Voces

martes 28 sep 2021 | Actualizado a 18:47

Tiempo de propuestas

/ 28 de junio de 2014 / 08:34

El 4 de julio se cumplirá uno de los plazos clave del proceso electoral: la presentación al Tribunal Supremo Electoral (TSE) de las propuestas de las fuerzas políticas que deseen terciar en las elecciones generales del 12 de octubre.

El oficialista Movimiento Al Socialismo (MAS) anticipa que los pilares de su programa descansarán en los desafíos de la Agenda del Bicentenario, los 13 retos que el presidente Evo Morales se impuso hasta 2025, año en el que Bolivia alcanzará los 200 años de independencia. El temario propuesto tiene un fuerte componente social, que será sostenido por la política estatal del control sobre los recursos naturales estratégicos.

El Movimiento Sin Miedo (MSM) apunta, además de la necesaria agenda social, al fortalecimiento institucional del Estado, una cuenta pendiente desde los años previos a la consolidación del Estado Plurinacional. En su programa se proyecta una fuerte crítica al actual sistema judicial, un aspecto clave para el futuro de la convivencia social del país.

El Movimiento Demócrata Social (Demócratas) y Unidad Nacional (UN), recientemente aliados, aún deben afinar una sola propuesta. Difícil tarea, máxime si ambas fuerzas acaban de pactar. Al final, la decisión será del votante.

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Ni otro Porvenir ni otra Chaparina

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:37

En 2008, la masacre de Porvenir en Pando —nunca completamente aclarada: lo reconoce el mismo informe de la Unasur, a pesar de su clara filiación— inició la crisis de la “media luna” opositora del régimen masista; el asalto y masacre del Hotel Las Américas en abril de 2009 y la Nueva Constitución aprobada y vigente cerraron bruscamente el ciclo de la “media luna”. Sin ya oposición política beligerante —circunscrita a la Asamblea Legislativa Plurinacional y a pocos gobiernos subnacionales y sin voz en muchos medios de comunicación para no perder pauta gubernamental— y con los cuatro poderes cooptados, en 2011, el gobierno de Morales Ayma-García Linera pasó a la ofensiva de afianzar el poder incluso contra su discurso “indigenista reivindicador”: la violenta represión —de nuevo masacre— en Chaparina contra indígenas de tierras bajas so pretexto de desarrollo económico, viabilidad, acuerdo entre sectores de la burguesía beniana aliada al MAS y “productores” del Chapare.

Los ocho días transcurridos entre los últimos viernes marcaron lo que vivirá el país en los próximos meses: las quebradas relaciones entre niveles de gobierno y la cada vez mayor desencontrada ilación oposición- oficialismo, junto el golpeteo acompasado de tam tams y taikos anunciando una cada vez más lejana conciliación.

La inauguración de la Expocruz marcó el intento de la cúpula empresarial cruceña para abrir puentes con el presidente Arce y éste, en respuesta —machaqueo incluido de “golpe” cada vez más descreído—, vengó el desaire que ese gran empresariado le hizo al baipasearlo yendo directamente a pedir apoyo y comprensión a Morales Ayma —como gran factótum del poder masista—, lo que dejó a Arce Catacora en un a modo de “presidente delegado” como fue Cámpora para Perón; amerita mejor estrategia corporativa. Arce anunció importantes obras e inversiones en Santa Cruz, las mismas que horas antes había comunicado a las autoridades masistas electas en el departamento —forma de recordar lo que había sostenido desde antes: “trabajaremos con nuestras autoridades”. La ausencia del gobernador —días luego la explicó porque lo silenció el protocolo palaciego— le dejó mala percepción.

Lo de la plaza el 24 tuvo muchas explicaciones posteriores —creíbles como no creíbles, incluyendo la bandera wiphala (tamaño para flamear en mástil) guardada en un bolsillo ministerial—, pero demostró fehacientemente que “diálogo” se entiende solo con desarme de posiciones: lo dijo Morales, lo matizó Choquehuanca y, a su modo, lo reafirmó Camacho. Cada vez más, se cumple que los acuerdos de paz centroamericanos solo fueron posibles —“aceptables” a regañadientes pero imprescindibles— cuando quienes jalaban para sí los extremos de la cuerda entendieron que ambos caerían para no levantarse.

