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sábado 29 ene 2022 | Actualizado a 10:22

Libros electrónicos

Ambas formas no tienen por qué rivalizar si logran transmitir al lector el conocimiento

/ 3 de mayo de 2010 / 05:00

Conceptos como «e-book», «ciberlibros», «papel electrónico» o «tinta electrónica» han ganado terreno en los medios de comunicación y, por ende, enriquecido el vocabulario de una población decididamente fagocitada por la globalización. En la industria de la tecnología lo que hoy es un proyecto, mañana será una realidad de indefectible aplicación porque, de lo contrario, significará retraso, luego ignorancia y, por último, lozano rostro de analfabetismo funcional.

¿Está usted preparado para el futuro? ¿Sabía que la venta mundial de dispositivos lectores de libros electrónicos se triplicará este año, pasando de 3,8 millones de unidades a 11,4 millones? Y los analistas pronostican un boom comercial para los próximos años.

Cuando el mundo avanza sin misterios hacia la ‘tecnologización’ de la vida cotidiana, parece ocioso discutir sobre la pertinencia o no del uso de las nuevas tecnologías de la comunicación en el campo de las letras, sobre todo si se toma en cuenta que los prototipos del e-book se remontan nada menos que a inicios de la década del 70. Hace cuarenta años, mientras en Bolivia veíamos televisión en blanco y negro, en EEUU se digitalizaban libros y se los colgaba en la red internet.

De modo general, la polémica entre los impulsores del libro electrónico y los defensores del libro tradicional es absurda. Ambas formas de acceder a la lectura no tienen por qué rivalizar, si de una u otra manera se consigue el objetivo mayor: transmitir al permeable lector el fascinante conocimiento de mundos ajenos al suyo.

Una suerte de melancolía, superviviente en personas mayores de 40 años, envuelve a los acérrimos lectores del libro tradicional; ellos se resisten a abandonar el placer de mojarse el índice para dar vuelta la página. Parte de la democratización de la cultura reside en la posibilidad de elegir, en libertad.

Si bien la asistencia a la industria editorial y a los lectores —que somos quienes pagamos el IVA al comprar un libro— es un deber ineludible que hace años duerme en un cajón de la Asamblea Legislativa (¡cuándo se aprobará la Ley del Libro!), mantenerse al tanto de las incesantes transformaciones tecnológicas constituye una obligación del Estado, especialmente para estar en sintonía con las nuevas generaciones. Una juventud que trae por antecedente su bajo nivel de lectura espera por incentivos acordes a su tiempo.

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La pobreza intelectual de la derecha

/ 29 de enero de 2022 / 02:15

Nunca antes la derecha boliviana había sido tan escuálida en ideas y en formulaciones programáticas para el país desde el regreso a la democracia en 1982. Basta recordar que fue precisamente el banzerismo el que introdujo al economista de Harvard Jeffrey Sachs en Bolivia para escribir y desplegar el 21060, decreto con el que funcionaría la economía boliviana durante dos décadas y que contó con ejecutantes que sabían hacer su trabajo en función de sus intereses de clase: el propio Banzer, Paz Estenssoro, Sánchez Lozada e incluso Paz Zamora, que terminó absorbido por el neoliberalismo luego de sus años de militancia en la izquierda con influencia social demócrata europea.

Desde el día en que Evo Morales ganó por primera vez la presidencia, quedó sellado el colapso de un sistema de partidos que quedó agotado, producto de las nunca satisfechas demandas ciudadanas durante esos 20 años de políticas económicas en los que mandaba el mercado, la fuga de capitales y el achicamiento del Estado. Durante todo ese tiempo las organizaciones sociales resistieron despidos masivos, gasolinazos y otras medidas de “ajuste estructural” hasta que tradujeron sus largas luchas en una participación electoral que situó por primera vez en la historia a un dirigente sindical en el gobierno. No lo había podido lograr Juan Lechín en los 60, y grandes dirigentes de formación socialista y comunista habían sido expulsados del firmamento político boliviano con encarcelamientos (Irineo Pimentel, Federico Escóbar de la Federación de Mineros) y asesinatos como el de Marcelo Quiroga Santa Cruz en 1980.

