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¿Neoconservadurismo a la francesa?

Al querer imponer el bien por la fuerza, se corre el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad.

/ 24 de febrero de 2013 / 07:48

La intervención militar en Malí, iniciada el 11 de enero de 2013, suscita, entre otras, una pregunta: ¿por qué ideología se ha regido la decisión de intervenir? Y más en concreto: ¿se trata de una variante del neoconservadurismo que sirvió de justificación a otras guerras anteriores contra países musulmanes (Irak, Afganistán, Libia)? El neoconservadurismo es una doctrina política de-sarrollada en EEUU después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. A pesar de este nombre, que se ha extendido, no es una doctrina derivada del conservadurismo. Más bien, se basa en la idea de que hay que intervenir en otros países para erradicar el mal que impera en ellos e imponer el bien: en este caso, para defender el ideal democrático y los derechos humanos. O, como decía el expresidente George W. Bush, para hacer que la libertad triunfe sobre sus enemigos, en política y en economía. Es decir, el neoconservadurismo es moralismo e idealismo, y es diferente de doctrinas geopolíticas como el realismo, según el cual la política exterior de un país la dictan sólo sus intereses, sin que preocupe en absoluto el destino de otros pueblos.

Emprender una guerra para defender el suministro de petróleo (o de uranio) no tiene nada que ver con el neoconservadurismo, mientras que hacerlo para llevar un régimen político mejor a otros países sí se ajusta a esta doctrina. En este aspecto está emparentado con otras formas de mesianismo, como el colonialismo, que se justifica en la superioridad de la civilización occidental; y el comunismo, que pretende garantizar a los pueblos que lo adoptan un porvenir radiante. Las justificaciones ofrecidas por los dirigentes de los países occidentales para sus intervenciones militares más recientes no tienen por qué ser las verdaderas causas. Éstas pueden estar relacionadas con otras lógicas, económicas, estratégicas o de política interior. Pero esas justificaciones son las que permiten “vender” mejor la guerra tanto a su propia población como a otras: mientras que la pura defensa del interés se identifica con el egoísmo, el altruismo es un sentimiento que se valora más.

La adhesión de la población a la guerra es indispensable, porque contribuye a aumentar la popularidad de los dirigentes: nos gusta creer que les empuja el deseo de hacer el bien. De ahí que la doctrina neoconservadora, que presenta a los países occidentales como una encarnación de valores superiores y un baluarte contra el salvajismo de los demás, tenga tan buen recibimiento entre la clase política y los editorialistas de los grandes medios de comunicación. En Francia, durante toda la crisis siria, se han oído llamamientos a intervenir para combatir a los bárbaros, los criminales, los verdugos del pueblo sirio, y defender a los valientes revolucionarios (los autores neoconservadores recurren de forma sistemática al vocabulario maniqueo).

La intervención francesa en Malí contó, en el primer momento, con una doble justificación. La primera era la petición expresa de los gobernantes malienses de que fueran a defenderlos contra una agresión exterior, la de los islamistas, que ya se habían hecho con el control del norte del país y podían adueñarse también de la mitad sur. Se trataba, pues, de responder al llamamiento de un aliado, de cumplir nuestras obligaciones contractuales: unos actos que no corresponden al    neoconservadurismo. La segunda era impedir que el Sahel se convirtiera en una base para actos terroristas dirigidos contra Europa y, por tanto, contra Francia. Ésta era una cuestión de defensa propia, porque era un golpe preventivo para impedir nuevas agresiones.

Hasta aquí la teoría. En la práctica, surge un interrogante: ¿verdaderamente es una “amenaza para Europa”, como dice Angela Merkel, que los islamistas se hagan con el poder? En ese caso, ¿por qué solo ha intervenido Francia? En un Consejo extraordinario celebrado en Bruselas el 17 de enero, los ministros de Asuntos Exteriores español y alemán preguntaron a su colega francés: ¿cuál es “el auténtico propósito” de su intervención? El ministro francés, sin duda algo molesto, respondió: “Detener a los terroristas”, pero añadió a continuación: “remontarnos a las fuentes del terrorismo”, con lo que se situó bajo la bandera neoconservadora.

