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Wednesday 5 Oct 2022 | Actualizado a 18:03 PM

Castigos y sociedad

La propuesta de una castración química contra los violadores de niños ha generado, en la Cámara de Diputados, una intensa discusión que, al final, ha derivado en que se descarte tal posibilidad. Tampoco ha prosperado el castigo de la castración física.

/ 17 de septiembre de 2010 / 05:00

La propuesta de una castración química contra los violadores de niños ha generado, en la Cámara de Diputados, una intensa discusión que, al final, ha derivado en que se descarte tal posibilidad. Tampoco ha prosperado el castigo de la castración física.

Un grupo de representantes de padres de familia, al conocer esta decisión, ha expresado su molestia. Temen, dijeron estas personas, que el proyecto de Ley de Reformas al Código Penal para la Protección Legal de Niñas, Niños y Adolescentes resulte demasiado tolerante, benevolente para con los criminales. Seguramente insistirán; pero parece claro que no hay consenso legislativo para la  inclusión de la castración en la ley.

Es cierto que los abusos contra niños son frecuentes. Basta revisar las notas de prensa, que recogen algunos de los casos denunciados, para intuir la gravedad del problema.

Por supuesto que es preciso endurecer las sanciones contra los culpables; pero, aunque resulte difícil de aceptar por la indignación que estos casos despiertan, una sociedad debe actuar con  las consideraciones de justicia y respeto de los derechos humanos, aun si se trata de criminales. Castigo, sí. Penas de cárcel más severas, sí. Pero ojalá sin perder de vista que un pueblo no puede rebajarse al nivel de quienes delinquen.

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Crónica de una estanflación anunciada

/ 5 de octubre de 2022 / 02:27

Recientemente, con motivo de la inflación analicé el debate entre los economistas que creían que era un fenómeno transitorio y pasajero y los que creían que era un fenómeno más complejo y duradero. Ahora que sabemos el resultado, la discusión se trasladó en que si iba a ser una inflación de tasas relativamente bajas o con tasas más altas e incluso, en la jerga de los economistas, si serían de dos dígitos, es decir, del 10% para arriba. Históricamente, como apunta el Banco de Pagos Internacional (BIS, por sus siglas en inglés), las fases prolongadas de alta inflación han sido relativamente raras como la Gran Inflación de la década de 1970 y que, generalmente, altas tasas de inflación también han seguido típicamente a las guerras.

Sin embargo, en plena discusión, Eurostat adelantó la inflación en el Área del Euro para septiembre estimando una tasa anualizada del 10%, es decir, de dos dígitos, al subir desde el 9,1% alcanzado en agosto de este año. Así, en la Liga de Naciones de la UEFA de la inflación están, entre los equipos tradicionales, en primer lugar los Países Bajos con una inflación alta del 17,1%, seguidos de Bélgica con 12%, Austria 11% y Alemania, con 10,9%. Los demás antiguos miembros están bordeando el 10%, destacando Francia con la inflación más baja de 6,2%, mientras que los nuevos socios, como Lituania y Estonia, están con inflaciones arriba del 20%, tendiendo a compararse con los países latinoamericanos.

Los datos de Eurostat señalan que a septiembre los precios de la energía subieron un 40,6% y el de los alimentos, un 11,8%, de tal manera que si excluyen energía y alimentos, la inflación fue solo de 4,8%.

El Banco Central Europeo (BCE), en contra ruta al Fed de EEUU, se resistió a subir su tasa de interés hasta julio, cuando la incrementó de 0% a 0,5% y después, en septiembre, la impulsó al 1,25%. Las opiniones de los economistas siguen enconadas puesto que señalan que el BCE debería haber subido mucho antes la tasa de interés y en forma más agresiva, aunque estadísticamente se observa la fuerte incidencia de los combustibles y alimentos en la alta inflación.

Una vez admitida la alta inflación, actualmente el debate entre los economistas se centra en si habrá un aterrizaje duro o un aterrizaje suave. Para Stephen Roach, de Project Syndicate, la Fed cree que puede lograr un «aterrizaje suave», es decir, que la inflación regrese a niveles más benignos sin una recesión. Por lo tanto, la discusión en realidad es si ocurrirá una recesión o no, lo que significa trasladar el debate a los pronósticos de los economistas sobre la probabilidad estadística de la ocurrencia de una recesión en EEUU.

Según Bloomberg en Línea, el consenso de los economistas subió la probabilidad de recesión de 40% en agosto a 50% en septiembre, mientras que, según JP Morgan Chase, las probabilidades de recesión en EEUU aumentaron de 51% en agosto a 92% en septiembre, según la caída en la bolsa de valores del Standard and Poor’s y del 84% al 96% si se toma en cuenta la caída de los precios de los metales básicos.

