Voces

Monday 15 Jul 2024 | Actualizado a 05:28 AM

El Censo 2012 y su boleta

Para que el censo se realice a cabalidad, resta la culminación de la cartografía, difusión y capacitación.

/ 19 de agosto de 2012 / 05:18

Fue muy buena noticia saber que ya tenemos fecha y boleta para el tan esperado y necesario censo nacional. Su importancia para el país y los desafíos que su ejecución exige ya los he ponderado en varias columnas anteriores. No insistiré pues en ello. Lo complementaré con algunos puntos y tareas a partir de la boleta aprobada.

Quiero abrir con un gran agradecimiento a Ramiro Guerra, hasta hace poco director del INE, a quien conozco y aprecio por su permanente disponibilidad desde que se encargaba de la cartografía ya en el censo de 1992. Gracias a él me fue posible entonces publicar Bolivia plurilingüe (1995), con el primer esbozo de Atlas lingüístico del país. Su ardua labor en el INE nos permite lanzarnos ahora al Censo 2012. Deseo todo éxito a su excolaborador y sucesor Ricardo Laruta en “la ruta” nada fácil de culminar el censo.

En general, la boleta es buena dentro de un enfoque conservador. Se le aplica aquello de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Debemos empeñarnos ahora todos, desde el Estado y desde el llano, en la culminación de la cartografía, la difusión y la capacitación para que el censo se realice a cabalidad, con miras a planificar nuestro país en todos sus niveles con un conocimiento actualizado de nuestra realidad. Resalto las innovaciones oportunas sobre emigración internacional del hogar (pregunta 20); sobre gente con dificultades físicas permanentes (22); la adición de “afroboliviano” en la 29 y otros ajustes ahí, y en las 30 y 31 (sobre lengua); y la ampliación de la edad en autopertenencia (30) y ocupación (39-44).

Ya desde mi primera intervención en La Razón (09.07.2007; cf.  08.03.2012) expliqué que no es útil explicitar “mestizo” por no ser una “nación” distinta, sino un término comodín y con mil sentidos, al que puede autoasignarse gente demasiado diversa (desde Carlos Mesa, cambas con raíces árabes y croatas, hasta los nietos urbanos de cuatro quechuas monolingües), que ya comparten el ser miembros de la “nación boliviana” sin serlo a la vez de alguna nación subestatal. “Mestizo” tiene además hoy cargas emotivas y políticas que no ayudan a ninguna planificación. No confundamos lo que cabe en un censo universal y lo que es propio de encuestas específicas o quizás de un referéndum.

Enuncio tres puntos que, en términos puramente técnicos, podrían exigir todavía ajustes en la boleta: 1) En el capítulo B se mezclan, sin previo aviso, datos de la vivienda (Nº 1 a 8; y tal vez 10 a 12) y datos de cada hogar, que pueden ser varios en la misma vivienda (Nº 9, 12 a 18; y tal vez 19, que debería reformularse).

(2) Las preguntas 29 a 31 son abiertas, pero con el útil apoyo de una lista de “naciones y pueblos” a partir de los resultados del censo 2001; siempre cabrá que elijan otros nombres. Pero ello necesitará una revisión (más un buen entrenamiento de los empadronadores), sobre todo porque los nombres de las lenguas (Nº 30 y 31) no siempre equivalen al nombre del pueblo. Por ejemplo, chiquitano/bésiro, o los mojeños que hablan las variantes trinitaria o ignaciana, mutuamente poco inteligibles.

(3) Si se ajusta la boleta, pido que se acepte una propuesta muy fácil y sensata del grupo La Ruta al Censo: Añadir a la actual pregunta 44 la siguiente: “¿En qué municipio está su lugar o establecimiento de trabajo?” Nos daría una pista al hecho cada vez más común pero aún no atendido de la doble residencia (ver LR 01.04.2012).  