Incluso suponiendo que se conozcan esas fuentes con exactitud, su eliminación implica hacerse con el control de un inmenso territorio y ayudar a la reconstrucción de la sociedad maliense; es decir, instalar un ejército de ocupación durante un periodo indeterminado. En este sentido, los episodios anteriores de la “lucha contra el terrorismo” no invitan a ser muy optimistas.

En las próximas semanas tendremos la respuesta a nuestra pregunta inicial. Veremos si el Ejército francés se conforma con impedir el avance de los rebeldes y debilitar su poder militar, o emprende una transformación profunda de la sociedad del país para eliminar las “fuentes del terrorismo”. Si estos rebeldes son una amenaza genuina contra Europa o los países africanos limítrofes, entonces tendrán que combatirlos todos los afectados, y no sólo la antigua potencia colonial. Al querer imponer el bien por la fuerza, corremos el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad.

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El ejemplo de Mandela

La extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral situó a Mandela en otro nivel.

/ 9 de marzo de 2014 / 04:00

Los trabajos de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación hechos en Sudáfrica suscitaron un coro de opiniones favorables e incluso muestras de admiración en los países occidentales. Sin embargo, ninguno de esos gobiernos ha tratado de modificar su propio sistema judicial para mezclar una dosis de justicia restaurativa, el principio que reivindicaba la Comisión, con la justicia punitiva que constituye la base de su sistema legal. La muerte de Mandela en diciembre de 2013 desencadenó una avalancha de homenajes de los jefes de Estado de todo el mundo. Pero resulta dudoso que pongan en práctica los preceptos que dejó en herencia el político sudafricano.

Lo que distinguía a Mandela de otros opositores al régimen del apartheid no fue su intransigencia frente a un sistema político basado en la desigualdad entre los habitantes del país, ni la duración y la determinación de su compromiso. Lo que situó su trayectoria en otro nivel y, podemos decirlo en retrospectiva, garantizó su éxito, fue una extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral. Varios datos de su biografía lo atestiguan.

Mandela y sus camaradas combatientes son condenados en 1964 a cadena perpetua, una pena que cumplen en la prisión de Robben Island. En el país se sigue reprimiendo violentamente toda forma de protesta. A mediados de los años 70, se aprueba una nueva ley que provoca manifestaciones en las calles de Soweto, una norma que obliga a utilizar en la escuela el afrikaans, la lengua de los que mandan. Las manifestaciones se reprimen con un baño de sangre, hay centenares de muertos, miles de heridos, decenas de miles de condenados.

Desde su prisión, Mandela envía un mensaje de solidaridad con las víctimas. Al mismo tiempo, en las escasas horas libres que le deja el régimen penitenciario de trabajos forzados, se consagra a una actividad sorprendente: empieza a aprender afrikaans y lee libros sobre la historia y la cultura de la población blanca que habla esa lengua. Además, empieza a comportarse con sus guardianes de una manera que contrasta con el de otros presos y, en lugar de manifestarles su hostilidad y encerrarse en el rechazo a cualquier contacto con esos representantes del odiado régimen, intenta comunicarse con ellos.

Con esos gestos pretende reconocer no la humanidad de las víctimas, que nunca se ha puesto en duda, sino la del enemigo, al que trata de comprender y ver cómo el enemigo se ve a sí mismo. Mandela descubre que las actitudes arrogantes de los guardianes y sus jefes, más que de su sentimiento de superioridad, proceden del miedo a perder sus privilegios y a sufrir la venganza de los que han vivido oprimidos. Entonces declara: el afrikáner es tan africano como sus prisioneros negros.

El segundo momento decisivo se produce unos diez años más tarde. Entre tanto, la situación internacional ha cambiado, se aproxima el final de la Guerra Fría, el peligro comunista ha dejado de ser una amenaza creíble y Sudáfrica se ha granjeado el oprobio de los países occidentales. Los gobernantes sudafricanos han comprendido que la evolución del régimen es inevitable y que necesitan a un interlocutor que represente a la población negra. Los presos han sido trasladados a otra cárcel, en tierra firme. En 1988, después de un tratamiento médico por tuberculosis, separan a Mandela de los demás y vuelven a trasladarlo.

