Acodada en la ventana, sostenía equilibradamente un inquieto mentón que se mecía de uno hacia otro lado. Sus dedos sueltos y traviesos jugaban sobre sus mejillas a la manera de pequeñas baquetas sobre dos tamborines. Mientras mantenía la mirada en la calle, sus labios hacían un extraño movimiento. Murmurando, talvez tarareando, o describiendo en voz baja lo que sus pequeños ojos capturaban desordenadamente. Los techos de las casas, los árboles robustos, los pajarillos de la mañana, el quiosco de la esquina, una lata vacía, una piedra redonda.

¿Qué es eso? Ah, nada. Solo el viento arrastrando un pedazo de papel. Aquel perro se parece a…, no, es otro. ¿Por qué estará en la calle? ¿Acaso no es peligroso también para los animales? ¿Qué es eso? Ah… otra vez el viento. Se oye un ruido. Gira la cabeza: —¿Mamá?—, silencio por unos segundos. Ah, es la abuela. Abuela siempre tiene dulces. Mira más lejos. ¿Qué es eso? Ah, otro perro. ¿Está solo? Siempre están solos. El parque. Quiero ir al parque.

No, mamá dirá que no. Grita aburridamente: —¡Mamá…¡. ¿Puedo ir al parque?—, no hay respuesta. Gira otra vez la cabeza. Ya no está la abuela. Está sola. Mira otra vez por la ventana. ¿Qué es eso? Ah, es solo el viento.

Intentaba reconocer en aquel ambiente negado aquello que su mamá, su abuela e incluso la televisión le advertían sobre un peligro que acechaba a niños y adultos, hombres y mujeres, ricos y pobres por igual. Pero no lo conseguía. Lo buscaba por todas partes, en todos los objetos, en todo lo que sus ojos podían capturar.

Como muchos niños, Angelita quedó confinada en su casa, en una pequeña vivienda sobre la que estaba construido su mundo. Era hija única y vivía con sus papás y su abuela materna. Era una niña de cinco años y seis meses que insistía en que tenía seis.

Todos los días por la mañana, mientras sus papás aún dormían, se levantaba temprano para sorprender a ese desconocido virus. Corría hacia la ventana para verlo caminando por la calle, arrastrarse por la acera o volar por entre las ramas de los árboles. El virus le era una persona extraña, un objeto desconocido que nunca había visto, un lugar que nunca había visitado. Pero estaba en su cabeza; en sus pensamientos; en cada pequeño movimiento.

No sentía miedo por el virus porque el miedo precisa de materializarse en “alguien”, en “algo” o en “algún lugar”. Ella sentía curiosidad. Ese tipo de curiosidad que mantiene los sentidos en alerta, esa curiosidad que inquieta. Porque como decía Burke, “no es tanto la realidad de la amenaza, sino cómo imaginamos esa amenaza lo que nos renueva y restaura”.

Algo distinto ocurría con sus papás y su abuela. En realidad pasaba todo lo contrario. En ellos el miedo no se manifestaba a través de la curiosidad, sino a través del estrés, la desesperación, la tristeza, la rabia, el enojo, la pena, la decepción, etc. Un conjunto de sentimientos confusos y contradictorios, tal vez porque los seres humanos son, en muchos aspectos, seres confusos y contradictorios, con pandemia o sin ella.

Al mismo tiempo que seguían atentamente las noticias sobre la enfermedad, el virus evolucionaba al igual que el miedo en sus padres, desde una simple precaución a un estado de alerta exacerbado. Evitaban de todas las posibles formas el contagio. Sospechaban de todo elemento extraño. El hermetismo había llegado a su punto máximo.

Las visitas estaban prohibidas, incluyendo a los familiares. Las salidas para el abastecimiento de alimentos estaban guiadas por un procedimiento que podría parecer exagerado. La ducha era usada constantemente para desinfectar a sus papás cuando llegaban del mercado o del trabajo. No eran necesarias algunas provisiones porque las elaboraban en casa. Las ventanas que daban a la calle estaban aseguradas por clavos de dos pulgadas para que no fueran abiertas. Las puertas se cerraban con doble seguro durante todo el día. En la cocina había más productos desinfectantes que fruta. En el patio más bolsas plásticas que juguetes.

El mal que recorría por las calles era el mismo mal que la abuela recordaba cuando Moisés dijo: “Así lo ha dicho Jehová. A la medianoche yo pasaré por en medio de Egipto. Y todo primogénito en la tierra morirá. Desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la sierva que está detrás de su molino”. Entonces solo quedaba el encierro y marcar las puertas con alcohol y lavandina a falta de sangre y vísceras de cordero. “Nacimos con miedo y moriremos con miedo”, repetía con un aire de sabiduría profética .

