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jueves 21 oct 2021 | Actualizado a 17:27

Dos columnistas de lujo

/ 3 de marzo de 2013 / 04:01

Desde este fin de semana, La Razón incorpora a sus páginas de opinión dos firmas de lujo: los escritores y periodistas Robert Jacob Samuelson y Fareed Zakaria. Ambos forman parte del prestigioso Washington Post Writers Group.

Samuelson empezó su carrera como periodista en 1969. Desde entonces ha escrito reportajes y columnas de opinión que versan especialmente sobre temas de negocios y economía. Su trabajo ha sido publicado por diversos diarios y revistas estadounidenses de gran prestigio, como The Sunday Times, The New Republic, Columbia Journalism Review, Newsweek magazine y ahora en el Washington Post.

A su vez, Fareed Zakaria, periodista de origen indio, fue columnista y editor del diario Newsweek durante diez años, desde 2000. En 2010, se convirtió en editor de la prestigiosa revista Time y colaborador de la sección de opinión de CNN. Sus escritos suelen abordar asuntos de relación internacional
y acerca de la política exterior de Estados Unidos. Ambos periodistas han sido ampliamente galardonados por su trabajo.

Es para La Razón un privilegio poder poner a consideración de sus lectores, los fines de semana, los ensayos de estos prestigiosos periodistas, que no sólo sobresalen por el contenido sino también por la forma de sus escritos.

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En defensa de los archiveros

/ 21 de octubre de 2021 / 01:43

Recuerdas los archiveros? ¿Esas pesadas torres ruidosas de cajones llenas de carpetas Pendaflex? En algún momento, fueron vitales para cualquier lugar de trabajo, una parte tan común del paisaje como los escritorios y las sillas. Siempre había un laberinto de ellos en alguna habitación trasera y, sin importar cuál fuera tu profesión futura, si alguna vez fuiste pasante, asistente ejecutivo, recepcionista o administrador de catálogo, archivaste documentos.

Pero no solo se archivaba en la oficina; los archivos eran parte de nuestras vidas personales más íntimas. La mayoría de nosotros, la gente del papel, acumulaba una buena parte de estos archiveros, los cuales guardaban, como lo hacen este tipo de cosas, una historia cuidadosamente organizada de nuestro pasado.

Todo esto debe sonar muy arcaico y sin sentido para el empleado de la generación Z que se va a trabajar a la nube. ¿Qué es este papeleo del que estás hablando?, pregunta. Con este “papeleo” que supuestamente alguna vez hizo la gente… ¿no se perdían, olvidaban u omitían cosas?

La respuesta: sí, a veces. En la actualidad, la gente funcional de la era digital no tiene que lidiar con nada de esto. Tiene escaneos de todo lo que necesitan hospedados en espacios virtuales. Puede imprimir documentos cuando sea necesario, aunque esto, en esencia, significa nunca, pues los escaneos simplemente se pueden transferir de un lugar a otro por medio de rutas seguras y protegidas con contraseñas y luego almacenar en una variedad de memorias (USB, discos duros, unidades compartidas).

Sin duda así se está más organizado. Sin duda es más eficiente y seguro. Sin duda es más limpio y más amigable con el medioambiente (en especial si ignoramos la energía que se necesita para mantener funcionando los servidores). En estos planos ultraterrenales, es más difícil que la gente se tope por accidente con algo que en teoría no debía ver (caray); nada de documentos olvidados que como travesura tomabas de una carpeta de papel manila porque te suplicaban que los leyeras (aaahhh). Con el simple acto de hurgar ya no aparece algo condenatorio o privado; ahora se necesita de habilidades especiales de informática para abrir a hurtadillas esos archivos.

Sin embargo, al no poder encontrar estas cosas —ya fuera porque así tenía que ser o no— también significa que hemos perdido algo.

Por más extraño que parezca, un buen sistema de archivística podría ser inspirador. Durante tres meses, trabajé en Time Inc. con una mujer llamada Charlotte, cuya habilidad para coordinar el papeleo con colores me dejó con un sentimiento estremecedor de inferioridad, pero me despertó cierta ambición para organizar mis cosas de una manera más lógica y accesible. Por más oneroso que parezca, el proceso mismo de archivar cosas físicamente te ayuda a organizar tu vida laboral y tu vida real. Del mismo modo que la gente adquiere y retiene mejor la información cuando la escribe a mano en vez de hacerlo con un teclado, revisar papeles y colocarlos a mano en un espacio físico refuerza la información.

