Voces

Sunday 19 May 2024 | Actualizado a 02:08 AM

El Poopó se seca

Lejos queda el recuerdo de jóvenes pescando pejerreyes en las aguas del río orureño

/ 31 de agosto de 2010 / 05:00

El suelo salino, con embarcaciones hundidas en la tierra, es el paisaje más aterrador y revelador de lo que está pasando. Vegetación y fauna han de-saparecido también, así que el altiplano orureño antes bañado por el río parece más un desierto. Y lo es, pues también la gente va migrando.

Habrá que establecer con precisión las causas de esta muerte; pero aun si hubiese agua en abundancia, ésta sería nociva, pues las 300 empresas mineras  que funcionan en el lugar se han encargado de contaminarla. La extracción de plomo, estaño  y oro ha avanzado sin medir las consecuencias.

El año 2009, un decreto declaró en emergencia a Huanuni, Machacamarca, El Choro y Poopó, pues se vio como inminente la «afectación a la salud humana y la seguridad alimentaria por la presencia de contaminación y salinización de suelos». Todo, a causa de la actividad minera que no se ha detenido, de todas maneras, como tampoco —dicen los habitantes— ha realizado acciones de mitigación.

Así las cosas, puede ser que la minería continúe creciendo; pero la vida se habrá perdido, quién sabe si irremediablemente. Los periodistas de La Razón que visitaron Oruro la anterior semana lo han visto y sentido: allí donde hay agua, como en el río Desaguadero, otro receptor de los desechos mineros, se advierte el color amarillento y se huele a metálico. Ni animales ni plantas ni humanos pueden consumir tal agua.

Los testimonios de la gente que de todas maneras pugna por vivir en la zona, es desgarrador: «las vacas ya no dan leche», «las ovejas nacen tan pequeñas que no se las puede ni vender», «ya casi no tenemos vegetación», «los ancianos vamos a morir en esta tierra en la que vivieron nuestros padres, pero duele ver que esté tan dañada», «las personas jóvenes se han decepcionado de criar animales o cultivar la tierra; cada año es más difícil».

El agua, más allá de las palabras, es la esperanza. No importa cuánto plomo, zinc u oro se logre acumular, cuando no haya qué beber y, por ende, ni qué comer, quizás sea tarde para dar marcha atrás en una actividad que se ha desarrollado sin normas claras, sin control de su impacto en el medio ambiente.

Para golpear más fuerte, ojalá para conmover a las autoridades, queda el recuerdo de los habitantes: tiempos en que los jóvenes iban en sus bicicletas a pescar pejerreyes. Ahora, la pesca parece cosa de ciencia ficción en el Poopó.

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Cuidado con la mezquindad de los poderosos

/ 19 de mayo de 2024 / 00:30

Donald Trump no es exactamente Don Quijote, pero tiene algo contra los molinos de viento. De hecho, la animadversión de Trump hacia la energía eólica es una de las obsesiones más extrañas de un hombre con muchas preocupaciones inusuales (¡retretes, laca para el cabello!). A lo largo de los años, ha afirmado, falsamente, que las turbinas eólicas pueden causar cáncer, que pueden provocar cortes de energía y que la energía eólica “mata a todos los pájaros” (los gatos y las ventanas hacen mucho más daño). Ahora dice que si gana en noviembre, el “día 1” emitirá una orden ejecutiva que frenará la construcción de parques eólicos marinos.

Trump afirma, sin pruebas, que esos parques eólicos matan ballenas; de cualquier manera, si crees que a él le importan las ballenas, tengo algunas acciones de Truth Social que tal vez quieras comprar.

Pero dejando a un lado los molinos de viento de la mente de Trump, aquí hay una historia más amplia, una que va mucho más allá del expresidente: la notable mezquindad de muchas personas poderosas y el peligro que representa tanto para la democracia estadounidense como para el futuro del planeta.

