Voces

martes 15 jun 2021 | Actualizado a 19:05

Bolivia, construir el futuro

Mi deseo para Bolivia en su aniversario es el de futuras generaciones que compartan la mejor educación

/ 6 de agosto de 2013 / 06:51

La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante…” (Soren Kierkegaard, filósofo danés).  En menos de un año, mis columnas me han dado la satisfacción de coincidir con dos fechas significativas: el 25 de diciembre y el 6 de agosto. La primera me permitió ofrecer mis bienaventuranzas; y ésta, ahora, ofrecer mis votos a Bolivia en su aniversario patrio.

Los últimos años, Bolivia ha sido escenario de cambios diversos, algunos radicales y varios irreversibles, a la vez que ha vivido un auge económico importante. No voy a comentar ni las decisiones políticas ni las económicas del periodo, porque seguro —con laudos y denuestos— muchos otros lo harán. Voy a hablar de educación y futuro.

En educación, Bolivia ha experimentado dos cambios radicales en los últimos 20 años: la Ley 1565 de Reforma Educativa (tampoco fue la primera luego de la Revolución del 52) y la nueva reforma a partir de la Ley Avelino Siñani -Elizardo Pérez. No es mi propósito, tampoco, analizarlas, sino hacer algunas reflexiones. La primera, que ningún proceso de cambios educativos da resultados en una o dos décadas. Segundo, que la extensión de la educación a toda la población en edad escolar (lo que es muy importante) y la lucha contra la deserción se mediatizan y frustran si, a su vez, no viene acompañadas de un proceso intensivo que incluya superar al profesorado —no es privativo de Bolivia un magisterio mal pagado y con pocos estímulos para estudios de posgrado (ya es un éxito el tener pregrado)—; mejorar los planes de estudio pensando en el rendimiento del alumno y en su inserción a un mundo tecnológico; realizar una verdadera orientación vocacional, para no ser un país con un amplio déficit laboral técnico y un superávit de personas que o sólo manejan palabras o sólo operan cuentas, y —sobre todo— pensar en una educación hacia el futuro y no hacia el pasado.

Y acá es la vuelta de tuerca principal de mi mensaje: toda la historia latinoamericana (tan fragmentada, lamentablemente) está llena, repleta, de figuras históricas, militares y políticas, también de intelectuales y creadores y, quizás mucho menos, de hombres de ciencia, pero en la mayoría de Latinoamérica el parangón es el prócer guerrero, loables casi siempre, pero muchas veces me pregunto si ellos quisieron eso: ser la medida del futuro desde el pasado, en ocasiones más allá de su humanidad real que también los enaltece.

Y si el vivir mirando sólo glorias pasadas es un error para el futuro (en Asia, con muchos más años de historia, hace rato se han dado cuenta), el idealizarlo por sobre la realidad (incluso contra ella) puede ser un crimen contra el futuro.

Mis votos de ventura para Bolivia en su aniversario. Mi mejor deseo: futuras generaciones (bolivianas y de toda Latinoamérica) que compartan la mejor educación y formación, una educación mirando al futuro.

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Absurda pandemia en tiempo de ‘descarte’ III

/ 8 de junio de 2021 / 01:12

Esta es la tercera columna que dedico a esta pandemia absurda junto al concepto de “descarte”… y aún no he escrito sobre él. Es hora de hacerlo.

Durante mis años largos dando cátedra, William J. Stanton, Charles Futrell, Philip Kloter y Jean-Jacques Lambin —entre otros más— me permitían introducir en mis áreas lectivas, ya fuera elecciones y campañas políticas o publicitarias o su planificación: El trascendental cambio de paradigma de vender a satisfacer necesidades tras la posguerra sentó las bases de una revolución cultural. Saltaré las muchas consideraciones críticas para quedarme en la principal consecuencia de este paradigma mercadotécnico: El consumismo, “creando” presuntas necesidades insatisfechas —más allá de solucionar carencias— y hacer productos más perecederos (más descartables) para conllevar su continuo recambio.

