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lunes 29 nov 2021 | Actualizado a 07:59

Palimpsesto

Hoy ‘escribimos’ con pésima letra y faltos de ideas la capa que nos toca de esta enmarañada ciudad

/ 16 de octubre de 2012 / 05:06

Qué manera tan petulante de titular una columna, pero permítanme trasplantar este recurso literario a la ciudad y en vísperas de su festejo. Para entendernos, va la definición de palimpsesto: “manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie”. En lenguaje prosaico: escribir, indefinidamente, sobre lo ya escrito en un mismo papel.

Muchos literatos lo toman para describir experiencias urbanas como Juan Goytisolo en Aproximaciones a Gaudí en Capadocia. En ese libro define a la “ciudad palimpsesto” como “la yuxtaposición de planos históricos y étnicos de la gran urbe que propicia desde luego colisiones espaciotemporales, fenómenos de hibridación y mezcla dinámica de discursos”. Aunque habla de una ciudad turca, bien podría aplicarse a la nuestra. Asimismo, existen tesis doctorales como las de Patricia Morgado, que hacen historia urbana comenzando con la “página en blanco” como el territorio natural sobre el que se construye o “escribe” una ciudad.

Con ese arsenal académico, deseo expresar sin contemplaciones que, en este 20 de octubre, sólo celebramos a un escrito (en lengua castellana) sobre nuestro gran palimpsesto urbano: la ciudad de La Paz. Pocos conocemos de los esfuerzos de historiadores contemporáneos que investigan la estructura espacial, social y temporal que existió antes de la llegada a este valle andino de Alonso de Mendoza. Con él, de ninguna manera empezó la historia de esta ciudad. Chuquiago ya tenía por entonces demasiadas capas de una “escritura” compleja de ayllus y comarcas tan extensos como vigorosos; y de una conceptualización que señalaba tiempos y rituales más allá de sólo delimitaciones espaciales.

El llamado “Sueño de un Orden” de los fundadores de 1548 dejó en este desarrollo urbano importantes aportes, que debieron coexistir en este espacio geográfico con esas “escrituras” ancestrales y rabiosamente locales que, demostrando su valor y fortaleza, han pervivido y resistido a pesar del enconado embate que sufrieron a lo largo de siglos.

Sobre esos textos se escribieron otros más, configurando el enmarañado desarrollo urbano que tenemos: el urbanismo republicano a la francesa, la sede de los poderes del Estado, el periodo de la revolución nacional, la modernidad mal entendida y un largo etcétera. Cada momento insertó, con diversas caligrafías urbanas, un nuevo texto al palimpsesto edificado.

Hoy en día “escribimos” con pésima letra, espantosa ortografía y faltos de ideas la capa que nos toca en este nuevo milenio. Es un escrito borroneado y tachado en todas sus líneas. Es tan grotesco como los impresentables cuadernos de los malos alumnos.

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Humano…

/ 19 de noviembre de 2021 / 01:57

Humano, Espacio, Tiempo y Humano, es la última película del director coreano Kim Ki-duk antes de morir de COVID- 19 en 2020. El autor, admirado por miles en el mundo, cae en su nivel y nos ofrece un retrato brutal, extremadamente sanguinario y cruel. Se preguntará usted por qué hago una breve reseña de una película mediocre. Pues, porque el cineasta hizo una obra mediocre pero dejó un testamento pertinente para la coyuntura nacional y global. La obra se ordena en cuatro capítulos y la describo con spoilers porque sé que no te atreverás a ver tanto horror.

Humano: En un desvencijado buque de guerra se va de paseo un grupo variopinto de personajes. Un político y su hijo, un grupo de bandoleros, el capitán del barco y su tripulación, y varios jóvenes (hombres y mujeres amorales). Todos comienzan a respetar al connotado político que pasea por la cubierta impecablemente trajeado. En una situación extrema el pituco se asocia a los bandoleros (vestidos de camuflaje) que tenían la única pistola a bordo y muchas hachas. Un viejo zaparrastroso se dedica a recoger tierra con un vaso.

