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domingo 5 dic 2021 | Actualizado a 13:06

Futuro

El futuro es y será para esta ciudad una entelequia, algo que se evade circularmente

/ 30 de octubre de 2012 / 04:24

Siempre fuimos una sociedad urbana de emergencias económicas y de apuros cotidianos. No tuvimos un respiro en ese persistente e histórico estiaje y, como tal, pensamos poco en el futuro. Nos importa más sobrevivir el momento presente, llegar con las justas al fin de semana y, en esos dos días, olvidarnos con magnas juergas y sonoros jaleos las urgencias de la próxima semana. El futuro es y será para esta ciudad una entelequia; algo que se evade circularmente y jamás se enfrenta linealmente, tal como se postula en nuestra cosmovisión.

Lo nuestro no fue planificar. Creo (ojalá me equivoque) que jamás organizaremos esta ciudad. Admiro y respeto los esfuerzos de varias gestiones municipales por planificar el desarrollo a futuro de esta ciudad, pero los varios estudios urbanos que conocí y estudié fueron arranques estériles, que no se implementaron por múltiples razones. De ese enorme abanico de impedimentos subrayo dos: nuestra inveterada resistencia a la norma, y nuestra incultura ciudadana. Ambos son ingredientes mortales de un cóctel que lo vamos tomando hace décadas, sin respiro ni clemencia. Ebrios de ese caldo, llegamos “borrachos” a este nuevo siglo, en el que se hace  difícil conservar el equilibrio, el optimismo y la fe por un futuro mejor. Es ocioso reiterar, pero la ciudad te refriega en la cara los síntomas de un calamitoso presente que nada de bueno augura al futuro: sobresaturación edilicia, contaminación ambiental, preeminencia del automóvil sobre el ser humano, inminencia de catástrofes geológicas, falta angustiante de agua potable, inseguridad ciudadana, ingobernabilidad municipal y otras múltiples calamidades más. A pesar del enorme esfuerzo de las autoridades municipales, la sociedad se empeña por mostrar su apego irresponsable al presente como si el futuro para nuestros hijos no existiera. Van a modo de recordatorio dos perlas: los irresponsables asentamientos en Callapa, y el avasallamiento del parque Mallasa, donde se terminó de construir, en tiempo récord, un amontonamiento de casas, que siguiendo el léxico de moda, es una caca.

Ante el evidente desasosiego comienzan a manifestarse otras autoridades con salidas creativas y futuristas al barullo presente: ¿Por qué no construimos otra ciudad, nueva, ordenada y ecológica al norte de esta ciudad? Hace 50 años, el arquitecto Requena propuso con tendencias modernistas esa posibilidad. Últimamente y con una mayor solvencia, el arquitecto Jorge Sainz planificó una red de ciudades intermedias en la Amazonía paceña.

Pero es pertinente razonar sin arrebatos en cómo se genera y se sustenta una ciudad. Propongo comenzar el debate preguntándonos: ¿quién iría a poblar ese sueño urbano?, ¿quién quiere dejar de ver el Illimani?

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Carne mortal y piedra atemporal

/ 3 de diciembre de 2021 / 01:17

Carne y Piedra es un libro clásico de Richard Sennett donde se estudian las relaciones entre las sociedades (más precisamente las experiencias corporales) y las ciudades. Para nosotros, seres urbanos de la montaña, montaraces irredentos, esa correlación entre el cuerpo humano y nuestro entorno construido es muy particular, diría bastante particular. En la ciudad de La Paz, tanto el humilde vecino como los accionistas aburguesados de una empresa suponen que son más vitales y potentes que la memoria de la ciudad, y todos magnificamos nuestros hábitos y realizaciones. Para ello, existen dos campos estelares: los acontecimientos políticos y los eventos festivos. En esos actos sociales practicamos a placer expresiones grandilocuentes, con cuerpos exultantes que se abstraen de la realidad (olvidando una historia plena de vergüenzas), practicando un histrionismo colectivo que pretende ocultar nuestra centenaria incapacidad, y exteriorizando nuestras enormes ganas de ser escuchados. Aquí, en la sede de gobierno de un país politizado hasta el tuétano, la carne y la piedra se entrelazan formando imaginarios urbanos, paradójicos y lastimeros, como también construcciones simbólicas que son las más atrabiliarias e iracundas de la región.