Hoy no hay “media luna” ni hay fuerzas externas poderosas para atornillar en la plaza Murillo; el poder ya no es macizo; lo “indígena” no es monolítico ni sigue en la inocencia de los discursos; también el país está en crisis, más allá de anuncios almibarados y, de ambas partes, exhibiciones de supuestas potencias gonadales. Bastaría empezar a entenderlo.

Para cerrar, tres comentarios bonus. El primero, triste por amigos que fallecieron estos días: Juan Carlos Costas Salmón, gran comunicador veraz, formador de medios y, siempre, buen amigo. El otro fue Pablo Ramos Sánchez, mi rector, a quien le agradezco que me convenciera de no irme de Bolivia en los lejanos 90; nos separaban posiciones ideológicas distantes, pero el mutuo respeto mantuvo el afecto. Descansen en paz, amigos míos.

El segundo (pendiente de la semana anterior: la Celac. Lo que López Obrador concibió como una loa a su pretendido “liderazgo” regional —como si el padrinazgo del vapuleado Grupo de Puebla fuera su catapulta—, el relanzamiento de la Celac —tan moribunda como la Unasur— y su mazazo a la OEA, se le escapó cuando varios presidentes utilizaron el evento para defender la democracia y criticar, en su frente, a las antidemocracias de la región.

El último es la despedida de la era Merkel, por voluntad propia y no por las urnas. Con su retiro se cierran 16 años de gobierno interrumpido, tantos como Helmut Kohl —reunificador de Alemania— y solo tres menos que el Canciller de Hierro, Otto von Bismarck, que formó Alemania en el siglo XIX. Con el tiempo se verá su legado, pero, sin dudas, Merkel —como Margaret Thatcher en el siglo XX— marcó nuestra época, más allá de los afectos o desafectos que se le pudieran tener.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Cuando el puño no sea necesario

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:25

Tal vez la mejor forma de rendir homenaje a Ernesto Che Guevara hoy en día es no caer en la trivialización de su figura. Para ser honesto, creo que aquella consigna que oí tantas veces, “seamos como el Che”, solo la repiten aquellos que no están conscientes de lo que implicaría llevar ciertos ideales hasta su última consecuencia: la muerte. No, no gracias.

El común de los mortales deseamos tener vidas largas, plenas y productivas, y ciertamente no nos gustaría morir a tiros, por muy heroico que ello sea, en ninguna selva de ninguna parte del mundo. El problema es, no obstante, que Bolivia parece inclinarse por ese tipo de soluciones cada vez que atraviesa una crisis estatal. Temo que el nuestro no es un país para tibios, y la culpa no reside en sus clases populares, que de hecho dependen de contextos democráticos para defender sus conquistas, sino en la reaccionaria naturaleza de su élite, siempre propensa a los golpes de Estado. El problema es que las más tímidas reformas de carácter progresista requieren, y esto no es nada bueno, de revolucionarios, capaces de plantar resistencia a unos cuantos privilegiados con todo tipo de recursos a su disposición.

Días antes de la realización de las elecciones de octubre del año pasado, un amigo trotsko y yo nos preguntábamos si la crisis boliviana encontraría su resolución definitiva en aquellas justas electorales, y concluimos que solo una fe supersticiosa en la democracia liberal podría conducir a tal conclusión. ¿De qué forma un evento electoral podía superar las contradicciones que habían emergido entre aquellos que creían que una acusación de fraude podía justificar masacres, y aquellos que ya no estaban dispuestos a vivir en una Bolivia gobernada por una reducida élite? Solo el más optimista se inclinaría a apostar por aquello. No obstante, cierta calma, tensa, pero calma al fin, le siguió a la posesión de Luis Arce Catacora como presidente y yo creí por un momento que pecamos de exagerados… Odio tener la razón.