Sus camaradas protestan porque creen que se trata de una medida intimidatoria. Mandela no solo acepta su nueva situación, sino que se alegra de ella, porque le permite actuar de forma individual, sin sufrir la presión de los demás. Ha descubierto que el individuo aislado siempre es menos radical que el grupo, porque no necesita estar pendiente de las miradas de los otros ni se ve obligado a entregarse a una especie de competición, y, al mismo tiempo, ha comprendido que, en la batalla que se avecina, las relaciones personales van a contar. No se distancia de su partido, el Congreso Nacional Africano (ANC), pero se libera de su vigilancia.

A principios de 1989, el primer ministro sudafricano Pieter Botha, partidario estricto del apartheid, sufre un derrame cerebral y siente que sus días están contados. Ya ha estado en contacto con Mandela por escrito: en 1985 le propuso la libertad a cambio de que el ANC renunciara a la violencia, pero Mandela lo rechazó, porque no excluye la violencia por principio, como Gandhi, igual que tampoco la sacraliza. Renuncia a ella cuando piensa que va a poder conseguir lo mismo con otros medios.

En julio de 1989, Botha invita a Mandela a tomar el té en su casa. Su visitante contará más tarde que lo que más le impresiona no son las palabras intercambiadas, sino dos gestos minúsculos. Botha le tiende la mano nada más verle, y luego es él mismo quien sirve el té. Mandela descubre que no tiene ante sí a la encarnación del apartheid, sino a una persona. El trabajo en colaboración y la conversación son actos políticos. Y Mandela decide no imponerse por la fuerza, sino buscar una situación que sea aceptable para las dos partes. Resume su postura en dos puntos complementarios: otorgar los mismos derechos a todos (es decir, abolir el apartheid) y no castigar de forma colectiva a la minoría blanca.

Merece la pena recordar un último episodio: en octubre de 1992, un grupo de antiguos presos del ANC, sospechosos de haber colaborado con el poder blanco, denuncian las condiciones en las que están detenidos por sus camaradas. Mandela corta de raíz las negativas con las que pretenden excusarse los responsables y declara: “Durante la mayor parte de los años 80, la tortura, los malos tratos y las humillaciones fueron moneda corriente en los campos del ANC”. Ha comprendido que una causa noble no legitima unos métodos innobles, que la guerra tiene su propia lógica que empuja a golpear por golpear y que desemboca en que los combatientes acaben pareciéndose. Esa conclusión es la que hace que, después de su triunfo electoral, Mandela fomente la vía de la justicia restaurativa en detrimento de la justicia punitiva.

En el bello discurso que pronunció en el funeral de Mandela, Barack Obama dijo que todo hombre de Estado debía hacerse esta pregunta: “¿He aplicado bien sus enseñanzas a mi propia vida?”. Obama destacó que la lucha contra el racismo ha proporcionado algunas victorias también en Estados Unidos, pero que la guerra contra la pobreza y las desigualdades y en favor de la justicia social se encuentra todavía con sólidos obstáculos. Sin embargo, Obama no dijo ni una palabra de los combates que su país sigue librando con las armas y que también evocan los comienzos de Mandela.

¿Pueden afirmar que se inspiran en su ejemplo y su negativa a excluir al enemigo de una humanidad común cuando los sucesivos gobiernos estadounidenses deciden encerrar a sus enemigos, reales o supuestos, en campos de prisioneros como el de Guantánamo, enviar aviones no tripulados a países remotos para atacar tanto a sospechosos y culpables como a las personas que, por casualidad, se encuentran a su alrededor, vigilar mediante escuchas a la población de su propio país y a los responsables políticos y económicos de los países aliados? La virtud moral de Mandela no permite la existencia de un abismo semejante entre las palabras y los hechos.

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Comprender el mal

No es de extrañar que algunos de esos niños en el futuro desarrollen tendencias violentas.

/ 3 de noviembre de 2012 / 04:00

Gitta Sereny, fallecida en junio de 2012 a los 91 años, fue una de las más importantes periodistas del siglo XX, autora de varios libros extraordinarios que tratan de desentrañar una pregunta fundamental y obsesiva: ¿de dónde nacen el odio, la violencia, el crimen? Si suponemos, como ella, que esos comportamientos son la encarnación del mal y que, por otra parte, no existen dos subespecies humanas, la de los monstruos y la de los normales, ¿cómo explicar que se cometan esos actos destructivos? Sereny pensaba que era posible comprender incluso los crímenes más atroces reconstruyendo la vida de su autor, sus relaciones y contactos con otras personas a su alrededor, las circunstancias en las que se había encontrado: su identidad no era más que su historia. Y quien de-see impedir que se repitan los crímenes debe intentar comprenderlos.

