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Lo indivisible

Un sobrecito de azúcar, una costumbre familiar y la necesidad de reconocer que lo que vemos está estrechamente ligado con lo que no vemos

/ 21 de junio de 2020 / 08:32

Cuando era niño, cuando el pavimento en Santa Cruz de la Sierra no llegaba ni hasta el tercer anillo, observé algo particular sobre el azúcar y sobre cómo mi madre manejaba su consumo en casa. Para mi percepción de niño, el azúcar era algo casi milagroso. Recuerdo cómo subían los humos de los cañales quemados al rededor de la ciudad, pintaban el sol de rojo, pareciendo una luna llena en medio del día. Y en casa, el azúcar simplemente aparecía, caído del cielo como las cenizas de los cañales. Bueno, la verdad es que no consumíamos mucha azúcar en casa. El azúcar era principalmente para los visitantes. Sin embargo, esto no significaba que no hubiera azúcar en casa, al contrario.

Pero en lugar de comprar una bolsa de un kilo de azúcar, que tendría que permanecer abierto después de su primer uso, atrayendo así a las hormigas y otros insectos, y que se pegaba formando grumos debido a la humedad –dos cosas que eran básicamente imposibles de combatir en los trópicos, la humedad y las hormigas– parecía tener sentido recoger, en las visitas ocasionales en los cafés y restaurantes, estos pequeños saquitos de azúcar que ya estaban empaquetados en proporciones individuales determinadas industrialmente, y que se encontraban en cada mesa, o que venían varios junto con la bebida que se había pedido. Llevarse uno o dos –o tres…– de estos pequeños saquitos en cada visita a un café, en lugar de ponerlos en nuestro café o jugo, esto básicamente alcanzaría para el uso general de nuestros visitantes en casa. Bueno, al menos eso es lo que pensé que era el cálculo de mi madre. Sin embargo no paraba de asombrarme: es que en casa recibíamos muchos, realmente muchos visitantes, familia y amigos que además venían de todas partes del mundo. Sin embargo, nunca hubo escasez de azúcar en casa, curiosamente, el consumo de azúcar resultó ser mucho más lento que el suministro fresco entrante. Y no porque nuestros amigos no consumiesen azúcar.

Definitivamente subestimé la proyección creativa de mi madre, o lo que tal vez simplemente era la magia del acaso. No contaba con la voluntad ni disposición de nuestros amigos de traer sus propios saquitos de azúcar. No lo hicieron por miedo a que no hubiera azúcar en casa, ni porque alguien se los haya pedido; sino, al contrario, por una especie de deseo colectivo de querer hacer parte de la milagrosa y magnífica acumulación de azúcar en casa: poco a poco mi madre estaba criando una colección bastante singular y muy respetable de pequeños saquitos de azúcar, de distintos colores y procedentes de todos los lugares imaginables, recolectados en los viajes de nuestros amigos a los cuatro continentes. Aquellos eran guardados por ella en una hermosa fuente de cristal en el centro de la mesa de la sala, que con el tiempo se convirtió en un impresionante y abigarrado adorno barroco transcontinental; de modo que los amigos y los huéspedes frecuentes de la casa se sentían cada vez más animados a formar parte de su construcción y de verla crecer, felices de contribuir cada vez que podían, trayendo más y más saquitos de azúcar exóticos, y, por supuesto, ganándose fácilmente el más alto aprecio y los corazones de nosotros niños. Pronto, mientras me robaba unito desde abajo de la mesa, ya no importaba si mi madre había planeado todo meticulosamente, o si se trataba simplemente de una suerte cósmica que me abrazaba y me endulzaba la vida.

