Cuando era niño, cuando el pavimento en Santa Cruz de la Sierra no llegaba ni hasta el tercer anillo, observé algo particular sobre el azúcar y sobre cómo mi madre manejaba su consumo en casa. Para mi percepción de niño, el azúcar era algo casi milagroso. Recuerdo cómo subían los humos de los cañales quemados al rededor de la ciudad, pintaban el sol de rojo, pareciendo una luna llena en medio del día. Y en casa, el azúcar simplemente aparecía, caído del cielo como las cenizas de los cañales. Bueno, la verdad es que no consumíamos mucha azúcar en casa. El azúcar era principalmente para los visitantes. Sin embargo, esto no significaba que no hubiera azúcar en casa, al contrario.

Pero en lugar de comprar una bolsa de un kilo de azúcar, que tendría que permanecer abierto después de su primer uso, atrayendo así a las hormigas y otros insectos, y que se pegaba formando grumos debido a la humedad –dos cosas que eran básicamente imposibles de combatir en los trópicos, la humedad y las hormigas– parecía tener sentido recoger, en las visitas ocasionales en los cafés y restaurantes, estos pequeños saquitos de azúcar que ya estaban empaquetados en proporciones individuales determinadas industrialmente, y que se encontraban en cada mesa, o que venían varios junto con la bebida que se había pedido. Llevarse uno o dos –o tres…– de estos pequeños saquitos en cada visita a un café, en lugar de ponerlos en nuestro café o jugo, esto básicamente alcanzaría para el uso general de nuestros visitantes en casa. Bueno, al menos eso es lo que pensé que era el cálculo de mi madre. Sin embargo no paraba de asombrarme: es que en casa recibíamos muchos, realmente muchos visitantes, familia y amigos que además venían de todas partes del mundo. Sin embargo, nunca hubo escasez de azúcar en casa, curiosamente, el consumo de azúcar resultó ser mucho más lento que el suministro fresco entrante. Y no porque nuestros amigos no consumiesen azúcar.

Definitivamente subestimé la proyección creativa de mi madre, o lo que tal vez simplemente era la magia del acaso. No contaba con la voluntad ni disposición de nuestros amigos de traer sus propios saquitos de azúcar. No lo hicieron por miedo a que no hubiera azúcar en casa, ni porque alguien se los haya pedido; sino, al contrario, por una especie de deseo colectivo de querer hacer parte de la milagrosa y magnífica acumulación de azúcar en casa: poco a poco mi madre estaba criando una colección bastante singular y muy respetable de pequeños saquitos de azúcar, de distintos colores y procedentes de todos los lugares imaginables, recolectados en los viajes de nuestros amigos a los cuatro continentes. Aquellos eran guardados por ella en una hermosa fuente de cristal en el centro de la mesa de la sala, que con el tiempo se convirtió en un impresionante y abigarrado adorno barroco transcontinental; de modo que los amigos y los huéspedes frecuentes de la casa se sentían cada vez más animados a formar parte de su construcción y de verla crecer, felices de contribuir cada vez que podían, trayendo más y más saquitos de azúcar exóticos, y, por supuesto, ganándose fácilmente el más alto aprecio y los corazones de nosotros niños. Pronto, mientras me robaba unito desde abajo de la mesa, ya no importaba si mi madre había planeado todo meticulosamente, o si se trataba simplemente de una suerte cósmica que me abrazaba y me endulzaba la vida.

Recién de adulto, cuando, después de varias mudanzas, me fui a vivir por algunos años al país exportador de azúcar más grande del mundo, Brasil, no pude dejar de preguntarme cómo es que en realidad funcionaba esto: ¿azúcar, en sachets individuales o en potecitos colectivos, en las mesas de la cafetería, siempre gratis? ¿Cómo es que uno no tiene que pagar por esto? En Alemania, por ejemplo, sabía que fácilmente podían cobrarme extra por cada gotita de ketchup; pero el azúcar, no conocía un lugar en la tierra donde se cobrara extra por el azúcar. Así que, sentados en un café en Río de Janeiro, una amiga me explicó que el precio del azúcar, al igual que el de la sal o la salsa picante en nuestra mesa, está incluido en los costos básicos de mantenimiento. Es infraestructura básica: digamos que el consumo de azúcar de todos los visitantes del café durante un mes es la suma X. Entonces, cubren esta cantidad X, incluyéndola en los gastos de infraestructura básica del presupuesto mensual. Por lo tanto, se incluye automáticamente en el precio de cualquier producto que se consuma en ese lugar. Es una pequeña parte de cualquier precio que se pague. Y todo el mundo consume azúcar, o se lo lleva a casa, sin ninguna transacción diferenciada.

Me dejó atónito. Esto también significaba que, sentado en cualquier café en el que esté, no puedo no consumir azúcar. En la caja no puedo negociar para restar un determinado porcentaje del precio de mi jugo de zanahoria sin azúcar, porque, por ejemplo, yo, personalmente, sería diabético y no veo por qué debería estar pagando el consumo de azúcar de otras personas; o simbólica y políticamente, porque vivía en Brasil y no podía tolerar la historia del azúcar y por lo tanto la historia de la esclavitud, ni puedo tolerar su invisibilidad estructural en Brasil, ni la invisibilización del racismo en cualquier lugar; ni porque condenaría la producción contemporánea de azúcar y sus condiciones de trabajo hoy, similares a la esclavitud de antaño. No, sentado en este, o en cualquier café que conozco, en cualquier parte del mundo, no puedo no consumir azúcar. Y peor aún, no puedo ni siquiera saber cuál es el precio de mi innegociable y estructural participación en el consumo de azúcar. Sentado en la mesa, no es identificable para mí e imposible de averiguar estudiando la factura, incluso preguntando a un camarero o camarera: es una parte específica, pero no especificada, de cualquier cantidad que pague por el consumo de cualquier producto. Está visible en nuestra frente, en todo lugar, es indivisible de cualquier experiencia como consumidor en la cafetería, pero es invisible.

¿Cuál es la relación estructural entre lo visible y lo invisible? En el caso del azúcar, lo invisible es lo que tiene precio, pero no se nombra. Lo visible es lo que damos por hecho, simplemente por verlo, por agarrarlo y meterlo a la boca. Sin embargo, es inseparable de su parte invisible, de lo que damos por hecho porque no lo vemos. De cierta forma, lo invisible es el inconsciente de lo visible, de lo que está, literalmente, sobre la mesa, en nuestra boca, sobre nuestras lenguas, pero no concientizamos. De hecho, el sabor de lo visible, de un café por ejemplo, por lo que además estamos pagando conscientemente, sin unas tres cucharadas de invisibilización ni siquiera nos gusta. No lo tomaríamos.

En Bolivia, es cultura tomar todo con mucha azúcar. Es porque no recibimos suficientes chinelazos como cuando mi madre nos advertía: “¡Para de meterte todo a la boca!”

Por Max Jorge Hinderer Cruz – filósofo y Director del Museo Nacional de Arte