Voces

domingo 11 abr 2021 | Actualizado a 12:06

Complejas elecciones en Egipto

/ 17 de junio de 2012 / 05:19

Por primera vez, los egipcios eligen hoy a su presidente en las urnas. Se trata no sólo de unas elecciones libres inéditas, sino también fundamentales para iniciar el proceso democrático tan anhelado por las nuevas generaciones del mundo árabe. Sin embargo, los resultados no se plantean ni sencillos ni pacíficos.

A pesar de que cerca del 40% de la población deseaba un giro radical en la política egipcia, alejada de fundamentalismos religiosos, no obstante los 50 millones de electores deben decidir entre apoyar a Ahmed Shafiq, un antiguo militar que representa en gran medida la continuidad del régimen anterior (fue el último Primer Ministro de Mubarak), y Mohamed Morsi, candidato de los Hermanos Musulmanes, cuyos preceptos pueden derivar en un retroceso para la igualdad de género y la pérdida de otras libertades.

Complicando aún más el escenario, días atrás el Tribunal Constitucional ordenó disolver el parlamento egipcio por considerar inconstitucionales las elecciones de seis meses atrás. Un duro golpe contra los Hermanos Musulmanes, que han visto cómo su abrumadora superioridad parlamentaria quedó eliminada de un plumazo. Decisión que, sin embargo, los ha fortalecido y les da pie para que desconozcan los resultados electorales en caso de que no les sean favorables.

 

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Desalojo de la casa propia

/ 10 de abril de 2021 / 23:05

La clase obrera es producto de la revolución industrial. Se fue formando en la comprensión de que la técnica y la ciencia aplicadas a la producción pueden sustituir el duro trabajo físico del hombre, a la vez que generan una enorme producción y ganancia.

La experiencia del proletariado minero boliviano es ejemplificadora. Confinado en la desolación de la montaña, obligado a constituir familia permanente en el campamento, su lucha se volcó a garantizar la educación para sus hijos. Desde el establecimiento de escuelas primarias como obligación patronal, las conquistas se fueron ampliando a los establecimientos secundarios en los municipios y posteriormente en los de la empresa. El deseo de aprender los llevó a plantearse lograr becas en las instituciones de educación superior como la Escuela Industrial Pedro Domingo Murillo en La Paz o el Politécnico de Oruro; en este abanico también se encontraba el Colegio Militar y la Academia de Policías. La creciente necesidad les planteó la creación de centros de profesionalización en los mismos campamentos mineros: la Escuela de Enfermeras de Catavi y los colegios industriales de Colquiri y Telamayu. A éstos se sumaban los esfuerzos de las propias familias mineras que se preocupaban de mandar a sus hijos a profesionalizarse por cuenta propia.

El avance social no es lineal. La ocupación de las minas llevó a que el poder del Estado utilice a estos profesionales en su acción represiva, su resistencia era sancionada con despidos y transferencias a minas alejadas, la preservación de un status adquirido y la seguridad de la familia hacían que se sometan y sean los ejecutores de las acciones represivas. Por otro lado, numerosos jóvenes que habían logrado el bachillerato ante la imposibilidad de continuar estudios superiores se incorporaron a la vida productiva minera.

Así surgió la necesidad de establecer una Universidad en los campamentos mineros, para evitar el desarraigo y continuar con la profesionalización de los trabajadores. El célebre XIV Congreso Minero de Siglo XX en 1970 formuló la creación de la Universidad Obrera. Su planteamiento coincidió con un momento político de ebullición de las ideas en el movimiento universitario nacional; la juventud retomaba las banderas autonomistas de la década de los 30, para liberarse de una conducción apoltronada en los privilegios del status académico de una Autonomía traicionada. Volvieron a relucir las consignas: exámenes de competencia y evaluación permanente para el desempeño docente, libertad de cátedra, llevar la Universidad al seno del pueblo, una educación para el desarrollo nacional, compromiso con la defensa de los recursos naturales y la lucha contra la opresión imperialista. En ese ambiente el planteamiento de la Universidad Obrera tuvo el respaldo del IV Congreso de la Asociación Universitaria Boliviana.

La dictadura banzerista (1971-78) frustró estos sueños. Proscribió el movimiento sindical minero y cerró las universidades por dos años, para abrirlas bajo la tutela de la dictadura. Sin embargo, el pueblo se levantó y en 1980 los mineros replantearon su proyecto de Universidad Obrera: solo el 1 de agosto de 1985 se concretó la creación de la Universidad Nacional Siglo XX.