En cambio, la OECD, en su Economic Outlook de septiembre, alerta que la economía mundial se está desacelerando más rápidamente que lo anticipado y estima que en 2023 EEUU crecería apenas un 0,5% y Alemania entraría en recesión con un crecimiento negativo de 0,5%. Debido al endurecimiento monetario por parte de la mayoría de los principales bancos centrales, proyecta que la inflación alcanzará su punto máximo en el trimestre actual en la mayoría de las principales economías, y disminuirá en el cuarto trimestre y a lo largo de 2023 en la mayoría de los países del G20 aunque, de todas maneras, la inflación anual se mantendrá muy por encima de los objetivos de los bancos centrales en casi todos los países.

Lo que parece evidente es que el aterrizaje difícilmente será suave, si además parte de las perturbaciones son provocadas por el propio piloto y que es poco probable que la inflación vuelva a sus tasas bajas del pasado por un buen tiempo, por lo que sería recomendable que sobre todo los países europeos se preocupen más por parar la guerra en lugar de avivarla, ya que es la gente común la que en realidad está pagando el verdadero precio de la guerra.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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‘Utama’, amor y muerte

/ 5 de octubre de 2022 / 02:24

Es imposible ver Utama y no acordarse de Wiñaypacha (estrenada en el Festival de Cine Radical 2019 y con un paso fugaz y silencioso por la cartelera comercial). Ambas dialogan, son espejos por donde sobrevuela el cóndor, el gran protagonista. Utama es una tierna/cómplice historia de amor. Un amor largo y duradero, como los de antes; hasta que la muerte los separa a Virginio y Sisa. Un amor de miradas y silencios, también de imposiciones (él pasta las llamas, ella debe cargar el agua desde lejos).

En la película del peruano Oscar Quispe Catacora ( fallecido el año pasado con 36 años), dos abuelitos (Phaxi y Willka, Luna y Sol) viven a 5.700 metros de altura, en la cordillera de Carabaya, Puno. En la del boliviano Alejandro Loayza Grisi, vemos a dos abuelitos, Sisa (Luisa Quispe) y Virginio (José Calcina), también en duras condiciones de vida. En Utama aparece un nieto llamado Clever (Santos Choque), un “listo” que quiere rescatarlos hacia la ciudad; en Wiñaypacha, el hijo se desconecta de la raíz, igual que en Utama. En las dos obras, el hombre y la mujer (chachawarmi) luchan contra todos, contra la hostilidad del lugar y la sequía, contra el frío y el olvido.

Los cuatro (Phaxi, Willka, Sisa y Virginio) poseen una conexión con la naturaleza que hemos perdido. Unos tejen el tiempo, otros hilan ese vínculo con lo sagrado. Phaxi convoca al viento hualaycho para esparcir la quinua y su hermana —Sisa— repite la imagen. Los cuatro suben a las apachetas, ora para brindar ofrendas, ora para pedir esa lluvia anhelada. En Wiñaypacha, la mujer convence al hombre, es la que anda; en Utama es al revés, es el hombre que se mantiene vivo gracias al caminar junto a sus llamas, las grandes protagonistas, siempre coquetas y orgullosas.

Es imposible hablar de Utama y no acordarse de la historia del cine boliviano. Es otro diálogo. Loayza Jr. charla con esa Sebastiana Kespi que vuelve en la obra de Jorge Ruiz, con ese Sebastián Mamani/Reynaldo Yujra que regresa para morir/danzar en La nación clandestina de Jorge Sanjinés, con ese Elder Mamani/Julio César Ticona que también tose y se ahoga en El gran movimiento de Kiro Russo. La ciudad como condena, el campo como salvación; la ciudad como refugio, el campo como castigo.

El debut de Alejando Loayza (con 36 años) es cine íntimo. Utama nos deja reminiscencias del mejor cine japonés; un trabajo con actores naturales que da un barniz documental al mejor estilo neorrealista con el fin de encariñarnos con sus personajes; un especial cuidado por la fotografía; unos inevitables paisajes y sus consecuencias psicológicas; y un tono crepuscular de western. Las campanas de la iglesia señalan el sendero. Ese caminar inicial hacia el horizonte es puro John Ford. Por usted van a redoblar las campanas, don Virginio. Es también cine político que deja preguntas más allá de la muerte: ¿y la vida digna?, ¿y esos pozos que no se hacen?, ¿y ese Estado ausente?, ¿y esos urbanitas que odian a estos protagonistas?, ¿quién corta las alas de Virginio, el cóndor, antes del sacrificio final?