Espacio: Un día el barco deja las aguas e, inexplicablemente, aparece navegando en las nubes (una espectacular imagen poética de Kim Ki-duk). Poco a poco comienza a escasear la comida que queda a cargo de los que ya supones: el político en contubernio con su brazo armado. Se racionan las porciones para todos y todas, mientras el político y el jefe de los bandidos disfrutan banquetes seguidos de violaciones y ultrajes a todas las mujeres; entre ellas, a una joven casta (compañera del hijo del político) que es violada por el padre, el bandolero y el hijo.

Tiempo: El personaje más cuerdo, el viejo, tiene un huerto y dos gallinas con la tierra y las semillas que recolectó pacientemente. El cuarto del viejo germina y se vuelve un vergel. Ahí se refugia la joven embarazada contra su voluntad al estallar las masacres. Y el barco, un artefacto de ambientes metálicos y fríos, se llena de sangre y cadáveres. Los sobrevivientes comienzan a comerse a los muertos (Kim Ki-duk regodeándose con la bajeza humana en modo ultra gore).

Humano: Caen todos excepto la joven que deambula sola en el barco ya transformado en una selva. Da a luz a un niño que crece con su madre en un espacio idílico. Llega a la pubertad y, siguiendo los genes heredados, persigue a su madre para violarla. No happy end.

Kim Ki-duk, el genio maldito de oriente, nos dejó un retrato social de metáforas evidentes: el barco es la patria, la naturaleza el único refugio, y los personajes representan la sociedad global de hoy que está al borde de aniquilarse siguiendo injustificados idearios de brutalidad.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Industrialización y pandemia

/ 5 de noviembre de 2021 / 01:29

The Nation, el semanario americano progresista, acaba de publicar un reportaje sobre un científico que todos deben conocer: Rob Wallace, biólogo evolutivo y ecólogo, famoso gracias a sus trabajos premonitorios sobre el coronavirus SARSCoV- 2 responsable de la pandemia que continúa asolando el planeta.

Hace poco Wallace era un científico desempleado. Era un investigador que apenas pudo conseguir trabajo como asistente para hacer sándwiches después de ser proscrito por la academia americana. ¿Por qué razón? Pues, por publicar un libro, casi profético, en 2016: Grandes Granjas, Grandes Gripes. En ese texto, Wallace relaciona científicamente el agronegocio del capitalismo salvaje con las pandemias; estudió los efectos de la depredación de los bosques naturales causante de un brutal desequilibrio medioambiental que abre las puertas a los virus más extraños y letales. Afirmaba, cinco años atrás, que existe “una alianza estratégica entre las multinacionales, la agroindustria y las nuevas pandemias globales”. Por tales investigaciones, premonitorias y adelantadas, que afectan al sistema capitalista en sus entrañas, fue excluido de becas o de cualquier investigación en las más prestigiosas universidades americanas. No seamos ilusos, ahí también se cuida la estabilidad del sistema.

Wallace, que viene de una familia científica y de izquierda, declaró: “La industria de la alimentación está empujando las fronteras forestales y eso está incrementando la interfaz entre la fauna silvestre, que acoge algunos de los patógenos más mortales, con el ganado industrial criado en esos bordes, y también con los trabajadores que están a cargo de esos animales”. Ese ciclo ocasiona “un incremento del tráfico de estos nuevos patógenos desde los animales salvajes, a través del ganado y la mano de obra, hacia las ciudades”. Wallace, que viajó a Wuhan para comprobar sus aseveraciones hasta el extremo de contagiarse de COVID-19, no cree en la teoría conspiranoica de un virus creado artificialmente. Al contrario, estudió el actual agronegocio capitalista en China que empujó a los campesinos tradicionales a comerciar especies salvajes que dispararon un proceso llamado propagación zoonótica: “cuando los patógenos que se originan en los animales se cruzan a los humanos y luego mutan para propagarse a otros humanos.”

