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sábado 31 jul 2021 | Actualizado a 12:42

La raíz de los males de Washington

Los miembros del Congreso pasan tres de cada cinco días de trabajo recaudando dinero

/ 11 de agosto de 2013 / 04:56

El libro político más candente del verano, Este pueblo, de Mark Leibovich, se lee en Washington tanto con vergüenza como con deleite. Es una ilustración vívida y detallada de la élite que gobierna el país, llena de cuentos de despiadadas creaciones de redes, amistades falsas y medios de comunicación sensacionalistas. Pero debajo de las jugosas anécdotas hay un mensaje deprimente sobre corrupción y disfunción.

Si está tratando de entender por qué Washington funciona tan mal para el resto del país, el libro dice que funciona muy bien para sus ciudadanos más importantes: los grupos de presión. El Gobierno permanente de Estados Unidos ya no está definido por un partido, sino por una profesión cómodamente acampada alrededor de las arcas federales. El resultado es que Washington se ha convertido en la ciudad más rica del país, y su posición relativa en realidad ha mejorado en los últimos cinco años, durante la peor recesión en 75 años. El país podría estar luchando, pero K Street no lo está.

Leibovich describe una ciudad en la que el dinero le ha ganado al poder como la moneda final. Hoy día, los grupos de presión tienen las claves acerca de lo que todos en el Gobierno —senadores o miembros del personal— están buscando secretamente: una fuente de ingresos después de su paso por al aparato gubernamental. Luego cita un informe de la revista Atlántica que dice que en 1974, sólo el 3% de los miembros salientes del Congreso se convirtieron en grupos de presión, mientras que en la actualidad, esa cifra asciende al 42% para los miembros de la Cámara y 50% para los senadores.

El resultado es una mala legislación. Miremos cualquier proyecto de ley de la actualidad: son documentos gigantescos llenos de despilfarros. La ley que creó la Reserva Federal en 1913 contenía sólo 31 páginas. La legislación Glass-Steagall de 1933 que regulaba el sector bancario tenía 37 páginas. La versión actual de esta norma, la Ley Dodd-Frank de 2010, posee 849 páginas, con miles de páginas de reglas adicionales. La Ley de Asistencia Asequible contiene más de 2.000 páginas. Los proyectos de ley son cada vez más vastos, porque contienen disposiciones, excepciones y exenciones introducidas por la propia industria a la que están destinadas,  un proceso que los académicos llaman “captura del regulador”.

A mediados de los 50, había 5.000 grupos de presión registrados en Washington. En la actualidad, hay 12.000  oficiales, y bastantes más informales, ya que miles de personas se han reclasificado como “consultores” y “asesores estratégicos”. El dinero que gastan (tanto como $us 3,5 mil millones  anualmente en los últimos años) suena importante, pero es trivial en comparación con lo que ellos son capaces de desviar del presupuesto del Gobierno: $us 3,5 millón de millones. El error que comete Leibovich en la narración de los relatos de Washington es dar a entender que los ciudadanos de la capital  de hoy en día son especialmente codiciosos o corruptos. Dudo que difieran mucho a las anteriores generaciones de agentes del poder. Pero el sistema en el que operan ha cambiado, y se han creado mayores incentivos para la corrupción.

Consideremos un solo factor (hay muchos): el rol del dinero, que se ha expandido dramáticamente en las últimas cuatro décadas. Lawrence Lessig, de Harvard, ha señalado que los miembros del Congreso pasan tres de cada cinco días de trabajo recaudando dinero. También votan considerando con extrema atención los intereses de sus donantes. Lessig cita estudios que demuestran que los donantes reciben grandes beneficios por su campaña; a veces con rendimientos de su “inversión” que harían que una empresa de capital de riesgo estuviera orgullosa. Sería una locura que la empresa no realizara esas inversiones.