Si Wiñaypacha es más triste y osada es porque compone con prácticamente una sola toma y 96 planos fijos. Es un desafío mayor, sin músicas, sin efectismos, sin buscar esa imagen preciosa para armar un envoltorio poético/mágico en el que resbala a ratos sin caer Utama. Si la película del boliviano es más esperanzadora (y convencional con banda sonora de Cergio Prudencio y tema de la inevitable Verónica Pérez) es por ese presagio/ milagro de lluvia final. ¿Por qué no se traduce la canción de Luzmila Carpio, esa oración al señor cóndor?

Utama es una historia de muerte, de sagrada y digna muerte. Virginio se va en su ley, respetándose a sí mismo y a sus creencias, dejando un legado, hasta las últimas consecuencias. Utama habla más de eutanasia que de cambio climático. Cruzar solo el camino del lago es para valientes.

Nada se parece más a la aymara Wiñaypacha que la quechua Utama. Son afinados ejercicios de estilo, tan estudiados en planos y composición que la historia a ratos pareciera que queda sobrando. Nuestras almas extraviadas están en esas montañas, en esos lugares sagrados. Somos esas llamas que se pierden y son halladas, esas piedras, illas de esperanza. Somos ese sombrero de fina estampa heredado con orgullo, esa lluvia que de tanto ser implorada con la siembra y el corazón, cae. Somos esas señales mágicas que hemos dejado de leer. Somos ese hielo que desaparece con nosotros. Somos la última mujer que queda y resiste.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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Terapia psicodélica

/ 5 de octubre de 2022 / 02:21

Nick Fernandez estuvo en el infierno; era un infierno en llamas, repleto de calaveras y elefantes con unas patas larguísimas sacados de un cuadro de Salvador Dalí. Un espíritu lo había guiado hasta allí después de su funeral; hizo algunas paradas por el camino: en Grand Central Terminal, la azotea del Empire State Building y las alcantarillas que fluyen bajo la ciudad de Nueva York. Su destino final era una cueva, donde Fernandez se encontró su propio cuerpo colgado de una percha. Al contemplar su cuerpo de ese modo, fue capaz de reconciliarse con todo por lo que había pasado y aceptarlo como suyo.

Fernandez estaba experimentando un viaje de psilocibina, el principio psicoactivo de las setas alucinógenas. Tomó la sustancia química en un ensayo clínico en la Universidad de Nueva York dirigido a las personas que lidian con la ansiedad y la depresión tras un diagnóstico de cáncer. Ese estudio y otros varios han revelado que las sustancias psicodélicas como la psilocibina son notablemente eficaces para aliviar los síntomas de la depresión y de la ansiedad. Solo se han de tomar en unas pocas ocasiones. Algunos expertos dicen que se podría pensar en la terapia como una operación quirúrgica que resuelve un problema con una sola intervención, en vez de como un tratamiento continuo para afrontar una enfermedad crónica.

La pregunta de si las alucinaciones como las que experimentó Fernandez son clave para la eficacia de las sustancias psicodélicas es actualmente objeto de un gran debate entre los investigadores. La respuesta podría ser determinante para que millones de personas recibieran un tratamiento muy necesario para ellas, y aportar nuevos conocimientos sobre cómo tratar los trastornos de la salud mental en el futuro.

Se espera que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) apruebe la psilocibina para tratar la depresión antes de acabar la década. Pero, en su forma actual, la terapia psicodélica siempre estará al alcance de solo una minoría selecta. Para empezar, no es un tratamiento fácil ni cómodo. Requiere varias sesiones de terapia, además de los viajes intensivos que duran un día entero, lo que puede ser física y emocionalmente agotador, además de caro. Ante estos obstáculos, algunos científicos están trabajando para desarrollar moléculas basadas en sustancias psicodélicas que proporcionen los beneficios terapéuticos, pero sin las alucinaciones.

La búsqueda de una respuesta a cómo las sustancias psicodélicas curan la depresión está llevando a los científicos un paso más cerca de saber no solo cómo aliviar los síntomas de la enfermedad mental, sino también de cómo curarla por completo. Lo que está en juego en este debate no es solo la pregunta intelectual de cómo podrían curarte las drogas que te llevan y te traen del infierno, sino también la futura de cómo se administrarán como medicamentos y qué forma adoptarán cuando lleguen al mercado.