Tras esa explicación a grosso modo —espero que suficientemente inteligible— podemos hablar de una “economía del descarte” que abarca no solo la vertiginosa urgencia de materias primas —y las consecuencias que conlleva— sino también, por la vía de acentuar la pobreza y la injusticia social —frente a la cual el papa Francisco promueve capitalismo con visión social: la Economía de Comunión (Focolares)—, a la marginación y abandono de grupos e, incluso, países como consecuencia del descarte social y cuya “solución” muchas veces va por el populismo y las tendencias rupturistas y extremistas (incluyo la llamada Economía del Desorden poscrisis).

Ese descarte social se ha acentuado en esta pandemia. Junto con inequívocas muestras de solidaridad de grupos, instituciones e individuos y con el esfuerzo sacrificado de los trabajadores de la salud, se han dado ejemplos de egoísmo y deshumanización, ya fuera el agiotaje de medicinas e insumos de urgente necesidad o por la corrupción en adquisiciones o por sobreprecios o por bulos, entre otros muchos. La crisis inesperada y demasiado larga de la pandemia —absurda, por ende— ha despertado lo mejor y lo peor en nuestras comunidades y entre muchos países; como Yuval Noah Harari, tengo una gran incertidumbre si, unidos como humanidad, tomaremos decisiones ahora que definirán el futuro porque “no hay nada predeterminado en la manera de lidiar con esta crisis y que hay muchas opciones (y) las decisiones que tomemos (…) reconfigurarán el planeta”.

Estamos en Bolivia en la etapa de crecimiento de la tercera ola, la de mayor morbilidad de las tres que hemos sufrido y aún nos pronostican, al menos, dos semanas de ascensos —la letalidad y mortalidad llegarán a su máximo unas dos semanas después del clímax de contagios, como ha sucedido en las precedentes.

Como ya he sostenido, la estrategia planteada en diciembre por el entonces equipo del Ministerio de Salud: detección —pruebas masivas— y prevención —vacunación amplia— era, por experiencias en otros países, la más adecuada para sustituir a la de detención que la administración precedente aplicó en la primera ola, que fuera la estrategia posible —a pesar de los problemas que tuvo— frente al desconcierto de la epidemia desconocida y de la pésima herencia de la sanidad pública. Gracias a la detección, la segunda ola fue mucho más corta y con menor morbilidad, letalidad y mortalidad; sin embargo, la irregularidad posterior en la cantidad diaria de pruebas y, sobre todo, los incumplimientos en la provisión de vacunas —consecuencia de decisiones más ideológicas “antimperialistas” que realista para su adquisición, con incumplimientos del proveedor ruso— han sido una de las causas de la alta morbilidad de esta tercera ola, así como la virulencia de nuevas cepas virales y el no-importismo de parte importante de la población, a modo de laissez passer, descuidando —cuando no abandonando— las medidas de bioseguridad.

Ésta será mi última columna de la serie Pandemia Absurda… eso espero.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Absurda pandemia en tiempo de ‘descarte’ II

/ 24 de mayo de 2021 / 23:54

Hace dos semanas publiqué la primera parte de esta columna. Llamé a la pandemia del COVID-19 “absurda” porque era todo lo contrario que el país esperaba: tras tres años de intentos gubernamentales para saltarse la Constitución y, de colofón, un fraude que nos hizo bordear una guerra civil —uno de cuyos epicentros, El Alto, tras poco más de un año le daría la espalda masivamente al partido del que entonces se abanderaba—, se preveía la estabilidad tras nuevas elecciones democráticas pero, como en todo el mundo, caímos de bruces en el desorden y la incertidumbre mayúsculos de la pandemia.

Casi 15 meses después de su inicio en Bolivia, estamos en la Tercera Ola. Mejor pertrechados sanitariamente sin dudas por los dos gobiernos que han navegado la pandemia —inversiones en instalaciones, técnica y contrataciones de personal tras la herencia paupérrima precedente— a pesar de una economía en rápido declive desde 2015 cuando acabaron los precios extraordinarios de nuestras materias primas de exportación que alimentaron el mito de un presunto “milagro económico” que le diera la victoria en 2020 a su pretendido gurú —claro que sin demeritar la “ayuda” del desaguisado de los demás partidos en competencia.

Recalando en la pandemia, noviembre 2020 coincide con el fin de la Primera Ola. En ese momento, sin la urgencia incierta del inicio y con la legitimidad de su victoria en las urnas, el nuevo gobierno cambió la estrategia sanitaria anterior de detención —alargar la curva para evitar el colapso sanitario— por la de detección temprana —pruebas— y prevención —vacunas—, pero se sustentó en dos axiomas: ideología —el antimperialismo del socialismo 21— y revancha —“todo lo malo era culpa de los de la transición”. Veremos los resultados de la nueva estrategia, acertada para ese momento de declive de la pandemia.

A grosso modo, la Primera Ola duró de mediados de marzo a fines de agosto de 2020 con algunas subidas hasta mediados de septiembre: siete meses; su pico de 2.036 nuevos contagios fue el 18/7 y el de fallecidos (102) el 2/9. La Segunda Ola transcurrió desde finales de diciembre de 2020 a fines de febrero de 2021: dos meses y el 27/1 tuvo su pico de 2.866 nuevos contagios, mientras que el de decesos (74) fue el 2/2. Esta Tercera Ola —anunciada y “desanunciada” hasta su inevitabilidad— tuvo un corto conato de inicio al abrir marzo pero ya el 30 de ese mes las cifras la daban iniciada; su pico —hasta ahora— de nuevos detectados (3.005) fue el viernes pasado y el de fallecidos —también hasta ahora— el jueves: 87; estamos en su segundo mes pero el Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington (Seattle) —autoridad para la OMS— nos augura el pico de nuevos casos a inicios de junio con declive a fines de julio; el de decesos lo ubica a finales de junio. (Me abstengo de mencionar sus cifras pronosticadas.)

Las vacunas —que retomaré en la próxima tercera columna sobre el tema— son parte de la consecuencia de la ideologización del tema. Mientras se atacaba al imperialismo, el amigo al que se apostó principalmente —Rusia— incumplió ampliamente el cronograma y los volúmenes de provisión y las llegadas han sido las vacunas Sinopharm y parte de COVAX —demorado por la India—, provocando un ritmo fluctuante de vacunación. Hasta este domingo pasado, en 115 días de vacunación se habían inoculado 1.376.494 dosis: 1.076.034 primeras y 300.370 segundas, quedando 775.754 esperando la segunda dosis, aún cubierta por las 1.268.936 restantes de las ya llegadas, pero pendientes aún 11.690.148 dosis por llegar.

Muchas pruebas —detección— y muchas inoculaciones —prevención— son la estrategia contra la pandemia. A menos pruebas, menos casos detectados; a menos vacunados, más potenciales contagiados. Gravísimo en un país carente de concienciación de bioseguridad.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Absurda pandemia en tiempo de ‘descarte’ I

/ 11 de mayo de 2021 / 01:59

Terminaron las elecciones y nos queda el día a día con las dos crisis: la economía y la pandemia. Me dedicaré a la pandemia y me basaré para Bolivia en la información oficial del Ministerio de Salud y para el resto de países de la región, de la Johns Hopkins University, que recopila la oficial de todos los países (cuando éstos la publican…)

Desde el 2 de abril de 2020, poco después de haberse detectado los dos primeros casos de infecciones por COVID-19 en Bolivia el 10 de marzo, tras una conversación virtual con un amigo por diferencias de criterio me motivó a escribir un resumen de la información difundida oficialmente; empecé —diariamente primero, semanalmente después— a publicarlo en Eju.tv con la generosa apertura de su director y, esporádicamente, en otros medios y en mis redes. Dejando constar que el Ministerio de Salud ha cambiado muchas veces las formas de presentar la información y la cantidad de ella que difunde, y que los Servicios Departamentales de Salud —donde hay que buscar toda la que el Ministerio de Salud no desagrega ahora— la presentan en forma no uniforme, entraré en tema.