En comparación con otras democracias, Estados Unidos se convirtió no sólo en un caso atípico, sino prácticamente en otro planeta. El costo total de las elecciones nacionales de 2010 en Gran Bretaña (la madre del gobierno parlamentario) fue de $us 86 millones. El costo de las elecciones de 2012 de Estados Unidos se ha estimado en cerca de 75 veces mayor que esa cantidad, es decir, en $us 6,3 mil millones. Sacar dinero de la política es un desafío gigantesco. Quizás, lo mejor que se puede esperar en su lugar sería limitar aquello que el Congreso pueda vender. En otras palabras, promulgar una reforma en profundidad del código tributario, quitando las miles de exenciones especiales, créditos y deducciones que son una corrupción institucionalizada y legalizada.

El aspecto más deprimente del libro de Leibovich es lo absolutamente rutinario en que se ha convertido todo el tráfico de influencias. En 1988, Ramsay MacMullen, un distinguido historiador de Yale, publicó un libro sobre Roma en el que en una de las cuestiones centrales de su campo cuestionó: ¿Por qué el imperio más grande en la historia mundial cayó en el siglo V? La raíz del problema, explicó, era la corrupción política que se había convertido en sistémica a finales del imperio romano. Lo que antes era inmoral pasó a ser aceptado como práctica habitual, y lo que antes era ilegal fue celebrado como la nueva normalidad. Muchas décadas después, un historiador buscando averiguar dónde Estados Unidos perdió su rumbo, podría utilizar Este pueblo como fuente primaria.

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Disminución de las empresas emergentes

/ 3 de junio de 2016 / 02:36

De acuerdo con la red social AngelList, Silicon Valley posee más de 23.000 compañías emergentes. Y efectivamente así lo parece cuando uno visita Palo Alto (California). Pero resulta ser que este lugar es la excepción de una tendencia preocupante. Está bien documentado que la actividad emergente ha ido ralentizándose en Estados Unidos por cerca de tres décadas, y que ha disminuido bruscamente en los últimos 10 años. Incluso mientras la cultura estadounidense ha convertido a emprendedores en estrellas de rock, la economía está produciendo menos y menos cantidad de ellos.

Las empresas emergentes han sido centrales para la salud económica de EEUU. Un estudio publicado en diciembre por la Oficina Nacional de Investigación Económica señala que, durante las décadas del 80 y 90, cuando la actividad emprendedora era alta, las nuevas empresas jugaron un rol excesivo al potenciar la innovación, la productividad y la creación de empleos.

Hay varias maneras diferentes de medir el crecimiento y el éxito de las empresas emergentes. Sin embargo, todas apuntan a una conclusión similar. La fundación Kauffman informa que el porcentaje de adultos que son dueños de una empresa ha ido en declive desde la década de los 90, cuando la fundación comenzó por primera vez a rastrear ese número. En la Institución Brookings, Ian Hathaway y Robert Litan encontraron que la tasa de compañías emergentes (el número de nuevas empresas como porcentaje de todas las firmas) se ha reducido casi a la mitad desde 1978.

¿Por qué sucede esto? Nadie está exactamente seguro. Algunos culpan con rapidez al Gobierno. Hay algo en cuanto a esta crítica. No obstante, la historia es complicada. Si los impuestos altos desalientan a los aspirantes a emprendedores, entonces ¿cómo se explicaría la irrupción de las compañías emergentes en los 70 y principios de los 80, cuando los tipos impositivos eran altísimos? En ese periodo, Estados Unidos albergaba industrias altamente reguladas, estanflación económica, confusión social y política, y ansiedades geopolíticas. Sin embargo, produjo Silicon Valley. Incluso ahora el estado de California se encuentra entre los más altos del país en términos de impuestos y regulación. No obstante, es también el hogar de una de las actividades emprendedoras más vibrantes del mundo, en sectores tan diversos como la alta tecnología, el entretenimiento y la energía.

Empero, ciertamente el incremento de las regulaciones entorpece la actividad empresarial. La revista The Economist argumenta que la economía estadounidense se ha desarrollado menos competitivamente en los últimos 20 años. Luego de una ola de desregulación en los 80, la burocracia ha proliferado, los requisitos de autorización se han expandido y los costos legales han aumentado drásticamente. Firmas grandes y afianzadas, que cuentan con abogados y cabilderos, son capaces de pilotar este panorama regulador mejor que los nuevos. “El juego puede de veras ser manipulado”, concluye. El informe de Brookings muestra que empresas establecidas, con 16 años o más de operación, han obtenido proporciones considerables del mercado y de los trabajadores. Los autores notan que “ser titular se ha convertido en algo cada vez más ventajoso, particularmente uno arraigado, y ser un nuevo operador, menos ventajoso”.