La nueva afrenta contra la wiphala y el presidente en ejercicio, David Choquehuanca, durante la efeméride del departamento de Santa Cruz, demuestra que el país no recuperará su estabilidad hasta que la oligarquía agroexportadora sea derrotada definitivamente; era obvio, ahora que lo pienso. Desde el momento en que una multitud de “pititas” se arrodillaron en las puertas de los cuarteles después de que el MAS ganara apabulladoramente en las elecciones de octubre pasado, rogando por una intervención militar, toda duda respecto al carácter iliberal y autoritario de esos falsos demócratas debió quedar despejada. No se trata, después de todo, de una derecha moderna, sino de una clase ociosa, violenta e intelectualmente atrasada que no está dispuesta a ceder en lo que cree son sus prerrogativas.

Tal vez en otras partes del mundo, izquierdas y derechas pueden sentarse en una mesa y debatir si lo que su sociedad necesita es la nacionalización de los recursos naturales, la distribución de la riqueza o la inclusión política de las mayorías, sin que ello amerite la organización de grupos paramilitares o células guerrilleras, sino negociaciones y pactos de mutuo acuerdo; pero me cuesta imaginar al comité cívico de Santa Cruz y sus juventudes en dicho tipo de entendimientos. No mientras conduzcan coches pintados con la esvástica. Mi problema con ellos no es, per se, que sean de derecha, sino que es una derecha propia de un clan de neandertales, flexionando músculos y mostrando los dientes.

Así que no me queda otra que reafirmar, tristemente, la validez de la radicalidad guevarista, que me parece su legado más cliché. Su antiimperialismo tercermundista, su originalidad para interpretar el marxismo y su latinoamericanismo fraterno, por otra parte, son elementos del pensamiento del Che que me resultan mucho más interesantes, y que ojalá un día puedan ser discutidos sin mención alguna a las armas, tal vez el día en que personas menos primitivas que Calvo y Camacho sean nuestros interlocutores.

No diré “Patria o muerte”, porque capaz que se cumpla. Los dejo con ¿why cant we be friends?

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Los barbijos funcionan

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:21

Las mascarillas, en especial las quirúrgicas, reducen de manera considerable el riesgo de contraer el COVID-19. Aunque esto podría parecer de sentido común después de más de 18 meses de pandemia, los primeros estudios sobre el uso de cubrebocas plantearon preguntas importantes. El uso obligatorio de cubrebocas parece haber reducido los casos de COVID- 19, pero, ¿eso se debió al uso de mascarillas o a que las personas en lugares con uso obligatorio de cubrebocas se volvieron más cuidadosas en general? Por esa razón, realizamos uno de los estudios sobre el uso del cubrebocas más exhaustivos y más sofisticados.

Nuestra investigación, que ahora mismo está siendo arbitrada, se llevó a cabo con la participación de 340.000 adultos en 600 poblaciones de Bangladés y puso a prueba muchas estrategias para lograr que las personas usaran mascarillas. Nuestro equipo de investigación decidió distribuir cubrebocas directamente en los hogares y en sitios públicos con muchas personas como mezquitas y mercados. Brindamos información sobre por qué la portación de mascarillas era importante e involucramos a líderes religiosos y comunitarios para comunicar ese mensaje. Finalmente, hicimos que residentes de todas las poblaciones pidieran de manera cortés a cualquiera que no portara una mascarilla que se la pusiera y que dieran cubrebocas a cualquiera que necesitara uno.

Aunque no todas las personas aceptaron colocárselo, el uso del cubrebocas aumentó alrededor del 30% entre los adultos que fueron instados a ponérselo. Este cambio condujo a una reducción del 9% en los casos de COVID-19. En las comunidades en las que promovimos el uso de mascarillas quirúrgicas, los casos de COVID-19 disminuyeron el 11%. El resultado fue un incremento en el uso de cubrebocas de uno de cada 10 a cuatro de cada 10 (un gran aumento en el uso, pero aún lejos de ser perfecto). Si todos usaran mascarillas, es muy probable que la reducción en los casos de COVID- 19 hubiera sido sustancialmente mayor.

