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Cine boliviano, pandemia y Estado Nacional

/ 27 de mayo de 2020 / 09:17

Los cineastas están en emergencia. La nueva Ley del Cine y la creación de Adecine prometen ser la puerta para el desarrollo cinematográfico del país.

En la primera mitad del siglo XX fue Tristán Marof quien sintetizó de mejor manera la necesidad que tiene el Estado Nacional de desarrollar y controlar sus recursos fundamentales. “Tierras al indio, minas al Estado”, fue la frase que resumió una de las tendencias ideológicas más importantes de nuestra historia, la que también fue alimentada por teóricos de la talla de Carlos Montenegro, René Zavaleta Mercado, Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz y otros. Las agrupaciones políticas y los matices variaron, pero el mensaje fue inequívoco: un país emergente como Bolivia, debe necesariamente manejar los factores esenciales que hacen a su desarrollo.

En el siglo XXI no hemos encontrado ni corrientes ni tendencias, que aggiornen, actualicen de manera coherente, esa línea de pensamiento. De la era de los recursos naturales hemos pasado a la de la globalización y el manejo intensivo del conocimiento, y hasta ahora en Bolivia, temas tan importantes como la educación, la cultura y o el mismo cine boliviano siguen siendo concebidos mediante criterios arcaicos, por las por las estructuras dominantes.

Unos años atrás se jerarquizó el sector con la creación del Ministerio de Cultura (antes reducido a viceministerios o al tradicional IBC, Instituto Boliviano de Cultura). Pero las prácticas, casi sin excepción, siguen siendo las mismas: reducir la cultura a un folklorismo fácil, concebir al ministerio como un organizador de eventos dizque populares, identificar al artista como a un trabajador de segunda clase frente a profesionales de índole liberal; “doctores”, “ingenieros”, etc.

Hasta ahora nuestro Estado no ha podido vislumbrar lo que ya es moneda corriente en otros países. En este tiempo de globalización, la identidad, el manejo de los códigos propios, la universalización de las culturas locales son elementos esenciales para eso que se llama “desarrollo”, “bienestar” o “vivir bien”, de acuerdo a la tendencia ideológica con que se lo formule. Los egresados de Harvard pueden ponerse de cabeza si quieren, pero es imposible lograr “la eficiencia económica” si no existe la construcción cultural que la alimente. Y en todo ese universo que implica la generación de ideas, conceptos e imágenes, el cine juega un rol central: de alguna manera provee los elementos primordiales del que se nutren otros medios masivos, las mismas redes y del que se alimenta el imaginario de la gente de a pie.

El pasado enero, Corea del Sur hizo la última demostración de la importancia que tiene la identidad cultural, al lograr que una película hablada en su idioma materno, gane el Oscar a la mejor película. Pero no es nada nuevo; países como India y Japón lo entendieron hace décadas. Mucho más cerca, vecinos nuestros como Argentina han realizado un crecimiento envidiable en el rubro.

Queda claro que, en el siglo XXI, el destino de los países que no desarrollen sus culturas será similar al de los grupos indígenas que en los últimos cinco siglos fueron aculturados: se convertirán simplemente en “ciudadanos” en este caso “mundiales”, de segunda, con el alto riesgo de terminar desapareciendo.

En Bolivia, el cine, en la mayor parte de su historia, ha crecido al margen del Estado. Sin embargo, en las contadas ocasiones en que este le brindó un respaldo institucional, los resultados fueron completamente enriquecedores. Durante la revolución nacional, el gobierno emergente de una de las rebeliones de obreros y campesinos más importante de la historia de América Latina creó el Instituto Cinematográfico Boliviano (ICB), y a pesar de que tuvo un interés sobre todo propagandístico, dio impulso a uno de los momentos más importantes del cine boliviano, dando lugar a realizadores como Jorge Ruiz, con obras como Vuelve Sebastiana (1954) o La Vertiente (1959).

Unos años después el último coletazo del ICB impulsó la realización de Ukamau (1966), la obra más importante de nuestro cine y el inicio de otro ciclo vital para el cine boliviano.

En los años 90, la iniciativa de los cineastas bolivianos logró la aprobación de la primera Ley de Cine en nuestro país y, a pesar de sus fallas y limitaciones, consiguió que una nueva generación de cineastas contribuyera decididamente a la filmografía nacional.

En la actualidad, la crisis del COVID–19 ha interrumpido uno de los procesos de crecimiento institucional más ricos de la historia del cine boliviano. Con la segunda Ley de Cine aprobada se ha logrado la posibilidad de que, por primera vez en la historia, nuestra cinematografía cuente con un apoyo sostenido y una cuota de pantalla propia en las multisalas que se expanden por toda Bolivia.