Sin embargo, un factor menos observado que podría ser crucial es generacional. Los baby boomers (personas que nacieron en países anglosajones entre los 40 y finales de los 50) han demostrado ser grandes emprendedores, han puesto en marcha empresas cuando eran jóvenes y las mantuvieron mientras envejecían. Las generaciones posteriores son mucho menos propensas a fundar sus propias firmas. Leigh Buchanan, citando información de Kauffman, explicó que el porcentaje de compañías emergentes impulsadas por personas en sus 20 y 30 años cayó desde un 35% en 1996 hasta un 18% en 2014. Mientras tanto, el porcentaje de las empresas fundadas por personas en sus 50 y 60 años ha aumentado en la última década.

Hoy en día, los jóvenes se visten como los emprendedores de Silicon Valley, consumen tecnología vorazmente y hablan acerca de las tecnologías disruptivas; pero en realidad desean trabajar en Goldman Sachs, McKinsey y Google. Son serios, inteligentes, expertos y reacios al riesgo. ¿Acaso esta prudencia es fruto de años de ingresos estancados, de la crisis financiera y de una economía deprimida? Tal vez, pero pienso que hay algo más amplio en el trabajo.

Los baby boomers fueron moldeados en la década de los 60 y por su contracultura. Les dijeron que debían “sintonizar” con sus pasiones y salirse del viejo establecimiento. Eran rebeldes respecto a todo: la política, la autoridad parental, la moralidad pasada de moda y las grandes instituciones. Sus buenas disposiciones para arremeter por cuenta propia no fueron actitudes para obtener fondos de capital de riesgo. Fue una expresión de sus pasiones.
De ese mundo bohemio surgió la cultura de empresas emergentes informal que ahora se ha tornado tradicional. Steve Jobs explicó una vez que utilizar LSD fue una de las dos o tres cosas más importantes que hizo. Al describir sus influencias intelectuales, señaló a la “biblia” Beatnik como el catálogo del mundo entero. Su fundador, Stewart Brand, argumentó en un ensayo que debemos a los hippies la revolución sin líder, individualista y descentralizada de las computadoras personales y del internet.

Ciertamente el ataque de la contracultura contra el establecimiento y los valores tradicionales provocó enormes disturbios políticos y sociales. Hubo un deterioro de la ley y el orden, de la confianza en el gobierno, de la estructura familiar y del respeto a la autoridad. Entonces, la pregunta es: ¿podemos obtener una alteración, pero de un tipo que no sea tan perjudicial?
 

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La transición retenida de China

Con el tiempo, los países que crecen económicamente tienden a ser más democráticos

/ 16 de noviembre de 2014 / 05:25

En 2006, el erudito chino-americano Minxin Pei publicó un libro titulado China’s Trapped Transition (La transición retenida de China). En este texto invocó a la mayor ley establecida en las ciencias políticas, esto es, que con el tiempo, los países que crecen económicamente tienden a ser más democráticos (los Estados ricos en petróleo son la excepción). Pei señaló que China alcanzó décadas de crecimiento y, sin embargo, prácticamente no vio movimientos de apertura. En conversaciones privadas y públicas en torno a la publicación de su libro, predijo que los problemas comenzarían a aparecer dentro de seis o siete años, en otras palabras, ahora mismo. Entonces, le pregunté si lo que estamos presenciando en Hong Kong es una grave crisis.

Pei aprendió algunas lecciones acerca de las protestas. Durante el levantamiento en la plaza de Tiananmen él era un joven estudiante graduado de China. Juntó dinero y expresó su apoyo hacia las protestas en su hogar. Pero, dice: “me di cuenta de que las protestas de los estudiantes son difíciles de sostener.

El liderazgo tiende a dividirse y el apoyo público disminuye. Luego de haber utilizado una fuerza excesiva, las autoridades de Hong Kong parecen haber adoptado una estrategia de esperar y permitir que las protestas se disipen”. Sin embargo, la confusión presente en Hong Kong tiene grandes repercusiones para China.

