Voces

domingo 20 jun 2021 | Actualizado a 12:47

Ciudad en riesgo

Hay muchas familias que se quedaron sin ese referente emocional que es para cada persona su casa.

/ 28 de octubre de 2012 / 04:00

La semana pasada estuve en Callapa.  Queda en esa zona, a la espalda de la ladera este de la ciudad, una enorme mordida en la montaña. Hay una ladera polvorosa donde antes había calles y casas. Hay una herida, recuerdo cercano de una tragedia de sábado bajo la lluvia.

Hay muchas familias que se quedaron sin ese referente emocional que es para cada persona su casa: aunque sea alquilada, aunque sea prestada, el espacio que uno habita no es sólo donde se come y duerme, sino donde se guarda los objetos y vivencias y sentimientos acumulados a lo largo de generaciones. Perder la casa es, por eso, quedar desguarnecido, no sólo en el sentido literal y obvio, sino sobre todo en la sensación de seguridad y protección y continuidad y herencia que suponen las cuatro paredes y el techo que nos cobijan.

Miles de familias han perdido sus casas en Callapa, Valle de las Flores, Kupini II, Pampahasi Bajo Central, Santa Rosa de Azata, Las Dalias, Alto Villa Salomé, Jokoni, 20 de Octubre, 23 de Marzo, Cervecería, Irpavi II, Metropolitana… Nombres que sugerían calles, vecinos, parques, mercados, escuelas y que ahora prácticamente se han borrado del mapa.

El deslizamiento de febrero de 2011 no fue causado por la incontrolable naturaleza, fue resultado de muchos años de habitar la ciudad de forma desordenada, sumando casas sobre casas, de abajo hacia arriba, sin planificar y sin preocuparnos de la geología, la ingeniería o la gravedad.

Caminando por La Paz vemos a cada momento ejemplos de esta forma de vivir sobreviviendo que tenemos los paceños. Casas sobre pilotes, con los cimientos al aire, colgados de la tierra erosionada, con cañerías que salen de la cocina y se desprenden por el cerro para vaciar sus aguas servidas directamente ahí, en la base del talud que sostiene toda la estructura. Casas antiguas de adobe cargando sobre sus débiles paredes edificios de ladrillo.

Casas enormes construidas en las riberas de los ríos. Una ciudad entera construida sin pensar en el futuro. Y como resultado de todo ello, mordidas en los flancos de la ciudad que son visibles sólo levantando los ojos.

Y ahora en Callapa pueden verse también a simple vista las casas resilientes de ladrillo, de calamina, que vuelven a elevarse sobre las ruinas del deslizamiento de hace sólo algunos meses. Y es que la gente necesita un lugar donde vivir, una casa donde depositar sus sueños y sus objetos y sus memorias. Pero si la construimos y habitamos así, como sea, puede que no dure lo suficiente como para que quede de herencia.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

La verdad de la mentira

/ 20 de junio de 2021 / 00:59

Mi abuelita siempre decía que la mentira tiene las patas cortas. Eventualmente deja de andar, se le acaba la cuerda, se le vacía la batería y la verdad la sobrepasa para mostrarse en todos sus colores. El tiempo es, además, tamiz para las más evasivas falsedades. Sea por miedo, por arrepentimiento, por despecho o porque ya no les queda otra, los actores del golpe de Estado de 2019 están empezando a revelar sus cartas.

Ya el año pasado, en plena dictadura, María Galindo llamó sedición a la reunión en la que actores sin representación alguna decidieron el destino del país y de paso el de cada uno de nosotros. Ahora sabemos que no fue una reunión, sino varias a lo largo de tres días. Sabemos también que, con el pretexto de pacificar, sirvieron nada más que de pantalla para cubrir decisiones inconstitucionales tomadas por actores que no tenían mandato alguno para tomarlas. No debería sorprendernos: las reuniones de sedición en la Universidad Católica fueron el corolario de un proceso violento, en que se usaron los trucos más arteros para minar la democracia y acceder al poder sobre el odio, la división y la sangre de los bolivianos.

Los mismos señores que se reunieron para darle el poder a Jeanine Áñez a horas de la renuncia del Presidente, se habían reunido sobre un escenario meses antes. Era el 10 de octubre, y en un cabildo público en la plaza San Francisco anunciaron que si perdían no aceptarían los resultados de las elecciones. Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho, Samuel Doria Medina, Tuto Quiroga, Waldo Albarracín, entre otros, ya habían decidido por el Plan B —es decir, la vía del golpe— mucho antes de que una sola papeleta entre a un ánfora el 20 de octubre.

