Voces

viernes 23 abr 2021 | Actualizado a 09:42

Puré de papas

Una idea fuerza dominaba el Concilio: devolver a la Iglesia Católica el rostro de la Iglesia de los pobres.

/ 24 de febrero de 2013 / 08:01

Entre los grandes aportes a la gastronomía mundial de nuestro continente está la papa, cuyas múltiples variedades salvaron vidas entre las guerras europeas. Sin embargo, ése no es mi tema, sino otro ya muy manido por la noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI, y que fuera adelantado por el cineasta italiano Nanni Moretti, en su premonitorio film Habemus Papa, de 2011.

El Papa renunciante, cansado del “egoísmo, la hipocresía y divisiones en la Iglesia, “decidió “ocultarse del mundo”. ¡Qué interesante manera de enfrentar la crisis! Todo esto empezó en el Concilio de Nicea (364 d.n.e), cuando el emperador romano Constantino calculó que su imperio se venía abajo, y promovió el Concilio, cuyos participantes divinizaron a Jesucristo y lo apartaron de los hombres comunes. Esta jugada política permitió prolongar el Imperio por unas décadas y eliminar a Arrio y a sus seguidores, que negaban la doble naturaleza de Jesús: divino y humano. Así se legitimaba el cristianismo como parte del imperio Romano y se instrumentalizaba el dogma cristiano en favor de sus intereses.

Las interminables digresiones sobre su doble naturaleza, de reformador social en su condición de hombre y líder espiritual en su condición de hijo de Dios, produjeron controversias que provocaron disensiones entre Estados que buscaban salvaguardar intereses económicos y hegemónicos. De esta manera se asentaron enclaves culturales que consolidaron los valores de la sociedad Occidental, cuya influencia tiene aún una fuerte connotación conservadora, que se atrinchera en dogmas que hacen descollar al Cristo teológico, creado en el Concilio de Constantinopla en 381, convocado por el emperador Teodosio para seguir combatiendo a los irreductibles arrianistas.

Así empieza la etapa tridentina que duraría hasta el Concilio de Vaticano II, de hace apenas 50 años; olvidada y hasta (valga la licencia) satanizada por monseñor Lefrevre, que, perdido en el tiempo y en el espacio, pretendía que la liturgia siga en latín y de espaldas a los fieles, y que continúe la estructura piramidal, en cuya cúspide estaban el Papa, los obispos y sacerdotes; y en la base, los laicos.

A decir de Víctor Codina, “Es desigual: unos pocos enseñan, mandan y celebran; los demás obedecen, aprenden, rezan, callan y pagan… La iglesia es el Papa, el obispo, el sacerdote… Es una iglesia unida al Estado, que la protege y ayuda… Se es cristiano por tradición, antes que por convicción”. En el caso boliviano esto ha cambiado radicalmente. El Estado ahora es laico y acepta la práctica de todas las expresiones religiosas sin exclusión.

Las guerras europeas produjeron en el interior de la Iglesia nuevas maneras de acercarse y pensar a Jesucristo, como el fermento del Concilio de Vaticano II,  que modelaba Teilhard de Chardin desde una visión evolucionista del cosmos, que posteriormente abriría un nuevo camino, con la Teología de la Liberación y los curas obreros y guerrilleros.

Angelo Giuseppe Roncalli, de origen campesino pobre, reemplazó a Pío XII en 1958, y al año siguiente convocó al Concilio Ecuménico que debía completar lo que el Vaticano I (1870) dejó inconcluso. El Papa buscaba el aggiornamiento de la Iglesia, ponerla al día con el mundo, abrir las ventanas del Vaticano para que un aire fresco ingrese y sacuda el polvo acumulado durante siglos. Una idea fuerza dominaba el Concilio: devolver a la Iglesia el rostro de la Iglesia de los pobres. En octubre de 1962, al inaugurarse el Concilio, Juan XXIII dijo que deseaba abrirse al mundo moderno y a todos los cristianos, ofrecerles el mensaje renovado del Evangelio. Ahí estamos ¿Dónde quedaron esas intenciones? Son 50 años de olvido que parecen cinco siglos.

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Confesiones de un gato

Es mi naturaleza, no lo quise matar, solo jugar. Los humanos, en cambio, inventaron armas para matarse.