La razón histórica de por qué China debería inclinarse hacia una mayor democracia es clara. Los expertos sostienen que hay una “zona de transición” para los países autoritarios, y esto sucede cuando el PIB per cápita PBI, en términos de poder adquisitivo, se sitúa entre $us 5.000 y  10.000. China se encuentra en la gama alta, con un PIB per cápita aproximado de $us 10.000. Dado el nivel económico, social y el desarrollo educacional en China, es extremadamente inusual que este país prácticamente no haya experimentado ningún movimiento hacia la reforma política.

Pei alega que esta anomalía en China tal vez pueda explicarse si se tiene en cuenta que las élites gobernantes han permanecido unidas, seguras y feroces respecto a su determinación de mantener un sistema monopartidista. Tal como lo hicieron en Corea del Sur, Indonesia y, por supuesto, en la Unión Soviética de Mikhail Gorbachev, luego de la muerte de Chiang Ching-Kuo, las élites se separaron en Taiwán. Esta separación entre un ala reformista y un ala extremista no ha tenido lugar en China.

Hay otra analogía respecto al caso soviético. La presión de una reforma en Rusia en 1980 fue real, pero limitada. Fue dominante en Polonia y en Checoslovaquia, los países más desarrollados económicamente bajo la influencia soviética. Y esto impuso una presión en el sistema entero y en Moscú. Hong Kong se asemeja a Europa del Este, un puesto avanzado rico, pero no libre del imperio.

Pei advierte que es improbable que los eventos en Hong Kong se extiendan hacia el continente. “El sistema de control, apoyo y vigilancia en el continente es demasiado fuerte”, dice. Yo agregaría que además hay un apoyo considerable en favor del statu quo en China, cuyo Gobierno ha cuadruplicado los ingresos de una persona promedio en las últimas dos décadas. Sin embargo asegura que el Partido Comunista podría desarrollar desavenencias en torno a cómo encarar las protestas y cómo asegurar que éstas no ocurran en el continente. Si el Partido Comunista tiene la intención de continuar con el camino de no realizar reformas, deberá prepararse para un programa de represión mucho más sistemático. “Y la situación se volverá más tensa dentro del partido si el crecimiento económico comienza a ralentizarse”, agrega Pei.

El partido ya se encuentra en medio de algún conflicto interno. La purga del antiguo dirigente principal Bo Xilai podría ser la precursora de otras desavenencias. El presidente Xi JinPing parece todopoderoso y claramente está tratando de limpiar el partido y su imagen en su hogar. Sin embargo, su campaña anticorrupción está inevitablemente derribando figuras poderosas, creando miedos y tensiones y oponiendo facciones.

La solución para China es obvia: una reforma política. Esto ha sido considerado y defendido por varios líderes principales dentro del partido, desde Li Rui, Zhao Ziyang hasta, más recientemente, Wen Jiabao. En dos entrevistas que le hice a Wen, “premier” de China desde 2002 hasta 2012, (la más reciente fue cuatro años atrás) insistió en que la reforma política debía seguir a la reforma económica. Dado que la reforma amenaza el monopolio del poder del partido, esto nunca sucedió.

China no se convertirá en una democracia liberal al estilo occidental. Pero debería considerar el ejemplo de Singapur, una ciudad-Estado con un sistema monopartidista fuerte, pero también con partidos opositores legales, elecciones libres razonables y tribunales realmente independientes. En su famosa visita a Singapur en noviembre de 1978, el líder chino Deng Xiaoping aprendió acerca del sistema económico de este territorio, antes de comenzar las reformas en su país. El presidente Xi Jinping obtendría grandes beneficios si pronto realizase un viaje similar a dicha isla.
 

