Voces

viernes 14 may 2021 | Actualizado a 12:34

Bolivia, construir el futuro

Mi deseo para Bolivia en su aniversario es el de futuras generaciones que compartan la mejor educación

/ 6 de agosto de 2013 / 06:51

La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante…” (Soren Kierkegaard, filósofo danés).  En menos de un año, mis columnas me han dado la satisfacción de coincidir con dos fechas significativas: el 25 de diciembre y el 6 de agosto. La primera me permitió ofrecer mis bienaventuranzas; y ésta, ahora, ofrecer mis votos a Bolivia en su aniversario patrio.

Los últimos años, Bolivia ha sido escenario de cambios diversos, algunos radicales y varios irreversibles, a la vez que ha vivido un auge económico importante. No voy a comentar ni las decisiones políticas ni las económicas del periodo, porque seguro —con laudos y denuestos— muchos otros lo harán. Voy a hablar de educación y futuro.

En educación, Bolivia ha experimentado dos cambios radicales en los últimos 20 años: la Ley 1565 de Reforma Educativa (tampoco fue la primera luego de la Revolución del 52) y la nueva reforma a partir de la Ley Avelino Siñani -Elizardo Pérez. No es mi propósito, tampoco, analizarlas, sino hacer algunas reflexiones. La primera, que ningún proceso de cambios educativos da resultados en una o dos décadas. Segundo, que la extensión de la educación a toda la población en edad escolar (lo que es muy importante) y la lucha contra la deserción se mediatizan y frustran si, a su vez, no viene acompañadas de un proceso intensivo que incluya superar al profesorado —no es privativo de Bolivia un magisterio mal pagado y con pocos estímulos para estudios de posgrado (ya es un éxito el tener pregrado)—; mejorar los planes de estudio pensando en el rendimiento del alumno y en su inserción a un mundo tecnológico; realizar una verdadera orientación vocacional, para no ser un país con un amplio déficit laboral técnico y un superávit de personas que o sólo manejan palabras o sólo operan cuentas, y —sobre todo— pensar en una educación hacia el futuro y no hacia el pasado.

Y acá es la vuelta de tuerca principal de mi mensaje: toda la historia latinoamericana (tan fragmentada, lamentablemente) está llena, repleta, de figuras históricas, militares y políticas, también de intelectuales y creadores y, quizás mucho menos, de hombres de ciencia, pero en la mayoría de Latinoamérica el parangón es el prócer guerrero, loables casi siempre, pero muchas veces me pregunto si ellos quisieron eso: ser la medida del futuro desde el pasado, en ocasiones más allá de su humanidad real que también los enaltece.

Y si el vivir mirando sólo glorias pasadas es un error para el futuro (en Asia, con muchos más años de historia, hace rato se han dado cuenta), el idealizarlo por sobre la realidad (incluso contra ella) puede ser un crimen contra el futuro.

Mis votos de ventura para Bolivia en su aniversario. Mi mejor deseo: futuras generaciones (bolivianas y de toda Latinoamérica) que compartan la mejor educación y formación, una educación mirando al futuro.

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Absurda pandemia en tiempo de ‘descarte’ I

/ 11 de mayo de 2021 / 01:59

Terminaron las elecciones y nos queda el día a día con las dos crisis: la economía y la pandemia. Me dedicaré a la pandemia y me basaré para Bolivia en la información oficial del Ministerio de Salud y para el resto de países de la región, de la Johns Hopkins University, que recopila la oficial de todos los países (cuando éstos la publican…)

Desde el 2 de abril de 2020, poco después de haberse detectado los dos primeros casos de infecciones por COVID-19 en Bolivia el 10 de marzo, tras una conversación virtual con un amigo por diferencias de criterio me motivó a escribir un resumen de la información difundida oficialmente; empecé —diariamente primero, semanalmente después— a publicarlo en Eju.tv con la generosa apertura de su director y, esporádicamente, en otros medios y en mis redes. Dejando constar que el Ministerio de Salud ha cambiado muchas veces las formas de presentar la información y la cantidad de ella que difunde, y que los Servicios Departamentales de Salud —donde hay que buscar toda la que el Ministerio de Salud no desagrega ahora— la presentan en forma no uniforme, entraré en tema.

Primero, para neófitos (como yo hasta que empecé a navegar por estos datos) daré las definiciones OMS de términos que utilizaremos. Morbilidad (o tasa de morbilidad): “número de personas de una población determinada que se enferman durante un período específico” y que, siguiendo el criterio OMS, reflejaremos por cada 100.000 habitantes. Letalidad (o tasa de letalidad): “número de personas diagnosticadas como víctimas de una enfermedad particular y el número que ha fallecido a consecuencia de la enfermedad”. Mortalidad (o tasa de mortalidad): “(todas) las muertes por una sola enfermedad y generalmente se expresa por 100.000 personas”. Nos quedaría la tasa de recuperados,medida de la calidad y presteza de la respuesta sanitaria.

Hasta el Reporte epidemiológico N° 420 correspondiente al domingo 9 pasado, Bolivia había acumulado 318.610 casos detectados —aclaro “detectados” porque la detección es primordial para diferenciar países que no hacen suficientes pruebas—, correspondiente a una morbilidad de 2.738,8, resultado que nos coloca en el lugar 12 de 22 países latinoamericanos, por delante de Belice, Paraguay, Costa Rica, Perú, Colombia, Uruguay, Chile, Argentina, Brasil y Panamá. La morbilidad más baja en la región —descartando Nicaragua, Haití y Venezuela por datos desactualizados o poco creíbles— hasta ese domingo era la de Cuba con 1.022,9 y la mayor la de Panamá con 8.830,7.

En letalidad, Bolivia actualmente tiene una tasa del 4,2% —en el pico de la primera ola llegó a 6,5%— y en la tercera ocupa el lugar 20 de 22, delante de Ecuador y México; la letalidad más baja ahora es de Cuba (0,6%) y la más alta de México (9,3%). A diferencia de la letalidad, en la mortalidad Bolivia ocupa el lugar 15 de 22 con una tasa de 113,7 fallecidos por COVID-19 sobre la población total, por delante de Chile, Panamá, Argentina, Colombia, México, Perú y Brasil, siendo a la fecha Cuba el país con menos letalidad (6,5) y Brasil el de más letalidad (201,6). Por último, en recuperados Bolivia tiene hasta el domingo pasado una tasa de 82,1% para ocupar la posición 15 de 22, con menos porcentaje que Uruguay, Guyana, Paraguay, México, Costa Rica, Nicaragua (dato no confiable) y Honduras, siendo Panamá el país con más recuperados (96,8%) y Honduras el que menos (36,2%).

Quedaría el tema de vacunas. Hasta el domingo pasado, en 101 días de campaña de vacunación, Bolivia había aplicado 998.818 dosis, el 7,0% de las 14.335.578 (992.430 por el mecanismo COVAX) necesarias para inocular doble a los 7.167.789 habitantes de los grupos etarios a vacunar; ya 264.656 (3,7%) hemos completado las dos dosis. Han llegado 1.265.430 dosis, por lo que falta recibir 13.336.760.

Un reto mayúsculo.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Tras las subnacionales, ¿qué nos queda?

/ 27 de abril de 2021 / 08:50

Concluyeron las elecciones subnacionales: coincido con Manuel Canelas (Elecciones regionales en Bolivia, Nueva Sociedad, marzo) —discrepando sus etiquetas ideológicas— que el MAS-IPSP se reafirma como el único partido nacional, que los sectores de oposición se posicionan —agrego aún lentamente—, pero se mantienen dispersos —atomizados— y que varias de las nuevas autoridades elegidas antes formaron parte del MAS-IPSP.

El partido azul fue el único que presentó candidatos en todos los municipios y gobernaciones del país, incluyendo 19 municipios donde su habilitado fue el único candidato, incluido Chaqui en Potosí, donde fue elegido el MAS-IPSP sin candidato habilitado (de esos 19 municipios, los 10 que estaban en La Paz, Oruro y Potosí tenían menos de 1.000 habilitados, incluidos seis con menos de 500). Esa presencia absoluta —heredada del MNR al penetrar los sectores campesinos e indígenas con sus discursos— le permitió al MAS-IPSP ganar 244 de los 336 municipios pero, paradójicamente, disminuir su votación válida de 40,4% en 2015 a 33,3% en 2021: Bolivia tiene 323 municipios de menos de 100.000 habitantes —170 de menos de 10.000—, lo que demuestra la contracción poblacional —hasta el momento, al menos. De las 10 ciudades principales (las 9 capitales más El Alto), el MAS-IPSP obtuvo solo dos: Oruro, indiscutiblemente, y Sucre con solo 301 votos de ventaja (Sucre y Oruro son el quinto y sexto municipio por población, respectivamente).

Para gobernaciones, el MAS-IPSP aumentó en 2021 el 0,6% en votos válidos (42,4% versus 41,8% en 2015), pero obtuvo la mitad de la anterior elección: ganó Potosí, Oruro y Cochabamba y perdió —con respecto a 2015— Pando, Beni y Chuquisaca; además de Santa Cruz, La Paz —donde el MAS-IPSP pensó tener la oportunidad de ganar, sobre todo luego del deceso de Felipe Quispe— y Tarija, que volvieron a quedar gobernados por opositores al oficialismo.

Las otras dos afirmaciones: los sectores de oposición se posicionan pero dispersos y que varias de las nuevas autoridades antes fueron del MAS-IPSP, son importantes de discutir. La oposición al MAS-IPSP cubre un amplio espectro político y sus dos principales figuras —Luis Fernando Camacho de Creemos y Carlos de Mesa de Comunidad Ciudadana— no han logrado constituir organizaciones horizontalmente extendidas porque Camacho no ha trascendido su liderazgo regional (Santa Cruz) y porque De Mesa —tras 2019 y 2020— quedó con su liderazgo personal muy disminuido y porque Comunidad Ciudadana no se ha consolidado más allá de una alianza en contra del MAS-IPSP. De los ex-MAS (Copa, Richter, Reis Melena, incluso Condori), algunos fueron parte circunstancial y otros, en diferentes momentos, fueron ninguneados por el apparatik del partido azul (sobre todo Eva Copa): cosecha del verticalismo rampante de líder monolítico.

¿Iremos hacia el desastre de un “equilibrio catastrófico” (sic) en medio de la Tercera Ola del COVID-19 que avanza imparable hasta ahora y de la crisis económica que solo se palia en discursos mientras la agravan medidas estatistas y populistas? Súmesele la razia contra todos los de la Transición y los propios que permitieron navegar la crisis de noviembre de 2019 —víctima de ello también Copa, a pesar que fue la principal valedera del MAS-IPSP cuando el apparatik huyó o se asiló.

La posición de la Iglesia Católica “por una cultura del encuentro y la integración” para salvar “una democracia débil”(Mons. Ricardo Centellas, 108° Asamblea Plenaria de los obispos de Bolivia) es también la de amplios sectores del país —no masistas y de muchos dentro del MAS-IPSP y sus sectores afines— que apuestan por frenar la confrontación antes del desastre. Es hora de ello.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Pandemia, crisis y populismo ‘remake’

/ 13 de abril de 2021 / 01:02

Sin necesidad de explicitar, cuando usted leyó “crisis” enseguida sabía que iba a tocar su bolsillo —y el de los suyos, claro está— en las elecciones cercanas en Bolivia —las de octubre—, Ecuador y Perú. 

