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viernes 17 sep 2021 | Actualizado a 23:43

Emergencia humanitaria en EEUU

La raíz de esta crisis humanitaria deviene por las imposiciones estadounidenses a esos pueblos

/ 28 de junio de 2014 / 08:33

A causa del rumor convertido en mito de que los menores de edad tienen ventajas migratorias en Estados Unidos, una marea de niños centroamericanos ha empezado a cruzar la frontera sur de ese país. La realidad que los impulsa a hacerlo es sentirse atrapados en sus naciones, entre la violencia de las pandillas y la crueldad de la miseria. Ante esa combinación de circunstancias, deciden arriesgar sus vidas viajando solos desde sus pueblos para atravesar México y cruzar a Estados Unidos. Sufren toda clase de abusos de las pandillas que viven de la extorsión en el recorrido del tren de carga llamado La Bestia, y los afortunados que logran cruzar el muro fronterizo son capturados de inmediato.

No solo el rumor de ventaja migratoria para los menores es falso, sino que además las leyes no reconocen la persecución de las pandillas como razón válida para acceder al estatus de refugiado. Tan dramática se ha tornado la situación, que activistas han pedido a Naciones Unidas que declare una crisis de emergencia humanitaria en esa frontera.

El viernes 19 de junio de 2014, un grupo de 61 representantes del Partido Demócrata envió al presidente Obama una carta pidiendo fondos adicionales para ayudar a El Salvador, Guatemala y Honduras a atender el problema de esta migración infantil. La carta explica que solo en los primeros ocho meses de 2014 se arrestaron en territorio estadounidense 47.107 niños, de los cuales 73% eran de los mencionados tres países, y el 25% de México.

Los parlamentarios sostienen que la simple captura y deportación de esos niños no es una solución al conflicto. Plantean que el dinero adicional sea utilizado para solucionar de raíz el problema en los países de origen. Sin embargo, es cuestionable lo que identifican como raíz del problema. Piden que programas del Departamento de Estado y de la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (Usaid) inviertan en las áreas de desarrollo económico, prevención de pandillas juveniles, y reintegración de los menores deportados en El Salvador, Honduras y Guatemala. ¿Cuál es entonces la raíz del problema en esos pueblos?

Se trata de tres países eminentemente agricultores, con tratados de libre comercio con Estados Unidos, a los cuales esta potencia mundial les impuso gobiernos, leyes y modelos productivos tan abusivos que los redujeron a territorios bananeros y cafetaleros de las corporaciones transnacionales estadounidenses. Más ayuda para el desarrollo económico a través de las mismas instituciones que intervinieron allí para crear las actuales condiciones, y bajo el mismo modelo productivo abusivo, podría significar, simplemente, más producción para las corporaciones transnacionales y la misma explotación para el campesino que les hace el trabajo.

Tratándose de una emergencia humanitaria, aplaudo la iniciativa de los demócratas en oposición a la simple represión y deportación planteada por los republicanos. Sin embargo, sugiero que Estados Unidos esta vez proporcione la asistencia sin usar este pretexto para intervenir políticamente en esos países en favor de la derecha. La verdadera raíz de esta crisis humanitaria se remonta a la historia de las imposiciones estadounidenses a esos pueblos. Por eso, para solucionar el problema de raíz, Estados Unidos debiera empezar por dejar de boicotear a los gobiernos nacionalistas, para que éstos puedan hacer verdaderas reformas agrarias que le devuelvan la tierra al campesino, y le permitan organizarse productivamente en un nuevo modelo productivo más incluyente y justo. 

Creo que si se toma en cuenta la verdadera raíz del problema, más que ayuda, esos pueblos necesitan justicia: recuperar la soberanía sobre sus territorios y gobiernos para poder construir condiciones de vida más dignas para sus presentes y futuras generaciones. 

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Evo Morales declinaría repostulación

La permanencia forzada del Presidente, en las condiciones actuales, causaría daños peores.

/ 12 de octubre de 2018 / 04:01

El presidente de Bolivia, Evo Morales, estaría a punto de declinar su controversial y resistida repostulación “indefinida”. Lo haría después de una larga conversación con dos confidentes, a los que me referiré con los nombres ficticios de Pedro y Juan. Como la conversación fue a calzón “quitao”, no se escucharon frases como: “El pueblo lo pide”, “los cocaleros lo exigen”, etc. El único argumento que expuso Pedro en defensa de la permanencia fue el de evitar la fragmentación del Movimiento Al Socialismo (MAS), pero él mismo tuvo que admitir que la permanencia forzada del Presidente, en las condiciones actuales, causaría daños peores.