Varios de los investigadores de ambas partes se juegan el pellejo en términos económicos; han fundado o son consultores de compañías biotecnológicas que compiten por ser la primera cuya sustancia psicodélica —alucinógena o no— obtenga la aprobación de la FDA. (Se autorizó una variante de la ketamina para tratar la depresión en 2019). Hasta entonces, los investigadores continuarán su búsqueda a través del trabajo incremental e incierto de la formulación, los ensayos preclínicos y, con suerte, los clínicos.

Dana G. Smith es columnista de The New York Times.

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Me equivoqué

/ 5 de octubre de 2022 / 02:14

Como crecí en Turquía, viví mi niñez a la sombra de una fuerte censura y me sentí fascinada por lo que las nuevas tecnologías significarían para el mundo y en especial para la libertad de expresión y el disenso. Ingresé a una escuela de posgrado en Estados Unidos. Tenía un especial interés en las relaciones entre la tecnología, el disenso y las protestas. Sin embargo, la reacción del gobierno de George W. Bush al 11 de septiembre cambió la manera en la que pasé mi tiempo.

Después de 2001, me metí de lleno al movimiento para detener una guerra infundada, que se suponía que era una respuesta a terribles actos de terrorismo. Al ser de la región, conocía bien la brutalidad de Sadam Husein. Pero también pensaba que una guerra de grandes proporciones y la ocupación militar de un país del Medio Oriente, con base en acusaciones poco sólidas y pruebas endebles serían catastróficas.

Sin duda, esa inmensa ola de protesta —quizá la más larga de la historia— ayudaría a detener la marcha imparable hacia aquella guerra mal aconsejada. Todos sabemos qué sucedió. Pero me tomó años de estudio descifrar el cómo y el porqué. La primera pregunta que me hice fue por qué tantos otros y yo esperábamos que las protestas influirían de manera inevitable en las decisiones del Gobierno. Nos parecía que era cosa de sentido común, pero, ¿cuál sería el mecanismo para que el poder del pueblo se transformara en un cambio de políticas? En el caso de la invasión de Irak, algo no había funcionado tan bien.

Empecé a entender mejor la razón menos de una década después, cuando comenzó una nueva ola de protestas mundiales: las revoluciones de la Primavera Árabe en todo el Medio Oriente, el movimiento Occupy en Estados Unidos y muchos más. Todos ellos parecieron surgir de la nada y crecer con rapidez, valiéndose de los poderes de la tecnología digital. A medida que estudiaba muchos de esos movimientos, observé que existían patrones comunes. Los grandes movimientos que surgieron con rapidez a menudo perdieron el rumbo una vez que llegó el inevitable rechazo. No contaban con las herramientas necesarias para navegar por la traicionera fase siguiente de la política, porque no habían necesitado construirlas para llegar a ella.

En el pasado, una marcha realmente multitudinaria era la culminación de una organización a largo plazo, el signo de exclamación al final de una frase, que indicaba una planificación previa y fuerza. Pero desde principios de la década de 2000, una gran protesta ha empezado a parecerse más a una frase que empieza con un signo de interrogación. Así que concluí que aunque las grandes manifestaciones de hoy se ven igual que las del pasado, los diferentes mecanismos que las producen ayudan a determinar si los gobiernos o las autoridades las verán como una amenaza verdadera o solo como algo que puede desestimarse con el argumento de que es un grupo focal. Esto no quiere decir que he llegado a pensar que las protestas son inútiles o que las grandes marchas no tienen sentido. Lo tienen.

En 2003, durante aquellas protestas contra la inminente invasión de Irak, los demás manifestantes y yo estábamos alarmados por el pensamiento colectivo que observábamos entre los políticos y los medios de comunicación sobre los motivos y la necesidad de la guerra. Las pruebas que ofrecían parecían débiles a todas luces y sus hipótesis sobre cómo se desarrollaría la guerra eran muy ajenas a la comprensión realista de la situación.

Pero nosotros también teníamos nuestra propia versión del pensamiento ilusorio que teñía nuestro juicio. Por supuesto, nuestro nivel de culpabilidad no era similar, ya que no pudimos detener una catástrofe a pesar de haberlo intentado, en comparación con el hecho de haber iniciado una a partir de pruebas deficientes y poco sólidas, pero nos sirvió de lección. Estar en el lado correcto de la historia no nos libra de los análisis débiles ni de la tentación de confundir lo que colectivamente esperábamos que fuera cierto con un examen de cómo fueron las cosas en realidad.

Zeynep Tufekci es columnista de The New York Times.