Para quienes tienen una orientación táctil o visual, ordenar documentos en un lugar particular les deja una huella en el cerebro: la esquina doblada, el peso y olor del papel. “Recuerdo que puse ese memorando con la tabla por aquí atrás”, te dirás a ti mismo, para hacerte paso hasta el final del fichero K-M.

Durante esa primera época de empaste en rústica, me hice de cuatro espantosas torres beige con cuatro cajones cada una. Tres de ellas ahora están vacías, recordatorios de un momento de debilidad, cuando, en un esfuerzo por “estar actualizada”, me convencí de que los papeles ya no eran necesarios, que todo podía ser subido o descargado. Como me sentía moderna y libre, me pasé una tarde tirando años de recortes acumulados de revistas y periódicos. Me deshice de transcripciones de viejas investigaciones en libros. Dejé ir decenas de ensayos universitarios mal escritos. Liberé una composición sobre los caribúes que escribí en cuarto grado.

Tras mi Gran Purga de Archivos, esos gabinetes se erigen reprochadores en mi garaje. Han pasado años desde la última vez que siquiera intenté, a traqueteos, liberar uno de su confinamiento metálico propenso a atorarse; difícil de cerrar, todavía más difícil de abrir. Ya no estoy segura de qué tienen dentro, pero no me pueden persuadir por completo de que ya no son necesarios.

En las extrañas ocasiones en las que me metí en esos gabinetes, un trabajo final para una clase de antropología que había olvidado o un recorte del periódico de mi ciudad natal sobre el huracán que derribó el árbol de nuestro patio de enfrente quizá me llamaba la atención y me transportaban: un zumbido de nostalgia o el alivio de pensar “qué bueno que ya no soy esa” al toparme con algunos recuerdos juveniles. Pero no te topas con ese tipo de cosas en la nube entre los iconos uniformes con la imagen de una carpeta ni abres su contenido con cuidado para descubrir que tiene un garabato inesperado en la parte de atrás. Le hemos cerrado la puerta para siempre a todo eso.

Pamela Paul es editora de The New York Times Book Review.

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La velocidad de la política

/ 21 de octubre de 2021 / 01:36

Por lo visto, los tiempos acelerados que vivimos hoy, en general, no son ajenos a lo que ocurre también con la política. Es decir, el espacio de tiempo que se suponía tenían los gobernantes desde el inicio de sus mandatos hasta que las protestas en su contra se hacían presentes, o como en otros lugares también se llamó la luna de miel gubernamental, este tiempo solía acabarse en promedio a los dos primeros años de gestión.

Sin embargo, en el gobierno del presidente Arce lo que vemos al respecto es que el momento de desgaste y de inicio de protestas se ha adelantado, creo que la explicación al respecto pasa por lo que llevaron haciendo los siguientes tres actores: el Gobierno nacional, los antimasistas por fuera del sistema de partidos, y los aliados organizacionales al MAS.

Un gobierno, cuyo perfil de liderazgo salta a la vista que es completamente distinto a su antecesor, en lugar de llegar a la presidencia y clausurar con ese acto la crisis política que vivimos desde 2019, remozando su discurso en el sentido de que la superación de la pandemia es el paso certero a la recuperación económica, eligió en lugar de esto atrincherarse en la sombra discursiva del perfil político —que no tiene— y desde ahí buscar el ajuste de cuentas políticas con el único objetivo de demostrar que tiene una personalidad política fuerte, lo cual genera más una percepción de debilidad que lo que anda buscando.

El antimasismo que genera más resultados, por lo visto, no es el que está en los actores político-partidarios. La iniciativa de oposición aún se encuentra en la calle y contenida en organizaciones cívicas como la de Santa Cruz y conglomerados de clase media urbana, estos últimos más disminuidos y venidos a menos porque se encuentran entre la desmovilización y el hígado contra el masismo que llevan dentro. Mientras los partidos de oposición están replegados a una derecha radical sin visión estratégica de tomar el centro político.