El análisis habría empezado con la derrota en La Haya por la demanda marítima con Chile. “No hemos perdido. Hay que hablar, dice el fallo, además hay otras opciones, vamos a seguir”, dijo Pedro. “Oye, no seas tan cojudo. Dejáte ya de huevadas”, le retrucó Juan, porque Pedro había sido ideólogo de mediatizar y politizar tanto ese juicio que terminó en derrota. Estaban a punto de irse a los golpes cuando Evo al fin dejó su celular en la mesa y se dispuso a iniciar la reunión. El objetivo era analizar de nuevo su repostulación, ya que cuando ésta se lanzó, fue contemplando un fallo positivo en la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

“Bueno, basta. Vamos al grano. Vos, Juan, repetí a ver todas las razones por las cuales dices que yo no me debería repostular”, dijo Evo. “En primer lugar, por tu futuro político, hermano. Esto es una trampa, y si te caes, desapareces para siempre. En segundo lugar: tu fallo constitucional siempre lo van a entender como abuso de tu poder, y corrupción judicial; además que tiene una falla que la van a descubrir. Eso hay que revertir hermano. Tercero: así no tenemos chance de ganar. Por más bueno que seas, a la fuerza, el pueblo se va a sentir ultrajado. Cuarto: Por tu proceso de cambio. Tú eres el proceso, es verdad. Te necesitamos por 20 años más, es verdad, pero no a la fuerza, pues. Con inteligencia hay que hacerlo. Dejas al Álvaro de presidente por un periodo, te quedas como presidente del partido, te dedicas a tejer mejor las alianzas, y después vuelves más fuerte que antes y te quedas otros 10 años”.

“Los cocaleros no apoyan al Álvaro, vos sabes,” replicó Evo. “Huevadas son esas. Nadie plo va a apoyar mientras vos sigas de presidente vitalicio. El que manda en el MAS eres vos, y acuérdate que te vas a quedar tejiendo no solo con los cocaleros, sino con todas las organizaciones sociales. Vos explicas con firmeza que te tienes que salir por un periodo, para salvar tu proceso de cambio, para salvar al MAS, para salvar la democracia, para recuperar la Justicia, y para salvar el empoderamiento que les has dado a ellos mismos. Hasta para el nuevo diálogo con Chile sería bueno. Después de 14 años de desgaste, lo menos que podemos ofrecer es, pues, una renovación dentro del proceso. ¡Cojudos tendrían que ser para no entender! Por último, les explicas que para garantizar tu regreso, necesitamos apoyar todos al nuevo candidato del partido, y listo. Esa sería la única forma de salvar esto, hermano”.  

“Vos sabes que quieren un indígena”. “Está bien. Vicepresidencia le tocaría al indígena. Ahí tienes con experiencia al Diego, y a la Gabriela. Ahora si el cuoteo se va a imponer, a la Leónida nomás, pues.” Evo no parecía convencido, lo cual obligó a Juan a usar su último cartucho. “Ahora, en último caso, si no quieres hacer renovación, cambien entre ustedes dos nomás, el Álvaro que vaya de presidente y vos de vicepresidente, ahí está. Legal sería eso”.

* Escritor, periodista y analista político boliviano, radicado en Estados Unidos.

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El perjuicio de la fe

Estamos programados para ser creyentes, lo cual tiene la consecuencia directa de hacernos crédulos.

/ 3 de septiembre de 2018 / 11:02

La fe que todos llevamos programada en la mente es uno de nuestros tesoros más preciados. Nos hace el cotidiano milagro de salvarnos cuando no entendemos algo; o dicho de otro modo, nos salva del trabajo de pensar para entender. Cuando encontramos algo que no entendemos, tenemos la opción de pensar para entenderlo, o podemos aceptar la respuesta prefabricada que esté más a nuestro alcance. Lamentablemente la segunda es nuestra opción predeterminada.

En realidad estamos programados para ser creyentes, lo cual tiene la consecuencia directa de hacernos crédulos, con todo el peligro que eso acarrea. Es por eso que, por muy bien que lo disimulemos, andamos y desandamos por los mismos laberintos, perdidos, y en un estado psicológico deplorable. Vivimos hipnotizados, ignorando nuestro ser y nuestro estar. Eso es, sin reconocernos como somos (con defectos), sin darnos cuenta de dónde estamos (qué respuesta demanda la condición externa) y, consecuentemente, sin solucionar muchos de nuestros crónicos problemas.