Gritar fraude y descalificar al tribunal de elecciones es una estrategia muy útil en caso de salir perdedores. No solo pretende deslegitimar al ganador, sino que crea un argumento para soliviantar a tus seguidores hasta llevarlos a la violencia. Cuando Donald Trump lo hizo en Estados Unidos, generó la toma del Capitolio. En el caso nuestro, se logró una muy conveniente quema de los tribunales electorales, y con ellos de las actas que podían desvirtuar el fraude. Si no hay cadáver no hay crimen, dicen siempre los criminales.

Para sostener la violencia el tiempo suficiente, a la histeria de fraude debe sumarse la exacerbación de fisuras sociales pre-existentes. Lo hemos visto en Perú esta semana y lo vivimos nosotros dolorosamente. Para eso se genera noticias falsas, se crean miles de cuentas fantasmas en Facebook y cadenas en WhatsApp y se alienta el odio para que ayude a difundirlas.

No fue sencillo ni barato lograr que renuncie el Presidente y llegar a las famosas reuniones. Se sostuvo un paro por varias semanas. Se pagó transporte, viáticos y estadía a nutridos grupos de jóvenes para que se trasladen de Santa Cruz a otras ciudades y asesoren militarmente a cada punto de bloqueo. Se hizo acuerdos secretos con la Policía y compromisos turbios con el Ejército. Se cabildeó con la OEA, con las embajadas de países afines, con la Iglesia… Es mucho esfuerzo, mucho tiempo y mucha inversión para dejar que un “detalle” como la Constitución impida que se logre el objetivo. Si hubieran sido otros tiempos, se derrumbaba la puerta de Palacio con un tanque y asunto resuelto. Pero había que guardar las formas, cuidar el “qué dirán” y por eso se buscó la salida “más constitucional posible”. Como si la ley no fuera tan absoluta como el embarazo: o estás embarazada o no estás, o es constitucional o no lo es. No hay grados intermedios.

Mi abuelita también decía que el pez muere por la propia boca. Y así, en sus propias palabras, escritos, memorias y declaraciones, los protagonistas van echando luz sobre las sombras del golpe que organizaron, cometieron o propiciaron. ¿Habría que agradecerles?

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Enemigo Público Número Uno

/ 5 de junio de 2021 / 22:25

Después de un largo tiempo de investigaciones, el FBI logró apresar a una persona que se vanagloriaba de su poder y ejercía la violencia con placer, sin empatía y sin escrúpulos. A pesar de la considerable cantidad de crímenes más serios y de víctimas mortales que podían atribuírsele, terminó preso por un relativamente menor crimen económico. No, no estoy hablando de Arturo Murillo: me refiero el famoso capo de la mafia norteamericana Alfonso Capone. También llamado Caracortada, Al Capone supo huir de Nueva York cuando sus crímenes llamaron la atención de las autoridades. Llegó a Chicago buscando un refugio seguro y una vida nueva, donde disfrutaría de sus dólares mal habidos al amparo de amistades de su calaña y de unas autoridades que se hacían de la vista gorda. Lo consiguió por algún tiempo, consolidando su fama de matón y su imperio de crimen organizado. Pero al final terminó acusado de evasión de impuestos y condenado a prisión en la célebre isla de Alcatraz.

Cualquier parecido con la vida y trayectoria de Arturo Murillo, nuestro Enemigo Público Número Uno, es mera coincidencia. Creo.

Lo que no es casual es el ímpetu, la decisión y la saña con la que las autoridades gringas persiguen el soborno, el lavado de dólares o la evasión de impuestos, delitos contra el fundamental valor y principio de ese país: el derecho al dinero. Ahí fue donde Murillo se equivocó: la Justicia norteamericana no iba a perseguirlo por las masacres de Senkata o de Sacaba, las violaciones de derechos humanos no iban a ser óbice para que se le otorgue asilo y se lo proteja en Estados Unidos. Pero robarse unos (muchos) dólares y tratar de blanquearlos en los bancos gringos, eso es imperdonable y merece cárcel inmediata. Bien lo pueden atestiguar Gonzalo Sánchez de Lozada y en especial Carlos Sánchez Berzaín, quien a pesar de estar acusado de asesinatos extrajudiciales sigue libre y campante en Miami, dándose el lujo de aparecer como invitado en conferencias y programas de televisión, opinando sobre Bolivia y alentando todo tipo de sediciones, insubordinaciones y golpes de Estado. La Justicia de Estados Unidos es implacable con quienes cometen crímenes de lesa economía, pero se hace a la loca frente a genocidas y masacradores.