Por otra parte se ha logrado la creación de una agencia estatal estructurada con una visión amplia y moderna, Adecine (Agencia de Desarrollo del Cine y el Audiovisual Boliviano). Finalmente, al margen de lo estipulado en la ley, se ha logrado que el director (a) de la agencia sea nombrado en base a una terna elegida por los propios cineastas.

Todos esos elementos hacen suponer el desarrollo de una nueva etapa, virtuosa para nuestro cine.

La crisis del COVID-19 no debe suponer en ningún caso la interrupción de ese proceso, sino más bien su fortalecimiento, porque está claro que la necesidad de un Estado fuerte y estructurado en el mejor sentido de la palabra, será una necesidad apremiante en la pospandemia.

El cine boliviano se ha declarado en emergencia, pero no solo para asegurar su supervivencia, como todos los sectores productivos, sino también para garantizar la viabilidad de un proceso imprescindible para la construcción de un país mejor.

La última conflagración bélica que sufrió Bolivia, la Guerra del Chaco (1932–1935), abrió en forma tortuosa el camino para el cambio y la transformación del Estado. Quien suscribe esta página está convencido de que un proceso análogo se producirá en la pospandemia (ojalá que en forma menos virulenta). Luchar para que sea un proceso virtuoso significa luchar para tener un Estado Nacional fortalecido, más allá de las declamaciones. Y parte de esa lucha significa fortalecer nuestra identidad y desarrollar nuestras culturas, con el cine boliviano como un elemento central. Ojalá que los actores del Estado, y especialmente quienes se encuentran ahora al frente del Ministerio de Cultura así lo entiendan, colocándose a la altura de las circunstancias históricas.

Rodrigo Ayala Bluske – cineasta y ensayista

Mundos dentro de otros mundos

El cine ha lanzado varios ensayos sobre la forma en que la tecnología y la realidad virtual son cada vez más importantes en la “vida real”

/ 14 de junio de 2020 / 12:14

Es en esta cuarentena donde el universo digital se ha mostrado como un ingrediente imprescindible, que va desenvolviéndose por los estratos más altos de la sociedad, pasa por las clases medias e inclusive se introduce en amplios sectores populares. Solo aquellos grupos sociales que se encuentran en la extrema pobreza, en una marginalidad lindante con la indigencia, logran sustraerse por completo de la influencia de este mundo paralelo.

Las empresas que tienen las condiciones impulsan el teletrabajo. Los clasemedieros encerrados en nuestras casas hemos dado lugar a una explosión de talleres virtuales; debemos demostrar no solo que existimos, sino que además somos útiles, se trata de una forma remozada de ganar posicionamiento social, y para ello los webinars constituyen el instrumento ideal. En las relaciones sociales ya se han puesto de moda los cumpleaños o pasanakus celebrados vía zoom. La prensa escrita por su parte, al tiempo que ha visto crecer su importancia como una referencia creíble en tiempos de crisis, tiene que ingeniárselas para sobrevivir, porque contradictoriamente su mayor vehículo de llegada, es el que menos beneficios económicos le reditúa.

Pero donde se ve con más énfasis este “desdoblamiento vital” es en las redes sociales. Allá observamos mezclarse con la mayor naturalidad la angustia genuina del momento, la búsqueda de salidas en medio de la incertidumbre, las noticias falsas, los rumores y en cantidades cada vez mayores, la frustración y el resentimiento, personificadas en el crecimiento y la impunidad de los  haters, los odiadores. En las redes todos los días, se crean y se disuelven numerosos microclimas, pequeños y grandes mundos cuya interrelación con “el otro”, el “de verdad”, todavía es motivo de estudio.

En todo caso no se trata de un fenómeno nuevo, ya que desde hace años fue anunciado por diversas cintas, generalmente de ciencia ficción, en las décadas pasadas.

Mundos dentro de otros mundos

En 1998 se estrenó Dark City de Alex Proyas. Allí un ciudadano se encontraba inmerso en una serie de crímenes en cadena, pero solo para acabar descubriendo que su realidad era todos los días literalmente alterada por seres de otro planeta. En un mundo cercano al expresionismo, las calles, fachadas y en definitiva la realidad en sí misma podía ser alterada como si se tratara de un juego de plastilina. Así la película de Proyas aprovechaba las propiedades de la tecnología en boga en el fin de siglo, para pintarnos una realidad amarga en la cual el libre albedrio y la identidad misma eran objetos de manipulación.