Cuando en Bolivia mandaba la derecha en el poder tutelada desde el norte imperial, combinando esfuerzos e ideas con un nacionalismo revolucionario culipandero como el que manejaron a su antojo según conveniencias de coyuntura, Paz Estenssoro y Siles Zuazo, una Bolivia paralela siguió soportando políticas represivas de acallamiento, suavizadas con el retorno a la democracia si se las compara con la policía secreta y los campos de concentración de Claudio San Román durante el periodo revolucionario del 52, y las prácticas represivas de terrorismo de Estado a cargo de las dictaduras militares.

Una larga e incansable lucha de resistencia durante el republicanismo neocolonial se desarrollaba en esa Bolivia paralela a la que se le prestaba una atención secundaria en las esferas informativas oficiales de las ciudades hasta que se instaló una nueva configuración de las prácticas políticas y del ejercicio del poder con un instrumento que hoy día no puede pensar su funcionamiento sin la interpelación, los reclamos y los pedidos de ajuste de sus organizaciones colectivas expresadas en primer lugar en el Pacto de Unidad que hace un par de semanas se sentó en una reunión con el Presidente y el Vicepresidente del Estado para hacerle conocer sus criterios con respecto al equipo de ministros con el que el Gobierno funciona desde hace casi 15 meses.

No conocemos otro país en que los colectivos organizados de campesinos, indígenas, mujeres, obreros y una significativa diversidad gremial tiene hoy la posibilidad de pedirle cuentas al poder político de manera directa, de demandar espacios de decisión, naturalmente con resultados desiguales entre la eficiencia de éxito y la burocratización que puede conducir a la corrupción, pero que se ha convertido en la estructura participativa de un Estado que ha recuperado su tamaño e incidencia en la vida del país y que tiene enfrente a esa derecha que, obsesionada con la desaparición del MAS, ha logrado vaciarse completamente de contenidos propios, privándonos de un juego político en el que la alternativa sea parte fundamental del debate y no esa postura reactiva que está exclusivamente dedicada a referirse a lo que pasa o deja de pasar en la estructura masista.

Cuando se produjo el triunfo de Arce-Choquehuanca el 18 de octubre de 2020, me apresuré a predecir un regreso a la democracia de pactos, a la búsqueda de consensos para la toma de decisiones en materia de políticas públicas. Me equivoqué de cabo a rabo porque ninguna de las dos formaciones opositoras con presencia parlamentaria tienen perfil para convertirse en verdaderas fuerzas con discurso alternativo al nacional popular que sostiene el MAS desde su llegada al poder que ya se acerca a las dos décadas de vigencia con la breve y devastadora interrupción del golpe de Estado de 2019.

El llamado modelo cruceño debería ser una referencia central para construir un discurso alternativo al MAS, pero la coyuntura lo tiene prisionero en una guerra interna de acusaciones y contraacusaciones donde campea la corrupción institucional como nunca antes había sucedido. Mientras Santa Cruz no supere el resquebrajamiento de su gobernación y su principal municipio atestados de corruptos con distintas especialidades se hace difícil establecer una interlocución que permita instalar una mesa plural acerca del destino del país.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Confianzas comunes dañadas

/ 29 de enero de 2022 / 02:10

Después de la autoinfligida secuencia de inicio de año en torno a un posible cambio de gabinete que derivó en un zafarrancho de dimes y diretes, el oficialismo parece aún atrapado en un limbo político. Los disfuncionamientos siguen ahí, no se han resuelto pese a que ya no se exponen impúdicamente ante la opinión. Lo preocupante del asunto no fue solo la demostración de la debilidad del actual sistema decisional masista, sino la impresión de que ciertas confianzas en esa agrupación se están horadando.

El MAS nunca fue una taza de leche, ser la coalición sociopolítica plebeya más grande del país tiene ventajas, pero también costos. Por el lado de las complicaciones, esta singular arquitectura resalta por su informalidad, su laxitud organizativa, su despreocupación por la comunicación política y la gran heterogeneidad de intereses detrás de algunas grandes orientaciones en las que todos convergen.