Recién de adulto, cuando, después de varias mudanzas, me fui a vivir por algunos años al país exportador de azúcar más grande del mundo, Brasil, no pude dejar de preguntarme cómo es que en realidad funcionaba esto: ¿azúcar, en sachets individuales o en potecitos colectivos, en las mesas de la cafetería, siempre gratis? ¿Cómo es que uno no tiene que pagar por esto? En Alemania, por ejemplo, sabía que fácilmente podían cobrarme extra por cada gotita de ketchup; pero el azúcar, no conocía un lugar en la tierra donde se cobrara extra por el azúcar. Así que, sentados en un café en Río de Janeiro, una amiga me explicó que el precio del azúcar, al igual que el de la sal o la salsa picante en nuestra mesa, está incluido en los costos básicos de mantenimiento. Es infraestructura básica: digamos que el consumo de azúcar de todos los visitantes del café durante un mes es la suma X. Entonces, cubren esta cantidad X, incluyéndola en los gastos de infraestructura básica del presupuesto mensual. Por lo tanto, se incluye automáticamente en el precio de cualquier producto que se consuma en ese lugar. Es una pequeña parte de cualquier precio que se pague. Y todo el mundo consume azúcar, o se lo lleva a casa, sin ninguna transacción diferenciada.

Me dejó atónito. Esto también significaba que, sentado en cualquier café en el que esté, no puedo no consumir azúcar. En la caja no puedo negociar para restar un determinado porcentaje del precio de mi jugo de zanahoria sin azúcar, porque, por ejemplo, yo, personalmente, sería diabético y no veo por qué debería estar pagando el consumo de azúcar de otras personas; o simbólica y políticamente, porque vivía en Brasil y no podía tolerar la historia del azúcar y por lo tanto la historia de la esclavitud, ni puedo tolerar su invisibilidad estructural en Brasil, ni la invisibilización del racismo en cualquier lugar; ni porque condenaría la producción contemporánea de azúcar y sus condiciones de trabajo hoy, similares a la esclavitud de antaño. No, sentado en este, o en cualquier café que conozco, en cualquier parte del mundo, no puedo no consumir azúcar. Y peor aún, no puedo ni siquiera saber cuál es el precio de mi innegociable y estructural participación en el consumo de azúcar. Sentado en la mesa, no es identificable para mí e imposible de averiguar estudiando la factura, incluso preguntando a un camarero o camarera: es una parte específica, pero no especificada, de cualquier cantidad que pague por el consumo de cualquier producto. Está visible en nuestra frente, en todo lugar, es indivisible de cualquier experiencia como consumidor en la cafetería, pero es invisible.

¿Cuál es la relación estructural entre lo visible y lo invisible? En el caso del azúcar, lo invisible es lo que tiene precio, pero no se nombra. Lo visible es lo que damos por hecho, simplemente por verlo, por agarrarlo y meterlo a la boca. Sin embargo, es inseparable de su parte invisible, de lo que damos por hecho porque no lo vemos. De cierta forma, lo invisible es el inconsciente de lo visible, de lo que está, literalmente, sobre la mesa, en nuestra boca, sobre nuestras lenguas, pero no concientizamos. De hecho, el sabor de lo visible, de un café por ejemplo, por lo que además estamos pagando conscientemente, sin unas tres cucharadas de invisibilización ni siquiera nos gusta. No lo tomaríamos.

En Bolivia, es cultura tomar todo con mucha azúcar. Es porque no recibimos suficientes chinelazos como cuando mi madre nos advertía: “¡Para de meterte todo a la boca!”

Por Max Jorge Hinderer Cruz – filósofo y Director del Museo Nacional de Arte

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Un golpe es un golpe, es un golpe

/ 24 de agosto de 2021 / 00:54

Dicen que la historia la escriben los vencedores: los vencedores de las grandes luchas históricas. Y con cada nueva lucha, con cada nueva época se renueva nuestra responsabilidad ante las narrativas dominantes, de revisarlas, y de ponerlas a prueba. Es justamente por eso que las grandes luchas históricas siempre fueron al mismo tiempo luchas por la primacía de narrativas, y muchas veces fueron luchas de reivindicación de los puntos de vista históricamente reprimidos, omitidos, exterminados.

