Voces

domingo 17 oct 2021 | Actualizado a 11:14

Sol

Somos hijos del Sol por las condiciones geográficas que nos hieren la piel y nos queman el alma

/ 26 de junio de 2012 / 04:06

Cuando debo escribir sobre los temas que me competen en días tan amargos como éstos, recuerdo la letra de Silvio que dice “la ciudad se derrumba y yo cantando, la gente que me odia y que me quiere no me va a perdonar que me distraiga…”. Ni modo, es lo que me corresponde. Siempre sostengo que, más bien, los temas de la política cavernaria no deben distraernos y, con tal justificativo, escribiré sobre nuestra relación con el Sol.

Es ocioso reiterar su importancia  en todas las civilizaciones, pero a raíz del último solsticio de invierno, deseo expresar algunos conceptos que nos hacen particularmente tan “solares”. Tener un sol ferozmente radiante, sobre una bóveda de un celeste tan intenso que ya se torna azul, y gozar de una visibilidad kilométrica es privilegio de esta ciudad andina y de la capital del Tíbet: Lhasa. Nos hermanan los casi 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar que compartimos: somos seres de la montaña. Esa cercanía al Sol ha generado creencias y cosmovisiones tan inamovibles que cada 21 de junio nos sorprende por la fuerza y la fantasía en que se desarrollan los nuevos relatos.

Va un ejemplo: según un experto aymara (ataviado con plumas por todas partes) que fue entrevistado por un canal de televisión no sólo cumplimos 5.520 años sino que, como mínimo, cumplimos 150 mil años. Pero, más allá de esta pelea entre calendarios, debo recordar que unos académicos aymaras afirman que este resurgimiento del Willka Kuti se inició en aulas universitarias allá por los 70’. A esos movimientos pioneros debemos evocar acciones como las de Carlos Palenque, quien levantó sus manos hacia el sol naciente, un 21 de junio en Tiwanaku, para inmortalizar un gesto que ahora forma parte indispensable del ritual del solsticio.

Esta recuperación de prácticas ancestrales tiene apenas 40 años, pero la vemos crecer en nuestra sociedad urbana en progresión geométrica; y si uno piensa que todo esto es una tontería o una vulgar superchería, se equivoca. Aquí se está debatiendo la base filosófica de toda sociedad humana: la religión y las creencias. En lo personal, me gusta recordar que somos hijos del Sol por las condiciones geográficas que hieren tu retina y tu piel de manera tan intensa como te quema el alma.

Estamos marcados por nuestra estrella como se marca al ganado: a fuego. Y de ello te acuerdas cuando viajas a otra latitud geográfica y cambias de hemisferio. En ese invierno europeo, cuando ves por instantes cruzar en el horizonte un tímido foco de 40 watts que lo llaman “sol”, para luego perderse en un interminable manto de nubes y oscuridad, recuerdas el sol invernal de esta ciudad. Te acuerdas de su intensa radiación que contrasta ferozmente la luz y la sombra, el calor y el frío, y aceptas que por eso eres bipolar.

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Dependencia cibercultural

/ 8 de octubre de 2021 / 02:20

El lunes pasado tuvimos la prueba irrefutable de nuestra dependencia cibercultural. Por siete horas las redes Facebook, WhatsApp e Instagram dejaron de funcionar y millones de usuarios entraron en ansiedad y zozobra. Esa dependencia, que ya es una adicción, se llama nomofobia: la perturbación irracional al no tener celular o no estar comunicado al Internet. Muchos padecen esta nueva adicción, pero el propietario de las empresas la pasó peor, perdió en unas horas el tamaño de varias economías latinoamericanas.

Como respuesta a ese apagón, la joven líder americana Alexandria Ocasio-Cortez (latina de familia sacrificada, obvio si el papá era arquitecto), ante la caída temporal del monopolio Zuckerberg, pidió a todos sus allegados compartir historias verdaderas de la democracia ¿dónde?, pues en la otra red social monopólica favorita de la clase política, el Twitter. Vaya acto revolucionario.