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Ideas preliminares sobre el Mercosur

/ 14 de julio de 2024 / 00:17

La incorporación de Bolivia como miembro pleno del Mercosur constituye uno de los acontecimientos más importantes en materia de opciones de desarrollo a largo plazo para el país. A pesar de que el trámite de adhesión empezó en realidad en 2015, diversos incidentes políticos fueron postergando las respectivas aprobaciones legislativas de los países fundadores hasta fines del año pasado. En consecuencia, las condiciones nacionales, regionales e internacionales son ahora ciertamente muy diferentes.

El escrutinio de las bondades o inconvenientes de la nueva relación con los vecinos del Mercosur se llevará a cabo de manera sistemática en los meses siguientes. Por de pronto, me interesa plantear algunas reflexiones preliminares al respecto.

Primero: en un contexto internacional caracterizado por dos guerras, crecientes tensiones geopolíticas y enormes desafíos ambientales y tecnológicos, resulta conveniente formar parte de un mecanismo formal de integración económica y comercial de gran envergadura.

Segundo: Bolivia dispone de cuatro años para adecuar sus leyes y reglamentos al marco normativo del Mercosur, contenido en miles de disposiciones reglamentarias adoptadas desde su creación en 1991.

Tercero: en el Mercosur rige el Compromiso Democrático, que postula al orden democrático como condición indispensable para el funcionamiento de la integración.

Cuarto: mediante su incorporación al Mercosur, Bolivia expande su horizonte económico y se incorpora a un enorme espacio que permite emprender proyectos productivos de una calidad y dimensión que serían imposibles dentro de nuestras fronteras.

Quinto: el país tendrá que realizar un importante esfuerzo de fortalecimiento institucional y capacitación profesional para la negociación de las necesarias adecuaciones normativas, lo cual implica superar las actuales debilidades del aparato público, caracterizadas por el clientelismo, el nepotismo y la corrupción.

Sexto: en los próximos cuatro años también el sector empresarial privado tendrá que llevar a cabo reformas sustantivas en sus organismos gremiales y en la gestión de las propias empresas, con miras a aprovechar con eficacia y sostenibilidad las oportunidades del mercado ampliado, así como de la participación creciente en nuevas y existentes cadenas regionales de valor.

Séptimo: en cuanto al nivel de desarrollo, las cifras del PIB nominal por habitante son las siguientes: Uruguay, $us 21.677; Argentina, $us 13.709; Brasil, $us 10.242, y Paraguay, $us 3.052. La cifra para Bolivia es de $us 3.782.

También se registran importantes diferencias en cuanto al Índice de Desarrollo Humano. En efecto, Argentina 0,842; Uruguay, 0,809; Brasil, 0,754; Paraguay, 0,717, Bolivia, 0,692.

Las distancias mayores se observan en las comparaciones internacionales de productividad y competitividad, así como en la proporción de informalidad de las actividades económicas.

Octavo: dichas comparaciones simples determinan que Bolivia requiere adoptar el objetivo prioritario de cerrar paulatinamente las brechas económicas y sociales respecto de los otros países miembros del Mercosur. A tal efecto se necesitan enfoques, políticas y recursos humanos muy diferentes de los que han ocasionado el retraso relativo del país.

Noveno: las carreteras internacionales, las conexiones digitales y el sistema educativo también ostentan niveles de calidad inferiores a los del resto de países del Mercosur. Para superar esos rezagos no bastarán seguramente los recursos disponibles del Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur (FOCEM).

En conclusión, para aprovechar de verdad las oportunidades de pertenecer al Mercosur, el país tendrá que establecer un catálogo muy exigente de cambios en las orientaciones y enfoques de su desarrollo. Es probable que tal esfuerzo valga la pena.

Horst Grebe es economista.  

