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martes 26 oct 2021 | Actualizado a 14:55

Marmita

La Paz se ha transformado en una marmita cotidiana, donde sólo se cocina la estupidez humana

/ 15 de mayo de 2012 / 04:54

Según Wikipedia, una marmita es “una olla de metal cubierta con una tapa totalmente ajustada. Se utiliza generalmente para procesar alimentos, jaleas, etc.” Si alguna vez califiqué esta ciudad de crisol, ahora me obligan a calificarla de marmita. Ni modo, una de cal y otra de arena.

Esta olla industrial puede ser de varios tipos y ahí, en ese sitio web que tanto desprecian los intelectualoides, encontré unos tipos muy sugestivos: “con agitador”, “con agitador de moción doble y auto basculante”, “con agitador al vacío”, etc. ¿Qué similitud con nuestros biotipos urbanos afanosos de prender la marmita y armar el jaleo?

En 187 años de historia republicana, Bolivia fue incapaz de estructurar un Estado fuerte. Somos, como definen los teóricos, un Estado fallido. Una patética calificación. El Estado fallido se caracteriza por: “Pérdida de control físico del territorio o del monopolio en el uso legítimo de la fuerza; erosión de la autoridad legítima en la toma de decisiones; incapacidad para suministrar servicios básicos; incapacidad para interactuar con otros Estados”. ¿Qué tal? ¿Te suena centenariamente conocido?

No deseo entrar al gremio de los comentaristas o panelistas políticos (que me aburren soberanamente), pero debo hacer estas consideraciones para berrear mi bronca de paceño que está hasta las narices con esta historia de cargarnos al país en nuestra espalda. Todo, pero absolutamente todo, que emerja de esa fallida condición estructural, debemos sufrirlo en nuestras calles y nuestros espacios públicos. Somos la población urbana más castigada por la frecuencia de los conflictos que aquí se manifiestan y ya somos masoquistas consumados. Nos encanta sufrir y parece que gozamos ante esos actos de crueldad y dominio. Como en una sistemática sesión de SM aceptamos que esta ciudad esté bloqueada, sitiada, aislada, cercada, lacerada, incomunicada, gasificada, asaltada, martirizada por cualquiera al que, simplemente, le dio la gana de hacerlo. Los que protestan pueden ser de aquí o del rincón más alejado del territorio boliviano. No importa su origen, todos deben llegar a la plaza Murillo como si se tratara de un cetro al alcance de todos. Ahí llegan todos, hinchados de paroxismo y teatralidad.

Personalmente siempre he sostenido que no tuvimos ni tenemos grandes epopeyas políticas. Siempre nos quedamos en la retórica y el palabrerío por las condiciones de nuestro ethos y de nuestra chatura como seres políticos. Aquí simplemente se dieron champa guerras o mediocres escaramuzas que debemos soportarlas a diario y en nuestras calles desde décadas atrás. En el inicio de este milenio, nuestra ciudad se ha transformado en una marmita cotidiana, donde sólo se cocina la estupidez humana.

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Sobre la apariencia

/ 22 de octubre de 2021 / 01:46

En nuestra arquitectura la apariencia es un leitmotif histórico. Es una manía persistente desde los albores de la colonización española y que continúa hasta nuestros días.

Si analizamos las construcciones del ámbito religioso, vemos que la transculturación de la apariencia se inició en ese periodo. En la arquitectura sacra del periodo colonial, la planta arquitectónica es un traspaso literal de la cruz latina con sus respectivos elementos (contrafuertes, campanarios, etc.), pero su portada tiene los elementos de nuestro sincretismo religioso (sirenas, sapos, frutas etc.) que mezcló artísticamente la cosmovisión de los talladores indígenas con el estilo barroco imperante en la época. A esa soberbia conjunción artística y arquitectónica, los historiadores Mesa y Gisbert la denominaron barroco andino, rescatando para la historiografía arquitectónica universal el enorme valor de esas construcciones de la parte andina. Sin embargo, ese enorme aporte local no puede desmarcarse de un fachadismo arquitectónico, cuya fuerza expresiva estaba en las portadas de esas iglesias y no así en el conjunto de todos los elementos de la arquitectura. Quizás esa imposición estilística sea la razón cultural de nuestro fachadismo arquitectónico que, en muchos periodos históricos, edifica insistentemente la apariencia en vez de la esencia. Para no cansarlos con un relato histórico analizaré brevemente el carácter arquitectónico de los cholets, que es el último eslabón de la permanencia histórica del fachadismo.