Todavía no comprendemos el ingreso paulatino a una nueva era distópica y cruel. Estamos todavía en la prehistoria de un imperio cibertecnológico que nos volverá más dependientes y sometidos de lo que somos, y en profundidades que nunca vivió la historia humana. Pasaremos del actual capitalismo tardío cognitivo a la sumisión tecnológica por medio de la Inteligencia Artificial, la IA, que ya nos ubica en una escala infrahumana. Algunas personalidades están abogando por un control de los monopolios de la cibertecnología antes de que sea muy tarde, entre ellas, Michelle Bachelet. Esos monopolios operan en la cuarta revolución industrial por encima de los Estados nación. Su desterritorialización los vuelve ectoplasmas cibernéticos difíciles de legislar como fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. ¿Qué tipo de acuerdos multilaterales serán necesarios en este tiempo?

La dependencia cibercultural, en países como el nuestro, es una caja de paradojas. Se usan las RRSS en colectivos sociales que son motivos para el optimismo de Pierre Levy. Soy más escéptico. Los grupos de WhatsApp son un mecanismo de relacionamiento para todos los temas: familiares, académicos, de trabajo, en la pequeña empresa, para compartir memes, para el narcotráfico, el contrabando, la ciberpornografía, y por supuesto para la lucha política. Todos esos grupos dependen de imperios que están por encima de los conocidos: el imperialismo gringo y el chino.

Un mundo distópico se avecina. La pandemia se llevó vidas humanas y dejó sobrevivientes a los que amaestró sutilmente en esta dependencia brutal y sañuda. Por ello, en este nuevo siglo, algunos toman el camino inverso: de la ciudad al campo, y algunas cifras demográficas muestran tímidamente esa tendencia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano II

/ 24 de septiembre de 2021 / 01:57

Insistiré en el tema identitario con dos interrogantes: ¿Por qué nuestra identidad social/urbana está fragmentada?, ¿por qué es imprescindible reconstruir nuestro sentido urbano de pertenencia?

A principios del siglo XX, nuestra estrenada condición como sede de gobierno significó importantes inversiones en servicios e infraestructura urbana, y a partir de esos años fuimos creciendo aceleradamente en la hoyada hasta generar otra ciudad: El Alto. Nuestra ciudad vecina se gestó en el fracaso de la Reforma Agraria y por el Decreto 21060 que empujó a poblaciones rurales y obreras hacia la altiplanicie. Pero el curso sinuoso de nuestra historia política pervirtió la condición de sede y ahora soportamos en nuestro espacio urbano las centenarias diferencias de la política nacional en detrimento de nuestra calidad de vida. Además, al ser una ciudad de economía terciaria abocada a los servicios, no solo perdimos un desarrollo sostenible sino que nos volvimos monotemáticos: todo es política.

A esos efectos nocivos propios de nuestra formación social, debemos sumar la ruptura de nuestro sentido de pertenencia. La pugna política infectó nuestros imaginarios y en las últimas décadas ensombreció nuestro futuro urbano. Es por esta situación, de perversidad cíclica, que debemos trabajar para reconquistar el sentido de pertenencia o, también llamada, identidad social/espacial. Recuperar la paceñidad es una tarea ideológica, entendiendo la ideología como la construcción cultural de una sociedad. Y ese sentido de pertenencia, que es identidad espacio/temporal, debe entronizarse por encima de las categorías binarias ( facho/rojo, golpe/fraude, pitita/azul, indio/k’ara, campo/ciudad, etc.) que forman parte del ideario político de hoy en día; un ideario cuyo objetivo mayor es la fragmentación de la sociedad. (Dicho sea de paso: no existen referencias históricas de planificación urbana, sostenible y sustentable, con la mirada mezquina de los partidos políticos).