Una mañana fría, mientras todos dormían; una neblina densa cayó suavemente al nivel del suelo y se arrastró perezosamente por las paredes hasta los techos. Semejaba a un animal fantasmal que reptaba lenta y torpemente. Angelita tiritaba por el frío, pero estaba segura de que esa rara malignidad, que confundió con el virus, no traspasaría el cristal que los separaba. Sus pupilas se dilataron frente a la luz tenue que pasaba a través de la neblina.

Esta vez la tenía enfrente, por fin la veía en toda su extensión y magnitud.

—¡El virus!—, dijo en voz baja. No parece malvado. Es grande. Pero no malvado. No tiene ojos, ni boca. Tampoco rostro ¿dónde está su rostro? ¿Tiene cabeza? No veo sus pies. Ni su cola. ¡Ah, no es un animal! ¿Es un fantasma? No, los fantasmas no existen. Lo dijo mamá.

¿Pero qué es? No tiene forma. Tiene un cuerpo grande. Parece espuma. ¿Qué es? ¿Se cayó del cielo? Parece una nube. Las nubes son blancas. Pero las nubes no pueden bajar del cielo porque son de Dios. ¿Qué es? ¿Me vio? ¿Me busca? ¿A quién busca? ¿Habrá gente en la calle? ¿A dónde va? ¡Está en el techo! No podrá entrar. Papá cerró todas las puertas y ventanas. ¡El patio! ¡Quiere entrar por el patio!

Corrió a través de la sala y pasando por la cocina llegó a la puerta que da hacia el patio. Vio cómo la neblina cubría el cuarto pequeño donde dormía la abuela. La neblina espesa se posó sobre el pequeño cuarto. Se mantuvo sobre ella por un tiempo que pareció detenerse.

Angelita se quedó mirando, con la boca abierta y los ojos acuosos. Quiso salir. No se lo permitió un extraño sentimiento que nunca había experimentado. Una especie de escalofrío que corrió por sus pies descalzos hasta sus mejillas. Era miedo. Ahora sentía miedo porque ahora sabía cómo era el virus. Corrió a su cama junto a sus papás. Se tapó con la frazada hasta la cabeza. Cerró los ojos. Lloró en silencio. Se durmió.

El miedo, el primer sentimiento humano desde que Adán mordió la manzana prohibida por Dios y fue echado del paraíso. Para Angelita el miedo no fue el primer sentimiento que conoció, pero fue el que siempre recordaría a partir de ese día. Durante toda la mañana no quiso salir de la cama. No desayunó, ni quiso jugar como todos los días. Sus padres no la molestaron, pensaron que había dormido mal y la dejaron descansar. Pero algo había cambiado en ella. Algo de inocencia había perdido ese día. Nunca lo sabrían.

A la hora del almuerzo, su mamá salió de la cocina, pasó por el patio y entró en el pequeño cuarto de la abuela. Llamó desde la puerta insistentemente sin hallar respuesta. Entró. La miró recostada en la cama con los ojos aún cerrados y los pómulos hundidos por el paso de los años. Sostuvo su mano sobre el hombro para despertarla. Tiró de ella dos veces —¿Mamá?—, dijo con una voz suave y trémula. La miró otra vez. Puso la mano en su frente.

Sintió su piel arrugada y fría, pálida e inerte.

Se sentó en la cama, al lado de su cuerpo. Apretó con las manos un pequeño paño que llevaba siempre que cocinaba. Juntó las rodillas, agachó la cabeza. Un nudo en la garganta se hizo de pronto y empezó a llorar.

Esa tarde Angelita y sus padres lloraron juntos y sintieron miedo. No sabían si la abuela había muerto por senectud o por el virus. No sabían qué hacer. El miedo no era el verdadero enemigo, el miedo solamente les devolvió el conocimiento esclarecedor de que el mal existe.

VIRUS

Ana María Giloff – maestra jubilada

Deslizándose por la noche
Revolcándose en la niebla
Viene desde muy lejos
Algo que tú no esperas
Ese espíritu viajero
Es tan fuerte y tan letal
Que busca a la raza humana
Para marcar su final
Se oye el clamor de inocentes
Y son gritos de dolor
Dónde están nuestros amores
Dónde está nuestra ilusión
Y solo responde el silencio
Y una gran desolación
Pero el ser humano es fuerte
Y es la creación de Dios
Derrotará este misterio
Y tendrá la solución.
Aprendamos a ser nobles
A practicar el perdón
Enmendar nuestros errores
Y utilizar la razón
Para salvar a este mundo
De este terrible dolor.

Ariel Flores – escritor