Voces

lunes 18 oct 2021 | Actualizado a 22:26

A la muerte con cariño

Existen muchas maneras de celebrar la muerte, existen muchas maneras de jugar con ella.

/ 11 de noviembre de 2012 / 06:38

Anteayer tembló en México. En Bolivia tampoco. Muchos aspectos tienen en común nuestros países. En ambas sociedades estallaron revoluciones populares en el siglo XX. Las culturas populares de matriz indígena celebran el día de difuntos con pompa y sonaja. Hace diez días se festejó en todos los camposantos de México y quedan vestigios de altares coloridos y ofrendas exuberantes. La muerte de los seres queridos no es motivo de pena, es una cita, un encuentro, la posibilidad de la cercanía a través de la evocación y la entrega. 

Esta vez descubro facetas desconocidas de esta fiesta, como una costumbre en Ocotepec (un pueblo donde anduvo y anda, dicen, Emiliano Zapata), donde reciben y celebran a tres tipos de difuntos: a los muertos antiguos; a los “nuevos” que perdieron la vida en el transcurso del año; y a los “matados”, aquellos que fueron víctima de la violencia. Así es. Y hay ritos para cada caso y colores que acompañan, y familias que reciben las señales de solidaridad.

Comida y bebida junto con abrazos y lágrimas. Me quedo pensativo con esa figura de los “matados” y pienso en la violencia que impera en varias regiones de este hermoso país. Y tiemblo cuando pienso en esa hipótesis para Bolivia. No obstante, prefiero acordarme de algunas anécdotas relacionadas con la muerte. Para des-dramatizar.

Existen muchas maneras de enfrentar la muerte. En los tiempos del Terror, cuando Robespierre mandaba a punta de guillotina en la Revolución Francesa, un intelectual fue sentenciado para ser ejecutado un día de tantos. Ese día, la víctima se dirigió al cadalso a paso lento y con la mirada fija en la página del libro que estaba leyendo desde hacía varias noches. Se detuvo frente a su verdugo, quien con un gesto pareció decirle que dejara de leer y que a otra cosa. Humedeció la punta de su dedo índice y dobló la última página que habían visto sus ojos. Depositó su libro a un lado de la guillotina con un aire de desaliento. Luego, escuchó un redoble de tambor cuando apoyó la cabeza en la madera y !zas! la cuchilla hizo el resto. No sabemos cuándo volvió a abrir su libro en la página doblada, para retomar su hábito de lectura interrumpido por tal detalle intrascendente.

Existen muchas maneras de celebrar la muerte. Los mexicanos son vanguardia en esta práctica y se expresa en la narrativa de Juan Rulfo y los grabados de José Guadalupe Posadas y, también, en las calaveritas de dulce que chupan los niños con su nombre grabado en la frente.

Existen muchas maneras de jugar con ella. Así, el Tambor Vargas que escribió en su memorable Diario de la guerra por la independencia: “moriremos si somos zonzos”. Existen muchas maneras de irse de la vida y de quedarse sin la muerte. Poco antes de fallecer, Luis Buñuel —gran director de cine— redactó su testamento dejando toda “su fortuna”… a Rockefeller y se confesó a un cura por todos los pecados y herejías que había cometido contra… la Iglesia. O más cerca nuestro, Jaime Saenz que siempre recordaba aquella frase de Colón: “vivir no es necesario, navegar es necesario” antes de sumergirnos en los laberintos de su narrativa que trasunta el más allá y el más acá.

Existen muchas maneras de arrinconarse ante la vida, de enfrentarse con la muerte. Si no, pregúntenle a Bergman (seguro que no se hará al sueco), a la niña de Guatemala (a la que se murió de amor), a Jesús Urzagasti (te hablará desde su ventana que da al parque) o al fantasma de Canterville (en la versión de Charlie García: “he muerto muchas veces, acribillado en esta ciudad”). Y aunque aparentemente sufro de la pesadumbre mínima necesaria para producir una prosa melancólica y fatal, prefiero derivar mi difusa congoja y mi amorfo sentido trágico de la existencia hacia un silencio dubitativo y más bien escuchar, simplemente escuchar, el Terremoto del Sipe Sipe, aquel bolero de caballería que nuestros padres nos han hecho creer que sirve para acompañar procesiones y entierros, y no para celebrar la vida de los muertos.

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Monumental y hemisférica

/ 15 de agosto de 2021 / 01:17

Era obvio que la OEA seguirá defendiendo su torcido accionar en 2019. Sin rubor, aunque con mayor confusión, tal como se percibe en el documento: “La Secretaría para el Fortalecimiento de la Democracia de la Secretaría General de la OEA reitera los hallazgos del Análisis de Integridad Electoral de 2019 en Bolivia”. Ese documento fue publicado hace unos días para “rechazar” el estudio realizado por un equipo de la Universidad de Salamanca —por encargo de la Fiscalía— y que sirvió de sustento para cerrar el caso “fraude electoral”.