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Golpes, golpes, golpes

/ 14 de julio de 2024 / 00:12

Al Chino Arandia, baleado por los militares

Hay golpes y golpes. No lo sabremos en Bolivia, donde registramos la mayor cantidad de asonadas militares respecto de la región. El boliviano José Roberto Arze sostiene que un golpe de Estado es “un cambio súbito y violento de la autoridad gubernamental al margen del orden institucional”. También dice que un golpe puede ser popular o impopular. Puede, por otro lado, darse un golpe a un golpista. Varios autores han diferenciado en los últimos años los golpes duros de los golpes blandos. Toda una telaraña que motivó al equipo del programa Piedra, papel y tinta a invitar a tres conocedores e interesados en esta problemática: Loreta Tellería, Gabriela Reyes y Juan Ramón Quintana. La pregunta de inicio y de final: dónde está el centro de la definición de un golpe de Estado y cuánto debe preocupar al conjunto del país el espíritu golpista de las Fuerzas Armadas Bolivianas (FFAA).

Tellería comienza alertando de las diferencias entre los golpes de siglo XIX, por ejemplo, y los de estos tiempos. Ayer u hoy, el actante infaltable: las FFAA; el ingrediente básico: la fragilidad de los gobiernos políticos legalmente constituidos; la acción indeseable pero recurrente: violencia armada. En este punto, Reyes hace bien en precisar que puede haber tanto una demostración de la violencia, o su alarde, como el pasado 26 de junio, como un uso propiamente de la violencia y recuerda que el otro abuso (casi instintivo) de los golpistas es cortar las comunicaciones, un gesto penosamente aprendido en tantos ámbitos de nuestros espacios cotidianos. Ojo, la receta no está completa. Quintana añade más ingredientes: el más doloroso, las masacres; el menos visible, los intereses económicos internos o externos que disparan (nunca mejor dicho) las acciones golpistas y el alcance territorial, es decir, la fuerza o no de superar su inicio local para coronarse como poder forzado a nivel nacional.

Los golpes, a lo largo de nuestra historia como República y después Estado, han cambiado, como serpientes, de piel: primero como parte del proceso de la constitución republicana, posteriormente como una escalera para posicionarse desde determinadas élites, ya en el siglo XX con el uniforme de acción política militarizada no pocas veces vinculada a Estados Unidos, bajo su conocida intervención en la formación de las capas militares bolivianas. Para leer con más precisión este siglo XXI, Loreta Tellería invita a descifrar los códigos cruzados de los últimos momentos geopolíticos. Hoy, Bolivia ya no es sinónimo de Diablo Etcheverry sino de “litio” y el peor acompañamiento a este plato de fondo es la incertidumbre cuando no el atraso en las políticas estatales y la inestabilidad política (responsabilidad de toda la clase dirigencial que nos ha mostrado uno de los peores espectáculos de su mezquindad en el último tiempo). Loreta no titubea cuando plantea que existen cero diferencias entre Busch, Barrientos, García Meza, Kaliman o Zúñiga: todos ellos se ponen su trajecito de campaña, se miran al espejo y se dicen a sí mismos que van a dar “estabilidad a su país”, tan fácil como cantar, firmes, un himno nacional en la plaza de su esquina.

¿Cómo se gestiona a las FFAA para evitar estas borracheras golpistas? Quintana no duda en ponerle el cartel de “fracaso” a lo hecho en este tema durante el no corto gobierno de Evo Morales (aunque él habla más bien del sistema político y de la propia ciudadanía en la acumulación de un espíritu autoritario), además de subrayar la dimensión colonial (expresada en gran parte en la eterna tensión entre militares y policías). Y como baño de crema a todo este pastel, el exminstro plantea que hoy toca el fracaso de lo que llama un modelo patrimonial (culpa a Luis Arce sin anestesia) que, dice, consiste en concebir a las FFAA como un instrumento, como una extensión del poder político. Así explica que Zúñiga haya acariciado el control del mundo militar desde las entrañas de los servicios de inteligencia. Al otro exministro Reymi Ferreira no le falta razón cuando justifica sus dudas sobre la tesis del autogolpe: ¿qué ganaría el presidente Arce con esta planificación?, ¿por qué se arriesgaría Zúñiga a veinte años de cárcel? Sumado esto al apoyo cero de parte de movimientos cívicos o de los propios sectores empresariales.