Primero, unas palabras sobre el viento. Durante los últimos 15 años hemos visto avances revolucionarios en la tecnología de la energía renovable; la idea de una economía dependiente de la energía solar y eólica ha pasado de una fantasía hippie a un objetivo político realista. No es solo que los costos de la generación de electricidad renovable se hayan desplomado, las tecnologías relacionadas, especialmente el almacenamiento en baterías, han contribuido en gran medida a resolver el problema de que el sol no siempre brilla y el viento siempre sopla.

Y si bien la energía renovable, como casi todo en una economía moderna, tiene algunas consecuencias ambientales (sí, algunas aves vuelan hacia las turbinas eólicas), estas consecuencias son pequeñas en comparación con el daño causado por la quema de combustibles fósiles, incluso si se ignora el cambio climático y se concentra solo sobre los efectos sobre la salud de contaminantes como las partículas suspendidas en el aire y los óxidos de nitrógeno.

Entonces, ¿por qué querría Trump bloquear un progreso tecnológico tan beneficioso? Sus motivos realmente no son un gran misterio.

Primero, está la codicia. Los productores de combustibles fósiles siguen siendo grandes contribuyentes a las campañas y tienen un interés financiero en frustrar o retrasar las políticas que nos llevarán hacia la energía renovable. En una cena con ejecutivos petroleros en abril, Trump los instó a darle a su campaña mil millones de dólares, a cambio de lo cual revertiría muchas de las medidas del presidente Biden.

Pero no se trata solo del dinero. La protección del medio ambiente, como casi todo, se ha visto atrapada en las guerras culturales. Más allá de todo eso, sin embargo, para Trump, la energía eólica es algo personal. Su odio por las turbinas parece deberse a una disputa, hace más de una década, con políticos escoceses a quienes trató de intimidar para que cancelaran un parque eólico marino que, según dijo, arruinaría la vista desde un campo de golf de su propiedad. No logró bloquear el parque eólico, lo que al final no parece haber afectado el valor de su propiedad. Pero no importa: su ego parece haber sido herido. Y todo indica que está dispuesto a infligir un daño económico y ambiental considerable para mitigar su orgullo ofendido.

Ojalá pudiera decir que esta dinámica es exclusivamente trumpiana. Pero no lo es. El poder de la mezquindad plutocrática se puso de relieve durante los años de Obama, cuando muchos financieros ricos se enfurecieron ante un presidente que, objetivamente, no había hecho nada para merecerlo. Por el contrario, había ayudado a rescatar a muchos de ellos de las consecuencias de una crisis financiera que ellos ayudaron a causar. Pero de vez en cuando se atrevió a decir que Wall Street, efectivamente, había jugado un papel en la crisis y, en general, no parecía tratar a los banqueros ricos con la extrema deferencia que consideraban debida.

Como escribí en ese momento , lo que los hombres que pueden permitirse cualquier cosa tienden a desear, más que dinero per se, es adulación. Y cuando no lo entienden, con demasiada frecuencia se vuelven políticamente locos.

Hemos visto esta trayectoria entre algunos de los señores tecnológicos de Silicon Valley, que siguen siendo increíblemente ricos, pero ya no son los favoritos culturales que alguna vez fueron. Y parece probable que una parte importante de la élite tecnológica apoye a Trump (o al potencial saboteador de 2024, Robert F. Kennedy Jr.) en los próximos meses.

Entonces, aunque Trump es el ejemplo perfecto de alguien que hace de la política algo personal, no es el único en la forma en que permite que agravios menores impulsen sus posiciones políticas. E incluso los plutócratas que no tienen interés en convertirse en presidentes pueden causar mucho daño, porque el dinero compra poder. Trump, sin embargo, bien podría recuperar la Casa Blanca. Y si lo hace, tenga cuidado con las consecuencias de su frágil ego.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Lynch