Arturo Murillo tiene muchas probabilidades de terminar como Al Capone: lo sentenciaron a 11 años de cárcel pero salió en siete, después de pagar las multas e impuestos que debía. La pregunta es qué hará al respecto la Justicia de Bolivia. ¿Se lo perseguirá solamente por los actos de corrupción descarada que cometió en el gobierno de facto? ¿O será que aquí sí se lo juzga por los crímenes de lesa humanidad que cometió mientras robaba?

La prisión de Murillo en Estados Unidos es una forma de justicia. Pero no basta. No puede purgar solamente sus robos, cuando hay familias enlutadas y vidas rotas por su prepotencia y la forma sanguinaria en que ejerció la violencia. La última palabra la tienen Carlos Mesa y Luis Fernando Camacho: así como ahora desconocen a Murillo y se rasgan las vestiduras ante su corruptela ¿darán vía libre a un juicio de responsabilidades al gobierno de Áñez?

Arturo Murillo no es un mafioso solitario. Sus crímenes se cometieron en el marco de un gabinete, con el respaldo de decretos supremos y avales del Banco Central de Bolivia. En los casos de corrupción, así como en los crímenes de lesa humanidad, las responsabilidades son tanto individuales como solidarias. ¿Tendrán Mesa, Camacho y sus asambleístas la integridad necesaria para participar en la investigación y el juicio que le dará un cierre a este periodo amargo de nuestra historia?

Verónica Córdova es cineasta

Comparte y opina:

La supervivencia del más apto

/ 23 de mayo de 2021 / 01:17

Estamos tan acostumbrados a considerarnos el centro del universo, que olvidamos que los humanos somos apenas una especie, entre millones. Quizás seamos la más inteligente o la más hábil, seguro somos la más destructiva, pero de ninguna manera somos la única. Si vemos la presente pandemia desde el punto de vista de la otra especie involucrada, quizás entendamos mejor nuestras opciones para abordar el problema. Estoy hablando, evidentemente, del virus llamado COVID-19. No es una enfermedad, estrictamente hablando. Es un microbio: un ser vivo muy pequeño que, igual que todos los otros seres de cualquier tamaño, busca sobrevivir y reproducirse.

El COVID-19 sobrevive a través de sus organismos anfitriones: antes los murciélagos, hoy los humanos. Nuestro cuerpo le da un hogar amplio, cómodo y lleno de facilidades, que sería tonto de no apropiarse. Desde nuestro punto de vista, la tos es un síntoma de la enfermedad. Desde el punto de vista del COVID-19, es una forma de transmitirse de un humano al otro con la mayor velocidad y eficiencia posible: se instala en nuestra garganta, nos irrita y nos obliga a toser —lanzando nubes de virus que fácilmente se transportan al próximo anfitrión. Por eso los barbijos son tan importantes: crean una barrera física que evita que el virus se propague.

Una diferencia clave entre el humano y el COVID es que para ganar la batalla el microbio depende solamente de respuestas biológicas y físicas (suyas y nuestras). Las mutaciones del virus son su estrategia para contrarrestar nuestras medicinas. Nosotros, además de las respuestas orgánicas que nuestro sistema inmunológico genera, para derrotar a este enemigo tenemos laboratorios, microscopios, análisis, genomas, cientos de años de observaciones, pruebas y deducciones —eso que llamamos ciencia. Las vacunas son la estrategia más hábil que hemos desarrollado para sobrevivir y somos muy tontos (más tontos que el virus) si nos negamos a usarlas.

No: la vacuna no te cura. Lo que hace es enseñarle a tu sistema inmunológico los puntos débiles del enemigo microbiano, para que sepa defenderse mejor y tenga una ventaja táctica.

No: la vacuna no evita que te enfermes. Lo que hace es darte una armadura antes de mandarte a la batalla. Los golpes igual te van a llegar, pero serán mitigados por la vacuna. Si te vacunas, el COVID será derrotado por tu sistema inmunológico y los síntomas de su presencia en tu organismo serán más suaves.

No: que te hayan vacunado no implica que puedas dejar de usar barbijo o distanciarte de otros. Los virus pueden seguir en tu saliva y aunque a ti no te dañen (porque tienes la armadura) todavía pueden dañar a otro que no la tiene.