Sereny nace en Viena en 1921, en una familia de artistas; estudia en Inglaterra y en 1938 se instala en París, con el sueño de ser actriz. Al estallar la guerra, empieza a trabajar para una organización caritativa que se ocupa de los niños abandonados y de los fugitivos. En 1941 tiene que huir, consigue atravesar la frontera española y se embarca rumbo a Estados Unidos. Cuando vuelve a Europa, a comienzos de 1945, empieza a trabajar para la UNRRA, la Administración de Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación, el organismo de la ONU encargado de ayudar a los refugiados de guerra y a las personas desplazadas. Los dos años siguientes van a decidir su vocación.

La envían a la Alemania ocupada por los ejércitos occidentales, con la misión de ocuparse de los niños arrancados de sus lugares de origen. Entonces descubre un crimen insospechado. Al día siguiente de la ocupación de Polonia, las autoridades alemanas habían empezado a fijarse en los niños de aspecto “ario” (rubios y con ojos azules), a secuestrarlos y llevárselos a Alemania, donde los más próximos al modelo racial eran adoptados por familias y los otros estaban destinados a convertirse en trabajadores esclavos. Se calcula que los “niños robados” de Polonia fueron 200 mil, a los que hay que añadir otros capturados en Ucrania y otros lugares. El crimen exigía una reparación, ¿pero cuál? Los niños habían sufrido un primer choque cuando, con tres, cuatro o cinco años, les habían separado de sus padres, su lengua y su país; al acabar la guerra, cuando tienen 8, 9 o 10 años, vuelven a arrancarlos de sus familias adoptivas, en las que habían estado rodeados de amor, para devolverlos a un país que no conocen, con adultos de los que no se acuerdan y donde se habla una lengua que no entienden.

La situación se complica aún más por motivos políticos: en la situación de guerra fría que ha sucedido a la guerra real, ¿no sería mejor para los niños enviarlos al paraíso occidental que al infierno comunista? ¿No les convendría más una tercera familia, transatlántica? No es de extrañar que algunos de esos niños después desarrollen comportamientos asociales y tendencias violentas.

Después de dos años, Sereny deja la UNRRA; a partir de entonces, consagrará su vida a intentar comprender dos fenómenos colosales: la violencia que desembocó en los crímenes nazis y la violencia cometida contra los niños y, a veces, también por ellos. Empieza a trabajar como periodista, se instala en Londres y escribe su primer trabajo de investigación sobre Mary Bell, una niña de 11 años que en 1968, con ayuda de una cómplice, mata a dos niños de tres y cuatro años. El crimen conmociona a Inglaterra: ¿cómo es posible cometer un acto tan odioso? Sereny pone en práctica su método: interroga a todas las personas involucradas y reúne una información exhaustiva (The Case of Mary Bell, 1972). Veinticinco años más tarde, cuando Mary ya ha salido de la cárcel y está viviendo bajo una identidad nueva, vuelve a entrevistar a la joven convertida en adulta para ahondar en el examen de unos actos y unas circunstancias aparentemente vulgares que transformaron a una niña en asesina. De ahí sale lo que hoy es una obra de referencia sobre la criminalidad infantil (Cries Unheard, 1998).

Esa misma necesidad de descubrir las fuentes del mal empuja a Sereny en otra dirección. En 1970 entra en contacto con Franz Stangl, el antiguo responsable de Treblinka, el mayor campo alemán de exterminio. Stangl está condenado a cadena perpetua, pero acepta responder a las preguntas de la periodista. Cuando llevan poco más de 70 horas de entrevistas, Stangl fallece; Sereny prosigue su investigación preguntando a sus familiares, allegados y víctimas supervivientes. El resultado es un libro excepcional (Desde aquella oscuridad: conversaciones con el verdugo Franz Stangl, comandante de Treblinka, 2009), que permite abordar este enigma: ¿cómo es posible que una persona normal pueda cometer un crimen semejante? Y, si no le excluimos del género humano, como hacía él con sus víctimas, ¿a qué conclusión debemos llegar sobre la naturaleza de la humanidad?