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El ascenso del putinismo

/ 31 de agosto de 2014 / 04:40

Cuando finalizó la Guerra Fría, Hungría ocupaba un lugar especial en la historia de las revoluciones de 1989. Fue el primer país de la órbita soviética en abandonar al comunismo y adoptar una democracia liberal. Hoy en día también puede ser considerada un referente, ya que es el primer país europeo en censurar y distanciarse de la democracia liberal. Ha adoptado un nuevo sistema y conjunto de valores, que en gran parte se asemejan a la Rusia de Vladímir Putin, aunque también están encontrando eco en otros países.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, explicó en un importante discurso recientemente que su país está resuelto a crear un nuevo modelo político: una democracia no liberal. Esto captó mi atención, ya que en 1997 escribí un ensayo basado en asuntos exteriores utilizando el mismo término para describir una tendencia peligrosa. Los gobiernos democráticos de corte populista generalmente utilizaban sus mandatos para reducir los derechos individuales, la separación de los poderes y el Estado de derecho. Sin embargo, nunca me imaginé que un líder nacional, mucho menos europeo, utilizaría este término como una insignia de honor.

“Actualmente, el asunto más popular a resolver es intentar comprender cómo sistemas que no son occidentales, ni liberales, ni democracias liberales e incluso tal vez ni siquiera son democracias, pueden de todas formas ser naciones exitosas”, dijo Orban. En su opinión, el mundo cambió drásticamente en 2008, con lo que él llama “el gran colapso financiero occidental”. Él fundamenta que, desde ese entonces, el poder norteamericano ha estado en declive, y los valores liberales en el presente encarnan “la corrupción, el sexo y la violencia”. Europa occidental se ha convertido en una tierra de parásitos en las espaldas de los sistemas de bienestar social.” Añade que los modelos a seguir en el futuro de la democracia no liberal son Rusia, Turquía, China, Singapur e India.

Dejando a un lado su extraña lista (¿India?), las actitudes de Orban en los últimos años demuestran que su propio modelo ha sido la Rusia bajo el mandato de Putin. Orban ha promulgado e implementado en Hungría una versión que podría ser mejor descrita como “putinismo”. Para comprenderla debemos ir atrás en el tiempo, a su fundador.

Cuando ascendió al poder por primera vez en 2000, Putin parecía una autoridad ruda, inteligente y competente; alguien resuelto a obtener la estabilidad en Rusia, la cual tambaleaba debido al caos interno, al estancamiento económico y a la quiebra de 1998. Buscó integrar a Rusia al mundo y deseaba lograr buenas relaciones con Occidente. Por esto solicitó a Washington una membresía rusa en la Organización Mundial del Comercio (OMC) e incluso en la OTAN. Su administración contaba con tecnócratas liberales occidentales, ampliamente familiarizados con el mercado libre y la apertura comercial.

Con el tiempo Putin logró ordenar y estabilizar el país, mientras presidía una economía creciente, gracias al incremento de los precios del petróleo, que se cuadruplicaron bajo sus propios ojos. Comenzó creando un sistema represivo y de control político, económico y social para mantener su poder. Al enfrentar la oposición, particularmente en las elecciones parlamentarias de 2011, Putin notó que necesitaba algo más que fuerza bruta para derrotar a sus oponentes, necesitaba una ideología del poder; por lo tanto, empezó a articularla en sus discursos, promulgando leyes y sacando provecho de su cargo para expresar su adhesión a un conjunto de valores.

Los elementos cruciales del putinismo son el nacionalismo, la religión, el conservadurismo social, el capitalismo de Estado y la dominación del gobierno de los medios de comunicación. Todos ellos, en alguna u otra manera, son diferentes y hostiles a los valores occidentales modernos, tales como los derechos individuales, la tolerancia, el cosmopolitanismo y el internacionalismo. Sería erróneo creer que estas medidas originaron su admiración, pues ya era reconocido con anterioridad. Sin embargo, estos aspectos sostienen su popularidad.