Lo que a los no especialistas en asuntos militares nos queda claro a estas alturas del partido es que ni con Morales ni con Arce se logró bajar del caballo del autoritarismo a los dueños de los tanques y las armas. Lo que ya podemos sacar en limpio, después de 2019 y 2024, es que hay que poner mayor atención al factor militar boliviano; sacamos en limpio que cuando no se hace justicia, se deja la puerta entreabierta a los mismos fantasmas en trajecito de campaña; sacamos en limpio que la bota militar sigue siendo un espacio incontrolado, un cruce de distantes intereses y ambiciones. La bota militar sigue siendo una amenaza para la población que vota, que elige, una amenaza para los más humildes que mueren con disparos por la espalda. La bota militar está en crisis y a su diván arrastra al sistema democrático, a nuestra seguridad y a nuestra tranquilidad.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

La resiliencia de Biden

/ 14 de julio de 2024 / 00:07

Joe Biden sigue en pie, se niega a rendirse. Algunos pueden verlo como egoísta e irresponsable. Algunos pueden verlo incluso como peligroso. Pero yo lo veo como algo extraordinario. A pesar de enviar un mensaje claro todavía hay un lento redoble de tambores de luminarias, donantes y funcionarios electos que intentan escribir el obituario político de Biden. Parecen creer que pueden matar su candidatura, con mil cortes o matándola de hambre. Pero nada de esto me sienta bien. En primer lugar, porque Biden es, de hecho, el candidato presunto de su partido. Ganó las primarias y tiene los delegados necesarios. Llegó allí mediante un proceso abierto, organizado y democrático.

Me parece que obligarlo a dimitir contra su voluntad invalida ese proceso. Y la aparente justificación para ello es insuficiente; las respuestas a las encuestas no son votos. Sí, hace dos semanas Biden tuvo un mal debate y es posible que se vea perjudicado. Sí, existe la posibilidad de que pierda estas elecciones. Esa posibilidad existe para cualquier candidato. Pero permitir que las élites lo saquen de la carrera sería jugar un juego peligroso que no está exento de riesgos. No garantizará la victoria y puede producir caos. La lógica que dice que hay que deshacerse de Biden para derrotar a Trump es, en el mejor de los casos, una apuesta, el producto de personas en pánico en salones bien amueblados.

Además, nadie ha demostrado realmente que el declive que Biden pueda estar experimentando haya afectado significativamente a su toma de decisiones políticas o haya erosionado la posición de Estados Unidos en el mundo. Los argumentos se centran en la evidencia visual de un comportamiento algo preocupante, pero sobre todo en especulaciones sobre la cognición. Esto simplemente no es suficiente.

No soy partidario de Biden. Nunca lo he conocido. Y no estoy en contra de la opinión de quienes lo han visto de cerca y expresan preocupación. No estoy a favor de Biden, sino más bien a favor de mantener el rumbo. Al igual que los demócratas que dudan de Biden, quiero, sobre todo, evitar que Trump sea reelegido y garantizar la preservación de la democracia. Pero creo que permitir que Biden siga encabezando la lista demócrata es la mejor manera de lograrlo. Y dado que ese es el objetivo, quizás el mejor argumento a favor de Biden es que su temple ha quedado demostrado por la avalancha de críticas que ha soportado desde el debate, muchas procedentes de otros liberales.

El apoyo a Biden no se ha desplomado, como se podría esperar, lo que sugiere que la idea de que Biden no puede ganar —o de que otro demócrata lo tendría más fácil— es, en el mejor de los casos, especulativa.

Una nueva encuesta del Washington Post/ABC News/Ipsos encontró que Biden y Trump están empatados a nivel nacional. No hay garantía de que cambiar candidatos dejaría a los demócratas en una mejor posición, pero creo que cada vez hay más argumentos para pensar que la continua vacilación entre los demócratas sobre la candidatura de Biden está dañando aún más sus posibilidades.