/ 24 de diciembre de 2017 / 03:57

Soy un gato, me pusieron un nombre judío que ahora suena en los juegos electrónicos y mis dueños no saben su origen. El papá de ellos escucha música alegre y baila mientras cocina para mis dueños. Es feliz cocinando para ellos; siempre dice que el arte mayor del mundo es la gastronomía, porque hace felices a la mayoría de la gente. Dice que comer bien es alimentarse y ser feliz. Es enfermo crónico renal y su paleta de alimentos es restringida, pero le saca beneficio a los condimentos naturales y sobre todo a la alegría de vivir.

Como todo hombre solo, a veces se pone triste y escucha a Piazolla y comenta a sus hijos que el lugar más inmenso de la soledad es un estadio de fútbol, y les hace escuchar la pieza Gol del maestro argentino que culmina con un grito multitudinario de ¡Goool! Para él es solo un aullido que retumba hasta el cielo. Estas fechas lo vuelven así: filosofastro.

Como gato que soy, percibo la ausencia más que los humanos y me pongo cargoso pidiendo comida a cada rato, porque no sé cómo expresar que falta algo en esta casa donde vivo y comparto con esta familia. Recorro cada rincón buscando un perfume que me era familiar y que ahora no lo siento. Y cuando el padre de mis dueños percibe mi confusión, acerca su cabeza y nos acariciamos mutuamente, como consolándonos mutuamente.

A él le gusta el mar y una de sus costumbres de antaño, la de irse a ver el mar un par de días, ha vuelto a llamarlo. Está entusiasta como gato y prepara sus cosas: un libro, su cuaderno de dibujo, su plumafuente favorita y su cajita de acuarelas.

Mis dueños armaron el nacimiento de la Navidad sin mucho entusiasmo ni convicción. Está feo, todo puesto al desgaire, desprolijo. Prefiero subir a la terraza y echarme en mi maceta, adormilarme hasta que me de sed o hambre.

Me perdí dos veces. Una, por curioso, como todo gato joven, subí unas gradas que no conocía y unos canes furiosos me atacaron, hundieron sus colmillos en mi cuello pero pude zafarme, y gracias a la ayuda de un gato viejo del callejón me pude esconder entre los matorrales durante dos días. Cuando fui rescatado me alegré del olor de la mujer, es ese perfume que ahora extraño y lo busco sin resultados.

Me llevaron donde un veterinario de la calle Yungas y el doctor me atendió inmediatamente. Me sedaron y no sentí nada durante la operación. Estuve ebrio un buen rato y me sentí querido e importante. Ese doctor me acariciaba y me hablaba como si fuese humano. Creo que a los hombres no les va bien con ese tema, ahora los médicos de humanos están en huelga y los estudiantes de medicina salen a las calles. Lo que me asusta son los gritos que mis dueños escuchan por la televisión, sobre todo los insultos de las mujeres contra los policías y las autoridades. Pobres humanos, ¡cómo les cuesta entenderse! ¿Y cómo serán esos jóvenes cuando ejerzan su profesión? No quisiera que mis dueños caigan en sus manos.

Un médico amigo vino de visita a la casa y dijo, todo asombrado, que las muertes en los seguros públicos por la huelga ¡se han reducido! No los entiendo y prefiero ser gato. Aunque cuando cacé un pequeño pajarillo no la pasé muy bien, porque el padre de mis dueños lo tuvo entre sus manos largo rato mientras me miraba, no sé si furioso o tolerante. Luego lo puso sobre su mesa y lo dibujó. Después lo enterró en una maceta. Es mi naturaleza, no lo quise matar, solo jugar. Los humanos, en cambio, inventaron armas para matarse. No comprendo cómo se enfrentan quienes se supone deben salvar vidas con los otros que deben protegerla. ¿Estará en la naturaleza de los humanos el instinto de destrucción?

Es la hora de adormilarme otra vez y miro la ciudad desde mi ventana; las explosiones de los enfrentamientos entre los humanos me perturban. Espero que al año pueda sentir la dulce modorra de no hacer nada, ronronear contento y escuchar mi nombre para ser acariciado y comer: “Mordecayyyyy…”.

*es artista y antropólogo.

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El Bocaysapo y la noche

Al conjuro de la noche, la coca y el vino, se tramaron muchos sueños y también se derrumbaron.

/ 26 de noviembre de 2017 / 12:47

De una manera imperceptible, Chukiyawu Marka se desmarca de La Paz City y genera criaturas en sus rincones donde bulle luminosamente. En una ciudad que durante la mayor parte del año es fría, existen rescoldos cálidos que con el paso del tiempo se vuelven una minúscula patria. Nuestra generación tuvo dos: el Avesol y el Bocaysapo.