Este nuevo tiempo reclama reconstruir nuestra identidad urbana. Debemos fundar una ideología de pertenencia sobre nuestras prácticas sociales urbanas en relación al territorio. De las tres dimensiones (socio-cultural, histórica y natural) que presentan algunos autores como estrategias para la construcción de la identidad urbana, es en la dimensión natural donde tenemos, las paceñas y paceños, la impronta mayor. Estamos rodeados de imponentes montañas que cobijaron a varias generaciones bajo el cielo azul más diáfano del planeta. Esa es una marca identitaria imborrable e inalterable por siempre en nuestras vidas y en nuestra historia urbana.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano

/ 10 de septiembre de 2021 / 01:45

La Paz es la ciudad que soporta hace un siglo el ejercicio nacional de la política criolla. Nuestra condición de sede nos ha obligado a una relación tóxica con la clase política que día a día merma nuestra calidad de vida. Con esa condición urbana cualquier gestión municipal debe pensar sus acciones con otra mentalidad. Para ello, el gobierno municipal debe reconfigurar y promocionar una categoría ideológica que las prácticas políticas han desplazado: el sentido colectivo de la paceñidad. Aquí la civitas romana fue superada y la praxis política, con el objetivo de tomar el poder, ejercita la pugna políticopartidaria peleando todos los días el destino de una nación que no encuentra estabilidad y paz social hace 200 años.

La paceñidad no es una entelequia amorfa sin sentido social. Todo lo contrario. Es la genética base por la cual cada ciudadano y ciudadana se identifica con su contexto físico y social. Vivimos una realidad urbana en un soberbio entorno natural, rodeado de montañas con la presencia excepcional de nuestro Illimani. Esa es nuestra marca tangible y es más profunda que cualquier manifiesto político. Ser un habitante de la montaña es un atributo de identidad único en el planeta (solo se asemeja la ciudad de Lassa), ser de la montaña es una afiliación superior a pertenecer a cualquier partido político. Y construir en semejante territorio fue una hazaña cultural extraordinaria plagada de riesgos y logros; por todo ello, cualquier paisaje urbano de esta ciudad nos otorga un sentido de pertenencia único e indivisible.

No existe ideología política que supere esta ideología de la pertenencia. Porque el sentido social que emana de la ecuación natural-cultural se ha formado en siglos y ha modelado este paisaje cultural por encima de los alegatos políticos de cada periodo histórico. Tanto Castells como Lefevre o Harvey (reconocidos estudiosos marxistas de la ciudad) no son suficientes para entender nuestra dimensión cultural urbana; y el manoseo de esas ideologías ha deformado la praxis política que no siente el espíritu de la paceñidad y no percibe nuestro ajayu cultural y milenario.

Las gestiones municipales deben reconstruir y promocionar nuestro sentido de pertenencia para cohesionar esta sociedad urbana dividida por los intereses mezquinos de la clase política. Y con ello, hacer gestión de temas cruciales y contemporáneos como el pluri- culturalismo o la sostenibilidad ambiental. Urge promover la paceñidad como un instrumento idóneo para ideologizar lo urbano, revolucionando el actual valor de cambio hacia un valor de uso mucho más humano.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Paradojas del arte

/ 27 de agosto de 2021 / 02:14

La Asamblea Legislativa Plurinacional decidió premiar a una joven artista alteña, Rosemary Mamani, y negarle esa distinción al consagrado creador paceño Roberto Valcárcel. Llevados por consignas entraron en paradojas (que explicaré en el lenguaje más sencillo posible) propias del arte, el espacio ecuménico de los contrasentidos.

Rosemary (le expreso mis respetos) es cultora de un estilo llamado hiperrealismo. Sobre la base de fotografías desarrolla una técnica depurada y minuciosa para copiar fielmente la realidad en cualquier medio; es decir, la artista busca una fidelidad híper acentuada del mundo circundante. Para ello, toma la foto de un humilde rostro arrugado y lo detalla magistralmente. Esa escuela preciosista (llamada también realismo) es muy querida por cientos de artistas bolivianos que sostienen, equivocadamente, que es arte boliviano porque retrata el lamento y la pobreza; y, por ende, es de protesta y revolucionario.

Por su lado, Roberto fue un cultor del arte de la transgresión y la inconformidad en múltiples soportes: pintura, dibujo, fotografía, arquitectura, performance, instalaciones, arte conceptual, y dibujo realista. Fue el más importante pedagogo del arte contemporáneo y promotor de varias generaciones de nuevos artistas; es decir, una carrera que apabulla a la de la novel artista. Pero, el currículo de cada artista no es tema de esta nota, y a ambos les reconozco sus méritos y talento.