La candidatura de Biden podría no sobrevivir, pero obligarlo a abandonarla puede perjudicar a los demócratas más que ayudarlos, incluso entre los votantes que dicen que quieren una opción diferente.

Charles M. Blow es Columnista de The New York Times.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

¿Los demócratas creen que Trump es una emergencia?

Ross Douthat

/ 13 de julio de 2024 / 02:58

El fin de semana pasado predije que los demócratas encontrarían una manera de deshacerse de Joe Biden; esa probabilidad parece fluctuar a diario o incluso cada hora, pero por ahora mi predicción se mantiene. Sin embargo, después de una semana de maniobras internas del partido, parece claro que al menos algunos demócratas están contentos de seguir con su candidato actual, a pesar de la fuerte probabilidad de una derrota en noviembre y una restauración de Trump, ya que consideran que la alternativa es demasiado dolorosa, de alto riesgo o disruptiva.

Esto ha sido un poco chocante para algunos observadores anti-Trump. Una mistificación indignada afectó a Tim Miller, de The Bulwark, cuando mi colega Ezra Klein le informó en una entrevista de podcast que algunos demócratas se sentían relativamente no apocalípticos sobre la perspectiva de un segundo mandato de Trump: «Eso es una locura».

No me parece una locura en absoluto, pero eso es porque creo que siempre ha estado claro que el Partido Demócrata en la era de Trump no es tan NeverTrump como los más verdaderos creyentes de NeverTrump, que generalmente elige los “imperativos mundanos” y el interés propio por sobre medidas de emergencia orientadas a intereses existenciales.

La idea de una “coalición de todas las fuerzas democráticas” anti-Trump ha sido prominente en los medios y en los comentaristas, y allí se han visto grandes cambios y concesiones. Pero estos han sido hechos principalmente por conservadores y exconservadores anti-Trump que se están moviendo hacia la izquierda, no por la coalición política a la que se están uniendo.

En este sentido, es comprensible que alguien como Miller, de The Bulwark, se sienta especialmente indignado por los políticos demócratas dispuestos a arriesgarse a que Trump vuelva a ocupar el poder, ya que su publicación, nominalmente conservadora, ha hecho muchas concesiones ideológicas en nombre de un frente popular anti-Trump. Pero yo habría pensado que se habría dado cuenta mucho antes de que los líderes demócratas en su mayoría no están interesados ​​en ofrecer a cambio concesiones serias a los antiguos conservadores.

Y me resulta difícil enfadarme especialmente con los demócratas que piensan así de Trump, aunque, como conservador, me gustaría que hicieran más por cortejar a los estadounidenses de tendencia derechista y me gustaría mucho que ni Biden ni Kamala Harris estuvieran en la lista demócrata, porque es algo parecido a lo que pienso del fenómeno Trump también. El presunto candidato republicano es una figura peligrosa y desestabilizadora, pero no es la única fuerza que amenaza a la república estadounidense. Otras ideologías y movimientos “normales” plantean sus propios peligros, las respuestas equivocadas al trumpismo también pueden ser desestabilizadoras y está bien seguir persiguiendo objetivos políticos normales, liberales o conservadores, a la sombra de su influencia.

Tal vez esto sea realismo, tal vez ingenuidad fatal, pero, sean cuales sean las decisiones que tomen ahora los demócratas, parece más probable que nunca que tendremos otros cuatro años en los que esta teoría se pondrá a prueba.

Ross Douthat es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Los tiempos de la estabilización económica

/ 13 de julio de 2024 / 02:56

Habrá siempre un día después y alguien tendrá que hacerse cargo de los problemas del país en noviembre del próximo año. Las soluciones no serán fáciles, sobre todo en el ámbito económico, particularmente si éstas no van más allá de la actual colección de lugares comunes, consignas ideológicas y falta de ideas sobre el cómo y la secuencia en que podrían ser ejecutadas. Sin claridad política-técnica, contexto ni noción de tiempo, el siguiente gobierno puede fracasar igual que el actual, incluso más rápido.