Si existe un sitio emblemático de esta ciudad para tales prácticas es la plaza San Francisco. Nuestro ombligo urbano, nuestro gran teatro citadino que perpetuamente convoca fantasías, deseos y cualquier práctica social que nace de la inventiva de un pueblo que sabe administrar sus carencias. Pero, ¿por qué San Francisco? Es una plaza de dimensiones discretas rodeada de construcciones mediocres a excepción del conjunto conventual más importante de todo nuestro patrimonio arquitectónico. Respuesta: a pesar de su escala provincial, esa plaza nació con un aura muy particular. En la colonia, San Francisco fue el punto de reunión de la ciudad de indios con la ciudad de los españoles y criollos, hilvanando un lazo imaginario entre los de arriba y los de abajo, entre las castas privilegiadas y los indios, entre el poder y la ciudadanía; es decir, es una bisagra social con un aura única. Antiguamente se edificó ese sentido de correspondencia social con puentes peatonales (uno con piedras de Tiwanaku), y después canalizando en ese sector el río Choqueyapu. Todo con piedra y argamasa. Y esas piedras “vieron” pasar los ataúdes de todos: de los corregidores, de los talladores de la portada del templo, de los aristócratas de antaño, de los dictadores militares y “verán” pasar los de todos nosotros porque la memoria urbana pervive en materia atemporal y nuestra carne deambula por meandros inimaginables y efímeros.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Humano…

/ 19 de noviembre de 2021 / 01:57

Humano, Espacio, Tiempo y Humano, es la última película del director coreano Kim Ki-duk antes de morir de COVID- 19 en 2020. El autor, admirado por miles en el mundo, cae en su nivel y nos ofrece un retrato brutal, extremadamente sanguinario y cruel. Se preguntará usted por qué hago una breve reseña de una película mediocre. Pues, porque el cineasta hizo una obra mediocre pero dejó un testamento pertinente para la coyuntura nacional y global. La obra se ordena en cuatro capítulos y la describo con spoilers porque sé que no te atreverás a ver tanto horror.

Humano: En un desvencijado buque de guerra se va de paseo un grupo variopinto de personajes. Un político y su hijo, un grupo de bandoleros, el capitán del barco y su tripulación, y varios jóvenes (hombres y mujeres amorales). Todos comienzan a respetar al connotado político que pasea por la cubierta impecablemente trajeado. En una situación extrema el pituco se asocia a los bandoleros (vestidos de camuflaje) que tenían la única pistola a bordo y muchas hachas. Un viejo zaparrastroso se dedica a recoger tierra con un vaso.

Espacio: Un día el barco deja las aguas e, inexplicablemente, aparece navegando en las nubes (una espectacular imagen poética de Kim Ki-duk). Poco a poco comienza a escasear la comida que queda a cargo de los que ya supones: el político en contubernio con su brazo armado. Se racionan las porciones para todos y todas, mientras el político y el jefe de los bandidos disfrutan banquetes seguidos de violaciones y ultrajes a todas las mujeres; entre ellas, a una joven casta (compañera del hijo del político) que es violada por el padre, el bandolero y el hijo.

Tiempo: El personaje más cuerdo, el viejo, tiene un huerto y dos gallinas con la tierra y las semillas que recolectó pacientemente. El cuarto del viejo germina y se vuelve un vergel. Ahí se refugia la joven embarazada contra su voluntad al estallar las masacres. Y el barco, un artefacto de ambientes metálicos y fríos, se llena de sangre y cadáveres. Los sobrevivientes comienzan a comerse a los muertos (Kim Ki-duk regodeándose con la bajeza humana en modo ultra gore).

Humano: Caen todos excepto la joven que deambula sola en el barco ya transformado en una selva. Da a luz a un niño que crece con su madre en un espacio idílico. Llega a la pubertad y, siguiendo los genes heredados, persigue a su madre para violarla. No happy end.