Años después, Sereny reanuda su búsqueda con un libro sobre Albert Speer (Albert Speer, su batalla con la verdad, 2006), el arquitecto y ministro favorito de Hitler, un hombre de mente brillante, situado al otro extremo de la cadena de exterminio, al que somete a un interrogatorio preciso con el que establece su complicidad. Una tercera obra, El trauma alemán (2004), reúne el resto de sus investigaciones sobre los crímenes nazis y añade un comentario autobiográfico.

Algunos se han preguntado si Sereny no se acercó demasiado a los sujetos que aparecen en sus libros, Mary Bell, Stangl, Speer, si no los “humanizaba” demasiado. Desde luego, no los excluía del círculo de la humanidad y, al escucharles y transcribir sus palabras, construyó un marco común que les englobaba a ellos y a nosotros. Quienes adoptan la fórmula del miembro de las SS con el que se cruza Primo Levi en Auschwitz, “Aquí no hay un porqué”, corren el riesgo de no saber apreciar sus libros. Para juzgar y condenar a los individuos, la empatía no es indispensable y puede ser incluso molesta. Pero no podemos prescindir de ella si el objetivo de nuestra investigación es comprender las razones oscuras de nuestros actos, por odiosos que sean.

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La fascinación ante la guerra

En el combate la intransigencia se vuelve obligatoria, la negociación y el compromiso, traiciones

/ 15 de septiembre de 2012 / 04:03

El verano de 2012, como el de 2011, ha estado sembrado de ecos de guerra, aunque en esta ocasión en un país árabe distinto, Siria, en vez de Libia. Y no son las fuerzas occidentales (las nuestras) las que aplastan al infame enemigo, sino que se trata de una guerra civil de la que, al menos en teoría, no somos más que meros espectadores.

La impresión general que saco de mis aproximaciones veraniegas a los medios de comunicación es la de la fascinación ante el espectáculo bélico. Hay una frase que capta y, al mismo tiempo, encarna el estado de ánimo que caracteriza esos reportajes militares; es una frase de la prestigiosa periodista Florence Aubenas. Después de describir un convoy que se disponía a ponerse en marcha para combatir, añadía: “A los lados, los niños forman un pasillo de honor, deslumbrados, tan sobrecogidos de admiración que no osan acercarse a esos hombres”. Dado que la autora no se atreve a hacer ningún comentario sobre ese deslumbramiento infantil, que es una trágica consecuencia del conflicto, el resultado es que se nos está invitando a nosotros (tanto periodistas como lectores) a compartir esa experiencia de asombro.

En la prensa, la fascinación se traduce en una sobreabundancia de imágenes: la guerra es fotogénica. Página tras página, contemplamos las ruinas humeantes de los edificios, los cadáveres expuestos en la calle, los malos a los que llevan a interrogar, con un probable uso de la fuerza, jóvenes hermosos que llevan un kalashnikov en las manos o en bandolera. Las fotos, ya se sabe, provocan una gran emoción, pero, aisladas, no emiten ningún juicio, y su significado es imposible de saber exactamente. La misma complacencia llena los textos que las acompañan: nos alegramos de ver los efectos de un atentado audaz, de descubrir un ejército dispuesto a tomar el poder. “La batalla galvaniza a los rebeldes”, pero es evidente que también a los periodistas. Las fotos muestran los rostros inquietos de los prisioneros y los pies les identifican con sobriedad: “un hombre sospechoso de ser informador”, “un policía acusado de espionaje”. ¿Están todavía vivos en el momento de la publicación? Se hace sin pestañear el retrato de un joven “modesto” cuya especialidad es “suprimir a los dignatarios y a los jefes de los milicianos”. Pero no tiene la culpa: “Es un asesino de asesinos, mata a los que matan”. Los combates y la violencia no sólo son fotogénicos, sino mitogénicos, generadores de los relatos más emocionantes, los que nos hacen estremecernos y compartir la experiencia.