/ 19 de mayo de 2024 / 00:20

Cuando se erosiona la institucionalidad democrática y la población descree de ésta, es que el síndrome del caos y el río revuelto se convierte en la gran oportunidad de politiqueros y personas sin escrúpulos. Estos grupos que hicieron de la política una forma de enriquecimiento ilícito y ascenso social, en otras palabras, un emprendimiento empresarial vaciado de contenidos ideológicos y programas, convertido en una vulgar actividad comercial, son los beneficiarios directos. De estos jubilosos practicantes está plagada la política y los cargos ejecutivos en los gobiernos. La democracia ha democratizado, paradójicamente, la mediocridad y la banalidad mercantil para desgracia de las mayorías. Es una democracia al revés, se elige para representarnos a la mayoría a supuestos ciudadanos probos para que estos, por artilugios leguleyescos, se conviertan en minoría dictatorial. Eso ocurre en la Asamblea, salvando contadas excepciones que son engullidas sin piedad.

La ausencia del Estado en las múltiples poblaciones de Bolivia es una presa mucho más fácil de controlar por clanes familiares y grupos incrustados en pequeñas bandas que conforman auténticos consorcios delincuenciales que se dedican al contrabando, el narcotráfico, los robos a pequeña escala, entre otros delitos que siempre quedan impunes ante la ausencia de una autoridad que articule controles mínimos para una convivencia pacífica o por lo menos tolerable. Eso no ocurre porque las autoridades son devoradas y más bien se convierten en los principales organizadores de estos atropellos, con la ventaja que representan la autoridad del Estado.

No es sorprendente que un jefe de Diprove, dirección encargada de prevenir y luchar contra el robo de vehículos, se convierta en narcotraficante en poco tiempo, porque ambos delitos están conectados. Estas oficinas que están en la ciudad de La Paz reflejan físicamente los contubernios y tratos oscuros entre los “investigadores”: si es un automotor viejo te piden una serie de documentos para que pierdas tu tiempo obteniéndolos y escapen los ladrones; en tanto, si se trata de un automotor último modelo todo marcha muy rápido porque hay una recompensa extra que tú no puedes ofrecer y tu automotor aparece porque el “investigador” conoce a los delincuentes especialistas en cerebros electrónicos. Para el primero no hay esperanza, nunca aparece el automotor ni siquiera “charqueado” en la feria de la 16 de Julio o el Puente Vela. Esas oficinas donde se cocinan estos tratos funcionan casi a media luz, con el techo muy bajo; en un recoveco de las laderas del oeste. Por allí desfilan los ingenuos que aún creen en la eficiencia de la Policía y de su letrero: “Todos somos iguales ante la Ley”.

Ante la ausencia de una autoridad confiable, la furia y la irritación empiezan a confluir entre las poblaciones que, más bien, se sienten amenazadas por la Policía misma y surge la emotividad comunal dejando atrás el racionamiento, y explota la complicidad linchando a delincuentes sin juicio previo, porque tampoco la Justicia es una garantía creíble, sino todo lo contrario. Esta terrible práctica que viola todos los derechos humanos es un fiel reflejo de la decadencia de los valores y de la capacidad de los dirigentes mundiales que, en sesiones rimbombantes, pregonan el año de los derechos humanos, del niño, de la naturaleza, pero es evidente que la humanidad no ha avanzado, mientras la tecnología nos aleja más de estos valores elementales de convivencia.

El coronel Ch. Lynch (1738-1796) tuvo el trágico honor de convertir su apellido en verbo mortífero, cuando durante la Guerra de la Independencia de Norteamérica mandaba tropas a reducir sin juicio previo a colonos leales a la Corona inglesa. En ese ambiente belicoso sin reglas, estos grupos consideraban actos éticos frente a una población desguarnecida. Bolivia pareciera que estuviera en estado de apronte por el lenguaje belicoso, cargado de odio que destilan los asambleístas frente a sus ocasionales rivales que, se supone, son también hombres y mujeres probos que nos representan, pero la impulsividad atávica de violencia verbal los atrapa y muchas veces se convierte en agresión física. Tal vez no tienen la capacidad para percibir que los estamos observando y piensan que sus actitudes de una supuesta fiscalización no son otra cosa que un instrumento para objetivar su grado de radicalidad que nos hace un profundo daño y puede recalar en escenarios más peligrosos.