Pero, la dimensión más preocupante de todas a la hora de sostener que al presidente Arce se le terminó su periodo de gracia es la que se encuentra contenida por grupos y organizaciones sociales afines al MAS, esos aliados que se encuentran en una dinámica constante de negociación de intereses sectoriales. Porque, por ejemplo, es por ellos en última instancia que el gobierno de Arce retrocedió en el tratamiento de normas, porque al final nuestra política nos está demostrando que para saber trabajarla necesitamos de dos herramientas principales: comunicación política y negociación constante con los sectores sociales.

Esas herramientas son las que le faltan al gobierno de Arce. Especialmente en el caso del proyecto de ley contra ganancias ilícitas, la herramienta de la negociación no fue practicada y eso generó una situación inversa en la que ya no son las organizaciones sociales las que piden reunirse con el Ejecutivo, ahora es al revés, y eso ciertamente genera ventaja de posición de éstas frente al Gobierno.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Hablando de fantasmas…

/ 21 de octubre de 2021 / 01:31

Hace mucho que no presto atención a los mensajes de WhatsApp que vienen impregnados de ignorancia, facilismo y sobre todo cargados de mentiras hasta la saciedad, pero este fin de semana me fijé en un video que revisaba una amiga sentada a mi lado. Reconocí la voz con acento circense del dictador chileno Augusto Pinochet, la grabación no tiene la fecha, en resumen habla de los engaños de los comunistas a los ciudadanos. El video tiene una inscripción debajo de la imagen de Pinochet y dice “Dio el golpe de estado (sic) en 1973 derrotando al presidente comunista Salvador Allende. Desde ese momento fue odiado por los comunistas”.

El video continúa con la imagen de un supuesto ciudadano chileno absolutamente obsceno en sus expresiones, que protesta contra quienes en ese momento están realizando una marcha, por unos instantes uno piensa que textualmente va a reventar de ira. Luego aparece un joven asegurando que ya no existe la República de Chile a partir de la Constituyente y así siguen una serie de “buenos ciudadanos” que se arrepienten por haber votado “apruebo” para cambiar la Constitución del tiempo de Pinochet. La única imagen de una indígena les sirve para reafirmar que el comunismo asola cuando se les escucha decir que ahora se pueden cambiar el himno o la bandera, porque están en un proceso de refundación del país.

Quienes en el video lloran, aseguran tener rabia, vergüenza por los cambios en su Constitución, no tienen ninguna vergüenza, ninguna rabia por los cientos de miles de testimonios de torturas salvajes, fusilamientos a plena luz del día que se vivieron en varios países latinoamericanos con el Plan Cóndor. En este octubre vuelven a salir viejos fantasmas como el comunismo y el terror de quienes lo ven merodeando ante el menor asomo de mejoramiento social para los sectores excluidos. No les entra en la cabeza que mientras la mayoría de la población no mejore sus estándares de vida, nuestros países permanecerán en la pobreza y terminarán jalando para abajo a quienes gozan de bienestar.

Con parecido desparpajo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha afirmado que “el indigenismo es el nuevo comunismo”, es decir el nuevo terror que hay que destruir antes que acabe con todo lo demás. La señora Díaz Ayuso se olvida de la destrucción de los pueblos indígenas en toda América ocasionada durante la colonia en nombre de la cruz y la espada.

Los indígenas en toda América no son el fantasma del comunismo, ni el terror, ni los invasores, ni mucho menos los avasalladores de tierras y culturas ancestrales, sino todo lo contrario. Es tiempo de comprender que deben ser respetados y que sin su participación plena somos sociedades incompletas y sin culturas propias, sentados frente a un eurocentrismo, cuyas reglas, por anticipado nos declaran perdedores.

Lucía Sauma es periodista.

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Aborto y homicidio involuntario

/ 21 de octubre de 2021 / 01:27

Brittney Poolaw, entonces de 19 años, acudió al Comanche County Memorial Hospital de Oklahoma el año pasado tras sufrir un aborto espontáneo en su casa. Tenía unas 17 semanas de gestación. Según una declaración jurada de un detective de la Policía que la entrevistó, ella reconoció ante el personal del hospital que había consumido metanfetamina y marihuana.