La criatura nació en momentos aciagos. El mismo mes se lanzó el DS 21060 que destruyó la industria minera y condenó a la desaparición al movimiento sindical minero. El modelo de formación adoptado estaba basado en el estudio en el trabajo. Los laboratorios, los talleres, el tope de la mina, los problemas operativos de la producción debían ser incentivo para explicar el fenómeno y encontrar una solución científica. Los hospitales de especialidades debían mostrar el origen y desarrollo de la enfermedad, el seguimiento del tratamiento debía explicar las mutaciones del organismo humano. La red de radios mineras, que promovía la creación y cohesión de la identidad minera, sería los inicios de una comunicación alternativa a nivel nacional, ampliando su acción a la prensa escrita y la televisión.

El modelo neoliberal llevó a la UNS-XX a una lucha por su sobrevivencia, titánica tarea que hoy la tiene en pie, pero ¿cuánta de su genética se mantiene? Esta rememoración amplía la interrogante al sistema universitario nacional, cuyos documentos de compromiso con el desarrollo nacional y la liberación nacional están presentes desde la década de los 70, pero su práctica es la formación profesional para el mercado y no para las necesidades del país. En la minería hay pocas industrias de punta en explotación, pero nadie conoce cuántos minerales se van en los concentrados de complejos, ni los costos reales de su realización; se ha paralizado el proceso de fundición de los minerales y no se ha dado un solo paso en su industrialización. Por otro lado, hay una minería de sobrevivencia artesanal, con baja eficiencia, altos índices de riesgo profesional y ninguna previsión ambiental que debiera conmover a la sociedad, pero ante todo a los profesionales conscientes de esta realidad.

José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero.

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Casco de realidad virtual

/ 10 de abril de 2021 / 22:59

Mi generación solo vio en películas de ciencia ficción los cascos de realidad virtual, esos artilugios que se colocan en la cabeza, montados con lentes que pasan imágenes y te separan de la realidad objetiva. Puedes escoger aventuras mil, vivir sensaciones de terror y felicidad el tiempo que te dure la batería, luego despertar y seguir viviendo con esos mensajes en tu cerebro. Te cuesta admitir que la vida no había sido así.

Eso nos pasaba en las clases de literatura en los colegios, cuando nos obligaban a leer las novelas que estaban canonizadas académicamente como el reflejo de la sociedad boliviana, más o menos ideal y que los constructores de ese orden simbólico consideraban que las generaciones debían internalizar ese producto.

Entre ellas estaba Raza de bronce, de Alcides Arguedas (1879-1946), autor vinculado a la aristocracia paceña, dueño de enormes latifundios con indígenas que trabajaban para él y que le permitiera obtener una vida de holganza y bohemia en París, espacio considerado como Ciudad Luz, desde donde se exportaba el positivismo, la idea de progreso ilimitado y la supremacía de la raza blanca y la cultura occidental.

Este casco con el que escribió su novela contenía toda esa idea mundo del que procedía, desconocía el universo simbólico indígena y, secretamente, lo abominaba; es así que en tono desdeñoso relata un ritual lacustre de fecundidad, donde los trataba como “los pobrecitos hombres”; en otro párrafo, asegura sobre el personaje Choquehuanca: “Su rostro cobrizo y lleno de arrugas acusaba una gravedad venerable, rasgo nada común en la raza”.

Cuando hablaba de los patrones, argumentaba con éstos sobre la imposibilidad de la redención indígena: “Por otra parte, ellos nunca habían visto descollar a un indio, distinguirse, imponerse, dominar, hacerse obedecer de los blancos. Puede sin duda cambiar de situación, mejorar y aún enriquecerse, pero sin salir nunca de su escala, ni trocar de inmediato, el poncho y el calzón partido, patentes signos de inferioridad, por el sombrero y la levita de los señores.” Para el indígena, esto se trocó en una danza que ridiculizaba a los doctorcitos republicanos y pendolistas de la colonia que abusaban de los comunarios inventándose normas y engañando a sus líderes para avasallar sus tierras.