Como buenos creyentes que somos de nuestra “imperfección” interna, y de una lejana “perfección” externa, estamos programados para buscar afuera respuestas prefabricadas para dudas muy particulares de nuestras mentes. Eso significa que, en esta era de la posverdad, o distorsión generalizada y deliberada de la verdad (difundida además por las redes sociales), estamos actuando como autómatas, todos repitiendo las mismas falsedades.

Qué lejos estamos de entender que hemos renunciado al uso de nuestras facultades mentales, a nuestra capacidad de análisis y de entendimiento; a ser individuos y a responder ante la vida con nuestra mejor respuesta en lugar de dejarnos arrear y acorralar como ovejas para ser trasquiladas, ordeñadas y devoradas por toda clase de pastores, sean éstos religiosos, políticos o comerciantes.

Qué irracional es no poder siquiera entender que en ese estado de alienación sobrevivimos siendo usados como estropajos, reaccionando a lo que quieren otros; desde nuestras mentes angustiadas y confundidas, que habiendo sido diseñadas para pensar brillantemente han sido reducidas a funcionar como una máquina repetidora.  

Pero lo peor de todo es que estamos muy lejos de reconocer que toda esta tragedia empezó allá lejos, en lo más tierno de nuestra inocencia, cuando nos programaron en la mente la aparentemente inofensiva enseñanza de la fe, como substituta del conocimiento y represora del pensamiento.

Esa fe que nos dijeron “movería montañas”, nos programó para no pensar. Solo para creer y, por lo tanto, para no ver la monumental irracionalidad en la que caemos de rechazar, por ejemplo, los rituales, atuendos, sacrificios, crímenes, encubrimientos, manipulaciones y creencias de las miles de religiones en las que no creemos, sin cuestionar siquiera los de aquella en la que sí creemos.

Esa misma programación de fe es la responsable de que nos causen repulsión la demagogia, la falsedad y la corrupción de los políticos en los que no creemos, pero ignoremos las de aquellos en los que sí creemos. Esa misma programación es la que nos hace reconocer instantáneamente la equivocación ajena, pero no la nuestra. La fe, en definitiva, al habernos bloqueado el pensamiento cometió el crimen de lesa humanidad de reducirnos de humanos a ovejas, de seres pensantes a máquinas repetidoras, o dicho sin eufemismos, de seres lúcidos e inteligentes a perezosos mentales, pero creyentes fervorosos… de vivir eternamente despistados.

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El fantasma de un golpe en Bolivia

La realidad inexcusable era que la asistencia estadounidense americanizaba todo lo que tocaba

/ 10 de agosto de 2018 / 03:58

Había una vez, en la otrora República de Bolivia, la cultura de los golpes de Estado para derrocar a gobiernos de izquierda. Eso obedecía a los “imperativos de la realidad política y geográfica continental”. Esta frase elaborada que ilustra el sometimiento a una exigencia que se acepta como inexcusable le pertenece a Víctor Paz Estenssoro, quien desde su exilio en Buenos Aires emitió, el 7 de mayo de 1951, una declaración pública con copia a la Embajada de Estados Unidos, en la que, al explicar los objetivos de su partido, aclaró que “reconocen los imperativos de la realidad política y geográfica continental”.

Dos meses antes, el 14 de marzo de 1951, Bolivia había firmado el Tratado de Cooperación Técnica del Programa Punto IV, mediante el cual Estados Unidos asumía el rol de potencia donante de asistencia condicionada y Bolivia asumía el rol de país receptor obligado a aceptar esas condiciones. De hecho, en 1952, cuando Víctor Paz llegó al poder, se encontró como líder de un gobierno antiimperialista y revolucionario, pero atrapado económicamente en los “imperativos” económicos impuestos por Estados Unidos.

La realidad inexcusable era que la asistencia estadounidense americanizaba todo lo que tocaba, partiendo de lo político, legislativo, cultural, educativo, religioso, productivo, comercial y —por supuesto— el sector militar. Con toda esa superestructura diseñada para marcar el rumbo del país receptor, los gobiernos de estos pueblos eran tan frágiles que apenas llegaban a funcionar condicionados, y bajo la mirada vigilante de los guardianes de los dueños del poder. Sus opciones eran someterse a los “imperativos” de la realidad política y económica continental o ser derrocados y reemplazados.

Daba la impresión de que cualquier general podría iniciar un golpe de Estado, algún oficial, o incluso algún exmilitar con ganas de volver al poder. Parecía que Bolivia era tan endémicamente golpista que bastaba que alguien lo propusiera para que el golpe de Estado se perpetrara. Lo que sucedía, en realidad, era que la superestructura que manejaba Bolivia lo decidía absolutamente todo; y, en efecto, era irrelevante cuál de sus peones se adelantara para proponer el golpe y recibir el apoyo que ya estaba asegurado. Esos eran los tiempos de unas Fuerzas Armadas adoctrinadas en la Escuela de las Américas, para olvidarse de resguardar la soberanía nacional, y asumir el papel de represoras de sus propios pueblos, con la excusa de precautelar la seguridad interna y continental.

Incomprensiblemente, en pleno siglo XXI y después de 12 años de descolonización en Bolivia, hay todavía algún exmilitar prófugo de la Justicia, tan anclado en el pasado, que desde su refugio en Estados Unidos se disfraza de presidencial, y lanza arengas golpistas a las nuevas Fuerzas Armadas antiimperialistas de Bolivia. Por increíble que parezca, existen todavía personas que no logran entender que los “imperativos” han cambiado en Bolivia; que la superestructura golpista ya no existe; lo cual deja a los nostálgicos golpistas en la ridícula posición del delirio.  

Lo único que les faltaría sería arengar a Luis Arce Gómez, el exministro del Interior del dictador Luis García Meza, para que desde su silla de ruedas en la celda de su prisión se lance a comandar nuevamente otro golpe de Estado con comandos fascistas de los países vecinos en el contexto del Plan Cóndor. Arengas irracionales, solo creíbles en el ámbito de la irracionalidad.

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Los ‘talibanes’ de Evo Morales

Semejante aberración conlleva implicaciones mucho más serias de lo que se pretende admitir

/ 27 de julio de 2018 / 04:23

El 16 de julio de 2018 tuvo lugar en Bolivia uno de los más insólitos apoyos a la repostulación del presidente Evo Morales. El partido en función de gobierno (MAS) convocó a una marcha que concluyó en la plaza principal de la ciudad de Santa Cruz (la plaza 24 de Septiembre), otrora reducto inexpugnable de la élite empresarial cruceña que hacía política escondida tras la máscara del “civismo” y del “cruceñismo”.

Hay que recordar que la oligarquía cruceña logró resistir la movilización social ascendente de la Revolución de 1952, tildando al campesino de “elemento menos deseable” de la sociedad; y que el sábado 19 de agosto de 1961, militares y policías al servicio de la derecha acribillaron a un grupo de campesinos para impedirles el ingreso a esa plaza, con un saldo de 16 muertos, 300 heridos y 600 arrestados.

Por tanto, desde el punto de vista humano, la recuperación de ese reducto del territorio nacional para todos los bolivianos fue un acto de justicia, que incomprensiblemente quedó manchado por la insólita aparición, en medio de la multitud, de un grupo de encapuchados autodenominados “Los talibanes gremialistas”.

Cuando la verdad salió a la luz, resultó que aquel grupo estaba compuesto por hombres y mujeres trabajadores de los mercados, quienes no solo reconocieron llamarse “Talibanes gremialistas” y portar pancartas con ese nombre, sino además, que se habían conformado hace cinco años y se habían manifestado de esa manera en otras oportunidades. Pero lo peor de todo fue la explicación de que la palabra “talibán” es un emblema que significa dar la vida, en este caso, por sus trabajos. El Gobierno le restó importancia a lo sucedido, tipificándolo como un error de muchachos que no iba a volver a suceder. Sin embargo, semejante aberración debe ser analizada con seriedad, porque conlleva implicaciones mucho más serias de lo que se pretende admitir.

En primer lugar, la palabra “talibán” no se puede reinventar fuera del contexto del pueblo afgano, del fundamentalismo religioso, y de un terrorismo que nada tiene que hacer en una Bolivia democrática en la que impera el respeto por la vida. La existencia de estos “talibanes” podría tener consecuencias para el pueblo boliviano. A saber, dar la impresión de una vinculación del MAS con el terrorismo islámico, la confirmación de la narrativa que defiende el supuesto atropello “colla” a la sociedad “camba”, y la reversión del legendario matonaje de la Unión Juvenil Cruceñista que fue eliminada por un proceso de cambio democrático e incluyente en el que prima la razón. Por ese mismo principio, deben ser eliminados todos estos grupos de choque, vengan de donde vengan.