No: la vacuna no te modificará genéticamente. Solamente las vacunas de Pfizer y de Moderna (que en Bolivia se han usado muy poco) utilizan un código genético llamado ARN mensajero, que es una especie de “manual de instrucciones” que le indica a nuestro ADN cómo combatir el virus. El ARNm no entra al núcleo de nuestras células, que es donde está el ADN y por tanto no interactúa con él de ninguna manera.

No: la vacuna no ha sido desarrollada a la rápida y por tanto está hecha “como sea”. Cientos de institutos, laboratorios, universidades y empresas farmacéuticas han trabajado simultáneamente, con una muy importante inyección de recursos económicos y por primera vez compartiendo información técnica. Por eso se han podido desarrollar tan rápido sin tener que omitir ninguno de los pasos necesarios para que sean seguras.

Sí: hay un fin de lucro en la mayoría de esas entidades y hay quienes ganan cantidades obscenas de dinero gracias a las vacunas. Pero que haya quienes se benefician de este esfuerzo no significa que en sí mismo sea dudoso. Si así fuera, deberíamos dudar de todo lo que en el mundo se desarrolla con fines de lucro. O sea: todo.

Sí: existe la posibilidad de que estas vacunas generen efectos secundarios de algún tipo en el tiempo. Pero lo mismo pasa con el microondas, el plástico, los celulares, la margarina y casi todo lo nuevo. No ha pasado suficiente tiempo como para medir y descartar sus efectos a largo plazo. Es un riesgo que debemos sopesar: evito morir hoy, evito que mi familia sufra la desesperación y el costo de verme hospitalizado ahora o dejo de vacunarme por miedo a consecuencias que pueden —o no— venir dentro de quién sabe cuántos años.

El COVID-19, un bicho muy inteligente por lo que parece, claramente se vacunaría. Para preservar su vida, reproducirse y mantener su especie. ¿Seremos nosotros menos sensatos que nuestro enemigo invisible?

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Chakana

/ 9 de mayo de 2021 / 00:38

Esta semana se inició el tiempo de la Chakana: tiempo de reconstituir, de enderezar y de recomponer nuestro camino. El tiempo de la Chakana es el tiempo de la madurez, mayo, cuando la cruz del sur se alinea en el cielo y los frutos están listos para la cosecha. Se termina el ciclo anual, es tiempo de mirar hacia atrás para reconducirnos en lo venidero. Madurez en la naturaleza y en los seres humanos: ya sabemos lo suficiente para entender en lo que erramos, pero todavía hay tiempo por delante para corregir y re-encaminarnos.

En el centro de la Chakana está el Taypi, el centro ritual, el ombligo donde se cruzan todas las divisiones. Es el espacio de la mediación y del equilibrio, donde por fuerza se encuentran todos los opuestos. Ahí es donde se realiza el 3 de mayo el Tinku: rito sexual, simbólico y violento, donde las mitades se encuentran para derramar sangre un día, evitando así que se derrame sangre el resto del año. Dice Fernando Montes que el Tinku es una cópula simbólica que exacerba hasta la violencia las contradicciones entre las dos partes enfrentadas, para así poder integrarlas plenamente. Solo después de la máxima intensidad del conflicto, es que se logra la verdadera unidad.

Hay mucha sabiduría en esa concepción de mundo, simbolizada por la Chakana o la cruz escalonada andina. No es necesariamente malo que haya parcialidades, contradicciones, divisiones, siempre que exista un Taypi donde encontrarnos para restablecer los equilibrios perdidos. El mundo no puede ser unívoco, sólido, terminado: debe haber espacio siempre para ver con los dos ojos, para tocar con las dos manos. Un pie avanza mientras el otro sostiene el peso del cuerpo. El mundo debe ser fluido, negociado, no puede solo sostenerse en los extremos dicotómicos de un “sí” o un “no”. Tiene que haber espacio para el “cómo será pues”: un sí que tiene algo de no, una negación que a la vez afirma un poco.

Es en la violencia de las afirmaciones tajantes donde se imposibilita el diálogo y se pierde el Taypi. La guerra empieza cuando vemos el universo como una dialéctica irreconciliable, con opuestos maniqueos que deben destruirse uno al otro para sobrevivir como verdades. La paz se hace imposible cuando mi verdad no acepta otras verdades posibles, y asume que todo lo que no comprende es falso, necesariamente. El diálogo es inalcanzable cuando no me basta con argumentar mis verdades: debo descalificar, degradar y hasta exterminar a quien no las comparte.