Arguedas, en su novela supuestamente “indigenista”, re-fosiliza su orden simbólico cada vez que la emoción literaria le hace perder su guion preestablecido por su casco virtual obtenido en París y consolidado en la república criolla con su estructura de jerarquización pigmentaria. Otro tanto ocurre con la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre (1843-1888), nacido antes que Arguedas y en cuya memoria estaban frescas las republiquetas y las organizaciones de resistencia contra la colonia, durante la Guerra de la “independencia”. Devela su irrefrenable desprecio por el quechua, lengua que seguramente hablaba y que para el medio en que se vivía, era signo de barbarie; así en un párrafo de su novela, se espanta: “Me volví con un esfuerzo a un lado, y vi en cuclillas y arrimado a la pared de piedras toscas sin cimiento, a un indio viejo con montera abollada y poncho negro que le cubría todo su cuerpo hasta los pies. —¿Dónde está Alejo? Le pregunte en quichua, o más bien en ese feísimo dialecto de que se sirven los embrutecidos descendientes de los hijos del sol.” Javier Sanjinés, en su texto El espejismo del mestizaje concluye que Aguirre trataba de apartar al indígena, “de negarle la posibilidad alguna en la construcción nacional”.

Se hace ocioso mencionar a Gabriel René Moreno, cuya virulencia contra los indígenas de las tierras altas y bajas era constante. En Bolivia, una importante universidad lleva su nombre como homenaje, no solo a su erudición como un notable bibliógrafo, sino también como vigilante del orden simbólico criollo republicano que sirve para reproducir la falacia de la supuesta superioridad blanca y garantizar su universo social, tarea delirante y engañosa de las clases hegemónicas, por el rumbo imparable que toma la historia.

Estos discursos narrativos fueron pasados por los cascos virtuales de las clases de literatura a generaciones de jóvenes que renegaron de su pasado y cuyo modelo original fue la Historia de la Villa Imperial de Potosí de Arzáns Orsúa y Vela.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Consideraciones sobre el crecimiento

/ 10 de abril de 2021 / 22:52

En esta época del año varios organismos internacionales divulgan sus proyecciones de crecimiento de la economía mundial, las principales zonas económicas y varias economías individuales. Tal es el caso del Fondo Monetario Internacional y de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, cuyas cifras difieren en algunas décimas, pero coinciden en gran medida en las grandes tendencias. En ambos casos destaca el notable incremento de las proyecciones de crecimiento de las economías desarrolladas en comparación con estimaciones de trimestres anteriores.

Las cifras del FMI muestran que, después de una caída de 3,3% en 2020 del crecimiento del PIB mundial, se proyecta un crecimiento de 6,0% para 2021. Las economías avanzadas, por su parte, después de una contracción de 4,7% en 2020, crecerán en 5,1% en 2021, destacando Estados Unidos con un 6,4% en 2021, que compensa ampliamente la contracción de 3,5% el año anterior. Entre las economías del Asia, destaca el crecimiento en 2021 de la China (8,4%) y de la India (12,5%).

También se proyecta que América Latina crecerá un 4,6%, después de una caída de 7% en 2020, lo cual significa que es la región que menos se recupera. Tal como destaca la CEPAL, la región de América Latina ha sido la más afectada del mundo en términos de contracción del PIB con millones de empresas que cerraron, un aumento significativo del desempleo y de la pobreza. A finales de 2020 el nivel del PIB per cápita era igual al de 2010, lo que se puede considerar como otra «década perdida».

Tales cifras demuestran que el rebote del crecimiento y la recuperación económica discurren con muy diversas intensidades en las diferentes zonas económicas del mundo. La noticia más importante, sin embargo, proviene de las estimaciones de la OECD, que muestran una significativa reducción de las tasas de crecimiento en 2022. En efecto, para la economía mundial se proyecta un crecimiento de 4% en comparación con 5,6% en 2021. El Grupo de los 20 cambia de un crecimiento de 6,2% en 2021 a 4,1% en 2022. Incluso la China y la India muestran significativos recortes de su crecimiento en 2022, en comparación con 2021.

A pesar de que se trata de proyecciones y estimaciones que podrían sufrir cambios significativos, lo que parece más probable es que tales correcciones disminuyen las cifras estimadas en estos momentos, puesto que no se vislumbran factores que podrían impulsar tasas más altas de las mencionadas antes.

Esto confirmaría la hipótesis de que al notable rebote de 2021, atribuible a las medidas fiscales y monetarias adoptadas en las principales economías desarrolladas, seguirá un periodo relativamente largo de crecimiento mediocre o incluso de una recesión de larga duración.

Este es el dato primordial que debería incorporarse, en primer lugar, en el diseño de las políticas económicas del país en el mediano plazo. En segundo lugar, habrá que tomar en cuenta las proyecciones de crecimiento de nuestros principales mercados, a saber, Brasil, Argentina, Colombia y Perú en América del Sur; China y Japón entre los mercados asiáticos, y Estados Unidos entre las economías industrializadas.