El texto de la OEA es curioso. Primero, por la instancia de bajo rango que asume esa tarea —una Secretaría de la Secretaría General— que dizque “ha tomado conocimiento” del estudio mencionado. Una respuesta oficiosa. Luego, por la figura retórica que usa para defender su “análisis” porque concluye afirmando que el caso boliviano “Constituye una vergüenza hemisférica por el cúmulo de irregularidades y por la manipulación flagrante del proceso electoral”. Así de altisonante, similar a la muletilla de “fraude monumental” e igualmente vacía de contenido (y de pruebas). Finalmente, “los hallazgos fundamentales” de su informe darían cuenta de “un patrón de manipulaciones, falsificaciones y adulteraciones en el llenado de actas electorales”. Empero, ese” hallazgo fundamental” tiene una demostración fútil: “De las 4.692 actas en formato digital peritadas… se encontraron 226 casos en las que dos o más actas de un mismo centro de votación fueron llenadas por una misma persona”. Más claro, Almagro: ¡con ese porcentaje afirman que hay un patrón! Y de yapa, “13.176 actas no pueden ser constatadas con la lista de electores porque este documento fue incendiado”, pero no señalan que los incendios fueron provocados por opositores convocados con la consigna de “fraude monumental”. Así desaparecieron esas listas y no por efecto de un “patrón de manipulaciones”.

Después, la delegación enviada por Almagro operó políticamente. El 23 de octubre, la OEA asume una postura en consonancia con la oposición afirmando que tenía que convocarse a segunda vuelta: “En el caso de que, concluido el cómputo, el margen de diferencia sea superior al 10%, estadísticamente es razonable concluir que será por un porcentaje ínfimo. Debido al contexto y las problemáticas evidenciadas en este proceso electoral, continuaría siendo una mejor opción convocar a una segunda vuelta”. De manera inverosímil, una misión electoral recomendaba una “mejor opción” política antes de que concluya el recuento de votos. Esa “recomendación” dio pábulo a la idea de segunda vuelta reforzando las protestas opositoras que, luego, se orientaron a la anulación de las elecciones y a derrocar a Evo Morales. El MAS optó por solicitar una auditoría integral a la OEA para que verifique el recuento de votos; sin embargo, Carlos Mesa la rechazó por presión del Comité Cívico cruceño. El día del golpe de Estado, la OEA presentó un informe preliminar señalando que hubo manipulación informática en los comicios (no en el recuento). La presentación de ese informe —dos días antes de lo previsto, sin coordinar con el Estado, su contraparte— fue una pieza de la asonada porque a partir de sus “hallazgos preliminares”, Almagro señaló: “En virtud de la gravedad de las denuncias y análisis respecto al proceso electoral… debe ser anulado”. El resto es conocido. Recién en diciembre se presentó el informe integral y contiene afirmaciones que son perlas de retórica: “Son acciones en las que no es claro si existió o no la intención de manipular aspectos de la elección…”. “Equivocaciones o negligencia sin indicios de intencionalidad pero que pudieron facilitar acciones que potencialmente sí vulneraron al proceso electoral”.

Y así sucesivamente, hasta el cinismo monumental de Almagro pidiendo un minuto de silencio por las víctimas de Sacaba y Senkata. Vergüenza hemisférica, sin duda.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Detestamos tanto a Julio

/ 4 de julio de 2021 / 00:28

El Salmón regresó al ruedo con canciones interpretadas a dúo. El título de su disco es Dios los cría y contiene una versión de Bohemio en la que Andrés Calamaro se mezcla con Julio Iglesias. Nada más, ni nada menos. Una herejía que tiene mi perdón y la acepto — solamente a él, y nada más que a él— porque la concibo como un gesto irónico. Le perdono, también, porque pude disfrutar su talento en un concierto en vivo realizado a principios de octubre de 2019 en una ciudad que él resignificó como “Coche-bomba”, sin saber que estaba presagiando la irrupción violenta de ese infame grupo parapolicial denominado Resistencia Juvenil Cochala. Y, ahora, con “Dios los cría… y el diablo los junta” está refiriéndose, sin saberlo obviamente, a los actores políticos, cívicos y clérigos que en noviembre de 2019 se reunieron en los turbios ambientes de la “cato” para conspirar contra la democracia en nombre de la democracia.