Entonces, ¿cuál es la paradoja artística en el reconocimiento de la Asamblea Legislativa? El realismo es consecuencia de la obsesión occidental por copiar el mundo exterior. Siglos de perfección técnica hasta la invención de la fotografía. Por nuestra parte, las culturas del sur hicimos, mayoritariamente, lo opuesto: concebimos arte de la abstracción, “geometrizamos” la realidad como se aprecia en el arte prehispánico o el arte tribal africano. Para agrandar aún más esta paradoja comentaré que Picasso, después de una visita a una exposición de arte africano a principios del siglo XX, “creó” el cubismo copiando esas máscaras africanas en un célebre cuadro. A partir de ahí (descontando las excepciones del este), occidente volvió a cultivar el arte de la abstracción.

La Asamblea Legislativa premió un arte realista (diría con malicia: complaciente y occidentalizado) y negó la distinción a un creador transgresor. Si las parlamentarias indígenas vieran sus tejidos comprenderían que ellas visten abstracción y no realismo socialista, ni otras pajas del mal entendido estético de la clase política. Por ello, siempre es bueno recordar el parecido entre el arte nazi y el arte chino de la Revolución Cultural: son la misma bazofia realista.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Los símbolos

/ 13 de agosto de 2021 / 01:18

En esta ciudad, el ring político nacional, se ha instalado una simbólica que, en consonancia con ideologías de cada creencia política, dejó de ser inofensiva y se inflama con extrema intensidad. Está a un pelín de ser una simbólica del odio, una representación alegórica del desprecio al otro. Es una estrategia, oculta y perversa, que nos dirige a un conflicto fratricida. En pocos años esta aberrante acumulación simbólica ha logrado insertar en la sociedad, urbana y rural, una manera de ver a los símbolos cargados de narrativas opuestas y enfrentadas. Es un camino retorcido que, históricamente, sangró a pueblos so pretexto de un gran porvenir. Menuda idiotez política.

Personalmente no considero al tema de la nariz de Colón, los murales de los nuevos hemiciclos, la wiphala, la tricolor, la chakana, la cruz latina, la esvástica, los ponchos rojos, o las pititas, como simples alegorías, o inocentes simbólicas acumuladas en el imaginario colectivo. Esos símbolos dejaron de ser ingenuos; las estatuas conmemorativas o las demostraciones políticas (que reclamaban reivindicaciones sociales) pasaron el límite de lo razonable y dejaron de ser una acumulación cultural, un simple constructo social. Ahora, la simbología se ha hinchado como un frágil globo de violencia contenida. Y ese delicado globo se acerca al colapso sin retorno empujado por los intereses partidistas y por los medios de comunicación (sobre todo la televisión que no comprende todavía su grado de responsabilidad en el embrutecimiento colectivo y en el cultivo irracional de la violencia); intereses que confluyen siempre en lo monetario.

La responsabilidad histórica de esta inflación de la violencia simbólica la tiene la clase política; un estamento convencido de la frase de Carl von Clausewitz: la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios, o por la idea marxista de una lucha de clases “con sangre” como el motor de la historia.

Si la clase política, de izquierda o derecha, colla o camba, estuviera obligada a mandar al frente a sus propios hijos con dinamitas en el cuerpo, te aseguro que buscarían otro camino para saldar sus diferencias y otra sería la historia. Si la balcanización de los símbolos se consolida (como en muchos países) estaremos ante un futuro espantoso. Lo que no pudo terminar el COVID o el cambio climático lo terminaremos nosotros porque el curso de la historia todavía lo define una especie sanguinaria. Yo sigo siendo optimista: es posible otra historia, otro paradigma para la “reconfiguración de la bolivianidad” en este nuevo milenio. Otro paradigma donde el rector simbólico sea la naturaleza como un conjunto armónico y totalizador.

Carlos Villagómez es arquitecto

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