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viernes 24 sep 2021 | Actualizado a 08:35

El año en que nos volvimos malos

La crisis económica no solo ha obligado a recortar los gastos. También se han recortado los valores

/ 31 de diciembre de 2013 / 04:01

Según el cliché, Francia es democrática, igualitaria y fraternal, en cambio Estados Unidos es capitalista e inhumano. Pero afrontémoslo: en EEUU gobierna un negro, mientras Francia expulsa gitanos de su territorio.

A finales del año pasado estuve en EEUU, donde el presidente Obama acababa de ser reelecto. El 70% de los hispanos, una cifra decisiva, había votado por el partido Demócrata. Los medios de prensa resaltaban sin parar la creciente importancia de la comunidad latina en las decisiones nacionales. En CNN, un portavoz republicano reconocía que su partido seguiría perdiendo elecciones si no cambiaba su agenda antiinmigración.

Un año después, en Europa, la situación es exactamente la contraria, 2013 ha sido el año en que la Policía francesa detuvo una excursión escolar y arrestó frente a sus compañeros a Leonarda Dibrani, una gitana de 15 años, para expulsarla del país junto a su familia. El año en que 366 inmigrantes africanos murieron en un barco tratando de llegar a Italia porque la ley prohibía socorrerlos. El año en que España cubrió con cuchillas sus muros fronterizos de África. El año en que el Parlamento griego tuvo que retirarle la inmunidad a seis diputados neonazis para que respondiesen por cargos criminales. El año en que ultras como el holandés Geert Wilders y la francesa Marine Le Pen se dispararon en las encuestas y se unieron en el Parlamento Europeo. La fobia contra los extranjeros ha acabado con la tradicional Europa solidaria. El año pasado, la Unión apenas aceptó a 4.930 refugiados, mientras el “imperio americano” acogió a 50.000. Y es que la crisis económica no solo ha obligado a recortar los gastos. También se han recortado los valores.

Si un Estado ya no puede costear los servicios a la población, solo hay dos salidas: reducir al Estado o reducir la población. La Comunidad Europea ha optado por la primera, la liberal: recortar servicios. Los ultras proponen la segunda: recortar gente. “¿No hay plaza para tu hijo en la guardería pública? Expulsa a tu vecino asiático y él te dejará la suya”. Como receta económica, esta idea es pésima. La población europea vive mucho tiempo, pero la natalidad es muy baja, de modo que cada vez hay más gente viviendo del Estado y menos aportando impuestos. Sin un plus de población formando familias y trabajando, Europa no tendrá más plazas en las guarderías, sino menos. Y menos hospitales. Y menos pensiones. Pero aunque falsa, la tesis de la extrema derecha seduce votantes en el Viejo Continente porque conserva un concepto esencial de la cultura europea: el Estado social.

Miremos la Historia: la Revolución Francesa pretendía incorporar a nuevos sectores sociales en el Estado. En cambio, la independencia americana surgió de una protesta para no pagar impuestos. Lo mismo ocurre hoy día. Para Marine Le Pen, el Estado debe mantenerse. El problema es que la sociedad se ha vuelto demasiado heterogénea. Los estadounidenses, por el contrario, se consideran a sí mismos una nación heterogénea, forjada por inmigrantes, y con alergia al Estado.

Otro cliché se ha quedado obsoleto: la idea de que el derechista extremo es un supremacista ario rico y racista. Lo cierto es que los votos de los neofascistas europeos no están saliendo de sus primos del centro-derecha, sino de la izquierda, y con frecuencia, de los barrios obreros. Ante la crisis económica, los partidos de izquierda del continente han aplicado las recetas económicas liberales, y sus votantes los han castigado votando a los únicos que prometen mantener el Estado protector. Los neofascistas están construyendo su palacio sobre las ruinas del socialismo.

Sería maravilloso encontrar una izquierda que defendiese los valores europeos y garantizase la prosperidad económica. Sería hermoso seguir siendo ricos y buenos. La mala noticia es que los Gobiernos que persiguen gitanos en Francia y dejan morir africanos en Lampedusa… son de izquierda.

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Mentir con estilo

Para mentir no hacen falta palabras. Puedes esconder la realidad detrás del maquillaje

/ 4 de diciembre de 2016 / 04:13

Marine Le Pen se pone mona. Para las próximas elecciones, la líder de la ultraderecha francesa ha renovado su fondo de armario simbólico: las esvásticas y los botines militares están out. Ahora lo que se lleva es un amable rosa azul, nuevo logo del Frente Nacional. Nada de retratos de Petain o Mussolini. En las paredes de la nueva sede del partido cuelgan fotos de Einstein, lenguas de los Rolling Stones y hasta un grafiti de Banksy supercuqui.

Para mentir no hacen falta palabras. Puedes esconder la realidad detrás del maquillaje o de una ropa bien escogida. Ni siquiera hace falta ser famoso. Mentir con estilo está al alcance de cualquiera: te pones un sujetador push up y ya no eres real. Te anudas una corbata para pedir un préstamo en el banco y estás faltando a la verdad. Te pones un reloj Swatch con la cara del Che Guevara y explota el polígrafo.

El más preocupado con todo esto es el creador de Facebook, Mark Zuckerberg. Durante la campaña de Donald Trump su red social sirvió como plataforma de millones de noticias falsas: “Obama fundó el ISIS”. “El Papa pide el voto para Trump”. “El cambio climático es un invento de los chinos para perjudicar a Estados Unidos”. A fuerza de repetirlas millones de veces en Facebook, las mentiras se fueron convirtiendo en verdades.

Ante las críticas, Zuckerberg ha anunciado medidas para comprobar la veracidad de la información en la red. Por lo pronto, para verificar la campaña de Le Pen necesitará un equipo de estilistas, peluqueros y decoradores de interiores.

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Muñeca

Hoy las muñecas desarrollan toda una gama de roles, desde ejemplos profesionales hasta de consumo.

/ 23 de julio de 2016 / 04:09

A mi hija de cinco años le han regalado una muñeca gigante. Es más alta que la niña. Lleva un traje a la moda, maquillaje y una pulsera en el tobillo. Su dueña no la ve como una bebé, sino como una amiga madura y experimentada.

— Papi, ¿sabes que cuando sea grande voy a ir a fiestas y beber cerveza? — ¿De dónde has sacado eso, cariño? — Me lo ha explicado mi muñeca, afirma mi hija.

La muñeca gigante se pasa la vida explicándole cosas. Antes, por las noches, frente al televisor, yo me sentaba junto a mi niña. Ahora, la muñeca se interpone entre nosotros, y la niña le cuchichea. A veces, parece que me miran y se ríen entre ellas.

— Papi, ¿sabías que cuando sea grande voy a divorciarme? — Bueno, tienes todavía un tiempo para pensarlo… — Me lo ha dicho la muñeca. Y me quedaré con los bienes de mi marido. Y con los niños.

He tratado de discutir esos extremos, pero, al parecer, la muñeca gigante goza de más credibilidad que yo.

En los viejos tiempos, las muñecas cumplían el papel de hijas de sus dueñas, modelo a escala de la familia tradicional. Hoy, desarrollan toda una gama de roles, desde ejemplos profesionales hasta íconos de consumo o escaparates de la diversidad cultural. Cada muñeca es una mujer en potencia: un futuro posible para sus usuarias y sus familias.

He aceptado el cambio con espíritu abierto y tolerante. Pero de noche, cuando me acerco a besar a mi hija dormida, su muñeca me mira con desprecio. Creo que voy a pedir una orden de alejamiento contra ella.

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Vuelve Diana

Tanta exposición mediática de Pippa Middleton es una bomba de tiempo para la familia real

/ 4 de junio de 2016 / 15:47

Pippa Middleton sacude el fantasma de Lady Di. Hace décadas, aquella chica espontánea y juvenil enamoró a los ingleses y refrescó la imagen de la imagen de la familia real británica. Pero los sueños de Diana —y su bulimia— se estrellaron contra el mármol de Buckingham. La separación de Diana y Carlos tuvo todos los elementos de un best seller: la niña buena en la jaula de oro. El príncipe infiel diciéndole a su amante “quiero ser tu támpax”. La villana integral, la reina Isabel, fría ante la tumba de nuestra trágica heroína. El daño a la Corona resultó irreparable.

Una generación después, Guillermo ha conseguido recuperar el aura de familia feliz que su público reclama: su esposa Kate Middleton es sencilla y discreta. El pequeño George queda muy mono recibiendo a Obama en albornoz. Pero nadie los previno contra la cuñada.

El reguero de titulares de Pippa Middleton han hecho saltar las alarmas: “Pippa viaja a esquiar con sus amigos”. “Pippa iba muy elegante al salir del gimnasio”. “Pippa le dio un beso a un chico en un taxi”. Tanta exposición mediática es una bomba de tiempo para la familia real, que, según el Mail on Sunday, le ha ordenado discreción. La prometedora carrera mediática de Pippa ha terminado.

La monarquía es un cuento de hadas. En tiempos de crisis (y Brexits) promueve el sueño de un país estable, lleno de padres amables y niños sonrientes. En cambio, el reality show es el peor enemigo de los cuentos de hadas, porque al final, en la vida real, siempre somos más bajos, más feos y más mezquinos que en la fantasía. Diana pagó la lección con su vida. Ahora Pippa lo sabe también.

Es escritor peruano, columnista de El País.

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Malos

Hoy los héroes van por la vida amargados, escupiendo y maldiciendo. Ser bueno es cosa del pasado

/ 16 de abril de 2016 / 09:18

Batman ha enloquecido. En su última peli, le da por torturar a los criminales que persigue. A algunos los marca con un hierro candente, como al ganado. Roba armas. Y no contento con ser el más chungo del barrio, ahora quiere cargarse a Superman ¿Se puede ser más malo?

Se puede. Basta con echar un vistazo a Deadpool, que sigue en cartelera. Este superhéroe trabaja como mercenario de bolsillo, pegándoles palizas por dinero a repartidores de pizza y otros canallas domésticos. Se enreda en trifulcas de bar y se enamora de una prostituta. Un encanto, vaya. Y los que faltan. Ahora mismo, se prepara para llegar a salas Suicide Squad, sobre una agencia del Gobierno estadounidense que recluta supervillanos para misiones secretas e inconfesables. Entre las líneas del guion que se han filtrado figura: “Oh, no voy a matarte. Solo voy a hacerte mucho, mucho daño”.

No solo los superhéroes se están pasando al lado oscuro. También los personajes infantiles. La NRA (el mayor lobby de armas de Estados Unidos) ha publicado versiones de los clásicos para niños en que los protagonistas llevan armas de fuego. La abuela de Caperucita se defiende del lobo con una escopeta. Hansel y Gretel van por el bosque armados con sendos fusiles.

Hubo un tiempo en que los héroes —como el Capitán América— defendían los valores positivos de Occidente. América era tierra de oportunidades. Europa, un refugio para perseguidos de dictaduras. Hoy que Donald Trump puede ser presidente en Estados Unidos y la extrema derecha marcha por las calles de Bruselas, los héroes se han desencantado. Van por la vida amargados, escupiendo y maldiciendo. Ser bueno es cosa del pasado.

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Poderosas

/ 20 de marzo de 2016 / 04:00

Cuando era primera dama de Reino Unido, Cherie Blair llevaba ropa negra a todos los viajes oficiales. Tenía en la maleta hasta un sombrero oscuro. La razón: el qué dirán. La reina madre estaba mayor y podía morirse en cualquier momento —contaba ya 95 años cuando Tony Blair ganó las elecciones—. Y si su muerte pillaba a Cherie, pongamos, en Tailandia, y la primera dama británica aparecía al día siguiente en las noticias con una blusa floreada, la prensa la destrozaría.

Nadie habla de cómo se visten los importantes. Pero tratamos a las importantes como modelos de pasarela. En un viaje de Sarkozy a España, ocuparon portadas los vestidos de Carla Bruni y la entonces princesa Letizia. A Hillary Clinton le preguntan por su ropa. Para evitar ser esclavizadas por el tema, las más poderosas visten deliberadamente aburridas. Janet Yellen lleva solo colores oscuros. Angela Merkel parece tener un solo traje, que tiñe cada día de un color diferente.

La nueva actitud femenina se llama Sheryl Sandberg. La directora operativa de Facebook, séptima mujer de la lista Forbes, luce Louis Vuitton, Prada y Chanel en la empresa que hizo de la sudadera un ícono. Y, sin embargo, para contrarrestar la maldición de las mujeres, jamás habla de ello. Sandberg ha decretado el silencio. Se niega a mencionar su estilo en sus memorias, a detallar su outfit en las fotos, a contestar preguntas sobre ropa… Mientras no deja de comprarse ropa. La prensa la ha criticado duramente por vestir con gusto y evitar el tema. Pero ella, simplemente hace lo que le da la gana. Eso es ser poderosa de verdad.

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