En fin, “Dios los cría”… y el Salmón los junta en un disco. Y algunas combinaciones son estupendas, como los dúos con Lila Downs, Vicentico, Manolo García y Javier Limón, León Gieco, Mon Laferte y Milton Nascimento, y ni hablar del tango Jugar con fuego entonado con Raphael. Y ese juego con fuego que nos remite al diablo me hizo recordar unas reflexiones sobre el personaje de apellido con connotación religiosa.

Cuando escuché esta versión de Bohemio—por primera y última vez— recordé unas líneas escritas sobre el cantante español y una amenaza cumplida como profecía. Aquí va. Una frase célebre de la Madre Teresa de Calcuta me vino a la mente cuando, perplejo, leí la terrible noticia: Julio Iglesias declaró que solo dejará de cantar cuando se muera. La mentada frase de la religiosa premiada con el Nobel de la Paz era: “Hay que dar hasta que duela”, refiriéndose, obviamente, a su entrega a los pobres en las peores circunstancias. Y Julio Iglesias, español católico al fin y al cabo, sigue ese ejemplo, pero quienes sufrimos dolor somos nosotros y, en este caso, es innegable que la bondad debería tener límites.

Esa frase también fue utilizada por un rudo y fornido defensor del fútbol argentino que, ante la inquietante pregunta acerca de sus temerarias patadas cuando el delantero rival lo gambeteaba, soltó aquello de que “hay que dar hasta que duela”. Se preguntarán a qué viene esa mención futbolera si estamos hablando de música, pues a que si no hubiera sido la mala puntería de un jugador merengue que propinó un puntapié a Julio Iglesias, por entonces una promesa de arquero en el Real Madrid, este tipo no habría colgado los cachos por una lesión. Por ese motivo, el mundo perdió un guardameta mediocre y ganó un esperpento de voz que nos azota desde hace varias décadas. Y en su haber tiene varios crímenes de lesa humanidad: perpetró unas versiones melifluas de las recias canciones de José Alfredo Jiménez, atentó contra el tango en un álbum que es un asesinato serial, realizó esa afrenta al ballenato cuando secó La gota fría rodeado de mujeres bellas pero seguramente sordas. Podría seguir elaborando una lista interminable de oprobios porque el tipo fue prolífico y, para desgracia nuestra, amenaza con seguir cometiendo transgresiones a la estética. Aunque esta vez con la complicidad de Andrés Calamaro que, no por nada, en el video de Bohemio usó imágenes dibujadas al estilo cine noir con cierto aire macabro. En fin, espero que sea la última aparición musical de este personaje con nombre de mes y que el Salmón siga haciendo bromas pesadas.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Nostalgias por una novela

/ 23 de mayo de 2021 / 00:19

Evoco una novela que hace 15 años me cautivó: Bolivia Construcciones. La compré en Buenos Aires en una de tantas visitas y la leí dos veces en pleno viaje seducido por el asombro. Sigo tentado en releerla pero ya no tengo ese libro en mis manos. Se perdió, y no era un unicornio azul —para citar una muletilla. Por cierto, se puede descargar la versión digital de la página web de una cooperativa de periodistas denominada lavaca pero no es igual; extraño mi ejemplar, doblado y rajado. Lo perdí, presté, regalé, quién sabe, a pocos días de mi regreso. Y nunca pude comprar uno nuevo debido a ciertas vicisitudes que cuento más adelante. En fin, como consuelo, en otro viaje a Buenos Aires, allá por 2010, encontré otra novela del mismo autor: Grandeza boliviana, que sigue contando similares historias con estilo único y talento especial.

Bolivia Construcciones es una novela escrita por Bruno Morales, seudónimo de Sergio Di Nucci, ganador del premio La Nación Sudamericana 2006 y que en cinco meses tuvo más de cuatro ediciones. Un éxito merecido, pero este libro vivió una curiosa historia porque el premio fue revocado por el jurado que advirtió —gracias a la “denuncia” de un lector de 19 años— una similitud entre un par de párrafos de la obra galardonada y Nada, una novela escrita por Carmen Laforet en 1944. “No es nada”, dijo Di Nucci, como si fuera Bruno Morales, pero el jurado revirtió su decisión y el autor se quedó con las ganas de donar su premio a la comunidad boliviana que inspiró sus relatos. El jurado estaba conformado por Carlos Fuentes y Tomás Eloy Martínez, nada menos, y habían aprobado por unanimidad la concesión del premio pero dieron vuelta atrás en medio de un intenso debate sobre la creación literaria: texto ajeno y propio, copia y originalidad, con Borges y Derrida de por medio.