En la última exposición del arquitecto Freddy Mamani realizada en la Casa de España se presentó una maqueta del autor. En ella se mostraba la fachada frontal prolijamente detallada con todos los elementos decorativos de esa tendencia alteña. Las otras fachadas eran sosas: las dos laterales eran muros ciegos con la obra gruesa vista, y la fachada posterior presentaba ventanas colocadas sin ton ni son y sin decoración. Ahora bien, va una pregunta capital: ¿es el fachadismo cholet una degeneración estilística o es la expresión misma de lo que somos socialmente hablando?

A mi “humilde entender” el fachadismo es la expresión, adecuada, para nuestra sociedad. Y ello por múltiples razones. Ensayaré torcidamente una. Estudiando las experiencias sociales reflejadas en las noticias, puedo elaborar un depurado sofisma para defender el fachadismo como la expresión inevitable de una sociedad que ya es una mascarada colectiva, que privilegia la apariencia sobre la esencia, o como dirían los jóvenes: una sociedad wannabe. Ese sofisma concluiría que el fachadismo es —desde antaño y para siempre— una arquitectura apropiada.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Dependencia cibercultural

/ 8 de octubre de 2021 / 02:20

El lunes pasado tuvimos la prueba irrefutable de nuestra dependencia cibercultural. Por siete horas las redes Facebook, WhatsApp e Instagram dejaron de funcionar y millones de usuarios entraron en ansiedad y zozobra. Esa dependencia, que ya es una adicción, se llama nomofobia: la perturbación irracional al no tener celular o no estar comunicado al Internet. Muchos padecen esta nueva adicción, pero el propietario de las empresas la pasó peor, perdió en unas horas el tamaño de varias economías latinoamericanas.

Como respuesta a ese apagón, la joven líder americana Alexandria Ocasio-Cortez (latina de familia sacrificada, obvio si el papá era arquitecto), ante la caída temporal del monopolio Zuckerberg, pidió a todos sus allegados compartir historias verdaderas de la democracia ¿dónde?, pues en la otra red social monopólica favorita de la clase política, el Twitter. Vaya acto revolucionario.

Todavía no comprendemos el ingreso paulatino a una nueva era distópica y cruel. Estamos todavía en la prehistoria de un imperio cibertecnológico que nos volverá más dependientes y sometidos de lo que somos, y en profundidades que nunca vivió la historia humana. Pasaremos del actual capitalismo tardío cognitivo a la sumisión tecnológica por medio de la Inteligencia Artificial, la IA, que ya nos ubica en una escala infrahumana. Algunas personalidades están abogando por un control de los monopolios de la cibertecnología antes de que sea muy tarde, entre ellas, Michelle Bachelet. Esos monopolios operan en la cuarta revolución industrial por encima de los Estados nación. Su desterritorialización los vuelve ectoplasmas cibernéticos difíciles de legislar como fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. ¿Qué tipo de acuerdos multilaterales serán necesarios en este tiempo?

La dependencia cibercultural, en países como el nuestro, es una caja de paradojas. Se usan las RRSS en colectivos sociales que son motivos para el optimismo de Pierre Levy. Soy más escéptico. Los grupos de WhatsApp son un mecanismo de relacionamiento para todos los temas: familiares, académicos, de trabajo, en la pequeña empresa, para compartir memes, para el narcotráfico, el contrabando, la ciberpornografía, y por supuesto para la lucha política. Todos esos grupos dependen de imperios que están por encima de los conocidos: el imperialismo gringo y el chino.