En su gran mayoría, los medios de comunicación no se conforman con representar la guerra, sino que la glorifican; escogen su bando y participan en el esfuerzo bélico. La verdad es que la guerra despierta fascinación casi siempre, quizá porque representa el ejemplo supremo de una situación en la que, en nombre de un ideal superior, estamos dispuestos a arriesgar lo más preciado que tenemos, la vida. A ello se añade la admiración que sienten los espíritus contemplativos por los hombres de acción, a los que se apresuran a convertir en símbolos, y también la atracción que ejerce la violencia, el placer que experimentamos cuando vemos destrucciones, matanzas, torturas. El encanto de la guerra procede asimismo de que es una situación simple, en la que es fácil elegir: el bien se opone al mal, los nuestros a los otros, las víctimas a los verdugos. Si antes el individuo podía pensar que su vida era inútil o caótica, en la guerra adquiere cierta gravedad. De pronto, ya no nos preocupamos por cuestionar la realidad que se esconde detrás de las palabras. ¿Acaso la revolución es necesariamente buena, sea cual sea el resultado? Y en cuanto a la lucha por la libertad, ¿no corre peligro de encubrir un simple deseo de poder? ¿Basta con hablar de derechos humanos, una denominación no controlada, para convertirse en su paladín?

Sin embargo, en esos mismos relatos aparece también otra imagen de la guerra, a poco que vayamos más allá de los grandes titulares y los pies de foto para interesarnos por las descripciones detalladas. Las justificaciones ideológicas, esenciales para desencadenar guerras civiles, después no sirven más que para vestir una lógica más poderosa, la avalancha de represalias y contrarrepresalias, la violencia que sube siempre un escalón más. “No es posible el perdón, esto será ojo por ojo y diente por diente”.

“A quienes hayan matado los mataremos”. La intransigencia se vuelve obligatoria, la negociación y el compromiso se consideran traiciones. Las principales víctimas no son los combatientes de uno u otro ejército, sino las poblaciones civiles, que son sospechosas de complicidad con el enemigo, viven en la inseguridad permanente, mueren en ciegas explosiones, huyen de sus casas y sus aldeas, se aglutinan en campos de refugiados instalados en los países vecinos. Las guerras civiles no son nunca un simple enfrentamiento entre dos partes de la población, sino que consagran la desaparición de cualquier orden legal común, encarnado hoy en el Estado, y convierten en lícitas, por tanto, todas las manifestaciones de la fuerza bruta: saqueos, violaciones, torturas, venganzas personales, asesinatos gratuitos. Este es el futuro probable de esos niños sobrecogidos de admiración.

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¿Solidaridad natural?

El egoísmo puro destruye a los que nos rodean, y nuestra felicidad depende de ellos

/ 18 de agosto de 2012 / 05:04

A la población de los Estados europeos se le pide sin cesar que acuda en ayuda de quienes están aún peor, ya sean víctimas de desastres naturales, o de guerras civiles e internacionales, o del abandono de sus dirigentes. ¿Pero dónde encontrar razones para auxiliar a los demás y, por tanto, aceptar los sacrificios?

Primera respuesta que sugiero: en la moral. La gran tesis de las religiones monoteístas, recuperada por la mayoría de las corrientes filosóficas, es que la naturaleza humana es perversa; si el hombre fuera virtuoso desde el principio, ¿para qué íbamos a molestarnos con tener un dios? Según esta perspectiva, la moral es una adquisición tardía y artificial; el comportamiento de los animales es obligatoriamente feroz, y el progreso de la humanidad consiste en librarnos de nuestra condición animal. Sin límites, control ni educación, los seres humanos se comportan de forma puramente egoísta, son agresores sin escrúpulos, dedicados durante toda su vida a la lucha por mejorar su posición.

Esta oposición entre naturaleza y moral, realidad y voluntad, entraña un riesgo: que renunciemos a construir un dique para contener nuestros deseos y nos conformemos, en cambio, con lo que la ciencia nos enseña sobre la naturaleza del mundo. Los defensores de esta opción creyeron tener un firme apoyo en las teorías de Darwin y sus discípulos sobre la evolución de las especies. Si, para mejorar la especie, los demás animales eliminan a los débiles y defectuosos, ¿no deberíamos proceder de la misma manera en el caso de los seres humanos? Durante las primeras décadas del siglo XX, numerosos países occidentales (Estados Unidos, Canadá, países escandinavos) votaron leyes eugenésicas y llevaron a cabo esterilizaciones forzosas. La Alemania nazi adoptó una política de exterminación de personas y razas consideradas inferiores.