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Coordinación regional en eventos internacionales

/ 19 de mayo de 2024 / 00:19

En pocas ocasiones del pasado la situación internacional fue tan compleja como en esta época de predominio de la geopolítica en las relaciones internacionales, profundas innovaciones tecnológicas con impactos relevantes en los modos de producir, consumir, entretenerse y también de hacer la guerra, y todo eso en medio de graves repercusiones del calentamiento global y sus efectos devastadores en varias zonas del mundo.

Además de todo eso, también es preciso mencionar, por una parte, la situación de endeudamiento extremo que registran algunos países como consecuencia de la pandemia del COVID- 19, así como la nueva intensidad que adquieren las migraciones internacionales, por otro.

Pero quizás la mayor novedad de esta época consista en que todas las calamidades mencionadas se difunden todos los días en tiempo real a una gran mayoría de la población del planeta, por los diferentes medios de comunicación o por las redes sociales. En efecto, nunca en la historia pasada la gente en los diferentes países ha compartido la misma información proporcionada por las grandes cadenas mediáticas o intermediada por megamonopolios tecnológicos tales como Apple, Google, Amazon, Meta (ex Twitter), Microsoft y TikTok.

Así vistas las cosas, se comprende la necesidad de que exista una regulación internacional relacionada al menos con los propios contenidos de la información que se difunde, así como respecto de la tributación efectiva y justa de las enormes ganancias de los monopolios tecnológicos y comunicacionales.

Ningún país por sí solo está en condiciones de regular con eficacia este conjunto de aspectos que caracterizan la situación global hoy. Es imprescindible por consiguiente que existan instancias multilaterales con potestades efectivas para generar las respectivas normas y acuerdos sobre el financiamiento destinado a combatir el calentamiento global, la atención humanitaria de las migraciones y la renegociación de la deuda de los países altamente endeudados, entre otros temas.

Están programados para este año varios eventos internacionales que tratarán los temas del financiamiento global con participación de los bancos multilaterales de desarrollo, las reformas del sistema de las Naciones Unidas y el desbloqueo en que se encuentra por el momento el Consejo de Seguridad.

En tal contexto, resulta totalmente inconveniente que los países latinoamericanos carezcan de una posición compartida sobre dichas materias. La transición hacia un nuevo orden internacional será probablemente larga y superará con creces los usuales períodos presidenciales entre cuatro y seis años, motivo por el cual sería recomendable que se establezcan mecanismos con mandatos largos para que los países de América Latina puedan presentar sus posiciones comunes y defender sus intereses compartidos en las negociaciones que se avecinan.

Las circunstancias políticas vigentes en los países de América Latina y el Caribe no permiten abrigar demasiadas esperanzas en materia de sólidos acuerdos en temas globales. Las diferentes expectativas sobre el resultado de las elecciones de noviembre de este año en Estados Unidos forman parte ciertamente de los obstáculos que entorpecen los consensos sobre iniciativas diplomáticas efectivas en temas internacionales.

Sin embargo, se podrían avanzar ciertas iniciativas relevantes en América del Sur, cuyos recursos naturales agregados constituyen una formidable base de negociación frente a actores globales que los tienen en su mira. Se trata por supuesto, en primer lugar, de la Amazonía, pero también de los minerales necesarios para la transición global hacia las fuentes renovables de energía.

Lo mínimo a que se podría aspirar en las actuales circunstancias es a la adopción de algunos principios comunes respecto a la negociación sobre las actividades extractivas y las que se llevan a cabo en los bosques amazónicos.

 Horst Grebe es economista.

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Homenaje póstumo en vida

/ 19 de mayo de 2024 / 00:15

Tal como lo acaba de leer. Es una de las últimas metafísicas de Manuel Monroy Chazarreta. Tan profunda, tan tierna, que se convirtió en el techo de la más reciente presentación en el teatro Nuna de su entrañable La Paz. Convocó al sol y a varios talentos amigos, a testigos de su camino, admiradores de sus características irrepetibles que lo acompañaron y lo sostuvieron en un cuidado y a su vez emotivo aptapi musical, literario, poético… bien lindo shempre.