Alguien dirá que esa es la riqueza de la diversidad, eso es cierto, pero cuando deriva en cacofonía y desorganización es un problema. Por eso, la cuestión de la armonización del mastodonte es crítica y pasa por saber quién o quiénes toman las decisiones y si éstas se hacen de una manera en que sean legítimas para una mayoría de la coalición. En esto, hasta hace dos años, no había secretos, esa labor la desempeñaba Evo Morales. El “jefazo” tomaba su tiempo, escuchaba y hablaba con todos, los convencía, cedía y a veces imponía su autoridad, es un arte ese laburo.

En medio de esas decisiones, siempre hubo conflictos, ambiciones frustradas, traiciones, ostracismos temporales o para siempre, rupturas y peleas, con sillazos incluidos, pero también batallas políticas épicas y sacrificios comunes en las que todos se unieron para consolidar un proyecto político. Es decir, no era la autocracia que sus detractores pintan, ni menos aún el disciplinado partido leninista al que algunos aspiran ingenuamente en sus filas.

Hoy, el problema es que algunos de los pilares que sostenían esos equilibrios deben ser replanteados para adecuarse a un contexto más complicado y desordenado. La dificultad no es únicamente la coordinación entre un presidente y el jefe partidario de la fuerza que lo sustenta, cuestión frecuente en democracias pluralistas, sino también la delicada gestión de la heterogénea coalición de organizaciones sociales afines que pretenden mayor influencia en el gobierno.

Querer transformar esas tensiones en meras disputas personales es simplificar en demasía el problema, aunque los egos y la soberbia tampoco ayudan a su resolución. Pero, el espectáculo brindado por las elites oficialistas en vísperas del 22 de enero es la evidencia de que hay cosas que no están funcionando, pues si la gestión política fuera eficaz se habría evitado el festival de suspicacias, declaraciones y torpes actuaciones que la convirtieron en su primer tropiezo del año, en la que los opositores no tuvieron nada que ver aparte de solazarse con el despelote.

La salida salomónica era casi obvia, había que salvar el honor y preservar la sacrosanta preeminencia presidencial en el nombramiento de sus colaboradores. No había otra, ante tanto exceso, mejor calmar el juego. Tiempo ganado, pero lío no resuelto, porque el desequilibrio sigue ahí, no desaparecerá hasta que se reconstruya y se pacte un mejor esquema colectivo de toma de decisiones.

Pero, me temo que eso no es lo más llamativo del episodio, lo realmente inquietante para los masistas no son tanto la existencia de tensiones internas por tener mayor influencia, al final legítimas, sino los métodos utilizados en el conflicto. La base de la cohesión de cualquier organización está en la existencia de un mínimo sentido de cooperación y respeto entre los copartidarios, eso que algunos llaman affectio societatis, la adhesión a unas reglas compartidas que permiten mantener la unidad del grupo.

Y justo es en ese ámbito donde el episodio está trayendo situaciones inéditas como la exposición abierta de descalificaciones, los intentos de judicialización de problemas internos o las presiones públicas desde el mismo bando para cambiar autoridades. Esas cosas no se ven bien y sobre todo erosionan la confianza interna, esa que, si no existe, hace que la unidad sea solo un eslogan. Algo de disciplina y orden no vendrían mal.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Nuestro Modelo Económico Social Comunitario Productivo

/ 29 de enero de 2022 / 02:08

El Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP), adoptado desde la gestión 2006, es un modelo boliviano propio, el cual considera necesidades según nuestra realidad y también reconoce la influencia de factores externos y cómo podemos contrastar lo negativo, pero lo más relevante es que tiene un horizonte social, en el sentido de priorizar las necesidades de las personas.

Como es de conocimiento general, el modelo considera diferentes tipos de crisis a nivel macro como la alimentaria, energética, hídrica, climática, institucional, política y actualmente podríamos añadir la sanitaria, a las cuales busca hacer frente a través de diferentes programas, bonos, incentivos, inversión de recursos, etc.

El MESCP tiene objetivos claros, como hacer control de nuestros recursos naturales estratégicos, ser un país industrializador y no solo exportador de materia prima, priorizar la demanda interna, independencia en la elaboración de nuestra política económica, promocionar la economía plural, la redistribución del ingreso, sosegando las necesidades más elementales de aquellos sectores que perciben los ingresos bajos, entre otros.