Las personas mayores de 50 años fueron las más beneficiadas, en especial en comunidades donde distribuimos mascarillas quirúrgicas. En estas comunidades, los casos de COVID-19 disminuyeron el 23% entre personas cuya edad oscila entre los 50 y los 60 años y el 35% para personas mayores de 60 años. Nuestro estudio no indica que solo las personas de edad más avanzada necesitan usar mascarillas, sino que la portación generalizada de cubrebocas en la comunidad reduce el riesgo de COVID- 19, en especial para las personas de edad avanzada.

Planteemos esto en términos concretos. Nuestro mejor cálculo es que cada 600 personas que usan mascarillas quirúrgicas en áreas públicas previenen, en promedio, una muerte al año, dadas las tasas recientes de muertes en Estados Unidos. También probamos el filtrado de las mascarillas quirúrgicas que habían sido usadas, arrugadas en bolsillos y bolsos, así como lavadas con jabón y enjuagadas hasta 10 veces. Estas mascarillas aun así evitaban que atravesaran más partículas de virus que los típicos cubrebocas de tela.

Lo importante es que las mascarillas funcionan y es probable que las de mayor calidad funcionen mejor para evitar el COVID-19. Si puedes elegir entre un cubrebocas de tela y una mascarilla quirúrgica, escoge la quirúrgica. Sin embargo, la mejor mascarilla es la que una persona se pone y de la manera correcta.

Jason Abaluck, Laura H. Kwong y Stephen P. Luby son columnistas de The New York Times.

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¿Puede Joe Biden recuperarse?

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:18

A veces mirar hacia atrás puede ensombrecer el presente. Y ese es un lugar donde pocos demócratas esperaban estar cuando Joe Biden asumió el cargo, con su partido en control del gobierno, la vacunación en franco ascenso y la esperanza de un ligero y creciente impulso económico. No es solo el hecho de que el índice de aprobación del presidente esté cayendo a niveles similares a los de Donald Trump, sino que la propia aprobación de Trump podría estar en crecimiento: según una reciente encuesta de Harvard CAPS/Harris, estamos en un punto en el que los estadounidenses consideran al expresidente de forma al menos igual de favorable que el actual.

Lo que le ha pasado a Biden es una combinación de mala suerte, malas decisiones y una debilidad inherente. La mala suerte tiene que ver por lo general con el COVID-19, cuyo aumento de la variante Delta no habría podido ser controlado con facilidad por ningún presidente. Esto, a su vez, apoya la visión más optimista de la situación de Biden: que su suerte política está simplemente ligada al coronavirus y que se recuperará de forma rápida cuando las tasas de letalidad finalmente caigan a su valor mínimo.

Sin embargo, la visión más pesimista reconoce todas las instancias en las que los propios esfuerzos de Biden se han descarriado. Ha tomado medidas populares de forma incompetente: la retirada de Afganistán estaba pendiente y contaba con el apoyo del público, pero nuestra evidente falta de preparación ante la toma de poder de los talibanes se tradujo en que Biden terminara cediendo cualquier beneficio político que pudiera haber obtenido al impulsar la retirada.

También ha dejado que la confianza liberal lo desvíe un poco en asuntos clave: su gran estímulo económico inicial resultó ser un poco más inflacionario y poco menos estimulante de lo que esperaban muchos de sus defensores y ha generado espectros de “estanflación” que sin duda no estaban en el plan de los demócratas. Además, su asediada política fronteriza ha demostrado que simplemente prometer ser más humano que Trump no es suficiente para los retos constantes de las olas migratorias.

Y si bien ha pasado una prueba clave de perspicacia gubernamental —obtener votos republicanos para su proyecto de ley de infraestructura—, ha fallado en otros. En general, Biden parece desempeñarse mejor en asuntos que requieren tenacidad o simples apretones de manos diplomáticos, pero no tan bien cuando el éxito depende más de un dominio de la estrategia o detalles minuciosos o de una negociación cuidadosa entre facciones hostiles.