Orban ha seguido las huellas de Putin al reducir la independencia judicial, limitar los derechos individuales, hablar en términos nacionalistas acerca de la etnia húngara y amordazar a la prensa. Los métodos de control son, a menudo, más sofisticados que la censura tradicional. Recientemente, Hungría anunció un impuesto del 40% de los ingresos a la única red de televisión independiente fundamental del país, lo cual podría causar su quiebra.
Si echamos un vistazo en el mundo, encontraremos otras figuras que han adoptado los elementos centrales del putinismo. Recep Tayyip Erdogan, primer ministro de Turquía, se ha desviado de su agenda reformista y actualmente adopta una política más conservadora socialmente, islamista y altamente nacionalista. También ha puesto en práctica inteligentes trucos para acobardar a los medios de comunicación, para que caigan en su sumisión. Varios líderes de Europa de extrema derecha, tales como Marine Le Pen de Francia, Geert Wilders de los Países Bajos e incluso Nigel Farage de Gran Bretaña, admiran abiertamente a Putin y a su ideología.

El triunfo del putinismo dependerá en gran medida del éxito de Putin y de Rusia bajo su liderazgo. Si obtiene el triunfo en Ucrania, convirtiéndolo en un caso perdido que eventualmente terminará dependiendo de Moscú, será visto como un campeón. Si, por el contrario, Ucrania triunfa por fuera de la órbita de Rusia, Putin se encontrará a sí mismo presidiendo un petro-Estado siberiano aislado globalmente.  

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Por qué en EEUU detestan a su gobierno

El desgaste de la confianza de los estadounidenses hacia su gobierno es un grave problema para EEUU

/ 29 de diciembre de 2013 / 04:00

Washington está teniendo uno de sus tantos debates acerca de si el despliegue de HealthCare.gov de la administración Obama es peor que la respuesta del gobierno de Bush ante el huracán Katrina. Pero sea cual sea la respuesta, si la hay, la verdadera historia es que ambos son ejemplos de una mayor y deprimente tendencia: la disminución de la competencia del Gobierno Federal. El expresidente de la Reserva Federal Paul Volcker ha estado llamando la atención durante años, señalando que la mayoría de los estadounidenses creen que su gobierno ya no puede actuar con eficacia y que este desgaste de la competencia, así como de confianza, es un grave problema para el país.

Paul Light, un erudito que ha estudiado el problema ampliamente en su libro Un gobierno mal ejecutado, escribió que “el servicio federal está sufriendo su peor crisis desde su fundación en los primeros momentos de la república”. Durante la última década, se le han asignado al Gobierno Federal varios retos importantes: Irak, Afganistán, un nuevo sistema de seguridad nacional, Katrina, y el Obamacare. En casi todos los casos su desempeño ha estado invadido de una mala gestión, sobrecostos enormes, retrasos y malos resultados. Pero no siempre fue así. En las décadas de 1940, 1950 y 1960, las agencias federales eran a menudo pobres, estaban bien dirigidas, y eran sorprendentemente eficaces. Paul Hoffman, el administrador del Plan Marshall, solía indicar que su proyecto —de un alcance y tamaño monumental— vino a tiempo y dentro del presupuesto establecido.

Algunas agencias federales todavía mantienen una cultura de alto rendimiento: por ejemplo la NASA y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades del Sistema de la Reserva Federal y la sección de investigación del Departamento de Defensa (Darpa). Pero ahora son islas dentro de un mar más amplio de mediocridad.

¿Por qué ha sucedido esto? Parte de ello se debe, probablemente, a un asunto cultural e histórico. Los estadounidenses siempre han sido sospechosos respecto del Gobierno. Los talentosos jóvenes estadounidenses no sueñan con convertirse en grandes burócratas. Puede que el Nuevo Trato y la Segunda Guerra Mundial hayan cambiado eso por un tiempo, pero en los últimos 30 años, las actitudes en contra del Gobierno han aumentado considerablemente. Dos comisiones nacionales de servicio público han manifestado los peligros acerca de la poca cantidad de personas talentosas que entra en la administración federal. Los obstáculos son cada vez mayores —formularios de declaración, las preocupaciones sobre conflictos de interés, las investigaciones políticas— y disuaden o noquean a los buenos candidatos.