Considerando lo mencionado precedentemente, podemos mencionar que con el modelo se tienen proyectos de industrialización en ejecución como la planta de fundición de Karachipampa, encargada de la transformación de los concentrados de plomo y plata, mediante la fundición, refinación y comercialización; plantas de propileno, polipropileno, de tuberías de polietileno, de amoniaco y urea; empresas de producción de almendras y derivados, palmito, abonos, fertilizantes; industrializadoras de leche de quinua, azúcar, etc.

Asimismo, señalar que se evidenció el incremento de la capacidad de ahorro de la población y la obtención de créditos en nuestra moneda, la “bolivianización”; por otro lado, la tasa de extrema pobreza tuvo una notable disminución, entre otros aspectos positivos.

Es de caballeros reconocer que el modelo tuvo una buena repercusión, no solo nacional sino internacional, podemos mencionar al respecto al Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial, Naciones Unidas, etc., quienes resaltaron nuestra política económica como prudente y eficaz, además de la dinámica del mercado interno a través de la redistribución de ingresos con inclusión social.

Ahora bien, debemos estar conscientes de que ninguna economía, incluida la nuestra, está blindada o es ajena a repercusiones económicas internacionales, es decir que éstas pueden ser positivas o negativas, como lo es el precio de las materias primas como el petróleo e incluso el golpe duro que causó la pandemia por COVID-19 en todo el mundo en diferentes sectores económicos.

En este contexto, para lograr las metas y objetivos planteados debemos conocer, indagar, analizar ventajas y desventajas, considerar que las medidas deben ser asumidas para un bien común, toda vez que la búsqueda de ese bienestar nos incluye; son aspectos que nos hacen reflexionar sobre lo alcanzado hasta ahora y lo que podríamos conseguir gracias al Modelo Económico Social Comunitario Productivo.

Lucy Philco Lima es Economista.

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El Mundial no se juega en Júpiter

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 28 de enero de 2022 / 20:47

Introducción: Bolivia juega sabiendo el resultado de sus rivales cara al puesto cuarto o quinto de las eliminatorias. Los jugadores y el cuerpo técnico hablan de “guerra”, del partido más importante en los últimos 30 años de la historia del fútbol boliviano. La motivación es buena, la sobreexcitación/exageración, no. Farías añade: “queremos llegar a Júpiter”. Venezuela estrena (buen) técnico en la figura de Pékerman que apuesta por un ofensivo 4-3-3. El argentino ha logrado el regreso de figuras a la “vino tinto”. El técnico de la “verde” insiste con su controvertido “dibujo”: línea de tres (con laterales haciendo de centrales como Bejarano y Sagredo); dos carrilleros (uno de ellos, Ramallo, no siente la marca); tres al medio (Justiniano-Villarroel-Arce); y dos arriba (Miranda y Martins).

Nudo: Bolivia arranca bien con presión alta pero pronto se convierte en un equipo largo, partido al medio. Un error de salida de Sagredo trae un ataque letal y el primer gol de Rondón. El inmediato 2-0 retrata el desastre táctico de Farías: Soteldo se divierte con Bejarano mientras Ramallo mira de palco. Rondón, la pesadilla, hace lo propio con un sometido Jairo Quinteros. La contención no existe y la marca, tampoco. Los carrileros ni defienden ni atacan. Todos los duelos se pierden, todos. Ni siquiera aparece la única idea de la era Farías –el pelotazo a Martins. En el primer disparo boliviano al arco rival, llega el descuento de Miranda, un espejismo.

Desenlace: Farías, tozudo, no mueve la línea de tres y se sienta en la banca, resignado, para que Pablo Escobar haga de técnico. El venezolano sigue dejando solo a Jairo Quinteros con Rondón. La “verde” trata de repetir el primer libreto (el bloque alto) pero un error garrafal “made in Bejarano” (el “blooper” de la fecha) sentencia el partido. Solo la roja contra Justiniano provoca la reacción de Farías, que tarde (como siempre) mete cinco cambios (Chumacero, Saavedra, Enoumbá, Ramiro Vaca y Ábrego). Lo único que no toca es la maldita línea de tres. Con los brazos caidos, llega una goleada humillante propiciada por el colero. En Barinas se escucha el “olé, olé”.