Ese mismo año se estrenó The Truman Show, del australiano Peter Weir. En este caso se trataba de una ciudad artificial poblada por actores y creada en un estudio de televisión, en la cual se seguía la del protagonista desde su nacimiento hasta la edad adulta. La propuesta era una respuesta a los reality shows en boga en ese momento y reflejaba la capacidad de los medios para crear realidades simplificadas, imitando sus rasgos formales, pero simplificándolos hasta extremos lindantes con el grotesco.

1999 fue el año de estreno de The Matrix, de las hermanas (antes hermanos) Wachowski. Se trata de la obra fundamental referente a la reproducción de las percepciones generadas por el naciente mundo virtual. No somos los dueños de la realidad, somos una especie adormecida por quienes nos usan como una fuente de energía; para liberarnos tenemos que romper con la imitación de vida que nos ofrece la matrix y asumir una realidad dolorosa, aunque verdadera. Finalmente ambas realidades se funden en una sola. En esta trilogía no solo se moldea con claridad los dos mundos conectados entre sí, sino que se señala al virtual como el instrumento de dominación, de erradicación de la libertad.

Ready Player One (2018) de Steven Spielberg, realizada una veintena de años más tarde, nos presenta una realidad virtual edulcorada. Un grupo de adolescentes compite en una recreación en línea. La sofisticación de esta contrasta con la miseria que se vive en la realidad “verdadera”, pero se trata de un detalle sin importancia. Los protagonistas se realizan en el juego; por tanto, este ha pasado a ser el polo dominante en la dualidad retratada. The Matrix era la denuncia, Ready Player One es la aceptación resignada de un mundo donde las maravillas se viven a través de los artilugios digitales, a la vez que las miserias se acentúan en la vida real.

San Junipero (2016) el cuarto capítulo de la tercera temporada de la serie de televisión futurista Black Mirror, rompe con el esquema. Nos presenta una realidad virtual donde las personas en definitiva tienen la posibilidad de ser felices para siempre. Las mentes de los enfermos y fallecidos, se trasladan y dejan atrás las penurias de la realidad material.

Mundo real y mundo virtual

¿Se cumplirán por lo menos algunas de las predicciones reseñadas? El historiador israelita Yuval Noah Harari, en su ensayo Sapiens: De Animales a Dioses, describe un proyecto de miles de millones de euros, que actualmente financia la Unión Europea, cuyo propósito es trasladar el cerebro de una persona a una computadora. Harari señala que, si se cumpliera el objetivo, tal vez entraríamos a una nueva etapa de la existencia, una “singularidad”, en la medida en que por primera vez distintos cerebros podrían existir “en línea”, es decir que se daría lugar a un nuevo tipo de existencia. En un momento histórico en el cual por primera vez se esta generando “vida planificada” en laboratorios, rompiendo el esquema natural que ha regido nuestro planeta, el de la “vida por competencia”, uno puede pensar que las elucubraciones de Noah Harari son posibles, a pesar de parecernos enormemente lejanas.

Sin embargo, es el aspecto “opresor” de la tecnología resaltado en The Matrix (y aceptado en Ready Player One), el que nos parece más cercano. A pesar de todas las posibilidades que nos han abierto el internet y las redes sociales, no he leído muchos trabajos que identifiquen a estos con algún tipo de “liberación”. Por el contrario, la tecnología acentúa los métodos y sistemas de control, y el acceso al conocimiento que puede conllevar el internet empalidece frente a fenómenos como el de la venta de información, la universalización de la pornografía, el auge de la información falsa etc.

Por otra parte, varios pensadores, incluyendo a Noah Harari, ya han anticipado los diversos métodos de control biotecnológico que podrían comenzar a utilizarse en la postpandemia. ¿Las películas nos advierten contra la tecnología? Más que contra ella, contra los efectos políticos y sociales que puede tener su uso en determinados contextos. Los instrumentos tecnológicos pueden variar y de seguro seguirán desarrollándose (en la medida en que exista la humanidad por supuesto), pero seria un error culparlos por nuestras miserias.

Por muy avanzadas que estén las maquinas, no podrán vencer los fenómenos que nosotros mismos generamos, especialmente el de la despolitización. Un mundo que no discute ni se propone resolver temas como el de la desigualdad, es un mundo donde la tecnología seguirá estando al servicio de los círculos de poder dominantes y donde las maravillas digitales seguirán contrastando con los millones que mueren de hambre, los bosques que se agotan o los polos que se derriten aceleradamente.

Rodrigo Ayala Bluske – cineasta y ensayista

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