La pandemia ha sido un desastre para la región —y lo seguirá siendo tiempo más. Los tres países han sufrido con intensidad los embates de la pandemia: Hasta el sábado pasado (todos datos de la Johns Hopkins University), Bolivia alcanzó una morbilidad x 100.000 habitantes de 2.420,4, letalidad (mortalidad respecto morbilidad) de 4,4% —la mayor letalidad fue de 6,2% entre el 28 de octubre y el 10 de diciembre y nunca hubo el 10% de algunos discursos fantasiosos— y 107,0% la mortalidad por 100.000 habitantes; Ecuador tenía 2.025,9, 5,0% y 101,5% respectivamente, mientras en Perú llegaban a 5.103,3, 3,3% y 170,1% (ésta la mayor de Sudamérica); comparando los tres países, solo Ecuador tiene menos morbilidad y mortalidad que Bolivia pero con más letalidad, lo que demuestra que en Bolivia, hasta ahora al menos, la pandemia ha sido moderadamente manejada. En vacunación hasta el sábado (Our World In Data), Bolivia estaba en 0,13 por 100 habitantes (2,9% de las dosis a administrar) y Perú 0,04 —Ecuador el día 6/5 reportaba 0,08, igual que Bolivia ese día—, lejos de los campeones sudamericanos: Uruguay (0,93) y Chile (0,90) —Paraguay estaba en el fondo, con menos de 0,01.

Toda esta parafernalia sobre la incidencia del COVID-19 es más penosa cuando estremece cruzarla con las caídas de las economías: Según la CEPAL, en 2020 Bolivia se contrajo 8,0%, Ecuador 9,0% y Perú 12,9% y para 2021 las recuperaciones pronosticadas serán de 5,1% (aún -2,9% respecto de 2019), Ecuador 1,0% (-8,0%) y Perú 9,0% (-3,9%), peor si se le suma la aceleración extraordinaria en el crecimiento de la deuda de cada país, por lo que el FMI considera que el crecimiento del PIB en Latinoamérica retornará a los niveles previos a la pandemia en 2023 —a muy diferentes velocidades— y el PIB per cápita lo hará en 2025. El regreso a niveles de 2019 para estos tres países estará entre fines de 2022 y 2024 (Banco Mundial).

Es el caldo de cultivo de la demagogia populista: el populismo del socialismo 21, remake ya no tan del Foro de São Paulo —sin Brasil de Lula— sino más del Grupo de Puebla —con México de AMLO— en comicios Bolivia (2020) y Perú y Ecuador (ahora) en plena crisis del COVID-19.

En octubre, Bolivia optó mayoritariamente (55,11%) por repetir una maquillada Historia de Éxito —la del pretendido “milagro económico” de 2014-2018, indulgencia totalmente ajena— y por un gobierno asaz moderado que superaría la confrontación de 2019 y las incertidumbres de 2020 —pandemia por medio—; ni una ni otra: la economía va en peor, priman la confrontación y las falaces narrativas. Por contrario, Ecuador fue a balotaje pugnando entre un remake de Correa que no encantó en primera a casi el 68% de votantes y una visión conservadora que, por tercera vez, parecía no aglutinar al electorado: A diferencia de Bolivia, Ecuador decidió frenar el correísmo y Guillermo Lasso gobernará, aunque con una Asamblea con mayoría relativa correísta.

Las elecciones en Perú se dan en el descrédito de la clase política —cuatro presidentes en tres años; cinco de los ocho presidentes tras el fujimorismo juzgados por corrupción, uno de ellos suicidado—, la segunda mayor contracción en la región y un mal manejo de la pandemia. Siendo el único de los tres países donde nunca gobernó el socialismo 21, un denunciado afín al ultramaoísta Sendero Luminoso —Pedro Castillo— puntea (16%) a medio escrutinio.

Acá, variando por departamento entre el 36 y el 64% escrutado, el MAS pierde en las cuatro gobernaciones y, hasta ahora, quedaría solo con las tres ya ganadas.