Para poder convivir entre distintos es importante que exista un Taypi que equilibre nuestras diferencias y enfatice nuestras complementariedades. Dice Montes que la representación perfecta de esta filosofía está en la relación sexual: “momentánea comunión en que macho y hembra disuelven sus límites individuales, armonizan sus antagonismos y conjuncionan sus disparidades para fusionarse en una estrecha unidad contradictoria”.

Resulta significativo que la raíz lingüística de la palabra Tinku no solo se aplica al encuentro físico, la confrontación, la competencia; sino también al encuentro sexual, al descubrimiento o conocimiento del otro en toda su diferencia —que es, en la mayoría de los casos, lo que nos atrae de una potencial pareja.

Sexo, equilibrio, madurez, violencia, frutos, noche, verdad, encuentro, diálogo, Chakana. ¡Cuánto nos pueden enseñar cuatro estrellas alineadas en el cielo de mayo!

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Crimen y castigo

/ 10 de abril de 2021 / 22:26

Cada día veo la cárcel de mujeres de Miraflores prácticamente desde mi ventana. Algunas tardes se escucha a las presas jugar a la pelota. Durante los días aciagos de la cuarentena, hubo veces en que las mujeres presas gritaron y pidieron que las tomen en cuenta, que les hagan pruebas, que les proporcionen medios para cuidarse de la pandemia. Alguna vez entrevisté allí a una persona que había caído presa y pude sentir en mi propia piel la incertidumbre y la desolación que trashuman esas paredes, pero a la vez atestiguar una solidaridad y resiliencia que no deja de estremecer a quien recorre sus estrechos vericuetos y mira sus ropas multicolores colgadas a secar entre los barrotes.

La cárcel es, siempre, una forma de tortura. Como decía Foucault, toda prisión es una forma de ejercer un poder disciplinario sobre la sociedad, pues se trata de controlar las conductas sociales fuera de la cárcel, a través del miedo a caer en ella. Por eso, es importante que la prisión sea terrible. Que lo digan los miles de presos que están ahí sin sentencia y sin esperanza, sin dinero y sin justicia.

Cada semana veo desde mi ventana a Doña Julia: una anciana que deambula por Miraflores vendiendo matico, manzanilla y eucalipto. Su hijo menor, un joven de 20 años, estuvo preso en la cárcel de San Pedro. No le pregunté qué crimen cometió (si acaso alguno), porque al final no importaba. Lo que importaban eran las lágrimas de Doña Julia, tratando de vender cada día lo suficiente para comprar un mínimo de seguridad para su hijo preso. Importaba que cada viernes debía pagar para que él tenga un rincón en el piso para extender el cartón sobre el que duerme. Importaba la angustia de Doña Julia cuando miraba las nubes negras en el cielo y sabía que su hijo no tenía un plástico ni un techo para protegerse de la lluvia. Importaba que un día enfermó y languideció durante días, sin que su madre pudiera concebir siquiera la posibilidad de sacarlo de allí para que lo vea un médico. Se lo entregaron muerto. Y doña Julia siguió mendigando en las calles de Miraflores por unos centavos para poder enterrarlo. Cuántas veces habrá pasado Doña Julia por la puerta de la cárcel de mujeres, donde la señora Jeanine Áñez dice ser torturada porque no le dejan internarse en una clínica privada para curar su presión alta.

Creo firmemente que toda cárcel es una forma de tortura, y ojalá existiera otra forma menos violenta de hacer justicia. Pero la tortura no es igual para quienes deben comer el magro prediario que se les reparte en horarios fijos, que para quienes reciben cada día comida especial que les traen sus hijos, no importa si es una hamburguesa Burger King o unas lechuguitas. No es igual estar presa con abogados, medios de comunicación y homilías a tu disposición, defendiéndote y justificando tus crímenes, que ser una presa olvidada y sin recursos, inventando apenas una forma nueva de alimentar a tus hijos, presos junto contigo.

Dice Doña Jeanine que ella es inocente. Que se lo diga a los centenares de hombres, mujeres e incluso niños que fueron apresados en su nombre y bajo sus órdenes, por “crímenes” tan terribles como escribir en una red social, como salir a protestar, como estar en la calle durante la cuarentena. Dice la señora Áñez que está siendo maltratada, cuando se la está tratando con una consideración y cuidado que ya quisiera tener cualquier persona que cae presa. Lo pueden atestiguar Doña Julia, su hijo muerto y cada una de las presas de Miraflores —con quienes Doña Jeanine no ha intercambiado una sola mirada, ni ha compartido una sola comida o un solo juego de pelota.

 Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina: