Voces

martes 21 sep 2021 | Actualizado a 07:32

El mal

Lo que vemos son las manifestaciones externas de ese jugo seminal que recorre las arterias del sistema

/ 21 de julio de 2013 / 04:00

Hace dos semanas dijimos que la corrupción llegaba hasta el tuétano. Nos equivocamos: la corrupción viene del tuétano. Lo que vemos son las manifestaciones externas de ese jugo seminal que recorre las arterias del sistema, o lo que sea esto a lo que llamamos sistema.

A la podredura del tuétano se debe, por ejemplo, el hecho de que alguien pueda vender durante la campaña un programa que no está en su ánimo cumplir.

Esa descomposición explica que la ciudadanía, ni por sí misma ni a través de sus representantes, haya logrado evitar el atropello. De ahí viene también la facilidad con la que se ha llevado a cabo una reforma laboral que deja sin derechos a la población trabajadora.

De ahí las prácticas empresariales que fomentan el miedo creciente y la insolidaridad galopante en el puesto de trabajo. De ahí el ataque impune a los colectivos tradicionalmente más débiles de la sociedad: los pobres, los ancianos, las mujeres, los niños, los enfermos… De ahí la privatización de lo que era propiedad de todos, el aumento de las personas millonarias y el crecimiento atroz de las desigualdades.

Todo esto, que parece suceder fuera e ir hacia adentro, viene de dentro y se manifiesta afuera. Ese viaje desde la médula a la piel, ahora lo entendemos, ha tenido varios momentos decisivos, uno de ellos protagonizado por Zapatero, cuando, aún en el Gobierno, pactó el traspaso de poderes con Rajoy y comenzó a manosear las pensiones como un pederasta manosearía a un niño. El niño está servido y el manoseo continúa, ahora sin escándalo apenas.

No nos enfanguemos en los síntomas (sobresueldos, comisiones, cuentas suizas…). Todo ello sucede porque hemos alumbrado un monstruo. La Justicia está de paso (Bárcenas acabará, como Mario Conde, siendo una estrella de la tele). El mal, en cambio, ha venido para quedarse.

Es escritor, columnista del diario El País.

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Caligrafías

¿Y si dejáramos de retocar los cuentos infantiles para aplicarnos a mejorar la realidad que comienza a imitarlos?

/ 1 de octubre de 2017 / 04:00

Leo aquí y allá que se afianza la tendencia consistente en dulcificar los cuentos infantiles de toda la vida para que los niños no se traumaticen con las desventuras de Hansel y Gretel o de Caperucita Roja, por poner dos ejemplos. Así, mientras la ficción se sosiega, la realidad se destempla. Vean: cuatro niños de cinco, siete, nueve y 14 años convivieron durante varios días con los cadáveres de su madre y de su pareja, que se habían suicidado con fármacos en el dormitorio de la vivienda tras haber sido expulsados paulatinamente por la maquinaria del sistema hacia sus márgenes.

Los niños, temerosos de caer en una pesadilla novelesca digna de Stephen King si intentaban despertarlos, continuaron con sus rutinas sin mencionar a nadie lo que ocurría en casa. El mayor se ocupaba del aseo de los pequeños y los cuatro se iban cada día al colegio mientras los cadáveres se descomponían y enfriaban sobre la cama. Ignoramos cómo afrontaban los pobres huérfanos las clases de matemáticas o de caligrafía. No debe de ser fácil sumar dos y dos o escribir con buena letra mi mamá me ama en tales circunstancias.

¿Y si dejáramos de retocar los cuentos infantiles de toda la vida para aplicarnos a mejorar la realidad que comienza a imitarlos? Después de todo, la ficción nos vacuna de los peligros de la existencia. Si ningún niño pequeño ha sido tragado hasta ahora por una vaca y expulsado horas más tarde por el culo del animal, confundido entre sus heces, ha sido sin duda gracias a un cuento donde ya sucedía eso. Cuando la fantasía desaparece, la realidad tiende a ocupar su espacio. Éranse una vez cuatro niños cuyos padres se suicidaron en la habitación de al lado mientras ellos mismos se preparaban el colacao en la cocina…

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Industria

En cuanto a Podemos, si bien como organización ha dejado ya de sernos útil, sus individualidades nos proporcionan un relato novelesco situado al nivel de las mejores series de televisión, a las que sus líderes se confiesan adictos.

/ 5 de febrero de 2017 / 13:30

Los partidos políticos de izquierdas no logran ponerse a la altura dramática de sus líderes. Fíjense en Pedro Sánchez, que después de traicionar a su electorado y de venderse a sí mismo pactando con la derecha, fue a su vez apuñalado por los más próximos: los Hernando, los Luena, los López… En 24 horas pasó de ser un secretario general a convertirse en un paria, en un outsider, en un detritus procedente de la implacable combustión de la gestora.

Pero ahí lo tienen, renacido de sus cenizas, luchando contra un aparato que carece de límites morales o sintácticos, confiando exclusivamente en las bases, tan volátiles como los mercados, pues se juega a las primarias con el modelo de la Bolsa, que a su vez se inspira en la ruleta. Pero Sánchez dice que ha visto agua en la piscina, que es como el que ve un oasis quizá irreal en el desierto, y se ha lanzado al vacío.

Comienza a interesarnos por eso, por el carácter alucinatorio de su empresa. Es un héroe sombrío en el que tanto si gana como si pierde se cumplirá un destino fatal.

En cuanto a Podemos, si bien como organización ha dejado ya de sernos útil, sus individualidades nos proporcionan un relato novelesco situado al nivel de las mejores series de televisión, a las que sus líderes se confiesan adictos.

No nos quitan el frío provocado por el precio del vatio, que ha superado al del caviar, pero proporcionan un espectáculo al alcance de todos, basado en los esquemas tradicionales de aquella narrativa de taller en cuyo núcleo aparece siempre un protagonista y un antagonista, sin que ello impida el desarrollo de tramas secundarias protagonizadas por personajes trágicos, tipo Urbán o Bescansa. La izquierda, una vez más, en el centro de la industria del entretenimiento.

Es columnista de El País.

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No sé

El abejorro, al parecer, se ha incorporado plenamente a la vida de este matrimonio sin hijos

/ 26 de noviembre de 2016 / 16:31

A mi amigo R. lo despertó en medio de la noche un alarido escalofriante de su mujer, a cuyo lado dormía. —¿Qué ocurre?, preguntó. —He tenido una pesadilla, dijo ella, soñaba que paría un abejorro. —¿Un abejorro?, preguntó él frotándose los ojos. —Sí, dijo ella, un abejorro negro, del tamaño de una aceituna, con pelos en el abdomen. Mi amigo, dada la agitación de su esposa, encendió la luz al objeto de que se tranquilizara. Entonces vieron un insecto de las características que ella acababa de describir posado en el espejo del armario. R. tomó de la mesilla de noche una revista, la enrolló y ya se dirigía hacia el abejorro con intención de acabar con él cuando su mujer le gritó que se detuviera. —¿Qué pasa ahora?, preguntó. —Ni se te ocurra tocarlo, dijo ella.

Tras unos instantes de tensión, él regresó a la cama, ella le pidió que apagara la luz y volvieron a adoptar la postura en la que dormían habitualmente. Ella se durmió antes, como extenuada por el parto, y él permaneció despierto media hora, un poco inquieto por la presencia del animal en el dormitorio. Por la mañana, cuando sonó el despertador, el abejorro continuaba en el mismo sitio, pero cuando ella se levantó, la siguió al baño. Dice mi amigo que al rato vio salir a los dos, el animal revoloteando alrededor de la cabeza de la mujer, como si estuviera amaestrado, y la mujer tarareando una canción con expresión de dicha.

Ninguno mencionó lo ocurrido durante la noche y mi amigo, tras desayunar en compañía de su esposa y del insecto, salió turbado hacia el trabajo. El abejorro, al parecer, se ha incorporado plenamente a la vida de este matrimonio sin hijos y mi amigo pretende que vaya a cenar a su casa el sábado, para que lo conozca. Pero no sé qué hacer.

