de la oposición, pero que claramente significaba un despliegue de la fuerza social de Morales. Hasta ahora ha respaldado al ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo, pese a que éste despertó la furia de Morales y de los cocaleros por supuestamente seguir la “agenda de la DEA” (Drug Enforcement Administration, agencia antidrogas de Estados Unidos), cuando hizo detener en enero de este año a un exjefe antidroga del último gobierno de Morales, influido por una investigación previa de esta agencia estadounidense que lo había vinculado a una red de protección al narcotráfico. Castillo también criticó a los dirigentes que supuestamente se benefician de los permisos de producción de coca.

Todos estos hechos públicos, y lo que se puede saber de lo que se habla en los círculos íntimos del Gobierno, indican que Arce desea proyectar su gestión —para apuntalar la cual, repetimos, hoy requiere de Choquehuanca y de Morales— más allá de 2025, aunque en un comienzo dijo que no lo haría. Hasta ahora ha logrado estabilizar el país tras la enorme crisis que causaron la pandemia y la irrupción del gobierno de Áñez (que hoy nadie en la política boliviana defiende), pero no mucho más que eso. En público, Morales alaba la gestión de Arce, pero en conversaciones privadas la considera ineficaz; de ahí su demanda de cambio de ministros, que, como acabamos de ver, el Presidente desestimó.

A esto se refería Álvaro García Linera cuando identificaba “una separación entre el liderazgo político y estatal, que recae en Arce y Choquehuanca, y el liderazgo social, que representa Morales, como algo nuevo que podría manifestarse en candidaturas separadas”. “Teóricamente —prosigue el exvicepresidente—, tienen la posibilidad de plantear su candidatura en 2025 y tienen todo el derecho a hacerlo; lo que pasa es que no sabemos cuál será la posición de ellos (Arce y Choquehuanca) en términos de las elecciones, si serán candidatos dentro del MAS o no lo serán”. (Gabriel Romano: “García Linera advierte sobre una ‘fragmentación popular’ en el MAS para 2025”, Agencia Efe, 6/3/2022).

UN FUTURO INCIERTO.

En suma, “las tendencias centrífugas (dentro del MAS) son grandes”. (Entrevista de Gabriel Romano) ¿Existirá el “algoritmo” que busca el excopiloto de Morales para lograr que las diversas facciones del MAS sigan actuando dentro de un mismo marco organizativo? Quién sabe. Si tuviéramos que apostar basados en la historia política de Bolivia, y en concreto, de la izquierda boliviana, que siempre ha sido cismática, tendríamos que responder que no. Pero el MAS ya ha sorprendido muchas veces rompiendo las formas tradicionales de pensar y obrar en la política nacional. A ninguno de sus militantes se le escapa que su división daría una ventaja enorme a la oposición, que aprovecharía para tratar de vencer y luego destruir al partido izquierdista, como ya ocurriera tras el derrocamiento de Morales a fines de 2019. Y el instinto de supervivencia, sumado al deseo de seguir en el poder, pueden lograr finalmente lo que hoy parece imposible.

(*) Fragmento del artículo ‘El MAS boliviano ya no baila solo al ritmo de Evo’, por Fernando Molina, publicado en la revista en papel Nueva Sociedad 299. Progresismos latinoamericanos: segundo tiempo, junio-julio 2022, de reciente publicación.

(*)Fernando Molina es periodista y escritor

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Arce-Mas: gobierno sin hegemonía

Muchos analistas pronostican que la polarización en el país tiende a hacerse un mal crónico.

/ 2 de enero de 2022 / 18:14

SALA DE PRENSA

El 9 de diciembre, Marco Pumari, el segundo dirigente más importante de las protestas contra el presidente boliviano Evo Morales en 2019, fue arrestado en Potosí tras un aparatoso operativo policial. Un juez dictaminó seis meses de prisión preventiva mientras se realiza su juicio. Debe cumplirlos en Llallagua, una localidad minera en la que él no reside pero que las autoridades consideran más segura que Potosí, la capital regional, donde Pumari cuenta con el apoyo de la población. [N.E. El 21 de diciembre, otro juez determinó reducir la prisión preventiva a cuatro meses y el traslado de Pumari a la cárcel de Cantumarca, en la ciudad de Potosí].