En tercer lugar, el crecimiento previsto para este año se origina fundamentalmente en las perspectivas de altos precios de la soya y sus derivados, así como del oro. Contrasta con ello, en cambio, que los sectores de hidrocarburos, minería y de la industria manufacturera hayan registrado caídas severas en 2020 y no exista razón para suponer que eso cambiaría en éste y el próximo año, comprometiendo de esta manera el objetivo de cambiar la canasta exportadora del país, en términos de productos y mercados.

 Horst Grebe es economista.

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De tigres pititas y tigres masistas

/ 10 de abril de 2021 / 22:35

Preludio: el 8 de abril, a las 8h45 se va Berta, la madre de la exdiputada masista en la línea de sucesión constitucional (antes que Áñez) a la presidencia, Susana Rivero. A las dos horas se va el hermano de Berta Guzmán, padre del ministro de Áñez, hoy preso, Rodrigo Guzmán. En dos horas Bolivia se sintetiza ante nuestros ojos.

El mismo 8 de abril. Un Achumani soleado cae sobre el estadio del Club The Strongest y las montañas paceñas parecen querer abrazar a los muchos invitados que llegaron a la celebración del 113 aniversario de Los más fuertes.

Este año se sopla la vela con dos vientos diferentes: el primero es la alegría del reencuentro. La pandemia que nos tiene arrinconados por el miedo de la frontera entre la vida y la muerte también ha rediseñado nuestra normalidad: confinamiento, barbijos cubresonrisas, distanciamiento, lluvia de alcohol, el temor de la cercanía de ese otro u otra. Sin embargo, cuando los tigres incondicionales llegan a su campo deportivo y se encuentran con sus pares, nada detiene el abrazo abarbijado; estos barbijos no saben ocultar las lágrimas que humedecen las miradas del reencuentro. Así se encontró mi papá, stronguista desde sus dos años por decisión de mis abuelos, con el gran jugador que se salvó de morir en el accidente aéreo de Viloco (dejándonos vacíos de nuestro equipo y haciéndonos así resilientes a lo peor). Néstor Benavente se abraza con Rolando Vargas, El Perro, mientras la banda de la Policía nos hace vibrar con la melodía de Collita. Este momento no tiene precio.

El segundo viento es el que se niega a llevarse las cenizas del quiebre institucional y peor aún, el quiebre social que también nos ha arrinconado en el miedo, el odio y el racismo desde la crisis poselectoral de 2019. Los policías no están agitando sus armas sobre los techos de sus regimientos, las cambiaron por sus instrumentos musicales y hoy están tocando las cuerdas de nuestros corazones paceños. Llega el presidente Luis Arce y está sentado al lado de las principales autoridades del Club y del alcalde Luis Revilla. Los dos resultaron ser poderosos stronguistas. Minutos después, cuando Arce recibe la distinción, una señora muy elegante de la fila de atrás le dice a su amiga de gafas de sol: “Para qué lo invitan a él”. Cuando, acto seguido, Revilla recibe la misma distinción, la misma voz comenta airosa: “A él sí”. A él, no; a él sí. ¿Pensarán lo mismo pero a la inversa las autoridades de sombrero, ponchos y chicotes en el pecho que miran todo de parados pero juntos, rodeando a la única mujer de pollera que los acompaña? ¿Por qué estos representantes indígenas no se sientan al lado de los invitados citadinos menos morenos? Me paro y les pregunto de dónde vienen y si son atigrados. “De Río Abajo” y “claro” son las dos respuestas. Ellos sí intentan acercarse al Presidente cuando sale a todo vapor perseguido por los lentes mediáticos. No logran saludarlo. Se quedan en su cancha a saborear una brocheta de carne.