Hay quienes sospechan que la verdad histórica no sería ni más ni menos que un punto de vista. Hay quienes dirán que la verdad en sí es relativa. Pero no nos confundamos: lo “verdad-ero” sí es una cualidad relativa. Relativa a una suerte de verdad pre-existente. La verdad por el otro lado, es una condición. Es más, desde el punto de vista de lo verdadero, la verdad es una condición necesaria. Y es una condición histórica y contextual. Hay verdades escritas con las plumas más finas y hay verdades forjadas a balazos. Pero desde el punto de vista de nuestra historia y nuestro contexto, sí existe aquella verdad única e irrefutable, la más irreverente y escandalosa de nuestra biografía política como país: el hecho que caminar se aprende a porrazos. A golpes.

Si nuestro país sería un niño, sería uno de aquellos niños con muchos moretes y aún más cicatrices, un niño incansable que cae y vuelve a caer, y que siempre se levanta, uno de aquellos niños que más cansado está más berrinche hace. Y hay una verdad en esos porrazos, en esos golpes, una verdad que no es logocéntrica, que no es polisémica, que no es cuestión de interpretación: La historia no solo es expresión escrita de los que saben escribir y por eso se creen mejorcitos, de los que dominan los medios de comunicación y tienen las bibliotecas grandes. La historia también se escribe en nuestros cuerpos, en todos nuestros cuerpos y en todos nuestros sentimientos. Es aquí donde se escriben las historias cuyas palabras siempre quedan cortas, las historias visibles e invisibles, los placeres y los traumas, los miedos y las esperanzas. Es aquí que resuenan los cantos de gloria y se ahogan los llantos. Es aquí donde se acumula su verdad.

Quien ha sufrido dolor, por ejemplo, sabe que su verdad no es para nada relativa, por lo contrario, su verdad es absoluta, así con el miedo, así con el duelo: La verdad del golpe, es un golpe en el bajo vientre de una joven mujer esposada a una cama carcelaria, condenada a perder un embarazo ante los ojos de toda una nación. La verdad del golpe son los golpes en las gargantas de quienes lloran por sus familiares asesinados. La verdad del golpe son 40 impactos letales en las cabezas, en los torsos, y en las vidas de los que estuvieron en primera línea en Sacaba y Senkata en defensa de la democracia. La verdad del golpe es un golpe a la dignidad de la mayoría de la población, al ver uniformados del Poder Ejecutivo pisoteando y quemando la wiphala, nuestro símbolo patrio, en público.

Desde el punto de vista de la democracia, no hay discusión si hubo golpe de Estado o no lo hubo. Todos sabemos que en las elecciones presidenciales de 2020, probablemente las elecciones más íntegramente observadas por organismos internacionales en la historia en nuestro país, no solo se votó por un presidente, vicepresidente y representantes en el Legislativo, sino también se votó por una narrativa sobre lo que habíamos vivido el año anterior, entre octubre 2019 y octubre 2020. El voto valía para quienes queríamos que cuenten la historia: nuestra historia. Y el resultado fue contundente. Con 55,1%, el MAS ganó prácticamente duplicando el número de votos de la segunda fuerza en las urnas (28%), que defendía y sigue defendiendo una narrativa contraria. Históricamente, bajo condiciones de elecciones democráticas entonces, la narrativa del fraude fue derrotada por la narrativa del golpe.

La verdad no es que la una o la otra tenga razón. Nuestra verdad es la contradicción entre una narrativa propagada por una minoría y otra defendida por la mayoría. El peligro para un gobierno democráticamente elegido no es lo que tenga para decir la oposición, pero sí las medidas que una minoría es capaz de tomar para atentar contra la voluntad de la mayoría, una mayoría democrática que después de un año de humillación finalmente pudo dignificarse en las urnas. La verdad es una condición histórica, no una palabra más o menos cierta.

Max Hinderer Cruz es filósofo y vive en La Paz.

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¿De qué lado de la historia queremos estar?