Eso hace que la mejor esperanza para recuperar su presidencia parezca ser un cambio de suerte, porque eso requeriría lo mínimo de él: que el COVID- 19 disminuya o desaparezca; la inflación sea contenida o se vuelva temporal una vez que regrese la normalidad económica; la ola de inmigración decaiga por motivos cíclicos, o los demócratas logren estabilizarse legislativamente o no, pero que sea un empate político de cualquier manera.

Sin duda, Biden puede volver a salir a flote, pero no estoy tan seguro de que pueda salir del hoyo como lo hizo Bill Clinton después de sus primeros tropiezos presidenciales.

Aquí sería realmente útil que Biden tuviera una persona en la vicepresidencia que equilibre sus debilidades y reafirme sus fortalezas, que parezca más comprometida de forma enérgica con la creación de leyes y la politiquería del Congreso, mientras al mismo tiempo expande el estilo de Biden de normalidad y moderación en caso de que se le solicite que lo herede.

Dejaré que sean los lectores los que decidan si eso describe o no la vicepresidencia de Kamala Harris hasta la fecha o si Harris aporta más razones para que los demócratas que miran al 2024 teman no solo la posibilidad de un caos, sino también de la derrota.

Ross Douthat es columnista de The New York Times.

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Jugadores en redes sociales

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 27 de septiembre de 2021 / 12:01

Nadie desea lo que ya tiene… Excepto James Rodríguez. Es un hombre inmensamente rico, pero va por más. El Al Rayyan le permite incrementar su ya fabuloso salario con menos responsabilidades y, naturalmente, sin demasiado esfuerzo. El Everton le pagaba honorarios de superstar, pero había que demostrar, en cambio la liga catarí, notablemente menos rigurosa que la inglesa, compra notoriedad: le ofrece tres años relajados con un opíparo contrato. Fuentes evertonianas afirmaron que James percibía 200.000 libras semanales, unos 14.248.000 millones de dólares anuales, sueldo de superestrella. En Catar se lo habrían mejorado.

Su agente, Jorge Mendes, lo tiene claro: lo que cotiza es la fama, no el rendimiento. Su método infalible para mantener su mercadería en el estante de arriba es que se hable todo el tiempo de ella, en los medios y en las redes. Da resultado: hay millones que disfrutan leyendo cada artículo sobre su héroe. Aunque no juegue, eso no tiene la menor importancia. Pero que se hable, de sus contratos, del número de seguidores en Instagram, del yate, de la modelo, de los autos de lujo… Esto explica que aparezcan tres, cuatro, cinco notas de prensa diarias de un futbolista que no actúa hace casi cinco meses (aunque cobra puntualmente, de aquí o de allá). Ni Messi ni Cristiano Ronaldo gozan de tales caricias de la prensa.

Su decisión de irse de Inglaterra a los 30 años es incomprensible a los efectos deportivos, pero perfectamente respetable desde lo personal. Es dueño de su carrera. Lo significativo es que, inversamente proporcional al declive de su rendimiento en el campo, aumentan su salario y su popularidad. Ya van seis años que la flecha de su parábola futbolística desciende sin parar. Es la curiosa realidad de los jugadores de redes sociales: gran éxito de la raya de cal hacia afuera, pobre respuesta dentro. Un caso similar al de José Mourinho, cuanto peor le va, más rico es: a la par de cobrar estruendosas indemnizaciones por despido (a causa de malas campañas), lo contrata otro club por una suma sideral en la esperanza de que vuelva a ser el técnico ganador de antaño.

Esa parábola no sólo marca su escasa aportación en el campo, también dice que juega poquito, mucho menos que la mayoría. En sus 12 temporadas en Europa, desde octubre de 2010 hasta hoy (esta ya empezó), el volante cucuteño disputó 24.417 minutos en sus cinco clubes: Porto, Mónaco, Real Madrid, Bayern Munich, Everton. Esto se traduce en 271,3 partidos reales, o sea de 90 minutos. A su vez registra 80 presentaciones en Selección Colombia. Total: 351 cotejos. Cristiano Ronaldo, ya cercano a los 37 años, contabiliza en el mismo lapso 520 juegos en clubes más 104 en la Selección de Portugal. Redondeando: 624. Casi no ha tenido lesiones CR7 porque se cuida científicamente, tiene alma de número uno. Por su parte Messi, con 34 calendarios encima, suma 534 en clubes y 97 con la camiseta nacional, o sea 631. Otro que llega dos horas antes al entrenamiento y tiene un gimnasio en su casa y una cancha para practicar tiros libres. Cotejado con dos profesionales de mucha más edad y ultramillonarios, pero con hambre de gloria, James pierde feo: los viejitos lo doblan en presencias y siempre están disponibles, no se quieren perder ni un minuto de ningún partido.