El primero, en la estrecha calle Goitia, paralela a la UMSA, era el espacio de reunión de literatos, pintores, dibujantes e intelectuales que compartían sus rivalidades y envidias, aglutinando pequeñas capillas para discutir siempre lo mismo y henchirse de zalemas mutuamente. En mi caso, cuando era expulsado de mi hogar, comandado por una señora feminista, cualquier noche, a cualquier hora, corría apresurado a ver la lucecita verde del Avesol que parpadeaba, como diciéndote: “Ven, aquí todo es cálido y están tus amigotes con quienes te consolarás de tus desdichas y no faltará una sonrisa femenina que se compadezca de ti y escuche tu teoría del comunismo indeterminista”. Era la salvación, porque en esa época te podías amanecer sin el peligro de que te asalten a la vuelta de la esquina.

Como todo en la vida, nada es para siempre, y el Avesol, luego de su agonía de carcancho sin presa, murió. Entonces deambulábamos por todos lados, buscando un nido acogedor donde juntarnos (como dice la paremia popular: Aves del mismo plumaje se juntan). Las aves estábamos dispersas buscando otra pequeña patria.

Hace 20 años, un mediodía coincidimos casualmente en la calle Jaén con Manuel Vargas, Adolfo Cárdenas y otros amigos. Allí también estaban Cayo Salamanca, músico y artesano; y Marcela Gutierres, escritora, quienes culminaban el trato para que un local situado en la parte lateral del Museo de Instrumentos de Bolivia, del maestro Ernesto Cavour, sea administrado por ellos. Ése fue el nacimiento del Boca en un edificio patrimonial del siglo XVIII.

Cada febrero, mes hembra, época de la fecundidad, abundancia y agua, asistíamos a la procesión del Sapo de Piedra que daba una vuelta por el casco viejo de Chukiyawu Marka. Cayo bautizó el local como Bocaysapo y lo convirtió en un lugar de prácticas rituales ancestrales para la Pachamama cada primer viernes de mes. Esto generaba un espíritu de hermandad, solidaridad y alegría sin límites. El resto es fácil imaginarse.

Cuando Cayo sacaba su gusano (como él llamaba a su concertina) y desgranaba la cueca Soledad, los parroquianos salían a bailar en un espacio de un metro, haciendo variadas piruetas que a nadie molestaba. Al contrario, eran animados por el público que ya era múltiple; con extranjeros que la pasaban espléndidamente porque no había prohibiciones de fumar, y uno salía en la madrugada como producto de una fábrica de embutidos ahumados. A veces había wallaqui para curar el ch’aquí.

Solo tengo noticia de un escándalo cuando un habitué, conocido como el Marimono, invitó a una despampanante vedette estriptisera, ocasionando un desbarajuste entre los libidinosos universitarios que quisieron echársele encima. Eso costó una clausura y otros problemas que ocasionaron visitas sorpresas de la Alcaldía y la Policía. Recuerdo que en una ocasión Pablo Ortiz, periodista de Santa Cruz, estaba haciendo una entrevista al escritor Víctor Hugo Viscarra, cuando fue interrumpido por la llegada de los agentes, quienes al grito de “¡Somos la autoridad!” revisaban a los parroquianos que supuestamente portaban “sustancias controladas”. Cuando llegaron dónde Viscarra, éste les dijo: “Yo soy la única autoridad aquí, ¡ustedes son afuera!”.

Son miles las historias que se tejieron en sus largos 20 años. Este espacio tenía un encanto que según Cayo era porque contenía el resumen de los cuatro elementos más importantes de la vida: “Tenemos el aire, el fuego con el que cocieron los ladrillos que antes eran solo tierra y que nos cobijan como un vientre; el agua convertida en otra cosa que nos abre los sentidos; y nosotros que estamos aquí”.

Al conjuro de la noche, la coca y el vino, se tramaron muchos sueños y también se derrumbaron. En el mural de Diego Morales, pintado en el Bocaysapo, estamos muchos cófrades, algunos ya son recuerdos; con el paso irremediable de los años, nos iremos volviendo memoria, porque nada es para siempre.

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Tiempo caliente

Estamos ingresando a un tiempo caliente que puede provocar un incendio o una renovación moral profunda.