Primero, para neófitos (como yo hasta que empecé a navegar por estos datos) daré las definiciones OMS de términos que utilizaremos. Morbilidad (o tasa de morbilidad): “número de personas de una población determinada que se enferman durante un período específico” y que, siguiendo el criterio OMS, reflejaremos por cada 100.000 habitantes. Letalidad (o tasa de letalidad): “número de personas diagnosticadas como víctimas de una enfermedad particular y el número que ha fallecido a consecuencia de la enfermedad”. Mortalidad (o tasa de mortalidad): “(todas) las muertes por una sola enfermedad y generalmente se expresa por 100.000 personas”. Nos quedaría la tasa de recuperados,medida de la calidad y presteza de la respuesta sanitaria.

Hasta el Reporte epidemiológico N° 420 correspondiente al domingo 9 pasado, Bolivia había acumulado 318.610 casos detectados —aclaro “detectados” porque la detección es primordial para diferenciar países que no hacen suficientes pruebas—, correspondiente a una morbilidad de 2.738,8, resultado que nos coloca en el lugar 12 de 22 países latinoamericanos, por delante de Belice, Paraguay, Costa Rica, Perú, Colombia, Uruguay, Chile, Argentina, Brasil y Panamá. La morbilidad más baja en la región —descartando Nicaragua, Haití y Venezuela por datos desactualizados o poco creíbles— hasta ese domingo era la de Cuba con 1.022,9 y la mayor la de Panamá con 8.830,7.

En letalidad, Bolivia actualmente tiene una tasa del 4,2% —en el pico de la primera ola llegó a 6,5%— y en la tercera ocupa el lugar 20 de 22, delante de Ecuador y México; la letalidad más baja ahora es de Cuba (0,6%) y la más alta de México (9,3%). A diferencia de la letalidad, en la mortalidad Bolivia ocupa el lugar 15 de 22 con una tasa de 113,7 fallecidos por COVID-19 sobre la población total, por delante de Chile, Panamá, Argentina, Colombia, México, Perú y Brasil, siendo a la fecha Cuba el país con menos letalidad (6,5) y Brasil el de más letalidad (201,6). Por último, en recuperados Bolivia tiene hasta el domingo pasado una tasa de 82,1% para ocupar la posición 15 de 22, con menos porcentaje que Uruguay, Guyana, Paraguay, México, Costa Rica, Nicaragua (dato no confiable) y Honduras, siendo Panamá el país con más recuperados (96,8%) y Honduras el que menos (36,2%).

Quedaría el tema de vacunas. Hasta el domingo pasado, en 101 días de campaña de vacunación, Bolivia había aplicado 998.818 dosis, el 7,0% de las 14.335.578 (992.430 por el mecanismo COVAX) necesarias para inocular doble a los 7.167.789 habitantes de los grupos etarios a vacunar; ya 264.656 (3,7%) hemos completado las dos dosis. Han llegado 1.265.430 dosis, por lo que falta recibir 13.336.760.

Un reto mayúsculo.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Tras las subnacionales, ¿qué nos queda?

/ 27 de abril de 2021 / 08:50

Concluyeron las elecciones subnacionales: coincido con Manuel Canelas (Elecciones regionales en Bolivia, Nueva Sociedad, marzo) —discrepando sus etiquetas ideológicas— que el MAS-IPSP se reafirma como el único partido nacional, que los sectores de oposición se posicionan —agrego aún lentamente—, pero se mantienen dispersos —atomizados— y que varias de las nuevas autoridades elegidas antes formaron parte del MAS-IPSP.