Ese hecho no resta méritos a Bolivia Construcciones, es más, me importan un comino las vicisitudes del premio porque ese pedazo plagiado es mínimo y pasa desapercibido en la novela, un relato que seduce con una serie de fragmentos que provocan gozo y carcajadas al relatar las historias de unos migrantes bolivianos en Argentina y provoca una sonrisa cómplice con sus personajes. Lejos del acostumbrado “lamento boliviano” —apodo de una personaje, además— el sentido que emerge de las circunstancias en las que se ven envueltos y se desenvuelven los Quispe —un sabio aymara, y su sobrino, aprendiz de albañil y cada vez más débil frente a sus ganas de beber cerveza— es de un constante juego ante las circunstancias adversas que enfrentan sin mayor drama. Es más, con cierta ironía cuando se trata de retratar a argentinos, paraguayos, cochabambinos y, sobre todo, a peruanos y cruceños. Y en esas interacciones queda retratada una suerte de socio/psicología colla-chola que parece un espejito de nuestras manías.

No cometeré el error de contar su trama. Simplemente invito a recorrer las páginas de Bolivia Construcciones, y como anzuelo/consuelo copio un pedazo de Grandeza Boliviana, donde habla un personaje, Pacheco:

“Permítanme dirigirles la palabra… y Pedro Murillo, quien pasó a la historia con la célebre frase ‘La tea que dejo encendida, nadie podrá apagar, viva la libertad’. Muchas gracias. Hubo muchos aplausos, y se entonó el himno nacional, que acaba: ‘Morir antes que esclavos vivir’. René Torres, que es un socio histórico, pidió la palabra: ‘Sin verdad ni justicia, no hay autoridad, por lo tanto no hay autoridad’. La gente lo aplaudió.

Después comimos ají de fideo. Y toda la noche le anduvieron preguntando a Pacheco qué era una tea. ‘¡No dejes encendida la tea, Pacheco!’

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Sin memoria de abril

/ 24 de abril de 2021 / 23:34

¿Quién me ha robado el mes de abril? Es una cruda y melancólica canción de Joaquín Sabina. Ahí canta y cuenta desencuentros y abandonos. Por cierto, no hago esta alusión para hablar de sentimientos ni por sufrimiento existencial pandémico. Esta interrogante se me viene a la mente pensando en la memoria política del país y con una fecha precisa que evoca un acontecimiento trascendental en nuestra historia: el 9 de abril de 1952 que inaugura la “revolución nacional”. En este caso, y jugando anagramáticamente, puedo decir que no han “robado” el 9 de abril sino que lo han “borrado”. Entonces, mi pregunta es: ¿Por qué nos han borrado el día del estallido de la insurrección popular que dio inicio a la “revolución del 52”, el acontecimiento que marcó el fin del siglo XIX boliviano? Una revolución que inauguró un nuevo orden político que, después de tres gestiones gubernamentales al mando del MNR, concluyó con el golpe de Estado en 1964 perpetrado por el general Barrientos. Cuarenta años después, esa revolución continuó su derrotero con el inicio del “proceso de cambio” impulsado por el MAS. Los caminos de la vida… La insurrección del 52 empezó con un golpe de Estado orquestado entre el MNR y la Policía que derivó en una insurrección popular; en noviembre de 2019, un levantamiento de los sectores de clase media culminó en un golpe de Estado contra el MAS que fue detonado por un motín policial. El primer hecho marcó el inicio de la “revolución nacional”, el segundo pretendió cerrar el “proceso de cambio” que, sin embargo, retomó su curso un año después, con la victoria de Luis Arce. Entre ambos procesos existe una nítida continuidad porque tienen en común la presencia y preeminencia de lo nacional popular. En 1952, el nacionalismo revolucionario se convirtió en creencia colectiva y en proyecto estatal. Esa doble condición se recuperó entre 2006 y 2009 con la nacionalización de los hidrocarburos y la forja del Estado plurinacional; sin embargo, el pueblo como alianza de clases fue reemplazado por una voluntad colectiva nacional popular que tiene una impronta campesina indígena.

Sin embargo, el MAS no incluyó el proceso revolucionario del 52 en su reinterpretación histórica. Al contrario, apostó a la ruptura interpretativa y rechazó la continuidad de la “revolución nacional” en el “proceso de cambio”. Y lo puso de manifiesto en el Preámbulo de la Constitución Política del Estado donde no se menciona la gesta de abril que, entre otras cosas, creó las condiciones para la constitución del sujeto campesino indígena que ocupa el centro de la CPE. Nos borraron el mes de abril.