En nuestros días trasladamos esos mismos principios a otros terrenos: si competir es la verdadera expresión de la vida, dicen los teóricos del neoliberalismo, la mejor sociedad es la que deja rienda suelta a la competencia y el mercado libre de cualquier restricción. En realidad, la posición de Darwin es mucho más compleja. Después de renunciar de forma categórica a toda idea de proyecto divino y, por tanto, de progreso, ya sea el de la Providencia o el de la Historia, Darwin insiste en que la diferencia entre los animales y los humanos es una diferencia de grado, no de naturaleza. Los fundamentos de la moral también están presentes en las demás especies. Y desde hace varios decenios, unos innovadores trabajos realizados por primatólogos, especialistas en la prehistoria y antropólogos que investigan a poblaciones de cazadores y recolectores han comprobado la presencia, en los orígenes de la especie humana, de unas actitudes de compasión y cooperación sin las que nuestros ancestros no habrían podido sobrevivir.

Al mismo tiempo, basta mirar alrededor para ver que las relaciones humanas no se rigen sólo por la cooperación generosa. La naturaleza no nos obliga a pelear todos contra todos, pero tampoco a mostrar una buena voluntad sistemática. El buen salvaje es tan imaginario como el salvaje malo. Los dos tipos de comportamiento tienen su origen en nuestra naturaleza animal, pero el predominio de uno u otro depende de las circunstancias. El error consiste, ante todo, en ignorar uno en detrimento del otro. Ocurre aquí como con la eterna disputa entre lo innato y lo adquirido, lo dado y lo buscado: aferrarse a uno de los términos para excluir el otro puede tener consecuencias desastrosas. A la idea nazi de que las personas se reducen a su herencia biológica corresponde la convicción bolchevique de que la voluntad no tiene límites y que, tanto con las plantas como con los seres humanos, siempre se puede lograr el resultado deseado. Así es como Rusia se cubrió de una red de campos en los que se suponía que se reeducaba a la población.

Las reacciones morales de compasión y cooperación dependen en particular de tres variables: el grado de proximidad entre el bienhechor y el beneficiario; el lugar que ocupa la víctima en la escala de poder; la gravedad del desastre. La ayuda mutua es evidente entre familiares próximos, está consagrada en la ley entre conciudadanos (solidaridad con los jubilados y enfermos) y está presente pero es problemática entre los países de la Unión Europea. En cuanto al resto de la humanidad, sólo figura en caso de una desgracia inmensa, como un tsunami o un genocidio, o cuando se trata de víctimas impotentes, por ejemplo niños. Por otro lado, la caída de los que eran poderosos, en lugar de despertar compasión, suele suscitar en la mayoría de nosotros una especie de júbilo, como si se hubiera restablecido el orden en el mundo. Los hombres-hormigas no se compadecen de la desgracia de los hombres-cigarras, a los que consideran responsables de su propio destino.

El llamamiento a la moral natural no siempre basta para superar nuestro egoísmo. También puede intervenir la razón para demostrarnos que la búsqueda del interés inmediato impide defender nuestros intereses a largo plazo. El egoísmo puro destruye a los que nos rodean, y nuestra felicidad depende de ellos: necesitamos que nos quieran, como necesitamos amar.

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Orgullosos de nuestra fuerza

La negociación y la búsqueda de compromisos se consideran síntomas de debilidad

/ 21 de julio de 2012 / 04:23

La cumbre de la OTAN celebrada en mayo de este año proclamó la “retirada irrevocable” de las tropas extranjeras desplegadas en Afganistán, de forma escalonada, de aquí a finales de 2014. Será el fin de una de las guerras más largas de los últimos tiempos: en total, habrá durado 13 años, de 2001 a 2014, sólo superada por la larga presencia de Estados Unidos en Vietnam (1959-1975). También será una de las más costosas: se habla ya de una cifra en torno a los $us 530 mil millones. Las víctimas se cuentan por millares en el bando de la coalición y por decenas de millares entre la población afgana. Como a las grandes potencias no les gusta reconocer que, a veces, se equivocan en sus aventuras, es muy probable que nos presenten esta retirada como un éxito político.