Se lo acusa de haber provocado el incendio y saqueo del Tribunal Electoral de Potosí en los días posteriores a la elección del 20 de octubre de 2019, que la oposición consideró fraudulenta. Poco después de que el candidato que saliera segundo en esa elección, Carlos Mesa, acusara a Morales de haber cambiado los resultados de las urnas, hubo ataques de multitudes enardecidas contra las oficinas electorales en las ciudades de Potosí, Sucre y Santa Cruz de la Sierra. Pumari era entonces el presidente del Comité Cívico potosino. Esta institución es, junto con el Comité Cívico de Santa Cruz, la que más antagoniza con Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS).

La detención de Pumari fue aplaudida por los militantes oficialistas, la mayoría de los cuales considera que el programa de enjuiciamiento de los principales protagonistas del derrocamiento de Morales en 2019 se desarrolla con excesiva lentitud. Un vocero de la poderosa Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), que forma parte del Movimiento al Socialismo (MAS), declaró: “Nosotros respaldamos plenamente la detención del señor Pumari, pero no es suficiente, esto es apenas el inicio de la justicia. Nosotros exigimos también la aprehensión de todos los golpistas”. Y a continuación mencionó los nombres de casi todos los jefes de la oposición, inclusive el compañero de Pumari en la elección presidencial de hace más de un año, el actual gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho.

El 14 de diciembre, Camacho no pudo llegar a la opositora ciudad de Potosí a coordinar con los dirigentes cívicos, una reacción movilizada contra la detención de Pumari, porque los campesinos bloquearon el camino para que no lo lograra. Al explicar este percance, Camacho habló de “hordas masistas” que actuaron “como terroristas” en contra suyo y de su comitiva. Desde el oficialismo le respondieron que los bloqueadores querían sanciones para los crímenes del gobierno interino de Jeanine Áñez, cuya formación fue respaldada tanto por Camacho como por Pumari. El MAS cree que la quema de los tribunales electorales el 21 de octubre de 2009 fue parte del golpe de Estado que terminaría con la presidencia de Morales tres semanas después.

Esta es, más o menos, la tónica del debate boliviano. Estos, también, son algunos de los clivajes que dividen al país: campo versus ciudades; indígenas versus no indígenas; comités cívicos versus sindicatos; Santa Cruz, Beni, Potosí y Tarija, en el oriente y el sur del país, versus las regiones del occidente y el norte (donde está La Paz). Y, por supuesto, la división en torno a las dos opiniones sobre el derrocamiento de Morales y sobre el carácter del gobierno de Áñez, si fue un ataque a la democracia boliviana o un intento fallido de salvarla de una “dictadura” previa.

Las detenciones de los opositores al MAS, acusados de ejecutar un golpe de Estado contra Morales, alimentan esta polarización que mantiene al país en una constante tensión. Más de una decena de ex-jefes militares está en prisión por haber “sugerido” a Morales que renunciara al final de la crisis electoral; los comandantes de las Fuerzas Armadas y la Policía en 2019 se hallan prófugos de la justicia. Y, como se sabe, la expresidenta Áñez también está en la cárcel. Hace poco se la acusó formalmente de dos delitos menores: resoluciones contrarias a la Constitución e incumplimiento de deberes, que se penan con dos años de prisión. También está siendo investigada por sedición, conspiración y terrorismo, cargos que, de probarse, podrían mantenerla encerrada durante 20 años.

El procesamiento de estos cargos más graves no avanza. Resulta paradójico que Áñez sea investigada por su papel en la caída de Morales, que fue menor al de Camacho, a quien los fiscales no se han atrevido siquiera a convocar para que testifique. Cada vez que lo intentaron se generó un enorme malestar en la región del gobernador. (En cambio, sí convocaron al expresidente Mesa, el cual se negó a declarar para no incriminarse. Y no se lo procesó). Una de las razones por las que Áñez ha sido involucrada en este juicio es que el oficialismo no puede armar un juicio de responsabilidades por sus acciones como presidenta interina, porque para ello requeriría de una autorización de dos tercios de los parlamentarios, una mayoría con la que no cuenta.

El presidente Luis Arce está en el gobierno desde hace más de un año y no ha logrado encaminar las acciones judiciales para establecer la responsabilidad de la clase política en los dramáticos sucesos que antecedieron y sucedieron a la renuncia de Evo Morales el 10 de noviembre de 2019. No quiere frenar las acusaciones contra ninguno de los políticos opositores ni tampoco actuar como el presidente Daniel Ortega en Nicaragua, impulsando el arresto de dirigentes de partidos políticos que gozan de popularidad, como Camacho y Mesa. Un camino intermedio parece ser ocuparse solamente de los objetivos “fáciles”, como Marco Pumari, cuyos días de gloria política ya habían pasado bastante antes de su detención. Sin embargo, en caso de ser esta la estrategia, implica dejar a los demás dirigentes opositores (a Camacho y a Mesa, en particular) en el limbo jurídico, lo que podría impedir que el oficialismo supere alguna vez “la cantinela del golpe de Estado”, como la llamó un político opositor. Al mismo tiempo, la falta de un cierre para la serie de acusaciones judiciales impide que el gobierno pueda plantearse un proyecto constructivo que reconcilie al país o al menos le “quite pólvora” a la polarización. “Tanto el oficialismo como la oposición están subordinando sus estrategias de más largo plazo a sus tácticas de confrontación”, opina el sociólogo Fernando Mayorga.