Un mundo distópico se avecina. La pandemia se llevó vidas humanas y dejó sobrevivientes a los que amaestró sutilmente en esta dependencia brutal y sañuda. Por ello, en este nuevo siglo, algunos toman el camino inverso: de la ciudad al campo, y algunas cifras demográficas muestran tímidamente esa tendencia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano II

/ 24 de septiembre de 2021 / 01:57

Insistiré en el tema identitario con dos interrogantes: ¿Por qué nuestra identidad social/urbana está fragmentada?, ¿por qué es imprescindible reconstruir nuestro sentido urbano de pertenencia?

A principios del siglo XX, nuestra estrenada condición como sede de gobierno significó importantes inversiones en servicios e infraestructura urbana, y a partir de esos años fuimos creciendo aceleradamente en la hoyada hasta generar otra ciudad: El Alto. Nuestra ciudad vecina se gestó en el fracaso de la Reforma Agraria y por el Decreto 21060 que empujó a poblaciones rurales y obreras hacia la altiplanicie. Pero el curso sinuoso de nuestra historia política pervirtió la condición de sede y ahora soportamos en nuestro espacio urbano las centenarias diferencias de la política nacional en detrimento de nuestra calidad de vida. Además, al ser una ciudad de economía terciaria abocada a los servicios, no solo perdimos un desarrollo sostenible sino que nos volvimos monotemáticos: todo es política.

A esos efectos nocivos propios de nuestra formación social, debemos sumar la ruptura de nuestro sentido de pertenencia. La pugna política infectó nuestros imaginarios y en las últimas décadas ensombreció nuestro futuro urbano. Es por esta situación, de perversidad cíclica, que debemos trabajar para reconquistar el sentido de pertenencia o, también llamada, identidad social/espacial. Recuperar la paceñidad es una tarea ideológica, entendiendo la ideología como la construcción cultural de una sociedad. Y ese sentido de pertenencia, que es identidad espacio/temporal, debe entronizarse por encima de las categorías binarias ( facho/rojo, golpe/fraude, pitita/azul, indio/k’ara, campo/ciudad, etc.) que forman parte del ideario político de hoy en día; un ideario cuyo objetivo mayor es la fragmentación de la sociedad. (Dicho sea de paso: no existen referencias históricas de planificación urbana, sostenible y sustentable, con la mirada mezquina de los partidos políticos).

Este nuevo tiempo reclama reconstruir nuestra identidad urbana. Debemos fundar una ideología de pertenencia sobre nuestras prácticas sociales urbanas en relación al territorio. De las tres dimensiones (socio-cultural, histórica y natural) que presentan algunos autores como estrategias para la construcción de la identidad urbana, es en la dimensión natural donde tenemos, las paceñas y paceños, la impronta mayor. Estamos rodeados de imponentes montañas que cobijaron a varias generaciones bajo el cielo azul más diáfano del planeta. Esa es una marca identitaria imborrable e inalterable por siempre en nuestras vidas y en nuestra historia urbana.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano

/ 10 de septiembre de 2021 / 01:45

La Paz es la ciudad que soporta hace un siglo el ejercicio nacional de la política criolla. Nuestra condición de sede nos ha obligado a una relación tóxica con la clase política que día a día merma nuestra calidad de vida. Con esa condición urbana cualquier gestión municipal debe pensar sus acciones con otra mentalidad. Para ello, el gobierno municipal debe reconfigurar y promocionar una categoría ideológica que las prácticas políticas han desplazado: el sentido colectivo de la paceñidad. Aquí la civitas romana fue superada y la praxis política, con el objetivo de tomar el poder, ejercita la pugna políticopartidaria peleando todos los días el destino de una nación que no encuentra estabilidad y paz social hace 200 años.

La paceñidad no es una entelequia amorfa sin sentido social. Todo lo contrario. Es la genética base por la cual cada ciudadano y ciudadana se identifica con su contexto físico y social. Vivimos una realidad urbana en un soberbio entorno natural, rodeado de montañas con la presencia excepcional de nuestro Illimani. Esa es nuestra marca tangible y es más profunda que cualquier manifiesto político. Ser un habitante de la montaña es un atributo de identidad único en el planeta (solo se asemeja la ciudad de Lassa), ser de la montaña es una afiliación superior a pertenecer a cualquier partido político. Y construir en semejante territorio fue una hazaña cultural extraordinaria plagada de riesgos y logros; por todo ello, cualquier paisaje urbano de esta ciudad nos otorga un sentido de pertenencia único e indivisible.