/ 12 de noviembre de 2017 / 12:50

Según el calendario civil gregoriano, estamos en noviembre, penúltimo mes del calendario dividido en 12 meses y, según el calendario litúrgico, estamos en el mes de celebración del cumpleaños de Todos los Santos. De ahí viene la costumbre de decir “¿Cuándo es el día de tu santo?”, para designar la fecha de nacimiento de una persona y a la vez el de la conmemoración de un santo de la Iglesia Católica. También es el mes en el que se celebra a Todos los Santos Difuntos, festejo que fue instaurado para combatir las prácticas “paganas” de los celtas durante el paso de estación al invierno en Europa de gran popularidad, y que llegó hasta nuestros días como Hallowen.

En el calendario de las naciones indígenas estamos en lapak pacha, o tiempo caliente; y el 8 de noviembre se celebra el ritual a las almas olvidadas o ñatitas, que tiene relación con el alma phichjawi o la quema del alma. De allí la costumbre de lavar la ropa del difunto a los ocho días de su deceso;  así como la quema de ciertas pertenencias para que su alma no se quede pegada a ellas y no pueda dañar y perjudicar el trabajo de sus parientes ni las cosechas.

Más tarde, el 21 de diciembre es cuando se elaboran las illas e ispallas en pequeñas representaciones simbólicas de ganado y de productos. Se celebra el paso de la primavera al verano, otrora el espacio ritual para la fiesta del Iquiqu, que fue trasladada por un convenio político al 24 de enero, después del fin del cerco de Túpac Katari a la ciudad de La Paz en 1781.

Así se prepara la tierra en su aspecto espiritual y físico, porque llega el jallu pacha o la época húmeda, hembra, fecunda; que nos invita a gozar el tiempo de la abundancia y preparar la fiesta más importante del calendario aymara-quechua: la Anata o tiempo de jugar. Los muertos son semillas que vuelven y con quienes hay que alegrarse, bailar y comer en abundancia; hacer el amor y festejar al cuerpo por estar vivo y fecundo para exaltar la vida, que es la meta más importante de las culturas indígenas.

Sin embargo, la occidentalización de nuestras vidas nos ha privado de este espacio sagrado, y ahora debemos prepararnos para un evento democrático que pone el tiempo caliente, pero de otra manera: prosaico, ordinario, pero necesario. Entre las deudas sociales más relevantes de los últimos gobiernos democráticos está la salud, la educación y la Justicia, esa vieja gorda envilecida y tuerta a la que nadie cree, ni las mismas autoridades.

Se puede percibir una molestia, una insatisfacción entre la población, que se traduce en la indolencia. Así como las autoridades no creen en el aparato judicial, la población tampoco, y sabe que no será posible cambiar de facilitadores que interpreten las leyes con sabiduría y, sobre todo, con honestidad. Esta enfermedad que corroe el mundo de la judicatura se vio, hace días, agravada por la actuación crápula de un juez de El Alto.

En su artículo 110, la Constitución Política del Estado dice: “Las personas que vulneren derechos constitucionales quedan sujetas a la jurisdicción y competencia de las autoridades bolivianas (…). La vulneración de los derechos constitucionales hace responsables a sus autores intelectuales y materiales”. ¿Alguien cree que estas convenciones que supuestamente regulan nuestras vidas serán respetadas?

Este tiempo se irá calentando más, cuando el TCP eleve su informe sobre el recurso de reelección, será la medida de la credibilidad en la Justicia. Pero la prueba de fuego será el 3 de diciembre, cuando los ciudadanos debamos ejercer nuestro derecho a la consolidación de la vieja estructura jurídica o rechazarla. Sabemos que cambiar de personas no es cambiar nada. Esa fórmula nunca dio resultados, porque no se trata de personas, sino de la estructura que se mantiene entre algunos policías corruptos; gente poderosa que compra conciencias; y abogados que trepan desde sus inicios como estudiantes de Derecho, entrenados antes de su titulación, haciendo juicios a sus catedráticos o configurando grupículos de poder para luego ocupar altos cargos en Órgano Judicial y blindarse entre ellos… Tiempo caliente que puede provocar un incendio o una renovación moral profunda.

Es artista y antropólogo.