Kim Ki-duk, el genio maldito de oriente, nos dejó un retrato social de metáforas evidentes: el barco es la patria, la naturaleza el único refugio, y los personajes representan la sociedad global de hoy que está al borde de aniquilarse siguiendo injustificados idearios de brutalidad.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Industrialización y pandemia

/ 5 de noviembre de 2021 / 01:29

The Nation, el semanario americano progresista, acaba de publicar un reportaje sobre un científico que todos deben conocer: Rob Wallace, biólogo evolutivo y ecólogo, famoso gracias a sus trabajos premonitorios sobre el coronavirus SARSCoV- 2 responsable de la pandemia que continúa asolando el planeta.

Hace poco Wallace era un científico desempleado. Era un investigador que apenas pudo conseguir trabajo como asistente para hacer sándwiches después de ser proscrito por la academia americana. ¿Por qué razón? Pues, por publicar un libro, casi profético, en 2016: Grandes Granjas, Grandes Gripes. En ese texto, Wallace relaciona científicamente el agronegocio del capitalismo salvaje con las pandemias; estudió los efectos de la depredación de los bosques naturales causante de un brutal desequilibrio medioambiental que abre las puertas a los virus más extraños y letales. Afirmaba, cinco años atrás, que existe “una alianza estratégica entre las multinacionales, la agroindustria y las nuevas pandemias globales”. Por tales investigaciones, premonitorias y adelantadas, que afectan al sistema capitalista en sus entrañas, fue excluido de becas o de cualquier investigación en las más prestigiosas universidades americanas. No seamos ilusos, ahí también se cuida la estabilidad del sistema.

Wallace, que viene de una familia científica y de izquierda, declaró: “La industria de la alimentación está empujando las fronteras forestales y eso está incrementando la interfaz entre la fauna silvestre, que acoge algunos de los patógenos más mortales, con el ganado industrial criado en esos bordes, y también con los trabajadores que están a cargo de esos animales”. Ese ciclo ocasiona “un incremento del tráfico de estos nuevos patógenos desde los animales salvajes, a través del ganado y la mano de obra, hacia las ciudades”. Wallace, que viajó a Wuhan para comprobar sus aseveraciones hasta el extremo de contagiarse de COVID-19, no cree en la teoría conspiranoica de un virus creado artificialmente. Al contrario, estudió el actual agronegocio capitalista en China que empujó a los campesinos tradicionales a comerciar especies salvajes que dispararon un proceso llamado propagación zoonótica: “cuando los patógenos que se originan en los animales se cruzan a los humanos y luego mutan para propagarse a otros humanos.”

Wallace devela, científicamente, la causa de la actual pandemia: el sistema capitalista. A ese pernicioso sistema debemos sumarle el cambio climático y sus estragos. Pero, pensar que la tarea global para descarbonizar el planeta es un invento del imperio para fregar al sur es un desvarío ideológico insulso para el tiempo sombrío que vivimos.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre la apariencia

/ 22 de octubre de 2021 / 01:46

En nuestra arquitectura la apariencia es un leitmotif histórico. Es una manía persistente desde los albores de la colonización española y que continúa hasta nuestros días.

Si analizamos las construcciones del ámbito religioso, vemos que la transculturación de la apariencia se inició en ese periodo. En la arquitectura sacra del periodo colonial, la planta arquitectónica es un traspaso literal de la cruz latina con sus respectivos elementos (contrafuertes, campanarios, etc.), pero su portada tiene los elementos de nuestro sincretismo religioso (sirenas, sapos, frutas etc.) que mezcló artísticamente la cosmovisión de los talladores indígenas con el estilo barroco imperante en la época. A esa soberbia conjunción artística y arquitectónica, los historiadores Mesa y Gisbert la denominaron barroco andino, rescatando para la historiografía arquitectónica universal el enorme valor de esas construcciones de la parte andina. Sin embargo, ese enorme aporte local no puede desmarcarse de un fachadismo arquitectónico, cuya fuerza expresiva estaba en las portadas de esas iglesias y no así en el conjunto de todos los elementos de la arquitectura. Quizás esa imposición estilística sea la razón cultural de nuestro fachadismo arquitectónico que, en muchos periodos históricos, edifica insistentemente la apariencia en vez de la esencia. Para no cansarlos con un relato histórico analizaré brevemente el carácter arquitectónico de los cholets, que es el último eslabón de la permanencia histórica del fachadismo.