Antes de que se abra el telón, en mesas y graderías ya se paseaban las leales pizzas, se parquearon en un par de mesas botellas de vino, sin semáforos circulaban jugos, gaseosas. Hasta un postre con chocolate preludiaba un dulce concierto. Cuando de pronto, sin aspavientos, ingresa casi de puntas, acompañado solo por su guitarra, el joven alteño que Manuel ya nos presentó en otros encuentros, Mauricio Segález. No sólo ha sabido entender los ch’enkos del Manuel, no sólo sabe del valor del Manuel, también nos deleitó con una crónica en tono joven, en tono promesa. Tan promesa y presente como la Vero Pérez, que nos hizo cambiar de temperatura con su interpretación de Ego, una canción para ella y sólo para ella. Tan presente y tan consciente como el Christian Benítez, con una potente versión de una de las últimas composiciones papirrescas, Chabela para la revolucionaria Isabel Viscarra, que nos dejó hace poco: “ay, Chabela, Chabelita, compañera de los pobres, de Café Semilla y pan”. Ella se hizo presente en el aire.

Canción tras canción, nuestras almas vibraron exorcizando nuestras penas, saldando cuentas con el pasado, deletreando la luz del presente, sintiéndonos orgullosos de nuestro cantautor, de nuestro sentipensante, de nuestro pequeño Manuel que se quedó tan wawita sin su madre Anita, abrazado a su guitarra, de nuestro “Manuelitoshón” que se graduó bachiller del brazo de la chola Hilaria, su segunda madre y razón de su columna ideológica.

Esa noche de viernes también pusieron algunos punto y aparte. El actor Sergio Caballero revivió, sin huecos, algunas crónicas del Papirri que certifican que la calidad de sus composiciones está a la altura de sus textos. Tan íntimos, tan suyos, tan sinceros, tan entrañables, tan tan que parecen campanas. Con el corazón en la boca, un trago de vino, y a la siguiente canción. Sin embargo, ahora no hay control posible: entra la Tere Morales para romper toda la zona sur con una inigualable Ingratitud. Qué cueca, Tere.

Para los seguidores del Manuel, pocas pueden ser las sorpresas. Así y todo, hay que admitir que fue un regalo inesperado la presencia de Luis García en los teclados. Lo fue porque le dio un color diferente a todo, lo fue porque sus dedos fundiéndose en cada tecla deconstruyeron y reconstruyeron ese mágico teatro, lo fue porque contó cómo desde sus inicios musicales intentaba sacar las canciones de Monroy Chazarreta y no le salían pese a sus jóvenes esfuerzos. Hubo que tomarse muy en serio la formación musical para poder ponerse una prenda de Manuelitoshón. Su música es altamente original, su música es compleja. Su verso es siempre un nacimiento. Y su poesía, ¿de dónde vendrá su poesía? ¿De dónde sale: “esta quimba es la trinchera para fusilar la desconfianza” o “por qué agujero de tu alma se fue chorreando mi amor”? Y sobre todo, ¿cómo hay personas que creen y dicen, sin ruborizarse, que el Papirri no es más que buenas metafísicas y Bien le cascaremos? Mejor vuelvo al chisme de aquella noche en la 21 de Calacoto. Fue una presentación en la que sus alianzas musicales y de vida cuidaron cada pieza de un tiempo y espacio inolvidables: el muy changuito Ruddy García enmarcando con su decidida trompeta, Bilo Viscarra levantando el ánimo, Raúl Flores con un bajo que puso en alto el conjunto, Mauricio Cardona domando con temple su batería y la zampoña valiente de Kicho Jiménez, la alegría a toda prueba de Kicho. Hasta ahurita no entiendo por qué le dice “tío” al Manuel.