Es escritor español, columnista de El País.

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Culto y desculto

La profanación de tumbas es una forma de desculto, la más brutal que quepa imaginar

/ 1 de agosto de 2014 / 07:07

Los muertos gozan entre nosotros de mayor consideración que los vivos. Es una de las características de la cultura. Se acaba de morir, pongamos por caso, el tío Aniceto, que era una mala persona, pero la muerte le proporciona de súbito una dignidad que jamás tuvo en vida. Lo ves ahí, tan serio y tan bien afeitado en la caja de pino, y ni se te ocurre sacarle la lengua o darle un corte de mangas, como hacías en vida cuando te cruzabas con él. La capilla ardiente no es el sitio.

No tenemos registrado el primer enterramiento. No sabemos de qué cabeza salió la idea de inhumar al cadáver y colocar una piedra encima a modo de recordatorio. Pudo ocurrírsele al cojo de la tribu, o al tuerto, quizá a la madre de fallecido o a la hija… No tenemos ni idea, pero fue una conquista cultural de proporciones formidables. El culto a los muertos implica cierto grado de sofisticación intelectual.

Ahora bien, una vez que se inventa el culto, se inventa el desculto. La profanación de tumbas es una forma de desculto, la más brutal que quepa imaginar. Suele ser obra de personas individuales con escasa capacidad simbólica. Lo raro, y lo alarmante, es que haya instituciones implicadas en ello. Ha ocurrido en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, donde debido a la falta de medios, o de pensamiento simbólico, venían abandonando a su suerte a los cadáveres utilizados para la experimentación.

Ahí están, en las fotos, pudriéndose unos sobre otros, los troncos separados de las cabezas y las tibias de los peronés. Miren cómo tratan a las personas que donaron su cuerpo a la ciencia. Cómo tratan a sus semejantes fallecidos. Ahí se percibe una regresión a la opacidad que caracterizaba al ser humano antes de que se le encendiera la luz de la bóveda craneal. ¡Y todo esto ocurre en el ámbito universitario!

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Yo soy el que soy

Las grandes marcas podrán no serlo en el futuro cuando las circunstancias así lo requieran

/ 9 de mayo de 2014 / 07:38

Si hemos entendido bien el anuncio lanzado semanas atrás en España por Coca-Cola a toda página, resulta que Coca-Cola no es Coca-Cola, de ahí que carezca de responsabilidades en los despidos que Coca-Cola pretendía llevar a cabo en algunas de sus plantas embotelladoras.

Jamás se nos pasó por la cabeza, la verdad, que Coca-Cola no fuera Coca-Cola. Nunca el capitalismo indefinido se había expresado con esta claridad. Pero tal es el quid de la cuestión. Las grandes marcas, sin dejar de ser ellas, podrán no serlo en el futuro cuando las circunstancias así lo requieran. Es como si yo, que soy Juan José Millás, dejara de serlo cuando me pillaran atracando una mercería. Tras la acusación policial, lanzaría un comunicado de siete u ocho puntos explicando a la opinión pública que Juan José Millás no es Juan José Millás. Pidan ustedes responsabilidades por el atraco a la planta embotelladora de Juan José Millás.

Ahora bien, mucho me temo que esta nueva modalidad de existencia consistente en ser y no ser al mismo tiempo quedará reservada para las grandes fortunas. Las clases medias no dispondremos de medios para el alquiler de avatares que nos hagan el trabajo sucio. Si usted necesita romper con su cónyuge, tendrá que hacerlo sin intermediarios. No le será posible ser sustituido por una planta embotelladora contratada para estos fines. No podrá solicitar el divorcio asegurando que usted, Francisco López García, por poner un ejemplo, no es Francisco López García en el momento de la ruptura.

“Yo soy el que soy”, le dijo Dios a Moisés. Esta frase posee una carga semántica de tal naturaleza que ha recorrido los siglos siendo objeto de multitud de interpretaciones.  Nadie había sido capaz de superarla. Nadie, excepto Coca-Cola, que al decir “Yo soy la que no soy”, ha colocado el listón en un lugar imposible de superar incluso para Dios.

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