Los constituyentes del MAS consideraron que ese ciclo nacionalista revolucionario fue otra cara del colonialismo porque impulsó la homogeneización cultural, es decir, el nacionalismo fue concebido como una ideología negadora de las identidades indígenas. Era una mirada relativamente correcta pero reduccionista porque el nacionalismo del siglo pasado fue algo más que un dispositivo de dominación, fue una propuesta de soberanía porque eliminó el “superestado” minero como estructura de poder y fue una apelación democrática porque superó el reduccionismo clasista e inició el reconocimiento de la diversidad, ya desde el congreso indigenal de 1945 en el gobierno de Villarroel. Por eso, el nacionalismo revolucionario condensaba las contradicciones históricas en la antinomia nación/antinación y apelaba al pueblo como sujeto revolucionario opuesto a la oligarquía señorial. Es fácil advertir la vigencia de esos elementos discursivos en la actualidad y su utilidad para el gobierno del MAS con la finalidad de impulsar el “proceso de cambio”. Por eso, es preciso recuperar la memoria de abril porque, como dijo Calderón, no podemos construir comunidad (pluri) nacional sin continuidad histórica. 

Fernando Mayorga es sociólogo.

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¿Un nuevo mapa político?

/ 28 de marzo de 2021 / 01:54

Después de los sucesos de octubre y noviembre de 2019 —cuyo colofón fue el golpe de Estado— advertí sobre el riesgo de una crisis de representación política, sin embargo, considero que ahora estamos viviendo una mutación en las pautas de la representación política. Después de los comicios generales del año pasado —que resolvió la crisis política con la asistencia del 88% del electorado y una votación concentrada en 55% en el MAS— y después de las pasadas elecciones subnacionales se perciben señales que permiten afirmar que se está configurando un nuevo mapa político en el país. Destaco algunas pistas y adelanto que ese mapa puede analizarse a partir de distinguir la pugna entre un campo nacionalpopular y un campo oligárquico-conservador, esta pugna matiza y enriquece la mirada dualista que reducía la disputa política a la confrontación entre campo oficialista (masista) y campo opositor (antimasista).

Las relaciones tradicionales entre oficialismo y oposición se han reproducido en la distribución horizontal del poder con la presencia legislativa de Creemos y Comunidad Ciudadana que sustituyeron a Unidad Nacional y Demócratas, pero repiten una postura antimasista como principal rasgo identitario. En cambio, la distribución vertical del poder con la elección de gobiernos departamentales y municipales muestra un panorama más complejo con autoridades electas que, en la mayoría de los casos importantes, no se sitúa en el dualismo masismo/antimasismo; además, Comunidad Ciudadana no tiene presencia en ese ámbito y Creemos se restringe a Santa Cruz. Los resultados en las alcaldías de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra y El Alto reproducen el panorama de 2015 aunque con novedades importantes puesto que Arias, Reyes Villa y Fernández optarán por asumir posturas centristas para asegurar el éxito de sus gestiones en una lógica de colaboración con el Gobierno central (en la que ganan todos). Por eso no asistieron a la reunión de los cívicos, porque esa acción no les da rédito. En suma, el campo opositor se ha diversificado y no presenta la cohesión de antaño.

La victoria de Eva Copa, disidente del MAS por errores en la conducción de ese partido, marca otro hito porque se trata de la emergencia de un liderazgo con capacidad de interpelar al oficialismo desde posturas distintas a la oposición tradicional y con legitimidad para discutir y disputar al MAS la orientación del “proceso de cambio”. Su contundente victoria y su presencia como alcaldesa expresa la emergencia de nuevos actores y amplían el campo nacional-popular que, también, se ha diversificado puesto que ya no está ocupado y representado de manera exclusiva por el MAS. Y esta postura de disidencia —más que de oposición convencional— puede fortalecerse puesto que está pendiente el balotaje en cuatro departamentos y sus resultados pueden confirmar esta apreciación porque, en tres casos, la disputa por la gobernación es entre candidatos del MAS y rivales que estuvieron en sus filas o tienen afinidad ideológica. En La Paz, Quispe de Jallalla; en Chuquisaca, Condori de CST; en Pando, Richter del MTS. Solo en Tarija compite un candidato de la oposición tradicional. Además, Jallala y MTS han vencido en algunos municipios —destaca el caso de Cobija— también con candidatos disidentes.

En suma, de una relación binaria entre bloque de oposición y bloque oficialista se transita a una relación más compleja entre campo oligárquico-conservador y campo nacional-popular. Tal vez esta nueva configuración política explique el decurso de esta coyuntura que empezó con tambores de guerra y mensajes de polarización y fueron mitigándose a pesar de los halcones que anidan en todos los bandos.

 Fernando Mayorga es sociólogo.

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