Convengamos que hay bastante consenso, salvo en el Gobierno que parece seguir en fase de negación, en que el funcionamiento de la economía se está desarreglando. Lo crucial es, sin embargo, entender que esos desequilibrios no se deben únicamente a una gestión coyuntural con errores, sino al agotamiento de algunos de los pilares que la sostuvieron por casi dos decenios.

Frente a esa realidad, hay un primer disenso, varios actores políticos, y no de los menores, piensan que basta con que el actual Gobierno termine su mandato y las soluciones aparecerán por gracia del espíritu santo y la habilidad de algún nuevo o viejo jefazo. Proceso además que se sugiere que no implicará sacrificios ni conflictos.

Por otra parte, están los que anuncian urbi et orbi que el problema es “el modelo” y que hay que abolirlo. Y ahí la frase mágica es “menos Estado” y más específicamente “reducir gasto público”. Para la derecha, esa es la salida: reducimos un 50% el Estado y listo, habrá dólares, los precios no subirán y seremos una nación de emprendedores y potencia turística.

Por supuesto, nadie explica lo que podrían implicar esas reducciones y si son posibles en la práctica. La inflexibilidad estructural del gasto público se les aparecerá tarde o temprano, mostrándoles que salvo que despidas a cantidades de profesores, médicos y militares, reduzcas con hacha la subvención de los hidrocarburos o restrinjas la inversión pública al punto de dejar medio muerta a la actividad, como está pasando en Argentina, esas metas no se lograrán.

Ninguna es una opción sencilla técnicamente, suponiendo además que los afectados acepten su destino con patriótica comprensión. La moto sierra liberaloide suele ser atractiva y hasta audaz, hasta que se la tiene que hacer.

¿Eso quiere decir que no se puede hacer un ajuste en la economía, suponiendo que sea necesario? Por supuesto que no, solo nos sugiere que hay que construir un mandato popular y poder político para tal efecto. Obviamente, esa recomendación vale también para cualquier intento heterodoxo de equilibrar la macroeconomía sin recurrir a brutalidades a lo Milei.

Es asumir que cualquier estrategia de reconducción económica será una ruta conflictiva y llena de obstáculos. Por eso, sorprende la frivolidad con la que muchos tratan la cuestión.

Todo esto, además, en una sociedad que no parece aún tener claridad sobre el escenario al cual está transitando. Basta ver el tenor de los reclamos populares en estos días: lo que se pide son dólares y que los precios no se modifiquen. Es decir, más o menos, que siga el esquema de los últimos 15 años.  

Las demagogias de un lado y el otro evitan reflexionar sobre la realidad: que habrá que priorizar y que el retorno a la estabilidad tendrá costos. Tarea profundamente política y que requerirá una potente legitimidad electoral, una enorme capacidad de negociación y mucha claridad sobre a dónde vamos y habilidad para convencer a la sociedad que eso es lo correcto.

Está finalmente la espinosa cuestión de los tiempos, en el corto y mediano plazo el problema de la restricción externa y fiscal seguirá quitando el sueño a los gestores económicos. Adaptarse razonablemente a un tiempo de escasez de divisas y recursos, definir medidas para manejarla, buscar opciones de financiamiento alternativas y al mismo tiempo avanzar hacia un horizonte para su solución de fondo serán temas críticos.

Muchas de esas tareas son urgentes y deberán estar listas para el día siguiente del nuevo mandato. Y paralelamente, se deberá trabajar el largo plazo de la economía: las opciones de crecimiento, el futuro de la economía extractiva o la posibilidad de diversificaciones innovativas. Sabiendo que son dos momentos íntimamente articulados pero diferentes.

Armando Ortuño es investigador social.

Comparte y opina:

Últimas Noticias