Wallace devela, científicamente, la causa de la actual pandemia: el sistema capitalista. A ese pernicioso sistema debemos sumarle el cambio climático y sus estragos. Pero, pensar que la tarea global para descarbonizar el planeta es un invento del imperio para fregar al sur es un desvarío ideológico insulso para el tiempo sombrío que vivimos.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre la apariencia

/ 22 de octubre de 2021 / 01:46

En nuestra arquitectura la apariencia es un leitmotif histórico. Es una manía persistente desde los albores de la colonización española y que continúa hasta nuestros días.

Si analizamos las construcciones del ámbito religioso, vemos que la transculturación de la apariencia se inició en ese periodo. En la arquitectura sacra del periodo colonial, la planta arquitectónica es un traspaso literal de la cruz latina con sus respectivos elementos (contrafuertes, campanarios, etc.), pero su portada tiene los elementos de nuestro sincretismo religioso (sirenas, sapos, frutas etc.) que mezcló artísticamente la cosmovisión de los talladores indígenas con el estilo barroco imperante en la época. A esa soberbia conjunción artística y arquitectónica, los historiadores Mesa y Gisbert la denominaron barroco andino, rescatando para la historiografía arquitectónica universal el enorme valor de esas construcciones de la parte andina. Sin embargo, ese enorme aporte local no puede desmarcarse de un fachadismo arquitectónico, cuya fuerza expresiva estaba en las portadas de esas iglesias y no así en el conjunto de todos los elementos de la arquitectura. Quizás esa imposición estilística sea la razón cultural de nuestro fachadismo arquitectónico que, en muchos periodos históricos, edifica insistentemente la apariencia en vez de la esencia. Para no cansarlos con un relato histórico analizaré brevemente el carácter arquitectónico de los cholets, que es el último eslabón de la permanencia histórica del fachadismo.

En la última exposición del arquitecto Freddy Mamani realizada en la Casa de España se presentó una maqueta del autor. En ella se mostraba la fachada frontal prolijamente detallada con todos los elementos decorativos de esa tendencia alteña. Las otras fachadas eran sosas: las dos laterales eran muros ciegos con la obra gruesa vista, y la fachada posterior presentaba ventanas colocadas sin ton ni son y sin decoración. Ahora bien, va una pregunta capital: ¿es el fachadismo cholet una degeneración estilística o es la expresión misma de lo que somos socialmente hablando?

A mi “humilde entender” el fachadismo es la expresión, adecuada, para nuestra sociedad. Y ello por múltiples razones. Ensayaré torcidamente una. Estudiando las experiencias sociales reflejadas en las noticias, puedo elaborar un depurado sofisma para defender el fachadismo como la expresión inevitable de una sociedad que ya es una mascarada colectiva, que privilegia la apariencia sobre la esencia, o como dirían los jóvenes: una sociedad wannabe. Ese sofisma concluiría que el fachadismo es —desde antaño y para siempre— una arquitectura apropiada.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Dependencia cibercultural

/ 8 de octubre de 2021 / 02:20

El lunes pasado tuvimos la prueba irrefutable de nuestra dependencia cibercultural. Por siete horas las redes Facebook, WhatsApp e Instagram dejaron de funcionar y millones de usuarios entraron en ansiedad y zozobra. Esa dependencia, que ya es una adicción, se llama nomofobia: la perturbación irracional al no tener celular o no estar comunicado al Internet. Muchos padecen esta nueva adicción, pero el propietario de las empresas la pasó peor, perdió en unas horas el tamaño de varias economías latinoamericanas.

Como respuesta a ese apagón, la joven líder americana Alexandria Ocasio-Cortez (latina de familia sacrificada, obvio si el papá era arquitecto), ante la caída temporal del monopolio Zuckerberg, pidió a todos sus allegados compartir historias verdaderas de la democracia ¿dónde?, pues en la otra red social monopólica favorita de la clase política, el Twitter. Vaya acto revolucionario.