Un médico forense citó su consumo de drogas como una de las varias “condiciones que contribuyeron” al aborto espontáneo, pero la lista también incluía una anomalía congénita y un desprendimiento de la placenta. Poolaw fue detenida por un cargo de homicidio en primer grado y, al no poder pagar una fianza de $us 20.000, fue encarcelada durante un año y medio en espera del juicio.

El juicio se celebró este mes y duró un día. Según una televisora local, un perito que testificó por parte de la Fiscalía declaró que el consumo de metanfetamina podría no haber sido la causa directa de la muerte del feto de Poolaw. No obstante, tras deliberar durante menos de tres horas, el jurado la declaró culpable y fue condenada a cuatro años de prisión.

De la declaración jurada del detective se desprende que todo el calvario de Poolaw podría haberse evitado si hubiera tenido acceso a una atención médica reproductiva decente. Poolaw, escribió el detective, “declaró que cuando se enteró de que estaba embarazada no sabía si quería tener al bebé o no. Dijo que no estaba familiarizada con cómo o dónde tener acceso a un aborto”.

El caso de Poolaw es una injusticia, pero también una advertencia. Esto es lo que ocurre cuando la ley trata a los embriones y fetos como personas con derechos que están por encima de quienes los llevan en el vientre. Y ofrece una visión del tipo de juicios que podrían ser comunes en un mundo en el que se anule el caso Roe contra Wade; un mundo en el que podríamos vivir incluso a partir del año próximo.

Los antiabortistas suelen insistir en que no tienen intención de encarcelar a las mujeres que interrumpen su embarazo. Cuando Donald Trump era candidato presidencial y dijo que debería haber “alguna forma de castigo” para las mujeres que abortan, fue muy criticado por el movimiento antiabortista: Peggy Nance, directora de Concerned Women for America, lo llamó “la caricatura que la izquierda trata de pintar de nosotras”.

En 2013, un estudio arbitrado realizado por National Advocates for Pregnant Women, una organización de justicia reproductiva, encontró 413 casos entre 1973 y 2005 de mujeres arrestadas o privadas de su libertad de alguna otra manera porque fueron acusadas de poner en peligro a sus fetos o causarles daño. Desde entonces, el ritmo de los procesamientos ha aumentado; entre 2006 y 2020, National Advocates for Pregnant Women identificó 1.254 casos de este tipo.

En virtud del caso Roe contra Wade y el caso Planned Parenthood contra Casey, la decisión de 1992 que lo confirmó, solo un pequeño puñado de casos de mujeres procesadas por la pérdida del embarazo involucran a aquellas que tenían la intención de abortar.

No obstante, si se revoca la jurisprudencia que sentó el caso Roe, los fiscales tendrán vía libre para procesar a las mujeres que decidan interrumpir su embarazo. El fin del caso Roe, dijo Lynn Paltrow, directora ejecutiva de National Advocates for Pregnant Women, “dejará en libertad a los fiscales justicieros para que apliquen el derecho penal en contra de las personas que buscan interrumpir su embarazo y lo sabemos porque ya lo hemos visto en todos los demás casos que lleva National Advocates for Pregnant Women”. Según la declaración jurada del detective en el caso de Poolaw, ella se sorprendió al enterarse de que era sujeto de investigación. Al parecer, no se dio cuenta de que Oklahoma consideraría su catástrofe como un delito. ¿Cómo podría haberlo hecho? Lo que le sucedió todavía no es normal. Pronto podría llegar a serlo.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

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El pánico moral por Instagram

/ 20 de octubre de 2021 / 02:29

En su testimonio ante una subcomisión del Senado, Frances Haugen, una exempleada de Facebook convertida en informante, planteó una serie de cuestiones políticas importantes y complejas sobre cómo la sociedad podría regular mejor al caprichoso gigante de las redes sociales.

Pero también planteó una cuestión muy básica, para la que ni la audiencia ni sus documentos internos filtrados proporcionaron una respuesta clara. La pregunta es: ¿las redes sociales son un peligro para los adolescentes? La respuesta es: no tenemos ni idea.