Esperemos resultados. Y consecuencias.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Más lecciones y mitos: las alcaldías

/ 30 de marzo de 2021 / 01:18

Debo confesar que una buena parte de la motivación de este artículo y el anterior fue la iconoclasia de la irreverente carcajada de mi amigo Carlos (Valverde) en televisión semanas atrás en una presentación de sondeos en bocas de urna y conteos rápidos. La búsqueda de corroborar el motivo de la sonoridad —ante afirmaciones de que el MAS-IPSP había pasado incólume la prueba subnacional—, me hizo retomar cifras y porcentajes de todas las alcaldías electas; dejaré gobernaciones hasta la segunda vuelta.

Como base tomaré los datos del padrón de que en el eje central vive el 73,2% de los electores habilitados para estas subnacionales (5.217.985) y en sus 10 ciudades principales reside el 54,0% (3.853.864), además de que, en las cuatro principales de ese eje, vive el 41,5% (2.957.523) de todo el electorado habilitado (7.131.075). Pasemos a analizar el comportamiento electoral de esas ciudades en 2015 y 2021.

En 2015, el MAS-IPSP ganó Sucre y Potosí y cooptó luego —por captación, asimilación o conveniencia— Cobija, Oruro, Santa Cruz de la Sierra y Trinidad; en total, obtuvo el 31,7% (862.760) de los votos válidos emitidos en esas 10 ciudades. Este año, el MAS-IPSP repitió en Sucre (venció por 301 votos) y ganó Oruro (pasó del 20,0% de válidos en 2015 al 29,5% este 2021; el otro municipio principal que subió su porcentaje de votación fue en Tarija: del 21,2% al 25,4% pero no ganó) y obtuvo 771.647 votos en las 10: el 24,4% de los votos válidos, el 7,3% menos; dicho de otra forma, en las 10 ciudades del eje el 75,6% (2.384.796) votó por candidatos de otras opciones.

Retomaré el dato proyectado del INE de población para 2018 (no encontré posterior): el 69,6% de los bolivianos vivíamos en centros urbanos y periurbanos y me apoyaré en que no podemos deformar los números —a pesar de intentos de “matemáticas garcialinerianas”. En las proyecciones del ente estadístico —mientras no haya el nuevo censo—, para 2030 seremos más de 13,2 millones y en la afirmación de Carlos Hugo Molina que en 2032 seremos algo más de 15 millones (datos expuestos en el II Congreso Internacional de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad San Francisco Xavier), lo que Molina proyecta que para ese año el 90% viviremos en las ciudades, una cifra nada alentadora para los que confían en los votos rurales como baza de victoria.

Según los cómputos oficiales del OEP para 2015 y 2021, el MAS-IPSP obtuvo en 2015 el 40,4% (1.847.537) de todos los votos válidos emitidos ese año para alcaldías (4.568.976), pero en 2021 el porcentaje fue el 33,3% (1.897.242) de los 5.692.477 sufragios válidos para alcaldías (diferencio votos para alcaldías de votos para gobernaciones por, aunque el número de habilitados es idéntico, el de votos válidos fue inferior en 1,9% para la elección de gobiernos departamentales en primera vuelta: 5.559.425). Si comparara porcentualmente con las elecciones nacionales de 2020, la diferencia sería mucho mayor: 33,3% versus 55,1% (21,8%).

El MAS-IPSP fue la única organización que presentó candidatos en todo el país —incluso ganó en el municipio Chaquí en Potosí, donde no tenía candidato habilitado, algo que será dolor de cabeza para el TED potosino— y ganó en 244 de los 336 municipios (72,6%), pero como solo obtuvo el 33,3% de los sufragios, es claro que su fuerza está en municipios con baja o nula población urbana. Gobernará muchos municipios con pocos bolivianos.

A puertas de una tercera ola de COVID-19 y constatado el diferente panorama de gobernabilidad que resulta de estas elecciones, la implementación masiva de vacunación deberá unir oficialismo y oposiciones —diversas pero con intereses comunes. Pudiera ser un punto inicial de entendimiento camino a un pacto fiscal que satisfaga las necesidades y el desarrollo de las regiones. O hundirnos.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Hitos, mitos y lecciones subnacionales

/ 15 de marzo de 2021 / 23:55

El domingo pasado, con algunos datos de principales sitios de elección sin llegar al 100% pero bordeándolos, tuvimos los resultados oficiales del cómputo de las elecciones subnacionales, suficientes para analizar prolijamente.