La responsabilidad recae en los líderes del MAS, quienes saben lo que esto significa. El vicepresidente Álvaro García Linera, como ideólogo, educador y formador de cuadros del MAS, tendría que educar a sus bases sobre los límites legales y morales del activismo en democracia. El ministro de Justicia, Héctor Arce Zaconeta, debería explicar la legalidad o ilegalidad de circular encapuchado en público y la difusión de propaganda terrorista. Pero por sobre todo, la mayoría parlamentaria del MAS debería haber regulado la protesta, penalizado el matonaje y sancionado estrictas leyes de seguridad ciudadana.

El amedrentamiento es inmoral e inaceptable, pero el uso de capuchas, máscaras, cascos y todo tipo de objeto que esconda la identidad de las personas va mucho más allá, porque pertenece al mundo de los sicarios, ladrones y terroristas.

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‘El Rostro de la Esfinge’: análisis

‘El Rostro de la Esfinge’ expone con creatividad y coraje una de las caras ocultas de la modernidad.

/ 15 de junio de 2018 / 04:02

Es impactante y a veces trágico mirar súbitamente el verdadero rostro de algo que toda la vida hemos idealizado. No es ningún secreto que el rápido progreso económico en ciudades como Santa Cruz de la Sierra cambia radicalmente las condiciones de vida, pero lo que queda frecuentemente ignorado es el efecto que eso ocasiona en nuestras mentes. Es que es ahí, en ese nuestro secreto, sensible y vulnerable cuerpo etéreo, donde amamos, donde idealizamos, idolatramos, sentimos la traición, sufrimos el desencanto y el engaño, donde nos vengamos y —finalmente— donde morimos por primera vez antes de que eso mismo se materialice en el plano físico. Es en nuestras mentes, por lo tanto, donde vivimos en realidad.

Fue la vida íntima del joven Gerardo Méndez lo que me mostró súbitamente el verdadero rostro de algo que se vive en la ciudad de Santa Cruz del presente. Jamás hubiese imaginado las contradicciones que conlleva entregar de la noche a la mañana a una sociedad conservadora, en la que la gente está programada para creer en Dios y en sus mensajeros, a la voracidad de un capitalismo que en nombre del dios dinero y su profeta “competitividad” explotan al ser humano hasta despojarlo de su forma de vida, de su cultura y hasta de su fe religiosa. Pero con toda su vida invadida por la explotación laboral, la mente de Gerardo se vacía de amores, de placeres, de recuerdos y de objetivos claros; solo hay espacio y fuerzas para sobrevivir a los rigores del ritmo laboral.  

En esas condiciones Gerardo no puede siquiera imaginarse que tiene en la mente programaciones tan contradictorias que pueden llegar a ser fatales. Por un lado, sabe que las condiciones externas le han hecho perder su fe religiosa, pero ignora que en el plano subconsciente llevaba grabada en forma indeleble la creencia en lo sobrenatural. No sabe que deambula por la vida con un vacío en sus fondos mentales.

En esas condiciones se hace presa fácil de una secta liderada por un moderno gurú o guía espiritual que promete liberarlos de las represiones creadas por las viejas religiones, y que demuestra ser capaz de conducir hacia esos planos de la felicidad solo a un grupo selecto de discípulos; por supuesto, a cambio de un voto inviolable de confidencialidad.    

Fue así que Gerardo Méndez, su novia y otras 24 personas de la clase media alta y adinerada de la sociedad cruceña abandonan la vida cotidiana que llevaban para embarcarse en la secta, a la búsqueda de la felicidad plena en un lugar remoto en el que el iluminado gurú les ayudará a ir accediendo, mediante estudios y ritos, a la libertad plena y a los placeres siempre añorados.

La mente de Gerardo, sin embargo, tiene otros vacíos y otras programaciones subconscientes que lo llevarán a dudar también del gurú, a descubrir en sus enseñanzas la trama oculta y a exponer el engaño ante la comunidad, en un desenlace trágico que cuestiona seriamente, mucho más que a la fe, a las sectas religiosas y la explotación laboral; cuestiona la vida misma del lector y le hace dar una mirada al interior, a una salud mental que resultará ser más frágil de lo que se creía.

El Rostro de la Esfinge, de Juan Carlos Zambrana Gutiérrez, es una novela que expone con creatividad y coraje una de las caras ocultas de la modernidad, en sociedades conservadoras del mundo capitalista. Gran aporte a la literatura moderna boliviana.

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