Todavía no comprendemos el ingreso paulatino a una nueva era distópica y cruel. Estamos todavía en la prehistoria de un imperio cibertecnológico que nos volverá más dependientes y sometidos de lo que somos, y en profundidades que nunca vivió la historia humana. Pasaremos del actual capitalismo tardío cognitivo a la sumisión tecnológica por medio de la Inteligencia Artificial, la IA, que ya nos ubica en una escala infrahumana. Algunas personalidades están abogando por un control de los monopolios de la cibertecnología antes de que sea muy tarde, entre ellas, Michelle Bachelet. Esos monopolios operan en la cuarta revolución industrial por encima de los Estados nación. Su desterritorialización los vuelve ectoplasmas cibernéticos difíciles de legislar como fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. ¿Qué tipo de acuerdos multilaterales serán necesarios en este tiempo?

La dependencia cibercultural, en países como el nuestro, es una caja de paradojas. Se usan las RRSS en colectivos sociales que son motivos para el optimismo de Pierre Levy. Soy más escéptico. Los grupos de WhatsApp son un mecanismo de relacionamiento para todos los temas: familiares, académicos, de trabajo, en la pequeña empresa, para compartir memes, para el narcotráfico, el contrabando, la ciberpornografía, y por supuesto para la lucha política. Todos esos grupos dependen de imperios que están por encima de los conocidos: el imperialismo gringo y el chino.

Un mundo distópico se avecina. La pandemia se llevó vidas humanas y dejó sobrevivientes a los que amaestró sutilmente en esta dependencia brutal y sañuda. Por ello, en este nuevo siglo, algunos toman el camino inverso: de la ciudad al campo, y algunas cifras demográficas muestran tímidamente esa tendencia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano II

/ 24 de septiembre de 2021 / 01:57

Insistiré en el tema identitario con dos interrogantes: ¿Por qué nuestra identidad social/urbana está fragmentada?, ¿por qué es imprescindible reconstruir nuestro sentido urbano de pertenencia?

A principios del siglo XX, nuestra estrenada condición como sede de gobierno significó importantes inversiones en servicios e infraestructura urbana, y a partir de esos años fuimos creciendo aceleradamente en la hoyada hasta generar otra ciudad: El Alto. Nuestra ciudad vecina se gestó en el fracaso de la Reforma Agraria y por el Decreto 21060 que empujó a poblaciones rurales y obreras hacia la altiplanicie. Pero el curso sinuoso de nuestra historia política pervirtió la condición de sede y ahora soportamos en nuestro espacio urbano las centenarias diferencias de la política nacional en detrimento de nuestra calidad de vida. Además, al ser una ciudad de economía terciaria abocada a los servicios, no solo perdimos un desarrollo sostenible sino que nos volvimos monotemáticos: todo es política.

A esos efectos nocivos propios de nuestra formación social, debemos sumar la ruptura de nuestro sentido de pertenencia. La pugna política infectó nuestros imaginarios y en las últimas décadas ensombreció nuestro futuro urbano. Es por esta situación, de perversidad cíclica, que debemos trabajar para reconquistar el sentido de pertenencia o, también llamada, identidad social/espacial. Recuperar la paceñidad es una tarea ideológica, entendiendo la ideología como la construcción cultural de una sociedad. Y ese sentido de pertenencia, que es identidad espacio/temporal, debe entronizarse por encima de las categorías binarias ( facho/rojo, golpe/fraude, pitita/azul, indio/k’ara, campo/ciudad, etc.) que forman parte del ideario político de hoy en día; un ideario cuyo objetivo mayor es la fragmentación de la sociedad. (Dicho sea de paso: no existen referencias históricas de planificación urbana, sostenible y sustentable, con la mirada mezquina de los partidos políticos).

Este nuevo tiempo reclama reconstruir nuestra identidad urbana. Debemos fundar una ideología de pertenencia sobre nuestras prácticas sociales urbanas en relación al territorio. De las tres dimensiones (socio-cultural, histórica y natural) que presentan algunos autores como estrategias para la construcción de la identidad urbana, es en la dimensión natural donde tenemos, las paceñas y paceños, la impronta mayor. Estamos rodeados de imponentes montañas que cobijaron a varias generaciones bajo el cielo azul más diáfano del planeta. Esa es una marca identitaria imborrable e inalterable por siempre en nuestras vidas y en nuestra historia urbana.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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