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Ajedrez y autoridad moral

Una de las debilidades de los políticos del mundo es precisamente la infidelidad a su causa

/ 15 de octubre de 2017 / 04:02

Somos compadres un cuarto de siglo, nos tenemos fidelidad porque asumimos la misma causa y sufrimos por ella. A Teo, mi amigo, compadre y camarada, puedo compararlo con el paradigma de la fidelidad, ésa de la que habla el filósofo Josiah Royce, quien vincula el conflicto de los ideales morales no a través de sistemas éticos, sino en la vida de los hombres; no a través de un seco individualismo, sino a partir de los hechos del individuo en la sociedad y que hace brotar “la moral de un fenómeno que considera como esencialmente social: la fidelidad, pues ésta, que consiste en la devoción voluntaria, completa y practica de los seres humanos a una causa, une varias vidas humanas en una (…)”, comenta Paul Quintero.

Por eso somos amigos tantos años, desde mis entrenamientos de cueca por parte de mi abuelo en las extintas chicherías de La Paz, hasta los momentos caóticos y peligrosos que nos cupo afrontar por permanecer fieles a la causa, como escuchábamos decir a los dirigentes de la COB.

Una de las debilidades de los políticos del mundo es precisamente la infidelidad a su causa, la que supuestamente asumieron voluntariamente. De ahí parte el desprestigio que pone en la misma bolsa de dólares a morenos y kullaguas, a moros y cristianos. Ya el gran Juan Rulfo decía que un militar mexicano era impotente ante un cañonazo de $us 50.000, y por eso no incurría en aventuras golpistas, ahora cosa del pasado.

Mi compadre Teo es politizado hasta el tuétano, y junto a mi asesora en politología, Damiana Nina, que enviudó recién, son las voces que me gusta escuchar. No tienen ningún interés subalterno, son como la mayoría de los bolivianos, que trabajan duramente para sobrevivir y, en el caso de Teo, juntar platita para danzar en la morenada para el Tata del Gran Poder o la Virgencita de las Nieves.

Él sabe que ya no me gusta jugar ajedrez, porque me evoca la cárcel política y la claustrofobia me invade. Pero a él le gusta comparar la política como un juego de ajedrez malévolo, así es que muy suelto de capa me planteo: —El Evo ha sacrificado su alfil blanco para que la oposición se distraiga, mordiendo y peleándose por el hueso. Es una estrategia, porque él sabe que sacrificará a su dama por el Rey, que es el mismo. Como la oposición tiene intereses de grupo, dividirá más a sus peones. No se tienen fidelidad.

—¿Y si el TCP falla en contra del recurso? —Fácil, compadre. La Reina se sacrifica por el Rey, éste renuncia seis meses antes y se busca otra dama del oriente y se fortalece otra vez. Luego, la dama se convierte en jefe del IPSP, si los peones y caballos se lo permiten.

—¿Qué pasará con Revilla y Costas? Pregunté, esperando alguna sorpresa. —Revilla tiene su dama oriental; él es una torre con aliados en el campo de enfrente, sabe que puede arrastrar peones, apartándose de los viejos jugadores. Costas es otra torre, pero no tiene su dama colla occidental. Está en desventaja, pero ambos pueden hacerle jaq’i al Evo, pero no mate.

—Entonces, ¿un frente común de la oposición es difícil? —No se dio y no se dará. Te repito, no se tienen fidelidad y su única causa es derrocar al Evo, dan esa imagen al pueblo. El que les une es Evo, pero no sus causas personales y de grupo.

—Pero, en qué quedan las ideologías, la derecha, el centro invisible y la izquierda. A ver dime, ¿es que acaso la lucha política no se hace con un programa que tiene una base de pensamiento? Teoría, praxis, dizque.

—¡Ay compadre? ¡Qué estás fumando! A la gente ya no le importa eso; no es posible distinguirlos, ahora el grupo político que tenga autoridad moral arrastrará los votos…

Sacudió su cabeza de chamán siberiano y repitió alzando la voz como pastor evangélico: —¡Autoridad moral! Lo triste es que los políticos corruptos, que solo fueron fieles a sus intereses personales, esos buscarán meterse haciendo enroques, y otra vez debemos empezar de nuevo. Hasta cuándo será compadre, no sé, más bien pásame tu pucho, dijo y miró al horizonte.

* es artista y antropólogo.

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Algo pasa…

Las conversaciones con personas de variada clase social y ocupación es un universo inconmensurable.