Desfilaron sus grandes composiciones (y aún así me faltaron tantas pero tantas canciones imprescindibles para mi vida, para La Paz, para el país). Mecieron como a wawa de pecho cada pedazo musical, cantaron con la fuerza de la tierra, leyeron con el corazón cada palabra, le dijeron al Papirri que es único en sus relatos, en sus composiciones, en sus letras, alumbraron su poesía, le agradecieron su probada generosidad, su versatilidad… bien lindo shempre.

Esta A, que no sabe tocar ni la puerta, no puede poner un punto final a esta columna sin reconocer el plurivalor de Manuel Monroy Chazarreta, el haber puesto música y poesía a mi vida. Y con esta última presentación, haberme enseñado que el verdadero homenaje póstumo es en vida, carajo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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IA y soledad

Columnista de The New York Times.

/ 19 de mayo de 2024 / 00:14

Cuando estaba informando sobre mi serie sobre tecnología educativa, me topé con una de las cosas más inquietantes que he leído en años sobre cómo la tecnología podría interferir con la conexión humana: un artículo en el sitio de la firma de capital de riesgo Andreessen Horowitz titulado alegremente No es una computadora, ¡es una compañera! Comienza con esta cita de alguien que aparentemente ha aceptado plenamente la idea de tener un chatbot para su pareja: “Lo bueno de la IA es que está en constante evolución. Un día será mejor que una (novia) real. Un día, el verdadero será la opción inferior”. El artículo continúa describiendo casos de uso de “compañeros de IA”, sugiriendo que alguna iteración futura de chatbots podría sustituir a los profesionales de la salud mental o los compañeros de trabajo conversadores.

Esta semana, OpenAI lanzó una actualización de su chatbot ChatGPT, una indicación de que el futuro inhumano predicho por la historia de Andreessen Horowitz se acerca rápidamente. Ha habido muchas comparaciones entre GPT-4o y la película de 2013 Her, en la que un hombre se enamora de su asistente de inteligencia artificial, con la voz de Scarlett Johansson. Si bien algunos observadores no quedaron particularmente impresionados, ha habido mucho entusiasmo sobre el potencial de los chatbots con apariencia humana para mejorar los desafíos emocionales, particularmente la soledad y el aislamiento social.

Ciertamente, existen usos valiosos y beneficiosos para los chatbots de IA. Pero la noción de que algún día los robots serán un sustituto adecuado del contacto humano no comprende lo que realmente es la soledad y no explica la necesidad del contacto humano. Hay desacuerdos entre los académicos sobre el significado preciso de “soledad”, pero para abordarlo como un problema social, vale la pena intentar afinar nuestras definiciones. Eric Klinenberg, sociólogo de la Universidad de Nueva York y autor de varios libros sobre la conexión social, me describió la complejidad de la soledad de esta manera: “Pienso en la soledad como nuestros cuerpos, nos indica que necesitamos conexiones mejores y más satisfactorias con otras personas”. Y, dijo, “el principal problema que tengo con las métricas de la soledad es que a menudo no logran distinguir entre la soledad saludable ordinaria, que nos saca del sofá y nos lleva al mundo social cuando la necesitamos, y la soledad crónica y peligrosa, que impide: no nos levantamos del sofá, y nos lleva a una espiral de depresión y abstinencia».

La razón por la que me preocupa chatear con robots como una posible solución a la soledad es que podría ser un enfoque que atenúe el sentimiento lo suficiente como para desanimar o incluso impedir que las personas den ese paso del sofá para establecer conexiones con los demás. Y algunas investigaciones indican que la falta de contacto humano puede exacerbar los sentimientos de aislamiento.

¿Qué pasaría si incluso una pequeña porción de los miles de millones que se gastan en el desarrollo de chatbots con IA se pudiera gastar en cosas humanas y físicas que ya sabemos que ayudan a la soledad? Como dijo Klinenberg, para ayudar a las personas solitarias y aisladas, deberíamos invertir en cosas como viviendas colaborativas, parques, bibliotecas y otros tipos de infraestructuras sociales accesibles que puedan ayudar a personas de todas las edades a crear conectividad. 

Jessica Grose es columnista de The New York Times.

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