Nadie lo sabe a ciencia cierta, ni los expertos en desarrollo infantil, ni las empresas tecnológicas, ni los adolescentes, ni, por desgracia, los desventurados padres como yo. Y al llegar a la conclusión de que la plataforma Instagram de Facebook y otros servicios de redes sociales serán la ruina de la próxima generación, nosotros —los medios de comunicación en particular y la sociedad en general— podemos estar cayendo en una trampa que nos ha atrapado una y otra vez: un pánico moral en el que sacamos conclusiones generalizadas y alarmantes sobre los peligros ocultos de las nuevas formas de medios de comunicación, las nuevas tecnologías o las nuevas ideas que se propagan entre los jóvenes.

Los cómics, la televisión, la música rock, el rap, la música disco, los videojuegos, el inglés negro vernáculo y la corrección política son algunos de los temas que han generado pánico colectivo en el pasado. Se podría pensar que esta letanía de sobresaltos mediáticos evitaría nuevos sustos, pero seguimos teniendo tanto pánico como siempre.

En los últimos dos años me he vuelto en particular cauteloso con estos pánicos. Mientras veía el testimonio de Haugen la semana pasada, no pude evitar detectar patrones de pánico moral. Muchas de las preguntas de los legisladores y las respuestas de Haugen parecían tener menos sustento en los datos y más en las suposiciones. A veces, la audiencia parecía una versión de la vida real de ese meme de Los Simpsons: “¿Por favor, que alguien piense en los niños?”.

Haugen se refirió a las investigaciones de Facebook que sugieren que Instagram puede exacerbar la ansiedad, la depresión, los pensamientos suicidas y los problemas de imagen corporal de los adolescentes. Entre otras sugerencias, propuso aumentar la edad mínima de cualquier persona que utilice las redes sociales de 13 a 17 años.

Como escribió el psicólogo Laurence Steinberg en el Times, la investigación que cita Haugen es bastante débil. Gran parte de ella es correlativa y los mismos documentos filtrados también muestran que muchos adolescentes parecen pensar que, en muchos aspectos, Instagram desempeña un papel más positivo en sus vidas que negativo.

Como analista, la propuesta de Haugen de aumentar la edad mínima para usar las redes sociales me parece una precaución razonable. También ha defendido con firmeza que los legisladores y los reguladores impongan una transparencia radical a Facebook para que los investigadores externos puedan conocer mucho mejor el papel de las redes sociales en la sociedad.

Pero como padre de niños a los que les falta un par de años para ser adolescentes, mis preocupaciones son más inmediatas. ¿Debería (en algún momento) dejar que mis hijos tuvieran teléfonos inteligentes y exploraran la naturaleza de Instagram, TikTok y cualquier otra cosa de Internet que los niños utilicen ahora y de la que yo no haya oído hablar? Si es así, ¿a qué edad?

Por el momento, mis mejores respuestas son: no sé y no sé.

La permisividad y la prohibición tienen un posible costo. Es factible, como sugiere la investigación filtrada de Haugen, que las redes sociales tengan efectos desastrosos en el bienestar mental y social de mis hijos; también es posible que tengan efectos positivos significativos (en la encuesta que Haugen señaló, muchos chicos y chicas adolescentes dijeron que Instagram aliviaba su soledad, el estrés familiar y la tristeza, mientras que muchos también dijeron que no tenía ningún impacto).

También está la cuestión de cómo un bloqueo de las redes sociales puede afectar al bienestar de mis hijos. Hoy en día, para bien o para mal, el mundo funciona con las redes sociales; ¿quiero que mis hijos crezcan sin entender su dinámica, sus riesgos y sus posibilidades? ¿Una prohibición los convertirá en parias sociales? Si les impido usar la aplicación en la que se reúnen todos sus amigos, ¿estoy actuando como el padre inflexible que no dejaría a sus hijos escuchar a Elvis?

Vivimos en tiempos difíciles. Pero no podemos empezar a resolver nuestros verdaderos problemas si nos dejamos llevar por exageraciones. 

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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