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Revoluciones de mujeres

/ 4 de octubre de 2022 / 01:44

¿A poco no sería apropiado si los regímenes en Moscú y Teherán —el primero definido por un culto al machismo de su líder, el segundo por su misoginia sistémica— fueran derrumbados por protestas inspiradas y lideradas por mujeres? Esa posibilidad ya no es remota. Las protestas que se han desarrollado en todo Irán desde la muerte cruel de la joven de 22 años, Mahsa Amini —acusada de violar la ley de Irán sobre el uso del hiyab, arrestada por la policía de la moral y que casi indudablemente golpearon hasta dejarla en coma mientras estaba detenida— son las más serias desde la “revolución verde” de 2009 después de la reelección fraudulenta de Mahmud Ahmadineyad.

Pero quizá ahora sea diferente.

En ese entonces, el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, era vigoroso y gozaba de un control total del sistema. Ahora, hay reportes de que está muy enfermo. Aquella vez, Irán exportaba más o menos 2.300 millones de barriles de petróleo al día. Ahora, en parte gracias a las sanciones impuestas por el gobierno de Trump, exporta unos 800.000. Antes, las protestas eran sobre todo de política, que se centraban en Teherán. Ahora, se tratan más de derechos humanos, y hay un componente étnico potente. Pero el factor más importante es el factor de las mujeres.

“En 1979, cuando las mujeres protestaban en contra de la amenaza del hiyab, estaban solas”, me comentó hace una semana la escritora Roya Hakakian, quien era adolescente cuando vivió la revolución iraní. “Ahora la marea ha cambiado muchísimo. Los hombres reconocen el liderazgo de las mujeres y están de su lado. Está claro que estas manifestantes han forjado una identidad colectiva que es contraria a la identidad del régimen. Contrarrestan la misoginia del régimen con un igualitarismo sin precedentes”.

Dirigir una dictadura es un arte delicado. Quienes intentan gobernar con un toque demasiado ligero —dejando a la gente común y corriente más o menos sola excepto cuando se trata de política— corren el riesgo de que la probadita de la libertad se desborde.

Pero quienes tratan de interponer el régimen en los aspectos más personales de la vida de la gente, incluida la elección de la ropa, corren otro tipo de riesgos. Para eso se necesita que el Estado controle el comportamiento de todos, no solo de unos pocos. De esta manera, amplían enormemente el círculo de personas con razones personales para odiar el sistema, y les proporcionan los instrumentos más sencillos de una revolución. Si todas las mujeres de Irán deben ponerse el hiyab, entonces, todas las mujeres tienen los medios para iniciar una revolución.

Por mucho tiempo, Vladimir Putin supo que no debía caer en esta trampa: su arma era el bisturí, no el mazo, y su pacto con el pueblo ruso era que se le dejaría en paz si ellos dejaban en paz la política. Un vago aroma a miedo, y no un sistema omnipresente de coacción, es lo que dio al régimen de Putin su poder de permanencia.

De la noche a la mañana esto ha cambiado. La “movilización parcial” que Putin ordenó para llenar sus filas diezmadas es la esencia de la compulsión. A juzgar por las imágenes que salen de Rusia, los hombres en edad militar están huyendo hacia la frontera, y las mujeres se están manifestando. La semana pasada, una nota de Sky News reportó “más mujeres que hombres en la protesta en Moscú; una por una, las metieron en camionetas de la policía”.

Putin tiene motivos para preocuparse. El Comité de Madres de Soldados de Rusia, dirigido en su momento por Maria Kirbasova, ayudó a poner fin a la primera y desastrosa guerra de Rusia en Chechenia a principios de los 1990. Antes de eso, las madres rusas fueron fundamentales para atraer la atención sobre los males de la dedovshchina —el abuso rutinario y brutal de los jóvenes conscriptos—, lo cual también ayudó a socavar la labor militar soviética en Afganistán.

Ahora, por cada uno de los 300.000 jóvenes que Putin pretende convertir en carne de cañón en su desastrosa e ilegal guerra, hay incontables madres, esposas, hermanas, hijas y novias que, de hecho, también han sido movilizadas. Tienen más posibilidades de tomar Moscú que las que tendrá el ejército ruso de tomar Járkov o Kiev.

Es bueno que el gobierno de Biden, que ha hecho las cosas bien al enfrentarse a Putin, haya apoyado ahora las protestas de Irán, incluso tratando de mantener a los iraníes conectados a internet a través de las cajas Starlink de Elon Musk. Puede mejorar aún más si se retira de las conversaciones nucleares, basándose en el principio de que un régimen que no da alivio a las mujeres no merece alivio de las sanciones.

Occidente ha tenido un movimiento de mujeres y una Marcha de las Mujeres. Ahora es el momento de una Revolución de las Mujeres en Irán y de una Paz de las Mujeres en Rusia. Las oportunidades son propicias.

Bret Stephens es columnista de The New York Times.

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