En la última exposición del arquitecto Freddy Mamani realizada en la Casa de España se presentó una maqueta del autor. En ella se mostraba la fachada frontal prolijamente detallada con todos los elementos decorativos de esa tendencia alteña. Las otras fachadas eran sosas: las dos laterales eran muros ciegos con la obra gruesa vista, y la fachada posterior presentaba ventanas colocadas sin ton ni son y sin decoración. Ahora bien, va una pregunta capital: ¿es el fachadismo cholet una degeneración estilística o es la expresión misma de lo que somos socialmente hablando?

A mi “humilde entender” el fachadismo es la expresión, adecuada, para nuestra sociedad. Y ello por múltiples razones. Ensayaré torcidamente una. Estudiando las experiencias sociales reflejadas en las noticias, puedo elaborar un depurado sofisma para defender el fachadismo como la expresión inevitable de una sociedad que ya es una mascarada colectiva, que privilegia la apariencia sobre la esencia, o como dirían los jóvenes: una sociedad wannabe. Ese sofisma concluiría que el fachadismo es —desde antaño y para siempre— una arquitectura apropiada.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Dependencia cibercultural

/ 8 de octubre de 2021 / 02:20

El lunes pasado tuvimos la prueba irrefutable de nuestra dependencia cibercultural. Por siete horas las redes Facebook, WhatsApp e Instagram dejaron de funcionar y millones de usuarios entraron en ansiedad y zozobra. Esa dependencia, que ya es una adicción, se llama nomofobia: la perturbación irracional al no tener celular o no estar comunicado al Internet. Muchos padecen esta nueva adicción, pero el propietario de las empresas la pasó peor, perdió en unas horas el tamaño de varias economías latinoamericanas.

Como respuesta a ese apagón, la joven líder americana Alexandria Ocasio-Cortez (latina de familia sacrificada, obvio si el papá era arquitecto), ante la caída temporal del monopolio Zuckerberg, pidió a todos sus allegados compartir historias verdaderas de la democracia ¿dónde?, pues en la otra red social monopólica favorita de la clase política, el Twitter. Vaya acto revolucionario.

Todavía no comprendemos el ingreso paulatino a una nueva era distópica y cruel. Estamos todavía en la prehistoria de un imperio cibertecnológico que nos volverá más dependientes y sometidos de lo que somos, y en profundidades que nunca vivió la historia humana. Pasaremos del actual capitalismo tardío cognitivo a la sumisión tecnológica por medio de la Inteligencia Artificial, la IA, que ya nos ubica en una escala infrahumana. Algunas personalidades están abogando por un control de los monopolios de la cibertecnología antes de que sea muy tarde, entre ellas, Michelle Bachelet. Esos monopolios operan en la cuarta revolución industrial por encima de los Estados nación. Su desterritorialización los vuelve ectoplasmas cibernéticos difíciles de legislar como fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. ¿Qué tipo de acuerdos multilaterales serán necesarios en este tiempo?

La dependencia cibercultural, en países como el nuestro, es una caja de paradojas. Se usan las RRSS en colectivos sociales que son motivos para el optimismo de Pierre Levy. Soy más escéptico. Los grupos de WhatsApp son un mecanismo de relacionamiento para todos los temas: familiares, académicos, de trabajo, en la pequeña empresa, para compartir memes, para el narcotráfico, el contrabando, la ciberpornografía, y por supuesto para la lucha política. Todos esos grupos dependen de imperios que están por encima de los conocidos: el imperialismo gringo y el chino.

Un mundo distópico se avecina. La pandemia se llevó vidas humanas y dejó sobrevivientes a los que amaestró sutilmente en esta dependencia brutal y sañuda. Por ello, en este nuevo siglo, algunos toman el camino inverso: de la ciudad al campo, y algunas cifras demográficas muestran tímidamente esa tendencia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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