No existe ideología política que supere esta ideología de la pertenencia. Porque el sentido social que emana de la ecuación natural-cultural se ha formado en siglos y ha modelado este paisaje cultural por encima de los alegatos políticos de cada periodo histórico. Tanto Castells como Lefevre o Harvey (reconocidos estudiosos marxistas de la ciudad) no son suficientes para entender nuestra dimensión cultural urbana; y el manoseo de esas ideologías ha deformado la praxis política que no siente el espíritu de la paceñidad y no percibe nuestro ajayu cultural y milenario.

Las gestiones municipales deben reconstruir y promocionar nuestro sentido de pertenencia para cohesionar esta sociedad urbana dividida por los intereses mezquinos de la clase política. Y con ello, hacer gestión de temas cruciales y contemporáneos como el pluri- culturalismo o la sostenibilidad ambiental. Urge promover la paceñidad como un instrumento idóneo para ideologizar lo urbano, revolucionando el actual valor de cambio hacia un valor de uso mucho más humano.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Paradojas del arte

/ 27 de agosto de 2021 / 02:14

La Asamblea Legislativa Plurinacional decidió premiar a una joven artista alteña, Rosemary Mamani, y negarle esa distinción al consagrado creador paceño Roberto Valcárcel. Llevados por consignas entraron en paradojas (que explicaré en el lenguaje más sencillo posible) propias del arte, el espacio ecuménico de los contrasentidos.

Rosemary (le expreso mis respetos) es cultora de un estilo llamado hiperrealismo. Sobre la base de fotografías desarrolla una técnica depurada y minuciosa para copiar fielmente la realidad en cualquier medio; es decir, la artista busca una fidelidad híper acentuada del mundo circundante. Para ello, toma la foto de un humilde rostro arrugado y lo detalla magistralmente. Esa escuela preciosista (llamada también realismo) es muy querida por cientos de artistas bolivianos que sostienen, equivocadamente, que es arte boliviano porque retrata el lamento y la pobreza; y, por ende, es de protesta y revolucionario.

Por su lado, Roberto fue un cultor del arte de la transgresión y la inconformidad en múltiples soportes: pintura, dibujo, fotografía, arquitectura, performance, instalaciones, arte conceptual, y dibujo realista. Fue el más importante pedagogo del arte contemporáneo y promotor de varias generaciones de nuevos artistas; es decir, una carrera que apabulla a la de la novel artista. Pero, el currículo de cada artista no es tema de esta nota, y a ambos les reconozco sus méritos y talento.

Entonces, ¿cuál es la paradoja artística en el reconocimiento de la Asamblea Legislativa? El realismo es consecuencia de la obsesión occidental por copiar el mundo exterior. Siglos de perfección técnica hasta la invención de la fotografía. Por nuestra parte, las culturas del sur hicimos, mayoritariamente, lo opuesto: concebimos arte de la abstracción, “geometrizamos” la realidad como se aprecia en el arte prehispánico o el arte tribal africano. Para agrandar aún más esta paradoja comentaré que Picasso, después de una visita a una exposición de arte africano a principios del siglo XX, “creó” el cubismo copiando esas máscaras africanas en un célebre cuadro. A partir de ahí (descontando las excepciones del este), occidente volvió a cultivar el arte de la abstracción.

La Asamblea Legislativa premió un arte realista (diría con malicia: complaciente y occidentalizado) y negó la distinción a un creador transgresor. Si las parlamentarias indígenas vieran sus tejidos comprenderían que ellas visten abstracción y no realismo socialista, ni otras pajas del mal entendido estético de la clase política. Por ello, siempre es bueno recordar el parecido entre el arte nazi y el arte chino de la Revolución Cultural: son la misma bazofia realista.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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