Lo primero es la preeminencia territorial: en 2015, el MAS-IPSP ganó seis gobernaciones (Chuquisaca, Cochabamba, Oruro, Potosí, Beni y Pando) y dos alcaldías principales (Sucre y Potosí), a las que sumó las alianzas con los ganadores en Oruro (MCS-FA), Trinidad (MNR), Cobija (PUD) y —tácitamente— Santa Cruz de la Sierra (SPT): en total, seis de 10 Alcaldías principales, quedando en manos de la oposición las de La Paz, El Alto, Cochabamba y Tarija —ésta al menos al inicio.

El panorama es diferente en 2019: el MAS-IPSP repite ganando las gobernaciones de Cochabamba, Oruro y Potosí y va a segunda vuelta en los departamentos de Chuquisaca (está segundo), La Paz (se estancó en el 39,70%), Pando y Tarija (en ambos su ventaja es mínima: 2% y 0,12%, respectivamente); en los cuatro balotajes, contará en contra con el conjunto de los votos antiMAS-Evo, lo que vale decir: el resto de los electores. Para las 10 alcaldías principales, este año la única que gana es la Alcaldía de Oruro —esta vez sin necesitar de “adquirir” aliados— y en Sucre está a la espera de los resultados en la repetición de tres mesas en el municipio para definir el ganador (la diferencia entre los dos primeros es del 0,20%).

Si recordamos que el voto de los departamentos del Eje Central representa el 73,2% del electorado habilitado en el padrón y que la población de las 10 ciudades principales tiene el 41,5% de ese mismo padrón, el MAS-IPSP retiene solamente el gobierno departamental del 30,3% del electorado habilitado en el país y, ya con certeza, el gobierno municipal del 7,5% del electorado habilitado en las 10 ciudades capitales más El Alto. Los balotajes en Chuquisaca, La Paz, Pando y Tarija y las repeticiones de votación en Sucre pueden corroborar o no este resultado, pero harán dolor de cabeza para sus estrategas, además de hacer quedar peor a algunas “opinadoras”.

Si recordamos que dos candidatos que van a discutir gobernaciones al MAS en segunda vuelta y, al menos, dos de las alcaldes ganadoras fueron dirigentes, autoridades electas o aliados del MAS-IPSP, se puede entender que el “dedazo” fue verdaderamente símbolo que el poder monolítico caudillista dentro del partido que nos gobernó 14 años y nuevos meses va en caída libre.

Me quedan las lecciones y los mitos: Aunque se aduce que elecciones nacionales y subnacionales son percibidas diferentes para el electorado, esta del pasado 7 de marzo fue entendida por los electores como el contraste con la de 2020 en la medida de cuán válido —o no— había sido el mito del “milagro económico” que le dio victoria a Luis Arce (entendido él como “otro MAS” y capaz de abrir la cornucopia de la nueva bonanza, además del hartazgo con los políticos opositores al MAS —parte o no de la gestión de la transición); coincido con Carlos Toranzo en que en estas subnacionales muchas decisiones se apartaban de “la agenda  cotidiana, de realización de obras para los votantes”: en 2020, Arce obtuvo el 55,11% y en esta de 2021 —al menos para gobernaciones— le votó el 42,53% de habilitados. La segunda lección es que, una vez más, la dispersión onanista de candidaturas siempre perjudica a la oposición, y la tercera que esta elección terminó de enterrar a partidos que fueron importantes estos 15 años: Demócratas, UN, Sol.bo, SPT, UDA…

De los mitos: solo en pocos departamentos el voto rural es influyente —en 2018 solo el 30,6% de la población era rural— y el de país indígena lo desinfló el Censo 2012.

Quise escribir también de las aprehensiones —razias— recientes como expresión de debilidad en el Poder, pero será la próxima.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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