El partido azul fue el único que presentó candidatos en todos los municipios y gobernaciones del país, incluyendo 19 municipios donde su habilitado fue el único candidato, incluido Chaqui en Potosí, donde fue elegido el MAS-IPSP sin candidato habilitado (de esos 19 municipios, los 10 que estaban en La Paz, Oruro y Potosí tenían menos de 1.000 habilitados, incluidos seis con menos de 500). Esa presencia absoluta —heredada del MNR al penetrar los sectores campesinos e indígenas con sus discursos— le permitió al MAS-IPSP ganar 244 de los 336 municipios pero, paradójicamente, disminuir su votación válida de 40,4% en 2015 a 33,3% en 2021: Bolivia tiene 323 municipios de menos de 100.000 habitantes —170 de menos de 10.000—, lo que demuestra la contracción poblacional —hasta el momento, al menos. De las 10 ciudades principales (las 9 capitales más El Alto), el MAS-IPSP obtuvo solo dos: Oruro, indiscutiblemente, y Sucre con solo 301 votos de ventaja (Sucre y Oruro son el quinto y sexto municipio por población, respectivamente).

Para gobernaciones, el MAS-IPSP aumentó en 2021 el 0,6% en votos válidos (42,4% versus 41,8% en 2015), pero obtuvo la mitad de la anterior elección: ganó Potosí, Oruro y Cochabamba y perdió —con respecto a 2015— Pando, Beni y Chuquisaca; además de Santa Cruz, La Paz —donde el MAS-IPSP pensó tener la oportunidad de ganar, sobre todo luego del deceso de Felipe Quispe— y Tarija, que volvieron a quedar gobernados por opositores al oficialismo.

Las otras dos afirmaciones: los sectores de oposición se posicionan pero dispersos y que varias de las nuevas autoridades antes fueron del MAS-IPSP, son importantes de discutir. La oposición al MAS-IPSP cubre un amplio espectro político y sus dos principales figuras —Luis Fernando Camacho de Creemos y Carlos de Mesa de Comunidad Ciudadana— no han logrado constituir organizaciones horizontalmente extendidas porque Camacho no ha trascendido su liderazgo regional (Santa Cruz) y porque De Mesa —tras 2019 y 2020— quedó con su liderazgo personal muy disminuido y porque Comunidad Ciudadana no se ha consolidado más allá de una alianza en contra del MAS-IPSP. De los ex-MAS (Copa, Richter, Reis Melena, incluso Condori), algunos fueron parte circunstancial y otros, en diferentes momentos, fueron ninguneados por el apparatik del partido azul (sobre todo Eva Copa): cosecha del verticalismo rampante de líder monolítico.

¿Iremos hacia el desastre de un “equilibrio catastrófico” (sic) en medio de la Tercera Ola del COVID-19 que avanza imparable hasta ahora y de la crisis económica que solo se palia en discursos mientras la agravan medidas estatistas y populistas? Súmesele la razia contra todos los de la Transición y los propios que permitieron navegar la crisis de noviembre de 2019 —víctima de ello también Copa, a pesar que fue la principal valedera del MAS-IPSP cuando el apparatik huyó o se asiló.

La posición de la Iglesia Católica “por una cultura del encuentro y la integración” para salvar “una democracia débil”(Mons. Ricardo Centellas, 108° Asamblea Plenaria de los obispos de Bolivia) es también la de amplios sectores del país —no masistas y de muchos dentro del MAS-IPSP y sus sectores afines— que apuestan por frenar la confrontación antes del desastre. Es hora de ello.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Pandemia, crisis y populismo ‘remake’

/ 13 de abril de 2021 / 01:02

Sin necesidad de explicitar, cuando usted leyó “crisis” enseguida sabía que iba a tocar su bolsillo —y el de los suyos, claro está— en las elecciones cercanas en Bolivia —las de octubre—, Ecuador y Perú. 