La gélida despedida del Everton, a donde lo llevaron como estrella, es similar a su salida del Madrid y del Bayern. No lo extrañarán. Los medios no afines a Mendes hablan sin rodeos: “fracaso”, “Calamity James”. Culpar a Rafa Benítez de su salida tiene poco sustento, como no lo tenía demonizar a Zinedine Zidane o Niko Kovač. Ningún técnico juega en contra de sus propios intereses; el que tiene un crack, lo pone. Quien no la va a tener fácil ahora será Reinaldo Rueda. El entorno James y el grupo Mendes lo someterán a una presión feroz para que lo incluya en la Selección y esté en Catar 2022, porque desde ahora la Selección será su único canal de visibilidad. Y porque no se puede jugar el Mundial en el pequeño emirato con el 10 en la tribuna. Deberá incluirlo o las redes sociales hostigarán duro al técnico caleño.

“Indisciplinado”, “farrero”, “agrandado”, “no entrena”… Son algunas de las etiquetas que sus críticos le cuelgan a James. No adherimos. No nos consta. Y nunca, en más de cuarenta años de periodismo, nos hemos permitido cuestionar la vida privada de un deportista. ¿Quiénes somos los periodistas para hacerlo…? ¿Quién cuestiona nuestras vidas…? Pero el rectángulo es otra cosa. Allí salta el atleta a ofrecer su espectáculo y el trabajo del hombre de prensa es opinar de lo que ve, es libre de hacerlo. Desde aquel gol sensacional a Uruguay en Brasil 2014 -todos saben cuál-, se instaló en el imaginario popular que estábamos frente a un grande del fútbol; todos supusimos en ese mismo instante que había un nuevo supercrack (también el Real Madrid). Nunca lo refrendó. Esa maniobra bellísima y perfecta lo depositó en la élite, y Mendes se encargó de amplificarlo, le consiguió sueldo de élite, pero en el césped no logró demostrar ser parte de ella. No tuvo la actitud, se fue apoltronando. Y la actitud es una de las condiciones esenciales. No tiene nada de malo, simplemente no es aplaudible. Se conformó con la fama y los ingresos. Está bien, es su elección.

Nunca un gol facturó tanto. Porque lo que todos compramos fue ese gol. Nadie hace semejante gesto técnico si no es muy bueno. Sin embargo, resultó como el escritor de una sola novela, que asombró al público y luego no volvió a sentarse ante la máquina de escribir.

Liverpool Echo, un medio seguramente vinculado a Mendes, hablaba de números excepcionales de James en Everton. Una irrealidad (por no decir otra cosa). La verdad es que con el paso de los años cada vez fueron menos partidos jugados, menos minutos, menos goles y asistencias, menos recorrido en campo y menos incidencia en el juego. Sólo algunos de sus centros fantásticos, algunas pelotas filtradas brillantes, chispazos y poco más.

La última: Falcao. Tiene el mismo representante que James. También pudo haberle dicho: “No seas malo, conseguime Catar a doce kilos por año”. Pero eligió el Rayo Vallecano, una opción más deportiva, volver a una liga de máxima resonancia como la española. Cada gol ahí vale por cinco en el mundo árabe. Y con toda seguridad ha resignado mucho dinero. El Rayo apenas llega a fin de mes. Pero se lo ve feliz al goleador. Y cada gol suyo lo festejamos como nuestro. Ojalá las lesiones no lo damnifiquen. Y ojalá James lea esta nota, se llene de rabia y nos quiera demostrar. Lo celebraremos también.

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