Las encuestas muestran dos hechos contradictorios entre sí: mientras una parte creciente de la población está molesta por esta animosidad de los políticos, los dos bandos cuentan con un respaldo parecido (alrededor del 40% cada uno, aunque la oposición está dividida en varias facciones).

El problema ha demostrado ser demasiado complejo para las ideas y los recursos del gobierno. El presidente Arce es un reconocido economista pero carece del brillo político de su antecesor, Evo Morales. Arce ha dejado que “las cosas sucedan”, sin tratar de organizarlas dentro de un plan premeditado e inteligible. Con ello, realmente nadie sabe, ni siquiera dentro del gobierno, si la persecución judicial irá más allá, hasta abarcar a las principales figuras de la oposición, o no. Es probable que esta incertidumbre siga existiendo durante todo el periodo presidencial. Esto ha llevado a varios analistas a pronosticar que la polarización se transformará en un mal crónico. En este momento, muchos otros países, de Estados Unidos a la Argentina, viven una parecida división social de largo plazo.

(*) Fragmento del artículo Luis Arce y el MAS: gobierno sin hegemonía. Edición digital de Nueva Sociedad, de diciembre de 2021: https://nuso.org/articulo/arcee v o – m o r a l e s – bolivia/?utm_source=email&utm_medium= email&utm_campaign=email

(*) Fernando Molina es periodista y escritor (*)

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¿Golpe o fraude? el 2019 sigue dividiendo

Aunque los analistas discuten si la polarización en las altas esferas políticas es un fenómeno análogo en la sociedad.

/ 26 de septiembre de 2021 / 18:32

DIBUJO LIBRE

Los acontecimientos de 2019 siguen dividiendo a los bolivianos, aunque no en partes iguales. El gobierno de Luis Arce busca sellar la lectura del derrocamiento de Evo Morales como producto de un golpe de Estado y mantener en prisión a la expresidenta interina Jeanine Áñez. La oposición, que niega que haya habido golpe, se expresa sobre todo en los medios y redes sociales, pero su fuerza social se encuentra disminuida.

Bolivia está inmersa en un “debate letrado” del tipo de los que han acompañado varios momentos críticos de su historia. A principios de este siglo, por ejemplo, corrieron ríos de tinta sobre la situación de la industria del gas y la población se dividió entre quienes querían la nacionalización y quienes la rechazaban. Pero después de que el presidente Evo Morales la promulgara el 1 de mayo de 2006, el apasionado debate sobre el futuro del gas quedó suspendido y no se reabrió más.

Hoy el asunto que divide al país es la interpretación de la ruptura violenta de noviembre de 2019. Para quienes participaron en ella, fue un alzamiento espontáneo contra una “dictadura” que pretendía perpetuarse por medio de un fraude electoral. Para el partido de gobierno, el Movimiento Al Socialismo (MAS), fue un golpe de Estado “planificado con varios meses de antelación”, digitado desde Estados Unidos y operado por el conjunto de la oposición a Morales. Desde hace meses que esta discrepancia interpretativa y sus ramificaciones ocupan las primeras páginas de los periódicos, los titulares de los noticiarios, las tertulias televisivas; son motivo de memes y han inspirado la publicación de libros de muchos cientos de páginas.

Los dos bandos no son del mismo tamaño y la relación entre ellos no es simétrica. Hace diez meses, el MAS ganó las elecciones con 55% de los votos y posee una sólida hegemonía dentro de los sectores subalternos de la población. Sin embargo, la oposición —es decir, quienes sostienen que no hubo ningún putch que pueda o deba ser sancionado— agrupa a la mayoría de los poderes fácticos del país: la elite económica, las iglesias, las universidades, los colegios profesionales, los medios de comunicación mainstream, etc. Por eso, quien siga la polémica por los principales periódicos tendrá la impresión de que el MAS y Evo Morales se hallan acorralados por sus incongruencias y de que los múltiples juicios que se están realizando o se quiere iniciar en contra de la expresidenta Jeanine Áñez y sus colaboradores se originan en el abuso de poder.