La pandemia ha sido un desastre para la región —y lo seguirá siendo tiempo más. Los tres países han sufrido con intensidad los embates de la pandemia: Hasta el sábado pasado (todos datos de la Johns Hopkins University), Bolivia alcanzó una morbilidad x 100.000 habitantes de 2.420,4, letalidad (mortalidad respecto morbilidad) de 4,4% —la mayor letalidad fue de 6,2% entre el 28 de octubre y el 10 de diciembre y nunca hubo el 10% de algunos discursos fantasiosos— y 107,0% la mortalidad por 100.000 habitantes; Ecuador tenía 2.025,9, 5,0% y 101,5% respectivamente, mientras en Perú llegaban a 5.103,3, 3,3% y 170,1% (ésta la mayor de Sudamérica); comparando los tres países, solo Ecuador tiene menos morbilidad y mortalidad que Bolivia pero con más letalidad, lo que demuestra que en Bolivia, hasta ahora al menos, la pandemia ha sido moderadamente manejada. En vacunación hasta el sábado (Our World In Data), Bolivia estaba en 0,13 por 100 habitantes (2,9% de las dosis a administrar) y Perú 0,04 —Ecuador el día 6/5 reportaba 0,08, igual que Bolivia ese día—, lejos de los campeones sudamericanos: Uruguay (0,93) y Chile (0,90) —Paraguay estaba en el fondo, con menos de 0,01.

Toda esta parafernalia sobre la incidencia del COVID-19 es más penosa cuando estremece cruzarla con las caídas de las economías: Según la CEPAL, en 2020 Bolivia se contrajo 8,0%, Ecuador 9,0% y Perú 12,9% y para 2021 las recuperaciones pronosticadas serán de 5,1% (aún -2,9% respecto de 2019), Ecuador 1,0% (-8,0%) y Perú 9,0% (-3,9%), peor si se le suma la aceleración extraordinaria en el crecimiento de la deuda de cada país, por lo que el FMI considera que el crecimiento del PIB en Latinoamérica retornará a los niveles previos a la pandemia en 2023 —a muy diferentes velocidades— y el PIB per cápita lo hará en 2025. El regreso a niveles de 2019 para estos tres países estará entre fines de 2022 y 2024 (Banco Mundial).

Es el caldo de cultivo de la demagogia populista: el populismo del socialismo 21, remake ya no tan del Foro de São Paulo —sin Brasil de Lula— sino más del Grupo de Puebla —con México de AMLO— en comicios Bolivia (2020) y Perú y Ecuador (ahora) en plena crisis del COVID-19.

En octubre, Bolivia optó mayoritariamente (55,11%) por repetir una maquillada Historia de Éxito —la del pretendido “milagro económico” de 2014-2018, indulgencia totalmente ajena— y por un gobierno asaz moderado que superaría la confrontación de 2019 y las incertidumbres de 2020 —pandemia por medio—; ni una ni otra: la economía va en peor, priman la confrontación y las falaces narrativas. Por contrario, Ecuador fue a balotaje pugnando entre un remake de Correa que no encantó en primera a casi el 68% de votantes y una visión conservadora que, por tercera vez, parecía no aglutinar al electorado: A diferencia de Bolivia, Ecuador decidió frenar el correísmo y Guillermo Lasso gobernará, aunque con una Asamblea con mayoría relativa correísta.

Las elecciones en Perú se dan en el descrédito de la clase política —cuatro presidentes en tres años; cinco de los ocho presidentes tras el fujimorismo juzgados por corrupción, uno de ellos suicidado—, la segunda mayor contracción en la región y un mal manejo de la pandemia. Siendo el único de los tres países donde nunca gobernó el socialismo 21, un denunciado afín al ultramaoísta Sendero Luminoso —Pedro Castillo— puntea (16%) a medio escrutinio.

Acá, variando por departamento entre el 36 y el 64% escrutado, el MAS pierde en las cuatro gobernaciones y, hasta ahora, quedaría solo con las tres ya ganadas.

Esperemos resultados. Y consecuencias.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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