Prefieren no darse cuenta de que las guerras asimétricas modernas son imposibles de ganar, que los pueblos rechazan la ocupación extranjera aunque se les explique que es por su propio bien. Es muy probable asimismo que, como ocurrió tras la firma del tratado de paz que puso fin a la guerra de Vietnam, después de la retirada se produzca el hundimiento del Gobierno actual. Entonces, los años de intervención, las víctimas y los gastos no habrán servido para nada, ni siquiera para extraer una lección que nos sirva de algo en el futuro.

Ya sucedió lo mismo con la intervención llevada a cabo en 2011 en Libia. El cambio de poder político producido en Francia en 2012 no ha servido de oportunidad para hacer ninguna crítica a la participación del país en la guerra. Su principal promotor en el Gobierno, Alain Juppé, que fue primero ministro de Defensa y luego de Asuntos Exteriores, declaró al marcharse de su puesto: “Estoy orgulloso de lo que hicimos en Libia”, y todo el mundo le mostró su aprobación, tanto los diputados socialistas como los editorialistas de los periódicos de izquierda. Sin embargo, la decisión de adoptar esa política fue muy discutible, tanto por la forma de llegar a ese acuerdo como por los resultados obtenidos. No es verdad que no existiera ningún otro medio de evitar el baño de sangre anunciado por Gadafi; además, no se evitó, puesto que hoy sabemos que la guerra causó por lo menos 30.000 muertes, nada que ver con las 300 víctimas de la represión inicial.

¿Y cuándo se reconocerá que la guerra no es un método apropiado para imponer la democracia, dado que la lección inmediata que se puede extraer es la reafirmación de la superioridad de la fuerza bruta militar? La consecuencia es que la negociación y la búsqueda de compromisos se consideran síntomas de debilidad. En cuanto al resultado concreto de la intervención, está muy lejos de ser glorioso: Libia es presa de conflictos tribales, las milicias locales se niegan a someterse al poder central, el islamismo salafista se encuentra en una situación cada vez mejor, se ejerce la represión y la venganza contra los leales al antiguo régimen y a las ejecuciones se suman los actos de tortura.

Los dirigentes de las potencias occidentales, que gustan de creer que expresan la opinión de la “comunidad internacional”, no parecen ser conscientes del principal presupuesto de su política: que, como en los viejos tiempos del colonialismo, son ellos quienes deciden el destino de los pueblos sin protectores poderosos, en especial en África y Asia. Esos pueblos, deben de pensar, están condenados a seguir siendo eternamente menores de edad, y nosotros tenemos la pesada responsabilidad de decidir por ellos. ¿Cómo explicarse, si no, que les parezca legítimo destituir por las armas a los gobiernos de tantos países, desde Costa de Marfil hasta Afganistán, pese a que esos gestos tienen, tan a menudo, efectos contraproducentes? Por otra parte, esa es una mentalidad que comparten algunos habitantes de las antiguas colonias, que se indignan, ¿pero a qué espera Occidente para venir a liberarnos de nuestro tirano?

Estas intervenciones de la comunidad internacional son muy problemáticas, además, porque lo contrario de algo malo no tiene por qué ser forzosamente algo bueno. Un poder tiránico puede ser sustituido por otro que sea tan tiránico como él. Estamos viendo en estos meses la complejidad de la situación en Siria, en torno a la cual se multiplican los llamamientos a acudir en su ayuda. El Gobierno reprime a sus adversarios de manera sangrienta, pero ¿esos adversarios son simples manifestantes pacíficos o combatientes armados que están empleando todos los medios posibles para hacerse con el poder? Es cierto que el Gobierno orquesta su propaganda, pero ¿debemos creer todas las noticias difundidas por la cadena Al Yazira o por el autoproclamado Observatorio sirio de los derechos humanos? ¿Debemos interpretar el conflicto como una lucha entre amigos y enemigos de la democracia o como una lucha sin cuartel entre la mayoría suní y las minorías de otras corrientes religiosas, o, más complicado aún, como una guerra de influencias entre Arabia Saudí e Irán?

Algunas situaciones políticas, como algunas situaciones personales, no pueden mejorarse con ninguna intervención radical. En ese sentido es en el que son, para decirlo con propiedad, trágicas.

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