El mejor ejemplo del posicionamiento de los medios ha sido la recepción del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI-Bolivia) que, por un acuerdo entre el Estado boliviano y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), investigó la violencia política que se produjo en octubre y noviembre de 2019. Este informe señala que se produjeron violaciones a los derechos humanos tanto en los últimos días del gobierno de Morales como en la parte inicial de la administración de su reemplazante, Jeanine Áñez. Considera las últimas más graves que las primeras, tanto por su dimensión como porque fueron ejecutadas directamente por las fuerzas de seguridad del Estado. En particular, el informe se refiere a la masacre de una veintena de manifestantes en el pueblo de Sacaba, cerca de Cochabamba, y en la zona Senkata de la ciudad de El Alto. Sin embargo, los periódicos cubrieron la noticia al revés, destacando los casos en los que los presuntos autores estuvieron relacionados con el MAS, como un tiroteo en la ciudad de Montero en el que murieron dos manifestantes de los comités cívicos y una emboscada a un convoy de buses con mineros opositores que viajaban a La Paz a contribuir al derrocamiento de Morales, los cuales fueron heridos por disparos de armas de largo alcance. El MAS se ha defendido a través de la red de comunicación estatal y los pocos medios privados oficialistas que quedan. Ha atribuido a la prensa un papel político opositor, lo que fue rechazado por las asociaciones de periodistas.

El debate no es puramente historiográfico, sino que fue activado y está referido a la investigación judicial de los hechos sucedidos durante el derrocamiento de Evo Morales. Su contenido se ha tornado muy complejo y difícil de seguir para los ciudadanos comunes. Se desglosa en varios enfrentamientos menores y se despliega en diferentes espacios institucionales. En la Asamblea Legislativa, el oficialismo quiere aprobar un “juicio de responsabilidades” contra Áñez por las decisiones que tomó como presidenta del país, entre ellas la represión de las protestas de Sacaba y Senkata. El obstáculo es que el MAS no cuenta con la mayoría necesaria de dos tercios del plenario. Le faltan 15 votos. Por su parte, la oposición afirma que podría aprobar un juicio sobre lo sucedido en 2019 siempre que éste incluyese también a Evo Morales, lo que el MAS rechaza. Este impasse parece muy difícil de superar. Diputados de oposición denunciaron, sin mostrar pruebas, que se les ofreció sobornos para autorizar el juicio de responsabilidades. La bancada oficialista lo desmintió.

El gobierno de Arce repite que la reconciliación entre bolivianos debe asentarse sobre la justicia y no sobre la impunidad. Quien tiene un discurso más conciliador es el vicepresidente David Choquehuanca. Este referente aymara está distanciado de Evo Morales desde hace mucho tiempo y también en esta cuestión.

Morales declaró que “la reconciliación es imposible” y que el MAS debe vencer al “fascismo y al imperialismo”, a los que atribuye su caída en 2019. En otra ocasión dijo que “no va a haber reconciliación con fascistas y racistas (en referencia a los movimientos cívicos), salvo que entiendan que nuestro programa y nuestra ideología están bien para Bolivia”. El antagonismo entre Choquehuanca y Morales es el principal riesgo para la unidad del MAS, pero al parecer solamente se tornará un problema digno de consideración hacia el final de la gestión de Arce. Por ahora, ambos líderes conviven pacíficamente, si bien con algunos roces.

Los analistas discuten si la intensa polarización de las altas esferas de la sociedad refleja o no un fenómeno análogo en la población. Las encuestas indican que la mayoría de los bolivianos no tiene tiempo ni ganas para ocuparse de temas políticos, porque está concentrada en enfrentar la crisis económica y la pandemia.

Este dato se presenta incluso en los sectores de altos ingresos y, de manera mucho más intensa, entre los jóvenes, que, luego del fracaso del movimiento de las pititas en el que muchos pusieron sus esperanzas, se inclinan por el apoliticismo y por la condena, en bloque, del conjunto de la clase política. Como se sabe por la experiencia latinoamericana y boliviana, este sentimiento resulta muy volátil y puede dar lugar a toda clase de sorpresas políticas.

 (*) Fragmento del artículo ¿Golpe o fraude?: 2019 sigue polarizando a Bolivia, publicado en la edición digital de la revista Nueva Sociedad, de septiembre. El texto completo se lo puede leer en: https://nuso.org/articulo/Bolivia- Arce-MAS/?utm_source=newsletter& utm_medium=email

(*)Fernando Molina es escritor y periodista (*)

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