Post-scriptum: Bolivia lleva 62 partidos seguidos sin ganar fuera de casa. Es nuestro triste récord mundial. Todos los rivales jugaron para Bolivia, menos Farías. El martes chocamos contra Chile en La Paz: ¿nos daremos el gustito otra vez de dejar a la “roja” sin Mundial como hace cuatro años? Parece ser que es lo único que sabemos hacer.

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La intervención del Estado en la economía

/ 28 de enero de 2022 / 03:01

Se dice que la intervención del Estado en la economía puede solucionar problemas o causarlos, y no hay una receta ideal, puesto que cada país tiene su propia realidad y la política económica siempre está dominada por la ideología política, intereses y objetivos del gobierno de turno.

Varios economistas están de acuerdo en que el Estado debe al menos cumplir los roles que destacaba Adam Smith como: defensa, seguridad y justicia, y excepcionalmente la construcción de las grandes obras públicas. Asimismo, Smith también reconoció que existe fallas en el mercado y falta de competencia y describe a ese aspecto como un problema.

Otro gran economista, John Maynard Keynes, escribió al respecto en medio de la gran depresión de 1929, donde concluye que el Estado no solo debía intervenir para hacer frente a las depresiones económicas sino también que podía hacerlo. Keynes señalaba que los mercados tienen fallas y que, para hacerles frente, debe intervenir el Estado, y la herramienta es la Regulación Económica.

El Nobel de Economía de 2001 Joseph E. Stiglitz defiende la «opción pública», la posibilidad de que el Estado ofrezca una serie de servicios que implique más competencia e innovación, baje precios y haga más fácil la vida a los ciudadanos. Asimismo, asegura que al sector privado le gustan “los monopolios y la explotación” y teme a la competencia, y está convencido de que se puede “domesticar al capitalismo”.

Ahora bien, trasladándonos al caso Boliviano, hasta el 2005, se adoptaba una corriente de libre mercado (economía de mercado), donde el Estado adoptaba un carácter neutro o nulo en la economía y el mercado era el asignador de recursos y el que restablecía en forma automática el equilibrio del mercado de factores y recursos (Ley de la oferta y demanda).

Por otro lado, a partir del 2006, el Gobierno de turno, a través del Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP) adoptó la otra corriente que establece que la intervención del Estado en la economía (economía plural) es importante y determinante para restablecer el equilibrio y el crecimiento económico cuando la economía de mercado se debate en crisis.

Para medir el nivel de crecimiento de una economía utilizamos el Producto Interno Bruto (PIB) como un indicador —que mide la actividad productiva en unidades monetarias de todos los bienes y servicios finales producidos en un país—, el cual se utiliza desde los años 30 como indicador de crecimiento y bienestar de un país. Se reconoce al premio Nobel de Economía Simon Kutznets como el creador de este indicador.

Según datos de nuestro Instituto Nacional de Estadística (INE), la tasa de crecimiento del PIB promedio entre los años 1992 al 2005 (14 años) era del 3,43%, equivalente a 6.724 millones de $us, mientras que entre el 2006 al 2019 (14 años) la tasa de crecimiento del PIB, en promedio fue del 4,67%, equivalente a 27.364 millones de $us, es decir en los últimos 14 años hubo un incremento del 36% en tasa de crecimiento y 307% en el tamaño de la economía boliviana. Para la gestión 2020 se tuvo una tasa decreciente del PIB, llegando a -8,83%.

Sobre los datos anteriormente descritos se puede señalar que la aplicación de una economía plural con intervención del estado a través del MESCP generó resultados positivos en nuestro país, los cuales incluso fueron reconocidos en varias oportunidades por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), entre otros, y por tanto deberíamos sentirnos orgullosos.

Finalmente, en el análisis macroeconómico de cualquier Estado, la interpretación del valor del PIB es fundamental para conocer el grado de desarrollo económico y sus tendencias. Se puede concluir que entre más y mejores bienes y servicios se generen, más trabajo y riqueza habrá para redistribuir entre la población y por lo general, cuando se habla de un aumento en el nivel de vida, éste viene acompañado de bienestar y crecimiento económico.

Romer Bello Bernal es Economista.

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