El problema es bipartidista. En la derecha hay muchas personas que creen que su papel en Washington no es más que atacar, denigrar y cortar los fondos del Gobierno. Este ataque implacable deteriora la confianza del público y priva a las agencias federales de todo sentido respecto de su misión y ambición. Los continuos recortes presupuestarios han limitado su capacidad para asumir nuevos retos. Hoy día no hay ningún intento de pensamiento ni planificación ambiciosa, ya sea en el espacio o en infraestructuras. Al parecer, todas las agencias están en el modo de controlar los costos (reducción y daño). Los persistentes ataques políticos —ya sea a través del bloqueo de la confirmación de cientos de funcionarios o de la investigación de los mismos a cada paso— han contribuido a crear un clima de cautela y de aversión al riesgo.

Por el contrario, en la izquierda, los programas políticos y las listas de deseos han superado centrándose en la excelencia. El Gobierno Federal se ha convertido en un vertedero de todo tipo de objetivos, desde las necesidades de personal, a las normas de contratación y las estructuras organizativas. El auge de los sindicatos del sector público ha contribuido a que la fuerza laboral sea menos flexible y sensible. Francis Fukuyama, un investigador de Stanford, señala que la mitad de los nuevos participantes en la burocracia federal han sido veteranos, muchos de ellos discapacitados. Es admirable que el Estado quiera ayudar a los veteranos y debe buscar formas de ampliar las oportunidades para ellos, pero ahora el Gobierno Federal opera con tantos requisitos, políticas de tenencia, reglas de trabajo y mandatos, que el mérito y la calidad inevitablemente se ven rebajados.

Paul Light ha descrito cómo, cuando el Congreso transfiere sus mandatos, generalmente nuevos niveles de administración se crean para hacerlos cumplir. En un estudio de puestos de trabajo “de primera línea” del Gobierno —como los agentes de rentas, los controladores aéreos y los guarda parques— que interesan en gran medida a la opinión pública, Light encontró que los empleados tenían que informar a través de nueve niveles de gestión oficialmente y 16 capas de gestión de manera informal (como jefes de Estado Mayor y subsecretarios asociados). El resultado es que, mediante el cálculo de Light, el empleado federal promedio recibe ahora la política y el asesoramiento presupuestario a través de aproximadamente 60 capas de tomadores de decisiones.

Por qué no poner en marcha un esfuerzo bipartidista para una racionalización completa del Gobierno Federal? La atención debe centrarse en la mejora de la estructura administrativa, la creación de formas más fáciles para que las personas con talento puedan participar en el Gobierno, y proporcionar los incentivos adecuados para que las burocracias puedan trabajar con eficacia y eficiencia.

Hay quienes se preocupan de que si el Gobierno trabaja muy bien, vamos a querer más de lo mismo, simplemente quieren matar de hambre a la bestia. Pero gran parte de lo que el Ejecutivo está haciendo mal no puede ser tercerizado, privatizado o abolido. La seguridad nacional, después de todo, es la provincia central del Gobierno Federal. Si se agrega a todos los contratistas privados que están haciendo trabajos gubernamentales, en la actualidad hay unos 15 millones de personas que ejecutan las leyes, mandatos y funciones del Gobierno Federal. Tal vez ese número se pueda recortar. Pero sin duda la tarea más urgente e importante es asegurarse de que esas personas estén trabajando tan eficaz y eficientemente como sea posible.

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¿Acuerdo entre Rouhani y Obama?

No está claro si Irán y EEUU, cada uno por su lado, pueden decir que sí a un acuerdo nuclear

/ 20 de octubre de 2013 / 04:21

Hassan Rouhani se muestra a sí mismo en fuerte contraste con su predecesor.  Durante los últimos años, el presidente de Irán ha realizado un desayuno de trabajo con un pequeño grupo de periodistas durante la inauguración de la Asamblea General de la ONU.  En los últimos años, el evento se había convertido en una deprimente rutina. Mahmoud Ahmadinejad —vestido con su característico traje raído— hablaría sin ningún propósito sobre los peligros de la hegemonía de EEUU, negaría el holocausto y se burlaría de sus invitados (al final de su mandato, se produjo un cambio, sus trajes eran más lindos).

Rouhani, por el contrario, llegó puntual, elegantemente vestido con túnicas clericales, y habló de forma inteligente y precisa sobre cada tema tratado. Su única perorata era contra la “Iranofobia”; imploró a los medios de comunicación que visiten Irán y muestren al mundo la verdadera imagen de su país.