/ 1 de octubre de 2017 / 04:00

Cuando parece que el mundo se hubiera congelado y todo se repitiese, es que subo a un colectivo que todavía trepa resoplando las cuestas de la ciudad, para comprobar que no es así. Los habitantes de La Paz llamamos colectivo al transporte público que apareció en los años 50 y cuyas destartaladas unidades marca Ford, Chevrolet y algún Volvo prestan servicio a cargo de choferes locuaces. Cuando ingresamos a estos vehículos, suceden cosas entre los pasajeros: —Hay bloqueo, hasta aquí nomás es, tienen que bajarse. —¡Entonces devolveme mi pasaje! Eso haces por ocioso, no quieres dar una vueltita para encontrar otra ruta. —Ya, ya, rapidito che… exige una corpulenta señora y los demás hacen el coro.

Este ejercicio es vital para no perderme ante la polución de imágenes y ruidos, o de versiones de las noticias pulidas por intereses y modeladas para hacernos creer en lo que no es; pero hay un dicho que nos pone en la vereda de la gente común: Vox populi, vox Dei o ¿diaboli?

Las conversaciones con personas de variada clase social y ocupación sobre aparentes pequeñas cosas es un universo inconmensurable. Así escuché del conductor del colectivo: “Evo debió esperar cuatro años, ahora nadie le estuviera hinchando y otra vez sería presidente. Sus  blanquitos le han aconsejado mal. Ahora más bloqueos vamos a tener”. Se limpia el sudor y coloca un casette en su radio y de sus parlantes asoma la voz de Doménico Modugno con la canción Volare. Una sonrisa enmarca su rostro y me dice: “¡Este sí que era un cantante, carajo!”. Luego me invita a bajarme porque volverá a su parada.

En la calle Potosí me recibe el aroma embriagante de un fricasé y el desplazamiento de estudiantes de Derecho como vicuñas exhibiendo sus bellos hombros. Mi comportamiento de ambientalista (léase viejo verde) no me inhibe de reconocer que en esta época, después de haber sido azotados por un largo invierno, todo parece más amable.

“¡Qué bella e imprevisible es nuestra ciudad!, 50.000 árboles serán sembrados en El Alto por el gobierno local dirigido por la alcaldesa Chapetona. Los jóvenes se harán cargo de su cuidado. Para no creerlo”, se alegra un jubilado.

La ejecución pública llegó al 29% hasta julio. El Presupuesto General del Estado tenía programado Bs 47.548 millones, por lo tanto, sigue habiendo dinero y no se está ejecutando como debería. “Hay que invertir creativamente para no tirar el dinero, dicen los empresarios”, me repite lo mismo un contrabandista.

“Los perros son más importantes que los niños, éste tiene 18 abogados y el niño solo uno. La dueña del can es comerciante (léase contrabandista). ¿Qué nos está pasando?”, aúlla un defensor de la niñez.

“Todos quieren prorrogarse, un extraño izquierdista, que apareció en paracaídas, quiere dar lecciones de moral, presionando a los directores de una fundación cultural para que lo prorroguen cinco años más. ¿Efecto Merkel?”, me pregunta un auditor.

“La vieja élite criolla ha vuelto a manejar espacios importantes de la cultura y quiere reposicionar a sus artistas que brillaron durante el neoliberalismo. ¿Nostalgia del poder perdido?”, duda un escritor.

“Los mexicanos no solo tiemblan, sino que hacen temblar a Doria Medina por misteriosos pagos declarados”. Así asegura un oficialista.
“En réplica, en escala moderada, la oposición cierra filas y se inventa una mala novela, acusando a un empresario venezolano de un tendal de anomalías y nadie les cree”. Responde feliz otro oficialista.

“El alcalde de La Paz, Luis Revilla, dio un paso al costado para diferenciarse de los exgobernantes del pasado. Tenemos esperanza”, dice un jovenzuelo con acné.

“Sesenta y seis feminicidios en el primer semestre. Algo no funciona bien entre las parejas, es el diablo”, me dice una ferviente seguidora del pastor Guachalla.

El mundo ¿sigue igual? Bolivia es una réplica en pequeña escala, pero con una gran diferencia. Aquí todo está por hacerse, mientras que en los países del llamado Primer Mundo todo está por deshacerse. Algo pasa…

Para los que me leen, ahora les invito a que vean lo que opino con imágenes en el Salón Municipal Cecilio Guzmán de Rojas, de la calle Colón, y seguir el camino porque siempre algo pasa…

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