/ 9 de diciembre de 2020 / 00:04

Exactamente un año atrás viajé a Santiago de Chile, invitado a inaugurar el encuentro anual de curadores y gestores de museos en el Museo Violeta Parra. Viajar de La Paz a Santiago en esos días parecía una película de apocalipsis hollywoodiana. Fueron días bizarros: Era apenas dos semanas después de consumarse el golpe de Estado, Jeanine Áñez acababa de darle impunidad a los militares y acababan de ejecutarse las masacres de Sacaba y Senkata, las calles estaban militarizadas y el gobierno transitorio estaba persiguiendo periodistas, blogueros, funcionarios públicos y hasta familiares de las exautoridades. Saliendo del centro de La Paz hacia el aeropuerto de El Alto existían bloqueos, infraestructura pública destruida, humo en todos lados, olor metálico a gas lacrimógeno y olor a llantas quemadas, policías, tanques y militares por todos lados. Pero lo verdaderamente desconcertante era que 2.500 kilómetros y tres horas de vuelo más tarde, en la ciudad de Santiago pasaba exactamente lo mismo: gases lacrimógenos, infraestructura pública destruida, militares, casas grafiteadas, personas en las calles corriendo de la Policía. Parecía que el mundo entero estaba en estado de guerra, y mi recorrido era apenas un deambular sobre un campo de batalla sin fronteras.

Pero no solo el escenario era bizarro, también el comportamiento de la gente. En Bolivia, no solo la mayoría de los medios se habían volcado —cambiando repentinamente de lado y de postura política—, también colegas de trabajo y amigos. Hasta los más inesperados que pocos días atrás se decían comprometidos con el proceso de cambio, ahora seguían la narrativa del supuesto fraude, legitimando así la presión de Policía y FFAA para derrocar un gobierno democráticamente elegido e instalar un gobierno de facto.

Recuerdo cómo se sentía, físicamente, en el propio cuerpo, no saber en quién poder confiar. Entre la violencia civil y la arbitrariedad de la persecución política, todos y todo se había convertido en una potencial amenaza. El miedo parecía recorrer la médula como mercurio, o algo que brillaba frío y se sentía tóxico. Toda esa situación me daba un tremendo nudo en la garganta: la hipocresía, los gases, el miedo. Paralelamente, mientras yo tenía que inaugurar la conferencia en Santiago de Chile, hablando de la situación que estábamos atravesando como país y como región, en la Fiscalía de La Paz estaban interrogando por seis horas seguidas a mi compañera, la única persona de mi entorno más próximo en la que yo podía confiar completamente y cuya integridad política jamás pondría en duda, seis horas sin un vaso de agua, intentando intimidarla e incriminarla con acusaciones absurdas.

Desde el escenario miraba a los directores, curadores y gestores culturales reunidos en el público en Santiago. Pensaba en la carta abierta que José Mujica escribió a Jeanine Áñez después de Senkata, pidiéndole que pare y piense en cómo ella quería ser recordada por su pueblo, por la historia. Y con aquel nudo en la garganta, dije lo que mi convicción me exigía: “Es ahora el momento en el que tenemos que decidir de qué lado queremos estar nosotros, ¿de qué lado queremos que esté el arte y la cultura?, ¿de qué lado de la historia queremos estar?” —es nuestra responsabilidad ética de tomar posición.

Hoy, un año después, veo a Sabina Orellana, nuestra nueva autoridad en Culturas, iniciar su gestión con un gesto contundente: denunciar ante la ley a los cívicos fascistas que por una diferencia cultural niegan reconocer como seres humanos a sus compatriotas. Es eso la lucha por la cultura en su esencia. Es de aplaudirse que una representante del movimiento de mujeres campesinas, de trayectoria sindical, así haya hecho callar aquel sector “erudito” de la cultura que se llenaba la boca de comentarios racistas y sexistas después de su nominación, haciéndoles recordar lo que necesariamente tiene que tener como base todo proyecto cultural en nuestro país: que en nuestra diferencia yace nuestra unidad. No hay una mejor manera de plantear el significado político de la cultura. Es ahora que les toca a aquellos que se creían dueños de la cultura, ser sinceros consigo mismos, y decidir de qué lado de la historia quieren estar. 

Max Hinderer Cruz es filósofo y curador; vive en La Paz.

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