“El tema nuclear se puede resolver en muy poco tiempo”, dijo Rouhani, mostrando un sorprendente grado de optimismo respecto a un tema que ha demostrado ser extremadamente difícil. “El mundo quiere tener la seguridad de que nuestro programa es pacífico, y queremos ayudarles a obtener esa confianza”. La reunión era confidencial, pero permitió que algunas de sus respuestas se hicieran públicas. Las sanciones económicas contra Irán han cobrado un alto precio. Rouhani habló con gran ímpetu sobre el daño causado a los iraníes al negarles alimentos y medicinas. Explicó que tanto EEUU como Irán hicieron cálculos erróneos, pero aclaró que eso fue en el pasado. Tiene la esperanza de que en el futuro las relaciones sean mejores.

Salí dispuesto a creer que Rouhani es un pragmático (“moderado” es un término engañoso para el jefe de un régimen cuasi teocrático). Quiere acabar con el aislamiento de su país.  Pero no queda claro si tiene la autoridad para actuar en nombre de su gobierno. Consideremos lo que sucedió semanas atrás, cuando los iraníes rechazaron una oferta de la Casa Blanca para tener un breve encuentro con el presidente Obama. Rouhani explicó que “en principio” no tenía ningún problema con el apretón de manos, pero dijo que se trataba de un “tema delicado” y que habría sido la primera reunión en 35 años, por lo que los pasos tienen que ser tomados con la debida preparación. Uno tiene que preguntarse: si Rouhani no tiene la libertad para estrechar la mano de Obama, ¿tendrá la libertad para negociar un acuerdo nuclear?

El gobierno de Teherán tiene otra cara, compuesta por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, la fuerza especial cuya influencia política ha crecido en la última década. Estas personas son agresivas cuando se trata de cuestiones de política exterior.  Ellos también se benefician de las sanciones, debido a que sus negocios se han convertido en la única vía para el comercio y el contrabando.  Quizás la noticia más alentadora de Irán en los últimos meses fue que su líder supremo, Ali Jamenei, se dirigió públicamente a la Guardia Nacional y dijo que su rol debe desarrollarse en la defensa nacional, y no en “política”.

Las dudas de EEUU sobre el poder de Rouhani sólo pueden abordarse con el tiempo y a través de las acciones iraníes. Pero los iraníes probablemente también tengan dudas sobre el poder de Obama. Después de todo, el nuevo presidente de Irán parece dispuesto a cooperar en el tema nuclear a cambio de una suavización de las sanciones que paralizan su país.  Pero, ¿puede Obama proporcionar tal suavización? Irán tiene docenas de capas de sanciones dispuestas en su contra. Algunas son resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, mientras que otras son decisiones de la Unión Europea, actos del Congreso y órdenes ejecutivas del presidente de EEUU. Obama puede levantar unilateralmente sólo las últimas sanciones, que son las menos onerosas. Las sanciones aprobadas por leyes del Congreso son las más onerosas por lejos, y serán las más difíciles de levantar.

En teoría, es posible diseñar un proceso racional que requiera acciones concretas de Irán, supervisiones verificables por los inspectores y luego una flexibilización recíproca de sanciones por parte de EEUU. Pero eso requeriría que el Congreso se comporte de manera racional; lo que en la actualidad es una fantasía. El escenario más probable es que cualquier acuerdo con Irán (casi con independencia de su contenido) al instante sea denunciado por los republicanos como una traición. Marco Rubio, republicano de Florida, ya se ha reunido con otros diez senadores que insisten en que, a menos que Irán desmantele la mayor parte de su programa nuclear civil y se convierta en una democracia liberal, ninguna de las sanciones se podrá suavizar.

La administración de Obama está consciente de la otra parte del Gobierno estadounidense. Mucha de la retórica machista que emana de la administración respecto de Irán parecía ser diseñada para inocularlos de la acusación de ser suaves. La realidad es que no está claro si Irán y EEUU, cada uno por su lado, pueden decir que sí a un acuerdo nuclear. Probablemente Rouhani y Obama se estén mirando a sí mismos y estén pensando lo mismo uno respecto del otro: ¿puede cumplir?

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