Pese a las fronteras invisibles e injustas en medio de ese terreno de fútbol cumpleañero que finalmente nos reúne a moros y cristianos en la panza de mi tierno Tigre unificador, nadie grita “Bolivia dijo no”, nadie grita “Ahora sí, guerra civil”, nadie grita “Evo de nuevo, huevo carajo”. El tricampeón del fútbol boliviano ha logrado juntar a un presidente masista, a un alcalde solboísta, a un ministro masista, a un exviceministro añista, a señoras pititas, a indígenas de Río Abajo, a jugadores de todas las edades, a periodistas de todos los colores, a atigrados de todos los rincones. Pero no hay reconciliación, mi Tigre lo sabe porque no se miente. La muerte espera justicia, las heridas siguen abiertas, los temores se cruzan en la otredad, el racismo se pasea. Mi Tigre lo sabe y sabiéndolo nos abraza a todos entre sus amorosas patas tibias, nos pega a su cuerpo que conoce de heridas, que mordió derrotas, pero sobre todo que logra pararse cuando todo parece perdido y cortado con la muerte de los hermanos. Sobre su pelaje oro y negro nadie se atreve a decir “guerra civil”, nadie se atreve a decir “Evo de nuevo, huevo carajo”. La reconciliación no está cerca pero esa cancha de fútbol me hace gritar “¡Viiiivaaaaa el Strongest” mientras mi corazón me susurra “Viva Bolivia, carajo”.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Crimen y castigo

/ 10 de abril de 2021 / 22:26

Cada día veo la cárcel de mujeres de Miraflores prácticamente desde mi ventana. Algunas tardes se escucha a las presas jugar a la pelota. Durante los días aciagos de la cuarentena, hubo veces en que las mujeres presas gritaron y pidieron que las tomen en cuenta, que les hagan pruebas, que les proporcionen medios para cuidarse de la pandemia. Alguna vez entrevisté allí a una persona que había caído presa y pude sentir en mi propia piel la incertidumbre y la desolación que trashuman esas paredes, pero a la vez atestiguar una solidaridad y resiliencia que no deja de estremecer a quien recorre sus estrechos vericuetos y mira sus ropas multicolores colgadas a secar entre los barrotes.

La cárcel es, siempre, una forma de tortura. Como decía Foucault, toda prisión es una forma de ejercer un poder disciplinario sobre la sociedad, pues se trata de controlar las conductas sociales fuera de la cárcel, a través del miedo a caer en ella. Por eso, es importante que la prisión sea terrible. Que lo digan los miles de presos que están ahí sin sentencia y sin esperanza, sin dinero y sin justicia.

Cada semana veo desde mi ventana a Doña Julia: una anciana que deambula por Miraflores vendiendo matico, manzanilla y eucalipto. Su hijo menor, un joven de 20 años, estuvo preso en la cárcel de San Pedro. No le pregunté qué crimen cometió (si acaso alguno), porque al final no importaba. Lo que importaban eran las lágrimas de Doña Julia, tratando de vender cada día lo suficiente para comprar un mínimo de seguridad para su hijo preso. Importaba que cada viernes debía pagar para que él tenga un rincón en el piso para extender el cartón sobre el que duerme. Importaba la angustia de Doña Julia cuando miraba las nubes negras en el cielo y sabía que su hijo no tenía un plástico ni un techo para protegerse de la lluvia. Importaba que un día enfermó y languideció durante días, sin que su madre pudiera concebir siquiera la posibilidad de sacarlo de allí para que lo vea un médico. Se lo entregaron muerto. Y doña Julia siguió mendigando en las calles de Miraflores por unos centavos para poder enterrarlo. Cuántas veces habrá pasado Doña Julia por la puerta de la cárcel de mujeres, donde la señora Jeanine Áñez dice ser torturada porque no le dejan internarse en una clínica privada para curar su presión alta.

Creo firmemente que toda cárcel es una forma de tortura, y ojalá existiera otra forma menos violenta de hacer justicia. Pero la tortura no es igual para quienes deben comer el magro prediario que se les reparte en horarios fijos, que para quienes reciben cada día comida especial que les traen sus hijos, no importa si es una hamburguesa Burger King o unas lechuguitas. No es igual estar presa con abogados, medios de comunicación y homilías a tu disposición, defendiéndote y justificando tus crímenes, que ser una presa olvidada y sin recursos, inventando apenas una forma nueva de alimentar a tus hijos, presos junto contigo.

Dice Doña Jeanine que ella es inocente. Que se lo diga a los centenares de hombres, mujeres e incluso niños que fueron apresados en su nombre y bajo sus órdenes, por “crímenes” tan terribles como escribir en una red social, como salir a protestar, como estar en la calle durante la cuarentena. Dice la señora Áñez que está siendo maltratada, cuando se la está tratando con una consideración y cuidado que ya quisiera tener cualquier persona que cae presa. Lo pueden atestiguar Doña Julia, su hijo muerto y cada una de las presas de Miraflores —con quienes Doña Jeanine no ha intercambiado una sola mirada, ni ha compartido una sola comida o un solo juego de pelota.

 Verónica Córdova es cineasta.

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